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Buscando un Corazón
Author:
SylviaMaria PM
Sam Evans nunca viajó a Lima, nunca estudió en el William McKinley High School, pero eso no impidió que el destino cruzase su camino y el de Mercedes Jones. Un camionero que ama la carretera, una chica sola haciendo autostop...
Rated: Fiction M - Spanish - Romance - Sam E. & Mercedes J. - Chapters: 14 - Words: 124,961 - Reviews: 123 - Favs: 11 - Follows: 3 - Updated: 06-11-12 - Published: 03-11-12 - Status: Complete - id: 7914497
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¡Hola de nuevo! Aquí estoy un domingo más con un nuevo capítulo de "Buscando un Corazón" :) Os agradezco muchísimo vuestras muestras de cariño. Me emociono como una niña pequeña con vuestros reviews. Al parecer os ha gustado Scott Evans ^^ Yo le adoro. Puede que junto con el abuelo Samuel sea uno de mis personajes favoritos del fic. Algunas hasta se han batido en duelo por ganarse su corazón. Ya veremos que le depara el futuro, tanto a él, como a nuestros protagonistas Sam y Mercedes. Me alegro que os gustase el capítulo anterior y espero que no os defraude este que os dejo hoy. Quizás no debí haberos dejado ese spoiler en el capítulo de la semana pasada, porque puede que este no esté a la altura. Pero lo he intentado. ;) Ojalá que consiga sacaros, al menos, una sonrisa. Con eso me doy más que satisfecha. Y para aquellos que pedían conocer los sentimientos que guarda Mercedes Jones dentro de su corazón, vamos a empezar a saberlo poco a poco. Aquí tenéis el primero.

Como siempre, los pensamientos de los personajes van en letra cursiva. Esta vez, no solo los de Sam.


Disclaimer: Glee no me pertenece, ni tampoco Sam y Mercedes. Una verdadera pena. :(


El color de tu piel:

Despertar como ayer, probaré suerte otra vez,

el color de tu piel es lo que quiero conocer.


Sus dedos volvieron a recorrer su cuello, atacándolo después con su boca, haciendo que ella se derritiese por completo. Sus labios eran puro fuego y sus manos la volvían loca, tocándola, acariciándola por todas partes. Trataba de respirar con normalidad, pero los besos que él le robaba se lo impedían.

Él rodó sobre la cama, colocándola encima y dejando que fuese ella la que tomase el control, mientras le besaba y acariciaba sus abdominales, deslizando su mano hacia su excitación. Acariciándola con sus dedos, y haciendo que el chico soltase un gemido. Las manos de él acariciaron su trasero, pegándola aún más a él.

El chico ahogó un lamento, apretándoselo con fuerza, provocando que ella se despertase del todo.

Mercedes abrió los ojos en ese momento. Su cabeza le dolía demasiado, parecía una bomba a punto de estallar. Parpadeó un par de veces, acostumbrándose a la luz de la habitación y reprimiendo las ganas de vomitar que sentía en esos momentos.

- Ah.

- ¡Oh Dios!

¿Qué hacía desnuda encima de Sam? ¿Qué diablos hacía acariciando su...? ¡Dios mío!

No estaba soñando. ¡No lo estaba! ¡Estaba acariciando el miembro de Sam Evans y él le estaba apretando el culo! Estaba sobre él. ¡Encima de él! ¡Completamente desnuda!

El chico gimió de nuevo, todavía con los ojos cerrados, y luego, se mordió el labio inferior.

¿No se había despertado? ¿Aún dormía? Mercedes soltó su miembro, horrorizada. ¿Cómo habían llegado a esos extremos? Ambos estaban desnudos, uno encima del otro. Era más que obvio que se habían acostado.

¡Se habían acostado! ¡Dios Santo! ¡Se había acostado con Sam!

Se había acostado con él. ¡Se había acostado con él y ni siquiera recordaba como habían llegado a ello!

No podía estar pasando. Simplemente, no podía estar pasándole a ella.

Mercedes negó con la cabeza, asustada, tratando de separarse de él y salir de esa cama lo más pronto posible. Justo en el momento en el que Sam decidió despertase, abriendo los ojos como platos y fijándolos en ella.

Mercedes trató de levantarse rápidamente, apoyando las manos en el pecho de él, rozando con su pierna su miembro excitado.

- Por Dios Santo – dijo.

Y lo siguiente que vio Sam Evans fue a una Mercedes voladora, trastabillar con sus propias piernas y caerse de la cama al frío suelo de la habitación.

Una Mercedes voladora completamente desnuda.

Él, preocupado, se arrastró hacia el borde sin salir de la cama.

- Mercedes, ¿te encuentras bien?

- ¡Dios mío! – Chilló desde el suelo - ¡No me mires, Sam! ¡Estoy desnuda! – La chica trataba de taparse sin éxito. Sus manos eran demasiado pequeñas, pero ella no dejaba de intentarlo.

- Ya te he visto antes, Mercedes. Levántate, vamos – Sam le ofreció la mano, pero ella se negaba a que él la viese.

- No, no. Pásame la sábana. ¡Pásamela! ¡Y mira hacia otro lado!

- Sube a la cama, Mercedes – dijo Sam, arrastrando las palabras.

- Dios mío, no puedo creer que lo hayamos hecho – Mercedes negó con la cabeza, asustada. Su cuerpo había empezado a temblar y no se debía al frío suelo sobre el que se encontraba – No puede ser.

- Créetelo. Tienes la prueba ahí, a tu lado – le respondió él, señalando el preservativo que al parecer, habían usado.

- ¡Por Dios Santo! – Mercedes se subió a la cama, rápidamente y comenzó a tirar de la sábana para cubrirse con ella, desnudando a Sam a su paso.

- ¡Mercedes! ¡Estate quieta! – chilló él, tratando de arrancarle la sábana de las manos.

- ¡Déjame, Sam! ¡Y tápate por Dios! No quiero... verlo.

- Te recuerdo que "lo" estabas acariciando muy bien hace unos minutos.

- Pues no lo recuerdes. ¡Oh, por favor! ¡Dame la sábana ya!

- ¡Ey! Tranquila, ¿vale? Escúchame – le dijo, tapándola él mismo con la sábana y frotando sus brazos tratando de darle calor – Bebimos, sí. Nos descontrolamos y nos acostamos. Pero ya está. ¿Vale? – Sam agarró su rostro entre sus manos – Fue una locura pasajera que no volverá a suceder. No te pongas así, por favor – le pidió.

- Es que no recuerdo nada – se lamentó ella, cerrando los ojos y tratando de no echarse a llorar como una niña pequeña.

- Yo tampoco – respondió él, acariciando su mejilla derecha con su dedo pulgar – Quizás sea lo mejor. Quizás nuestras mentes hayan sido consideradas con nosotros y lo hayan borrado.

Mercedes asintió con la cabeza.

- Al menos... al menos hemos podido tomar precauciones – Su voz le temblaba con cada palabra que decía, y su cuerpo también lo hacía. Provocando que él volviese a colocar sus manos en sus brazos, dándole calor de nuevo. Lo cierto es que él también se estaba muriendo de frío, pero, ¿Qué importaba en ese momento?

– Oh, Dios. ¿Y si lo hicimos más de una vez, Sam?

Ambos se miraron asustados, dándose cuenta de lo que Mercedes acababa de decir.

- No, no. No pienses en eso. Estábamos demasiado borrachos como para un segundo asalto – respondió él, colocándole un mechón rebelde detrás de la oreja.

- Lo siento, Sam. Siento haber reaccionado así. Tú no tuviste la culpa, fui yo la que dijo que nos la tomásemos.

- Ni se te ocurra echarte la culpa, ¿de acuerdo? No la tienes. Y yo tampoco. Simplemente pasó.

Olvídalo. En realidad, ya lo has hecho.

Y yo también. No puedo creer que te haya tenido entre mis brazos y mi mente lo haya borrado por completo. ¡No es justo! Fuiste mía, bonita y ni eso podré recordar cuando te vayas de mi lado.

- Necesito darme una ducha – le dijo ella, comenzando a levantarse, aún envuelta en la sábana como si fuese un regalo.

- Mercedes... – él la llamó, deteniéndola y haciendo que volviese a sentarse a su lado - ¿Me dejas ir primero a mí? – le pidió, señalando al mismo tiempo la excitación que escondía debajo de las mantas.

La chica asintió con la cabeza, echándose la sábana encima para no verlo abandonar la cama que ambos habían compartido. Sam tomó su ropa del suelo, dejándola encima de la silla y agarró una limpia para vestirse luego de salir de la ducha.

Mercedes siguió escondida debajo de la sábana hasta que oyó como la puerta del cuarto de baño finalmente se cerraba. Entonces, volvió a meterse debajo de las mantas, escondiéndose de todo y rompiendo a llorar.

Nunca se habría echado a llorar de nuevo delante de él. Aquella vez le había contado todo acerca de su madre, aquella vez había flaqueado, pero jamás volvería a permitírselo. No quería que él sintiese lástima de ella, a pesar de estar completamente segura de que eso era lo único que él sentía en su corazón.

Lástima.

Por eso le había ofrecido dinero para que viajase con ella. Por eso le había comprado ropa y todas las cosas que ella había podido necesitar. Por esa razón la había traído a la cena de Acción de Gracias.

Porque le tenía lástima.

"Olvídalo"

Las palabras de él volvían a torturar su mente.

"Olvídalo"

Y no tenía que hacerlo. Su mente ya se había encargado de hacerlo por ella. Ya había tomado la decisión de borrar el mejor recuerdo que podía haberse llevado cuando se alejase para siempre de él.

Mercedes se hizo un ovillo debajo de las mantas, cubriéndose por completo y apretando fuertemente la sábana entre sus dedos. Sentía frío, temblaba. Pero no quería vestirse, no quería levantarse de esa cama que olía a él. No quería marcharse de allí, no quería separarse de Sam. No quería alejarse de sus manos, de sus brazos, de su cuerpo.

Sus lágrimas continuaban mojando la almohada, recordándole que no debía llorar. Recordándole que no volvería a verlo. Recordándole que después de tanto tiempo sin estar en los brazos de un hombre, se había dejado querer y su mente lo había borrado por completo.

No era justo, no lo era.

Rezaba todos los días. Todas las noches. Pero, ¿qué había conseguido con ello? Su madre había muerto, ella se había quedado sola y Dios había puesto a Sam en su camino para robárselo después. ¡No era justo!

"Olvídalo"

Él lo había olvidado. Sam ya lo había hecho. Pero ella no quería olvidarlo. Deseaba haber podido recordarlo durante toda su vida.

Poder recordar todo lo que él había hecho por ella, aunque hubiera sido por lástima.

¿Dónde estaría ella de no haber sido por él? ¿Dónde estaría ella si no hubiese recibido su ayuda?

No quería pensarlo. ¡Le daba miedo hacerlo!

Miró el reloj, temblorosa.

Las once.

Ya era demasiado tarde. No había vuelta atrás. No habría milagros que hiciesen que ellos no tuviesen que despedirse. Mercedes tendría que decirle adiós para siempre.

Para siempre.

Sus manos apretaron con más fuerza la almohada, haciéndose daño a sí misma, al tiempo que trataba de calmar su llanto. Pero era imposible, ni siquiera mordiéndose el labio inferior, conseguía silenciar los sollozos que salían de su boca.

La cama se hundió durante un segundo, antes de sentir como un brazo fuerte la rodeaba por encima de las mantas, y una mano le descubría la cabeza.

- No llores, Mercedes. Por favor – le suplicó Sam, observando como las lágrimas habían mojado por completo la almohada.

Ella clavó sus ojos en él, avergonzada de no haberse podido contener.

- Lo siento – dijo él – Siento que haya sido así. Sé... sé que hacía mucho que... – Sam se mordió el labio, tratando de no acompañarla en su llanto. Aunque no creía poder hacerlo, pues todas las lágrimas que llevaba dentro de él, habían sido borradas por el agua de la ducha.

Su llanto había sido lo primero que había oído al salir del baño. Ella lloraba por su culpa.

Solo él la tenía, recién ahora se daba cuenta. Se había aprovechado de ella y jamás podría perdonárselo. Y Mercedes tampoco podía olvidarse de ello.

- No debería haber sido así – se lamentó él.

Debía haber sido especial, mágico.

- Sam, no...

Mercedes deseaba gritarle que no lloraba por eso. ¿Acaso no lo comprendía? Ella no quería marcharse de allí, no quería separarse de él. ¡No quería!

Pero Sam no la dejaba hablar. Y ella tampoco tenía el valor suficiente para decir la verdad.

- Necesito pedirte algo – le susurró al oído – Si algún día piensas en mí, cuando ya estés lejos, recuerda los buenos momentos que vivimos juntos. Recuérdame por ellos. ¿Lo harás? – le preguntó él, clavando sus ojos en ella y esperando su respuesta.

- Sam...

- No quiero que me recuerdes como el chico que se aprovechó de ti, Mercedes – le dijo, negándose a mirarla.

- ¡No te aprovechaste de mí! ¡Fui yo la que te emborrachó! – chilló ella, levantándose lo más rápido que pudo, aunque el cuerpo de él encima de las mantas imposibilitaba que ella pudiese sentarse.

- Eso ya no importa – dijo él, levantándose de la cama, dejándola libre para que pudiese hacerlo ella también.

- ¡Si importa! ¡No tienes que pedirme que recuerde los buenos momentos! ¡Porque jamás podría recordar uno malo a tu lado! – Mercedes se sentó en la cama, afirmando la sábana sobre ella.

- No es cierto y lo sabes.

- Siempre estuviste ahí para mí – dijo ella, bajando la voz, hasta hacerla prácticamente un susurro – Siempre. Desde el principio. Me cuidaste, me protegiste. Jamás podría olvidarme de ello. Yo... jamás podré olvidarlo.

- ¿Entonces por qué llorabas?

¡¿Por qué razón? Él ya no entendía nada.

Mercedes le miró fijamente, dudando su respuesta.

¿Podría decirle que no quería separarse de él? ¿Qué no quería despedirse? ¿Qué le necesitaba para salir adelante? A él. Solo a él.

No. No podría.

- No quiero quedarme sola – dijo, por fin – Me da miedo volver a estar sola. Sin mi madre, sin nadie a mi lado.

Sin ti, quiso decirle. Pero no pudo reunir las fuerzas suficientes para sincerarse. O en el fondo, sabía cuál sería la respuesta de él y no estaba preparada para oírla.

- Mercedes... – Él se arrodilló en la cama, a su lado, secando sus lágrimas y acercándose para abrazarla.

- No quiero quedarme sola – repitió, mientras él la rodeaba con sus brazos.

Y él no quería que ella lo estuviese. Pero tampoco podría ofrecerle nada para que ella se quedase a su lado, a pesar de lo mucho que Sam lo deseaba.

La despedida era inminente.

Sam no quería alejarse de ella y Mercedes no quería volver a estar sola. Jamás había pensado que ella se sinceraría de nuevo con él, pero lo había hecho. Contándole su mayor miedo, su mayor temor.

Y él no podía hacer nada para solucionarlo. Tenía su vida hecha, un trabajo, una familia. No podía dejar todo por alguien que no le quería. Alguien que no le amaba. Alguien que solo temía quedarse solo. Era una locura. Una completa locura. Pero lo hubiese hecho sin dudarlo apenas.

Mercedes le abrazó con sus pequeñas manos, haciendo que la sábana resbalase de su cuerpo, dejando parte de su pecho izquierdo al descubierto. La chica no se dio cuenta de ello, hasta que él volvió a cubrirla de nuevo, recibiendo una sonrisa de agradecimiento por su parte.

Ella se acurrucó en su pecho, mientras él dejaba un suave beso en su pelo. Cerrando los ojos, supieron que esa era su despedida.

Ambos sabían que el momento había llegado.

Los dos sabían que nada habría después de ese abrazo.

Por eso se negaban a romperlo. Por eso se negaban a separar sus manos del cuerpo del otro.

Sam se recostó contra el cabecero de su cama, vestido con la camiseta y sus vaqueros gastados, y la apoyó sobre él, cubriéndolos con la manta por encima.

- Te echaré de menos, bonita – le dijo, mientras buscaba su mano para unirse a ella por última vez y notaba como una lágrima volvía a resbalar por su mejilla.

La había llamado bonita. Y no se arrepentiría jamás de haberlo hecho.

- Yo también – le respondió ella, comprendiendo así que había llegado el final.

La había llamado bonita. Sam la había llamado bonita...

Mercedes se negaba a abrir los ojos, tratando de detener el tiempo aún sabiéndolo imposible.

Unos golpes en la puerta les hicieron volver a la realidad.

- ¡Un momento! – gritó Sam, mientras Mercedes se movía de encima de él para permitirle levantarse de la cama.

Él se dirigió a la puerta, abriéndola tan solo unos centímetros y descubriendo a la persona que se encontraba detrás de ella.

- Stacy, ¿qué haces aquí? ¿No deberías estar en el instituto?

Su hermana le empujó para que la dejase entrar en la habitación, encontrándose con la novia de él todavía en la cama.

- Siento molestar... de nuevo – le dijo a Mercedes, que ahora la miraba preocupada.

Sam giró el rostro de su hermana para que dejase de mirarla y le respondiese por fin.

- ¿Qué ocurre, Stace?

- Scott y Dave se han llevado a papá al hospital. Mamá también ha ido con ellos – le explicó su hermana.

- ¿Al hospital? – Preguntó él, mirando a Mercedes y luego de nuevo a su hermana - ¿Qué ha pasado?

- ¡Se cayó por el jodido terraplén!

- ¡Oh, Dios! – exclamó Mercedes, levantándose rápidamente de la cama y agarrando su ropa de la maleta para meterse al cuarto de baño.

- ¿Estaba... estaba bien?- dijo Sam, mientras veía como Mercedes dejaba la puerta del cuarto de baño abierta para oírlos.

- Perfectamente. Insultando a todo el mundo y dando órdenes como siempre. No creo que tenga más que un esguince.

- Alabado sea Dios – se oyó decir Sam.

Su hermana agarró su mano entre las suyas, tomándole por sorpresa e hizo que la mirase.

- Quédate con nosotros hasta que papá se recupere, Sam. Te necesitamos. Nosotros no podremos hacerlo solos – Stacy le mostró su cara de pena, al más puro estilo gatito de Shreck. Era una experta en ello.

- Stacy, sabes que no puedo. Tengo mi trabajo. Papá y Scott tienen el suyo. Así ha sido siempre.

- Ésta también es tu casa. Tu granja. Somos tu familia y te necesitamos, Sam. Por favor.

- No puedo Stace. No me lo pidas.

La chica soltó su mano, enfadada. Jamás había creído que él pudiese decirle que no. El que estaba delante de ella no era su hermano. No lo era.

- Yo os ayudaré, Stacy – dijo Mercedes, saliendo ya vestida del baño.

- No lo dices en serio – Sam la miró, alucinado.

- Tu familia necesita de nuestra ayuda. No sé tú, pero yo no pienso irme de aquí sin echarles una mano – le dijo ella, sonriéndole a Stacy.

- Gracias, Mercedes – le dijo la chica – Espero que tú consigas convencerlo.

Stacy miró a su hermano por última vez, esperanzada, antes de darle un beso rápido a Mercedes y salir de la habitación.

Sam no podía disimular su enfado, por más que lo intentase.

- No me mires así, Sam – le pidió.

- Es tu vía de escape – le espetó con rabia – No querías quedarte sola, ¿verdad? Te felicito, ahora ya no lo estarás.

Las palabras salían de su boca como si realmente las escupiese en su cara. Y él realmente no sabía el daño que causaban en ella.

- Puede que sea así. Y que me esté agarrando a un clavo ardiendo. Pero tú me lo diste todo y es hora de que yo te lo pague. Y si no puedo pagártelo a ti, por lo menos podré ayudar a tu familia.

Él la miró, sin saber que responder.

- Pero tú no quieres que me quede, ¿verdad?

- Yo...

-¡Te confesé que no quería quedarme sola y tú no dijiste nada!¿Por qué no lo admites de una vez? ¡Preferirías perderme de vista!

- ¡No! ¡No es así! – chilló Sam.

- ¡Mentiras! ¡Solo dices mentiras! ¡Todo el tiempo! – Mercedes comenzó a recoger todas sus cosas, metiéndolas en su maleta.

- ¿Qué haces? – le preguntó él, tratando de detenerla.

- Me voy. Es lo que quieres, aunque no te atrevas a decírmelo.

- No quiero que te vayas – le dijo, devolviendo parte de las cosas que ella había metido ya en su maleta.

- Y yo no quiero tu lástima – Mercedes le empujó hacia un lado, volviendo a meter sus cosas en la maleta.

- Mi... ¿Mi qué?

¿Su lástima? Por Dios Santo, ¿como podía seguir creyendo que todo lo que hacía por ella se debía a eso? ¡No sentía lástima por ella! ¡Sam la quería!

Oh Dios, no.

Sam dio los dos pasos que le separaban de la pared y se recostó sobre ella, a punto de caerse. Sus piernas no aguantaban de él. No ahora que su mente le había gritado sus verdaderos sentimientos.

La quiero.

Mercedes seguía recogiendo sus cosas, guardándolo todo en la maleta, ajena a todo lo que él estaba viviendo.

Estoy enamorado de ella.

Lo estaba, sí. Como un idiota.

Stacy les había dado la única razón para no tener que separarse y Mercedes la había aceptado al momento, al contrario que él. Pero ellos iban a despedirse ese mismo día, ¿Cómo podía decirle que sí a Stacy y a la vez dejar que Mercedes se marchase siendo su novia delante de todos? No tenía sentido. Él había hecho lo correcto negándose, pero Mercedes había aceptado, obligándolo al mismo tiempo a no marcharse de allí y a seguir manteniendo la mentira.

Mercedes cerró con rabia la maleta, sacándolo de sus pensamientos. Y se dio la vuelta, directa hacia la puerta. Pero no llegó a ella, Sam la interceptó, tratando de quitarle la maleta de las manos.

- ¡Suéltala!

- ¡Suéltala, tú! – chilló ella, mientras forcejeaban para hacerse con la dichosa maleta.

Él consiguió agarrarla por fin, arrojándola encima de la cama con fuerza. Mercedes giró la cabeza a tiempo de ver como su maleta se estrellaba contra la cama y luego caía al suelo.

- Eres un idiota – le dijo, empujándolo a un lado para correr hacia la puerta.

Pero él llegó antes, imposibilitándole la salida con su cuerpo.

- No voy a dejar que te vayas.

- Aparta de mi camino, Evans – Mercedes agarró su mano derecha entre las suyas y empezó a tirar de él, sin éxito.

- Le has dado tu palabra a Stacy. ¡No te puedes ir! – Él tiró de su propia mano para liberarse, chocando con su brazo en la dura puerta - ¡Joder!

- Lo siento. Oh, Dios. Sam, ¿estás bien? – La chica agarró su brazo con cuidado, flexionándolo suavemente.

- Y ya vamos dos lesionados – bromeó – No puedes irte.

- Tú no quieres que me quede – Mercedes dejó libre su brazo, dirigiéndose hacia donde la maleta estaba y la levantó del suelo dejándola sobre la silla. Luego, se sentó sobre la cama, esperando que él le respondiese.

- Eso no es cierto – Él se sentó a su lado en la cama.

- Le dijiste que no a Stacy, Sam. Si le hubieses dicho que sí, habría tenido que quedarme yo también. Por eso le dijiste que no. Porque no quieres que me quede.

- Quiero que te quedes. Es solo que... creí que no querrías seguir adelante con la farsa. Yo no quiero hacerle daño a mi familia. No quiero que descubran que les hemos engañado.

- No lo descubrirán. Te lo prometo – le dijo, sonando lo más sincera posible.

- ¿No te irás? – preguntó, con el corazón en un puño.

- No me iré. Tienes razón, le di mi palabra a Stacy. No puedo fallarle.

- Bien – Sam se levantó, ofreciéndole la mano para ayudarla a levantarse – Al final no te duchaste, hazlo ahora mientras yo termino de recoger todo esto.

Mercedes le sonrió, abriendo de nuevo la maleta para tomar su neceser.

- Y... Escúchame bien, Mercedes Jones – dijo, haciendo que ella se diese la vuelta, temerosa de lo que pudiese decirle – Jamás sentiría lástima por ti.

Ella intentó abrir la boca para responderle, pero él lo reiteró.

- Jamás.

Una sonrisa ilusionada cubrió el rostro de Mercedes, sin darle tiempo a esconderla de él.

- A la ducha, vamos – le dijo él, metiéndole prisa – Tenemos un largo día de trabajo por delante.

Ella le hizo caso, sacando sus cosas de la maleta y perdiéndose nuevamente en el baño.

Sam vio como la puerta se cerraba delante de él, dejándolo solo con sus pensamientos.

Se miró en el espejo del armario. Y trató de decirlo en voz alta.

- Estoy...

Suspiró, callándose lo que guardaba dentro de su corazón. No se atrevía a decirlo. Quizás nunca tuviese el valor para reconocerlo abiertamente.

- Estoy...

Se pegó cuánto pudo al espejo, y se fijó en sus ojos verdes. Esos ojos verdes que habían derramado tantas lágrimas durante esas dos semanas que había pasado con ella. Esos ojos verdes que la miraban enamorado, que no podían evitar quererla, desearla. Esos ojos que habían estado a punto de verla marcharse de su vida para siempre.

Porque ella había querido irse. Había hecho la maleta en cuestión de segundos y le había empujado para hacerle a un lado y poder salir de aquella habitación, de aquella casa que les encarcelaba a ambos Había sido en ese momento cuando él, por fin, se había dado cuenta de sus verdaderos sentimientos.

Lástima.

Ella creía que él sentía lástima por ella. ¡Qué equivocada estaba! Mercedes Jones no había estado tan equivocada en toda su vida.

La quería.

Sam se había enamorado de ella. Lentamente, sin darse cuenta, Mercedes había entrado poco a poco en su corazón para quedarse en él. Para hacerlo feliz con su sonrisa, para hacerlo reír cada vez que ella lo hacía. Para hacer que cada mañana que se levantaba a su lado, diese las gracias a Dios por estar vivo.

Había estado a punto de perderla. Tan pronto como su mano se había hecho con la maleta de Mercedes, él la había lanzado con rabia encima de la cama, cayendo ésta al suelo. Había actuado como un idiota sí, como ella lo había llamado, pero habría vuelto a hacerlo todas las veces que fuesen necesarias. Por Dios, de haber podido hacerlo, habría incluso tirado la maleta por la ventana, dejándola completamente sin nada que poner, para obligarla a quedarse a su lado. Eso si habría sido estúpido por su parte.

Sam se rió, imaginándose la cara que pondría Mercedes si viese su maleta volando por los aires hasta caerse en el estanque. No habría vuelto a hablarle, probablemente, pero él habría tenido que comprarle una maleta nueva con nuevas prendas de ropa, y el hecho de ir de compras con ella otra vez hacía que una sonrisa se formase en su cara.

Atrás había quedado ya su resentimiento hacia ella. Sam la había culpado de aceptar rápidamente la petición de su hermana. Durante un segundo, su orgullo había ganado. Durante un segundo, él había pensado que ella había aceptado para evitar quedarse sola. Su orgullo herido se había hecho presente, reclamándole que esa era la única razón por la que ella lo hacía. Y ella no se lo había negado, no lo había hecho. Él le había hecho daño con sus palabras, pero ella no se había rendido. Había reconocido que él tenía razón, y le había dicho que necesitaba pagarle de alguna forma todo lo que había hecho por ella. Y luego, le había reprochado el no haber aceptado en primer lugar. Y le había gritado que él no deseaba seguir a su lado. Todo por culpa de su estúpido orgullo. Por no reconocer que le dolía más que ella no hubiese aceptado por quedarse a su lado. En ese momento, había estado a punto de perderla. En ese momento lo había entendido.

- Estoy...

Sam cerró los ojos, alejándose del espejo. Volvió a abrirlos, segundos después y armándose de valor, dijo por fin.

- Estoy enamorado.

Sonrió como un tonto, delante del espejo. Tapándose la cara con sus dos manos, asombrado de lo fácil que había sido.

- La quiero.

Sí, la quería, pero ella no sentía lo mismo por él. Su sonrisa se le borró rápidamente, al recordar lo que había pasado esa mañana. La noche anterior habían bebido hasta el punto de acostarse y olvidarse de ello. Recordó la manera en la que ella había reaccionado y como él le había dicho que nada de eso volvería a pasar jamás entre ellos, y algo murió en su corazón. Estaba enamorado de ella y jamás podría besarla de nuevo. Jamás podría acariciarla de nuevo, como lo había hecho la noche anterior. Ni siquiera podría guardar esos momentos en su mente porque ella misma se había encargado de borrárselos.

Y ahora su familia necesitaba su ayuda, la de ambos. Y ellos habían aceptado quedarse, sabiendo lo que ello implicaba. Más mentiras. Más roce. Más tiempo, juntos. Pero ahora, él ya no tendría que actuar delante de su familia, sino de ella.

- Estoy lista – le dijo, conforme abrió la puerta del baño, viendo como la habitación todavía seguía como antes de que ella entrase en el baño – Sam... ¿Se puede saber en qué has empleado tu tiempo?

El chico se hizo el despistado, esperando que ella no volviese a preguntárselo y empezando a recoger las cosas del suelo.

- Deja que te ayude – le dijo, agachándose a su lado, y agarrando una de las camisetas, rozando los dedos de él.

Sam se levantó, rápidamente, agarrando la camiseta y dejándola encima de la silla.

- No hace falta. Puedo yo solo – le respondió, notando como sus mejillas se teñían de rojo y sus orejas las acompañaban.

- ¿Te encuentras bien? Estás rojo – La mano de ella buscó su frente, para comprobar su temperatura – Quizás tengas fiebre. Déjame comprobarlo – Agarró su rostro entre sus dos manos y lo inclinó para poder besarle en la frente, pero él no la dejó.

- Estoy bien. Estoy bien.

Mercedes sostuvo las manos en alto, como si él no se hubiese alejado de ella todavía. Tardó unos segundos en bajarlas de nuevo, a su cintura, mientras observaba como él, nervioso, recogía rápidamente la ropa que quedaba en el suelo.

- Sam... ¿Qué ocurre?

- Tengo hambre – le dijo, finalmente - ¿Bajamos a desayunar?

- Vale.

Ella se encogió de hombros, mientras él ya abría la puerta y le metía prisa para bajar a la cocina.


Samuel Riley se encontraba aún allí, en compañía de Stacy. Ambos habían estado esperando a que Sam y Mercedes bajasen a desayunar.

- ¿Y bien? – preguntó Stacy, nada más entrar su hermano por la puerta.

Sam entró en la cocina, seguido de Mercedes y se dirigió hacia su abuelo para chocarle su mano.

- Parece ser que Dios no quiere que me separe de ti, abuelo.

Stacy corrió a abrazarlo, pero Sam todavía estaba de espaldas, así que se limitó a saltar encima de él, esperando que él la llevase a caballito como cuando era niña.

- ¡Ay! – se quejó Sam, agarrándola con fuerza para que no se cayese.

Mercedes y el abuelo observaron divertidos la escena que ocurría delante de ellos. Sam había comenzado ya a darle vueltas y Stacy no dejaba de gritarle al oído que si no paraba, acabaría vomitándole encima.

- ¡Y yo tendría que ducharme de nuevo! ¡De eso nada!

La bajó, por fin. Y ella los hizo sentarse a la mesa, a la vez que llenaba sus tazas de café con leche.

- ¿Os quedaréis de verdad? – les preguntó, mientras ocupaba su sitio en la mesa.

Sam miró a Mercedes antes de responder.

- Solo hasta que papá se recupere.

Samuel Riley le guiñó un ojo a su nieta, dándole a entender lo orgulloso que estaba de ella. Y Stacy le respondió con una sonrisa, observando feliz, como su hermano por primera vez se quedaría con ellos durante un largo tiempo.


- ¿Qué hacemos ahora? – le preguntó Mercedes, una vez habían acabado de desayunar y salían ya hacia la granja.

Él se detuvo un momento, mirándola fijamente. Luego, le respondió con toda sinceridad.

- No tengo ni idea.

Trató de aguantar las ganas de reír, pero la risa contagiosa de Mercedes le obligó a acompañarla.

- No me lo puedo creer – Le dijo, tapando la boca con su mano, tratando de detener su escandalosa risa.

- ¿Qué pasa? Yo no trabajo aquí, ¿recuerdas? ¿Por qué tendría que saberlo?

- Supuse que te acordarías. Pasaste dieciocho años de tu vida aquí, ¿no?

Él se quedó callado, durante unos segundos.

- Bueno, sí. Pero todo ha cambiado mucho.

Stacy pasó por su lado, sin detenerse.

- ¡Que es para hoy! – les dijo.

- Espera, Stace. ¿Qué vas a hacer? – le preguntó su hermano, corriendo detrás de ella.

- ¿Yo? Pues...

Los chicos la miraron, esperando su respuesta.

- Voy a abrirle al ganado para que salga a los prados. ¿Qué pensabais que iba a hacer?

Sam y Mercedes se miraron, como si una bombilla se hubiese encendido en sus cabezas.

- Eso mismo – dijeron los dos a la vez.

Stacy se echó a reír, dándoles la espalda y apresurando nuevamente el paso.

- ¿Venís o no? – dijo, sin mirar atrás.

Ellos la siguieron por fin, tratando de no pisar los charcos de agua que había por el camino. Al parecer, la noche anterior había llovido.

- Mercedes... te dejo mis botas – le dijo Stacy, una vez habían llegado al cobertizo – No sé si sean de tu número, pero al menos no te harás daño con esos zapatos. Sam, tú puedes ponerte las de Scott.

La sonrisa que reflejaba su rostro se le borró rápidamente.

- ¿Las de Scott? – preguntó, conteniendo una mueca de asco.

- Venga. Le diré a Mary Ann que os compré unas nuevas, pero por ahora, esto es lo que hay.

A regañadientes, los chicos se cambiaron el calzado, poniéndose también los calcetines que guardaban en uno de los armarios del cobertizo.

- Al menos los calcetines son nuevos – se rió Sam.

Stacy ya se marchaba de nuevo, cuando Sam la detuvo.

- Me falta algo – le dijo, señalando su cabello rubio.

- ¿Te refieres al Stetson?

El chico asintió con la cabeza, mientras Mercedes le miraba, dudosa.

- El sombrero – le aclaró Stacy.

- El sombrero...

Mercedes vio como Stacy hurgaba en el fondo del armario, para sacar un sombrero marrón y desgastado con una cinta de cuero alrededor de un tono marrón oscuro. Sam se lo puso rápidamente, mirándola y levantando las cejas en tono seductor.

- ¿Qué tal me queda? – le preguntó.

- Estás muy guapo.

Y de verdad lo estaba. Con su camisa de cuadros azules y rojos por encima de su camiseta blanca, sus vaqueros desgastados y las botas. Y el sombrero... Parecía un auténtico vaquero. Ahora sí.

- Te faltan las espuelas – se rió su hermana.

- Muy graciosa, Stace.

- Venga, va. Que he perdido un día de clase para esto. ¿Venís o no? – Repitió de nuevo.

- Vamos, vamos.


- A todo esto, ¿Dónde está Mary Ann? – preguntó Sam, una vez, habían abierto ya al ganado y llenado sus bañeras de agua.

- Se fue al pueblo muy temprano. Aún no sabe lo de papá.

- ¿No debería haber vuelto ya? Es casi la una y media.

- ¿Ya tienes hambre? – Stacy se rió, mientras les acompañaba a la granja para explicarles lo siguiente que tendrían que hacer.

- Me extraña que se lo preguntes – dijo distraída, Mercedes – Tu hermano siempre tiene hambre.

- Eso es verdad – Abrió el portal y les dejó pasar adentro – Tened cuidado por donde pisáis.

Ambos miraron al suelo, intentando no pisar ninguno de los restos que el ganado había dejado la noche anterior.

- Hay que sacar la paja vieja y ponérsela nueva – le explicó a su hermano - ¿Esto si lo recuerdas, verdad?

Sam la miró, disgustado.

- Es por esto por lo que me largué con mi camión – les dijo.

- Me lo suponía – Stacy arrancó a reír y Mercedes no pudo evitar hacer lo mismo.

- Yo puedo hacerlo – dijo Mercedes, agarrando la horca que habían dejado en una esquina y comenzando a hacer el trabajo.

- De eso nada – le dijo él, quitándole la herramienta de las manos, dejando de paso a su hermana alucinada – Ya lo hago yo.

A pesar de los años que había mantenido lejos de la granja, la habilidad para el trabajo, todavía residía en él.

- ¿Por qué no le ayudas a Stacy a hacer la comida? – le preguntó Sam, mientras secaba una gota de sudor que resbalaba por su mejilla izquierda – A fin de cuentas, Mary Ann aún no ha vuelto.

- Y tú tienes hambre... – Mercedes acabó la frase por él.

- Exacto.

Ella la miró, esperando su aprobación.

- Claro. Me vendría bien algo de ayuda – respondió Stacy, llevándose ya consigo a su novia – Sam, después de que acabes aquí, acuérdate de darle de comer a los caballos.

- Claro – dijo él, volviendo al trabajo.

- Y...

- ¿Qué? – preguntó él, deteniéndose de nuevo.

- Dale de comer también a las gallinas.

- Vale, ¿Algo más? – El chico se apoyó en el mango de la horca, esperando su respuesta.

- La comida de las gallinas está en el saco que tenemos al lado del armario del cobertizo. Dales solo una lata, ¿vale? Solo una lata. No hagas como la última vez.

- ¿Qué hizo la última vez? – quiso saber Mercedes.

- Las empachó.

- ¡Jesús! – exclamó, su novia.

- No fue así – protestó su hermano – Tú ni siquiera habías nacido, Stace. No sabes como ocurrió.

- Mary Ann me lo contó.

- Claro... Mary Ann.

- Y Scott. Scott también me lo contó.

- No entiendo nada – dijo Mercedes, llamando su atención - ¿Qué fue lo que pasó?

- Simplemente, no quería que Alita pasase hambre – dijo Stacy, recibiendo una mirada asesina por parte de su hermano.

- ¿Alita?

- Su gallinita – le explicó la chica.

- ¿Le pusiste de nombre Alita a una gallina? – Mercedes intentó no romper a reír, pero era imposible, visto el panorama.

- Tenía cinco años – protestó él.

- Dios mío... – se llevó una mano a la boca para detener sus risas, pero Stacy a su lado, no hacía nada para no reírse.

- No te rías – le pidió – Se murió por mi culpa. Bueno, no solo ella.

- Lo siento – le dijo, acercándose a él y besándole en la mejilla.

- No lo sientas. Mamá la hubiese matado de todas formas – les dijo la chica.

- ¡Stacy! – le gritó su hermano.

- ¿Qué? Es la verdad. Al menos Alita murió feliz. Ella y todas las demás.

- En eso tiene razón, Sam. Les diste una muerte agradable – dijo Mercedes, haciendo que él cerrase los ojos y negase con la cabeza.

- ¿Vienes, Mercedes? – le preguntó Stacy, abriendo de nuevo el portal.

- Claro – respondió ella, lanzándole un beso en el aire a su supuesto novio.

Él lo recibió y lo guardó en su bolsillo antes la atenta mirada de su hermana.

- Dales solo una lata, Sam. Recuérdalo.

- Que sí, pesada.

Cerraron el portal, dejándolo solo y más perdido que nunca.


Para cuando había acabado de echarle de comer a los caballos, a las gallinas y a todos los bichos de la granja, su familia ya le esperaba sentada a la mesa. Todos menos su padre, que al parecer, el médico le había ordenado reposo absoluto y Scott y Steve le habían subido a su habitación.

- ¡Por fin! Y ésta es la ayuda que vamos a tener en la granja... – habló Mary Ann, mientras todos resoplaban en la mesa - ¿Has dejado alguna gallina viva?

Sam no le respondió, se limitó a sentarse al lado de su supuesta novia. Y estiró su mano para agarrar la fuente de la comida. ¡Macarrones con queso! ¡Estupendo!

No bastaba con tener que actuar delante de ella para que no se diese cuenta de que la quería, tampoco bastaba con tener que actuar delante de su familia haciéndoles creer que de verdad lo hacía. No. Ahora tenía que comer su plato favorito delante de ella, cuando le había dicho claramente que odiaba el queso. ¿Por qué todo tenía que ser tan difícil?

- Hueles asquerosamente – le dijo su hermana, tapándose la nariz – Yo que tú ni me acercaba a él, Mercedes.

Sam abrió la boca, alucinado. Aunque debería haberlo sabido. Así era su hermana, dulce y agria a la vez. Nunca sabías que personalidad le tocaba ese día.

- Huele a hombre – dijo Mercedes en voz alta, mirándola fijamente como si quisiese asesinarla, llamando la atención de todos.

Las mejillas de Sam se tiñeron rápidamente de rojo, ganándose una nueva burla por parte de su hermana. Observó a Mercedes que ahora le miraba fijamente y deseó perderse debajo de la mesa donde nadie pudiese encontrarlo. Disimular nunca había sido lo suyo, pero tener que hacerlo delante de su familia cuando en realidad no debía, no era nada fácil. Para ellos, Mercedes era su novia, por lo que debía actuar como tal. Solo que en realidad no lo era, por lo que debía disimular delante de ella misma todo lo que le hacía sentir. ¡Acabaría volviéndose loco!

- Límpiate la baba, hermanito.

- Mary Ann – la llamó su madre – Come y calla.

Scott rompió a reír al lado de su hermana, provocando que ésta le diese un pisotón en su pie derecho.

- ¡Qué mal humor, Mary Ann! ¿No acabó bien la noche de ayer para ti? – Su hermano mayor trató de sacarla de sus casillas, aún sabiendo que como resultado recibiría un bofetón de su madre. Pero no lo hacía por maldad, solo trataba de apartar la conversación hacia ella. Había notado como su hermano pasaba de la palidez extrema a la rojez suprema en dos segundos y eso solo indicaba que necesitaba su ayuda cuánto antes.

- Scott, que te doy... – le dijo su madre, tal y como había pensado que haría.

- ¿Podemos tener una comida normal? Ya sabéis, como las familias normales – les preguntó Stacy.

- ¿Nosotros? Cariño, eso no pasará nunca – le respondió su abuelo.

Mercedes y Sam se miraron de reojo durante un segundo, antes de seguir degustando el contenido de su plato. Nadie volvió a hablar durante la comida. Todos se habían quedado callados como si quisiesen demostrarle a Samuel Riley lo educados que podían llegar a ser.

Después, mientras Stacy ayudaba a su madre a recoger la mesa y su abuelo les abandonaba para ver en el comedor el Ranger de Texas, Scott y Mary Ann salieron al exterior para explicarles cuáles eran las tareas de la tarde.

Dave ya estaba allí, limpiando las caballerizas. Mary Ann pasó por su lado de camino al cobertizo, sin detenerse apenas. Él tampoco la miró, todo había quedado más que claro entre ellos.

- La tensión sexual se puede cortar con un cuchillo, ¿eh? – les preguntó Scott a Sam y Mercedes.

Ellos lo miraron asustados por unos segundos. Un momento... ¿A quiénes se refería?

Scott al ver sus caras, señaló a Dave rápidamente.

- Dave y Mary Ann. La tensión sexual... ¿Lo pilláis? – dijo divertido.

Sam y Mercedes se miraron el uno al otro y luego le miraron a él, tratando de sonreírle a modo de respuesta.

- ¿Qué os pasa, chicos? ¿Mala noche? ¿Resacón en Las Vegas? – Scott no podía parar de reír, y sus caras de circunstancia tampoco le ayudaban. – "Resacón en las Vegas" es una película – les explicó.

Sam resopló, cansado ya de escucharlo.

- Sabemos que es una película, Scott. Y estamos bien, no te preocupes.

- No lo parece, en serio. Pero bueno, mejor me callo. Antes de que aparezca mamá y me arree de nuevo. Y vamos ya, o será Mary Ann la que lo haga.

Siguieron su camino hasta el cobertizo donde se cambiaron nuevamente de calzado y Sam se hizo de nuevo con su Stetson. Mercedes reprimió una de sus risas, al ver lo contento que se ponía cada vez que se colocaba su viejo sombrero. Para nada parecía un chico que amaba la carretera y odiaba el campo.

- ¿Dónde os habíais metido? – preguntó su hermana, cabreada.

- Estábamos hablando con tu novio – le dijo Scott, burlón.

- Yo no tengo novio.

- De ahí tu mal genio, hermanita – Scott le echó la lengua, sacándola de sus casillas.

Sam se interpuso entre ellos, evitando que su hermana le pegase.

- ¿Queréis estaros quietos? Sois los mayores y os comportáis como niños de cinco años.

Sus hermanos se relajaron, un tanto avergonzados, y rápidamente, hicieron como si no hubiese ocurrido nada.

- Mientras nosotros recorremos los prados, podríais familiarizaros con los caballos. Vais a necesitarlos para ir de un lugar a otro – les explicó Scott.

Mercedes miró a Sam y luego de nuevo a su hermano.

- ¿Caballos? ¿Tenemos que montar?

Sam vio el terror en su mirada, provocando que se moviese a su lado e intentase tranquilizarla.

- No te preocupes. No es difícil, en serio. Yo te enseñaré – le dijo, rozando su hombro con su mano izquierda.

Mercedes dio un salto hacia atrás, escapando de su roce y de la descarga que hacía mucho que no sentía.

- ¿Qué ocurre? – le preguntó Scott, asustado.

- Nada. Es solo que... me ha dado una descarga – aclaró la chica.

Sam la miró a ella y luego a su mano. Hacía tanto que no sufrían esas descargas. Tanto tiempo que ya se habían olvidado de ellas. Y cuando menos se lo esperaban, ahí estaban de nuevo.

- Pura química – oyeron decir a Mary Ann.

Todos, incluido Scott, la miraron alucinados. Mary Ann había hablado y no había dicho nada hiriente. Todo un logro.

- Lo que sea – les dijo Scott, empujando a su hermana para que se moviese ya – Quedaos con los caballos. Podéis montar en el que queráis, excepto en Furia.

- ¿Por qué? – quiso saber Sam. Había montado en esa yegua infinidad de veces y jamás le había sucedido nada malo.

- Tú no lo hagas – le repitió Mary Ann.

Sus hermanos les dejaron solos, por fin. Y ambos emprendieron su camino hacia el cercado donde los animales estaban.

- Así que vas a enseñarme a montar – le dijo Mercedes, burlona.

- ¿Va con doble sentido?

- Muy gracioso, Sam. Lo digo en serio, espero que sepas montar a caballo y no sea otra de tus mentiras. Recuerda lo que pasó en la pista de patinaje.

Lo recordaba perfectamente. Ambos se habían caído a la vez y él había tratado de besarla. Como consecuencia, ella se había apartado antes de que él lo consiguiese, acabando así con las esperanzas de que algún día su sueño de besarla se hiciese realidad.

- No sabía patinar, lo reconozco. Pero sé montar a caballo. De verdad que sí, y no tardaré en demostrártelo.

- Miedo me das – le dijo ella, siguiéndolo hasta la puerta del cercado.

- No lo tengas.

Entraron en el cercado, agarrando una de las sillas de montar que había en una de las vallas y se dirigieron hacia donde los caballos se encontraban.

- Ahí estás – dijo él, rápidamente – Mercedes, te presento a Trueno, Furia y Lily. Trueno es el negro que ves allí, él que tiene las patas blancas como si tuviese calcetines.

Mercedes giró la cabeza a un lado para ver como el caballo que él le había señalado, se encontraba bebiendo junto al barreño de agua.

- Ésta es Lily. Es la más joven. Tiene año y medio, creo recordar. Y esa de ahí es Furia.

La chica se quedó mirando a la yegua que pastaba tranquilamente en el medio del cercado. Al parecer, los hermanos de Sam debían haberle echado hierba hacía poco y el animal se estaba poniendo las botas con tanta comida.

- Allá vamos – dijo él, dirigiéndose hacia donde la yegua estaba.

- ¿Adonde crees que vas? – le preguntó, corriendo a su lado para detenerlo.

- Voy a montarme en ella.

- No. No vas a hacerlo – le respondió la chica, tirando de su camisa y sacándole de paso, la camiseta de dentro de los pantalones – Ups. Lo siento.

Mercedes le soltó la camisa y él, luego de dejar la silla sobre la paja seca, llevó sus dos manos hacia atrás para colocarse de nuevo la camiseta, dejándole ver parte de su espalda en el proceso. Sus dedos se pelearon con la tela, durante unos segundos, casi consiguiendo que ella se animase a ayudarle. Mas no lo hizo, y él terminó de colocarse la prenda y emprendiendo nuevamente su camino.

- ¡Sam! ¡Te dijeron que no te subieses en Furia! – Ella lo siguió, tratando de hacerlo entrar en razón. Cosa de por sí, imposible.

- Lo he hecho miles de veces. No te preocupes tanto – le dijo, decidido.

- ¡Sam! ¡No lo hagas!

Ella intentó tirar de él, de nuevo. Pero esa vez no lo logró. Sam ya se disponía a colocar la silla encima de la yegua.

- ¡Por Dios! ¡Sam! ¡No tienes que demostrarme nada! ¡No te subas!

Y no lo hizo.

La yegua sintió como el chico trataba de colocar la silla sobre ella y como respuesta, se levantó apoyándose en las patas de atrás, tirándola lejos y provocando que Sam perdiese el equilibro y cayese de culo en el charco que tenía detrás de él. Furia relinchó, bajando las patas casi a punto de pisarlo, y luego escapó a la carrera, dando coces en el aire.

- ¡Dios mío, Sam! – Mercedes se agachó rápidamente, comprobando su estado y esperando que él no se hubiese hecho daño.

- Estoy bien, estoy bien – dijo rápidamente él, avergonzado de lo que le había pasado. Había subido en esa yegua millones de veces, ¿tenía que elegir precisamente ese día para ponerse terca?

- Te dije que no lo hicieses – Le respondió Mercedes, imitando a su madre cuando le regañaba siendo un crío.

- Ya lo sé – respondió, malhumorado, tratando de levantarse del charco. Tenía los pantalones completamente mojados, sin embargo su camisa seguía tan seca como sus botas. Literalmente, había caído de culo al charco.

Mercedes trató de aguantar la risa, en vano. Se tapó la boca con la mano como último recurso, pero la cara de pocos amigos con la que él la miraba no ayudaba.

- Estás hecho una piltrafa – Ya no pudo contener las risas por más tiempo, ni aún viendo como él la miraba con ganas de asesinarla.

- Calla y ayúdame a levantarme, anda – le pidió, levantando su mano y esperando a que ella lo hiciese.

- De eso nada. Estás perfecto ahí – le dijo, divertida.

Ya no llevaba sombrero. Lo había perdido en el momento de la caída y ahora los rayos de sol iluminaban su pelo rubio.

- No seas malvada, Mercedes. Yo solo no puedo – le pidió de nuevo, poniéndole cara de pena.

- Está bien – dijo, tendiéndole la mano, con toda su buena intención.

Pero él no tenía esa misma intención, y en dos segundos, Mercedes se vio arrastrada al suelo con él. Cayéndole encima y sintiendo como sus rodillas se mojaban con el agua sucia del charco.

- ¡Idiota! – le dio tiempo a gritar, antes de que él la hiciese rodar para que ella también se mojase por completo.

Mercedes no perdió el tiempo y les hizo rodar un metro fuera del charco, poniéndose a horcajadas sobre él y tratando de levantarse. Pero Sam no la dejó, haciéndoles rodar de nuevo unos metros y encontrándose ya con la paja del cercado.

No supieron como sucedió, ni quién fue el que dio el primer paso, pero sus labios se buscaron, uniéndose en un beso torpe, mientras ellos seguían rodando sobre la hierba seca que tenían debajo.

Sam estaba encima de ella, y al segundo siguiente, ella lo estaba. Y así siguieron besándose y rodando sobre la paja hasta que chocaron, por fin, con el barreño de agua donde los caballos bebían.

Allí, ella se detuvo encima de él, provocando que Sam la apretase más contra sí con sus fuertes brazos por miedo a que ella se soltase, mientras sus bocas se probaban la una a la otra. Tomando impulso, la hizo rodar en dirección contraria, para poder quedar encima de ella. Deteniendo así el beso y observándola fijamente, mientras trataba de respirar con normalidad. Mercedes vio como él dirigía su mano a su pelo negro, al parecer una hierba se había pegado a él, y Sam trataba de sacársela.

Él rozó con la hierba la diminuta nariz de la chica, haciéndole cosquillas y provocando sus risas al mismo tiempo y luego, dejó la hierba a un lado, para observarla reír.

Fue en ese momento, cuando ella le agarró del cuello y le atrajo hacia sí, para besarle de nuevo, mientras Sam no perdía el tiempo y buscaba ya su piel por debajo de la camiseta.

Sin embargo, Mercedes no se lo permitió. Las manos de ella le apartaron, provocando que Sam soltase un gruñido como queja. La cuál olvidó rápidamente, cuando ella le permitió que sus lenguas se encontrasen por fin. Él jugó con su lengua y con sus labios, hasta que el oxígeno volvió a ser necesario para ellos. Entonces, dejó de besarla, y atacó su cuello sin demora. Y su mandíbula. Y sus mejillas. Y su nariz.

Pero ella quería que él jugase de nuevo con su boca, así que le hizo rodar de nuevo, quedando encima de él y probando de nuevo sus labios y su lengua, mientras que él apretaba su trasero y le mostraba por fin su excitación escondida dentro de sus pantalones.

- ¿Lo pasáis bien, tortolitos?

Los chicos se detuvieron y Mercedes se levantó como un resorte, tratando de arreglar rápidamente su pelo y sus ropas. Sin mirar a ninguno de ellos, salió corriendo de allí como alma que llevaba el diablo.

Sam trató de levantarse solo, pero su hermano Scott apareció delante de él, tendiéndole la mano para ayudarlo.

- Ay, hermanito. Estás hecho una mierda – le dijo, mientras le ayudaba a levantarse – Necesitas una ducha... y no solo para quitarte ese barro de encima.

Sam se fijó en la trayectoria de la mirada que su hermano le lanzaba. Por supuesto que sabía a qué se refería. Scott no podía haber llegado en peor momento ni aunque lo intentase.

- Cuando os dije que podíais practicar la monta, no me refería a entre vosotros – se rió divertido.

- Cállate, Scott – le respondió Sam, intentando no asesinarlo con la mirada. Se dio la vuelta, dispuesto a salir ya de allí.

- Sam...

- ¡¿Qué? – chilló, asustando por un segundo a su hermano mayor.

- Te dejas el sombrero – le recordó Scott, tomándolo del suelo y acercándoselo – Puedes taparte con él – le dijo, guiñándole un ojo.

Pero su hermano no le respondió. Agarró el sombrero con rabia, como si fuese a arrancárselo de las manos y salió de allí, tan rápido como lo había hecho Mercedes.


¿Qué os ha parecido? :) ¿Ha estado a la altura? ¿Esperabais más? ¿Os ha gustado? ¿Me queréis tirar tomates o cualquier fruta que tengáis a mano? :P Hacédmelo saber en un review. Me encanta leeros. :) Y nuevamente, nos vemos el próximo domingo.

La canción que da título al capítulo es "El color de tu piel" como siempre, del grupo "La Guardia"

¡Hasta el domingo que viene!

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