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Scarlet.D
Author of 66 Stories

Rated: T - Spanish - Angst/Drama - Saga & Radamanthys - Reviews: 1 - Published: 10-29-09 - Complete - id:5475369

Capítulo 5

*

— ¿Ha salido de la habitación?— preguntó a un sirviente que cruzó su camino.

—Me temo que no, señor. — Entonces Radamanthys finalmente decidió irrumpir en ésta.

Tal como Pandora le había indicado, la mañana previa había recogido a Saga para después abandonarlo en su recámara, desentendiéndose de la mirada vidriosa y el semblante demacrado. Se había ocupado en sus asuntos sin preocuparse por el gemelo hasta que éste se ausentó a la hora de la cena, pero también había permitido a esa noche transcurrir, resentido consigo mismo por dejarse conmover tan fácilmente.

Se requirieron de horas de desazonado sueño para orillarlo a imponer cese a su autoengaño.

Encontró a Saga acostado sobre la cama. Sus ojos estaban ocultos pero era evidente que no dormía. Su respiración era forzadamente calma, antinatural. Estaba tieso de terror.

—Géminis —vaciló al notarlo dar un respingo, pero terminó de recorrer el camino hasta el lecho.

Saga entreabrió los ojos, inesperadamente duros e intimidantes.

Radamanthys flaqueó. No se sentía cómodo, eso no era parte de su deber. Tenía un ejército que organizar para la inminente batalla y en lugar de eso desperdiciaba su tiempo con el complicado griego.

Deslizó una mano nerviosamente por su cabeza.

— Lo que te mostró no es real — Quizás estaba soltando una descarada mentira, él no tenía manera de saber, pero era lo que menos le preocupaba. Sólo quería sacar al otro de su atontamiento.

Saga no era capaz de creerle. La calidez de la sangre de Athena empapándole las manos continuaba como una sensación vívida, sus lloriqueos angustiosos traspasaban su masa encefálica como agujas picando una y otra vez, mil veces en el transcurso de un segundo.

—Olvídalo — Wyvern ordenó incuestionable.

Enterró una rodilla en la cama y se inclinó sobre Saga. Apoyó una mano en el colchón y colocó otra alrededor de su cuello, usando el pulgar para acariciar bajo su mandíbula mientras se acercaba lo suficiente a su rostro.

Lo besó demorado y con detenimiento, sin mostrarse excesivamente ansioso. Lo distrajo poco a poco, refrenándose cuando el contacto se profundizaba demasiado, estableciendo cortas pausas para dar lugar a toques suaves que retomaban una natural evolución; una succión demandante, el roce de una tibia lengua y la posterior inmersión de ésta entre suspirantes labios, para repetirlo todo de nuevo cuantas veces fuera necesario, hasta que lo sintió totalmente consumido.

Retrocedió, se quedó sentado a su lado con un brazo descansando parcialmente sobre su cintura, y simplemente lo observó.

Saga alzó una mano y frotó cansadamente sus ojos, dejándolos ocultos. Limpió sus húmedos labios con una caricia circunspecta de su lengua y exhaló entrecortado. Dejó una mano sobre su propio pecho y otra apoyada con ligereza sobre las sábanas, cerca de su cabeza.

Corrieron varios minutos en los que no hubo más ruido ni movimiento, hasta que Saga dio fin a su breve reposo y giró sobre su costado para enfrentar mejor al espectro.

Radamanthys opinó que el mayor lucía mucho más tranquilo que antes. En su mirada captó una calma incipiente y quebradiza que no había estado ahí la última vez.

—Wyvern… ¿Qué es lo que va a suceder?— expresó un murmuro deleznable.

Obviamente a Saga no se le había escapado la anormalidad de la última reunión con Pandora. Y realmente no quería enterarse de nada, pero temía que tarde o temprano se vería involucrado en lo que fuera que se avecinara.

Radamanthys consideró que no era el mejor momento para hablar de eso, pero se trataba de una cuestión que debía atenderse lo más pronto posible, y si el mismo Saga estaba preguntando entonces no veía porque demorarlo.

Aún así se tomó unos instantes en responder, entreteniéndose en una caricia lenta sobre el costado de Saga, sus dedos oprimiendo con la justa presión para hacer a aquél suspirar.

— Hades exige que traigas la cabeza de Athena.

Las palabras, si bien moduladas con cuidado por una voz cautivante, azotaron como virulenta tempestad sobre los sentidos de Saga.

Radamanthys continuó explicando de manera concisa los detalles que Pandora le había dicho, ansioso por terminar con eso y librarse de la mirada sobrecogida que el otro había instalado sobre él.

Atónito, resistiéndose a asimilar la disparatada noticia de Radamanthys, el de cabellos azules no atinó más que a negar urgentemente con la cabeza. Se incorporó hasta sentarse y escudriñó al menor con ojos desesperados que lucían más abiertos de lo habitual, en busca de cualquier indicio de que la incongruencia recién escuchada no había sido verdad.

Repentinamente hastiado por la notoria tribulación del otro, Radamanthys se puso de pie con intención de dejarlo digerir la idea en privado.

Al ver al rubio levantarse, Saga escupió apresuradamente en un hilo de voz:

— ¿Si me niego…?— Radamanthys alzó las cejas y torció levemente los labios conteniendo una sonrisa. Miró a Saga con divertido reproche impreso en los destellos de sus pupilas.

El griego debía saber que no se le estaba ofreciendo una opción.

—Si rechazas esta misión serás enviado al tribunal para un juicio propio, y tu alma será transferida al círculo del infierno pertinente.

“Los arbustos” La turbulenta imagen acudió a su mente.

Saga desvió la vista y adoptó un semblante gélido. Radamanthys optó por tomar eso como una aceptación y se retiró para atender sus pendientes diarios.

Saga no lo pensó dos veces. Iría con el mismísimo Hades si era necesario pero tenía que hacer algo para cambiar su destino.

Se escabulló hasta las escalinatas por donde Radamanthys lo había guiado al Inframundo la última vez. Un sentimiento ominoso se fue estancando en su interior a cada paso que lo arrimaba más a aquellos terrenos funestos.

La activación de su cosmos aplacó su alteración momentáneamente, y contó con la suficiente lucidez para decidir que debía evitar la primera prisión, así que buscó algún camino alterno.

Apegándose a su memoria, marchó raudo por los conocidos valles de humos mortíferos e inagotables torturas. Atravesó el bosque de sus pesadillas asegurándose de no mirar nada por demasiado tiempo, manteniendo sus ojos sobre ningún punto en concreto. Y cuando emergió hacia el siguiente círculo, se vio hechizado de nueva cuenta por el torrente de brillante escarlata que descendía majestuoso hacia el vacío infinito.

Alcanzó el risco de esa cascada y se tomó unos minutos para dejarse fascinar por el macabro espectáculo.

Y mientras yacía poseído en ese oscuro estado de embeleso, su previa angustia fue revivida progresivamente, inspirada por el indómito ritmo del líquido que fluía inagotable, y el estrepitoso crujir en la base de la catarata que, cual soberano incesante, anulaba cualquier otro ruido.

Sintió la avasallante necesidad de arrojarse y dejarse ahogar por la llamativa corriente de sangre y lágrimas, lavar ahí las propias.

Saga se dobló sobre sí mismo, sintiendo que su diafragma se contraía punzante, oprimiendo a un par de pulmones que reaccionaron con inhalaciones aceleradas y bruscas. Apoyó las manos sobre sus rodillas y se mantuvo en esa posición inclinada durante los inacabables minutos que le tomó serenarse.

El pánico subsidió con extrema lentitud para dar lugar a una narcosis que le entumeció deliciosamente.

Se enderezó y dio la vuelta, continuó caminando sin rumbo fijo, con pasos aletargados, un objetivo ambicioso rondando sus pensamientos.

Matar a Hades.

Intentó motivarse diciéndose que no sería imposible; el dios todavía debía encontrarse debilitado. Además, en el inframundo su cosmos no estaba reprimido y quizás podría conseguirlo…

Si es que daba con él.

No tenía idea de hacia dónde dirigirse, y después de algunas horas de infructuosa búsqueda, su azaroso andar lo guío a un insospechado paisaje de ensueño que lo dejó boquiabierto.

Atraído por los pétalos que flotaban en el ambiente, incompatibles con todo lo que Saga había conocido del mundo de los muertos hasta ese momento, se filtró en un amplio campo de flores.

Los amables colores y delicados aromas que inundaron sus sentidos le caían como inconciliables con el resto de experiencias que había tenido en ese lugar. Así que avanzó desconfiado de su propia percepción.

El corazón de Saga duplicó el ritmo de su golpetear cuando una melodía arrebatadoramente hermosa llegó a sus oídos. Inspeccionó el lugar hasta que localizó un par de siluetas a considerable distancia, y se acercó asegurándose de ser sigiloso.

Cesó su andar cuando estuvo lo suficientemente cerca para estudiar las figuras, pero no tanto como para que aquellas lo notaran.

Parpadeó confundido cuando sus retinas captaron a una bella mujer con la mayor parte del cuerpo implantado en roca. Se mantenía en silencio e inmovilidad, pero Saga podía percibir que estaba consciente.

Hincado frente a ella, un hombre ataviado con una armadura plateada tocaba concentradamente la lira, produciendo una sinfonía espléndida pero melancólica.

Saga se sentó sobre la floral alfombra y observó atentamente la situación que se desarrollaba en tan utópico panorama.

La mujer evidentemente era víctima de una condena lamentable; un cuerpo petrificado por Dioses sabría cuánto tiempo y que probablemente continuaría así por siempre.

Saga sintió a su garganta ceñirse al imaginar que él llegaría a convertirse en algo similar si aceptaba su castigo final en el inframundo.

No obstante, si él fuera el infeliz condenado a ese destino, no habría nadie a su lado mostrando devoción como el fiel acompañante de aquella mujer.

No tendría porque haberlo, no debía siquiera desearlo. Era una suerte miserable para cualquiera.

Podía escuchar el amor incondicional en las notas, y el desconsuelo desgarrador en cada cambio de altura. El hombre narraba mediante apasionantes acordes su sentir.

A Saga le pareció un espectáculo conmovedor y deprimente al mismo tiempo, digno de lástima y admiración por igual.

Volteó al percatarse de un intenso cosmos a sus espaldas. Radamanthys se dirigía hacia él con un andar calmoso. Sin mostrar una pizca de arrepentimiento por haber salido sin autorización, Saga retomó la contemplación de la desdichada pareja.

Radamanthys se detuvo al lado de Saga pero no dio señales de enojo por la pequeña aventura de aquél. Lo reprendió solamente con su silencio. No sabía lo que había pretendido con ese iluso escape pero quería creer que ya se había dado cuenta de lo inútil que había sido.

— ¿Por qué están aquí? —Radamanthys siguió la embriagada mirada de Saga hasta ubicar a Orfeo y Eúridice.

— Por el capricho de un dios, al igual que tú. — El juez notó un insignificante tiritar en las manos del mayor.

Saga enlazó los brazos sobre sus rodillas y una arruga poco marcada apareció en su frente.

Wyvern adivinó que su comentario había removido preocupaciones que el gemelo se había permitido dejar de lado mientras disfrutaba de la nostálgica composición de Orfeo. Soltó un suspiro exasperado.

— Athena, Hades, es todo lo mismo. Son dioses y tú eres un humano. — Y Radamanthys no entendía por qué aquél perdía tanto tiempo atormentándose con una decisión que no le competía.

—Un peón...—complementó Saga. Radamanthys lo ratificó con una suave inclinación de su cabeza. Entonces, sin quererlo, su mirada quedó prendada de un punto específico entre los alborotados mechones índigo de Géminis.

Se adelantó un paso y estiró un brazo, extendiendo la palma de su mano para retirar con un delicado empuje el terso pétalo que se había alojado en el cabello del otro.

Saga sintió el efímero roce y giró el perfil para ver al rubio con un gesto interrogante.

—Hora de irnos—le indicó, ladeando el rostro para señalar que se pusiera de pie.

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— ¡Ngh!

Saga entornó los ojos y los dedos de sus manos sufrieron pequeños espasmos, ansiando convertirse en puños. Su atención continuó dedicada al hombre que, sobre manos y rodillas en el piso, justo a su lado, luchaba por no retorcerse de dolor.

El mismo Saga sentía a sus oídos a punto de sangrar por la melodía chirriante que la mujer localizada a unos metros adelante extraía de una elegante arpa. Incluso sin ser el depositario de los atormentadores efectos, no podía esperar otro segundo a que Pandora se detuviera.

—Radamanthys… — conseguía ser amenazante sin importar el tono bajo y casi adormilado de su voz. —Tu encargo era muy sencillo: custodiar al caballero de Géminis.

La joven tiró de una cuerda por algunos momentos y luego la soltó provocando una vibración desafinada. Todo el cuerpo de Radamanthys se sacudió torturado, dolientes gruñidos escapando entre sus apretados dientes mientras hacía todo lo posible por no acabar totalmente desplomado en el piso.

—Tú mismo lo solicitaste, así que me sorprende que hayas sido tan irresponsable. — reprendió frunciendo levemente el ceño.

Saga adoptó un gesto similar, genuinamente impresionado ante la información de aquellas palabras. Si bien, al tomarse un minuto para analizarlo, concluyó que resultaba bastante obvio.

—Quizás debería pedir a Aiacos o Minos que te releven. —Radamanthys y Saga dieron imperceptibles sobresaltos a la par. El rubio miró al gemelo de soslayo durante unos momentos, para luego limpiar el sudor de su frente con el reverso de la mano e incorporarse hasta quedar arrodillado. Agachó la cabeza y pasó saliva, haciéndose de la solemnidad adecuada para su voz.

—Eso no será necesario, señora Pandora. Le aseguro que no volveré a decepcionarla.

— ¿Le has informado al prisionero sobre la misión de mañana?— Radamanthys soltó una tenue exhalación de alivio. El rápido cambio de tema daba por entendido que Pandora aceptaba sus disculpas, y la notable modificación en el estilo de su música le confirmó que su castigo había finalizado.

—Sí.

— ¿Y bien? — Radamanthys volteó hacia Saga con una mirada expectante. El gemelo vaciló durante unos segundos, pero acabó hallando el aplomo requerido para hincar una rodilla en el suelo imitando la disciplinada postura del espectro.

— Serviré al emperador Hades. — A sus propios oídos las palabras se escucharon irrebatibles. Una sardónica parte de su ser sintió que debía felicitarse a sí mismo.

— Me complace escuchar eso. — Saga conservó las pupilas apuntadas al piso, haciendo caso omiso a la opresión que se arremolinó en su pecho, para concentrarse únicamente en las apacibles notas con que Pandora remataba su tonada.

— Márchense.

Lo hicieron sin demora. Y se encaminaron de regreso a sus habitáculos compartiendo un silencio encrespador.

Saga advirtió con facilidad lo destemplado que ese encuentro con la temible Pandora había dejado a Radamanthys. Por un momento consideró la posibilidad de disculparse por haber causado problemas, pero no sería del todo sincero y aquél lo sabría.

Sin embargo, tenía que decir algo. Cuando divisó la puerta de su habitación esa necesidad incrementó en intensidad. Al día siguiente partiría hacia el Santuario bajo las órdenes de Hades y le dejaría un sinsabor el que esa noche cada quien se fuera por caminos distintos sin ninguna clase de resolución.

Cuando alcanzaron el portal de su cuarto y el otro dio el primer paso para continuar su camino, Saga instintivamente atrapó una de sus muñecas para detenerlo.

—Escucha, Wyvern…— el aludido le dedicó una mirada perpleja sobre su hombro. Saga se sintió un tanto acobardado pero se obligó a dejar las palabras fluir sin mayor premeditación.

— Pandora dijo que habías solicitado mi custodia… No sé por qué lo hiciste ni te lo estoy preguntando. — Lo soltó y retrocedió un paso—Pero, gracias.

Radamanthys terminó de voltear hacia Saga. Su cara era una imagen perfecta de austeridad.

Todavía podía sentir a sus células aguijadas por remanentes de corrientes eléctricas, pero eso era lo de menos. Siendo honesto consigo mismo, admitía que le había enervado terriblemente que Pandora lo sometiera de tal manera frente a Géminis, mas era lo suficientemente avispado para sospechar que esa había sido la verdadera intención del castigo.

No obstante, la reciente puerilidad del griego había conseguido apaciguarlo en gran medida. Y ya que, tal como aquél había aclarado, nada se le estaba siendo preguntado, sus labios no pronunciaron ningún sonido mientras seguían una trayectoria directa hacia los de Saga.

Cerró la puerta tras su espalda y rigió el andar entorpecido hacia la cama. Saga afianzó las manos sobre su cintura y Radamanthys enmarcó el rostro de aquél entre las suyas.

Se acomodaron con maniobras cuidadosas, en aras de no pausar el contacto entre sus labios más que lo rigurosamente necesario. Los antebrazos de Radamanthys colindaron con los hombros de Saga, y las manos de éste llegaron a propinar sosegadas caricias sobre la nuca del rubio, sus torsos oprimiéndose mutuamente y creando una agradable presión sobre sus pulmones.

Saga coló una rodilla entre las piernas del inglés, quien rehuyó a esos roces con desgane. Tras unas cuantas apacibles fricciones más, sus labios se separaron y Radamanthys impuso distancia entre los dos.

Al gemelo le causó extrañeza que el juez se tendiera a su lado con la simple intención de dormir. Y se preguntó intrigado si la técnica de Pandora realmente habría debilitado tanto a su organismo.

Sin embargo, la inapetencia de aquél no le preocupó demasiado; su propio día había sido sumamente desgastante y no renegó de un tranquilo descanso en compañía del espectro.

Así que giró sobre su costado para enfrentar al otro y se entretuvo en la fútil tarea de peinar perezosamente con sus dedos algunos rebeldes mechones de color dorado, hasta que la somnolencia alcanzó el grado necesario para persuadirlo de cerrar los ojos.

*

¡Saga!

Se sentía a sí mismo nadando hacia la prisión submarina, con una desesperación maniaca, ignorando el ardor de sus aporreados músculos, el cansancio de sus pulmones que amenazaban por colapsar, la extenuación que no tardaría en hacerle presa… sus ojos nublados ya apenas si eran capaces de apreciar su objetivo.

Pero ahí estaba; Kanon luchando por mantenerse a flote entre las bravas olas que golpeaban la base del risco, inundando esa pequeña cueva en donde Saga lo había condenado a vivir, a morir. Porque finalmente los brazos de su hermano llegaron al punto del desgaste total, vio sus ojos imposiblemente grandes y vidriosos, sus lágrimas derramándose indistinguibles en el mar, y sus labios abiertos en un grito que no fue capaz de expresar, pero que sonaba a “¡Saga!” en el silencio.

Ese silencio duró un instante. Otra gran ola colisionó fiera contra la roca, emitiendo un rugido ensordecedor y tragándose a Kanon con ella.

Entonces Saga finalmente llegó y se sumergió en busca de lo que acababa de perder. De pronto el mar se había vuelto calmo, murmurante, y la plácida luz de la luna se reflejaba bailante sobre las corrientes marinas. Distinguió el cuerpo de su hermano flotando inerte varios metros debajo, y se lanzó en su búsqueda pero la presión del océano era irrompible, no le permitía descender sin importar cuanta potencia imprimiera en sus brazadas o pataleos.

El aire se le acabó pero se resistió a emerger en busca de más, sus manos tratando de extenderse lo imposible en un vano intento de tocar lo inalcanzable. Imposibilitado de hacer otra cosa, contempló a Kanon siendo acariciado gentilmente por tonos verdosos y azulados, cayendo con grácil lentitud hacia las profundidades que lo atraían con su magnética oscuridad abismal, donde Saga ya nunca sería capaz de alcanzarlo.

Despertó convencido de que él mismo se ahogaba y aspiró con la exaltación suficiente para rasgar su laringe. Se sentó rápidamente, un acceso de tos lo poseyó por algunos momentos, y el breve bullicio alertó irremediablemente al hombre con quien compartía la cama.

— ¿Qué sucede?— el aletargado sonido alcanzó sus oídos, pero se escuchaba terriblemente lejano incluso si podía sentir al hombre que lo había expresado removiéndose junto a él.

— Ya no estoy seguro de lo que es verdad. — Flexionó las rodillas, apoyó los codos en éstas y hundió la frente en la palma de sus manos. El cuerpo a su lado había dejado de moverse y Saga supuso que habría vuelto a dormir. Cerró sus ojos y aunque lo presentía inútil, luchó por activar su cosmoenergía lo más intensamente posible.

Sabía que Kanon no estaba muerto, no podía ser así, pero ya no se atrevía a confiar en sus propias memorias. Ansiaba desesperadamente comprobarlo de manera tangible, tan sólo percibir un atisbo de su presencia lo llenaría de inconmensurable gozo…

—Shh— Saga no estaba haciendo ruido alguno, pero el incipiente escándalo de su cosmos, encaprichado por reventar, era más que suficiente para alterar a Radamanthys.

Saga enterró los dedos entre su cabello, experimentando una repentina furia incontenible, una frustración hacía sí mismo tan tremenda que opacó su previa tristeza. El toque irresoluto de unos nudillos sobre su espalda baja pareció quemar y su cuerpo se movió alejándose en reflejo.

La cama se balanceó discretamente, la mano que aspiraba a estimular su espalda fortaleció su presencia. El perfil del rubio buceó entre sus cabellos y su piel se erizó a causa del templado aliento. Los labios que patinaron tibios sobre su omóplato azoraron todo su ser con repetidas visitas de variable intensidad que erosionaron con fascinante habilidad su angustia.

Una amilanada sensación de oquedad perduró.

Su hermano no estaba ahí. No podría saber si volvería a estarlo algún día.

Tomó la única opción que restaba y acudió al consuelo de quien sí estaba ahí en esos momentos.

Tal consuelo era egoísta, lo sabía; aquél deseaba devorarlo. Pero no por eso lo rechazaría. Le gustaba poder abandonarse por completo a la incertidumbre de sus ambiciosos brazos.

Retrocedió recostándose, sus brazos buscaron al otro y éste ya lo tenía atrapado entre los propios.

Wyvern, inesperadamente conturbado, se percató de que una vez que el griego se marchara no tendría calidez como tal entre sus manos de nuevo. Aún así no se iba permitir extrañarlo, apenas si se consentiría recordarlo. Y de un momento a otro las caricias se volvieron arrolladoras.

Saga se dejó deslumbrar, asfixiar, quemar, invadir. El cuerpo del otro meciéndose contra el suyo, compartiéndole calor para enfrentarse a la eterna frigidez de ese castillo, ayudó a que su mente alcanzara un agradecido estado despejado; las múltiples cicatrices en ella latiendo a un son contenido.

Podía percibir el resquemor en sus propias exhalaciones descontroladas que humedecían los poros del pálido cuello donde buscaba refugio. Pensar en el futuro le despertaba un enfermizo anhelo por la ilusoria posibilidad de recuperar lo perdido, y una salvaje repulsión por lo que tendría que hacer para dar oportunidad a que eso sucediera. No se trataba sólo de Kanon; su agraviado honor como caballero, la libertad de su mente, el destino de su alma. Eran varias las cosas que ansiaba rescatar, pero resultaba arduo no dudar de su capacidad para lograrlo.

Wyvern lo hizo estallar, interrumpiendo sus dilemas interiores. Saga le prestó absoluta atención, tembló contra él, marcó la sudorosa piel con sus uñas y lo llamó con sonidos estrangulados. Luego volvió a ocuparse de las ambivalentes sensaciones que surgían de sí mismo, y que combinadas con su nueva agotamiento físico, otorgaron un agridulce efecto sedativo.

El otro contempló a su acompañante hasta notar que se quedaba dormido, permitiéndose sentir cualquier cosa que floreciera en su interior sin escandalizarse por ello. No nombró a ninguno de esos sentimientos pero los dejó nacer y desarrollarse con libertad, alcanzar una cúspide emocionada y luego apagarse gradualmente por sí solos. Tras un par de minutos imitó al mayor y se dispuso a descansar.

Decidió al cerrar los ojos, que Géminis ya no existía para él.

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Radamanthys escoltó a Géminis hasta el umbral del imponente castillo.

El reloj en el Santuario pronto sería encendido y Saga se reuniría con los compañeros que habían sufrido la misma mala suerte de ser elegidos para esa misión.

Pensó en su abandonada casa sin guardián, pensó en Kanon. Pensó en Athena y se confió a su amparo.

Y miró al rubio que clavaba un par de ojos indescifrables sobre él.

Supuso que lo echaría de menos.

Nunca había tenido algo tan desconcertante como él antes. Una especie de presencia protectora que nunca se acercaba demasiado, siempre guardando una medida distancia. Un ambiguo sostén que lo contenía tentativamente; reacio testigo de sus deficiencias y furtivo cómplice de los momentos en que sentía con cierta libertad.

Ignoraba lo que habría sido él para aquél, pero eso no importaba tanto. El sentimiento de adeudo no se disiparía fácilmente; le había hecho más llevadero ese capítulo de su existencia y le había ayudado a tomar una decisión.

“Athena te necesita” Se repetía una y otra vez, rezo que quería fundirse en el alma.

Inclinó un poco la cabeza, liberando todo su nerviosismo en una sentida exhalación.

Paradójicamente había muerto para evitar lo que ahora le solicitaban hacer, pero sólo Athena podía derrotar a Hades y evitar que el mundo se sumiera en el infierno.

Además, era el escape que había estado deseando; por fin Ares se convertiría de manera definitiva en un recuerdo remoto.

Y él, como el soldado reciclable que era, cumpliría con su deber. No como peón de Hades, sino como sirviente de Athena.

Deslizó la atención de sus ojos sobre su nueva armadura; un disfraz espectral. El diseño imitaba a Géminis pero las diferencias eran abismales. Cuando se le fue presentada reaccionó con total estupefacción, y mientras las piezas se acoplaban a su cuerpo sintió que cada trocito de oscuridad se le enraizaba hasta el alma. Tenía la certeza de que sería la última vestimenta que lo cubriría.

El hombre frente a él lucía un magnífico Surplice que reflejaba al suyo, del mismo tono violáceo, idénticos destellos lúgubres. Cual si fueran camaradas.

— Al morir… ¿regresaré aquí? — Había una anticipación inusual en su mirada.

El rubio curvó sutilmente los labios ante la candidez de la pregunta.

— Depende de cómo mueras— otorgó lacónico, despidiéndose de esos instigadores ojos verdes sin poder prometerles nada.

Sin mayores pretensiones, Saga aceptó la respuesta con un corto movimiento afirmativo de su cabeza y pasó a un lado del espectro, dejándolo atrás.

Radamanthys caminó en dirección contraria, hacia el lugar del que Géminis le había distraído temporalmente; de vuelta a las hostiles sombras en donde pertenecía.

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