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Author of 66 Stories |
iclaimer: Axis Powers Hetalia no es de mi propiedad.
Advertencias: Nada del otro mundo.
Pareja: Francia/Inglaterra.
Palabras: 5.283
Beta: Yuki-dono
Resumen: Sabía lo que esa fecha significaba para Arthur. Y con todo y eso, se había quedado a su lado.
Notas: Escrito porque Yuki pidió un fic sobre la imagen que Hima hizo de ellos en esa fecha. Y aquí lo tiene.
4 de Julio
Francis estaba preparado para salir al cumpleaños de Alfred. Se había vestido para la ocasión, tal vez demasiado elegante a sabiendas de la clase de evento a la que asistiría. De seguro resaltaría entre los demás invitados, que era su objetivo en primer lugar. Convertirse en el centro de atención era una necesidad intrínseca, como ir al baño a orinar, tener sexo con alguien lindo y dormir al menos ocho horas diarias para mantener un cutis fresco o, como alternativa, tener al día sus cremas de belleza para disimular ciertos desperfectos originados por noches de desvelos. Tal vez no fueran unas necesidades básicas como las de todo el mundo, pero eran suyas y cualquier violación a estas lo hacían sentirse incómodo. Otras, en cambio, eran inevitables, como el vestir bien y ser extremadamente bello. También el alto aprecio hacia sí mismo. Él lo resumía a que si uno no se quería ¿cómo lo iban a querer los demás? Y ser un ciego y negar lo evidente no era lo suyo.
Se echó perfume, se arregló las mangas de la camisa y se volvió a mirar al espejo por enésima vez. Luego tomó el regalo para Alfred, que había tenido el cuidado de escoger como si fuera para él. Unas cadenas muy bonitas, que al verlas en la vitrina de exhibición le habían robado el aliento al imaginar cuánto se podía hacer con ellas, incluso alguien tan obtuso para estas cosas como Alfred. Y no perdía la fe de ser el primero en probarla (al igual que los demás juguetes sexuales que le había obsequiado en ocasiones anteriores; juraría que Alfred los tenía apilados en algún rincón olvidado de su casa, sin estrenar y recubiertos de polvo).
Francis tomó las llaves de su auto, se las metió en el bolsillo junto a su cartera, tomó su chaqueta y salió de su casa. En el estacionamiento fue directo hacia su Coupé 407, dejando atrás sus demás autos de marcas francesas (porque las alemanas podrían estar muy bien, pero él lo nacional lo llevaba arraigado, bien adentro) y encendió el auto. Las calles de Miami estaban atestadas, como siempre. Estaban a veintiséis grados centígrados, la gente se vestía con ropas escotadas, compaginaban con la noche fresca. Los ojos de Francis se fueron detrás de varios traseros mientras conducía, pasándosele por la cabeza incluso no asistir al cumpleaños de Alfred, seducir a cualquier persona bella, quedarse con el regalo y cambiar el destino fatal de esas cadenas probándolas aquella noche. La idea era tentadora; pensó en que su presencia no era tan importante estando Alfred dispuesto a acaparar toda la atención de cualquier manera, y él no tenía demasiadas ganas de ir, de todas formas. Siempre terminaba atragantándose de pastel, calorías que tendría que rebajar después, y con dolor de cabeza producto de los chillidos de Alfred y sus invitados como él. Si acaso estaría Matthieu para compartir juntos el dolor de cabeza, pero no era seguro. Y esos traseros estaban tan… tan…
Perdió el hilo de sus pensamientos al imaginarse cuánto podría disfrutar la noche con un cambio de planes. Cuando dejó la ensoñación, se dio cuenta que había perdido la orientación y no sabía adónde había ido a parar. Miró de un lado a otro, pero las calles, las personas, las señales y los semáforos cambiando de rojo a verde le confundían. No lograba recordar el camino, aunque ya había ido otra vez a la casa de Alfred en ese Estado. Dio otras vueltas, igual de perdido como al principio y se preguntó si, para empezar, la había recordado alguna vez. Seguro había dado una vuelta mal, lo cual había bastado para desbaratar todo el mapa que se organizaba en su mente. En última instancia, pensó en llamar a Alfred y pedirle que le volviera a decir la dirección como última opción. Cruzó un puente, otra calle, se detuvo en un semáforo en rojo, dañado, lo agarró una cola y a Francis le dio la impresión de que cada vez se alejaba más de su camino. Miró el BlackBerry en el asiento del copiloto, cubierto por un forro negro que convenientemente le combinaba con la ropa. En realidad lo hacía apropósito. El BlackBerry vibraba de vez en cuando, advirtiendo que había recibido otro mensaje. De seguro tendría que ponerse a revisarlos antes de acostarse, a ver cuántas citas o reuniones urgentes se le habrían pasado. ¿Llamaba de una vez?
Mientras cavilaba, una silueta conocida apareció en su campo de visión, cruzando la avenida. Reconocería aquella persona delgada y andrajosa donde fuera, más que nada por su modo de vestir y ese cabello espantoso que no había manera de que luciera ni con el mejor estilista del mundo. En una situación diferente lo habría ignorado y seguido con su ruta, pero ahora le venía como anillo al dedo, siendo lo que le echaba en falta una ruta a seguir. Le dolía reconocerlo, pero él tenía buena memoria para las direcciones y un sentido de la orientación envidiable.
Lo siguió con el auto. Cuando estuvo cerca de él, bajó la ventanilla y gritó su nombre. Arthur Kirkland se detuvo, se giró hacia donde estaba él y emitió un bufido de disgusto al reconocerlo. Pese a todo, se acercó a su auto, sin cambiar el ceño fruncido.
-Buenas noches, inglés –le dijo Francis a modo de saludo.
-Puedes meterte tus buenas noches por ese culo francés tuyo –le gruñó Arthur.
Francis lo observó fijamente, ahora que la luz de una farola lo iluminaba. Su cabello estaba desarreglado, aunque se notaba que había intentado peinarse inútilmente, cargaba una gabardina marrón, pasada de años, que le cubría desde el cuello a los tobillos y unos mocasines de igual color. Tenía el rostro pálido, ojeras profundas producto de días de sueño intranquilo, y en general cargada un aspecto enfermo. A pesar de todo, no parecía que hubiera estado tomando, como bien era su costumbre.
-¿Qué mierda me ves? –le volvió a gruñir.
-Comprobaba que estuvieras limpio –le respondió Francis- para darte la cola. ¿Aceptas?
-Aquí el único que apesta eres tú.
A pesar de su actitud, se metió en el asiento del copiloto, quitando el BlackBerry y mirando por unos segundos la imagen de fondo, que era Francis posando como sólo él sabía hacerlo. Puso una cara de asco y lo tiró hacia los asientos traseros.
-Dime la dirección.
-Está a pocas cuadras –le respondió Arthur, con cierto desdén. Arthur se la dio y Francis la siguió a pie de la letra. Mientras manejaba aprovechó para comprobar si olía a borracho, porque por muy bien que se viera nunca estaba de más asegurarse. Tal vez fue obvio con sus intenciones, porque Arthur agregó pronto:
-Aquí lo único que huele eres tú cargado de perfume. No he tomado ni una gota en todo el día.
Francis le dirigió una mirada incrédula, y como vio que Arthur se indignaba, decidió dar el asunto por concluido. Como una conversación no iba a surgir entre ambos de forma natural, prefirió no forzar al silencio y en cambio acompañarlo con la radio. Al encenderla lo primero que sintonizó fue una emisora extremadamente patriótica, celebrando con gritos y palabras cursis lo que el cuatro de julio representaba para ellos. Sintió que el ambiente agradable y neutral hasta cierto punto comenzaba a reducirse a tensión sin más, y cambió rápido la estación. Pero no obtuvo suerte con ninguna otra señal. Estaban igual de emocionadas con un día que, si bien a él le daba un poco igual y sólo lo recordaba por el teatro que montaba Alfred en su casa, a Arthur le alteraba los nervios.
Y así había sucedido. Colocó rápido un cd de los suyos y se dejó oír el pop francés. Hasta entonces Arthur no había dicho nada, y él tampoco vio importante explicarse. En todo caso, ambos habían comprendido al otro.
Francis se preguntó por qué estaba allí, entonces, si tanto malestar le producía la fecha de independencia de uno de sus hermanos. Con encerrarse en su casa hasta el siguiente día le bastaba. Arthur era un masoquista, eso sin duda alguna, pero un masoquista sicológico, muy diferente a él, claro. Desaprobaba desde hacía años la manera de tomarse la independencia de Alfred, pero no podía hacer nada más, ni le interesaba hacerlo después de que sus primeros consejos fueran recibidos con saña en la lengua y odio en el corazón. En parte había sido su culpa, sí, pero de eso ya habían transcurrido dos siglos.
-Es aquí, frog –le dijo Arthur y Francis salió de sus pensamientos.
Dio un frenazo brusco que hizo a Arthur, quien no se había puesto el cinturón de seguridad, irse hacia adelante y darse un golpe en el pecho. Recibió una maldición y varios insultos que ignoró con la pericia de años de una persona acostumbrada a escucharlos; además, algo más había capturado su atención.
El sitio en cuestión era una feria. ¿El cumpleaños de Alfred era allí? Le había parecido que era en su casa, así habían sido sus indicaciones en la tarjeta de invitación. Le dirigió una mirada interrogativa a Arthur, pero éste no lo sacó de sus dudas, sino que se abrió la gabardina marrón y se la quitó. Cargaba unos pantalones de blue jean negros, y una camisa blanca un tanto ya amarillenta, con las palabras Hot Dog escrita sobre la tela.
-No entiendo nada, Arthur –decidió confesar por fin-. ¿Qué es este lugar? ¿Y por qué arruinas aún más tu imagen al vestirte así?
-Serás lento, Francis –le dijo Arthur, mientras alzaba el seguro-. Esto es una feria y tú no tienes nada que decirme sobre moda, payaso. ¡Lo demás averígualo tú mismo!
Salió del auto antes de que Francis pudiera detenerlo, exigirle más explicaciones y sacar a defender (aunque no fuera necesario, se notaba a simple vista) lo atractivo que se veía con lo que llevaba puesto. Lo perdió de vista entre la multitud que entraba y salía de la feria. Francis pensó en irse y dejarlo a su suerte, pero un sentimiento inoportuno le impidió hacerlo. Buscó puesto, aparcó unas dos calles más abajo debido a la cantidad de gente que asistía a la feria y fue hacia la entrada, que era libre. A todas luces la fiesta de Alfred se debía de estar llevando a cabo en su casa, fue un tonto en no preguntarle si se dirigían hacia allá y aún más a no olerlo con mayor ahínco. Su perfume debía de haberle confundido el olfato. Porque de la manera en la que se había ido Arthur, indicaba que o estaba borracho o algo loco, y por más que lo detestara, que su mayor enemigo perdiera la cordura no era uno de sus mayores deseos.
La feria estaba atestada de gente, apenas se podía mover con libertad; a veces tenía la impresión de que la muchedumbre lo conducía como un grupo de peces en el mar. Tropezaban con él, como si lo vieran demasiado tarde. También se sabía observado; varias chicas y uno que otro hombre le echaban un ojo, pero Francis no se detenía en ellos. Maldiciendo su comportamiento, buscaba a Arthur entre ese millar de personas atestando la feria con sus carnes bronceadas y ropas ligeras. Y no sabía por qué le estaba buscando, exactamente. Podría dejarlo allí y que luego se las arreglara solo, para eso era un adulto. Sin embargo, si se iba después le vendría la culpa y un desagradable sentimiento de haberlo abandonado cuando seguro después lo necesitaría (aunque Arthur nunca lo admitiría ni le agradecería).
Barajó los posibles sitios donde pudiera encontrarse Arthur. Rápidamente, “cervecería” fue su primera opción, pero ¿dónde quedaría? Le pidió la dirección a un hombre asquerosamente bueno y se alejó de él arrastrando los pies, obligando a su voluntad cumplir con su deber. Le dio una última mirada y se encontró con el hombre, quien no le había quitado la mirada de encima en ningún momento, dedicándole una sonrisa que hablaba por sí misma. Francis se la devolvió, dando un leve movimiento de cabeza, en señal de negación, y siguió andando.
Se perdió dos veces hasta por fin encontrar el sitio que le había indicado aquel hombre, un local cerrado y custodiado por un guardia de seguridad más preocupado en charlar con la mujer del puesto de al lado que de vigilar. Entró y se encontró con una pila de borrachos saturándose las venas con alcohol. Le dio cierto asco el ambiente; olía a cerveza y a tabaco impregnados en los cuerpos. El sitio en sí era pequeño, lo que aseguraba que los clientes estuvieran apretujados, espalda contra espalda, y que Francis al avanzar se manchara la chaqueta con sudor ajeno.
Divisó a Arthur en la barra, acabando de un trago una botella de cerveza. Tenía ese aspecto de borracho perdido que siempre adquiría cuando bebía sin control. Tanto de su lado izquierdo como el derecho estaba rodeado de borrachos igual que él, bebiendo como si su vida se fuera en ello (lo que tal vez así fuera en caso de la mayoría, pero en Arthur no, coño). Se le acercó y le puso una mano en el hombro.
-Arthur –le llamó.
-Aishh, ¿qué? –le respondió éste, sin expresar ninguna sorpresa al verlo allí. Sostenía otra botella a punto de ser empezada-. Argh, eresh tú. –Con un movimiento brusco le apartó la mano de su hombro, se giró como si no hubiera ocurrido nada y siguió tomando.
-No me ignores –le exigió Francis, molesto por la falta de atención. No le sorprendía la actitud de Arthur después de ver cómo estaba y en examinar cómo lo trataba normalmente, pero no podía dejar de ofenderle-. Mierda, eres tan problemático.
Arthur no hizo ademán de oírle. Seguía tomando, balbuceando palabras incomprensibles, codeándose con los otros borrachos. Francis se sintió como un adorno más en la decoración (bastante feúcha, está de más agregar), a quien nadie le prestaba la suficiente atención como para distinguirle los detalles, y esta vez, Francis se estaba enfadado.
Estaba parado allí, como un idiota esperando la reacción de alguien que le daba la misma importancia que las botellas vacías tiradas que rodaban por el suelo, sólo porque había sido demasiado cobarde como para dejarlo tirado a su suerte y aún lo seguía siendo. Ese día, ese cuatro de julio, era una perdición.
Se sentó en una mesa desocupada, con puesto para dos. Miró con desdén el resto del local antes de volver su vista hacia Arthur, quien no daba muestras de detenerse en poco tiempo o al menos preguntarse qué había sido de su existencia. La única camarera del local se le acercó y le pidió su orden, pero él la rechazó.
-Preferiría saber tu nombre, chérie. –dijo.
La mujer se sonrojó levemente, le sonrió como mujer acostumbrada a esas propuestas y se lo dijo en el preciso momento en el que Arthur y otros más daban un alarido, lamentándose por quién sabe qué cosa de la república.
-Pregunta por mí después de terminado el turno; ya sabrán. –Y se alejó de él, a ser llamada por otros clientes que le pedían nuevas rondas.
Francis cada vez se sentía más incómodo. Estando quince minutos sin hacer nada más que asquearse, decidió que ya había sido suficiente. Se levantó pero no se dio cuenta que otro cliente pasaba al lado suyo, causando que ambos chocaran entre sí y la cerveza que cargaba en la mano terminara tirada sobre su camisa blanca de diseñador. Gritó una grosería, por el enfado y casi saltó sobre el hombre que había arruinado su ropa; el otro hombre también estaba molesto, acusándole de estorbar y de desperdiciar una bebida. Se contuvo de golpearle, sabiendo que no valdría la pena, y ya sin poder soportar nada más, se volvió hacia Arthur.
-Nos vamos. No pienso dejarte aquí –le dijo, tomándole por debajo de las axilas.
-¿Pero qué mierda haces, frog?
Sin ninguna delicadeza lo levantó, pese a las protestas de Arthur y los intentos de liberarse, pero Francis también siguió forzando y, como pudo, lo sacó fuera del local. Todos los clientes voltearon a ver el escándalo, pero Francis no les prestó atención. Ya afuera, siguió llevándolo lejos, esquivando las personas que se les quedaban viendo curiosas y con un único punto fijo en mente: irse de allí. Pero a mitad de camino, Arthur por fin consiguió liberarse al hacerle tropezar con uno de sus pies y así, caerse al piso, donde también se ensució el pantalón.
-¡Ja, bastardo,, mira cómo has quedado! –exclamó Arthur, sin reparar que se veía peor que él. Luego se tambaleó y estuvo a punto de ir a parar al piso, a hacerle compañía-. Esta puta tierra que da vueltas y vueltas… mira que marea a uno…
Francis se levantó preguntándose por qué mierda seguía allí. Hacía mejor en irse de una vez y dejarlo perdiéndose en su despecho. Maldita fecha. Y maldita persona con inmadurez emocional. Aún así, no se movió. Arthur balbuceó algo que Francis no llegó a comprender, y comenzó a alejarse con paso inestable, tambaleándose de un lado a otro. Francis lo siguió, sin ponerse a su altura. Sentía asco por su suciedad y la de Arthur y todo lo que estaba pasando y, seguro, habría de pasar.
Arthur se detuvo frente a una gran pancarta, que decía «Concurso de Hot dogs». Había una mesa con capacidad para diez personas obesas; era evidente que para ellas estaba planeado el evento. La fila para inscribirse estaba conformada por gordos. Francis vio con vergüenza ajena cómo Arthur se coleaba por entre las personas y llegaba a la mesa de inscripción, ignorando las protestas por un tiempo hasta hartarse y gritarles barbaridades a los demás. Francis no quiso presenciar más. Desvió la mirada hacia otro puesto, uno de camisas. Se acercó y las examinó, eran de tela barata, nada del otro mundo e insultaban su sentido de la moda, pero aún así se compró una idéntica a la que cargaba Arthur. Se quitó su propia chaqueta y camisas sucias y las tiró a la basura; sinceramente, no quería nada que ver con ellas ahora que se habían impregnado con la mugre de aquella muchedumbre. Se colocó su nueva camisa y se convenció de que no le quedaba mal. Era de esperarse, claro, tratándose de él.
Se sorprendió cuando encontró a Arthur encaminándose hacia él y se quedó extrañado cuando soltó una risotada y señaló con el dedo a la camisa, como si no se creyera lo que estaba utilizando. Francis adoptó una actitud que le parecía bastante digna para la ridícula situación.
-¿Copiándome, Wineface?
-Por favor –soltó Francis, irritado-. Vámonos de este lugar, no estás dentro de tus cabales y acabarás cometiendo una estupidez tarde o temprano.
En otras circunstancias, Francis hubiera disfrutado del comportamiento de Arthur, hasta lo habría alentado, pero hoy le parecía haber llegado a un límite que no quería sobrepasar. A lo mejor se trataba de su conciencia, que a pesar de todo seguía manteniendo en funcionamiento aunque a veces deseara lo contrario. No siguieron hablando, el concurso daba inicio y Arthur fue a su lugar, en una esquina de la gran mesa. Francis lo siguió y se sentó a su lado, bajo la vana esperanza de hacerle recapacitar. Una cantidad exagerada de Hot Dogs fueron colocados enfrente de sí y comenzó la comilona. Arthur se tragó el primero perro caliente casi sin masticar siquiera, lo mismo que con el segundo y el tercero. Francis tuvo que reconocer que era rápido, también que la indigestión después sería bárbara.
Aunque no era el más veloz. El resto de los participantes estaban a la par y había uno en especial que parecía engullir los perros calientes como si fuera una máquina; les llevaba la delantera y a todas luces ganaría.
-No te esfuerces tanto –le dijo Francis a Arthur, viendo que estaba lejos de obtener el primer puesto-. Podría caerte mal después.
No había terminado de decirlo, cuando Arthur dejaba en el plato un perro caliente sin terminar y se tapaba la boca con las manos, ahogando un gran eructo. Tres puestos más allá se oyó un grito de victoria y las personas comenzando a celebrar. Unos participantes dejaron de comer de inmediato, otros seguían aprovechando. Arthur miró su plato sin decidirse a continuar o dejar la batalla por perdida (como, de hecho, ya lo estaba). Al final apartó el plato y se levantó con aire derrotado. A Francis le pareció que ese aspecto ya lo venía mostrando incluso antes de entrar al concurso, incluso a la feria misma, y se preguntó por qué no se había dado cuenta antes.
Arthur y él caminaron por la feria, sin rumbo fijo. Francis se mantenía a su lado, aunque pensaba que de nada valía seguir acompañándole. Tampoco se terminó de ir esa vez. Arthur lo condujo de un lado a otro, sin un rumbo determinado, y Francis no se quejó ante esto. A medida de que andaban, se iban internando en lugares menos transitados. Se detuvieron en una zona casi deshabitada, con un trío de borrachos tomándose cajas de cervezas y un par de parejas, protegidas por la oscuridad de la zona, proporcionada por la falta de luz en los faroles. Arthur se tiró en el suelo, sin importarle si se ensuciaba o no. Francia se sentó a su lado. Se mantuvieron en silencio, con sólo Arthur rompiéndolo murmurando cosas para sí mismo, maldiciendo y soltando groserías sin venir a cuento.
-Qué borracho estás –le murmuró Francis.
-No lo estoy.
-Lo estás.
-No, tú… -Arthur se cortó, Francis supuso que pensaba cómo continuar-… tú eres el borracho aquí.
-Eso no tiene sentido.
Arthur no le repuso nada, tal vez reconociendo su falta de coherencia. Francis no vio que hubiera nada más que añadir, así que volvió a caer el silencio. Se oían las risas de los borrachos cerca suyo, el barullo de la feria, los cariños de las parejas… También el tráfico de la ciudad y fuegos artificiales estallando en el cielo. Francis estuvo extasiado por los colores en el firmamento cuando de pronto, sin ninguna explicación, tuvo a Arthur frente suyo, con el mismo aire perdido y el aspecto de borracho sin remedio.
-¿Qué pasa? –le preguntó.
-No te importa, bastardo –le gruñó Arthur.
Pero claro que a Francis le importaba. Le importaba porque ahora Arthur inclinó la cabeza y llevó sus labios hacia los suyos, y eso requería de una explicación. Mierda, claro que la requería. Porque Arthur no lo besaba, nunca. Era Francis quien se aprovechaba de las oportunidades, nunca al revés.
Arthur siguió en la misma posición, como tanteando el terreno. Francis estaba demasiado sorprendido como para apartarlo o pensar qué hacer. Su cerebro se había desconectado, estaba perdiendo la razón a medida de que pasaban los segundos.
Arthur le lamió los labios; consiguió una puerta indecisa a abrirse, no cerrada con llave y candado porque nunca estaba cerrada para nadie, y Arthur se aprovechó de eso. Francis no vio motivo para seguir negándose, no cuando Arthur seguía insistiendo y ahora subía una mano hacia su cuello y terminaba rodeándolo, aferrándose a unos cuantos cabellos. Lo recibió, con su aliento, el aliento de borracho; arrugó la cara al percibir el alcohol mientras la lengua de Arthur se hacía con la suya. Y, tal vez fuera por el cansancio, lo harto que estaba de todo aquel teatro, o por su manera de besar, pero no le molestó como debió de haberlo hecho.
No fue consciente de cuánto duró, ni si esos fuegos artificiales que oía en el cielo le hacían eco a su propio parecer; el rojo, el verde y el amarillo coloreaban la noche negra, en un estallar sin fin próximo, porque la noche aún era joven y en un cuatro de julio las noches duran hasta despuntar el sol. Eran días de fiesta para todos menos Arthur y quien tuviera la mala idea de acompañarle en su despecho. Francis lo sabía y aún con eso se había quedado.
Arthur se separó y dejó caer la cabeza en su pecho. Tenía los cabellos húmedos por el sudor, pero a Francis no le dio asco. Creía que estaba sollozando con voz muda, su cuerpo tembló ligeramente. Francis se mantuvo quieto, ofreciendo su silencio como consuelo. Cerró los ojos y quiso desaparecer del lugar, olvidar la escena, el comportamiento de Arthur y el suyo propio. Porque era iluso esperar algo más después de todo. Servía como apoyo en un caso extremo pero nunca se podría pasar a mayores.
-Qué patético –murmuró Arthur, y no supo si se refería a la situación o a sus sentimientos.
-Sí, qué patético –asintió Francis, pero más para sí mismo que para el otro.
Ajenos al tiempo, Francis pensó que se habían mantenido en esa posición por horas. Por fin se levantaron, Arthur aún tambaleante. Comenzaron a caminar, esta vez hacia la salida. Ignoraron a las personas aún celebrando a su alrededor, las luces, los juegos, todo; fueron hacia su autor y Arthur se tiró en el asiento trasero, con la cabeza dando al piso.
-No te atrevas a vomitar aquí –le advirtió Francis, antes de encender el coche y arrancar. Irían a su hotel.
Sólo que dio unas cuantas vueltas de más porque se volvió a perder. Arthur, sin la mente clara, tuvo que indicarle la dirección lo mejor que pudo, lo que ocasionó que diera más rodeos; pero por fin llegaron a la recepción. Subió a Arthur hacia su habitación y lo recostó en su cama, sin intenciones de quitarle la ropa. Lo dejó tirado, rendido ante el cansancio y un cuerpo ya rendido, murmurando aún pestes contra todo el mundo, este día, contra Alfred y contra él mismo. Francis se desvistió y se colocó su pijama de seda, de bordados de soles dorados en la tela. Se recostó a su lado, por primera vez en su vida sin otras intenciones que las de dormir. Ni siquiera deseó abrazarlo en medio de la noche.
Y así, se durmieron juntos. Hasta la mañana siguiente.
Francis fue despertado por varios zarandeos seguidos. Abrió los ojos y se encontró con Arthur casi encima suyo, mirándole furibundo. Tenía unas ojeras espantosas, una palidez anormal y seguía oliendo a alcohol y a otras sustancias que Francis prefería no distinguir.
-Al fin despiertas, bastardo –le gruñó Arthur, retirándose de encima y llevándose una mano hacia su cabeza-. Maldito dolor de cabeza… -A medida de que hablaba, Francis se fue reincorporando; lo observó con interés-, qué me habrás hecho para quedar así. Y ni siquiera tienes a la mano unas pastillas o algo, planeas matarme, seguro.
-¿Sigues delirando? –le repuso Francis, levantándose aunque tampoco se sentía muy bien. Al verse en el espejo de cuerpo entero que tenía en su habitación, vio que su aspecto estaba desmejorado a comparación con otros días, y cargaba unas ojeras igual de horribles.
Arthur le respondió con aún más pestes.
-Tomar de esa manera no está bien –siguió Francis-, y menos comportarte como lo hiciste ayer, ¡a tu edad!
-¿A mi edad qué, anciano?
La palabra fue como un golpe en la vanidad de Francis, pero no se ofendería tan rápido por lo mismo. Se le quedó mirando, y se convenció que ahora no estaba de humor para sermones. Suspiró y, dándole la espalda, fue hacia el teléfono de la recepción y pidió que le trajeran un desayuno para dos. Después le tendió a Arthur dos pastillas para el malestar general, que fue recibido con suspicacia.
-No planeo matarte, mon anglais. No con unas dosis tan pequeña.
-Tienes un punto –le concedió Arthur, a regañadientes.
Les trajeron el desayuno y comieron en la cama, en el más completo silencio. A Francis le dio curiosidad qué le pasaría por la cabeza, si estaría meditando su actuación de ayer o lamentando no haberse abandonado en la misma desesperación de todos los años. No atendieron llamadas, aunque los celulares de ambos repicaron varias veces. Al terminar de comer, Arthur se recostó y siguió quejándose. Francis lo ignoró y entró al baño para arreglar lo que un mal trasnocho le había hecho a su cara.
Casi no hablaron, ni amenizaron el silencio prendiendo la televisión o escuchando música. Después de salir del baño, sin estar muy convencido de haber disimulado las ojeras, tomó un libro que había estado leyendo en los últimos días, se acostó al lado de Arthur dándole la espalda y retomó la lectura. Estuvieron en la misma monótona escena hasta que se hizo lo bastante tarde. Francis, retirando la vista de su libro, comprobó por el reloj de la pared que habían dado las cuatro.
-Oh, nos perdimos el almuerzo –se lamentó. Perder comidas no estaba bien si quería conservar ese maravilloso cuerpo suyo-. ¿No tienes hambre, Arthur?
-Vete a la mierda –le gruñó él.
-No es un lugar al que me apetezca ir –Francis le sonrió con pereza. Si estaba de humor para responderle mal, también lo tendría que estar para oírle-. ¿Sabes? Quedarse enterrado en el pasado no es bueno para nadie, ¿es que tanto quisieras seguir teniendo a Alfred?
-Jamás debí perderlo.
-Repito, ¿quieres tener a este Alfred?
-Si nunca me hubiera abandonado, todo sería diferente. Pero tuvo que metérsele ideas estúpidas, tú tenías que meterte en medio sólo para fastidiarme.
-Era inevitable que buscara ser libre –se defendió Francis-, yo sólo le di un empujón. ¿No es así como ocurre con todos? ¿No fue así como nos ocurrió con Roma? Él, que era tan grande…
-Cállate. –Arthur se reincorporó y, violento, le tomó por el cuello de la bata de seda-. No intentes justificar lo que hiciste, ¡no tienes ningún argumento con el que yo piense perdonarte!
-No busco tu perdón –le dijo Francis, con cierta lentitud; tener a Arthur dispuesto a golpearle no había entrado en sus planes cuando pensó en regañarle-. Como sé que tú no buscas el mío.
Tal vez fuera por el efecto de sus palabras, pero Arthur suavizó su agarre gradualmente hasta soltarlo por completo. Se tendió a su lado, y no volvió a decirle nada hasta caer la noche, donde perezoso se metió al baño, se duchó, se vistió con la misma ropa y se largó de la habitación del hotel, sin despedirse. No volvieron a cruzarse por el resto de la semana, ya fuera porque inconscientemente o no, ambos buscaban evitarse.
El 14 de julio se encontraron nuevamente, en la fiesta de cumpleaños de Francis. O, al menos, la fachada de cumpleaños que montaba cada año; después de todo, una nación como él había dejado de tener edad desde hacía mucho, incontable era el tiempo que había transcurrido desde que nació como la Galia y fue creciendo hasta convertirse en lo que era ahora.
Siendo sinceros, Francis lo invitó porque no le quedó de otra. Y Arthur asistió por lo mismo. Al encontrarse en la reunión, intercambiaron una breve mirada que ninguno quiso aceptar que había comprendido. Arthur le tendió el regalo y Francis lo aceptó, comportándose con excesiva educación.
-Gracias.
-No tienes por qué –repuso Arthur-. En serio, no lo tienes.
-Palabra vana, ¿no? –dijo, aceptando que estaba en lo cierto.
Ninguno de los dos gastaría su tiempo en acciones como esas, no cuando lo que habían vivido se interponía en sus sentimientos, renaciendo emociones que se mantenían ocultas esperando aparecer a la menor oportunidad. Habían demasiados sucesos –guerras, traiciones, derrotas- que les impedía pasar página, aunque por lo larga de esa relación de desprecio mutuo hubieran llegado a un nivel en su relación donde ya la compañía del otro lo veían como un mal soportable. Y, en el caso de fechas nefastas, como la única compañía que tendría las agallas para aguantarlo.
Para eso estaban los némesis.
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