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Scarlet.D
Author of 66 Stories

Rated: T - Spanish - Friendship/Romance - Milo & Aioria - Reviews: 11 - Updated: 10-24-09 - Published: 10-07-09 - Complete - id:5428524

Gracias por el review Luna ^^ sii a mi tmb me gusta Milo de uke -obviamente jeje. Me alegra que te guste el fic, nos andamos leyendo ^^

Espero que disfruten el final, saludos.


Capítulo 6:

Milo restregó sus manos por enésima vez con insistencia fiera. Llevaba varios minutos consumido en la tarea de limpiarse, pero por más que el agua fría recorriera vez tras vez la piel de sus dedos, le parecía que podía sentirlos todavía cálidos y el aroma de Aioria habitaba en ellos de manera permanente.

Bufó sintiéndose fracasado y se arrodilló al suelo, dejando los brazos estirados sobre su cabeza y apoyados en el fregadero para que sus manos continuaran mojándose.

No las tenía todas consigo y no lograba imaginarse qué lo había poseído allá en el bosque más temprano. Las Moiras tendrían que haberse encaprichado con él para dictarle un destino tan confuso… era la única manera de explicar que sus propias acciones se sintieran tan ajenas.

Su rostro se acaloró con asombrosa rapidez al recordar dichas acciones y se levantó de golpe para meter la cabeza bajo el chorro de agua. Decidió que la próxima vez que viera a Aioria no vacilaría en utilizar “Restricción” en él y correr de ahí como alma que lleva el diablo, sin importar que pareciera un cobarde.

— ¿Mataste a alguien?— Milo dio un saltito sorprendido en su sitio que lo llevó a golpearse la cabeza con el grifo.

—Tch— Llevó una mano hacia el punto atentado de su cráneo y giró lentamente, incorporándose para enfrentar a su instructor.

Desde la puerta de esa estancia, el hombre lo observaba con un gesto incrédulo que rayaba en la comicidad, mezcla de enfado y humor, mientras se preguntaba en que líos se habría metido su ridículo alumno en esa ocasión. Se mantuvo en silencio esperando una explicación que aclarara el motivo de su tardía llegada y su actual posesividad sobre el fregadero, hasta que Milo finalmente respondió a susurros la previa y poco seria pregunta.

—No…

El caballero de escorpión olvidó la gracia que el estado descompuesto de Milo le causaba y adoptó una actitud más severa.

—Pasado mañana serán las pruebas para la armadura. Parece que se te hubiera olvidado.

Milo dio un respingo. No tenía manera de replicar a aquello. Aunque su maestro no estuviera enterado sobre el tipo de labores que habían robado su tiempo, era verdad que últimamente se preocupaba más por cierto aprendiz que por su propio desempeño.

—No debería tener que estarte reprendiendo a estas alturas. —Cabizbajo, Milo escuchó al hombre suspirar con aburrimiento para luego retirarse y dejarlo solo con sus apesadumbradas reflexiones.

Caminó arrastrando los pies hasta llegar a su habitación y se botó sobre la cama sin parsimonia alguna. Ese día le sabía a tragedia y no podía esperar a que terminara, pero dormir sería difícil con las sentencias de su maestro revoloteando dentro de su cabeza, enlazándose con recuerdos recientes y bochornosos de Aioria, formando un rompecabezas de pensamientos intranquilos que escapaba a su lógica.

Siempre había dudado que Aioria llegara a conseguir una armadura dorada pero fue la primera vez que experimentó incertidumbre sobre su propio futuro.

¿Qué tal si él fallaba? Todas las burlas y desprecios que había dedicado al aprendiz de la quinta casa regresados en creces por el vengativo destino…

De sólo imaginar la catastrófica posibilidad se le comenzaba a revolver el estómago.

“¿Realmente sería tan escandaloso que fuéramos amigos?”

Mordió su labio inferior nerviosamente. Se giró sobre un costado y cerró los ojos.

No sería escandaloso; él era lo suficientemente seguro de sí mismo como para enfrentar cualquier reacción adversa por parte de sus compañeros si algo así llegara a suceder. Pero también contaba con una terquedad colosal y aceptar sus propias equivocaciones requería de un esfuerzo tremendo.

Resopló agraviado y cerró los ojos fuertemente ordenándose dormir. A él nunca le había funcionado reflexionar demasiado las cosas. Al día siguiente vería a Aioria y entonces decidiría… quizás para variar no sentiría el instinto de romperle la cara.

Se equivocó.

Fue culpa de Aioria realmente. Éste apenas lo vio llegar al coliseo y lo deslumbró con una sonrisa socarrona que Milo deseó borrarle de inmediato. Caminó hasta el insufrible Leo y lo atravesó con una mirada resentida.

— ¡Mi maestro se enfadó conmigo por tu culpa!

Aioria luchó por no soltar la carcajada, tanto así que su rostro se tornó rojo del esfuerzo. Irremediablemente divertido, Milo no pudo contener la aparición de una diminuta sonrisa en sus propios labios.

— Bueno, pero ya no tienes que preocuparte por tu maestro— consoló el castaño, acabando por soltar unas cuantas risitas ahogadas. Milo suspiró exasperado y se cruzó de brazos.

— Todavía me debes una revancha.

—Cierto. — reconoció Aioria, y en mudo acuerdo se dirigieron a la arena.

Sin mayor preámbulo comenzaron a pelear, pero enseguida fue notable que algo en ese enfrentamiento difería de otras ocasiones; había una complicidad distinta.

Milo no se sintió guiado por ciega furia y de hecho disfrutó el combate. Su sangre hormigueaba como otras veces pero eso en esta ocasión no lo irritaba, sino que mantenía sus sentidos agudizados y lo hacía más ágil. Irónicamente, ahora que no estaba empeñado en ganar se sentía más capaz de hacerlo que nunca antes. Cada golpe era vivificante y cada vez que caía para levantarse de inmediato, lo hacía con una sonrisa felina plantada en su rostro.

En una de esas ocasiones Aioria lo acompañó al suelo y entonces ninguno volvió a ponerse de pie; se jalaban mutuamente cada vez que alguien lo intentaba y se enfrascaron en una lucha indecisa por escapar e incorporarse o quedarse hechos una maraña de extremidades en el piso.

-¡¿Pero es que no saben hacer otra cosa?! –Shura exclamó exasperado, plantándose de pie con las manos en la cintura frente al par de muchachos que rodaban por el piso arrojándose golpes y patadas cual infantes de preescolar.

Al día siguiente presentarían sus pruebas para convertirse en caballeros dorados y todavía tenían la frescura de entretenerse con esos inmaduros impulsos…

Parpadeó extrañado cuando Leo y Escorpión pausaron su lucha para dirigirle miradas simultáneamente, y luego rieron al unísono. El caballero de capricornio tensó los labios y los miró como si estuvieran locos. Luego suspiró en resignación y les dio la espalda dejándolos con sus bufonadas.

Un par de minutos después, para su propio pesar, Milo cayó en cuenta que de nuevo estaba olvidando asuntos importantes. Empujó a Aioria y se arrastró lo más lejos que pudo.

— ¡Espera! — pidió cuando el otro estuvo a punto de alcanzarle. Aioria detuvo su avance y lo miró extrañado. Milo giró su cuerpo y quedó sentado en el piso. Aioria permaneció de rodillas a un metro frente a él.

El de ojos turquesas evitó la expresión interrogante de su compañero y se encorvó soltando un débil suspiro. Pasó una mano perezosa sobre sus labios para limpiar la sangre que escurría de ellos.

Desconcertado por el repentino y evidente abatimiento de Milo, Aioria permaneció en silencio en espera de algún indicio de lo que había afectado a aquél. Lo miró jugar distraídamente con la arena bajo sus dedos, mecer un pie inquieto y endurecer sus facciones mientras reunía la atención de sus pupilas en algún punto inespecífico del suelo.

— No te molestó lo de ayer, ¿o sí?

Milo arrugó la nariz malhumoradamente y negó con la cabeza, sonrojándose un poco. Miró de soslayo hacia la zona donde solía reunirse con sus amigos y encontró algunas miradas curiosas posadas sobre él. Volvió la vista al frente y se recordó que era tan capaz como cualquiera de aquellos o como el joven que tenía en frente. No tenía excusa para fallar; incluso podría utilizar a Aioria como una motivación, tomarlo cual competencia.

El aprendiz de Leo enarcó una ceja. Si el tema al que había hecho alusión no era lo que turbaba a Milo, a Aioria solamente se le ocurría una cosa más.

— Te irá bien mañana.

En inmediata reacción, Milo elevó su repentinamente asombrado rostro para enfrentar al otro, frunció el ceño y chasqueó molesto.

— Sabelotodo — acusó.

Lejos de indignarse, Aioria sonrió satisfecho.

:-:-:

No caminaba; se pavoneaba henchido en amor propio.

Aunque por esos lares no hubiera nadie a quien presumir, esa aura de engreimiento le iba a durar por días.

Anduvo raudo sobre los desolados senderos, pisando sobre una que otra tumba con descuidada prisa y mascullando insinceras disculpas a los muertos.

Después de dar algunas vueltas sin un rumbo fijo, pues el cementerio no era un sitio con el que estuviera familiarizado, finalmente localizó al joven que había venido buscando desde un buen rato atrás.

— ¡Aioria! — Se encontraba sentado al pie de un árbol chaparro y desabrido, que nada de sombra podría ofrecerle con sus resecas ramas. Aquél volteó y no tardó en ponerse de pie y caminar hacia Milo, quien quedó deslumbrado por algunos instantes ante la imponente armadura que el otro portaba.

Aioria lucía algunos años mayor con aquel sagrado ropaje puesto, y Milo se preguntó si él se vería afectado de la misma manera.

Leo se detuvo a un paso frente a él. Milo no falló en notar la expresión apenas contenida de gusto en el rostro de aquél, y permitió a sus labios curvarse levemente con un aire autosuficiente.

— Felicidades. — dijo Aioria, concentrando la mirada sobre el pecho de Milo para señalar el metal dorado que lo cubría.

— Lo mismo digo — El de cabellos azulados farfulló apenas audible, rascando brevemente la punta de su nariz.

Y un parpadeo después Aioria sintió un toque sobre su hombro. Desvió la vista para comprobar que una mano de Milo se había posado ahí, y al siguiente segundo el rostro de aquél se encontraba invadiendo su espacio personal.

Los labios de Milo ejercieron una presión sumamente transitoria sobre los suyos; fue un beso furtivo que terminó de manera tan imprevista como había iniciado. Al siguiente respiro de Aioria, Milo ya se había apartado y lo miraba con tal despreocupación, que por un momento el de ojos verdes dudó que el reciente suceso hubiera sido real.

— ¿Y eso? — Aioria preguntó, sintiéndose gratamente sorprendido, si bien un poco atolondrado al mismo tiempo.

— Te lo mereces — Milo respondió con simpleza, encogiéndose de hombros. Logró sacarle al otro una amplia sonrisa.

— Vamos, quiero ver los últimos enfrentamientos. — El nuevo caballero de escorpio se enderezó fingiendo mayor altura y comenzó a avanzar lejos de ahí con un andar soberbio.

Aioria trotó para alcanzarlo, y al llegar al coliseo tomaron asiento uno junto al otro en las gradas. Observaron con interés las enardecidas peleas entre los aprendices que codiciaban armaduras de plata y bronce. Pero incluso con aquél espectáculo en pie, algunas miradas se dirigían hacia ellos admiradas de las resplandecientes indumentarias que portaban.

Milo no pudo evitar lucir una sonrisa jactanciosa casi todo el tiempo. Aioria se sentía igual de orgulloso por su logro pero lo disimulaba mucho mejor que su vanidoso amigo.

¿Amigo?

Supuso que finalmente podía clasificar a Milo como tal. Una amistad un tanto extraña, con límites borrosos, y sumamente competitiva.

— Hey, peleemos en serio. — Milo lo codeó y señaló con un movimiento de su cabeza hacia la zona de batallas, sus cejas se alzaron invitantes.

Aioria rodó sus ojos hacia arriba fingiendo exasperación, pero fue el primero en ponerse de pie para comenzar a bajar los escalones.

No tuvieron que buscar un espacio libre; apenas pisaron la arena, ésta fue despejada para ellos sin que lo requirieran.

Milo se detuvo en un sitio que consideró adecuado y Aioria caminó hasta ubicarse a varios metros de distancia.

Leo volteó hacia Escorpión y quedó momentáneamente cegado por el reflejo del sol sobre la armadura del otro. Parpadeó un par de veces y enseguida apreció a Milo adoptando una postura ofensiva. Como respuesta, su sangre redobló el ritmo con que corría por sus venas, extendiendo una agradable calidez a todo su cuerpo que le enfervorizó.

La uña del dedo índice que señalaba hacia él creció coloreada de un intenso escarlata, puntiaguda y amenazante. La mirada astuta que lo mantenía clavado en su sitio chispeó provocativa, despertándole un cosquilleo familiar que lo recorrió a flor de piel.

Aioria incendió su cosmos y atravesó al otro con salvajes ojos verdes.

Milo mordisqueó la pequeña sonrisa de sus labios en anticipación.

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F i n



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