Movies » Alice in Wonderland, 2010 »

Una maravillosa y loca idea
Author:
Pyb World PM
"¿Podrías quedarte, aquí, conmigo?" A pesar de saber la respuesta formuló la pregunta. Él solamente tenía la vana esperanza de que ella se quedara, sin tomar en cuenta que la decisión la tomaba el destino.
Rated: Fiction T - Spanish - Tragedy/Angst - Alice K. & Mad Hatter/Tarrant Hightopp - Chapters: 7 - Words: 10,657 - Reviews: 5 - Favs: 8 - Follows: 3 - Updated: 09-02-12 - Published: 05-13-12 - Status: Complete - id: 8114739
A+  A-   Full 3/4 1/2 Expand Tighten

Disclaimer:Nada me pertenece, todo es de Tim Burton y Lewis Carroll.


Mentiras


—Cuéntame lo que has hecho este último año, Sombrerero.

—Ah, muchos sombreros, millones de ellos y luego te esperé en esta misma mesa de té, por cierto, es una genial mesa de té, la más grande y llena de teteras —respondió tomando la taza con cubos de azúcar y echándose una a su taza de té, de la cual salía un poco de humo inocente indicando que estaba caliente.

Alice se sentía mal por no decirle toda la verdad, ver como sus ojos, antes de un verde brillante, iban perdiendo ese especial don de alegrar a los que lo rodeaban, ahora, al verlos, no pudo más que presenciar la soledad y desesperación en ellos, como si una nube cubriera todo lo hermoso. Y ella quería decirle, lo anhelaba, pero no podía arruinar su vida de ese modo, hacer que dejara Submundo para acompaña a Londres. La Reina Blanca le había posibilitado esa idea, pero ella se negó sabiendo que no era bueno cambiar el destino del oráculo y porque él en el otro mundo no sobreviviría.

—Estoy pensando en cosas que empiezan con la letra M —dijo el Sombrerero sacándola de sus pensamientos.

Alice sonrió.

—Yo igual —admitió creando una silla fantasma y sentándose en ella a la derecha del Sombrerero, no se apoyó en la mesa, a pesar de que lo materias sin vida si eran táctiles para ella—. Maldición.

Tarrant, esa sonrisa que había parecido perdida con el tiempo.

—Muchosidad.

—Mantas.

—Mercurio.

El rostro de Alice se ensombreció.

—Mentira.

El Sombrerero, al captar su mirada triste, se preocupo, quiso tocarla pasa consolarla, pero su mano atravesó el aire donde se supone que iba a estar su brazo. La sensación fue horrible, por lo que retiró su mano con brusquedad y la miró como si le hubieran pegado. Él sintió como su corazón nuevamente se estaba volviendo inestable, pero aguantó el dolor e hizo un esfuerzo por mantener los pedazos juntos. No era apropiado derrumbarse en frente de Alice.

Ella, por otro lado, viendo como él trataba de no verse débil, se odió más de lo que alguna vez pudo haberse imaginado, esto le recordó vagamente a cuando él le había contado casi inconscientemente la destrucción de su clan a manos de la Reina Roja, la Sota y el Jabberwocky. En ese entonces lo había visto tan perdido y triste, una persona que se había vuelto loca por su trabajo y por la destrucción de lo que más amaba.

Lágrimas. Eso era lo que le quedaba a ella de la vida, las lágrimas para desahogar sus penas, lágrimas que había derramado por dos años completos en Londres cuando se percató de que el agujero del conejo no estaba, que su vida en el Submundo había llegado a su fin y que no podría decirle a nadie que estaba bien, en cierta forma. Esos años esperando una señal para poder decirles, hablar con el Sombrerero. Entonces fue cuando se quedó dormida pensando en el País de las Maravillas y apareció al lado de la Reina Blanca como un alma que vagaba buscando su destino.

Fue cuando Mirana le contó todo, la poción, lo que había pasado en el Submundo y la vida del Sombrerero, como poco a poco se iba destruyendo.

—Alice…

—No.

Tarrant guardó silencio, sin comprender por qué ella lloraba. Él era el que estaba vivo, y ya había vivido dos veces la experiencia de ser el que sobrevive como para pensar que entre el muerto y el vivo el segundo se llevaba la peor parte.

Ella lo miró fijamente, las lágrimas hacían brillar sus mejillas y desaparecían cuando salían de su cara. Se levantó de la silla fantasma, la cual se disolvió como si se la llevara el aire.

—No puedo seguir con esto —exclamó mientras caminaba de un lado a otro de la larga mesa de té. Tarrant solo la miraba, sintiéndose impotente por no poder hacer algo para que dejara de sufrir. No le importaba que solo fuera un juego de su imaginación— ¡No puedo!, me está dañando y a ti también —dejó caminar de un lugar a otro y se acercó a Tarrant—. Lo siento, me tengo que ir… Pero volveré, te lo prometo.

Antes de que él pudiera reclamar o incluso abrir la boca, ella desapareció al igual que la silla. El Sombrerero extendió la mano al vacío a su lado esperando que su mente dejara de pasarle esa mala pasada. Nada sucedió, ella no volvió y él se quedó solo nuevamente en la mesa de té, con una taza de té fría por tanto esperar.


—Alice ¿Estás segura? Ya sabes lo que ocasiona que bebas esa pócima: un día en Submundo, una semana en el otro lado y sin recordarnos, todo hasta que se pasen los efectos. En estos momentos estás alterada, toma asiento, por favor, y dime, qué es lo que pasó, de principio a final —Mirana se sentó en una de las sillas blancas que estaba en la cocina y Alice hizo lo mismo con su asiento fantasma que nuevamente había creado.

Le contó todo, absolutamente todo, sin dejar escapar el menor detalle y la Reina le escuchó, sin moverse, sin reírse. No interrumpió en ningún momento, sus ojos estaban completamente concentrados en el alma de la muchacha, y, cuando esta hubo terminado, lo primero que hizo ella fue procesar todo con lentitud, viendo las ventajas y las desventajas para sus amigos, después de todo estaba en contra de sus votos matar a cualquier criatura viviente, por eso no estaba segura de que si les ayudaría sí o no que le pasara esa pócima a Alice.

Finalmente se decidió.

Se levantó y cogió la pócima que estaba sobre la mesa que se encontraba en el centro de la sala. Era un pequeño frasco, con un líquido espeso de color negro dentro, delatando que era altamente peligrosa, algo que pasó desapercibido para Alice, quien solo pensaba en llegar pronto donde el Sombrerero y tomar de esta para que él fuera feliz.

—Úsala con respeto, las pócimas se ofenden con facilidad si las desperdicias y hacen que tengas problemas con cosas que no quieres conocer, como el tiempo, el presente, pasado y futuro así tanto como a la propia muerte que no le gusta ser despistada de lo que es el trabajo de su vida —advirtió.

Alice asintió con la cabeza, tomando el frasco con seguridad de las manos de la Reina Blanca, miró con contenido con detenimiento, pensando en las palabras de Mirana. Sí, esto era lo que ella quería. Iba a desaparecer pero la Reina habló antes de que ella tuviera oportunidad.

—Tienes en mente que una semana en Londres es diferente al tiempo aquí —dijo ella suavemente, acercándose a Alice—. Si desapareces mucho tiempo, el oráculo puede cambiar y el Sombrerero puede que muera. Ya lo viste, y te juro que es peor cuando no estás. Siempre esperándote, con eso deja de comer y hace sombreros, esperando que vuelvas.

Alice sintió cómo las lágrimas nuevamente le escocían los ojos. Aguantó los sollozos y con toda la muchosidad que pudo, miró a Mirana con seguridad.

—Lo sé… al parecer tendré que explicarle algunas cosas —respondió volviendo a mirar el frasco en su mano, el pelo tapándole la cara.

Desapareció, haciéndose humo, dejando Marmoreal en unos segundos y luego apareciendo frente a la mesa de té, la cual no tenía un Sombrerero pero sí una taza de té fría. Mallymkun estaba, saliendo de una tetera y caminando por la mesa, hasta que vio al fantasma de Alice y sacó su alfiler para protegerse. Los bigotes le temblaron y las orejas se aplastaron contra su cráneo, dio uno pasos en su dirección, sin reconocer a la rubia que los había salvado de la tiranía de la Reina Roja. La Lirón terminó sobre una silla con libros y con su alfiler apuntando directamente a Alice.

—¿Dónde está el Sombrerero? —preguntó Alice.

Sus dedos jugaban nerviosamente con el frasco.

Mally, al darse cuenta de la voz nerviosa, se acordó de haberla escuchado en otro lugar, hace un año. Parpadeó, al mismo tiempo que despegaba las orejas de su cráneo y dejaba caer de la impresión su alfiler, haciendo que éste callera en el pasto bajo la silla con libros. Fue entonces cuando recordó la expresión del Sombrerero cuando ella había llegado.

—¡Qué le has hecho! —chilló, notablemente molesta— ¡Cuando llegué el Sómber estaba mal, incluso más de lo que había estado en el año entero! —saltó de la silla al piso y se acercó amenazadoramente a Alice. La furia hacía brillar sus grandes ojos negros.

—Necesito verlo ahora.

—No me interesa lo que necesites.

—Por favor, esto es por él. Créeme —suplicó Alice, se arrodilló junto a la Lirón—. Por favor.

Mally suspiró, a pesar de que no deseaba ver a su amigo Sómber sufrir así, al parecer no había otra opción, después de todo Alice siempre hacía lo que quería y lo que anhelaba en esos momentos era verlo. Lo que daba lo mismo, si ella no se lo decía Alice recorrería todo Submundo para buscarlo por días y días. El resultado iba a ser diferente solo en grados de dolor.

—Está en la casa.

Ella sonrió levemente.

—Gracias —agradeció y corrió en dirección a el molino reconstruido que tiempo atrás fue hogar de la Liebre de Marzo, pero ya no era muy utilizada, al menos eso ella pensaba, puesto que el Sombrerero tuvo las llaves como para poder entrar en ella.

La puerta estaba abierta, ni siquiera se había molestado en cerrarla un poco, esta era de color negro y algo retorcida, la manilla, por otro lado, era de oro puro, ella lo reconocería en cualquier parte. La casa, a pesar que por fuera era una belleza, el panorama cambiaba adentro, puesto que estaba todo cubierto por una capa fina de polvo, una que otra telaraña y unas cosas rotas, pero estas últimas habían sido nuevas, ya que el polvo fue retirado donde habían tenido contacto con una mano y se podía ver uno que otro paso en el suelo. No había luz, por lo que el lugar era lúgubre y siniestro. Parecía que los fantasmas se paseaban por esa casa, en forma de memorias, y artilugios.

—¿Sombrerero? —susurró Alice.

No tardó mucho en encontrarlo, estaba en la misma sala, no muy lejos, pero la poca luz que entraba por la puerta no lo iluminaba además de que estaba echo un ovillo mientras sus brazos le abrazaban, tratando de mantenerse en una sola pieza. El polvo estaba en su ropa desordenada tanto como en el sombrero y su pelo anaranjado. Temblaba notablemente, mientras sus sollozos eran ahogados una vez más en su vida, y siempre por ella. No levantó la cabeza cuando escuchó que lo llamaban, y era tantas las voces que lo llamaban que no interceptó bien de quién era la voz.

—Soy Alice…

—No, no puedes ser Alice —la interrumpió, aún sin mirarla—. Ya ves, ella me dejó, a ella le encanta dejar a las personas, pero no importa. Muy muchosa, esa es la Alice que conozco, es traviesa y curiosa. Muchosa. Sí, sí. Es por eso que la amo, es diferente. Si no fuera ella por quedarse entonces no la podría amar ¿no es así? Ella es traviesa…

Antes de que él digiera una palabra más para lastimarla sin saber, ella bebió del frasco rápidamente y cuando sintió que era ella de nuevo, lo besó. Tarrant, por su parte, lo había tomado desprevenido, pero una vez pasado el sobresalto le correspondió pasando las manos por su cintura y atrayéndola a él. Ella pasó los brazos por su cuello y se acomodó sobre el Sombrerero.

—Te amo —murmuró Tarrant separando unos minutos sus labios antes de volverlos a juntar.

Afuera, en la mesa de té, Mally supo que era momento de ir a Marmoreal.


Bueno, aquí el último capítulo. Tal vez haga después una secuela. Espero que les haya gustado.

Favorite : Story Author   Follow : Story Author

  .    .