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Author of 66 Stories |
Diclaimer: Axis Power Hetalia no es de mi propiedad.
Advertencias: Ninguna.
Pareja: Francia/Juana de Arco.
Palabras: 2.109
Beta:Yuki-dono.
Notas: Perdonen cualquier error histórico, traté de hacerlo lo más fiel posible a la historia pero tomándome también varias libertades. En fin, espero les guste :)
01
Estaban en un simple granero, ella cumpliendo con sus deberes y él observándola, en silencio, antes de tomar la resolución por la cual había ido a conocerla. No habían hablado de nada más, aparte de la presentación de rigor efectuada con timidez y cierto embeleso por parte de ella. Él no dejó de examinarla en ningún momento, llevado por la curiosidad. Francis, acostumbrado al lujo y a la vida buena dentro de lo que cabía, no visitaba a los plebeyos, aunque conocía su modo de vida y los apreciara por el –grandioso- hecho de ser franceses. Francis demostró cierto desdén hacia ella, como si dudara ahora de los rumores que corrían sobre la chica. Le parecía extraño, después de todo era una campesina común y corriente, igual que las demás (que no quitaba que fuera atractiva y de buen porte; los franceses han sido consagrados para la belleza).
-Entonces ¿oyes la voz de Dios? –preguntó, por fin.
Juana asintió. Algo en su rostro se mostró complacido de que precisamente él le preguntara sobre sus visiones. Pero no dijo nada que satisficiera mejor la curiosidad de Francis.
-¿Y qué te dice? ¿Te habla de mí?
-Todo lo que me dice gira en torno a usted, señor.
Francis esperó a que continuara pero no lo hizo. Parecía resistirse a contestarle, suponía que estaba indagando en un terreno personal e íntimo, cerrado a los demás. Los buenos modales le dictaban a desistir y la curiosidad por saber más de ella le exigía continuar. Le hizo caso a esta última.
-Si gira en torno a mí, entonces poseo el derecho a que me cuentes exactamente qué.
Otra vez un nuevo silencio de naturaleza tensa. Francis se cuestionó si la estaba forzando o si en cambio era sensato con su orden caprichosa –pero perfectamente justificada-.
-Confórmese con saber –dijo Juana, con lentitud. Francis consideró que había pensando bien las palabras que le diría- que la voluntad de Dios me lleva a protegerle.
No le habló más, Francis tampoco insistió.
02
-No te esfuerces tanto, chica.
-¿Qué quieres decir?
Ella se volvió y él le sostuvo la franca mirada.
-Ya sabes a qué me refiero.
-No digas incoherencias, los brutos son los ingleses. –Esbozó una sonrisa ligera ante esto, pero se esfumó pronto al ver que no tomaría en serio sus advertencias-. Juré protegerte.
-¡Es peligroso para una mujer!
-¿Si fuera un hombre dirías lo contrario?
Francis vaciló. Después de meditarlo, respondió:
-No, en realidad no. ¡Lo digo en serio! Me da igual tu sexo, te amo por quien eres.
-Pero si fuera hombre ¿me impedirías ir?
La respuesta a aquella pregunta era aún más dolorosa.
-No, sé que no debo entrometerme.
Suspiró con tristeza. Ella se dio cuenta y le dio un abrazo que, a pesar de todo, estaba lejos de confortarle.
-Por eso también entiendes que debo dar mi cuerpo y mi alma en esta empresa. Todo por tu bien, mi Francis.
-Sí… -asintió secamente-. Aunque tu bien sea inseguro, ¡esos bárbaros! –añadió, con desprecio.
La besó y ella le correspondió, con un nudo en el estómago ante la separación que se les avecinaba. Francia no tenía otra opción más que confiar en ella.
03
Duró toda la tarde en su compañía, hasta que anocheció y se autoinvitó a la casa de Juana para pasar la noche. Ella le ofreció la mejor habitación que disponía, un cuartito pequeño y pobre para lo que él estaba acostumbrado, y le pidió que se acomodara mientras ella preparaba la comida. Él rápidamente protestó.
-¡Oh, no, chérie! Déjame cocinar a mí, concédele ese favor a tu invitado.
Juana cedió por obligación, se veía a leguas que no tomaba para bien que el invitado se encargara de la cocina en vez del anfitrión. Francis añadió que se merecía tal honor, aunque hubiera abusado de su hospitalidad al instalarse allí sin siquiera consultarle. ¡Ni siquiera avisó de su visita!
-Fue una sorpresa agradable, de todas formas –le dijo Juana.
-De eso no tengo la menor duda.
Cenaron y Francis aprovechó la ocasión para preguntarle su edad.
-Pareces muy joven.
Juana tardó en contestarle, después de meditar la pregunta.
-Creo que tengo quince años, puede que un año más o un año menos. No estoy segura. Nunca lo estoy.
-¿No sabes tu edad?
-Los campesinos no nos preocupamos por eso, al menos mis padres no. Y al tomar conciencia yo sobre las cosas, ya era demasiado tarde. Pude haber venido al mundo hace incluso veinte años, aunque sea una exageración porque no me siento vieja o, mejor dicho, como una persona de veinte años.
-Te ves muy joven para los veinte años, chiquilla.
-¿Y usted? ¿Qué edad tiene?
-Para un hombre como yo, que ha vivido tanto, representa una gran dificultad eso. Tampoco recuerdo mi edad, aunque infinitamente más viejo que tus mayores sí soy. Incluso de los ancianos a los que respetaron alguna vez tus mayores.
Juana se sorprendió.
-¿Tan viejo es?
-Y me conservo bastante bien, ¿verdad?
Juana asintió. Iba a comentar algo pero se contuvo, tal vez por considerarlo una imprudencia. A Francis no se le escapó este hecho.
04
Francia se había metido en la habitación de Juana bastante campante, quitando de la mesa todo lo que consideraba innecesario para él y luego puesto un montón de pergaminos y libros sobre ella. También buscó tinta y varias plumas. Todo transcurrió bajo la observación atónita de Juana, quien pensaba rezar en el momento de verse interrumpida.
Con un gesto, Francia le indicó que se sentara frente a la mesa. Ella le obedeció al instante.
-Dime, ¿sabes leer y escribir?
Ella se encogió de hombros y lo pensó por un largo rato.
-… sólo mi nombre, señor –admitió, al fin-. Aunque tampoco es que lo haga muy bien.
Francia meneó la cabeza con desaprobación.
-Pues necesitas aprender.
-¿Para qué?
-Quiero que tengas cultura, mon chérie.
A todas luces, Juana no parecía pensar que necesitara cultura. Después de todo pocos de sus iguales se vanagloriaban de escribir su nombre y, si con esa carencia vivían bien, significaba que aprender era algo prescindible. Sin embargo, eran las intenciones de Francia, quien se veía entusiasta con que fuera instruida, y ella detestaría negársele a algo que bien podía hacer en su tiempo libre. De esa forma no arruinaría su ilusión.
-Bien, ¿cuándo empezamos, señor?
-¡Ahora mismo! –exclamó Francia.
Dedicaron toda una tarde a las vocales.
05
-¿Me quería, señor?
Jean de Metz se acercó hacia él, ajeno al desorden en la habitación. Había botellas vacías de vino regadas por el piso y, aún bajo la luz tenue, en la cama se distinguían varios bultos de personas.
Francis, desnudo y sin decoro por lo mismo, se dirigió al recién llegado.
-Acompañarás a Juana, ¿cierto?
-Sí, señor.
-Bien, entonces obedece mi orden: no la pierdas de vista, jamás te separes de ella. ¡Protégela! Es la tarea que te encomiendo yo mismo.
-Entendido, señor.
Y Jean se calló que sin echar falta a su orden, él ya había decidido ir a su lado sin importar los pareceres de nadie. Tener al mismo Francia preocupado por un plebeyo no se veía a menudo.
06
Otra tarde, ya Juana se manejaba bastante bien con palabras sencillas y sabía escribir su nombre con una letra bastante corrida. Aún le faltaba pulirla un poco, pero el resultado iba bien, por ahora. Ahora, las clases se habían interrumpido porque decidió dedicarse a lo que verdaderamente le interesaba, la recuperación de Reims. Podría ser una campesina sin instrucción, pero sabía bastante de números y lógica, debido en la mayor parte a su sentido común. Ella lo denominaba «la voz en mi cabeza», a lo que todos creyeron –incluso ella misma- que dicha voz tenía un origen divino. Hasta el mismo Francia.
-¡Sin duda, soy la mejor y más poderosa nación de todo el mundo! –exclamó él-. Indudablemente, he sido bendecido por Dios. Y esto es tan cierto como que la tierra es cuadrada, ¿cierto, Juana?
-Claro, señor –contestó ella, más ocupada en su trabajo que en los aires que se echaba el otro.
07
-Oh, Catherine es una mujer encantadora –dijo Francia, una noche sin luna y sin estrellas.
-¿Catherine? –preguntó Juana.
La luz de la vela apenas iluminaba una pequeña porción del espacio, dejando sus rostros frente a frente en la misma cama, en completa oscuridad. Sólo era posible distinguir los perfiles.
-De la Rochelle –aclaró Francia-. Le agrada mucho al Rey, también.
-Ay, señor –suspiró ella-. No le veo nada en especial.
-¿No?
-Bueno… tal vez sí, es un poco usurera. Y tal vez mentirosa.
-¿Hablas en serio? Porque el Rey…
-… ya me encargaré de hablar con él –interrumpió Juana, con un tono que parecía estar reprochando a ambos.
Hommes, murmuró después.
08
Francia ahora se paseaba por la corte, con un mejor ánimo que usualmente. No entendía del todo el nuevo plan del Rey, mas prefería dejárselo todo en sus manos. Todo marchaba bien (o todo lo bien que se puede estar con esos malditos ingleses). Tanto así, que el comportamiento de Juana le tenía perplejo. Estaba huraña, veía con desaprobación las acciones tomadas y apartaba la vista cada vez que se le aparecía el Rey u otro del consejo real.
-¿Se puede saber qué tienes? –preguntó, vencido por la curiosidad.
-No es nada.
Francia nunca le podía sonsacar nada a ella, al menos que Juana quisiera. Así que, como pensaba que pasar el tiempo con ella era una deliciosa obligación, se limitaba a acompañarla sin entenderla del todo. ¿Desde cuánto al amour se busca comprenderlo de pies a cabeza?
09
El castillo estaba desolado. O, mejor dicho, los ánimos estaban empobrecidos. Lo peor, parecía una enfermedad, una especie de epidemia que se propagaba por los muros del castillo o a través del aliento de los súbditos. Francia, contagiado, caminaba a paso lento hacia la propia sala del Rey. Al verlo, éste no estaba mejor que los demás, e incluso pensó que tal vez era el peor de todos.
-¿Qué pasa, jefe? –preguntó.
-Juana fue capturada.
Fue como si le hubieran vaciado los pulmones.
10
Francia logró colarse en la prisión de su doncella. Dada su propia posición, no podía remediar en nada el juicio a la que estaba sometida, sólo confiar en que la justicia de Dios se impondría de la de los hombres. Habló con los que allí la custodiaban, consiguiendo un acuerdo: podría visitarla mas no entrar en su celda, podría hablarle cuanto quisiera mas verla quedó vedado.
Juana estaba prisionera en un espacio circular, con una puerta de madera cerrada a cal y canto, con una patética rendija como único contacto interior. En sus visitas, era vigilada por dos guardias. Las primeras dos veces sólo se mantuvo frente a la puerta, sin atreverse a hablarle. La tercera vez, tuvo que recurrir a todo su valor.
Todo aquello era su culpa. Si tan sólo hubiera actuado a tiempo, si la hubiera protegido, mas no, siempre confió en la propia eficacia de su doncella, pensó que estaba demasiado bien preparada como para caer alguna vez. ¿Con qué cara se le presentaba ahora a ella?
-¿Juana?
No recibió respuesta. Tampoco es que la hubiera esperado.
Cualquier cosa que pudiera decirle, sobraba menos que estas dos palabras.
-Estoy aquí.
11
La mano de Dios no pudo vencer la saña del diablo, infestando hasta los mismos sacerdotes. La sentencia fue inflexible, al igual que esperada. Presenció un juicio amañado y oyó un castigo injusto ante la doncella que lo había servido tanto.
No tuvo la valentía para ir hacia Juana y comunicarle su sentencia. Sin embargo, terminaría yendo tarde o temprano.
Al entrar en la celda, se encontró con su doncella envuelta en la más hermética tranquilidad. Sólo diversos arañazos en sus brazos, los ojos irritados y el cabello despeinado delataban una crisis de angustia. Lloró al verla y sus sollozos fueron el único sonido que se oyó en el espacio cerrado. Se agachó junto a ella, rodeándola en un abrazo. Ella se recostó en su pecho, dedicándole una vaga sonrisa.
-Me duele verlo llorando por mí.
Fue la única frase que pronunció en todo el tiempo que permaneció allí.
12
¿Cuántos años han pasado desde que murió su Juana? No importa el tiempo transcurrido, siempre recuerda la forma en la que pereció, la injusta sentencia y las manos que actuaron en el juicio con burda malignidad. ¡Ellos eran los herejes, los que merecían morir en la hoguera!
Otra vez, le faltó la valentía para presenciar sus últimos momentos con vida. Llegó cuando ya la hoguera se había apagado y las cenizas estaban esparcidas por todo alrededor. Tomó un puñado de ellas, mas no duraba mucho en sus manos, pues se deshacían y se dejaban llevar por el viento.