
Corre el s.XVIII en el Reino de Aguamarina cuando dos arreglos matrimoniales dan vuelta las vidas de seis jóvenes. Edward y Bella se niegan a enamorarse, Emmett y Rosalie se aman a escondidas, y Jasper y Alice no saben ni por dónde empezar. Cuando el corazón se enreda con el protocolo de la Realeza, ¿cómo se distingue el amor Real del amor verdadero? TH, UA. ExB, JxA, ExR.
Rated: Fiction M - Spanish - Romance - Edward & Bella - Chapters: 28 - Words: 185,390 - Reviews: 536 - Favs: 211 - Follows: 179 - Updated: 12-07-12 - Published: 10-05-11 - id: 7438860
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Muchas gracias por el recibimiento! Acá les dejo el segundo capítulo, espero que les guste :)
Disclaimer: los personajes pertenecen a Stephenie Meyer
Capítulo 2 - Encuentro
Los reyes de Calcedonia se encontraban ya junto a sus hijos en el más amplio de los salones, disfrutando de una lectura ligera mientras esperaban la llegada de las princesas. Lo cierto es que sólo Carlisle y Esme mantenían algún tipo de concentración en sus respectivos libros. Edward y Emmett estaban demasiado tensos y ansiosos como para poder pensar en otra cosa que no fuera sus propios destinos.
Pronto se presentó el mensajero real, y los príncipes se enderezaron en sus elegantes sillas.
—Sus Majestades, he aquí la Princesa Isabella del honorable Reino de Calcedonia —anunció el buen hombre, y Edward respiró profundamente, poniéndose de pie.
Su hermano y sus padres imitaron el gesto al ver entrar a la joven heredera, seguida de su doncella más querida.
—Sus Majestades —saludó Isabella con una inclinación de cabeza, llevando su pierna derecha hacia atrás y flexionando ligeramente las rodillas, como lo indicaba el saludo protocolar. Alice, por su parte, hizo la reverencia correspondiente a una doncella, agachándose más como señal de respeto y sumisión.
La familia real respondió los saludos con una reverencia.
—Dichosos los ojos que te ven, queridísima Bella. Te hemos extrañado mucho —le sonrió la Reina Esme con su acostumbrado tono maternal. Conocía a la princesa de pequeña, y ya la consideraba como la hija que nunca tuvo, más ahora que estaba a días de convertirse en la consorte de Edward.
—Es un placer, Majestad. También en Calcedonia se los ha echado mucho de menos —Isabella intentó devolverle la sonrisa, aunque sus nervios amenazaban con traicionarla.
Edward dio un paso al frente y, tomando la blanca mano de su prometida, posó sobre el dorso un delicado beso.
—Es un placer verte de nuevo, Bella —le dijo con voz suave.
Hacía más de un año que no se encontraban, y a la princesa le dio la sensación de que el joven que se hallaba frente a ella ya no era el muchacho con el que solían correr juntos por los jardines de los palacios. Su altura, su porte, inclusive la expresión de su rostro se había tornado más madura y distinguida. Edward se había convertido en un hombre, el hombre que a su vez la convertiría en esposa, y a Isabella la invadió la melancolía. Todo había cambiado ahora, y las cosas no volverían a ser como antes.
Pero fue entonces que el joven príncipe le sonrió, y Bella creyó reconocer ese antiguo brillo en sus ojos, el mismo que tenía cuando planeaba alguna travesura en sus años de infancia.
—Aunque lamento que sea en estas circunstancias —le susurró, tan bajo que sólo ella pudo oírlo.
Las palabras, que a cualquier otra prometida le hubieran resultado insolentes y faltas de delicadeza, surtieron un inmediato efecto de calma y simpatía en Isabella. Tan bien la conocía él, que sabía que en ese momento estaban sintiendo lo mismo. Era justo lo que necesitaba oír, el consuelo de que la idea del matrimonio le resultaba tan antipática a él como a ella. Si no los unía el amor, al menos los unía la angustia de no poder elegir sus destinos, y como buenos amigos podrían llevar la carga juntos.
A Bella se le escapó una sonrisa ante tal comentario. Una sonrisa que Edward observó atentamente, estudiándola. Con la muerte de su madre, varios años atrás, Isabella había crecido de golpe. Su alegría en general había disminuido considerablemente. Hacía las mismas cosas que antes, lo seguía a Edward en las mismas aventuras, pero ya no era la misma niña, ya no reía a carcajadas. Ya no era total y completamente feliz, y quienes más la conocían habían notado este cambio. Se había vuelto más insegura, tanto de ella misma como de la vida, y también un poco más pesimista. Ahora se encontraba frente al príncipe en una situación difícil, y en su pequeña sonrisa Edward veía la poca confianza y la gran incomodidad que le producía todo eso. Y si ese gesto no alcanzaba a delatarla, sí lo hacía su mirada. Hacía mucho tiempo que el príncipe no se hundía en los ojos chocolate de su amiga, y ahora que por fin los tenía delante le daba lástima quedarse mirándolos. Porque esos ojos eran de un color profundo pero de una increíble transparencia, y la hacían vulnerable al revelar en su mirada sus más íntimos sentimientos. Con un rápido vistazo, Edward leyó el pánico de la joven, todos esos temores que le corrían por dentro y que intentaba disimular por fuera. Y entonces se enderezó otra vez, poniendo la distancia necesaria para reducir la tortura de la princesa.
—También nos da gusto verte de nuevo, Alice —saludó cortésmente el Rey Carlisle a la pequeña doncella.
—Muchas gracias, Majestad. Es un gran honor para mí que Sus Majestades me reciban en su hogar. Estoy a su servicio para lo que los señores dispongan.
—Es bueno saberlo —sonrió Esme—. Por lo pronto, creo que Bella te necesitará especialmente en los próximos días, dado que su boda con nuestro querido Edward se celebrará este mismo viernes.
—Por supuesto, Majestad —asintió Alice, para luego dirigirse a Edward con una blanca sonrisa—. Mis más sinceras felicitaciones, Su Alteza.
—Gracias, Alice —sonrió el joven.
Emmett no había pronunciado palabra, sólo había sonreído desde lejos. Cerca de él se encontraba su más querida doncella, sirviendo más té en las tazas vacías.
El mensajero real volvió a hacerse presente en la sala, trayendo buenas nuevas. O malas nuevas, según lo vería el mayor de los hermanos.
—Sus Majestades, he aquí la Princesa María del honorable Reino de Pasos Blancos.
Al escuchar su nombre, fueron dos las personas que sintieron la tensión corriendo por sus cuerpos. Uno fue, por supuesto, su prometido, el Príncipe Emmett. La otra fue Rosalie.
Las grandes puertas del salón le abrieron paso a una joven de exótica belleza. Su tez era blanca como la nieve, pero su cabello, apenas ondulado y largo hasta la cintura, era de un profundo color azabache. Para sus escasos 18 años de edad, era una princesa de admirable porte. Sus delicados zapatos acordonados pisaban el salón con sorprendente confianza, como si hubiera nacido para estar ahí. Detrás de ella caminaban dos hombres, uno a su derecha y otro a su izquierda.
—Sus Majestades —saludó, con la misma reverencia que hubiera hecho Isabella minutos atrás. La exquisita tela de su vestido esmeralda se puso en evidencia bajo las luces de los grandes candelabros, haciendo que se viera tan verde como el color de sus ojos.
Los dos caballeros que venían con ella se inclinaron a su vez para saludar a la familia Real.
—Bienvenida seas al Reino de Aguamarina, Princesa María del Reino de Pasos Blancos —saludó amablemente Carlisle.
—Nos place gratamente conocerte —añadió Esme, con otra de sus dulces sonrisas.
—Su sentimiento es el mío, Majestad —respondió la joven, dejando ver una hilera de blancos dientes.
—Veo que traes dos guardias contigo —observó Carlisle, extrañado. Una princesa no solía contar con más de un guardia personal.
—Así es, Majestad. Mi padre se preocupa mucho por mi seguridad y, dado que mi reino ha sufrido algunos ataques, le pareció lo más apropiado.
—Aquí estarás protegida —aseguró el Rey, y luego miró a los dos hombres de los que aún no sabía nada—. ¿Puedo conocer sus nombres, caballeros?
El que se encontraba a la derecha de María se apresuró a adelantarse y hacer una reverencia. Era alto y musculoso, de rostro hexagonal, cabello rubio y largo recogido en una cola, y ojos de un tono verde grisáceo.
—James Gandet, Su Majestad. Para servirle.
Ni bien James hubo dado un paso atrás, el otro guardia se adelantó e hizo su reverencia. Era parecido en contextura física, pero su cabello rubio era rizado y más corto que el de su compañero, y sus ojos azul intenso se destacaban en su rostro de marcados pómulos y mentón.
—Jasper Whitlock, Su Majestad. A su disposición.
—Bienvenidos a nuestro reino —saludó Carlisle con una nueva inclinación de cabeza.
—Si me permite, Majestad— comenzó María respetuosamente, pero con suma seguridad—, entiendo que pueda parecerle un atrevimiento de mi parte traer dos guardias a su palacio, y jamás sería mi intención poner en duda la eficacia de la seguridad de su reino. Pero así como otras jóvenes confían sólo en sus doncellas, estos dos hombres son las personas en quienes mi padre y yo más confiamos, y es mi humilde deseo mantenerlos aquí, a mi disposición y también la suya. Si le parece, Majestad, pueden ayudar en otras tareas para que no se mantengan ociosos y sean de utilidad también a este reino.
—Es una sabia propuesta, María, y se te agradece por ello —sonrió Esme—. ¿Hay alguna labor en especial en que puedan desempeñarse?
—Sí, Majestad. James es un excelente cazador, les sería muy útil en sus expediciones al bosque. Jasper, por otro lado, tiene experiencia en el cuidado de caballos. Puede encargarse perfectamente de la caballeriza.
Carlisle no necesitó meditar la propuesta por más de unos segundos. Era un rey bondadoso, y poco le costaba darle a dos hombres más un lugar en su imponente castillo.
—Si es así nos serán de gran utilidad —asintió—. Casualmente el encargado de la caballeriza ha estado enfermo por varias semanas y todavía no hemos podido hallar un buen reemplazo. En cuanto a la caza, siempre es ventajoso contar con un talento adicional.
—Es usted muy amable, Majestad. No se arrepentirá —aseguró María, y los dos hombres a sus espaldas hicieron una reverencia al rey en agradecimiento—. ¿Está aquí presente mi futuro esposo? —preguntó ahora con curiosidad, cambiando rotundamente de tema.
Emmett tragó saliva, más nervioso ahora que había comprobado que estaba en lo cierto: toda la belleza y gracia de María no alcanzaban para hacerle olvidar a Rosalie, jamás alcanzarían. Envidiando la suerte de su hermano de estar prometido a una princesa que al menos no le causaba ese mismo malestar en el estómago, el mayor de los príncipes se obligó a dar un paso al frente y presentarse ante su futura reina.
—Es un placer conocerla, Su Alteza —saludó lo más cortésmente que pudo, besando suavemente el dorso de su mano mientras sentía la mirada de Rosalie clavada en la nuca.
—El placer es mío —sonrió ella, deleitada por su buena suerte.
El príncipe era realmente un hombre apuesto, de fuerte mirada y presencia, aunque se mostraba tímido, tal vez incluso incómodo. Eso cambiaría pronto, pensó María. Cada situación que se le presentaba en su vida era una batalla que la princesa se decidía a ganar, y nada ni nadie solía detenerla, excepto quizás su propio padre. Con su carisma y finos modales sabía cómo conseguir lo que quería, y la nueva hazaña que se había propuesto era conquistar el corazón de Emmett, con el fin de asegurarse la boda y así también un lugar en el trono de Aguamarina, junto con el de Pasos Blancos.
Por lo pronto, la tarea se hacía mucho más placentera si el hombre al que debía conquistar era tan agradable a la vista. Su prometido era alto y fuerte, de cabello corto, rizado y oscuro y, como Jasper, poseía unos bellos ojos azules, aunque más rasgados.
Jasper, el prototipo de caballero que más le atraía físicamente a María. Lástima que era sólo un pobre muchacho sin título ni apellido ni un lecho donde caerse muerto, o de otra manera la princesa lo habría seducido en un abrir y cerrar de ojos. Pero si algo le sobraba a María era orgullo y ambición, por lo que jamás se dejaría caer tan bajo como para insinuársele a un simple guardia. Sólo con un príncipe tendría amoríos ella, no con un noble, ni un duque, mucho menos un sirviente, como al fin y al cabo lo eran Jasper y James para ella. De cualquier manera, lo mantendría cerca para deleitarse la vista, pero no más que eso. De hecho, no le extrañaría a la princesa si pronto le empezara a atraer más la apariencia del príncipe Emmett que la de Jasper. Después de todo, Emmett era más alto, más robusto, y tenía todo el aspecto de un conquistador, en todo el sentido de la palabra, por lo que combinaba bien con el espíritu triunfador de María.
—Bien, ya tendremos ocasión de platicar mejor durante la cena. Ahora han de estar muy cansados por el viaje —habló la reina, comprensiva, para luego dirigirse a la doncella que estaba haciendo grandes esfuerzos por no salir corriendo de la habitación—. Por favor, Rosalie, muéstrale a nuestros huéspedes sus recámaras para que puedan refrescarse. Nos veremos en una hora para la cena, si les parece bien.
Los invitados asintieron respetuosamente.
—Por aquí, por favor —indicó Rosalie, y los cinco recién llegados la siguieron por uno de los corredores.
Sé que este quizás no es el más interesante de los capítulos, pero a veces hace falta este tipo de caps para dar a conocer a los personajes y hacer de puente para lo que van a ser después las acciones. Pero no se preocupen que pronto se viene el romance y el drama y la comedia y la histeria y todo eso que nos gusta leer en los fics, jaja.
Espero comentarios, así me cuentan qué idea se van haciendo de los personajes (vieron que esto es como la vida, uno de entrada percibe qué personajes le pueden caer bien y cuáles le dan mala espina, jeje). Gracias y nos leemos la próxima :)
Lulu
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