
Corre el s.XVIII en el Reino de Aguamarina cuando dos arreglos matrimoniales dan vuelta las vidas de seis jóvenes. Edward y Bella se niegan a enamorarse, Emmett y Rosalie se aman a escondidas, y Jasper y Alice no saben ni por dónde empezar. Cuando el corazón se enreda con el protocolo de la Realeza, ¿cómo se distingue el amor Real del amor verdadero? TH, UA. ExB, JxA, ExR.
Rated: Fiction M - Spanish - Romance - Edward & Bella - Chapters: 28 - Words: 185,390 - Reviews: 538 - Favs: 212 - Follows: 179 - Updated: 12-07-12 - Published: 10-05-11 - id: 7438860
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Disclaimer: los personajes pertenecen a Stephenie Meyer
Capítulo 25 – Inexplicable
El Príncipe Edward abrió los ojos lentamente y parpadeó varias veces hasta ajustar su vista a la tenue claridad que comenzaba a filtrarse dentro de la alcoba, esquivando los pesados cortinados de los ventanales y colándose entre el finísimo dosel que rodeaba su lecho matrimonial.
Instintivamente bajó la mirada y, como de costumbre, sonrió al ver la cabeza de su bella durmiente apoyada sobre su pecho, su melena color avellana revuelta y desperdigada sobre su rostro impávido. Con sus largos dedos corrió los mechones de cabello y dejó al descubierto su blanca mejilla, acariciando su piel con tanta suavidad que el resultado fue un cosquilleo tan efectivo como el de un pluma.
—Mmm —murmuró la princesa aún en sueños, removiéndose un poco y acomodándose mejor contra su cuerpo.
Edward rió para sus adentros y volvió a la carga, ahora rozando con el dedo índice la punta de su nariz, provocándole una molesta picazón.
—Mmmmmm —se quejó esta vez Isabella, una diminuta línea cruzando su entrecejo. Todavía semidormida, se llevó una mano a la cara y se rascó la nariz con ganas, para luego aplastar el rostro contra la camisa de lino de su marido.
El de Aguamarina se mordió el labio para no reír en voz alta. Sabiendo que era su última jugada antes de que su mujer lo descubriera, bajó su mano hasta el cuello de Isabella y ahí sí, repiqueteó los dedos sobre la sensible piel y no paró hasta hacerla despertar.
—¡Mmm! ¡Ay! ¿Qué... Qué...? —la princesa abrió los ojos y se incorporó de golpe, tirando manotazos a su alrededor como si estuviera espantando un montón de moscas. Su marido soltó una alegre carcajada y ella lo miró con el ceño fruncido—. ¡Edward! —protestó, restregándose los ojos.
El príncipe vio su mirada fulminante asomar por sus ojos chiquitos y adormilados y no pudo evitar reírse aún más de ella. Isabella le regaló una mueca y lo dejó disfrutar del momento sólo un instante.
—¿Ya terminaste? —le dijo alzando una ceja cuando se hubo calmado.
—Sí. Lo siento —se disculpó él como buen caballero, inclinándose para besar su frente.
Pero la princesa le dedicó una media sonrisa sospechosamente pícara, y el de Aguamarina supo que la pequeña batalla no estaba terminada.
—Pues sí que lo vas a sentir, esposo mío —le anunció.
Entonces fue ella la que puso manos a la obra y procedió a vengarse, moviendo prestamente las yemas de sus finos dedos sobre el torso y el abdomen de su amigo y marido.
—¿Ya ves lo que se siente? ¿Ya ves? —le dijo riendo, mientras Edward se deshacía en una carcajada interminable.
—¡Jajaja! ¡Piedad, esposa, prometo que no lo hago más! ¡Jajaja!
—¡Lo mismo dijiste ayer, embustero!
—¡Esta vez cumpliré! ¡Jajaja! ¡Basta, Bella! ¡Ten misericordia de un hombre herido!
—¿Hombre herido? Anoche no te comportaste exactamente como un hombre herido —le susurró ella al oído con picardía, sin dejar de hacerle cosquillas.
—Estoy herido, no inconsciente —se defendió el príncipe entre risas.
El momento se vio interrumpido por un ligero golpe en la puerta de la alcoba. Isabella giró sobre sí misma y contestó el llamado.
—Adelante.
Quien ingresó a la habitación no fue otra que Alice, impostando una débil sonrisa para disimular su alma en pena.
—Tengan ustedes muy buenos días, Sus Altezas —saludó cordialmente, su alegre voz de pajarillo afectada por la angustia aún alojada en su garganta.
La heredera de Calcedonia notó al instante que algo andaba mal. El lazo fraternal que las unía era tan fuerte que la princesa podía adivinar su estado de ánimo sin siquiera mirarla, y hoy era uno de esos extraños días en los que Alice no sonaba genuinamente feliz.
Frunciendo el ceño con visible preocupación, Isabella estiró un brazo y corrió con delicadeza el blanco dosel que rodeaba su lecho. Encontró a su doncella a pocos metros de distancia, acomodando algo de ropa blanca en uno de los majestuosos armarios. Tenía la cabeza gacha y la mirada perdida, además de una sonrisa diminuta y muy poco natural dibujada en el rostro.
Edward advirtió la expresión confusa de su esposa y acarició su mejilla con el dorso de sus dedos.
—¿Te encuentras bien, amor mío? —preguntó en un susurro, atacado él también por la preocupación.
Bella no le contestó. Sus ojos se quedaron estudiando el rostro de su amiga, y cuando vio que ésta se demoraba en correr a desperezarla como cada mañana se decidió a hablar.
—Buenos días, Alice. Ya me extrañaba que no hubieras venido a despertarme —comentó como al pasar. En efecto, el reloj marcaba media hora más de la habitual. Tiempo al tiempo. Alice no era buena ocultando sus emociones. Si algo andaba mal, la princesa lo sabría muy pronto.
La doncella le dedicó una sonrisa fugaz y bailoteó sin ganas hasta el otro extremo de la habitación, corriendo a su paso todas las cortinas para que el sol entrara en la alcoba en todo su esplendor. Imitándola con torpeza, Isabella se arrastró a los tumbos hasta el otro lado de la cama, casi aplastando las piernas de su marido a su paso, y corrió también allí el dosel para mirar a su más querida criada con claridad.
—Lo siento, me demoré un poco. No volverá a suceder, Alteza —prometió Alice con voz suave y afligida, evitando a toda costa mirar a los ojos a su Señora y hermana del corazón—. Es un día espléndido, ¿no es así?
Isabella no sólo no quedó conforme con su respuesta, sino que su ceño se frunció aún más.
—¿Lo es? —preguntó, haciendo clara alusión a su extraño estado de ánimo.
—Por supuesto —contestó con otra sonrisa, pero sus ojos se llenaron de lágrimas y su voz se quebró—. ¿Por qué no habría de serlo?
Isabella le dedicó una mirada de desconcierto a su igualmente confundido marido y se levantó del lecho en un instante, caminando hacia su mejor amiga con la mayor de las preocupaciones. Su alma de princesa dormilona no estaba acostumbrada a un despertar tan brusco, por lo que no le sorprendió que un vahído pasajero la azotara de golpe mientras arrastraba los pies por el alfombrado de seda. Dejó pasar el ligero momento de mareo y se concentró en su hermana del corazón.
—Alice, ¿qué sucede?
La doncella no soportó más. Llevándose las manos a la cara, ocultó su rostro en ellas y dejó escapar un triste sollozo.
—¡Ay, Bella! —gimoteó—. ¡Lo siento, no me encuentro bien el día de hoy!
Y con esas palabras se echó a llorar sin más.
Compadeciéndose de su tristeza, la heredera al trono la envolvió en sus brazos como a una hermana pequeña y le permitió llorar en su hombro, frotando su espalda enérgicamente mientras miraba a un Edward atónito y bastante incómodo.
—Edward, querido mío, ¿por qué no te cambias y me esperas abajo para desayunar? —le sugirió en un susurro.
Perceptivo como era, el príncipe entendió de inmediato que su esposa deseaba hablar a solas con su amiga, y en el más cuidadoso silencio asintió y se levantó del lecho. En pocos minutos se las arregló para vestirse solo, cuidando siempre de no mover su brazo más de lo estrictamente necesario. Aunque ya estaba casi completamente curado y sin vendajes, su padre seguía recomendándole mucha precaución en sus movimientos. Pasó rápidamente un peine por sus cabellos cobrizos y verificó en el espejo que su imagen fuera al menos pulcra a pesar de la velocidad con la que se había arreglado.
—Estaré en el comedor —se despidió en voz baja con una tímida sonrisa. Isabella se la devolvió con gesto agradecido y esperó a que se hubiera ido para dirigir su atención a su doncella, que aún lloraba a mares sobre su hombro.
—Alice, ¿por qué no te sientas y hablamos bien de esto?
La criada levantó el rostro y sacudió la cabeza, negándose enérgicamente mientras intentaba secarse las lágrimas.
—Oh, no, no, tú tienes que bajar a desayunar, te están esperando. No puedo estar reteniéndote con mis cosas, ya demasiado me he demorado en venir a despertarte como para...
—Alice, por favor, no seas tonta —la interrumpió Isabella. Si había una cosa de Alice que le molestaba era que se pusiera por debajo de su nivel. De acuerdo, ella era sólo una doncella y Bella era nada menos que la heredera al trono de Calcedonia. Pero su cariño era de hermanas y entre hermanas no se suponía que hubiera ese tipo de diferencias—. El desayuno puede esperar, tú no.
—No, no —insistió la criada, soltándose de su abrazo y llevándola de la mano hasta su tocador—. Tengo que peinarte, y empolvarte, y buscarte un vestido bonito...
—Y decirme lo que te ha sucedido para que te encuentres así de desdichada —agregó Bella seriamente, mientras Alice la sentaba a la fuerza en la pequeña banqueta frente al espejo del tocador—. ¿Alguna de las muchachas te ha dicho algo malo? ¿Jessica te está molestando?
Alice sacudió la cabeza mientras tomaba el cepillo de nácar y comenzaba a pasar sus suaves cerdas por el cabello avellanado de la princesa.
—No, no es eso —contestó con un suspiro.
—¿Te han regañado Sus Majestades? —intentó adivinar por segunda vez.
—No, no, nada de eso, Bella.
—¿Entonces qué ocurre? ¿Tiene que ver con Jasper?
La sola mención de su nombre bastó para que el rostro de Alice se contorsionara en una expresión de puro dolor y el llanto brotara con fuerza de sus ojos oscuros.
—Oh, Alice —Isabella quiso ponerse de pie para abrazarla, pero sintió tal revoltijo en el estómago que no pudo ni pararse. Sí que le había sentado mal la salsa de pescado de la cena anterior. Tomó en cambio su mano libre y la apretó con fuerza, intentando transmitirle su cariño y apoyo. Su madre Renée solía hacerlo con ella cuando era pequeña, y siempre la hacía sentir mejor.
—No te preocupes, estaré bien —mintió Alice a lágrima viva, intentando secar un poco su rostro con el dorso de la mano, sin soltar jamás el cepillo.
—¿Pero qué ocurrió? —preguntó confundida. Hacía apenas dos semanas Jasper había estado en su presencia y la de su marido, pidiendo permiso para declarar su amor a Alice con una rosa del jardín Real. La princesa no había dicho nada a su criada para no echarle a perder la sorpresa, pero estaba segura de que pronto estarían prometidos y Alice misma correría a contarle de su inmensa felicidad. No tenía sentido alguno que, estando tan enamorada, ella lo hubiera rechazado y se encontrara ahora tan descorazonada—. Podría haber apostado que entre tú y él todo marchaba maravillosamente.
—Eso pensé yo también, pero me equivoqué. Oh, Bella, me equivoqué tanto con él. Él no... no es el hombre que yo creía —afirmó, aún intentando convencerse a sí misma de ello, mientras retomaba su tarea y volvía a cepillar el cabello de su ama—. Es un cretino, un zorro con piel de cordero.
Isabella la observó con ojos bien abiertos, anonadada por la firmeza del comentario de su doncella.
—Pero, Alice, ¿por qué dices eso?
—Porque lo es —contestó ella con dureza—. ¿Sabes lo que ha hecho, Bella?
—No, no lo sé y quiero saberlo, así que por favor dime. No comprendo qué pudo haber ocurrido para que tu visión sobre él haya cambiado de modo tan drástico.
—Esta mañana... —comenzó, su voz tomando un nuevo tinte de angustia— Esta mañana he abierto la puerta de mi alcoba, y me he encontrado con... con un... con un ramo de albahaca... de su parte —explicó en un hilo de voz.
Ahora sí que los ojos castaños de la princesa se volvieron redondos como un par de monedas.
—¿Qué? ¿Albahaca? —murmuró desconcertada.
—Como lo oyes. El muy miserable me envió albahaca. No sólo eso, tuvo además la desfachatez de escribirme una carta y decirme que hace tiempo que me desprecia, pero por cobarde no había tenido las agallas de decírmelo —gimoteó, y de sus labios escapó un puchero como los de los niños pequeños—. Me desprecia, Bella. Jasper... Jasper no me quiere.
—No puedo creerlo... —la princesa pronunció esas palabras en voz baja, sacudiendo la cabeza levemente.
—Tampoco yo, pero así es.
—No, Alice, lo digo en serio, no puedo creer lo que dices. Debe haber un error, él no pudo haberte hecho algo así.
—Lo hizo, Bella —suspiró la muchacha, terminando con el cabello de la princesa para comenzar a ocuparse de su maquillaje—. Se burló de mí. Fingió cariño y se rió de mis sentimientos en mi cara.
—Alice, espera —Isabella respiró profundo y decidió contarle todo lo que sabía. Había algo en todo eso que no cuadraba, y Alice tenía que saberlo antes de sacar conclusiones apresuradas—. Jasper sí te quiere. No es posible que no te quiera.
—No me quiere, Bella. Por mucho que duela, él no me quiere. De nada sirve que lo niegue.
—No, Alice, no comprendes —insistió—. Jasper estuvo aquí, en esta alcoba, hace tan sólo unos días, pidiendo permiso a Edward para cortar una rosa roja y regalártela. Está enamorado de ti, Alice.
Tal vez por la costumbre de mantener siempre la esperanza viva, tal vez por la necesidad de creer que no todo estaba perdido, el corazón de la pequeña criada dio un vuelco dentro de su pecho, como si por un instante pudiera volver a latir con normalidad, sin ese dolor insoportable de no ser correspondido. Pero Alice había aprendido. El golpe que aquellas flores y aquella carta le habían asestado, el golpe de Jasper confesándole que todo era obra suya y que así sentía en realidad, le habían hecho abrir los ojos a la cruda verdad. No podía hacer que él la amara. Soñar con él, pensar en él, amarlo en secreto no bastaba para que él sintiera lo mismo por ella. Y por mucho que Bella creyera en él, ella ya no podía hacerlo. No después de haber oído de su propia boca cuántos esfuerzos en vano había hecho para no detestarla, y cómo había fallado en el intento.
Su pequeña sonrisa ilusionada desapareció tan pronto como llegó, y fue reemplazada por un triste suspiro.
—Ha de haber engañado a Edward también. Es un buen mentiroso.
—Alice, piensa. ¿Con qué objeto se pondría en el aprieto de hablar con el Príncipe de Aguamarina sólo para hacerlo parte de un engaño? Ningún sirviente con un poco de sentido común haría algo semejante.
—No lo sé, Bella —la doncella respondió mientras empolvaba sus mejillas sin ganas, signo inconfundible de lo mal que se sentía. Si había algo que a Alice le gustaba de su trabajo era arreglar a Isabella por las mañanas, pero aquél día ni de eso tenía ánimos—. Sólo sé que lo que apareció en mi puerta no fue una rosa sino un ramo de albahaca y una carta de su puño y letra explicándome su posición.
Por mucho que le dio vueltas al asunto, la princesa no pudo borrar la expresión de desconcierto grabada en su rostro.
—No comprendo, Alice, de verdad que no comprendo. No pudo haberte dejado un recado así después de estar aquí mismo hace dos semanas, pidiendo permiso para regalarte una rosa roja y confesando su amor por ti y sus deseos de hacerte feliz. O está completamente demente, o algo ha debido suceder. ¿Has hablado con él para pedirle explicaciones?
—Sí. Por eso es que estoy así. Él mismo se presentó ante mí y asumió la responsabilidad por las flores y la carta.
La menuda criada acabó con el maquillaje y, tras verificar el resultado, tomó la mano de la princesa y la condujo hacia el vestidor. Bella volvió a sentir el azote de un ligero mareo, y el malestar se reflejó en su rostro.
—¿Tú te encuentras bien? —le preguntó Alice, frunciendo el ceño. Por muy ensimismada que estuviera en sus pensamientos, el cambio en el tono de las mejillas de su ama no le pasó desapercibido—. Te ves más pálida de lo habitual, incluso con el rubor que te apliqué.
—Sí, no te preocupes, ha de ser un pequeño malestar por la cena de anoche —Isabella le restó importancia, respirando profundo e intentando reponerse mientras Alice hurgaba entre los delicados vestidos—. Pero dime, ¿en verdad te dijo que ese recado era obra suya?
—En efecto. No lo negó en absoluto.
—¿Te dio algún tipo de explicación?
—Sólo que no podía evitarlo, que jamás había pensado que llegaría a detestarme así, pero que no había nada que él pudiera hacer para cambiar las cosas —explicó con la voz cargada de tristeza, al tiempo que sacaba un bonito vestido en tonos escarlata y lo depositaba sobre el diván.
—¿Eso dijo?
—No con esas palabras, pero esa fue la intención.
La muchacha ayudó a la princesa a colocarse el vestido, y luego tiró de los cordones del corsé para ajustarlo a la manera habitual.
—Ay... —murmuró Bella entre dientes, ahogando un quejido—. Alice, comprendo que estés mal, pero ten a bien no desquitarte conmigo —bromeó.
La doncella le respondió alzando una ceja y ladeando la cabeza.
—¿A qué te refieres?
—Al corsé. Me parece que lo has apretado de más. Siento que el escote me va a estallar.
Alice dejó escapar una diminuta risa pero sacudió la cabeza en señal de negación.
—Lo he ajustado igual que siempre, Bella. Ni un milímetro de más.
—Pero me siento extremadamente incómoda.
—Siempre lo estás —le recordó Alice.
—Sí, pero hoy más. Apenas puedo respirar.
—Así ha sido siempre —insistió la pequeña mujer—. Es lo que dicta la moda, Bella.
—Bueno, sí, pero ahora me está empezando a doler. En serio, Alice, me aprieta demasiado aquí.
La joven heredera señaló discretamente el área del busto y agregó una mueca de sufrimiento. La doncella suspiró y reconoció para sus adentros que el escote se veía realmente muy comprimido dentro de ese corsé. Se le figuró extraño, ya que no había tenido ese problema al colocárselo un mes atrás, pero accedió de todos modos a darle a Isabella un poco más de espacio para respirar.
—De acuerdo, soltaré un poco los lazos —le dijo, y lo hizo de inmediato. Bella sintió el alivio al instante.
—Gracias, así está mucho mejor —sonrió, y se miró al espejo mientras Alice buscaba unos zapatos acordonados a tono—. Entonces, retornando al tema que nos incumbe... ¿Crees que tienes motivos suficientemente claros para aseverar que Jasper te aborrece?
Alice contestó con una mueca y se agachó para vestir los pies de Isabella con unos coquetos zapatos en punta.
—¿Crees que no los tengo?
Bella meditó su respuesta unos segundos y luego habló con calma. No quería que Alice se sintiera incomprendida o poco acompañada en esa desilusión tan grande para ella, pero tampoco quería que cometiera un error apresurándose a dar por sentado que aquél hombre que tan sincero se había mostrado en sus sentimientos era nada más que un miserable impostor.
—Creo que tienes motivos, pero insisto en que no los encuentro claros. Es demasiado confuso.
—Confuso, sí, pero así son las cosas, y aunque se me parta el corazón tendré que aceptarlo —suspiró Alice, sus ojos llenándose de lágrimas una vez más—. No sé si pueda dejar de amarlo, pero me alejaré de él de cualquier modo. Me duele aquí de sólo pensar en esas flores y esa carta y ese desprecio —confesó llevándose una mano al pecho, al tiempo que una nueva lágrima rodaba por su mejilla—. No quiero imaginar cuánto dolerá verlo paseándose por el castillo como si nada hubiera pasado.
—Puedo hablar con él si quieres, pedirle las explicaciones pertinentes y...
—No —la interrumpió Alice sacudiendo la cabeza enérgicamente—. Las vagas explicaciones que tenía para dar ya me las ha dado a mí, y su rechazo es algo con lo que tendré que aprender a lidiar sola. Si Jasper me odia y no encontró otra manera de decirlo, pues quedará en su conciencia y en mi corazón. No quiero ya tener nada que me una a él, por lo que te ruego no le llames ni le preguntes nada acerca de esto. Prefiero que crea que su actitud me tiene sin cuidado, o al menos que no me crea destrozada por lo que ha hecho. No quiero darle el gusto de verme sufrir por él. No lo merece.
Los ojos de Isabella se humedecieron al sentir la amargura en el tono de su más querida amiga. La inocente dulzura de su voz había desaparecido de un día para otro, y la princesa se preguntó si el rechazo de Jasper se llevaría para siempre aquella alegría que siempre había caracterizado a su pequeña hermana del alma. Le enojaba enormemente pensar que algo así pudiera suceder, que una mujer tan joven pudiera perder su optimismo y su felicidad tan sólo por el mal proceder de un hombre desalmado; que la sonrisa sincera de cada mañana pudiera ser reemplazada por una triste y simulada. Pero no la culpaba, por supuesto que no. Si Edward no la hubiera correspondido, tal vez Bella no hubiera vuelto a esbozar una sonrisa genuina en su vida.
Sin preámbulos, le abrió los brazos y le regaló una mirada compasiva. Alice no tardó en arrojarse a sus brazos y apretarla con fuerza, echándose a llorar una vez más.
—Oh, Alice... —suspiró la princesa—. Por favor, intenta tomarlo con calma y analizar bien lo que ha pasado. Puede que te estés equivocando mucho acerca de los sentimientos de Jasper.
—No me equivoco, Bella. Él me hizo saber su aborrecimiento del modo menos decoroso, y cuando estuvo frente a mí ni siquiera lo negó.
—Pues a Edward y a mí nos hizo saber de su amor inagotable y sus deseos de estar contigo, y no puedo dejar de creerle.
Alice se separó de su abrazo y la miró extrañada, secando sus mejillas húmedas y dejando escapar un sollozo.
—¿Por qué no? Yo ya he dejado de hacerlo.
Isabella le dedicó una sonrisa apenada y tomó su mano como antes, dándole un pequeño apretón.
—Porque he visto su mirada, Alice, y es la misma con la que Edward me mira, la misma con la que yo lo miro a él —explicó con la mayor de las simplezas—. Me he dado cuenta de que muchas personas somos malas demostrando nuestros sentimientos, y pésimas diciéndolos a viva voz. Pero la mirada no miente. Cuando amas en serio, no hay fuerza capaz de contener el brillo expectante con el que se tiñen tus ojos. Tú lo tienes, incluso hoy, desesperanzada como estás. Lo tienes porque aún lo amas. Y te juro, Alice, como que eres la hermana que siempre soñé tener, que la tarde en que Jasper estuvo aquí su mirada hablaba por él. Pronunció tu nombre y los ojos se le volvieron un par de luceros. Tú me conoces. Sabes que no tengo ni la décima parte de tu optimismo, y que tiendo a ser desconfiada aún en ocasiones en que no debería serlo. Puedo dudar de la palabra de un hombre que dice estar enamorado. Puedo dudar de su palabra, así como puedo dudar de las flores y la carta que te ha hecho llegar. Puedo dudar de todo. Pero dudar del brillo en su mirada... Eso no puedo hacerlo, Alice. Sería como dudar de la mirada de mi esposo, y eso es algo que no haré jamás.
La doncella no contestó, y tampoco Bella dijo nada más. No era necesario. Sabía que Alice no cambiaría de parecer de un momento a otro, pero contaba con que guardaría sus palabras y las tendría presentes cuando se permitiera pensar en soledad acerca de todo lo ocurrido. Tal vez incluso se decidiera a hablar una vez más con Jasper y pudiera finalmente comprender qué había ocurrido para que el mismo hombre que había asegurado a otros amarla apasionadamente de pronto decidiera rechazarla con tanta alevosía.
—¿Sabes? Una vez oí a una joven decir que el destino tiene sus misterios, y que todo lo compone a su debido tiempo —le recordó sus propias palabras con una sonrisa—. Y yo creo que tiene razón.
Alice sonrió tristemente y bajó la mirada.
—Pues espero que lo componga pronto, porque duele mucho —murmuró con lágrimas en los ojos.
Sin más palabras para paliar tanto desconsuelo, Bella le dio un último abrazo de sincero cariño y apoyo, y las dos mujeres salieron de la alcoba en el más profundo silencio.
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—¿Te encuentras mejor, esposa mía? —Edward preguntó más tarde a su mujer mientras tomaba su mano, una vez se hubieron sentado juntos en un par de blancas sillas de hierro armoniosamente ubicadas en el jardín Real. Todavía le duraba la preocupación por lo que había ocurrido en el desayuno.
Isabella sintió el roce de la brisa otoñal en sus mejillas y la dejó entrar en sus pulmones, inhalando despacio y profundo.
—Sí, el té de Charlotte me sentó muy bien —asintió con calma, devolviendo la caricia de esa mano que tomaba la suya con adoración—. Estoy casi repuesta, sólo necesito un poco de aire fresco.
Echó la cabeza atrás y cerró los ojos un instante, oyendo a los petirrojos cantar mientras trabajaban en la construcción de sus pequeños nidos. Así se mantuvo un rato, disfrutando en silencio de la naturaleza y la quietud, y hubiera continuado así toda la mañana de no ser por el sonido constante de los suspiros de su inquieto marido a su lado.
—Te digo que estoy bien, Edward, no es preciso que te inquietes por esto —insistió, mirándolo por el rabillo del ojo mientras esbozaba una sonrisa divertida—. Sí que has resultado sobreprotector, esposo mío.
El muchacho hizo una mueca y sacudió la cabeza.
—No soy sobreprotector, soy cuidadoso con la gente que amo —replicó, pero agregó avergonzado—: Excepto cuando hago que se arrojen a un lago revuelto para salvarme.
Isabella dejó escapar una pequeña risa y palmeó con cariño el dorso de su mano.
—Ya olvídate de eso, Edward —le dijo en un murmullo, cuidando de no remover viejas heridas, antes de retomar su volumen de voz habitual—. Y olvídate también de esto, no es motivo para preocuparse.
Una segunda mueca se dibujó en los labios del tenso príncipe. Si había algo que lo caracterizaba y lo oponía a su efusivo hermano, era la serenidad y el aplomo con los que tomaba cualquier asunto que se le presentara en su vida. No era usual verlo en ese estado de inquietud, pero él estaba convencido de que su reacción era más que comprensible, dada la situación que acababa de pasar con su joven consorte.
—Pues a mí me preocupa que mi esposa se pase media hora en el cuarto de baño devolviendo los pocos bocados que ingirió durante el desayuno.
—Ay, Edward... —rodó los ojos la princesa.
—No es normal, Bella.
—Es sólo una indigestión. Te lo dije, esa salsa de pescado no estaba buena.
—Pero todos cenamos lo mismo y a ninguno nos has visto en tu estado.
—Tal vez ustedes tengan un estómago más fuerte que el mío—retrucó Isabella, encogiéndose de hombros—. No es nada del otro mundo, esposo. Además, ya me siento perfectamente bien.
—¿Estás segura?
—Estoy segura. Es más, tengo apetito —comentó, sintiendo el vacío en su estómago.
Paseando la vista por el verde jardín divisó a Angela cargando un cesto de ropa a la distancia y alzó una mano para llamar su atención. La joven criada caminó presurosa hasta donde estaban y saludó con una reverencia.
—Dígame, Alteza, ¿en qué puedo servirle? ¿Le ha sentado bien el té de hierbas?
—Sí, muchas gracias Angela, ya me encuentro repuesta —aseguró con una sonrisa, tanto para la criada como para su esposo que aún tenía sus dudas—. ¿Puedes traerme algo para comer, por favor? Estoy algo hambrienta.
Edward arqueó las cejas sin decir palabra. Resultaba sorprendente que tras haber devuelto todo lo que había ingerido una hora atrás ya tuviera deseos de comer otra vez. Tal vez sí había sido solo una pequeña indigestión de la que se había repuesto fácilmente.
—Por supuesto, Alteza. ¿Qué desearía usted que traiga?
La princesa se llevó una mano a la barbilla y meditó sus opciones.
—Pues... se me antoja algo de pan con mantequilla. Tráeme por favor tres rebanadas grandes —pidió, pero se corrigió al instante—. No, disculpa, mejor que sean cuatro.
—Cuatro rebanadas de pan con mantequilla.
—Mantequilla y mermelada de moras, por favor.
—Muy bien, Alteza —asintió la doncella.
—Y si es posible, pídele a Charlotte que las espolvoree con azúcar y les rocíe un poco de miel.
—Como usted guste, Alteza. Lo traeré enseguida.
La muchacha se dispuso a partir, pero la voz de la princesa la detuvo.
—Oh, Angela...
—¿Sí, Alteza?
—¿Han quedado bollos de crema de la cena de ayer?
—Sí, Alteza.
—Bien. Tráeme uno, por favor.
—En un momento, Mi Señora.
—Mejor dos.
—¿Dos bollos de crema, Alteza?
—Eso y las rebanadas de pan.
—Como usted guste, Alteza.
Las cejas de Edward comenzaron a elevarse hasta límites insospechados.
—Bella... —intentó llamar su atención, pero su esposa estaba demasiado ocupada pensando en su menú.
—¡Oh! ¿Sabes qué me gustaría también? Unos huevos revueltos con un poco de tocino.
A esa altura, Angela ya estaba casi tan confundida como Edward. Casi.
—¿Cuatro rebanadas grandes de pan con mantequilla, mermelada de moras, azúcar y miel, dos bollos de crema y una ración de huevos revueltos con tocino, Mi Señora? —preguntó dubitativa, repasando que no se le olvidara nada.
—Sí, con eso estará bien, Angela.
—¿Gusta algo de beber para bajar... es decir para acompañar esa comida, Alteza?
—Oh, sí, casi lo olvido. Pídele a Charlotte una jarra de ese té de hierbas frío, por favor. No quisiera beber algo que dañe mi estómago.
La doncella se quedó en silencio un instante, haciendo esfuerzos inusitados por no poner los ojos como platos luego de oír ese comentario final.
—Por supuesto, Alteza, tiene usted razón. ¿Se le ofrece algo más?
—No, eso es todo por el momento, gracias.
—Lo traeré enseguida, Mi Señora.
Angela se marchó hacia el castillo y Bella sonrió, satisfecha con su elección y ansiosa por degustar esos manjares.
—Bella... —la llamó Edward otra vez—. Te agradezco que hayas pensado en mí, mi cielo, pero desayuné hace sólo una hora. No creo que pueda comer la mitad de todo eso.
La joven frunció el ceño y ladeó la cabeza.
—¿De qué estás hablando, Edward?
—De la comida. Pediste para los dos, ¿no es así? —adivinó. No era posible que hubiera ordenado todo eso para ella sola después del episodio de esa mañana—. Puedo acompañarte con alguna rebanada de pan si quieres. Tal vez un bollo más tarde.
Isabella se lo quedó mirando un momento antes de echarse a reír.
—Ay, querido, lo siento, no pedí para ti. ¿Querías ordenar algo?
Los ojos de Edward se agrandaron tanto que Bella creyó que se le saldrían de las órbitas.
—¿Pediste toda esa comida para ti sola?
La de Calcedonia se sintió tan intimidada por ese par de olivas que tuvo que esquivarle la mirada.
—S...Sí. Bueno, ten en cuenta que no como nada desde ayer en la noche, tengo el estómago vacío.
—Lo tienes vacío por haber devuelto todo lo que comiste. ¿No que era una indigestión?
—Sí.
—¿Y estando indigesta te vas a comer cuatro rebanadas de pan repletas de aderezos, dos bollos de crema y huevos con tocino?
—Tengo hambre, ¿qué quieres que haga?
—¡Quiero que cuides un poco tu salud! —le reprochó—. ¿Cómo crees que le sentará a tu estómago todo eso en este momento?
—No me sentará mal, para eso pedí el té de hierbas.
—El té de hierbas no arregla todo mágicamente.
Isabella bufó y le soltó la mano, cruzándose de brazos.
—Bella, te va a hacer daño, es mucho para ti y tú no estás bien esta mañana.
—Ya te dije que estoy mejor.
—Que estés mejor no significa que tengas que atorarte de comida.
La princesa rodó los ojos antes de obsequiarle una mueca.
—¿Te das cuenta? Te pones peor que mi padre, Edward. Eres sobreprotector.
—No lo soy.
—Sí lo eres, claro que sí.
—Eso no es cierto, claro que no.
—Claro que sí.
—Claro que no.
—Claro que sí.
—Pues quéjate todo lo que quieras pero no voy a dejar que te comas todo eso.
—Lo haré.
—No lo harás.
—Me comeré ese pan y esos bollos y ese huevo con tocino te guste o no, Edward. No veo por qué tienes que estar... —comenzó la frase, pero un pensamiento la interrumpió abruptamente—. ¡Oh! ¡Ya sé qué es lo que pasa! —exclamó de golpe, y volvió a cruzarse de brazos más ofendida que nunca—. Te preocupa mi figura, ¿no es así?
Edward se encontró una vez más con los ojos desorbitados y atacado por la confusión.
—¿Tu figura?
—¡Sí, eso es lo que sucede! ¡Te preocupa que empiece a comer demasiado y termine redonda como un tonel de vino!
—Bella, ¿de dónde sacaste esa idea tan absurda?
—Te lo advierto, Edward, yo te amo más allá de cómo luzcas y espero que me ames del mismo modo; no me parece correcto que pretendas hacerme desfallecer de hambre para que siga yo cabiendo en estos condenados vestidos de aquí al día en que me muera.
El de Aguamarina estaba tan desconcertado que permaneció un momento en silencio y con la boca entreabierta, pensando en qué decir.
—¿Estás segura de que te sientes bien, amor mío? —preguntó finalmente.
—Ya te dije que sí.
—Pues a mí no me lo parece, estás diciendo incoherencias sin cesar.
—No son incoherencias.
—Sí lo son. Sabes de sobra que no me importa cuánto peses o cómo luzcas, te amaría lo mismo si estuvieras tan grande como mi tía Esther. Lo que me importa es que no acabes con una indigestión peor de la que ya traes.
Isabella permaneció seria y en silencio durante un largo minuto, y cuando sus ojos se llenaron de lágrimas Edward creyó que le daría un ataque al corazón.
—Bella, amor mío, ¿qué tienes, mi cielo? —le preguntó mucho más preocupado que antes, acercando su silla aún más a la de ella.
—No es nada, se me pasará —le aseguró, sacudiendo una mano en el aire.
—Mi vida, te lo ruego, dime qué tienes.
—Es una tontería.
—Dímelo de todos modos.
—Es que... Es sólo que... ¡No quiero acabar tan grande como tu tía Esther, Edward!
La de Calcedonia estalló de pronto en llanto y el príncipe se quedó perplejo observando la reacción desmesurada de su mujer. Cuando pudo reaccionar, sacó un pequeño pañuelo del bolsillo de su casaca y se lo ofreció rápidamente mientras frotaba su espalda con ternura.
—Bella... Amor mío... No llores, mi cielo... Tú no... Mi tía Esther... Tú no eres la tía Esther, no tienes por qué... por qué acabar como ella —balbuceó las primeras palabras que se cruzaron por su mente, aunque no tuvieran demasiada coherencia—. Y si acabas como ella, pues bien, tampoco es tan malo. Apuesto a que redonda también te verías hermosa.
—¡Edward!
—¡De verdad, esposa!
—¿En serio? —preguntó ella, hipando y sonándose la nariz con el pañuelo de Edward.
—Por supuesto, querida.
—¿Y tú me amarías igual?
—Tanto y más.
—¿Aunque acabe como una rueda de carretilla?
—Aunque acabes del tamaño de la luna llena.
—¿No me mientes?
—Jamás osaría, mi vida.
Isabella suspiró largamente y se tranquilizó, calmando pero poco los nervios de su ya alterado esposo, que comenzaba a preguntarse si el té de Charlotte no habría producido efectos secundarios en su joven consorte.
—Gracias, Edward —le dijo despacio—. Lo siento, creo que lo de Alice me ha dejado un poco angustiada.
—Está bien, no te preocupes, querida —el príncipe secó él mismo los restos de lágrimas en las mejillas de su esposa y besó con amor la punta de su nariz antes de echar un vistazo a los alrededores—. Mira, aquí viene Angela con tu comida.
El rostro de Bella se iluminó enseguida.
—Qué bien —sonrió, y tomó de buena gana la charola que la doncella le ofreció.
—Aquí tiene, Alteza, todo como lo pidió —sonrió a su vez amablemente la criada.
—Gracias, Angela... ¿Qué es ese olor tan fuerte?
—¿A qué se refiere, Mi Señora?
—El aroma que sale de las rebanadas de pan.
Angela procuró no arquear demasiado las cejas cuando respondió.
—Es la miel que pidió, Alteza.
—Vaya... qué dulce huele... Empalagoso... —comentó por lo bajo, mientras el estómago comenzaba a revolvérsele una vez más y las mejillas se le ponían de un color blanco casi verdoso—. Ay... Edward... Angela, ¿podrías...? ...Ay, necesito usar el cuarto de baño... —declaró poniéndose de pie en un instante y entregándole la bandeja de vuelta a Angela.
—Bella, ¿qué tienes? —preguntó el príncipe, preocupado por enésima vez. ¿Tendría un respiro en algún momento de la mañana?
—Nauseas, nauseas, nauseas, ¡aj!
La de Calcedonia se echó a correr hacia el castillo con una mano pegada a la boca y su marido pegado a la espalda.
—¡Bella!... Cielos, Bella, te dije que era mucho...
—¡Cállate, Edward!
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La Princesa María caminó grácilmente por los pasillos del castillo de Aguamarina acompañada por el mayor de sus guardias. Portaba la más orgullosa de las sonrisas, sabiéndose cada día más cerca de su esperada boda con el heredero de aquel espléndido reino.
Sus deseos de dar un paseo con su prometido habían sido truncados por la noticia de que éste se encontraba un tanto indispuesto esa mañana. Por fortuna Emmett tenía decoro y se había quedado descansando en su recámara, no como su desagradable futura concuñada que había bajado al comedor para dar un espectáculo bochornoso y repugnante durante el desayuno. Había que verla devorando esa primera rebanada de pan como una muerta de hambre, para después ponerse verde de las náuseas y correr al cuarto de baño más cercano. Toda una pordiosera enfundada en un vestido de princesa que ni siquiera sabía lucir.
De todos modos, más allá de sus frustrados planes, María había aprovechado bien las horas reuniéndose con el sastre Real para continuar con los arreglos de su vestido de bodas. Más cristales, había pedido con su mejor sonrisa, sacando a relucir sus dientes perlados. Más cristales, más pedrería y más oro. Su vestido tenía que ser el más exquisito que hubiera visto Aguamarina, y varias veces más distinguido que el que había portado la Princesa Isabella un mes y medio atrás.
Tras haber obtenido la promesa de que todo se haría como ella dispusiera, la de Pasos Blancos se dirigía ahora a su recámara para escribir una carta a su padre y ponerlo al tanto de las últimas buenas nuevas, cuando al pasar por el despacho del Rey Carlisle unas palabras discretas llamaron su atención y la pusieron en alerta.
—Estoy muy preocupada, Carlisle. No sé que haremos con Emmett si continúa de esta manera.
La joven oyó la voz acongojada de la Reina Esme y se frenó de golpe, estirando una mano para tomar a su guardia por el brazo y detenerlo en sus pasos. James estuvo a punto de preguntar qué ocurría, pero el dedo índice sobre los labios de Su Señora le ordenó que no emitiera sonido.
Rápidamente se ubicaron detrás de la puerta entreabierta en completo silencio, el guardia vigilando los alrededores para evitar ser descubiertos en aquel acto de espionaje, mientras la princesa escuchaba la conversación con suma atención.
—¿Crees que es algo serio? —oyó la voz de un dubitativo Carlisle—. No lo sé, querida. Ya conoces a nuestro hijo, siempre se disgusta cuando las cosas no se hacen a su manera.
—Eso es lo que me preocupa, amor mío. Lo que vi ayer en su rostro, lo que oí en sus palabras no era disgusto; era tristeza. Está muy afligido, Carlisle. María no le atrae en absoluto. Se ha convencido de que nunca se enamorará de ella y que su matrimonio sólo le traerá desdicha.
La de Pasos Blancos puso sus ojos de esmeralda en blanco, sin creer lo que oía. Eso sí que estaba fuera de sus planes. Con la mandíbula tiesa, se llevó el puño a la boca y hundió en él sus blancos dientes, queriendo liberar la tensión.
Maldito Emmett. Le había dicho que le agradaba, que quería besarla, que la deseaba. El muy embustero la había engañado con sus encantos de seductor.
Y no es que a la muchacha le doliera que él no la quisiera, en absoluto. Tampoco ella lo quería, si bien lo encontraba muy atractivo. Por lo visto él no tenía ni el carácter ni la firmeza ni la ambición que ella podía llegar a admirar en un hombre. Era un inmaduro que prefería la soltería y los amoríos en lugar de afirmarse como futuro soberano de dos reinos, y esa era una postura intolerable para la princesa de Pasos Blancos, cuyo único objetivo en la vida era obtener el mayor poder posible.
Lo que a María realmente le importaba era que su futuro como Reina de Aguamarina corriera peligro. Si Emmett lograba convencer a sus padres de que lo mejor era suspender la boda, su ambiciosa prometida perdería al mejor candidato que había disponible en ese momento. Los pocos herederos que quedaban solteros pertenecían a reinos pequeños y bastante pobres en comparación con Aguamarina. Perder la oportunidad de contraer matrimonio con Emmett era bajar varios niveles en la escalinata hacia el poder.
—Esme, mi cielo, sabes muy bien que Emmett ha rechazado la idea del matrimonio desde un principio, aún antes de conocer a su prometida. Estoy seguro de que esto no tiene que ver con María, sino con sus deseos de permanecer soltero. Está encaprichado, querida.
—Pero Carlisle, querido, no ha salido de su habitación desde ayer en la noche —insistió la Reina, dándole sin querer más malas nuevas a María. ¿Entonces no estaba indispuesto? ¿Le habían mentido para no decirle que Emmett estaba negado a casarse con ella?—. Esta mañana he pasado por la puerta de su alcoba y lo he oído sollozar.
—¿Emmett? ¿Llorando? —esta vez la voz del Rey se tiñó de preocupación—. ¿Estás segura?
—Completamente, querido. Está destrozado, y temo que se debe a nuestra decisión de desposarlo.
La de Pasos Blancos frunció el ceño, desconcertada y asqueada a la vez. ¿Su prometido, un hombre adulto llorando como un pequeño mocoso? Increíble. Su padre jamás había derramado una lágrima, ni siquiera cuando su madre se había marchado con ese despreciable mercader. No era posible que su prometido fuera un débil que lloriqueaba ante la perspectiva de contraer matrimonio. ¡Con ella, que era una mujer fuerte y atractiva! Debería estar llorando por no estar a la altura de las circunstancias. Ella era demasiado para él, excepto porque él contaba con un Reino más importante, su único encanto además de su cuerpo robusto y sus ojos brillantes y azules. Si no fuera tan poderoso se iría ella misma en busca de un hombre de verdad.
—No comprendo —se oyó una vez más la voz de Carlisle—. Cuando arreglé su matrimonio estaba seguro de que él olvidaría todos sus reclamos con sólo verla. Es una mujer muy bella, no puedo creer que no sienta nada por ella.
—Pues así es. Ni siquiera tiene ánimos de intentar acercársele y conocerla —suspiró Esme—. Yo... le he preguntado si su rechazo se debe a... a alguna otra mujer.
—¿Crees que se halle involucrado sentimentalmente con alguien más? —preguntó el soberano, sorprendido, y así de sorprendidos se encontraron María y James detrás de la puerta.
—Él me lo ha negado, pero la manera tan tibia en que lo hizo me hace creer que está mintiendo. No lo sé, Carlisle, sospecho por su actitud que está pensando en otra mujer. Sé que nuestro hijo se molesta mucho cuando las cosas no salen como él desea, pero también sé que respeta nuestras normas y enfrenta las vicisitudes como un caballero. Algo muy fuerte debe de pasarle para que se niegue tan rotundamente a casarse con María sin siquiera conocerla bien. Emmett es impulsivo, es efusivo y muy volátil, lo sé. Pero jamás se ha encerrado a llorar en su alcoba por no querer acatar una orden tuya, querido. Temo que esto sea más que un simple capricho. Temo que esté enamorado de alguien más y nos lo esté ocultando.
—Querida, si te lo ha negado ha de ser cierto. Piensa que está deseoso de cancelar esta boda. Si hubiera alguien más te lo habría dicho de inmediato. Sabe que consideramos sus sentimientos, y que de estar él realmente enamorado de otra princesa reconsideraríamos nuestra decisión de desposarlo a María.
La recién nombrada apretó los dientes con fuerza, sus luminosos ojos verdes opacados de pronto por un oscuro velo de furia. El Rey tenía razón: de estar su prometido enamorado de otra princesa, seguramente lo confesaría para zafarse de ese arreglo matrimonial. Pero tal vez ahí estuviera la clave. Tal vez Emmett estuviera enamorado de otra mujer que no fuera princesa, una mujer que representara para él un amor prohibido, y entonces él prefiriera callar y sufrir en soledad sabiendo que su unión no contaría jamás con la bendición de sus padres.
¿Pero quién podía ser? ¿Quién era la zorra que se estaba interponiendo entre ella y su futuro marido, alguien a quien él no pudiera unirse en matrimonio aunque lo deseara? Tenía que averiguar quién era y deshacerse de ella de inmediato, asegurarse de que ningún amorío atentara contra su tan cercana boda.
Trató de hacer un repaso mental de las mujeres que habían estado alrededor del príncipe en el último mes y medio, pero su intento quedó coartado en cuanto James tironeó de su brazo y la obligó a retomar la caminata por los pasillos. La de Pasos Blancos amagó a protestar y ponerlo en su lugar, pero comprendió al instante que su guardia tenía buenas razones para alejarla de su puesto de espía: alguien bajaba por las escaleras y, si no disimulaban, los atraparían escuchando detrás de la puerta.
Quien apareció fue Eric, el mensajero Real, cargando en sus manos varios sobres que aún no había alcanzado a entregar.
—Tenga usted muy buenos días, Su Alteza —saludó con una reverencia—. Traigo carta de Su Majestad el Rey Laurent para Su Alteza. ¿Desea que sea entregada en sus aposentos o prefiere tomarla ahora?
—Dámela —se limitó a responder ella con una expresión inquieta en el rostro.
Eric encontró rápidamente el sobre y se lo entregó en mano. Como siempre, María corroboró que el lacrado estuviera intacto.
—Bien. Retírate —le dijo con voz fría. No estaba de humor para simular el más mínimo aprecio por la servidumbre de aquel Reino de locos, donde la Realeza era atenta con la servidumbre, donde los príncipes lloraban como niños, las princesas comían de modo nauseabundo y se retiraban de la mesa descompuestas, y los reyes consideraban los sentimientos de sus hijos a la hora de desposarlos en lugar de priorizar una buena posición.
—Tenga usted buenos días, Alteza —se despidió Eric con una reverencia, y desapareció por el pasillo sin decir más.
María y James subieron las mismas escaleras que el mensajero acababa de bajar y continuaron rumbo a la recámara de la de Pasos Blancos.
—Alteza... —comenzó el guardia, buscando el modo de solidarizarse con ella en esa situación tan poco favorable, para asegurar su lugar como mano derecha de la princesa.
La reacción de María fue, una vez más, muy diferente a la esperada.
—Guarda silencio, James. Demasiadas tonterías acabo de escuchar como para seguir oyendo las tuyas—le dijo despacio pero con claro disgusto. Llegaron a la puerta de su alcoba y la princesa ingresó sin decir palabra, mientras él se quedaba afuera haciendo guardia.
Ni bien entrar, la joven abrió el sobre de un tirón mientras se sentaba a los pies de su primoroso diván y maldecía entre dientes. Seguramente su padre le escribía para ver cómo iba todo. Ahora ella, que hasta entonces había estado orgullosa de lo bien encaminada que iba su boda y pensaba contárselo en su próxima carta, tendría que decirle que la situación se había complicado, y que su prometido se negaba a contraer matrimonio, haciendo tambalear el acuerdo entre ambos reinos.
Sacó el papel y lo desdobló rápidamente, depositando su vista sobre la primera letra. Lo que leyó no le trajo más que problemas aún mayores.
Mi querida María,
La situación en nuestro Reino se agrava. Hemos roto definitivamente los lazos con Volterra. Aro continúa negándose a cedernos las tierras de Cimilo, y yo no estoy dispuesto a retroceder. Por tanto, le he declarado la guerra. Pronto enviaré las tropas para que hagan su trabajo.
Has de saber que nuestro ejército está fuerte y bien organizado, pero es de un número reducido. Hemos perdido muchos hombres en la última batalla, por lo que no podremos vencer con celeridad sin ayuda de un ejército poderoso como el de Aguamarina. He pedido asistencia a Carlisle, pero has de imaginar cuál fue su respuesta. Tu futuro suegro es un necio pacifista que cree que todo puede resolverse de palabra. Para colmo de males tiene buenos tratos con Aro y su gente, así que me ha manifestado que no pondrá su guardia a mi servicio aunque le prometa la mitad de las tierras. Otra muestra de su debilidad como soberano. Teniendo un ejército bien formado, prefiere no exponer a sus hombres y perder la oportunidad de extender sus dominios. No me extraña que en tres cuartos de siglo Aguamarina no haya sumado ni una mísera roca a su territorio.
No obstante, algo me mantiene optimista. Sé bien que Carlisle no dará el brazo a torcer, pero intuyo que su hijo Emmett podría adoptar una postura diferente de estar en su lugar. Tengo entendido que tiene un espíritu un tanto impulsivo y revoltoso, por lo que sospecho que la guerra podría parecerle una buena idea si cree que a largo plazo puede obtener un beneficio para su pueblo. Es aquí donde entras tú, María querida. Tú tienes suficiente encanto físico y poder de persuasión como para influir en las decisiones de tu marido una vez que esté al mando. Si lo haces bien, el príncipe estará rendido a tus pies y hará lo que le pidas. Y por supuesto, tú le pedirás lo que sea mejor para nuestro amado Reino de Pasos Blancos.
Te preguntarás sin embargo de qué manera pueden tú y tu prometido pasar por sobre la autoridad de los Reyes y torcer sus decisiones a nuestro favor. La respuesta es: no hay manera. Sólo podrán hacerlo cuando se conviertan en soberanos de Aguamarina, y eso sucederá cuando Carlisle y Esme mueran. De eso me encargaré yo. Tengo ya lista una botella de nuestro mejor licor con una pequeña medida de cianuro para que des a beber a tus suegros una vez se haya concretado tu matrimonio. Será rápido y, lo que es mejor aún, no dejará rastros. Nadie sospechará de nosotros, querida hija, por tanto no tienes nada que temer.
Créeme que no me agrada tener que proceder de esta manera, pero comprenderás que nuestra Tierra y honor están por encima de todo lazo humano. No aceptaré una tregua ni permitiré que nuestras tropas caigan vencidas. Esta vez haré de ti la heredera de un Reino de Pasos Blancos temido, respetado y venerado. Tendrás no sólo la corona, hija mía, sino también todo el poder que desees sobre dos majestuosos Reinos.
Hay una sola cosa que podría hacernos fracasar, y esto depende exclusivamente de ti, María. Es estrictamente necesario que nada impida tu boda con el hijo de Carlisle. Espero no equivocarme al suponer que todo marcha a la perfección en Aguamarina, que has ganado la atención y la confianza de tu prometido y de su familia, y que ningún contratiempo dilatará la celebración de tu matrimonio ni una sola hora. De no ser así, asegúrate cuanto antes de eliminar cualquier dificultad que se haya presentado. Nada, repito, nada en absoluto puede posponer ni cancelar esta boda, o de lo contrario fracasaremos.
Sin más que decir, reitero la recomendación que te hice en mi epístola anterior. Mantén los ojos bien abiertos y exige a tus guardias que redoblen la seguridad, ahora más que nunca. No quiero tener que llorar a mi única hija por culpa del maldito Aro y sus posibles infiltrados.
Brinda por tu éxito y el de tu Reino,
Tu padre, Laurent.
María dejó caer la carta sobre su regazo y respiró profundo. Solía actuar bien bajo presión, pero la sensación que experimentaba en ese momento no era nada agradable.
Tendría que envenenar a los Reyes. Personas por quienes no guardaba ningún afecto, pero personas al fin. De pronto se sentía como la primera vez que había mandado a azotar a un hombre: fuerte y temerosa al mismo tiempo, poderosa pero con miedo a cruzar un límite con el que tal vez no debiera jugar. Su madre se había encargado de dejarla sin una buena razón, y ahora sería María la encargada de dejar a su prometido sin padre ni madre.
Pero ella sí tenía una buena razón: su padre se lo había pedido. Su padre, la única persona en quien María podía confiar realmente. Él quería lo mejor para ella, y lo mejor implicaba deshacerse de algunas personas que no le convenían.
«Tendrás no sólo la corona, sino también todo el poder que desees sobre dos majestuosos Reinos» se repitió. Todo el poder que deseara, a cambio de dos pequeñas vidas.
Podía hacerlo. Sí, podía hacerlo. Tenía el valor suficiente.
Pero aún quedaba un problema, el más grande de todos y el primero que debía solucionar: su boda pendía de un hilo.
Apretó una vez más los dientes y cerró los ojos, obligándose a hacer memoria. ¿Quién era la ramera de quien Emmett se había enamorado? ¿Quién era ese amor prohibido que confundía la mente de su prometido y le impedía pensar en su futura esposa?
Pensó en las damas comprometidas o casadas que habían desfilado por el salón el día del enlace de Edward e Isabella. Ninguna había estado hablando con él. A decir verdad, la única mujer que había hablado con él, la única que había bailado con él, había sido ella misma.
Tenía que ser alguien más cercana, alguien con quien él se encontrara cotidianamente. ¿Pero quién? ¡Maldición! ¿Quién era su rival? Alguien de su entorno, alguien con quien no pudiera tener más que un amorío, alguien como... alguien como...
De pronto un rostro acudió a su mente, y el corazón ya frío de la princesa se convirtió en un duro témpano que no se derritió siquiera con el fuego de la ira que le subió por el pecho.
Por supuesto. Era insólito que no se le hubiera ocurrido ese nombre antes, cuando era tan claro como el sol de verano. Una sola mujer, sin nombre, ni clase, ni título, ni riquezas, había tenido la insolencia de acercarse a él más de lo debido. La misma asquerosa criada que había osado mirarla desafiante y levantarle la mano para impedir su voluntad. La misma que había tenido que mandar a azotar para hacerle comprender quién dictaba las órdenes y quién las obedecía, quién tenía derechos y quién sólo obligaciones. La misma cuyos labios se curvaban y su voz se endulzaba al pasar cerca de Emmett. La misma por quien Emmett se había lamentado en la boda de su hermano, cuando ella se había cortado con los cristales de las copas rotas. La misma por quien se había mostrado tan preocupado al verla moverse con dificultad tras aquel desagradable incidente, cuando la doncella había ocultado su castigo manifestando haberse resbalado por las escaleras.
Una sola y la misma. Pobre, inculta e insolente, pero lo suficientemente bella para quitarle la respiración a un príncipe cuya debilidad siempre había sido la carne.
María se obligó a dejar la carta de su padre a un lado antes de que sus manos se desquitaran con ella, estrujándola con furia. De inmediato se puso de pie y caminó a trancos hasta la puerta, abriéndola de golpe.
James volteó su mirada hacia ella y la encontró indescriptiblemente tensa y serena a la vez, como si su porte delicado y femenino fuera sólo un perfecto disfraz de la cólera que le corría por el cuerpo y se le asomaba por las finas venas de sus ojos enrojecidos.
—Entra un momento, James, tengo que hablar contigo.
El guardia asintió con un leve movimiento de cabeza y la siguió dentro de la alcoba, cerrando la puerta tras de sí.
—¿Puedo serle útil, Alteza? —preguntó con calma, como si nada de lo acontecido perturbara su ánimo. Y así era en efecto.
—Espero que puedas —masculló la de Pasos Blancos, dando rienda suelta a su ansiedad y caminando de un lado a otro frente a él—. Ya sé quién está metiendo sus narices donde no debe.
—¿Quién, Alteza?
—La estúpida doncella esa, la de la melena rubia que tiene al pequeño mocoso de hermano.
—¿Rosalie, Alteza?
—No sé su nombre ni me interesa, sólo quiero deshacerme de ella cuanto antes.
—¿Desea que me encargue de ella, Mi Señora?
—No de la manera en que estás pensando —lo detuvo, parándose en seco y cruzándose de brazos—. Castigarla no me ha servido para nada.
—Puedo deshacerme de ella... literalmente, Alteza.
—¡No, James, no seas imbécil! Mi prometido está enamorado de esa prostituta barata, ¿entiendes? Lo que necesito es que se desenamore de ella, que quede desencantado con ella para que la haga a un lado y se concentre en mí.
James bajó la mirada un instante y elevó las cejas de modo casi imperceptible. Nunca iba a dejar de asombrarse de las rebuscadas artimañas de María. Si fuera por él resolvería todo mucho más rápidamente y sin tantas vueltas, pero tal vez era hora de reconocer que la sagacidad de la princesa era admirable, por no decir efectiva en la mayoría de los casos.
La pregunta era dónde encajaba él en esa idea de María.
—Discúlpeme, Alteza, pero no veo cómo puedo serle útil en ese cometido.
La princesa se permitió esbozar una sonrisa maliciosa antes de explicarle todo a su guardia.
—Eres hombre, ¿no es así? —comentó, ladeando la cabeza—. Tengo una sola manera de hacer notar a mi prometido que su enamorada es una zorra, y es mostrándole cómo se revuelca ella con otro hombre que no sea él.
Esta vez James no disimuló su sorpresa.
—Mi Señora... —intentó interrumpirla. ¿Le estaría pidiendo lo que él creía que le estaba pidiendo?
—Y ese hombre vas a ser tú, James —sonrió, confirmando las sospechas del joven.
—Alteza, disculpe usted, pero mi relación con esa sirvienta es francamente hostil y...
—Me importa un cuerno, James. Eres hombre, y ella es una mujer. Una mujer bastante fácil, seguramente, de lo contrario no se habría metido en la vida y posiblemente en la cama de mi futuro esposo. Quiero que la seduzcas.
—Ella ni siquiera me dirige la palabra, Alteza, no sé cómo podré...
—Encuentra la manera —lo interrumpió la de Pasos Blancos, hastiada de excusas—. Escúchame bien, James. Acabo de recibir carta de mi padre y las cosas no están bien, ¿entiendes? Tengo que casarme con Emmett a como dé lugar. Tengo que poder ganarme su atención y manejarlo a mi antojo antes de que nuestro Reino se desmorone. Así que voy a arrancarle a esa mujer de la cabeza y tú me vas a ayudar.
El guardia se cuidó de no exhalar un suspiro de fastidio y asintió con firmeza. Si quería seguir siendo el hombre de confianza y conseguir un buen puesto en el futuro reinado de María, iba a tener que hacer absolutamente todo lo que ella le ordenara.
—Como usted desee, Mi Señora —dijo casi entre dientes—. ¿Tiene usted un plan?
La heredera se rascó la punta de la nariz y paseó la mirada por la inmaculada alfombra de su habitación decidiendo los pasos a seguir. Cuando todo estuvo claro en su mente, clavó su dura mirada en los ojos verdes de James y le explicó el procedimiento con calma.
—Mañana en la noche, después de la cena, convenceré a Emmett para que dé un paseo conmigo por el campo de tulipanes. Quiero que tú y la roñosa esa estén revolcándose por ahí cuando pasemos.
—¿Cómo la llevaré hasta allí?
—¿Tengo que pensar en todo, James? ¡Parece increíble que hayas comandado una columna tú solo! —se quejó la princesa retomando su mal humor de la última hora.
—Descuide, Alteza, ya veré cómo hacer —la serenó el guardia. No iba a permitir que se pusiera en duda su talento para la estrategia y la guerra, aunque lo segundo fuera su fuerte y lo primero no lo fuera tanto—. Puedo decirle que Su Alteza la cita allí para asegurarme de que me acompañe.
—Lo que sea, no me importa. Sólo sedúcela y asegúrate de ponerla en una situación de vulgaridad. Necesito que mi prometido la vea y se convenza de que se acuesta con otros hombres. Eso bastará para desengañarlo y fijar su atención en mí. Por lógica, ningún hombre con un mínimo de dignidad mira hacia atrás a la hora de dejar una mujer que lo ha traicionado.
—Así es, Mi Señora. Es una cuestión de honor —asintió James, cuyo honor no parecía estar precisamente intacto ahora que iba a tener que comportarse él mismo como una ramera, seduciendo una mujer con quien no se llevaba nada bien.
Sin embargo, a pesar de su inicial disconformidad, el guardia reconsideró su situación y pensó con gusto que tal vez pudiera sacar algún beneficio de todo eso. Después de todo, hacía mucho que no tenía vía libre para acostarse con alguien. En Pasos Blancos no se permitía a la servidumbre tener contacto entre sí más que para hablar asuntos concernientes al Reino. En Aguamarina, seguía bajo las órdenes pasoblanqueñas de María, así que tampoco podía buscar compañía sin romper las reglas, cosa que no le convenía en absoluto para su ambición de status. Pero ahora por fin iba a poder disfrutar sin restricciones de los placeres de la carne. Estaba obligado a disfrutarlos, y lo iba a hacer de buena gana. Rosalie era hermosa y muy orgullosa; seguramente se resistiría. Todo un manjar para un hombre de costumbres sexuales más bien salvajes y un poco sádicas.
—Bien. Así lo haremos, entonces —sentenció la princesa con una ligera sonrisa, mezcla de alivio y malicia. Hundiría a esa doncella de una vez por todas y tomaría lo suyo, como siempre debió haber sido. Porque le correspondía, porque lo merecía, y porque no se detendría hasta tener sobre su cabeza la corona de Aguamarina, y a sus pies el mundo entero.
Bueno, ahora sí cometí todos los abusos posibles. Primero tardo más de un mes en actualizar, y después caigo con un capítulo de 25 páginas de Word. Por lo menos está cortado en partecitas así no se atragantan con tantas letras XD Igual no creo que esto del capítulo kilométrico se vuelva a repetir, fue un caso extraordinario, y de paso así compenso un poco todo el tiempo que estuve sin actualizar.
Como siempre muchísimas gracias por sus opiniones, comentarios y... amenazas de muerte y declaraciones de odio, jajaja! Esas abundaron después del último cap. No, en serio, mil gracias por el apoyo y por seguir leyendo a: Roxa Cullen Hale, keytani, KlaudiaLobithaCullen, yess cullen, Vicky-Cullen-Alice-Swan, TatyPattz, .crepusculo, Romy92, janalez, Mafe D. Rojas, ALI-LU CULLEN, Sully YM, bitha-granger, Nelita Cullen Hale, Anonima nn, MarieAliceIsabella, DCullenLove, Ara Cullen, lagrima de flor, Samore Cullen, Mitica, elva y Pao, y a todas las lectoras anónimas. Hace poquito cumplí un año en ff y no puedo creer todo el cariño que he recibido en estos 12 meses, así que disculpen si es repetitivo pero no encuentro otra palabra más que GRACIAS.
Si tienen ganas y tiempo, cuéntenme en un review qué les pareció el cap, cómo piensan que va a salir el plan de María, qué hará Alice ahora que sabe la otra cara de la situación, y la no muy incógnita de qué le pasa a Bella, que creo que es bastante evidente, jeje. Lo podría haber hecho más sutil, pero quería poner un respiro y un poco de comedia entre tanto drama, y creo que los cambios hormonales de Bella son bastante útiles para eso XD
Vuelvo a recomendarles "Amor en el establo" de TatyPattz, "Llamado del amor" de KlaudiaLobithaCullen, y "Mi vida sin ti" de Christina Becker, y agrego ahora también una escritora maravillosa que tenemos en ff que es Romy92, y su nuevo fic "El frío del silencio".
Buen fin de semana y nos leemos pronto,
Besos
Lulu :)
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