
Candy se entera que Albert está comprometido con otra mujer, al mismo tiempo que una noticia inesperada toca su puerta. Un corazón, dos destinos...
Rated: Fiction M - Spanish - Romance/Drama - Albert & Candy - Chapters: 32 - Words: 109,227 - Reviews: 337 - Favs: 37 - Follows: 40 - Updated: 03-21-13 - Published: 08-26-11 - id: 7324903
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Capítulo XXIII
-Candy, no vale espiar ¿eh? –Escuchó decir a una voz femenina a su espalda, mientras sentía cómo un suave pañuelo de seda cubría sus ojos.
-No, no voy a espiar. –Respondió ella, elegantemente vestida y abrigada, parada justo en el centro de aquel pequeño restaurante.
Luego de unos momentos, una bella rubia dama con los ojos cubiertos por un pañuelo, salía del establecimiento rodeada por tres mujeres. A lo lejos se escuchaban risas y música. Ella sabía muy bien a dónde la llevaban, porque sabía muy bien qué día era…
-¿Estarán mis padres? –Preguntó, mientras confiadamente se dejaba guiar.
-Estarán todos Candy, quédate tranquila… También estará el señor Andrew… -Respondió Ashley, al mismo tiempo que les guiñaba un ojo a sus compañeras.
-Oh… -Dijo la bella cumpleañera, al instante que sentía cómo el rubor llegaba a sus mejillas.
Desde aquella intensa discusión, Candy no había vuelto a cruzarse con Albert. Entre que atendía a su padre y acompañaba a su madre, se le había pasado la tarde; y recién al llegar la noche, cuando por fin pudo tocar la cama, había tenido unos minutos de silencio para recapacitar lo que había pasado… Y así fue como el dolor había regresado; únicamente para traer consigo, a la inevitable conclusión de que definitivamente debía olvidarse de él. Sí, como fuere, como le sea posible, debía desterrar a William Albert Andrew de su corazón.
Por su parte, Albert había tomado la decisión de volver a Lakewood cuanto antes. Así que luego de meditar sus próximos movimientos en aquel hermoso lugar que rodeaba a aquel arroyo, y sin que Candy se diera cuenta, se había ido, completamente decidido a mandarle un telegrama a George, avisando de su pronto regreso. Hubiera deseado quedarse por más tiempo, pero sabía que no podía seguir aplazando lo inevitable. Debía partir, y lo justo sería hacerlo luego de la fiesta de cumpleaños de su pequeña, quien desde ese día ya dejaría de ser tan pequeña, y pasaría a ser una hermosa mujer de 21 años de edad.
-Ya casi estamos llegando Candy. Ten cuidado por donde pisas… ¡Uy, cuidado con esa piedra! Ahora desviemos ese pozo, sí, eso es… -Le indicaba Ashley, mientras sujetaba las pequeñas manos de la pecosa fuertemente.
-¡Listo, llegamos! –Exclamó Viviane, visiblemente emocionada.
Caroline, en un rápido pero delicado movimiento, desató el pañuelo que cubría aquellos verdes ojos, al mismo tiempo que corría para unirse a los demás presentes.
-¡Feliz cumpleaños Candy! –Gritaron todos al unísono.
Candy, lentamente, comenzó a abrir los ojos y cuando al fin pudo adaptar su vista a la luz del día, no hizo otra cosa que llevarse las manos a la boca para ahogar un grito de sorpresa.
La plazoleta central del pueblo, estaba bellamente decorada con guirnaldas de papel de todos los colores, y colgando de unos árboles había un inmenso cartel que decía "¡FELIZ CUMPLEAÑOS CANDY!". Debajo de este mensaje, se podía ver pintado con múltiples colores a varias pequeñas manos, señal de que también habían colaborado en su realización los niños del pueblo. El gazebo, como la legendaria estatua de los enamorados, también estaban decorados con coloridas flores. A un costado, se encontraba una larga mesa cubierta por un fino mantel blanco, llena de comidas dulces y saladas, masitas, tortas, golosinas, sándwiches y bebidas. Y justo en su centro, descansaba una inmensa torta de chocolate decorada con 21 velitas y hermosas pequeñas flores. Todo, sumado al blanco de la nieve que aún quedaba en algunos rincones, hacía del lugar algo increíblemente mágico.
Candy estaba maravillada, no podía creer. Recorriendo con la mirada, se encontró con Valerie, la cocinera del pueblo, quien se acercó inmediatamente a saludarla con una inmensa alegría. También vio a su madre quien acompañaba a un delgado hombre de cabellos oscuros y mirada celeste, que la sonreía tiernamente, sentado en una silla de ruedas. La tarde anterior, ella y su madre se habían ocupado de la higiene de Joseph; le habían ayudado a darse un baño con agua tibia, y además le habían cortado el cabello y afeitado aquella larga y enmarañada barba. Candy les saludó con una sonrisa, corriendo inmediatamente para abrazarlos con fuerza.
-¡Gracias, gracias! –Exclamaba emocionada, mientras unas pequeñas lágrimas humedecían sus mejillas. – ¡Esto es maravilloso!
-Y eso que recién comienza, Candy. –Agregó Emily con una sonrisa y guiñándole un ojo. -¿Por qué no damos inicio a las actividades, Caroline? La tarde recién comienza, pero hay muchas cosas que hacer todavía. No queremos que nos gane la noche ¿cierto? –Dijo, mientras miraba de manera cómplice a sus amigas.
-¡Oh, no! Claro que no queremos que nos gane la noche. Ven conmigo Candy. -Caroline, tomando de la mano a la joven, la colocó justo en el centro de la plazoleta. Y ayudada por las demás damas, colocaron sobre su cabeza, una hermosa corona de pequeñas flores blancas.
–Son flores del invernadero del pueblo, Candy. Preparadas especialmente para esta ocasión. –Dijo en un momento Viviane.
-¿De veras? –Preguntó ella incrédula.
-De veritas, de veritas. –Respondió la dama de intensa mirada azul zafiro, con una sonrisa.
Luego se acercaron algunos de los niños que estuvieron presentes en aquella mágica obra de teatro, y colgaron de su cuello también un hermoso collar de flores, pero estas eran distintas, eran de un tono más amarillo; mientras le rociaban brillantina y pétalos de flores rojas y blancas.
Al cabo de un momento, Candy permanecía increíblemente arreglada para su cumpleaños. Con el cabello únicamente sujeto en media cola por una hebilla con forma de mariposa, la pequeña corona de flores blancas, el collar de flores amarillas, la brillantina y los pétalos que daban, a su vez, un toque mágico a su negro tapado y a su elegantísimo pero abrigado vestido azul marino con escote en V. Candy estaba bellísima, y esto no pasó desapercibido para un par de ojos celestes que la miraba embelesado.
-¡Atención, damas y caballeros! –Exclamó de repente Viviane, llamando la atención a todos los presentes. –Demos un caluroso aplauso a esta hermosa cumpleañera.
Todos comenzaron a aplaudir, sonriendo cálidamente. Los niños se acercaban a Candy para saludarla, como así también los distintos habitantes del pueblo.
-¡Candy, ven aquí! –Le llamó con las manos Ashley, al mismo tiempo que un carruaje bellamente decorado con flores y guirnaldas, tirados por unos hermosos e imponentes caballos, llegaba hasta ellos.
Ella no pudo ni preguntar de qué se trataba, porque en un instante ya la habían subido al carruaje.
-La primera actividad de la tarde es un paseo por todo el pueblo, Candy. Espero que lo disfrutes. –Le explicó amablemente Caroline. -¡Señor Andrew, señor Andrew!
-¿Señor Andrew? –Preguntó la joven rubia sorprendida, con los ojos abiertos de par en par.
-Querida Caroline, ya le había dicho que puede llamarme simplemente Albert…
Candy quedó estática. Ni bien había escuchado que lo llamaban, ni bien había escuchado a aquella dulce y suave voz, la piel se le había erizado por completo, al mismo tiempo que su corazón daba un súbito salto.
-Oh, discúlpeme Albert. Creo que es la costumbre. –Se disculpó sonriendo Caroline. – ¿Podría hacerme el favor de acompañar a esta bella dama en su primer paseo?
Candy atónita, inmediatamente buscó la mirada de Caroline para indicarle de alguna manera que no, que ella no quería eso, pero no pudo ni reaccionar, porque Albert ya estaba en el carruaje junto a ella.
-Será un placer. –Contestó él sonriendo.
Ella inmediatamente bajó la mirada. No podía creer que aquello realmente estuviera ocurriendo.
-¡Perfecto! –Exclamó sonriendo Caroline, mientras les guiñaba un ojo pícaro a sus compañeras. -¡Wilson, puedes comenzar con el paseo! Los primeros pasajeros ya están a bordo. –Le indicó al chofer del carruaje. Éste no se hizo esperar, y con un rápido movimiento puso en marcha a los caballos.
La tarde transcurría tranquilamente. Hacía días que no nevaba, y esto hacía que la cantidad de nieve acumulada por los rincones fuera disminuyendo poco a poco. El sol iluminaba delicadamente al pequeño pueblo; mientras que la fresca brisa traía hacia ellos a la hermosa melodía de los pájaros cantando, entremezclado con las divertidas risas de los niños.
Candy continuaba con la mirada baja, mientras jugaba con sus dedos. No podía creer que estaba en el mismo carruaje que Albert. Pero allí estaban, paseando por el pueblo, haciéndose compañía pero en silencio. De vez en cuando, la joven rubia no podía con su curiosidad, y levantaba la mirada hacia él. Pero cuando lo hacía, se encontraba con un par de ojos celestes cielo mirándola con cariño, acto que la llevaba a desviar la mirada nuevamente hacia sus dedos. Albert, al ver aquella reacción, no podía hacer más que sonreír. Amaba a aquella Candy… Pura, inocente, pero con pizcas de atrevimiento.
Ella, por su parte, no sabía cómo contener los nervios, ni tampoco sabía cómo evitar a aquella increíble atracción que sentía por su acompañante. Si con sólo verlo, enloquecía. No podía dejar de admirar su vestimenta, su pantalón negro, sus botas y su tapado del mismo color… Dios, indiscutiblemente, el negro le quedaba tan bien… Resaltaba el celeste de sus ojos, y el rubio de sus cabellos…
Tan ensimismada estaba en sus pensamientos, que ni siquiera se dio cuenta cuando Albert tocó su barbilla.
-Feliz cumpleaños, Candy. –Dijo con ternura, mientras le sonreía cálidamente.
Un pequeño sonrojo subió a sus mejillas, enterneciendo aún más a su rubio acompañante.
-Gracias Albert… –Contestó mientras hacía hasta lo imposible por volver a bajar la mirada.
-No, por favor, no la vuelvas a bajar… Tienes unos bellísimos ojos verdes, que no deberías ocultar… –Le dijo cariñosamente, intensificando aún más la mirada, logrando que el sonrojo de la joven fuera más notable. Él, al darse cuenta de ello, intentó cambiar de tema, para no incomodarla más. Se había prometido respetar los deseos de Candy, pero ¿cómo hacerlo? Si estar junto a ella era tan increíblemente irresistible... -¿Cómo está tu padre, Candy? -Preguntó finalmente.
-Bien, mucho mejor. –Contestó ella con una sonrisa. -¿Sabías que todo este tiempo estuvo trabajando en una mina de carbón?
-¿En serio?
-Sí. Ayer nos contó que luego de dejarnos, a mi madre y a mí, en aquella estación de tren, él siguió viajando durante varios días, hasta que un hombre se compadeció de él al verlo muy demacrado y desnutrido. Le ofreció comida y trabajo en una mina de carbón al sur del país. Y es allí donde estuvo todos estos años…
-Oh, vaya… -Susurró Albert, realmente sorprendido.
-Sí… Mucho no quiso hablar del tema, ya que todavía estaba bastante débil, pero eso es lo que nos pudo contar…
Albert en un lento movimiento, tomó su mano para apretarla suavemente.
-Es una bendición que estén juntos nuevamente, Candy… Me alegro que por fin hayas encontrado a tu familia… -Le dijo sinceramente, con una cálida mirada.
-Gracias... Realmente es el mejor regalo de cumpleaños que pude recibir… -Contestó ella, sonriendo. Disfrutando cómo los nervios se alejaban poco a poco.
Ambos se quedaron mirando por unos instantes. Sonriendo, contemplándose… Era increíble cómo con una simple mirada, podían entenderse mucho más que con mil palabras… Al cabo de un momento, ella desvió sus ojos, pero sin soltar su mano. Aunque sabía que aquello no era correcto, no quería soltarlo… Se sentía tan bien estando así… Tan natural...
-Este pueblo es bellísimo… -Susurró luego de unos minutos, con la mirada soñadora, relajándose completamente. Por primera vez, desde que había subido al carruaje, se dedicaba a admirar la belleza del lugar.
-Sí, es verdad… Es hermoso… Ahora entiendo por qué tus padres eligieron este lugar para vivir… -Contestó él, también con la mirada soñadora, mientras que con delicados y suaves movimientos acariciaba la mano de la bella cumpleañera.
-Sí… Yo también lo entendí cuando llegué aquí, y me enteré de las leyendas que lo rodean…
-¿Leyendas?
-Sí, pequeño Bert… ¡Cierto que no tuve oportunidad de contarte! –Exclamó sorprendida, y mirándolo nuevamente con una sonrisa. Luego, con una voz suave y mientras un extraño brillo envolvía sus verdes ojos, comenzó con el relato… -Cuenta la leyenda que en el año 1776, una hermosa chica de un condado conoció a un chico guapo de otro, y se enamoraron al instante. Separados por la distancia y por padres que no aprobaban la unión, la pareja soñaba con el día que podrían estar juntos. Se escribían mutuamente cartas hermosas, románticas y apasionadas. Pronto la separación les pareció insoportable. Y una noche fría y oscura, sin luces que los guiaran, huyeron de sus casas y corrieron todo lo que pudieron. Estaba tan oscuro que los dos acabaron por perderse y parecía que no se encontrarían nunca. Al fin, la chica cayó de rodillas, con el rostro cubierto de lágrimas y dijo "Oh, amor mío, ¿dónde estás? ¿Cómo te encontraré?"
Albert la miraba embelesado, sin lugar a dudas, su pequeña pecosa sabía cómo contar una historia.
-Y de repente… -Continuaba con el relato Candy, mientras abría los ojos enormemente. -Apareció un grupo de estrellas en el cielo, estrellas que brillaban tanto que iluminaban todo el campo. La chica se puso en pie y siguió el camino de las estrellas, hasta que por fin se encontró justo donde la esperaba su verdadero amor, que también había sido guiado por el manto de las estrellas. En ese momento sintieron una fresca brisa en sus rostros, haciéndolos sentir seguros nuevamente, llenos de amor y esperanza. Algo en aquella brisa, bajo ese hermoso manto de estrellas, les había dicho que a partir de ese momento todo iría bien, y que podrían ser felices para siempre… Y así fue, vivieron felices por siempre en este mágico lugar... Llamado "Winds of Hope" o "Winds Hollow", como los habitantes del pueblo lo suelen llamar...
Candy no se había dado cuenta, pero a medida que había avanzado en su relato, también había comenzado a acariciar la mano de Albert suavemente. Y él estaba tan maravillado con el momento, tan ensimismado en la pequeña leyenda de amor, y sobre todo, tan feliz porque su princesa le había llamado "pequeño Bert", que apenas pudo percibir algo extraño en aquella acción.
-Es hermosa esa leyenda pequeña… Gracias por compartirla conmigo… -Le dijo de pronto, apretando tiernamente su mano.
Fue ahí, en ese momento que Candy se dio cuenta de lo que estaba haciendo, y quiso retirar la mano inmediatamente, pero no pudo hacerlo ya que Albert la había agarrado con más fuerza.
-Y gracias por llamarme "pequeño Bert"… Hacía mucho que no lo hacías… Ya lo extrañaba… -Una sonrisa se dibujó en sus labios, al mismo tiempo que su mirada se hacía más intensa.
Candy se sintió aún más incómoda, y desvió sus verdes ojos de inmediato logrando, además, soltarse rápidamente de su mano.
-¿Ves aquella estatua? –Preguntó, intentando cambiar de tema, al ver que el carruaje comenzaba a emprender el viaje de regreso, rodeando la inmensa plazoleta central. –Es la legendaria estatua de los enamorados… Dicen que fue allí donde se encontraron…
-Vaya… Es maravilloso… -Susurró él, mirando más a Candy que a la estatua.
Luego de unos minutos, llegaron nuevamente a la plazoleta, terminando con el paseo.
Para cuando bajaron del carruaje el grupo musical del pueblo, integrado por varios hombres, ya estaba preparado para cantarle "Feliz cumpleaños" a Candy, además de que ya estaba todo listo para que ella soplara las 21 velitas de la torta. No tardaron demasiado en cortarla y servirla en porciones para todos los presentes.
Y así fue cómo la tarde había transcurrido con tranquilidad, entre juegos, bailes y demás. Candy hacía hasta lo imposible por evitar a Albert, por lo tanto, terminó jugando lo que restaba del día con los pequeños niños del pueblo.
Al caer la noche, se prendió un inmenso fogón a un costado de la plazoleta y comenzaron los preparativos para el baile.
-¡Vaya! ¡Cómo pasó el tiempo! Fíjense, ya es hora del baile... –Exclamó sorprendida Emily, visiblemente cansada pero increíblemente feliz, dando una señal a los músicos para que comenzaran a tocar.
Al instante, la melodía de guitarras, tambores y acordeones llenaba el ambiente. Emily no tardó demasiado en buscar a Joseph, para ir entre los dos a despedirse de Candy. Indudablemente, aquel había sido un día muy largo, y ambos ya estaban lo suficientemente cansados y doloridos como para seguir en la fiesta.
-¿Necesitan que los acompañe? –Preguntó Candy, algo preocupada al ver el rostro cansado de sus padres.
-No. No es necesario... Todavía tenemos a nuestra enfermera personal, ¿lo recuerdas? Tú ve, y disfruta de la fiesta… Que lo mereces. –Le respondió su madre, mientras se acercaba para depositarle un dulce beso en la mejilla.
-Hasta mañana Candy. –Se despidió Joseph, mirándola con un increíble cariño. Aún no podía entender cómo había tenido una hija tan bella y vital, sin embargo ahí estaba... ¡Ahí estaban! ¡Todos juntos y felices! Era increíble...
-Hasta mañana, papá. –Lo despidió ella abrazándolo tiernamente, mientras sentía como unas pequeñas lágrimas comenzaban a nublar sus ojos. Aquello era algo tan mágico, tan extraño, parecía tan irreal... Sin embargo, estaba ocurriendo...
Al cabo de unos momentos, Emily se había retirado con Joseph, dejando a Candy en aquella maravillosa fiesta. Ensimismada en sus pensamientos, se alejó un poco del fogón, para sentarse en un banco a un costado de la plazoleta. Necesitaba estar algunos instantes a solas… Emocionada, admiraba la cantidad de estrellas que salpicaban con sus luces intermitentes al oscuro firmamento... Y así fue cómo sin previo aviso, un pequeño recuerdo del hogar de Pony golpeó su mente, al mismo tiempo que un aire nostálgico comenzaba a envolverla…
-Buenas noches, señorita… ¿Está ocupado este lugar? –Era aquella dulce voz… Inmediatamente giró su vista, para encontrarse con una intensa y cariñosa mirada celeste.
-¡Albert! No, para nada… Puedes sentarte si quieres… -Respondió algo nerviosa. Era increíble la capacidad que tenía aquel hombre para alterarla de sobremanera.
-¿Qué estás haciendo aquí Candy, tan lejos del fogón? Debes tener frío…
-Un poco…
Entonces él, sin dudarlo, se acercó a ella, abrazándola con cariño. Candy en un primer momento quiso huir de aquellos brazos, pero luego, al sentir aquel reconfortante calor, se tranquilizó inmediatamente.
-¿Y, me vas a decir qué estabas haciendo, aquí sola? –Preguntó, contento de que su bella dama no haya rechazado el abrazo, al mismo tiempo que por dentro sentía un gran torbellino de confusos sentimientos. Nuevamente se recordaba, se recriminaba... Se había prometido respetar sus deseos... Pero... ¿Cómo hacerlo? Si cada vez que la tenía cerca necesitaba con urgencia tocarla, abrazarla...
-Estaba recordando algo, que aprendí cuando era pequeña en el hogar de Pony…
-¿Hogar de Pony? Debes extrañarlo mucho...
-Sí... Me hubiese encantado que la señorita Pony y la hermana María estuvieran aquí conmigo... También extraño mucho a Annie y a Archie... -Dijo dando un profundo suspiro. -Pero eso no quiere decir que no esté feliz. Encontré a mi familia ¿qué más puedo pedir? Realmente soy muy afortunada...
-Eso es cierto... -Contestó el rubio, mientras la acariciaba suavemente. -¿Y bien? ¿Qué era aquello que aprendiste de pequeña en el hogar de Pony?
-Era algo que solíamos jugar con Annie… Antes, siendo niñas, solíamos escaparnos por las noches únicamente para terminar las dos acostadas sobre el pasto, contando las estrellas… Solíamos creer que si alguna de las dos llegara a contar cien estrellas, podíamos pedir un deseo y que ese deseo podía hacerse realidad…
-¿En serio? ¡Pero qué bonito juego! –Exclamó tiernamente Albert, abrazándola con más intensidad.
Candy no opuso resistencia, y correspondió al abrazo. No sabía muy bien por qué, pero algo en su interior la incentivaba a ello. Algo en su interior la llevaba a olvidarse de todo lo malo, a olvidarse de todo aquello que los separaba...
– ¿Te gustaría contar las estrellas conmigo? -Preguntó el joven Andrew con cierta mirada juguetona.
Ella lo miró a los ojos por unos instantes... Cielos... Albert, indiscutiblemente, tenía algo que la llevaba naturalmente al país de los sueños...
-¡Claro! Recuerda, cien estrellas y un deseo. –Respondió finalmente, mientras una sonrisa se dibujaba en sus labios. Se sentía tan bien estando allí, tan protegida... Era increíble, pero todos los nervios de hacía unos momentos habían desaparecido por completo.
Y así fue como ambos rubios se pasaron un buen rato contando las estrellas. Mientras uno miraba un extremo del firmamento, el otro observaba el otro extremo. A sus espaldas, continuaba la fiesta alrededor del fogón. Música y risas llenaban el ambiente, pero para ellos, sólo estaban las estrellas y la mutua compañía, nada más…
Luego de varios minutos, y cuando tanto Albert como Candy estaban por exclamar por demás entusiasmados "¡Cien estrellas!", una inmensa línea blanca cruzó el firmamento… Una estrella fugaz los visitaba, deteniendo el tiempo… Ambos, al verla, se abrazaron más fuertemente, pidiendo internamente aquel deseo que sólo en sus más profundos secretos se animaban a confesar…
"…Por favor, sólo deseo ser feliz, con Candy…"
"…Por favor, sólo deseo ser feliz, con Albert…"
Después de aquel mágico instante, se miraron fijamente. Como sabiendo lo ocurrido, y sintiendo en lo más profundo de su ser, lo que habían pedido…
Lentamente y sin decir nada, Albert se puso de pie, extendiendo su mano hacia ella.
-¿Me acompaña a bailar, mi bella dama? –Preguntó galantemente.
-Claro. –Respondió ella, con una sonrisa.
Ambos volvieron tomados de la mano al grupo, para terminar bailando sin parar. Los instrumentos musicales sonaban incesantemente. Entre risas, cantos, aplausos y saltos, bailaban con los niños, con los habitantes del pueblo y nuevamente entre ellos. Era una mágica e interminable noche la que transcurría, y eso se notaba en sus miradas y en la alegría de sus corazones…
Luego de varias horas, la fiesta por fin había concluido. Candy cansada se dejaba abrazar por Albert, quien amablemente se había ofrecido a acompañarla hasta su habitación. Ambos estaban exhaustos, pero increíblemente felices. Entraron en puntillas a la casa de Emily, dejando sus abrigos y zapatos en la entrada. Riendo por lo bajo y cantando entre susurros, ellos iban caminando por los pasillos de aquella humilde pero elegante morada.
-Dios… No tienes idea de cómo me duelen los pies… -Se quejó en un momento Candy.
No pudo ni siquiera decir algo más, porque Albert ya la tenía cargada en brazos.
-¡Albert! –Exclamó entre risas la rubia dama, mientras sentía como su amado príncipe la llevaba por los oscuros pasillos. -¿Qué haces? Estás loco.
-Puede ser… -Contestó él, con una amplia sonrisa.
Al cabo de unos minutos y riendo alegremente, finalmente habían llegado hasta la puerta de la habitación de Candy. Ella sin pensarlo demasiado, ingresó para encender la luz, mientras acomodaba su pequeña corona y el collar de flores amarillas sobre una mesita.
-Ha sido una noche increíble ¿no lo crees? –Dijo mientras se paraba bajo el marco de la puerta y lo miraba con los ojos entrecerrados por el cansancio.
-Totalmente… Una noche maravillosa… -Respondió él, sonriéndole desde el pasillo.
–Albert… Gracias...
-¿Por qué, pequeña?
-Por todo… Por estar aquí, por acompañarme, por ser así… Tan encantador…
Candy lo miraba detenidamente. Era cierto, Albert había sido tan maravilloso, tan bueno en todo el día… E indudablemente era tan atractivo... Oh cielos... El negro le quedaba tan bien... Le resaltaba aquellos cristalinos ojos cielo, y aquella suave cabellera rubia... Sin saber cómo ni por qué, ella había caído en aquel pequeño hechizo, que la llevó sin querer, sin meditarlo o pensarlo, a acercarse a él lentamente... Hasta terminar depositando un suave beso en sus labios…
Albert se sorprendió en un primer momento, pero no tardó en corresponder; abrazándola tiernamente, sintiendo como sus cuerpos se amoldaban perfectamente…
El beso continuó suavemente por unos segundos, para después, poco a poco ir subiendo de intensidad… Candy no sabía bien qué hacía, pero algo en su interior la estaba llevando inconscientemente a mordisquear aquellos dulces y carnosos labios… A aquella suave y cálida piel…
De repente, como despertándose de un profundo sueño, se dio cuenta de lo que estaba haciendo, y se separó inmediatamente de él. Con los nervios por el techo, y un rubor intenso en su rostro, trató de escabullirse rápidamente a la habitación, pero antes de que pudiera hacerlo, Albert ya había ingresado junto a ella, cerrando la puerta tras de sí, y acorralándola justo contra ésta.
– No puedes besarme así y luego pretender escapar, Candy… –Dijo con la voz ronca y la respiración entrecortada.
Candy se sentía increíblemente nerviosa, con la mirada baja, mientras millones de pensamientos agolpaban su mente… ¿Cómo había cometido tal estupidez? Se preguntaba una y otra vez… Si ya había decidido que lo desterraría de su corazón…
-¿Qué pasa Candy? –Preguntó quedamente Albert, mientras apoyaba su mano izquierda sobre la puerta, justo encima de su cabeza y con la otra le levantaba la barbilla suavemente. -¿Por qué me besas y luego huyes?
Albert la miraba intensamente. Sin darse cuenta, bajó su celeste mirada a aquellos rosados labios que acababa de probar… Se veían tan apetecibles… Y el tenerla allí, tan cerca, casi a su disposición y estando los dos solos en aquella habitación, era algo realmente enloquecedor. Muy lentamente y casi inconscientemente, comenzó a delinear su rostro con la yema de los dedos, bajando luego, despacio, muy despacio, por el blanco cuello de la dama, deteniéndose justo al llegar a aquel provocativo pero inocente escote.
-Albert… Yo… -Candy hacía hasta lo imposible por evitar los suspiros que las caricias de Albert provocaban. Ella quería mantenerse alerta, debía mantenerse alerta, pero cuanto más sentía a los dedos de Albert acariciándola, cuanto más sentía su cercanía, más le costaba hacerlo… Sentirlo así, tan cerca, era algo tan sublime, tan hechizante… Tan... Increíblemente delicioso...
-¿Tú qué, Candy? –Preguntaba el joven Andrew, mientras continuaba delicadamente delineando aquel apetecible cuello. -¿Qué quieres decirme?
Candy abrió los ojos al escuchar aquella pregunta, y se encontró con aquella mirada celeste pero a la vez tan oscura, tan parecida a un inmenso mar en medio de una tormenta… Albert, sin que ella pudiera explicarlo, la miraba con deseo, con pasión. Aquel hombre la estaba mirando como nunca nadie en su vida lo había hecho… Y de pronto, comenzó a sentir calor, al mismo tiempo que unas ligeras cosquillas aparecían en su vientre; llevándola sin querer a aquel mágico lugar, donde los deseos más oscuros, íntimos y secretos, se hacían realidad…
-Albert… No… -Susurró, tratando así, tal vez, de pensar… Debía pensar, no podía dejar que las cosas siguieran ese curso, no, no podía permitirlo… Pero… ¿Cómo hacerlo? Sí aquello era algo tan especial, tan único, tan… Rico…
-¿No qué, Candy? – Preguntó nuevamente, mientras lentamente comenzaba a acercarse más y más a ella, atraído como un imán. Albert estaba completamente hechizado, los labios de Candy lo llamaban, la suave piel de la dama lo hipnotizada; y él, sin siquiera darse cuenta, ya estaba perdido en aquel mundo de exquisitas sensaciones…
Candy sentía cada vez más y más cerca a aquel cálido aliento. Estaba apoyada contra la puerta, encerrada bajo el cuerpo de Albert. Así habían quedado desde que ingresaron a la habitación, y hasta se podría decir que él la había acorralado, pero no era así, no… Ella quería estar allí, porque, a pesar de todo, deseaba todo aquello, deseaba profundamente todo lo que su mente tanto negaba…
Las respiraciones poco a poco comenzaron a mezclarse, mientras el latido frenético de ambos corazones comenzaba a sintonizarse.
Candy fue cerrando lentamente los ojos, al mismo tiempo que sentía a Albert cada vez más y más cerca…
-Albert, yo… -Volvió a susurrar.
-Tú…
-Yo… Yo te…
No pudo terminar de decir la frase, porque unos cálidos labios se posaron sobre su boca. Lentamente Albert comenzó a besarla, como reconociendo el lugar, como encantándose aún más… Y después, poco a poco, pequeños mordiscos volvieron a aparecer, arrancando súbitos gemidos e incontrolables suspiros… Inmediatamente, el beso comenzó a subir de intensidad, para terminar convirtiéndose en uno increíblemente apasionado...
Albert la besaba con furia, con hambre, con aquella pasión contenida de años, como nunca en su vida había besado. Sentirla así, contra su cuerpo, tan dispuesta y tan entregada, lo estaba llevando rápidamente a la locura. Candy, dejándose llevar, pasó sus brazos alrededor de su cuello, y se aferró a él con fuerza, al mismo tiempo que lo sentía rodeando su cintura. Él suavemente comenzó a jugar con su lengua, mientras acariciaba su espalda, para terminar apretándola aún más contra su cuerpo. En un momento, Candy detuvo el beso, arqueándose levemente; dejando al descubierto su blanco y delgado cuello, como pidiendo, implorando, que él la besara. Él, no se hizo esperar y comenzó a acariciarla allí con sus labios, mordiéndola suavemente, provocando que intensos gemidos salieran de aquella pequeña pero candente boca femenina. Esto lo enloqueció aún más, y se dejó llevar acariciándola más intensamente, bajando sus manos por su espalda llegando hasta aquellos firmes glúteos. Candy volvió a soltar un gemido, mientras sentía cómo aquel hombre la besaba y acariciaba como nunca nadie jamás lo había hecho… Oh cielos, aquello se sentía tan bien, tan deliciosamente bien… Él, en un rápido movimiento, agarrándola por los glúteos, la alzó, apretándola contra la puerta, logrando que ella rodeara con sus piernas su cintura. Y sin saber cómo, la llevó lentamente hasta la cama, mientras la seguía besando con devoción, con desesperación, para terminar acostándola suavemente. Inmediatamente, y sin separarse, se colocó sobre ella, para continuar besándola sin piedad, mientras la hermosa melodía de los encantadores gemidos femeninos inundaba el ambiente, llevándolos rápidamente a aquel mágico mundo pasional…
Candy, no pensaba, no quería pensar, simplemente se dejaba llevar… Quería sentirlo como nunca antes lo había sentido, quería vivir lo que hacía años venía fantaseando… Sí… Ella quería ser suya y sólo suya, porque lo amaba y profundamente… Sí… Lo amaba, y con todo el corazón… Y ya no le importaba nada, simplemente quería ser, por primera vez en su vida, libre, libre de verdad, y entregarse a él en cuerpo y alma…
Albert continuaba besando sus labios, sus mejillas, bajando por su cuello, hasta llegar inconscientemente a aquel provocativo escote. Sin poder evitarlo y con suaves movimientos, comenzó a acariciar aquellos redondos y perfectos pechos vírgenes. Nuevamente, súbitos gemidos llenaron la habitación… El calor que emanaban los cuerpos era cada vez más intenso, al mismo tiempo que sus respiraciones se volvían cada vez más y más agitadas…
Él tampoco quería pensar, sólo sentir… Cuántas veces había soñado con ese momento, cuántas veces había deseado sentir su piel, escuchar aquellos sublimes gemidos, a aquella hermosa melodía divina de pasión y deseo… Cuantas veces había deseado exactamente eso que estaba ocurriendo… Y sin advertirlo, bajó suavemente el escote para terminar envolviendo con su boca a aquellos perfectos senos, acariciándolos con su lengua, provocando que otros intensos gemidos femeninos se mezclaran con los suyos… ¡Oh, por todos los cielos! Tenerla así, bajo él, era algo tan exquisito… Sentirla entregándose a él y sólo a él, era algo extravagantemente mágico… Sí... Candy finalmente se estaba entregando... Oh Dios... Candy se estaba entregando, porque también lo amaba, y tan intensamente como él a ella... Pero, ¡oh por Dios! ¡Candy lo amaba con la misma intensidad que él! ¿Pero, qué demonios estaba haciendo? ¡Candy se estaba entregando, y él la estaba tomando! ¿Acaso había perdido la razón? ¡Candy lo amaba! ¡Lo amaba! Y él… ¡Él estaba comprometido con Josephine!
Un súbito pensamiento cortó aquel exquisito ambiente… Candy lo amaba, pero él no era libre… Y casi como si se tratara de un rayo de cordura, Albert se detuvo inmediatamente…
Con la respiración entrecortada, y el corazón latiendo a mil por segundo, se alejó rápidamente de ella, arrodillándose a un costado. Lentamente apoyó los codos sobre la cama, mientras escondía su rostro entre las manos. Respirando profundamente una y otra vez, trataba por todos los medios de tranquilizarse, y que su cuerpo volviera a la normalidad… Y pensaba, se recriminaba... ¿Cómo demonios había dejado que las cosas llegaran hasta ese punto? ¿Cómo pudo, siquiera pensar, que podía tomar lo más preciado de aquella bella dama, allí, justo esa noche, cuando estaba a punto de viajar a Lakewood? ¿Cómo pudo siquiera imaginar que podia hacerle el amor a su princesa estando comprometido con otra mujer? ¡¿Cómo? ¿Cómo pudo siquiera pensar en hacerle algo así a Candy, a "su" Candy?
Por su parte Candy, agitada y acalorada, no entendía nada. Inmediatamente se había sentado en la cama, mientras que con lentos movimientos trataba de volver a acariciarlo… ¿Por qué Albert se había detenido? ¿Por qué, de repente estaban así, tan separados? ¡¿Por qué, por qué?
-Albert… -Susurró, entre agitadas respiraciones.
-Candy… No… No puedo… -Dijo levantando la mirada, mostrando cómo unas pequeñas lágrimas inundaban el celeste de sus ojos. Era la primera vez que ella lo veía llorar, y eso, le partió el corazón. –No puedo… Perdóname… Tenías razón… No… No soy libre… Candy… Perdóname, por favor…
Y así, sin decir nada más, se levantó, saliendo rápidamente de la habitación; dejando a una Candy, rodeada por las más oscuras dudas, completamente confundida…
Inmóvil la rubia dama, quedó con la mirada fija en la puerta, durante varios e infinitos minutos de silencio…
Luego, mientras se acostaba agarrándose fuertemente de las rodillas, como si con este acto pudiera evitar el caer por el oscuro pozo del desamor, comenzó a llorar desconsoladamente, con todas sus lágrimas... Lloró con dolor, con decepción, con frustración e impotencia… Lloró con la más profunda y terrible de las amarguras… Lloró por lo que pudo ser, y no fue; por lo que era, y por lo que no iba a volver a ser… Lloró por todo y por nada, por ella y por él, por ellos dos… Envuelta en la más oscura de las tristezas; creyendo que nuevamente el amor la había tocado, únicamente para volverla a abandonar…
Continuará…
s-s-s
*Gracias Llara-y por darme la idea de la estrella fugaz ;) Tu recopilado de "Deseos concedidos" en el foro Andrew estuvo genial XD
¡Hola chicas! ¿Cómo están?
Mil disculpas a las primeras lectoras que lo leyeron y que tal vez no entendieron algunas cosas, es que como soy bien despistada, necesito leer como 20 veces para darme cuenta de mis errores, y corregirlos ;)
Bueno, este capítulo ha sido extra duración. Creo que es el más largo que he escrito hasta ahora, pero, tiene su razón de ser. Ya que estoy preparando una materia para rendir en febrero, y bueno, no voy a poder actualizarlo tan seguido, así que, a modo de disculpa, he aquí el capítulo largo ;)
Lu: ¡Bienvenida y gracias! Bueno, me pedís un avance… Bueno, sólo te puedo decir que todo en la historia tiene su razón de ser, o al menos estoy tratando porque así sea ;) Vamos a ver si al final logro unir todos los puntos ;) Y más o menos, faltan unos diez capítulos… Por ahí un poco más, con epílogo y demás ;) Gracias por el comentario y por leer, espero que los próximos te sigan gustando :)
Pauli: ¡Jajaja! No, matar no creo, pero bueno, veremos cómo las saco del camino jiji ;) Muchas gracias, un abrazo para ti también :)
Sereyandrew301: Y sí, esperemos que descubra pronto con quién se está por casar Albert ¿no? Eso es, hay que tener espíritu positivo, ya verás que el 2012 va a ser mucho mejor que el 2011 ;) ¡Un abrazote y ánimos! :)
JENNY: Gracias a vos por leer y comentar amiga :) Sí, yo también espero eso ;) Abrazote :)
Claudia Aleman: Jaja, te confieso que no lo había pensado lo de Niel y Josephine, ya que los Leagan tienen una función muy particular en esta historia, pero veremos, tal vez, se pueda hacer algo al respecto jijiji ;) Muchísimas gracias, espero que este capítulo también te haya gustado :) Abrazote :)
Angie Jb: ¡Muchísimas gracias por todos los comentarios y por las cálidas palabras! La verdad me hace re feliz leer comentarios como el tuyo. Sé que, bueno… Hay ciertas cosas que escribí que lamentablemente ya habían salido en otros fics, pero aún así, trataré de sorprenderlas con lo que viene. Te mando un fuerte abrazo querida Angie y nuevamente muchísimas gracias por leer y comentar! :)
Trastuspies: Jaja, tienes toda la razón amiga, Mrs Bennet es una divina al lado de la Jane Peterson. Veremos cómo se soluciona todo esto. Gracias amiga por leer y comentar, te mando un fuerte abrazo :)
Elena: Uf, yo también espero eso, que este par de rubios luchen por lo que sienten de una vez por todas. Gracias amiga por siempre estar allí, leyendo y comentando. Te mando un fuerte abrazo :)
Terry´s Girls: ¡Hola, bienvenida! :) Gracias, yo también deseo que Candy se despierte un poco para luchar por lo que siente, pero bueno, veremos cómo se soluciona todo esto. Muchísimas gracias por tan hermoso comentario, espero que los próximos capítulos te sigan gustando :) Un abrazo :)
Gracias chicas por leer y comentar, y también muchísimas gracias a los que me leen en silencio. Espero que este capítulo también les haya gustado.
Les mando un fuertísimo abrazo y nos vemos en el próximo capítulo, por este mismo canal ;)
Abrazoooooooooooo!
-.-.-
Mensaje agregado el 8/12/12:
Hooooooooola, tanto tiempo! cómo están?
El motivo de este mini mini mensajito es para agradecerles por los hermosos comentarios que me dejan, ya sea para comentarme algo de la historia o para pedirme actualización. Muchísimas gracias por sus cálidas palabras, de verdad, me llegan hasta lo más profundo del alma y me llenan de felicidad, por eso y por mucho más, GRACIAS :)
Sé que estoy tardándome muchísimo en actualizar, y perdón, perdón, perdón por eso... no sé cómo sucedió, pero entre una cosa y otra, al final no pude sentarme más a terminar el capítulo empezado... A veces la vida real como que exige demasiada presencia, y bueno... uno termina dejando de lado a lo que más ama... Por eso, les pido millones de disculpas...
También quiero que sepan que mi intención es terminar esta novelita, ya que me daría muchísima pena dejarla sin final... Pero sólo les pido un poquito más de paciencia ¿sí? Yo ahora estoy terminando de cursar una materia pesadísima de mi carrera (estoy estudiando bioquímica) que me consume todo el tiempo. Si todo va bien, a partir de la semana que viene ya estaré de vacaciones y podré actualizar, pero por ahora se me hace sumamente imposible...
Así que, ¿me esperan un par de semanas más? :) Desde ya les agradezco enormemente el aguante que me tienen, porque sinceramente esta larga espera que les estoy haciendo pasar, fue sin querer...
Bueno, espero que todos/as estén bien, y desde acá les mando un fuertísimo abrazo y les deseo un excelente fin de año :)
Abrazoooooooooooooooote :) y hasta prontito :)
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