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El Límite Del Caos
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sachita1212 PM
Bella Swan huye de Forks hacia Nueva York para rehacer su vida, pero con el tiempo, ella tímida y callada verá como su mundo se convertirá en una total locura cuando se encuentre atrapada por la obsesión de quien menos cree, el misterioso Edward Cullen.
Rated: Fiction M - Spanish - Romance/Angst - Bella & Edward - Chapters: 80 - Words: 916,553 - Reviews: 15,465 - Favs: 2,072 - Follows: 1,517 - Updated: 03-15-13 - Published: 10-10-10 - Status: Complete - id: 6389374
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La obra Crepúsculo le pertenece a Meyer.

Hola, bienvenidas.

Espero que les guste.

EL LÍMITE DEL CAOS

Del bosque a la jungla.

Había huido de Forks cuando tenía diecinueve años.

Se despidió de su padre, quien la miraba de manera estoica desde el otro lado del cristal. Un simple gesto de levantar la mano y decir adiós resumió en él la melancolía y la soledad que le producía despedirse de su única hija.

Durante seis meses mintió a Charlie sobre los motivos por los cuales dejaba la ciudad; ya que por dos años insistió en que su único lugar era aquel pequeño, lluvioso y aburrido pueblo.

Él la había convertido en ese ser oscuro, miedoso y vulnerable.

De aquella chica graciosa que adoraba bailar aunque no lo hiciera muy bien por su torpe naturaleza no quedaba nada.

Abandonó a sus amigos, sus libros y su música; toda su niñez murió aquel día.

Ese día, una semana después de graduarse, llegó a su casa con un brazo fracturado y el rostro golpeado e hinchado. Prefirió contarle a su padre sus aventuras y correrías con las motos que decirle la verdad.

Aún podía recordar el rostro lívido de Charlie, quien por momentos se olvidó de respirar pensando en que su niña pudo haber muerto por uno de aquellos malditos aparatos que él ni sabía que manejaba.

Bella agradeció el largo castigo que éste le impuso, así podría esconderse en su habitación sin temor a encontrarse con él en alguna calle y terminara con lo que había empezado esa terrible tarde del jueves.

En su habitación de niña, Isabella lloraba ahogando sus gemidos entre las cobijas y almohadas. No podía dejar que Charlie la oyera. No podría ver su decepción y su culpa al saber que ella lo había desobedecido, y sobre todo que no la había protegido de él.

En algunas ocasiones, cuando la rabia y la impotencia eran más grandes que ella misma, cuando la sesión de llanto se prologaba por toda la noche dejando sus ojos como prueba de ello y tenía que enfrentase a Charlie en las mañanas, simplemente mentía más, y cada vez mejor. Decía que el yeso le molestaba, que cuando hacía más frío de lo usual el dolor era insoportable, peor aún, sacaba a colación la muerte de Renée.

Tema vedado en la casa, ya que su padre aún no lo superaba aunque en el momento de su muerte llevaban casi trece años de divorciados.

Su pobre papá, un hombre dulce y tierno pero que no tenía la menor idea de cómo tratar con una hija, mucho menos una adolescente y que además era pésimo lidiando con los sentimientos, sobre todos los propios, tan sólo atinaba a llamar al doctor Gerardy. Él era la única persona que sabía lo que realmente ocurrió, pero había accedido a los ruegos de Bella.

Él temía que, al saberse la verdad, se desataría una tragedia de grandes proporciones, no sólo por Charlie sino por la familia del directamente implicado y por la naturaleza violenta del muchacho.

LIBROS, MÚSICA, MOTOS Y RENÉE.

Dejó de escribir en su diario. Le amargó leerlo, la niña que allí se hallaba y la persona que era ahora no tenían ni punto de comparación.

La Isabella de su diario vivía en una burbuja: obsesionada por los libros, por la música, con oscuros secretos, si es que así se podían llamar a sus gustos por Poe o Lovecraft, Rimbaud, Nietzsche, por la novela inglesa del siglo XIX o por aquellos poetas que vivían entre los rincones de una biblioteca.

En cuanto a la música, no podía negar ser una adolescente: Britney Spears o Avril Lavigne tenían su espacio en la pared de su habitación, y en algunas ocasiones cantaba a voz en cuello o en la ducha.

Recordaba que en aquella fiesta le dedico a él TOXIC, porque precisamente eso era él para ella: toxico y alucinante. Sin embargo, su madre y su genética de rebelde rockera y trashumante le habían dejado su pasión por Black Sabbath, The Doors, Led Zeppelin y The Clash, además por el blues, el jazz y Rachmaninov. ¡Oh, sí! su madre y su naturaleza salvaje.

Ahora, los libros eran el enemigo. ¿Cuántas veces ha soñado los paisajes de Cumbres Borrascosas, Jane Eyre y Orgullo y Prejuicio? Ella estaba atrapada por una pasión capaz de alterar los sentidos y despertar la conciencia.

Quizás era aquel ideal lo que la había llevado a él de manera tan ciega. Su imaginación y su deseo le habían tendido una trampa.

Nada era verdad. Ella era como él se lo dijo aquel día: "una mosca muerta"

Los libros y la música eran un recordatorio de la voluptuosidad negada.

Renée se había vuelto a casar cuando ella contaba 14 años de edad. Su padrastro, Phill, era mucho menor que ella. La primera vez que los vio juntos pensó que eran tal para cual. Aún se acordaba de la sesiones de karaoke donde ambos, como un par de niños, cantaban Born to be wild.

Su madre, quien le enseñó a montar en moto. Ése era su "sucio secreto" Ni siquiera Phill lo sabía. Aún siendo menor que Renée, le daba pavor conducir la semejante monstruosidad que era esa vieja moto guardada en el garaje.

Su madre y su padrastro murieron a los dos años de matrimonio. Un borracho los atropelló cuando ambos venían de un entrenamiento de Phill en Detroit; Renée amaba las motos, pero le aterraban los aviones.

Su padre la levantó a las cuatro de la mañana para contarle sobre la tragedia. Bella presentía que Charlie se apresuró para decirle sobre el accidente no sólo por la urgencia de la noticia, sino porque él necesitaba más consuelo que su propia hija. Ella no pudo evitar llorar un mes después cuando escuchó en la radio un especial sobre las grandes canciones de los setentas; sus lágrimas arrulladas por la voz de Robert Plant cantando Stairway to heaven.

El duelo fue llevado en silencio, de manera estoica y resignada. Poco a poco, la mención del nombre de Renée se fue haciendo prohibida tácitamente.

Phill, bendito sea, un año antes de morir adquirió un seguro de vida por más de ciento cincuenta mil dólares.

Eso la sorprendió. Su relación con él fue cordial, pero gracias más al carácter bonachón de éste que por la misma Bella, quien era excesivamente tímida con él.

Seguramente Renée influyó para que en vez de ella fuese su hija la beneficiaria de esa pequeña fortuna; le entristeció pensar que su mamá presentía que quizás no llegaría a los cuarenta años.

Siempre creyó que aquel dinero ella lo podría aportar a su relación con él. Le fastidiaba pensar que quizás su familia la vería como una trepadora sin escrúpulos; aún así, aquellos miles de dólares eran nada a comparación del terrible y lacerante dolor de no tener a su madre con ella.

Ahora, aquel dinero era su salvación.

EN CAMINO A OTRA VIDA.

Envió su solicitud a la NYU para estudiar literatura inglesa. Leer era su pasión, ¿qué más podría hacer? Era buena con los números, pero no se veía a sí misma en una oficina, mucho menos en un banco.

Finalmente, la aceptación de ingreso a la universidad llegó y, con ella, su esperanza para huir.

Sentó a su padre y le contó sobre sus planes. Éste, naturalmente, se sorprendió.

– Dijiste que no querías ir.

– Lo sé, pero cambié de parecer.

– No creas que no me alegro. No te quiero ver envejeciendo en este pueblo, trabajando en una estúpida tienda o en algún supermercado. Renée se hubiera sentido decepcionada, eres demasiado inteligente y talentosa para Forks... pero admito que me sorprende.

– No es para siempre, Charlie. Además, podemos hablar por teléfono y existe el internet.

–Bella, solo uso el internet como herramienta de trabajo. Para mí, lo demás es una pérdida de tiempo, pero te prometo que por ti dejaré de ser tan prejuicioso con esa máquina.

– Gracias, papá. No creas que quiero dejarte solo.

– No te preocupes, Bella, yo sé que es hora de que te muevas. Yo estaré bien.

Dos días antes de que se fuera, el teléfono repicó furiosamente durante horas. Bella no contestaba por miedo a escuchar su voz (había destruido su teléfono por miedo a que él la torturara), pero su padre le dijo que estuviera pendiente del teléfono porque había tenido que cambiar los horarios de viaje por problemas con la aerolínea.

– ¿Papá?

– Soy yo, no cuelgues.

Bella se paralizó. Desde aquel día no lo había visto, ni a él ni a los demás.

– ¿Qué quieres?

– Escuché que te piensas ir. No puedes. Eres mía.

– Ese es tu problema. Nunca fui tuya.

– Eso es porque eres una frígida mosca muerta.

Él sabía cómo lastimarla, no sólo física sino emocionalmente. ¡Nunca más! ¡Jamás!

– ¡Déjame tranquila! Agradece que no le dijera a Charlie lo que pasó.

– ¿Ah, sí? ¿Qué me puede hacer? Es sólo un estúpido policía de pueblo.

– Entonces, ¿por qué no terminaste lo que ibas a hacerme aquel día? Porque sabías muy bien que si eso pasaba, mi padre se daría cuenta de lo nuestro y ataría cabos, sin importar quién fuera tu familia. Yo te amaba, creí en ti.

– No me amabas lo suficiente.

– No, querías que yo solapara tu conducta. No tenías ningún compromiso conmigo, me juraste que ibas a dejar de consumir pero te pusiste peor. El sexo no hubiera mejorado las cosas.

– ¡Mientes, perra! No me amabas, mentiste.

– Permití que me fueras infiel una vez, pero seguiste haciéndolo y ella se burló de mí. Le hiciste partícipe de esa brutalidad, al igual que a tu amigo. Me juraste que ya no tenías nada con ella y yo te creí.

– Ella me da lo que tú nunca fuiste capaz.

– Adiós. Aunque no lo merezcas, no te guardo rencor.

– ¡Puta! ¿Crees que me haces un favor? ¿Te crees mejor que yo? Me perteneces –de pronto, Bella lo escuchó sollozar. Sabía que, tras el teléfono, él estaba drogado, como siempre - No, no perdóname. Muñeca, no me dejes, no me dejes...

Siempre hacía lo mismo. La ofendía y luego le pedía perdón para después ofenderla más. Esa era su manera de manipularla.

– Adiós, James.

NEW YORK – NEW YORK, UN ESTADO MENTAL

Llegó a Nueva York con diecinueve años cumplidos.

Estaba emocionada y aterrada. La ciudad era una verdadera jungla de cemento, inmensa, caótica y embriagadora.

Bella era una chica provinciana cuya únicas experiencias eran Seattle, Phoenix y Miami; las cuales no eran ciudades pequeñas, pero no se comparaban con New York. Definitivamente era otra cosa.

Su padre la dejó instalada en una pequeña residencia de estudiantes.

Su deseo era comprar un pequeño apartamento cerca de NYU, pero al ser menor de veintiuno no podía firmar papeles de propiedad raíz y su padre aún era su tutor legal. Lo tomó como un reto, quería probar si era capaz de aguantar la descarga de semejante ciudad.

Charlie creó una especie de fideicomiso, así ella podía manejar cierta cantidad de dinero pero sin afectar la totalidad del dinero en sí. Esa cantidad debía ser utilizada para los gastos de la universidad y las necesidades básicas, el resto estaría a su disposición al cumplir la mayoría de edad.

La naturaleza aventurera que le legó su madre hizo que se adentrara por ciertas partes de la ciudad.

Lo primero que hizo fue ir al metro, precisamente a la estación Union Square para escuchar a los músicos, muchos de ellos fantásticos.

El metro fue mejor que Disney World.

Con su pequeña cámara le tomó fotos al Empire State y logró subir a las torres de los grandes rascacielos de la ciudad. El que más le impresionó fue el edificio Chrysler.

Después, visitó los barrios típicos de aquella ciudad multicultural: el Lower East Side, el barrio judío, Chinatown y la Pequeña Italia, su favorito.

Por último, fue a ver desde fuera los grandes teatros de Broadway. Se juró que algún día entraría a los grandes espectáculos por la memoria de su mamá. Ah, y como buena provinciana que se respete, se tomó fotos en la estatua de la libertad.

Todo aquel tour despertó en ella un sentimiento de nostalgia. Se sentía tan pequeña, solitaria y perdida en aquel monstruo enorme que era esa ciudad.

Sin embargo, hubo un lugar que la acogió con los brazos abiertos: la biblioteca pública. Después de varias horas dentro, pensó que adoraría vivir para siempre en aquel lugar.

Le encantó la universidad. Su primera clase fue Historia de la lengua inglesa, seguida por Introducción a la literatura antigua: celtas, Druidas, Gnomos y espíritus del bosque, todo tipo de mitología.

Definitivamente estaba en el lugar correcto.

Poco a poco se dio cuenta de que la vida social no era para ella.

Esa fue una de las secuelas que James dejó en su vida: sentirse inadecuada para estar con los demás.

Lentamente vio como su apariencia cambió. Se escondió bajo ropa holgada, ocultó sus ojos con lentes, se negó a usar maquillaje y recogió su bellísimo cabello repleto de rizos en unos moño de vieja cincuentona; pasaba días sin mirarse en un espejo.

Consiguió trabajo en una cafetería como mesera cerca de la universidad, y así comenzó su vida en Nueva York.

A los pocos meses descubrió que vivir allí era demasiado costoso. No podía darse el lujo de gastar su dinero, pues planeaba una maestría y un doctorado, y su trabajo de mesera no le permitía costear todo lo que ella necesitaba como transporte, alimentación y sobre todo libros que prefería hacer suyos, pues llevarlos a la biblioteca era un tormento.

Ella era de las que creía que, al poner sus ojos, sus manos, su pasión y su mente sobre las hojas, se estaba haciendo una declaración de propiedad sobre éstas.

¡Necesitaba un mejor trabajo urgente!

Un día, en los avisos de la universidad encontró un anuncio. Éste decía que se necesitaba persona con buena disposición y sin experiencia para ser asistente de archivo en una gran empresa. El pago era asombroso, el problema eran los horarios de trabajo. Tendría que estudiar en la noche, pero no le importaba. Necesitaba trabajar.

El lunes en la mañana se aprestó para ir a la entrevista de trabajo. Se puso una falda negra sencilla, zapatos planos, una discreta blusa blanca y su característico moño; parecía más la tía solterona que una chica joven, pero al menos tenía la imagen para el trabajo que buscaban.

Llegó puntual a la cita que le dieron por teléfono. Fue así como por primera vez llegó al impresionante rascacielos de Cullen Co.

El edificio era intimidante, repleto de cientos de personas que trabajaban como abejas en colmenas. La entrevistó una mujer pequeña, de unos cuarenta años, a quien inmediatamente le gustó la chica porque no llegó vestida como para la semana de la moda, sino para conseguir el trabajo de archivadora.

Stella Miller le agradó a la tímida chica, quien parecía sonrojarse por todo. Para Stella, la timidez de Bella fue un sinónimo de discreción y confianza, además, se sorprendió al saber lo que estudiaba. Ella tenía un hijo de dieciséis años que quería estudiar filosofía.

– Mi hijo está leyendo 'El Extranjero'.

Albert Camus es profundo y a veces difícil. Al menos no está leyendo 'El mito de Sísifo'.

– ¡Oh, no! Se lo compré el viernes.

– No, no se preocupe –Bella pensó "si supiera que leí 'Justine' a los catorce"–, lo que pasa es que debe tener un buen contexto para entender lo que el autor quiere decir.

– Sean, mi hijo, es impresionante.

– Entonces déle algo bueno de la literatura del país. 'Las uvas de la ira' o 'Al este del edén' de John Steinbeck por ahora.

Stella sonrió.

– Eres todo un ratón de biblioteca, Bella. A tu edad, yo estaba más interesada en Johana Lindsey que en otra cosa. ¿Estás segura de que quieres este trabajo? Es aburrido y las lecturas que encontrarás no son nada edificantes. Morirás de aburrimiento.

– No importa, estoy dispuesta a aprender. Además, sin ánimo de ofender, no me voy a quedar toda la vida aquí, pero le aseguro en mí encontrará a alguien dispuesto y confiable.

Stella se quedó callada. ¿Esta chica con más tipo de escritora sí podría con el trabajo? Había gente con más experiencia y mejor calificada para la labor, y por otro lado no quería volver a pasar por el tortuoso proceso de selección de personal de nuevo.

– Te llamaremos, Bella –dijo Stella con tono más gerencial que amable.

Bella llegó a su habitación segura de que aquel trabajo no sería para ella. ¿Quién la contrataría, sobre todo para un trabajo con tanta responsabilidad?

Mas, como su madre le había enseñado, "nena, sobre lo improbable está todo lo posible".

– ¿Isabella Swan?

– ¿Sí?

– Soy Stella, de Cullen Co.

Bella tenía el corazón en la garganta.

– Sí, Stella ¿cómo estás?

– Muy bien, gracias. Le compré a mi hijo los libros que dijiste y está fascinado. Por cierto, empiezas el lunes. Antes debes traer toda la papelería y requisitos médicos, pero el trabajo es tuyo, linda.

– ¿En serio? ¡Dios! Gracias, Stella.

– No hay de qué, tengo una buena corazonada contigo. Al mismo tiempo, será bueno tenerte por aquí, alguien con quien conversar. Quiero impresionar a mi hijo con mis conocimientos en literatura y tú me ayudarás para que Sean no crea que tiene como madre a una muy aburrida archivadora, aunque sea verdad.

– De nuevo, gracias, Stella.

– No hay de qué, linda.

Ese día Isabella llamó a Charlie, quien le dijo que se cuidara al salir de noche del trabajo, que no hablara con extraños, que fuera responsable etc., etc. Al final, le dijo que la extrañaba y que había sufrido indigestión por comer mala comida refrigerada. "Extraño tu pastas y tu pescado en salsa agridulce, Bella, pero estoy orgulloso, nena. Eres un guerrero en ese cuerpo pequeño".

Para celebrar, Bella se compró una pizza napolitana, una fría coca cola y oyó algo de la música de Renée, Janis Joplin. La escuchó hablar en su memoria: "la pequeña Pearl si sabía cantar". Tenía suerte, su madre seguramente la protegía.

– ¡Sí, señor! –Se dijo en tono de broma - De aquí a la presidencia de Cullen Co. hay sólo un paso –no quería pensar en que estaría sumida en una oficina con un trabajo aburrido. No, ella no se dejaría vencer- Soy un guerrero, Charlie.

Cullen Company era una empresa fundada a principios del siglo XX por Ernest Cullen. Había sobrevivido a la crisis del veintinueve, y, a mediados de los años cuarenta, se consolidó como una de las más grandes del país, con inversiones en mecánica pesada, bienes raíces, industria y petróleo.

En los años setenta, la empresa pasó a manos de la tercera generación, es decir, a manos de su único heredero, Carlisle Cullen. Él era una figura casi mitológica en la empresa, un hombre que tuvo la inteligencia de invertir en un nuevo negocio: informática.

Fue él quien llevó la empresa a nuevos límites, todos lo veneraban como si fuera un dios.

Los trabajadores comentaban que se sabía los nombres de casi todo aquel que trabajaba para él, pero todo cambió cuando en el 2004 se retiró y su hijo mayor llegó a la presidencia. Todos temían al nuevo presidente, era una figura sombría en el poder. Casi nadie lo veía, excepto sus empleados más cercanos.

En las fiestas o eventos especiales de la empresa era el mismo Carlisle o sus hijos Emmet o Alice quienes hacían de anfitriones.

Aún así, la empresa seguía creciendo a pasos agigantados.

Bella escuchaba a sus compañeras de trabajo decir que el tipo era "la cosa más deliciosa que existía sobre la tierra", y que "es tan hermoso que a veces piensas que no es real".

James era bello, pensó Isabella. Su belleza rubia y sus ojos azules eran para quitar el aliento. Lastimosamente, la belleza física no es garantía de nada, y ella lo comprobó de una triste manera.

La vida de Isabella se hundió en una tremenda monotonía. Todo estaba alrededor de su trabajo, sus libros y la universidad. Era alguien sombrío, sin una vida. Al final de la semana llegaba tan cansada que sólo quería dormir.

Los sábados y los domingos los dedicaba a adelantar sus tareas y deberes propios del estudio, en donde era la mejor a pesar de todo. Cada noche se repetía a sí misma "soy un guerrero, sí señor, un guerrero".

Una noche en la que iba en camino a su residencia un hombre la siguió. Su corazón empezó a latir a mil por segundo: tal vez aquel sujeto terminaría lo que James no consiguió completar.

El miedo la congeló a mitad de la calle cuando el hombre la tocó. Empezó a gritar como loca, varias personas corrieron para ver lo que le pasaba. Se hizo ovillo en el suelo mientras que el hombre, aún más asustado que ella, decía:

– Tranquila, señorita, ¡no le haré nada! Se le cayó su billetera y su celular en el metro, yo me bajo en la misma estación y pensé devolvérselos.

¡Oh Dios! Pobre hombre. Ella se lució como una loca paranoica. Muerta de vergüenza, y con la cara tan roja como un tomate, se disculpó mil veces y se juró que pediría ayuda a un psicólogo.

Consiguió que la universidad le asignara un terapeuta, un hombre amable de bello acento francés llamado Marcus, quien tuvo que luchar con Bella y su reticencia a hablar por meses y cuyo primer consejo fue "haz ejercicio, eso te hará sentir menos vulnerable". "Genial", ella pensó. "Trabajo, universidad y ahora también ejercicio. A este paso no llegaré a los veinticinco".

A los pocos meses, Isabella se había hecho imprescindible en su trabajo. La promesa que le hizo a Stella fue cumplida e incluso superó las expectativas de ésta.

Aprendió todo en una semana. El sofisticado software implementado para los archivos que nadie comprendía fue como un simple juego de niños en manos de Bella.

La misma Bella se sorprendió ante este hecho. Ella era una chica manipuladora de libros, no de software.

Stella se acercó algo reticente en una ocasión, y le dijo:

– Yo sé, Bella, que en esta empresa no están tus expectativas, me lo dijiste el primer día; sin embargo, has demostrado compromiso y ganas, cosas sorprendentes para una chica de tu edad, y a pesar de que éste no es tu sueño, es sorprendente cómo trabajas.

– ¿A qué viene este discurso, Stella? ¿Me vas a despedir? –realmente Bella creyó que así sería.

– No linda, ¿cómo crees?... Bella, ¿te gustaría ascender?

– Claro, Stella, por supuesto que sí.

– Bella, si este trabajo es aburrido, el que te sugiero es peor. Al menos podrás salir algunas horas de este edificio y ganar más dinero, pero también es más responsabilidad.

– ¿Qué es, Stella?

– Mitchell, el asistente de Thomas Ford, fue promovido como jefe de contabilidad en Nueva Jersey. Thomas necesita un nuevo asistente, quizás tú podrías.

– No tengo ni idea de contabilidad, Stella. Seré un desastre.

– Thomas quiere gente nueva, nunca se llevó bien con Mitchell. Thomas es una institución en esta empresa; es el esposo de la secretaria personal del Señor Cullen y es intocable en muchos sentidos, pero es una gran persona, muy honrado y ha ayudado a mucha gente aquí. Lo que él quiere es enseñarle a alguien, no para que lo reemplace, pues para eso hay quince contadores en la empresa, si no que él maneja la nómina y necesita a alguien para manejar lo más simple. Yo le hable de ti y de tu disposición para aprender. El trabajo solo consiste en llevarle sus archivos, manejar las llamadas con empresas aseguradoras, hacer las vueltas pertinentes a los bancos, papelería básica, etc.

– ¿Estás segura?

– Linda, no te preocupes. Si yo tuviera tu inteligencia estaría en la cima del poder. Ya llegue a ser jefe de archivo, pero más allá no puedo. Thomas te agradará mucho, ya verás por qué.

El señor Ford era un sujeto excéntrico y aparentemente un hombre callado al que apodaban "el topo", aunque se parecía más al conejito de Energizer pues nunca se quedaba quieto. Su oficina era un caos, llena de papeles, grapadoras, lápices, correctores, estilógrafos y una montaña de discos compactos. Apenas Isabella llegó a su oficina, sin más preámbulo éste la puso a trabajar.

– Stella te recomendó, y para mí, eso sobra. Si sirves, te quedas; si no, vuelves a archivo. ¿Eres inteligente?- preguntó con una sonrisa maliciosa.

– Pues eso creo, señor.

– No se cree: se es o no se es, así de fácil. No seas modesta, mujer, ¿eres inteligente?

– ¡Sí, señor!

– Entonces a trabajar, muchacha, aquí trabajo es lo único que sobra –Thomas le guiñó un ojo e inmediatamente Bella simpatizó con él.

ÉL, ÉL, ÉL... "LA COSA MÁS DELICIOSA QUE HAY"

Un día de Marzo, siendo las 7 A.M., Isabella Swan conoció al muy extraño y misterioso presidente de Cullen Co., EDWARD CULLEN. Y, desde ese día, su vida cambió.

EDWARD CULLEN. TAN HERMOSO QUE DUELE.

Stella le mintió: el trabajo no era para nada sencillo. Thomas empezó a darle más responsabilidades de las que ella había imaginado y se vio sumergida entre papeles, bancos y mucha música.

Descubrió que aquel hombre adoraba el blues y el jazz. Algunos días escuchaba a Glenn Miller, Ella Fitzgerald o John Lee Hooker. Una vez lo escuchó cantar Crawling King Snake.

– Vaya, Thomas, esa es buena.

– ¿Bromeas, Swan? Es la mejor. ¿Cuántos años tienes?

– Diecinueve.

– ¿Y conoces algo de esta música?

– Mi madre.

– Tiene buen gusto.

– Tenía –Bella contuvo un sollozo, últimamente se sentía nostálgica por todo. Hacía unas noches había llorado al ver un documental en Discovery Channell que le reveló que la vida de las suricatas era demasiado trágica.

Ahora, sin la prohibición de su padre, el nombre de Renée era demasiado duro para ella. Sentía su ausencia como si ella hubiese muerto ayer.

– Lo siento, chica –una tristeza escondida se reflejó en el rostro de Thomas. Por experiencia propia, Bella sabía que aquellas personas de naturaleza musical como su amigo eran también aquellas más cercanas a la melancolía.

– Yo sé lo que es perder a alguien que amas. Mi madre tenía ochenta cuando murió y vivió una vida plena; sin embargo yo la extraño muchísimo. La mamá es la mamá.

– Sí.

– Bueno, en honor a ellas escuchemos algo de música, ¿qué te parece? No creas, el viejo "topo" sabe divertirse.

Ya eran dos: Stella y Thomas, sus dos amigos. Era bueno tener con quién compartir un buen café y una agradable charla.

Ellos dos mejoraron su vida.

Los últimos días estaba llegando a trabajar mucho más temprano de lo usual, pues no quería retrasarse con el trabajo.

Saludó al portero, quien ya no se sorprendía al verla llegar a esas horas de la mañana.

Corrió al ascensor para llegar al sexto piso. De pronto, vio un zapato que se interponía en las puertas del elevador, y éstas se abrieron para dar paso al ser más glorioso sobre la tierra.

Inmediatamente Isabella sintió que dejaba de respirar y se pegó a las paredes del elevador. Aquel hombre ni siquiera la miró y ella quedó atrapada entre la pared y la espalda de ese personaje que olía a gloria.

Estaba impecablemente vestido. Parecía salido de un anuncio de Armani, con una gabardina negra que lo hacía ver más delgado y con las manos cubiertas por guantes del mismo color "Dios, ¿quién usa guantes en esta época?"

Todo en él era intimidante. Bella no pudo ver su rostro por más de dos cortos pero impactantes segundos.

El ascensor llegó al sexto piso, pero ella estaba clavada en su sitio respirando el aire con aquel ser extraordinario. Las puertas se abrieron y no tuvo el valor de salir de allí.

El hombre no movió ni un músculo y de nuevo las puertas se cerraron. Bella siguió allí como una mosca pegada a la pared... así era como ella se sentía, una mosca.

Seres como él estaban hechos para recordar a los demás seres humanos que existían ellos y los otros, es decir, seres como ella: ratoniles e insignificantes.

Finalmente, el elevador llegó hasta el último piso, el de presidencia. Él salió y dejó atrás a Isabella Swan sumida en la atmósfera asfixiante de esa belleza absoluta captada por sus ojos.

Algo muy profundo y doloroso emergió del corazón de la chica: el sueño lejano del príncipe azul que se escondía en su mente romántica. Él estaba ahí, pero ella no era la damisela en apuros, era la hermana grotesca de Cenicienta que se ocultaba en algún rincón y veía cómo el sueño de bailar el vals en un gran salón blanco era vivido por otra.

Raudamente corrió a los baños del sexto piso y lloró como una niña de diez años.

Ese día supo que el elevador privado de presidencia estaba en mantenimiento y que aquel hombre era nada más ni nada menos que Edward Cullen, el presidente de la empresa y su jefe.

Al siguiente día, a la misma hora, volvió a aparecer. Bella silenciosamente tarareó una tonada de presentación que usó la Metro Golden Meyer, ese hombre merecía ese tipo de introducción: "la Metro Golden Meyer presenta...". Esta vez, ella se hizo a un lado para poder observarlo de reojo. "No es real. ¿Cómo puede haber alguien así? Es ridículo".

Su cabello era de un color cobrizo que parecía estar caóticamente arreglado. Su nariz era recta, su mandíbula firme y perfecta. Sus pómulos eran afilados, ni un cirujano plástico podría lograr eso. Y sus ojos, oh Dios, sus ojos eran verdes, sin el castaño alrededor del iris. Pero... había algo indescifrable en él. Una rudeza en su gesto silencioso y arrogante... una separación del mundo.

Edward Cullen era un indiferente, no había que ser muy inteligente para darse cuenta de eso.

De nuevo lo siguió al último piso para que él volviera hacer lo de ayer: salir de su vista y desaparecer hacia los pasillos de presidencia.

– ¿Thomas?

– ¿Sí?

– ¿Conoces al presidente de esta empresa?

– ¿Edward Cullen? Todos los que llevamos más de cinco años aquí lo conocemos. Yo llevo veinticinco, es decir, lo conozco desde niño.

– Es alguien intimidante.

– Es mucho más que eso.

– Cuéntame – "Bella Swan, eres una chismosa".

¿Por qué tienes tanto interés?

– Llevo meses trabajando aquí y todos hablan de él como si fuera algo irreal.

– Era un niño simpático y juguetón, además de un genio. Todos creían que iba a ser el próximo gran pianista de Estados Unidos; pero al llegar a la adolescencia se distanció de su padre, se volvió un chico problema y dejó el piano y la música.

»Su madre sufrió muchísimo, no había semana en que no lo sacaran de un lío, algo muy oscuro pasaba con él.

»Fue a Harvard a estudiar leyes, pero se salió. Nadie supo por qué, y desapareció por meses sin dejar ni un rastro. Un día volvió como si nada y vuelto un salvaje, parecía un cromañón; sin embargo, se matriculó en Yale, se cortó el cabello y en menos de cuatro años terminó la carrera de administración financiera: un genio, como te dije. A los 24 años se hizo presidente de Cullen Co. y aquí está... inaccesible.

– Vaya...

– Sí, pero le falta lo que a su padre le sobra, calidad humana. Es una máquina.

– Tu esposa te ha contado mucho sobre él.

– No, Cathy es leal con la familia Cullen hasta la muerte. Cuando llegamos a casa, nunca hablamos del trabajo... Oh sí, Bella, este viejo tiene una vida más allá de la nómina de la empresa Cullen y esa vida es Catherine Cope, aunque ella crea que no es así. Perdí mi anillo hace unos años y no me ha perdonado aún, si bien lo intento todos los días.

– ¿La conociste aquí?

– Sí, ella fue la secretaria personal de Carlisle durante 19 años y ahora es la secretaria de su hijo.

– Apuesto a que la enamoraste con tu buen oído musical.

– Y mi encanto personal, chica. Este viejo tiene sus secretos, el cual se resume en uno solo: ella manda y yo obedezco.

Ambos soltaron las carcajadas, pero Isabella no quitaba la mira de su objetivo primordial.

– Parece que el señor Cullen no te gusta.

– No, no me gusta, pero Cathy lo protege contra todo así que yo no abro mi boca. La base del poder no es ser un indiferente con tus subalternos. Uno debe trabajar con él, no para él, lo que es diferente. Su padre lo sabía muy bien.

Rogó al día siguiente para que él apareciera. Ese hombre era una experiencia estética y al menos ella quería la oportunidad de verlo para recordar cuando vieja que había visto al hombre más bello del mundo "¡Qué adolescente que soy! Bah, no importa". Fantaseaba con pasar sus manos por ese cabello.

Entonces él llegó, pero no estaba solo. Lo acompañaban dos hombres más, casi tan impresionantes como él. "Estos hombres no son de este planeta", pensó Isabella, "¿sobreviviré en este ascensor?". No pudo contenerse y rió por lo bajo.

Uno de los hombres, el más alto, volteó hacia ella y le sonrió, haciendo que dos hermosos hoyuelos aparecieran en su rostro, e hizo un gesto de saludo con su cabeza.

– Entonces tendrás que llamar a mamá para que digas que no irás –el hombre de los hoyuelos habló con reproche. "Ése debe ser su hermano. He oído hablar de él, sobre todo por su tamaño, ¡qué hombre tan alto! ¿Cómo se llamaba?... ¡Ah, sí! ¡Emmett!"

– No sólo a tu mamá, la peor es Alice –el tercer hombre, un adonis de pelo rubio leonino con un acento sureño, habló en tono de burla.

– Solo Dios sabe lo que ella es capaz de hacerte.

– No te preocupes, llamaré a las dos y las calmaré.

Bella apretó los puños: para colmo, el tipo tenía la voz más sexy que ella había escuchado en su vida. "Esta situación es risible".

– Eres el presidente de esta empresa y se supone que debes ir al evento anual de caridad, es una tradición.

– Una tradición que has roto durante dos años, no creas que Alice y Esme viven contentas con eso.

– Para eso está Carlisle. Es él al que siempre quieren ver, no a mí.

– No es lo mismo, hermano.

– No quiero a cien fotógrafos detrás de mí, no soy un fenómeno de circo, ni deseo ver a gente hipócrita que me da la mano como si me conociera de toda la vida. Odio a los aduladores.

– Es el precio del poder, mi amigo.

– Es un precio que no quiero pagar, Jasper.

– Dime la verdad, Edward: no vas porque Jacob Black va a estar allí.

– También.

Emmet sonrió pícaramente y miró a su hermano.

– Vamos, Eddie, hay algo más. No vas porque tus fans te esperan con ansiedad. Todas saltan hacia ti como gatas en celo pero no te sabes el nombre de la mitad de ellas aunque las conoces a todas, digo, de una manera bíblica.

– Eres un idiota, Emmett, no eres gracioso. Y no me llames Eddie… sabes que lo detesto.

– Te tomas todo demasiado en serio, hermano.

La puerta se abrió y el grandulón volteó hacia Bella.

– Que tenga un buen día –Emmett le ofreció aquella amable sonrisa que solía darle a todos.

– Gracias, señor –Bella contestó. "Por favor, que no esté roja como un tomate, por favor".

Lo mismo hizo el rubio. Éste le ofreció un gesto digno de un caballero antiguo.

– Señorita.

Pero fue la mirada fría y seca de Edward Cullen la que le paralizó el corazón: él volteó y la miró de pies a cabeza.

Isabella tuvo la sensación terrible de que él la había visto con la misma indiferencia con la que se ve un jarrón roto, algo que ocupa un lugar en el espacio, algo que no tiene la menor importancia.

En ese momento hubiera querido ser Alicia en el país de las maravillas y volverse pequeña, muy pequeña, para esconderse debajo de la alfombra.

Ese día, Bella la pasó inquieta e intranquila. "mosca, eres una mosca" Fue la mirada de Edward Cullen la que hizo surgir la insignificancia que James había sembrado en su interior.

No buscaba un amor a primera vista, ¡no! Ella no era más una adolescente de diecisiete años que se desmayaba cuando el chico más guapo de Forks la miraba, ¡no! Ella ya había pasado por eso, para su desgracia, James la había mirado y ella había caído en el encanto, ¡no! Ella buscaba reconocimiento a su ser como persona, como Emmett y Jasper lo habían hecho.

Ella compartió con ellos un espacio de tiempo, escuchó algo personal y ambos entendieron que ella sin querer se había mezclado en la intimidad de la conversación, pero él, él simplemente la miró y no reconoció su humanidad.

Si el día anterior había esperado verlo en el ascensor nuevamente, al siguiente rogó para que el elevador privado ya estuviese arreglado.

No quiso arriesgarse, y a las 7.05 de la mañana el señor todopoderoso apareció. Ella se escondió tras una de las columnas del lobby del primer piso.

Esperó durante cinco minutos hasta que el aparato bajara.

Éste estaba repleto de su olor, de su colonia, de su presencia. Bella se quedó allí durante varios minutos hasta volver a recuperar los sentidos.

Aquel día se la pasó en un estado casi hipnótico. El perfume de Edward Cullen estaba en su interior provocando un estado de excitación que no había tenido nunca en su vida. Ni siquiera James había producido eso en ella.

Pero a la vez, sabía que esa sensación estaba teñida con la conciencia de que la situación era tremendamente patética.

De noche, en su pequeña habitación de gnomo como si de un delito se tratara, lo buscó en internet.

Había cientos de historias sobre él, pero la mayoría eran vagas y no decían nada, tan sólo lo superficial. Sin embargo, todas coincidan en el carácter huraño y misterioso del personaje. Era como si fuese un fantasma del mundo corporativo.

Sobre su vida personal había escasamente dos pequeñas reseñas. Una de ellas era de su familia, la segunda sobre su vida afectiva, la cual cuidaba celosamente. El artículo se podía resumir en una frase: muchas amantes pero ninguna en especial. Nadie había podido ascender hasta el trono de Edward príncipe azul Cullen, por lo tanto nadie había obtenido la joya de la corona.

Bella pensó, ¿quién puede derribar ese muro de indiferencia y arrogancia?

La última vez que lo vio tan cerca fue en el lugar de siempre.

Agazapada en la esquina y sintiendo su esencia, Bella, silenciosa como un gato al acecho, levantó su pequeña mano y la dirigió al abrigo. Los segundos lo eran todo, uno de más o uno de menos marcaría la diferencia.

Tocarlo aunque fuera un minuto, uno solo; con cautela posó uno de sus dedos en la costosa prenda. Algo tan leve pero tan fundamental era aquel toque; sí, la hermana grotesca de cenicienta tenía un poquito de su cuento de hadas.

De pronto, sintió una corriente eléctrica en su cuerpo. Inmediatamente retiró su mano, pero horror de horrores: Edward Cullen, sin bajar de su trono de desdén, volteó hacia ella.

– ¿Qué fue eso?

¡Oh Dios!

Como cada vez que Bella Swan estaba en situaciones límites, llamó al espíritu estoico y espartano de su padre Charlie. Tensó los músculos del rostro, reprimió cualquier gesto y sin miedo contestó:

– ¿A qué se refiere, señor?

– Una corriente eléctrica.

¡La sintió! ¡Él la sintió!

– Lo siento, señor Cullen – "oh, su nombre pronunciado es como merengue en el paladar" - yo no sentí nada.

En ese momento se abrieron las puertas del ascensor, y, con un gesto de confusión, Edward Cullen se fue.

Esa noche, Bella tuvo un sueño. Más que un sueño, fue una sensación fantasma que recorría su cuerpo de los pies a la cabeza, un aliento cálido, algo que respiraba en su cuello ¡Oh, ese olor! ¡Ese maravilloso perfume! De pronto, aquella respiración empezó a recorrerla lentamente de manera tortuosa, se sentía pesada y expectante, su cuerpo transpiraba y le dolía.

Aquel jadeo y respiración se detenía en sus pezones ¡Que no se detenga! ¡Por favor! ¡Por favor! Lo sintió en su ombligo.

Bella se relamía y agarraba con fuerza sus sábanas ¡Virgen María! Estaba en su sexo, un presentimiento nacido de la inconsciencia hizo que abriera sus piernas y aquel respiró no una, no dos, sino tres veces con poderío, como si todo el aliento se vertiera en ella. El cuerpo de Bella se contrajo, su sexo palpitaba y se despertó gritando de placer.

Como un resorte se incorporó de su cama. Su corazón palpitaba a mil por segundo y aún continuaba con aquella sensación de agonía deliciosa sobre su carne; estaba mojada por la excitación.

Prendió la luz de su cuarto, y cuando comprobó que efectivamente estaba sola, Bella aún perturbada e inquieta se llevó una mano a la boca para acallar la risa. Se miró en el espejo y vio su rubor característico en ese momento.

¡Dios! ¡Había tenido un orgasmo! Su primero.

James la había conducido al rezago sexual. Ella lo sabía, no podía pensar en tener sexo con nadie sin acordarse de la terrible escena que había presenciado, aquel acto brutal y grotesco que él ejecuto para castigarla, su sexo erguido frente a ella, su burla, sus palabras ¿te crees mejor que yo, no es así? Estúpida mosca muerta.

Sus palabras eran martillazos en su cabeza, la repugnancia de su condena te voy a follar como un animal, vas a amarme, puta ¿por qué no podía olvidar? ¿Hasta cuándo aquel recuerdo marcaría su vida? estaba condenada a recordar.

Aquel sueño la hizo consciente de que el erotismo estaba tan sólo en el terreno de su inconsciencia, en las hojas de un libro o en un sueño febril, mas nunca en el terreno de lo real. Bella se negaba a ceder a cualquier deseo, a la necesidad instintiva de la lujuria. Eso no era para ella, ya que en algún momento vendría él diciéndole "no eres mujer suficiente para un hombre, eres una cosa sin gracia y muerta".

VENDER EL ALMA AL DIABLO.

– ¿Te gusta lo que ves?

"Oh sí, muchacho, me encanta"

– Mmm...ella suspiró. Era caperucita roja excitada por el lobo feroz, y a punto de decir como en una mala película porno "qué polla tan grande tienes, bebé"

Aquel hombre desnudo y peligroso frente a ella era algo digno de ver, él y su precioso miembro erguido diciéndole "te voy a atacar" mientras que ella pensaba "oh sí, bebé, acaba conmigo, haz que olvide hasta mi nombre"

Ella quería hacer algo que deseó desde la primera vez que lo vio: su boca sobre él, y engullirlo para saber si era verdad tanta belleza.

Quería saber si aquellos mitos que las mujeres comentaban sobre Edward Cullen le hacían justicia.

"Es tan grande" Oh sí, ¡lo era!

"Tiene unas manos capaces de hacerte venir de un roce" Chicas, sus manos son extensión de su otra herramienta.

"Su lengua... no hay palabras para su lengua"

"Sabe a cielo" Eso lo sabría, ¡sí señor!

"Y es tan malvado" No me importa si quiere matarme, pero una noche con él lo vale todo.

Como un felino, la mujer se lanzó hacía el pene de aquel hombre y de una sola vez lo llevó hasta su garganta ¡carajo! ¡Esto es el maldito cielo! Pero de pronto, él la agarró del pelo, la hizo gritar de dolor y se retiró de su boca.

– Eres una niña mala, muy mala –dijo él acercándose a su cara – aún no, pequeña Jane, no es hora del postre –y la besó para después morderla, profiriendo ella su segundo grito de dolor.

Sin previo aviso, la lanzó a la cama con violencia hacia la cabecera de la cama.

– ¿Estás mojada para mi, pequeña Jane? Yo creo que no –diciendo esto, bajó sus manos y jaló los pequeños pelos púbicos provocando más dolor y excitación. Empezó a jugar con su clítoris lentamente mientras que con su lengua imitaba el acto de la copulación.

¡Mierda! Está follando con mi boca... Oh sí, no es un mito, este hombre es un dios.

El movimiento de esa mano en su parte inferior se hizo más violento. Introdujo un dedo, después otro y un tercero más oh bebé, escuché que tocabas el piano, ¡pero esto es celestial! El movimiento era tan rápido que Jane empezó a temblar, gritaba como loca me voy a quemar, a explotar.

– ¿Es eso lo que quieres, pequeña Jane?

– Sí, sí, sí.

– Quieres muy poco, niña. Esto es apenas el comienzo, voy a hacerte venir de una manera que por un segundo creerás que tu corazón dejó de latir.

¡Piedad, piedad!

Hubiera dado la mitad de su sangre, donado sus adoradas joyas, quemado sus dos autos, vendido el alma al diablo para tener a Edward Cullen entre sus piernas, amenazando con su verga que la haría explotar como una bomba atómica. Sólo tuvo que esperar dos años para que él finalmente se dignara a llamarla.

¡Gracias, gracias Cristo y toda su corte de ángeles! Prometo ser una niña buena, tomarme mi sopa de verduras, rezar mis oraciones, ayudar a los ancianos y toda la mierda de buenas acciones que no he hecho en mi vida tan sólo por los orgasmos múltiples que este hombre me va a dar.

Lo había conocido en el museo de arte. Rosalie se lo había presentado como su flamante cuñado, ella quedó paralizada al verlo ten cuidado Jane, es hermoso y lo sabe.

Ella le había dicho es un bastardo ¡Oh sí! Maldito hijo de puta. Se había hecho rogar durante dos años, pero ella habría besado el suelo que Edward pisaba si era necesario, ponerse de rodillas y suplicar.

Fue grosero y despectivo, la dejó plantada decenas de veces para después disculparse con flores y un par de zarcillos de esmeraldas y rubíes. Ella amaba todo eso y él lo sabía, ¡perro! Edward sabía que su deseo por él la haría humillarse no una, sino varias veces, pero valía la pena. Oh sí, Dios, claro que sí.

Todas aquellas noches que, frustrada, ansiaba y soñaba con Edward Cullen, no la prepararon para la agonía y éxtasis que él le provocó ¡arrogante! ¡Animal! Estaba segura que durante días no podría caminar.

Cuando le dijo que su corazón se detendría por un segundo, él no alardeaba. Su corazón sufrió pequeños paros cardíacos, cada orgasmo fue la gloria.

Ver su lengua lamiéndola, como la chupó hasta el punto que ella creyó que toda su médula sería tragada por él, ah y no sólo chupar, sino morder, las deliciosas palmadas alentándola a gritar, las posiciones de contorsionista que le obligó a realizar...

Este hombre no sólo descubrió su punto G, sino el X y el Y. Si ellos existieran, Edward los conocería a todos.

¡Oh! Y casi muere cuando lo vio lamerse los dedos con los jugos de su excitación... ¡Señor! y cuando permitió el postre ¡Oh là là!

¿Podría ella seguir viviendo? Todo fue perfecto, hasta su boca sucia diciéndole cosas que harían sonrojar hasta al Marqués de Sade.

Y lo mejor, lo mejor de lo mejor, como comerse un helado y dejar la cereza para lo último: él en toda su gloria dentro de ella.

Dio gracias al haber tenido tantos amantes, todos ellos la habían preparado para semejante tamaño, para el poder de león de sus embestidas. Varias veces creyó que la partiría en dos ¡mátame! Quiero morir, este es el momento perfecto.

Aquel ser poderoso controlaba su placer para hacer que ella suplicara.

¡Ya, hazlo ya! no lo soporto –entonces escuchó su rugido de furia que amenazaba con su propia convulsión.

Al amanecer, Jane casi inconsciente lo vio vestirse.

Lo miró con cierta nostalgia, sabía que sería la única y la última vez, estaba consciente de ello. Él mismo se lo dijo con una franqueza brutal desprovista de cualquier caballerosidad y amabilidad.

Todas las mujeres que habían estado con él lo sabían. Él no regresaba, no devolvía las llamadas, y cuando se encontraba con muchas de ellas ni se acordaba de sus nombres.

Lentamente se acercó y la cubrió con una sabana, quito un mechón de su cabello rubio que cubría parte de su cara.

Era mucho más de lo que Jane esperaba, este gesto era quizás un premio a su paciencia de dos años, un regalo más importante que las flores o las joyas.

– Hace frió, cúbrete bien. La habitación está pagada por dos días. Puedes pedir lo que quieras, no importa.

– Gracias, Edward.

– Para que no digas que soy un hijo de perra.

Estas palabras las pronunció de espaldas a ella, mientras que se ponía su Rolex.

Jane no vio la mueca triste que marcaba su rostro.

– Yo no diré nunca eso, no eres un hijo de perra. Al menos no tanto.

– Adiós, pequeña Jane.

– Adiós, Edward.

Ella esperaba un beso, aunque fuera uno en la frente, pero éste nunca llegó.

Algo de ternura era lo que toda mujer agradecía después de una noche de pasión.

¿UN MONSTRUO?

Mientras caminaba hacía su auto se repetía a sí mismo soy un maldito, claro que si, una máquina ¿acaso no lo dicen todos?, muchas gracias Jessica, de verdad te agradezco por hacer de mi un monstruo.

Necesitaba tener el control. Esa era su naturaleza de máquina, nada podía quedar al azar: esa era su manera de controlarse a sí mismo. Algo que se saliera de su obsesión por el control lo llevaría de nuevo a la locura y al desenfreno, era algo que él no se podía permitir.

Durante muchos años, el sexo fue el último vestigio de aquella naturaleza salvaje que surgió cuando tenía trece años y todo su mundo se había venido abajo.

Era un hambre y un deseo más poderoso que cualquiera de sus otras adicciones, pero últimamente estaba aburrido y asqueado.

Hacer esperar dos años no era su modus operandi.Sí, se hacía desear, esa era parte de su estrategia, pero no tanto como para que ella perdiera su interés.

Con Jane fue más un juego, probar la paciencia de la mujer y probarse a sí mismo su capacidad de mantener el deseo, pero en realidad no estaba interesado en nada ni en nadie.

El hacer que ella gritara de placer era un acto egoísta, aunque ninguna de ellas lo pensara así, y si lo hacían no le importaba. Era una extraña manera de sentirse humano, pero a la vez los orgasmos proporcionados con tan mecánica precisión lo hacían sentir mucho más alejado de la mujer.

Durante mucho tiempo había odiado el condón, con Jessica nunca lo utilizó¡maldita sea! Después sus tres parejas 'estables', si es que así se pueden llamar a aquellas que por mutuo acuerdo habían aceptado ser su "cita para follar" de manera periódica, habían tenido que estar reguladas por un doctor de su entera confianza. No quería correr riesgos de ningún tipo, sobre todo un embarazo ¡nunca más!

Pero cada una de las tres mujeres violó los acuerdos establecidos para que aquella "relación" se diera. Dos de ellas pronunciaron las palabras prohibidas "algo más", mientras que la tercera abrió la boca; e inmediatamente él rompió con ellas.

Aquellas palabras y actitudes deshacían todo acuerdo regido por dos leyes básicas: silencio y no emoción.

Cuando se dio por vencido, optó por relaciones que no duraran más de una noche, incluso empezó a pagar a "profesionales". Fue entonces cuando el preservativo se convirtió en su mejor amigo. Ahora era su manera de alejarse tácitamente de ellas. El látex que lo cubría era su manera de no tocarlas realmente, de no establecer ninguna intimidad física; eran dos mundos apartes. El estar dentro de cada una de ellas sin realmente estarera su manera de no sentir ni una mínima emoción, ningún interés, ningún sentimiento.

Poco a poco iba creciendo un desierto absoluto de indiferencia. Presentía que, en vuelta de algunos años, ya no tendría alma.

Se alejó de todos, sobre todo de su padre. Por él sentía, aún después de tantos años, odio, decepción o un amor vergonzoso. Carlisle siempre estuvo allí para él aunque Edward hizo todo lo imposible por sacarle en cara su desprecio; pero siempre, a pesar de todo, siempre estuvo ahí para él. Aún así, en el enorme recorrido de logros de Carlisle Cullen, su hijo Edward era su más grande fracaso y se odiaba por eso.

No podía verle la cara a Esme. Nunca hubo un reproche, nunca lo juzgó, siempre mantuvo los brazos abiertos para recibirlo, pero él se negó a cualquier toque o a escuchar palabras de aliento, no de ella... sobre todo de ella.

En cuanto a sus hermanos, quienes desconocían parte de la historia ocurrida y lo veían como una especie de súper héroe, le era difícil comunicarse con ellos.

Emmett era tan diferente a él como el día lo es a la noche, pero la capacidad de tolerancia y el buen sentido del humor de éste lo hacía inmune a la sequedad de su hermano; y Alice, hiperactiva, intuitiva y vivaz, su sol personal, era lo único que lo reconciliaba con el mundo, pero... ¿hasta cuándo?

Cuando Jasper empezó a salir con ella lo mandó a investigar. Mataría a cualquiera que se atreviera a lastimarla, sin remordimientos ni asomo de culpa.

Últimamente presentía que toda su familia lo miraba con un extraño dejo de lástima. Esa autosuficiencia tan duramente construida era vista por ellos, con justa razón, como sinónimo de soledad, la cual él se negaba a enfrentar.

Se avergonzó un día al darse cuenta de la envidia que ellos le producían.

Todos ellos habían encontrado su alma gemela. Se amaban tan loca y desesperadamente que a veces era difícil estar en presencia de ellos. Edward creía firmemente que, en el conjunto familiar, él era la ficha que sobraba. Emmett dependía de Rosalie, ella era la fuerza que él necesitaba para su vulnerabilidad de niño. Alice se adelantaba a las necesidades de Jasper, mientras que él parecía entender sus deseos.

Viéndolos a todos ellos, pensó un día:

"Quisiera estar enamorado de alguien o de algo... aunque sea de una idea"

DEJAR COMENTARIOS ES CASI TAN BUENO COMO ESTAR ATRAPADA EN UN ASCENSOR CON EDWARD CULLEN.

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