Help
Home Just In Communities Forums Beta Readers Dictionary Search
: B s . A A A    : full 3/4 1/2   : E E   : Light Dark Books » Twilight » Y decirte alguna estupidez, por ejemplo, te quiero

vrydeus
Author of 113 Stories

Rated: T - Spanish - Romance/Angst - Rachel & Rebecca - Reviews: 11 - Published: 09-28-09 - id:5408893

Disclaimer: Mentiras y más mentiras. Todo de la Meyer y eso. El título del fic fue vilmente robado a un libro de un autor que ahora no recuerdo. Si sirve de algo que lo diga, la verdad es que sí me avergüenzo.

Resumen: Nunca lo había pensado porque era algo tan obvio que ni siquiera sabía que estuviera allí, separado de lo demás. –Rachel/Rebecca. FEMSLASH. Incesto. PG15.

Advertencias: Femslash. Incesto entre hermanas, naturalmente. Menciones de lime y lemmon, nada muy explícito pero está allí. SPOILERS hasta el último libro.

Nota de Autora: Un pairing que desde hace siglos que tengo en mente para escribir pero que recién hace menos de tres días me puse a tratarlo en serio y terminé hoy de un tirón. Les juro que quise evitarlo con toda mi alma pero en fin, lo quiera o no, me terminó saliendo como una versión femenina del wincesto Sam/Dean de Supernatural (o al menos eso creo yo, pero puede que sólo me esté volviendo paranoica con ese fandom xD)

Escrito para el “Reto Parejas Retorcidas” del foro El lobo, la oveja y el león.

Para Faby, Anna y Hizz.


Y decirte alguna estupidez, por ejemplo, te quiero

1.

Llueve tanto que el oficial al otro lado de la calle debe entrecerrar los ojos para llegar a ver del todo lo que ha sucedido. Sólo recuerda haber escuchado un chirrido metálico, luego un gran estruendo ensordecedor y finalmente el llanto de un bebé en la lejanía. Cuando corre, sus botas chapotean en el agua que moja las aceras; llega jadeando, con el corazón latiéndole frenéticamente.

- ¿Están todos bien por allí? – no espera respuesta para sacar el móvil y marcar el número del hospital más cercano, el hospital de Forks -. ¡La ayuda ya llega!

Se inclina y estira el cuello para llegar a ver a través del cristal roto de la ventanilla. Sólo puede vislumbrar la figura de una mujer inerte de piel oscura con la cabeza empapada en sangre y a su lado, un hombre delgado con la mirada perdida palpándose las piernas con genuina curiosidad, claramente demasiado conmocionado para reaccionar como es debido. Poco sabe el oficial Charlie Swan que menos de una hora más tarde, los paramédicos decretarán que Reesa Black habría muerto por una hemorragia cerebral y que su esposo Billy recibiría la noticia de haber quedado inválido para el resto de su vida.

Por el momento sólo puede mostrarse horrorizado y aliviado. Horrorizado al darse cuenta de que la pareja no era la única que viajaba en ese automóvil, que tres niños más estaban con ellos, en el asiento trasero del coche. Aliviado al comprobar que no les ha sucedido nada grave como a su madre. Uno es pequeño, un bebé prácticamente, y tiene un corte en el brazo seguramente hecho por el estallido de los cristales, pero por suerte no presenta ninguna otra herida visible. Las otras dos criaturas son sendas niñas idénticas de cabello oscuro y contextura frágil. Ambas tienen los ojos cerrados y parecen inconscientes también, pero aún en sueños se cubren mutuamente con los brazos.

Como si la forma más efectiva de protegerse a sí mismas fuera mantener viva a la otra.

-

2.

Crecen con Billy como padre, con Jake como hermano menor y con ellas mismas como únicas mujeres de la casa. Rachel aprende tan sólo con seis años a hacerse su propio almuerzo (“Papá, creo que debería comer algo más que hamburguesas para variar”) y Rebecca, para su gran disgusto, se ve como encargada de limpiar la casa todos los domingos. Billy no puede hacerlo desde su silla de ruedas y Jacob claramente es como cualquier otro chico: un inútil en cuestiones de hogar. Además de tener sólo cuatro años, claro.

Crecen como mejores amigas, como hermanas gemelas, como una sola alma dividida en dos cuerpos idénticos. Para cuando Rachel ya se cansa de jugar a saltar la cuerda Rebecca ya está proponiendo que busquen alguna otra cosa que hacer y Rachel sabe qué comentará Rebecca siquiera antes de que esta abra la boca. Duermen en el mismo cuarto, camas que arrastran hasta juntarlas la una con la otra, ocultas bajo el edredón como si eso pudiera salvarlas de todos los males del mundo. Rebbeca jamás lo admitirá pero aún a sus ocho años le tiene miedo a los truenos y eso es todo lo que necesita Rachel, la mirada asustada de su hermana mientras tiembla levemente, para comenzar a contar historias que puedan distraerla de su miedo más presente.

Rebecca a veces no recuerda siquiera el color de los ojos de Reesa Black.

- Eran verdes, Becky. Te lo juro, mamá tenía los ojos más bonitos de todo el universo.

Por suerte Rachel está allí para que no lo olvide.

-

3.

A los once años Rebecca detesta muchas cosas. Sandy Hart, la niña más pija del instituto que tiene trescientas bolis de diferentes colores y luego otras trescientas más para cada tonalidad; tener que ordenar su mitad del cuarto (en cambio la de Rachel siempre está perfectamente impecable, la muy ñoña); la gente que viste sólo de color negro, ¿se puede ser más depresivo?. Rebecca a sus once años –y cinco meses- tiene ya bastante bien definidas las cosas que preferiría que no formaran parte de su vida.

Y, claro, una de ellas es que le llamen Becky.

Es ridículamente infantil. Cuando Billy lo dice, suena a padre condescendiente. Cuando Jacob lo canturrea, es una burla por la que a veces se gana un buen puñetazo –Rebecca aprendió de Andy Brown, un compañero de su curso, ha pegar donde realmente duele–.

Y a pesar de todo.

Cuando Rachel le llama Becky, tiene que hacer un esfuerzo casi terrorífico para no sonreír como una estúpida, “¡Becky, la señora Clearwater nos ha traído chocolates!”. Siempre lo ha hecho, hacerle sentir como una niña de tres años en una tienda repleta de dulces, que Rachel la llame así. Protesta sin mucho entusiasmo porque eso es lo que hace Rebecca a sus once años camino a los doce (tan sólo faltan siete meses, muchas gracias): rebelarse, contradecir el noventa por ciento de las cosas que le dicen, sacar malas notas en los exámenes sólo para fastidiar cuando sabe más que bien que a último momento las subirá hasta un diez que deje patidifuso a su profesor de matemáticas.

Rachel la llama Becky y cuando Rebecca refunfuña, el “Te he dicho que no me llames así” suena más a “Prométeme que seré siempre la única, en esto y en todo”. Bajito, oculto, en silencio. Para que sólo Rachel lo escuche y haga con esa confesión lo que ella quiera.

-

4.

Rachel jamás le ha tenido miedo propiamente dicho a algo. Cuando tenía cuatro años no se atrevía a mirar el ataúd que contenía a su madre y a los nueve (casi diez) había una pandilla de chicos de secundaria que la miraban de un modo extraño cuando ella y su hermana pasaban cerca del aparcamiento, pero ella era valiente y lo afrontaba como tal. A los diez Rebecca se cayó trepando un árbol y se quebró el brazo izquierdo y a Rachel le daba impresión mirar, pero ¿miedo? Jamás. Nunca. No que recuerde.

Y sin embargo. Aprieta entre sus dedos con fuerza la correa que lleva al hombro de su mochila y respira profundo, nerviosa. El clima está medianamente frío pero aún así siente que le transpiran las palmas de las manos y una gota de sudor se desliza por su nariz, haciendo descender sus gafas. Rachel se las acomoda con un movimiento ausente y a través de ellas, al otro lado del salón de actos del Instituto Secundario de La Push, ve a Rebecca mirándole con la misma expresión de miedo, pero a pesar de todo más tranquila, como si pensara “Anda, no es tan malo, ¿a que no?”

Es la primera vez que se separa de su hermana. Desde que tiene memoria que ambas están juntas como si un lazo invisible les uniera y ahora que les toca cursar la secundaria en diferentes divisiones, Rachel se da cuenta con algo de pánico que no sabe lo que es estar sin Rebecca.

Nunca me enseñaste a estar sola.

Le escuece algo en el estómago.

-

5.

En realidad no era tan terrible. Son sólo siete horas de instituto, se recuerda Rebecca todo el tiempo, son sólo siete horas y luego el resto del día lo pasamos juntas en casa.

Pero no puede negar que hay cosas que han cambiado. Como que por ejemplo, Rachel no sea sólo para ella. Rebecca se considera a sí misma una persona bastante paciente cuando las situaciones lo ameritan pero jura que si oye una vez más hablar de esa tal Susan Ackles, rompe algo. “A Susan también le gustan los malvaviscos, ¿sabes?” “Susan dice que el profesor Gerard tiene un bigote con vida” “Mañana iré a casa de Susan a hacer las tareas”. Rachel no para de hablar de esa chica y no es que Rebecca esté celosa por su hermana, ¿vale? Esa tirantez en la garganta y el enojo ciego que le invaden es simple molestia por tener que soportar saber hasta qué pasta dental utiliza esa tal Susan.

Hasta que un día estalla.

Y Rachel reacciona del modo menos pensado. Rebecca no podría haberle culpado por gritarle, enojarse con ella y hasta quizás pegarle, pero su hermana simplemente baja la mirada como si le diera vergüenza mantenerla en alto y luego la toma de la mano, entrelazándolas.

- Es sólo que te extraño – le aprieta sus dedos entre los suyos y Rebecca siente que algo en su interior se disuelve de un modo tan rápido que da miedo -. Te extraño mucho, Becky.

Siente la calidez en su pecho.

-

6.

Rachel se entera de la (no la, sino LA) noticia de la semana cuando Jamie McKenzie hace una broma al respecto en clase. Su primera reacción es, sencillamente, no poder creerlo. La segunda es sentir algo agrio en el estómago que definitivamente no es el zumo de pomelo que se tomó en la mañana. Y la tercera es marcharse de la escuela ese día con tal rapidez que su padre con expresión preocupada le pregunta si ha sucedido algo en la escuela.

Rachel cierra de un portazo y se deja caer en la silla del comedor respirando con fuerza.

Luego de ello no habla con Rebecca por más de tres días. Simplemente, cada vez que su hermana entra a una habitación, se pone de pie en silencio y se retira y hasta durante las noches se lleva su colchón a la habitación de Jacob y le pide poder dormir allí. Ni Billy ni Jake entienden nada de lo que sucede pero no se meten en el asunto; han aprendido más que claramente que los problemas de las gemelas se resuelven entre ellas a su manera, sin involucrarse terceros.

Tres días es lo que tarda Rebecca en arrinconarla, y lo más irónico es que lo hace en un lugar que ni siquiera tengan paredes que le impidan a Rachel escapar. Es de mediatarde, el jardín de la casa de los Black parece más pequeño que nunca y cuando Rebecca dice “Rachel” suena a “Rachel, tenemos que hablar”, “Rachel, no huyas” y “Rachel, no nos hagas esto.”

Se sientan en el césped, con las espaldas apoyadas contra el muro trasero del garaje que nunca usan desde aquel día de lluvia en que su madre murió y su padre quedó inhabilitado.

- Te lo iba a decir pero tenía miedo.

- Miedo de qué.

- De ti. De lo que pensarías.

Se muerde el labio. A sus diecisiete años, Rachel y Rebecca siguen siendo tan idénticas como lo fueron a los dos, a los cinco, a los once. Los mismos labios finos, los ojos oscuros y grandes y expresivos, el mentón redondeado y las orejas pequeñas. Y aún así. Rachel tiene el pelo largo y lacio, siempre recogido en una cola de caballo; Rebecca lo lleva corto, rebelde, con demasiadas puntas abiertas que no se molesta en cuidar y con mechas rubias ya casi invisibles por el tiempo que las ha portado (a los dieciséis, recuerda Rachel, Rebecca le pidió a Billy que le permitiera hacérselas como regalo de cumpleaños, “¿Por favor? Si Rachel tuvo el ordenador nuevo en el suyo yo quiero esto, por favor”). Cuando Rachel le mira las manos ve que una tiene las uñas pintadas de celeste brillante y la otra, anaranjadas. Recuerda que a los catorce fue cuando Rebecca comenzó a usar esmaltes y que ya desde el primer día se había mostrado interesada por los colores chillones.

- Deberías haber sabido que sería peor si me enteraba por un tercero.

Tiene un nudo en la garganta que no se va ni siquiera cuando Rebecca le toma la mano y deja descansando ambas, juntas, sobre el suelo.

- Lo sabía.

- Entonces por qué no lo hiciste.

- Me daba miedo igual.

Rebecca a sus diecisiete años y ocho meses es la chica rebelde de manual. Rachel sabe que se ha hecho un tatuaje en el reverso del hombro del que Billy desconoce su existencia y que ya hace algo así como un año que ha dejado de ser virgen, pero aún así no puede verla de esa manera, como la chica independiente y temperamental que es. Siempre será Becky, mi hermana, tú, yo.

- ¿Ya compraron los pasajes?

- No – cuando Rebecca responde, su aliento le cosquillea en el rostro. Está cerca, más cerca de lo que ha estado en años, y Rachel tiene esa sensación de siempre, la de estar viéndose en un espejo -. Aún es muy temprano para ello.

- Te irás aunque te pida que no lo hagas, ¿verdad? – Rachel apoya la mejilla mojada de lágrimas frías contra la de su hermana y resulta natural mover el rostro hacia un costado, besarla en el pómulo.

- Sabes que no es así.

- Y tú sabes que yo tampoco te lo pediría, jamás.

Resulta natural besarle la comisura de la boca, lentamente, como si tuvieran todo el tiempo del mundo, deslizar los labios y unirlos a los suyos, una breve impresión de calidez y humedad que le quema por dentro. Se besan a oscuras, en silencio, la misma piel en contacto, la misma sangre latiendo.

-

7.

Tenía siete años. Rachel no lo sabía pero Billy se lo contó. Ojos brillantes de orgullo, manos enlazadas sobre el regazo, su padre dijo “Tu nombre fue la primera palabra de Rebecca” y Rachel sintió que algo en el pecho le crecía a una velocidad descomunal y amenazaba con partirle las costillas.

Lo ha escuchado de mil maneras. Rachel, enojado, aliviado, furioso, extasiado. “¡Rachel, ya son las doce, ya es nuestro cumpleaños” en voz aguda, infantil, mientras sacudía su edredón en su intento de despertarle. Rachel en susurro, un grito impotente, orgulloso, “Rachel es mi hermana, ella es la inteligente” con una sonrisa a medias sumisa, a medias gamberra, como un adelanto de la Rebecca adolescente que La Push vería venir.

Nunca lo ha escuchado así. En voz baja y tensa, como si todos los secretos del mundo se concentraran allí. Rachel acaricia con dedos nerviosos la curva del pecho de Rebecca y cuando ella tiembla bajo su tacto, se siente expectante y avergonzada. Esto está mal. No para de repetírselo porque desde que Rachel se enteró que ella había sido la primera en nacer se sintió encargada de llevar el peso de ser la responsable de las dos y la verdad, la verdad es que no puede ser que a quien esté tocando bajo la ropa sea a Rebecca, Becky. Besándole despacito, intentando calmarle, mordiéndole los labios con la suavidad pero firmeza necesaria para que su hermana gima. “Rachel”, un murmullo quedo, lo suficiente para que le mire maravillada, ojos brillantes y rubor de admiración, pensando en que le hubiera gustado ser no sólo la primera sino también la última, la única palabra en labios de Rebecca.

-

8.

Nunca lo había pensando. No porque no lo sintiera ni nada menos. Básicamente nunca lo había pensado porque era algo tan obvio que ni siquiera sabía que estuviera allí, separado de lo demás. No lo había hecho porque desde que tiene memoria que está allí y ya formaba parte de ella, porque era algo tan suyo como los latidos de un corazón en el que no piensa por el simple hecho de que ya es parte de su vida, de que es la razón de su vida.

La primera vez que piensa “Te quiero” dice otra cosa.

- Cuídate.

La abraza con fuerza y en ese momento no importa que el novio de Rebecca y otros cientos más de personas en ese aeropuerto puedan verles, Rachel le besa en los labios durante un segundo en un contacto mínimo y se aprieta contra ella con fuerza, respirando contra su cuello. Rebecca aún huele a la noche anterior, cuando Rachel casi pudo contarle todas las pecas del hombro y se pasó lo que pareció una vida besándole a cada lado que pudiera llegar (la clavícula, la cadera, los muslos). Al igual que hicieron a los cinco, diez, quince años, juntaron las camas una al lado de la otra como hermanas que eran; al igual que hicieron sólo esa vez, desenredaron las sábanas como algo más.

- Rachel. – parece que se ahoga -. Tú también.

No se sueltan hasta que el sonido del avión acercándose les pita en los oídos.

-

9.

Pasan cinco años. En el primero Rachel consigue una beca para la universidad de Washington y Rebecca recién se entera cuando llama por teléfono y Billy le comunica extrañado que su hermana hace ya dos semanas que partió a la capital del país. Hawaii es soleado y las postales de la tienda de regalos pintan costas paradisíacas y cada vez que Rachel ve una con la caligrafía esmerada de Rebecca, sonríe para sí misma y luego la guarda en aquel cajón reservada sólo para ella.

En el tercer año organizan una reunión familiar junto con los Clearwater pero Rebecca no puede ir porque la fecha de Navidades coincide con la semana señalada para su parto. Sam nace saludable, con los ojos oscuros de Rebecca pero con el cabello castaño claro de Damien y Rachel sólo puede verlo en fotografías porque está rindiendo exámenes que definirán su carrera.

Se mandan cartas, correos electrónicos y se llaman a larga distancia. Rebecca y su familia van a vivir por un tiempo a Europa y Rachel sale por un año y medio con un chico guapo de Boston llamado Aidan con el que rompe luego de darse cuenta de que no le quiere. Estaban acostados en la cama, el brazo de él rodeándole la cintura mientras dormía respirando regular contra la piel de su nuca, y cuando Rachel pensó “no le he dicho nunca que tengo una hermana” sólo tardó dos segundos en comprender que Aidan estaría mejor sin ella.

Al cuarto año Rebecca y Damien se separan y tampoco allí pueden verse siquiera porque ella está muy involucrada en los asuntos legales y Rachel en el apogeo de sus estudios.

Al quinto año por fin se ven.

-

10.

Es igual a como la recordaba, pero también diferente. Tiene el pelo más largo, a la altura de los hombros, y teñido de negro tinta. Le queda bien. Se nota su cansancio en los círculos oscuros bajo los ojos y el gesto serio fuera de lugar en el rostro de una muchacha de veintidós años, y aún así Rachel no puede recordar que hubiera estado antes tan guapa. Cigarrillo en los labios, manos delicadas que se apartan el cabello del rostro, Rebecca es la viva imagen de la falsa candidez.

- Hace mucho que no nos veíamos.

Rebecca le da una profunda calada al cigarrillo, expulsando el humo con languidez. Sonríe esa sonrisa suya, de lado y algo gamberra, una sonrisa que Rachel siempre había imaginado más adecuada a chicos adolescentes guapos y casanovas que a su hermana gemela.

Piensa “Te quiero” otra vez como lo hizo hace cinco años en aquel aeropuerto. Como lo hizo durante todo ese tiempo en que estuvo separada de ella y sentía que algo en su sangre palpitaba constantemente clamando su presencia (“ven, venven, ven”). Piensa un latente “Te quiero” que le quema en el estómago en su intento de retenerlo.

Piensa “Te quiero” y dice otra cosa, otra vez.

- Becky. Me caso con Paul.

(Fin.)



Return to Top