
A Camus de Acuario se le ha encomendado una misión muy difícil: cuidar al perro de su novio. Camus/Milo.
Rated: Fiction K - Spanish - Humor/Romance - Camus & Milo - Chapters: 5 - Words: 50,466 - Reviews: 21 - Favs: 13 - Follows: 3 - Updated: 11-10-12 - Published: 08-12-12 - Status: Complete - id: 8421167
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Templo de Leo: 0:00.
Los santos despertaron al dueño de la quinta casa con su bulliciosa llegada. Aioria, sobresaltado por unos potentes ladridos, caminó hacia la ventana de su habitación y sin encender la luz se asomó a la ventana. Casi se cae de espaldas cuando vio al grupo de santos.
¿Qué hacían allí a esas horas?
El santo se recompuso de la sorpresa y examinó con la vista al grupo hasta dar con su hermano. Aioros sostenía su guitarra y con voz autoritaria trataba de poner orden. Entonces lo supo: ¡se trataba de una serenata!
¿Pero una serenata de su hermano?
Con la emoción contenida en cada poro, miró con más atención y reconoció a Kanon.
"No puede ser… ¿Acaso ese tonto está pensando…? ¿Esta borracho o qué?"
Volvió a mirar entre las ventanas y en uno de los guitarristas se le hizo muy parecido a cierto santo.
"¿Camus de Acuario…? ¿Pero qué demonios? ¿Y ese no es el perro de Milo? ¡Y Aioros! ¿Qué se supone que hace entre esos borrachos?"
A Aioria casi le da un calambre al cerebro de tanto coraje. Simplemente no podía creerlo.
Pero mientras esto sucedía dentro de la casa, afuera los cinco santos acordaban los últimos detalles de su gran actuación. Primero habían elegido cuidadosamente la canción que Kanon iba a cantar, luego le recomendaron un par de frases para antes y después, y ya al final le preguntaron si estaba nervioso.
—Apenas y puedo respirar —respondió el gemelo, muy pálido.
—Kanon, piensa que detrás de esa ventana está el hombre de tu vida —le dijo Aldebarán—. Sólo imagínalo de pie detrás de las cortinas esperando tu declaración en forma de canción.
—Que poético nos resultaste, Alde —rió Aioros—. Pero bueno, supongo que tienes razón.
Aioros se acercó a Kanon y le dio una palmadita en la espalda.
—Sólo haz lo tuyo, Kanon. Piensa que no tienes nada que perder.
—¿Tú crees?
—Por supuesto.
—Dime una cosa: ¿por qué me estas ayudando?
Aioros ensanchó la sonrisa.
—¿La verdad? Pues porque espero que tú me ayudes con Saga.
—¡Lo sabía!
—Pero no sólo por eso.
—¿No?
—No, también porque creo que en el fondo, muy en el fondo, eres una buena persona.
—Ya…
—En serio. ¿Y sabes qué más? No me imagino a nadie mejor que tú para Aioria.
Kanon abrió inmensos los ojos y tragó saliva.
—Pues… gracias.
—De nada. Ahora has lo tuyo.
Aioros terminó dándole un abrazo amistoso.
Camus se había mantenido al margen de la situación. El viento que corría por la aldea le había devuelto la buena cordura y ahora veía con espanto todo lo que sucedía a su alrededor. A su lado estaba Marco Aurelio, pero a diferencia suya, él se veía de lo más relajado.
—¿Y a ti quién te puso ese sombrero? —le preguntó Camus.
—¡Guau!
El perro ladró, al parecer sonriente. El santo dio un suspiro y recorrió con los ojos el lugar buscando una ruta de escape. Para su mala suerte no la encontró, ni modo, ya estaba metido hasta el cuello en el asunto y tendría que afrontarlo. Pero mientras él cavilaba en estos asuntos, sus compañeros le daban ánimos a Kanon. El gemelo hizo unas cuantas respiraciones, y por fin se armó de valor para ponerse delante de todos.
Aioros llamó a Camus y el acuariano quiso salir corriendo, pero al ver la cara de Kanon no se atrevió. Caminó hasta colocarse junto a Shura y pidió a los dioses que todo terminara rápido.
Ya todo estaba listo por fin, los músicos se habían colocado detrás de Kanon y probaban las guitarras para lo que sería un gran concierto nostálgico. Un poco más atrás se encontraban los demás santos y junto a Marco Aurelio esperaban en inicio de la función. Se hizo silencio y Kanon respiró profundamente, se volvió hacia sus amigos y ellos asintieron. Había llegado la hora de la verdad.
—¡Aioria, esta canción va para ti! —Exclamó el gemelo machísimo, y a su señal Aioros empezó a tocar su guitarra. Shura y Camus se le unieron un poco después.
Adentro de la casa:
Aioria estaba a punto de hacer combustión espontanea de tanta vergüenza.
"Por Atena, ¡que la tierra me trague!"
"Sé que es tarde ya… para pedir perdón, sé que es tarde ya y lo siento, termina nuestro amor… Si ya nada funciona contigo, el intento no va más allá, no me pidas darle tiempo al tiempo, no puedo esperar... Si la culpa fue tuya o fue mía, el saberlo ya no servirá. No me pidas que sea tu amigo, te aseguro no funcionara… Sólo unos minutos te pido, voy a hablar y tener que explicar, diferencia entre el novio y amigo ¿cuánto tiempo puede funcionar? Con Tequila pretendo olvidarte, mis amigos y esta canción, porque sé… que siempre, que siempre es amargo el adiós… Sé que es tarde ya… para pedir perdón, sé que es tarde ya y lo siento, termina nuestro amor…"
Y la canción seguía de lo más nostálgica con las diestras manos de Aioros, Camus y Shura haciendo llorar las guitarras y Kanon cantando con verdadero sentimiento, sintiendo cada palabra como un dolor en el pecho. Terriblemente triste el asunto, hasta el enorme Terranova parecía conmovido con la melodía de la canción.
Pero si así andaban las cosas afuera de la casa, adentro Aioria empezaba a sentirse descolocado por la situación. Siempre había pensando que Kanon lo perseguía por puro capricho, pero ahora ya no sabía qué pensar. Si era sincero consigo mismo, el gemelo le gustaba mucho, demasiado. Pero no saber sus verdaderas intenciones le daba miedo.
Afuera la canción termino y Kanon decidió agregar algo más:
—¡Aioria, mírame, estoy aquí bajo tu ventana, esperando una señal tuya! Por favor demuéstrame que todo esto ha valido la pena!
Las cortinas ni se movieron. Kanon se sintió desesperado.
—¡Aioria, te amo! —gritó—. ¡Si no sientes nada por mí, sal y dímelo, pero no me dejes aquí con toda esta confusión por favor!
Pero nada. Aioria no dio señales de vida.
Afuera todos esperaron pacientemente, dispuestos a quedarse a dormir ahí de ser necesario. Pasado unos eternos minutos, Shura le codeó a Aioros y éste negó con la cabeza. Entonces Kanon se dio media vuelta y caminó hacia ellos.
—Ya está. Más que esto no puedo hacer —dijo—. Salgamos de aquí.
—Lo siento —le dijo Aioros.
El gemelo se acercó hasta donde Camus permanecía quieto.
—Gracias, Camus.
—De nada, Kanon —le correspondió el francés.
El gemelo sonrió más triste que borrego sin madre y se dirigió fuera de los dominios de Leo. Iba cabizbajo, como un gato recién bañado. Ya iba por las escaleras cuando escuchó su nombre. Se dio vuelta y vio que Aioria caminaba hacia él.
—¿Estás loco o qué? —le preguntó el león.
—Aioria… yo, es que…
Kanon trató de decir algo, pero Aioria se lo impidió lanzándosele encima para besarlo.
—Yo también te amo, Kanon.
—¿Cómo?
—Te amo. Pero no vuelvas a darme serenatas por favor. Eres pésimo con el español.
Kanon soltó una carcajada.
—No más serenatas entonces.
—¿Quieres entrar?
—Por favor.
Aioria se volvió hacia el resto de los santos y estos alzaron sus dedos pulgares.
Y así terminó un día, o más bien, empezó otro.
Día sábado.
Habitación principal de Acuario: 9 am.
Entre sueños Camus se revolvía entre las sabanas, sintiendo que la cabeza le iba a estallar. Sin poder más abrió los ojos y maldijo la hora en que se le ocurrió tomar todo ese alcohol sin haber cenado. No podía creer lo irresponsable que había sido, y todo por influencia de ese grupo de borrachozos. Ni siquiera recordaba muy bien cómo es que había terminado en Leo, guitarra en mano. Lo único que recordaba era haber visto a un Terranova con un sombrero de mariachi.
Su dolor de cabeza ya estaba bastante fuerte, pero aumentó con los aullidos de cierto terranova hambriento. El santo se incorporó de golpe y miró a todos lados, mismo protagonista de película de terror barata. Recordó que Milo estaba fuera de Grecia y que le había dejado a su Terranova para que lo cuidara, como si a esa pequeña criatura le fuera a pasar algo.
"Mierda, pero que lío".
El perro desayunaba a las 8:30 y ya eran más de las 9.
"¿Por qué a mí?"
Sin otra cosa que hacer, decidió levantarse.
"Si no bajo y lo alimento, ese perro es capaz de asaltar mi cocina".
De camino a la ducha, fue recomponiendo pieza por pieza sus últimas horas despierto y recordó la serenata que habían dado bajo la ventana de Aioria.
"Espero que los demás santos no se enteren o seré el hazme reír de todo el santuario".
Ya se imaginaba las burlas de Cáncer: ¿Desde cuándo eres tan romántico, tempano de hielo?
¡No podía permitirlo!
Su mente andaba sumida en esos pensamientos cuando unos ladridos lastimeros le devolvieron al presente y recordó que el Terranova se deprimía cuando no comía a sus horas, o al menos eso le había dicho Milo, por eso era mejor alimentarlo antes de que empezara a ladrar. Pero él andaba recién en medio baño y el perro ya estaba aullando.
"Mejor me apuro. Shura puede pensara que lo mato de hambre y de nuevo me dará un odioso sermón".
Salió del baño con una toalla alrededor de la cintura y se apresuró a buscar algo que ponerse, pero recordó que la noche anterior había utilizado las últimas prendas limpias del ropero. El resto de su ropa estaba en la lavandería del primer piso. Tenía que bajar por ellas. Así lo hizo y al final de las escaleras se encontró a Marco Aurelio. Nunca lo había visto tan triste, ni siquiera cuando lo acuso injustamente de comerse a Camilo.
"Si ya estoy aquí, ¿por qué no le doy de comer y me libro de sus lamentos?"
Y así, en vez de dirigirse a la lavandería, se dirigió a la cocina en busca del costalote de comida canina, que les dejaba el pelo suave y brillante y además les ayudaba en su digestión, decía esa ridícula propaganda donde una barbaridad de perros aparecían corriendo en la playa, yendo al encuentro de su dueño.
"Que tipo tan idiota para tener tantos perros".
Sirvió la comida en el plato de perro y se volvió a buscar a su huésped, pero no lo halló.
—¿No que estaba muy hambriento?
Pero mientras esto sucedía en el interior del onceavo Templo, afuera era otra historia.
Kanon y Aioria habían ido al Templo Mayor para formalizar su relación y obtener el visto bueno de Shion. Ahora bajaban hacia Acuario contentos después de la entrevista, haciendo planes.
Por otro lado, Shura y Shaina subían hacia Piscis con la idea de conseguir un ramo de rosas para regalarle a Aldebarán por su cumpleaños. Muy felices ellos hablando de la serenata de la noche anterior.
Pero volviendo a Acuario, Camus ya estaba al borde de las lisuras al no encontrar por ningún lado al perro. Se había paseado por toda la parte residencial con el plato de comida en la mano y la toalla alrededor de su cintura, y del perro ni rastro. El único lugar donde no había buscado era en el salón de batallas, pero le parecía improbable encontrarlo allí.
"Bueno, ya qué. Si ya busqué en todas partes…".
Sin ningún otro lugar donde buscar, decidió ir para allá. Fue concentrado en asuntos mil, renegando, y no se percató de que atrás de él cuatro patas lo seguían sigilosamente. Cansado y frustrado, se detuvo en el centro del gran salón y llamó al perro. Lo llamó iracundo, tanto que no notó que el perro estaba justo detrás de él. Cuando lo hizo ya era demasiado tarde. Por la salida de Acuario hicieron su aparición Kanon y Aioria, y por la entrada Shura y Shaina.
Entonces todo ocurrió en cámara lenta: Marco Aurelio abrió inmenso su hocico, lo cerró al borde de la toalla y tiró con todas sus fuerzas.
Kanon y Aioria miraron atónitos.
Shura y Shaina también.
La toalla fue jalada y lentamente cayó al suelo, dejando a Camus al descubierto. Y un cartel luminoso señaló su entrepierna, diciendo: PROPIEDAD DE MILO.
—Por Zeus…
—Por Atena…
Por… una vez en su vida los reflejos de Camus fallaron y quedó petrificado sosteniendo el plato de comida del perro, sin poder reaccionar ante lo que suponía era la situación más vergonzosa de sus tres vidas.
—¡Camus!
El grito resonó en toda el salón y sólo entonces, haciendo un gran esfuerzo mental, Camus bajó el plato, vació todo su contenido y cubrió con él sus partes nobles, que ya no eran tan nobles después de haber estado expuestas a los cuatro delante de él.
Hubo un momento de absoluto silencio y luego la voz de Kanon se dejó oír como un trueno.
—¿Pero qué demonios es todo esto?
Y luego la de Shura.
—¡Shaina, tapate los ojos!
Y la de Kanon de nuevo.
—Pedazo de sinvergüenza, ¿cómo te atreves a desnudarte delante de mi novio?
—¡Y delante de mi novia!
Camus tragó saliva.
—Tranquilos: no es lo que están pensando.
—¿A no?
Aioria trató de sujetar a Kanon, pero fue hecho a un lado. Shaina, por el contrario, ni se molestó, demasiado ocupada mirando lo que le pertenecía a Milo.
Camus buscó algo que decir, pero al ver que los otros dos se acercaban peligrosamente, concluyó que a veces la retirada es la mejor estrategia. De un sólo movimiento recogió su toalla y sin más remedio, ¡echó a correr por su vida!
—¡Se escapa! —gritó Shura.
—O no, no lo hará —murmuró Kanon con expresión asesina—. ¡A por él, Shura!
Y, ¡zaz!, salieron detrás del acuariano, dejando a Aioria de una pieza y a Shaina babeada.
—Pero que bueno está ese francés…
—¡Shaina, lo van a matar…!
—¿Qué?
—¡Lo matan!
—¡Nooooooo…!
—Vamos, tenemos que impedirlo.
Aioria empezó a correr y Shaina fue tras él. Y como Marco Aurelio no es de los que tiran la piedra y después esconden la mano, también salió disparado detrás de ambos, dispuesto a defender al novio de su dueño.
En una vista aérea, vemos cómo Camus corre escaleras abajo sosteniendo su toalla. Atrás de él corren Kanon y Shura, cada uno más energúmeno que el otro, vociferando todo tipo de palabrotas. Detrás de ellos vienen Aioria y Shaina pidiendo ayuda desesperadamente. Al final vemos a Marco Aurelio con la cola al aire y ladrando a todo pulmón.
La inverosímil, pero no menos escandalosa turba llegó hasta Virgo, donde Shaka y Mu debatían en la entrada sobre la teoría de los Espacios Adimensionales.
—¡Ayudaaaaaaaaaaa!
Camus pasó corriendo.
—¡Agarren a ese francés descarado!
Kanon entró tras él.
—¡No dejen que escape ese sinvergüenza!
Shura también.
Ambos santos atravesaron la entrada del Templo y después de mirar con mala cara a Shaka y a Mu, pasaron de largo gritándole a Camus que le perdonarían la vida si se rendía.
Camus salió del Templo a toda carrera, exclamando que no había sido su culpa.
—¡Fue culpa del perro!
Detrás de ellos entraron Aioria y Shaina, seguidos por el perrote bonachón.
Shaka y Mu pestañearon.
—¿El que iba adelante era Camus? —preguntó Shaka.
—El mismo —respondió Mu.
Ambos santos meditaron el asunto por tres segundos.
—Mu, ¿no te parece que últimamente extrañas cosas ocurren en el Santuario?
—Ya lo creo, Shaka, pero me imagino que es producto del clima cambiante. Los psicólogos aseguran que el tiempo influye en el carácter de las personas.
—Debe ser eso entonces —asintió Shaka—. Tus conocimientos son admirables, Mu.
Mu sacó pecho.
—Siempre he dicho que así como debemos cultivar el cuerpo, también debemos cultivar la mente.
Shaka asintió.
Templo Mayor: 10:30 am.
Camus entró a los sagrados recintos caminando a paso firme, portando su sagrada armadura. Cuando estuvo a dos metros del trono se arrodillo.
—Camus de Acuario —habló Shion—. Una vez más te haz adelantado a mi llamado.
—He venido a rendirle cuenta de los últimos incidentes, Señor.
—Entiendo —asintió el Gran Pope—. Si bien no esta estipulado en ninguna regla oficial, mostrarse en público sin ninguna vestimenta no es propio de un santo dorado.
—Excelencia, créame que nunca fue mi intención…
—Nunca es nuestra intención, Acuario, por algo somos hombres. ¡Machos! —El Patriarca se emocionó—. Pero no por eso debemos permitir que las testosteronas piensen por nosotros.
—Señor, yo…
—Recuerda, hijo mío, que Dios perdona el pecado, pero no el escándalo. Así que la próxima vez que quieras exhibir tus atributos, procura que sea en un lugar privado y sólo a los que estén interesados. Ahora regresa a tu templo y medita mis últimas palabras.
El santo salió del Templo Mayor pensando que la vida estaba siendo realmente injusta con él, tanto así que de no ser por el buen Aldebarán, ya no la estaría contando. El Toro se había plantado delante de Shura y Kanon, deteniéndolos en su persecución, y les había dejado bien en claro que en el día de su cumpleaños las peleas entre santos no estaban admitidas. Shura y Kanon renegaron un poco, pero luego accedieron a que Camus les explicara cómo habían sido en verdad las cosas. No le creyeron por supuesto, pero ya qué, el daño ya estaba hecho y matando al culpable no solucionaban nada, además Marco Aurelio parecía dispuesto a todo para evitar que maltrataran a Camus.
El asunto quedó medianamente arreglado cuando el francés, sin ser culpable, les pidió disculpas.
Sala de Acuario: 11:00 am.
Camus entró al recinto y pasó de largo, sin detenerse a mirar la expresión de cachorro arrepentido con que Marco Aurelio le había esperado.
"Si hay un culpable de todas mis desgracias, ese es Milo de Escorpio. Pero ya va ver cuando lo tenga al frente: ¡Le congelare las pelotas!"
—¡Wahahaha!...
El santo se autocacheteó; la rabia le estaba haciendo perder la buena cordura. Congelarle a Milo sus partes nobles no solucionaba nada, al contrario, las empeoraba pues después cómo harían todas esas cositas ricas que tanto les gustaba.
Debía tranquilizarse y pensar las cosas fríamente.
¡Exacto! Se dejó caer sobre uno de los sillones y respiró profundamente.
"Es una prueba más que la vida te pone, Camus".
Se puso de pie, miró al perro y frunció el ceño.
—Pensé que podíamos entablar una relación amistosa, pero con tu última payasada ha quedado claro que no —le dijo—. Me he ganado las risas de medio Santuario y la indignación de dos camaradas, sin contar que ahora Shion cree que soy un patán incapaz de reprimir mis instintos.
Marco Aurelio bajó la mirada en señal de remordimiento. En realidad su intención nunca había sido dejarlo desnudo frente a esos cuatro. ¡Jamás! Pasaba que al tirar de la toalla había querido hacerle saber que estaba detrás de él, pero como a veces no medía su fuerza terminó por dejarlo en cueros, a vista y paciencia de Aioria y Shaina, algo que lamentaba desde lo más profundo de su corazón perruno.
—A partir de ahora volveremos a la relación hombre–perro —agregó el santo—. Yo ordeno, tú obedeces. ¿Has entendido?
El animalote movió la cola suavemente y el santo se dio por servido.
En el resto de la mañana, Camus se dedicó a arreglar el desastre que la perseguida de la noche anterior había dejado. Recogió, trapeó y aspiró todos los restos de lo que alguna vez fueron adornos únicos de su Templo, pensando la manera de sustituirlos por otros nuevos, que por cierto le costarían un ojo de la cara. Metió las cortinas a la lavadora y mientras la maquina hacía su trabajo, él limpió las ventanas de la primera planta.
Ya con el Templo nuevamente reluciente, se dio un baño para prepararse el almuerzo. Durante todo ese tiempo había ignorado categóricamente al Terranova. El pobre perrote había tratado de congraciarse alcanzándole los utensilios de limpieza, recogiendo uno que otro trozo olvidado, pero no había conseguido ser absuelto del látigo de la indiferencia. Sólo cuando le sirvió la comida lo miró, pero apenas fue un microsegundo y luego se volvió a olvidar de él, algo que resultó cruel porque Marco Aurelio era un ser muy sensible y se deprimía con facilidad.
Triste andaba el perrote cuando a las dos de la tarde Camus volvió a aparecer en la sala vestido para salir a algún lado.
—Iremos a cómprale un regalo a Aldebarán —anunció—. Espero que estés conciente que te estoy dando una nueva oportunidad; así que no más payasadas ni sorpresas de mal gusto.
Rodorio: 3:00 pm.
Camus caminaba distraído viendo los estantes de exhibición, delante de él iba Marco Aurelio muy correcto, con la correa que tanto detestaba sujeta a su cuello. Recorrieron las principales tiendas del pequeño pueblo sin detenerse en ninguna.
La verdad era que Camus hubiera preferido ir hasta Atenas en busca del regalo de Alde, pero andar con un perrote de 65 kilos por la ciudad no le entusiasmaba. Era muy molesto tener que lidiar con las miradas y acercamientos de los transeúntes.
Así de amoroso con la humanidad estaba el santo cuando una vitrina llamó su atención. En ella se exhibía una colección de cerámica muy bonita. Se acercó y miró las piezas por un momento, deteniéndose en un airoso toro en negro y dorado. Definitivamente ese era el regalo ideal para Alde. Sonrió satisfecho y decidió entrar a la tienda en cuestión.
Una campanita repiqueteó cuando la puerta se abrió. Una señorita de lo más simpática apareció preguntando en qué podía ser útil. La chica habló distraída, pero luego divisó a Marco Aurelio y abrió inmensos sus ojos.
—¿Bonito? —preguntó.
—¡Guau! —ladró el perro en son de saludo.
—¡Hola!
La chica se emocionó y de un brinco pasó por encima del estante y corrió a abrazar al perro. Le hizo todo tipo de cariños ante la desconcertada mirada de Camus y se incorporó con una gran sonrisa.
—¿Y tú quién eres? —preguntó.
—Eh… Mi nombre es Camus.
—¿Camus?... Ah, sí, ya recuerdo. Tú debes ser el famoso amigo de Milo.
Camus frunció el ceño.
"¿Amigo?"
—Él me ha hablado mucho de ti, ¿sabes? Dice que eres como un hermano para él.
Una venita saltó en la frente del santo.
"¿Un hermano?"
La chica rió.
—Sí. Debes estar pensando que soy una más de las tantas amigas de tu amigo.
"Ese imbécil…"
La chica continuó hablando.
—Es una larga historia, pero digamos que si fui una de las tantas… tannntas amigas del escorpión. Aunque de eso ya hace mucho tiempo.
Camus se mordía la lengua para no soltar un par de lisuras.
"Lo voy a matar, lo voy a matar, lo voy a matar".
La chica ni cuenta.
—De hecho, ahora que lo pienso es una suerte que estés aquí.
Camus la miró más serio que de costumbre.
—Disculpe, pero no entiendo.
—Es que me gustaría que le des algo a Milo de mi parte.
—¿De su parte?
—Sí, ya sabes, un pequeño regalo.
—Pues… no sé.
—Ándele, no sea malito.
"Así que de este modo convencen las mujeres. Bicho estúpido, si pensabas que nunca te iba a atrapar, pensaste muy mal. Ahora mismo conseguiré una prueba irrefutable de tus mataperradas. A ver qué disculpa te inventas".
—De acuerdo. Deme el regalo.
La chica sonrió de oreja a oreja. Muy dulce se le acercó. Lo observó por un momento y sin previo aviso levantó la mano derecha y, ¡toma!
¡Le propinó tremenda cachetada!
—Le dices que es de parte de Anaïs.
Parque de Rodorio: 3:40 pm.
Sentado al borde de la pileta, Camus todavía maldecía entre dientes a Milo. No podía creer que aparte de aguantar sus infidelidades también tuviera que recibir cachetadas de mujeres despechadas. ¡Era el colmo!
—Es un… ¡Arg! Pero ya va ver cuando vuelva. ¡Le voy a dar de alma!
Marco Aurelio se dio cuenta de que algo no andaba bien y se acercó a lamerle la mano al santo.
—¿Tú lo sabías?
—¡Guau!
—Por supuesto que sí. Milo te lleva a todos lados.
—¡Guau!
—Sabes, creo que ya llegue a mi límite.
El perro apoyó su cabeza en la pierna de Camus y soltó un suspiro muy sentido.
—Vamos, ve a jugar por allí. Yo necesito estar solo un momento.
El perro ladró un par de veces y salió corriendo. Se tiró en el césped y comenzó a revolcarse. Camus se quedó sentado al borde de la pileta, pensativo. No sólo no tenía ganas de regresar al Santuario, tampoco quería ir a la dichosa fiesta. El problema era que ya había dado su palabra y no podía fallarle a Alde.
"Aunque podría reportarme enfermo y sólo hacerle llegar el regalo que le compré".
Miró hacia un costado y se topo con una cajita envuelta en papel de regalo. A pesar de todo había comprado el toro que había visto en la tienda de Anaïs, porque una cosa eran los asuntos personales y otra muy distinta los negocios. O algo así, en verdad ya no le importaba.
—Sólo quiero hablar con Milo.
De mala gana tomó el folleto que venía con el regalo y empezó a hojearlo. En las páginas se contaba los orígenes remotos de la cerámica y se explicaba la técnica de su elaboración, con imágenes y todo.
—Quizás ahora mismo está con otra u otro…
De improviso la temperatura en el parque descendió un par de grados.
—Estúpido, alacrán.
Decidió hacer a un lado las imágenes de Milo y se concentró en el folleto.
Los pájaros cantaban en los árboles, el sol brillaba en el cielo azul, la brisa refrescaba el ambiente. Era día hermoso en esa parte de Rodorio. Sin embargo, sin previo aviso, la paz se rompió gracias a que una turba de perros apareció de improviso.
Cinco, diez, quince. Muchos perros, y todos corriendo a todo lo que les daba las patas detrás de cierto Terranova que más que correr volaba en dirección a cierto santo que andaba concentrado en su lectura.
Camus escuchó un barullo, pero no le dio importancia, interesado en el punto exacto de cocción de la arcilla. El barullo tomó proporciones de escándalo, pero él siguió sin hacer caso al andar en plena pulida de la pieza ya horneada. El escándalo se convirtió en estruendo y nada.
Sólo cuando escuchó varios ladridos levantó la vista y, ¡horror!, vio a una jauría de perros corriendo directo hacia él, con Marco Aurelio por delante a toda trote.
¡Echen paja que voy cayendo!
El Terranova pareció gritar cuando mismo caballo en competencia saltó sobre Camus y se lo llevó por delante directo al fondo de la pileta. Se escuchó un gran ¡splash! en todo el parque y de la pileta rebalsó mucha agua. Hubo un profundo silencio por medio segundo y luego estalló un gran chapoteo y del fondo del pozo surgió Camus escupiendo agua mismo pescadito pistolero.
—¡Ahora si te mato, desgraciado!
Varios pajaritos volaron y una pareja de abuelitos que pasaba por ahí salió corriendo temerosos por sus vidas. Pero eso poco o nada le importó al santo al estar buscando al culpable de su última desgracia. Sin embargo decidió posponer su venganza cuando vio que, no contentos con el resultado de su persecución, la jauría de perros rodeaba la pileta haciendo un gran escándalo con sus ladridos.
"Por todos los dioses del Olimpo, ¿qué eh hecho para merecer esto?"
Camus arrancó de su hermoso cabello aguamarina unas algas malolientes.
Mientras tanto el Terranova ladraba a todo pulmón desde el centro de la pileta, sintiéndose envalentonado teniendo a Camus de su lado.
Y haber acérquense ahora, a ver atrévanse. ¡Ja, pero no contaban con mi astucia, manada de sopencos!
Marco Aurelio ladraba bravísimo, salpicando agua y todo.
Pero ¿qué había sucedido para que perro y santo terminaran en tal estado?
Pues bien, dicen que de tal palo tal astilla. Resulta que mientras Camus se lamentaba, Marco Aurelio había divisado a lo lejos a una PCG (Perrita Callejera Guapachosa), y como buen perro de Milo había ido por ella, sin detenerse a pensar que la damisela canina podría tener acompañantes.
Cuando se dio cuenta de que había metido la pata, literalmente, ya era demasiado tarde. Una jauría de perros callejeros le salió al encuentro, todos dispuestos a hacer respetar lo que consideraban suyo por derecho y esfuerzo. Marco Aurelio era un grande entre los grandes, pero estar rodeado de diez perros con un amplio prontuariado delincuencial le hizo pensar que coquetear con una PCG no era tan buena idea después de todo. Trató de salir del aprieto diplomáticamente meneando la cola, pero los del otro bando se sintieron amenazados por su tamaño y decidieron atacar antes de ser atacados. Lo que siguió a continuación fue un "todos contra el grandote" y Marco Aurelio debió salir corriendo a toda trote en busca de refuerzos —llámese refuerzos a un santo al borde de la pileta—. Y bueno, el resto es historia conocida.
Camus todavía no terminaba de asimilar lo que había sucedido y los ladridos de los perros no ayudaban. Un verdadero escalándolo se había armado en esa parte del parque. Ahora sólo faltaba que una rana le saltara encima al pobre santo.
—¡Oiga usted! —escuchó que le gritaban. Levantó la vista y vio a un ancianito que a las justas se mantenía en pie, pero que le mostraba su bastón amenazante—. ¿No le da vergüenza estar jugando en la pileta estando tan grandote ya?
Camus respiró profundamente y se incorporó. Miró a todos los perros y de una sola descarga de energía los mandó volando hasta quién sabe dónde. Luego se volvió a mirar a Marco Aurelio y lo encontró rebosante de victoria.
¡Bien hecho! ¡Esos bravucones se merecían eso!
—¿Qué voy hacer contigo? —le preguntó Camus, desolado y empapado hasta la conciencia.
—¡Guau!
Salida de Tauro: 5:00 pm.
Camus y Marco Aurelio se encontraban mirando las imponentes estructuras del segundo Templo Zodiacal; el santo algo incomodo sosteniendo el regalo de Alde que de milagro se había salvado del ataque de los perros callejeros, el perro bastante feliz.
—Al mal paso darle prisa —resopló Camus—. No quiero que tomes esto como una amenaza, pero mejor te portas bien. Estoy harto de ti y tu dueño.
Terminó su advertencia con mirada de asesino en potencia y sin el menor remordimiento dio el primer paso hacia el interior del Templo, seguido por el enorme perrote. No habían cruzado el salón de batallas, pero a sus oídos llegó la música que anunciaba la jarana del año. Camus tuvo que dar cuenta de toda su tolerancia para obligarse a seguir avanzando. Durante sus veintidós años de existencia había huido de las fiestas como el demonio huye del agua bendita. En ese momento sin embargo sentía que ni un secuestro extraterrestre podría salvarlo de lo que sería una insufrible tarde, porque claro, la voz ya se había corrido y sus compañeros morían por interrogarle sobre su incursión ultra romántica en la quinta casa zodiacal.
Ese era de lo único que se hablaba en el Santuario. Que se hablaba, se chismoseaba. Una cosa terrible en verdad, porque dizque detrás de la inmutabilidad del guardián de Acuario se escondía un hombre ansioso por satisfacer el deseo de una pasión desesperada, un corazón hambriento de afecto, un espíritu sensible capaz de elevarse muy alto con el sublime vuelo de una mariposa, un héroe dispuesto a cruzar mares y montañas en busca de su verdadero amor… un… un…
En resumen, de pronto su nombre era sinónimo de galán de novela rosa chafa. ¿Cómo había llegado a ganarse semejante reputación? Sólo su sacrosanta diosa lo sabía.
"Tamaña desgracias…"
Dio un resoplido de fastidio y se detuvo en seco: había llegado a la sala de Tauro. Respiró profundamente y como buen soldado analizó la situación dentro del campo de batalla. Detalló y clasificó a todos los presentes, empezando por las mujeres, que eran varias y en vista de los últimos acontecimientos representaban sus flancos débiles. Y no era para menos porque dentro del salón las féminas se alborotaron apenas lo vieron, sobre todo Shaina, que se acaloró detrás de su máscara al recordar aquello que nunca debió ver, pero que ni corta ni perezosa había grabado para la posteridad.
Camus tragó saliva.
—¡Camus, viniste! —exclamó Aioros.
A la voz del arquero la música se detuvo y los presentes hicieron silencio. Todos observaron al recién llegado con diferentes expresiones: varios felices de verlo, otros sorprendidos y algunos indignados. No había duda; el acuariano había causado polémica en las últimas horas, y en ese momento, para bien o para mal, era el centro de atención. Lo fue más cuando detrás de él asomó la cabezota de Marco Aurelio.
¡Aja! El muy descarado había traído a su compinche, se indignaron Shura, Kanon y DM.
La música se reanudó cuando Aldebarán salió al encuentro de Camus, agradeciéndole su presencia e invitándolo a entrar. El francés, muy cortes, le felicitó y le entregó el regalo.
—Espero que sea de tu agrado.
El Toro pareció emocionarse con el detalle. No todos los días Camus de Acuario invertía energías comprando un regalo.
—¡Ahora que ya todos están aquí, les presentare a mi madrecita! —Anunció Alde—. ¡Ya verán que amor de señora es, la van a adorar!
El Toro salió de la sala derritiéndose en elogios tiernos para con su madre, dejando expectantes a sus amigos. Entre todos los dorados sólo Aldebarán tenía viva a su madre, el resto apenas habían conocido a sus padres, y algunos ni eso, así que conocer a la mamá de un compañero les conmovía hasta la medula. Quién sabe y la santa mujer los llegaba a querer como a sus hijos de tan buena que era, porque eso les había dicho Alde; que su progenitora era un ejemplo de madre amorosa, con un corazón de oro capaz de albergar un océano de amor incondicional.
—Debe ser una señora excepcional —comentaba Saga.
—Un pozo de virtud —lo apoyaba Shaka.
—Un ángel encarnado en el cuerpo de una madre abnegada —asentía Shura.
Así de emocionados andaban los santos. El propio Camus estaba intrigado por conocer a la ya admirada señora, pero a diferencia de sus compañeros su intriga estaba acompañada de preocupación gracias a que Marco Aurelio andaba muy inquieto. Ahora sólo faltaba que hiciera un papelón delante de la virtuosa mujer, porque ya estaba visto que el Terranova no se medía cuando de hacerle pasar vergüenzas se trataba. A veces hasta pensaba que lo hacía a propósito, pero de inmediato descartaba la idea cuando veía su expresión bobalicona.
—Compórtate, ¿quieres? —lo amenazó por si acaso, porque más vale prevenir que lamentar. El perrote pareció entender que la amenaza iba en serio y adoptó una expresión muy correcta sentándose en el suelo.
Camus se felicitó: ¡A él con perros! ¡Si sólo era cuestión de mostrarles quién mandaba!
Terminó orgulloso, tanto que no se dio cuenta que dos santos lo observaban.
Shura y Kanon intercambiaron miradas y empezaron a caminar hacia él. Se plantaron con los brazos cruzados y lo observaron de lo más bravucones.
—Buenas tardes —saludó Camus.
—Sólo venimos a decirte que te tenemos vigilado, Acuario —habló Kanon—. Al primer movimiento sospechoso te caemos encima.
—Si se refieren al incidente de esta mañana, por enésima vez les digo que fue un accidente.
—No creas que nacimos ayer, Camus —arremetió indignado Shura—. Te quisiste pasar de vivo y utilizaste a ese indefenso animal.
—Qué no.
—Por supuesto que sí. ¿No te da vergüenza? Traicionar a Milo de esa manera.
—Miren, mejor no hablen de lo que no saben.
—Ja, encima se pone insolente.
Kanon se sacudió molesto y Aioria tuvo que ir al auxilio de Camus, tomando del brazo al gemelo y haciéndolo a un lado.
—No le hagas caso, Camus. Kanon es como un perro: le gusta marcar su territorio.
—¿Cómo?
Kanon miró ofendido a Aioria.
—Lo que oíste. Y ya fue suficiente de molestar a Camus.
—Pero…
—Nada de peros. O te portas o esta noche duermes en el sillón.
—¡Noooooooo! Me porto, me porto.
—Bien. Entonces andando. Y tú también, Shura.
Shura miró de forma asesina a Aioria y se dio media vuelta, no sin antes señalar a Camus con su dedo acusador.
—Que conste que te voy a estar vigilando.
Concluyendo que todas sus explicaciones caerían en saco roto, Camus se alejó del lugar. Caminó entre las personas saludando esporádicamente y llegó hasta la mesa de bocaditos. Tomó una cerveza y se recargó contra la pared más cercana esperando el mejor momento para escurrirse de la reunión.
Pero mientras el santo tenía estos planes, el Terranova tenía otros. Marco Aurelio ya había ido y venido por todo el salón de lo más campante, meneando la cola a diestra y siniestra, haciendo que los invitados se rindieran ante su expresión de animalote despistado y bonachón.
El único que no parecía muy feliz de verlo era DM. El pobre santo de Cáncer tenía entre ojo y ojo al perro, esperando el momento preciso para estrangularlo. ¡Y es que no había derecho! Por su culpa tenía que andar con un aro inflable para ponerlo sobre la silla antes de apoyar sus pompas.
Bien triste el asunto de las posaderas parchadas de DM, pero bueno, ¿Quién le mandaba a meterse con el novio del dueño de un terranova?
Esa era la situación en el salón cuando Aldebarán regresó para anunciar, emocionado hasta las lágrimas, la presencia de su madrecita.
—¡Amigos, su atención por favor! —Exclamó desde la puerta, llamando la atención de todos—. ¡Es muy grato presentarles a mi madre, la señora Dos Santos!
Diciendo esto, el buen Alde se hizo a un lado y los jóvenes vieron como por la puerta se asomaron un par de piernas, subieron la vista lentamente y las piernas se convirtieron en muslos torneados, en caderas generosas, en estrecha cintura, en voluptuosos senos, en un airoso cuello y finalmente en un rostro de labios carnosos, ojos picaros y cabellera ondulada.
—Por la…
Los santos quedaron sin aliento. Rápidamente sacaron sus cuentas y concluyeron que lo que tenían al frente era una perfecta figura femenina de 90-60-90. Sus mentes debían estar jugándoles una broma, llegaron a pensar algunos muy acalorados. No podía ser cierto; esa mujer no podía ser la madre de Alde.
El mismo Shaka de Virgo ya había pasado saliva dos veces. Y así todos los dorados andaban hechos polvo viendo como la recién llegada les sonreía desde la puerta.
Aldebarán, sin sospechar el impacto que su santa madre había causado en sus camaradas, tomó del brazo al primer santo que tuvo al alcance y lo llevó frente a su progenitora para presentarlo.
—Este es mi buen amigo Camus, amada mãe.
—Un encanto conocerte, Camusito —dijo la señora y le plantó tremendo beso en la mejilla a Camus, dejándolo literalmente frío, tanto que Alde tuvo que apartarlo para seguir con las presentaciones.
—¿Quién sigue? —preguntó alegre.
Fue como si apretara un botón porque los santos saltaron como resortes y corrieron a hacer fila india delante de la recién llegada, todos queriendo ser presentados. ¡A mí, a mí, me toca a mí!, decían mientras se empujaban.
—¿Y a estos que les pasa? —cruzó los brazos Shaina, viendo como su novio ponía cara de huérfano de guerra para recibir su beso.
—¿No que estaban bien emparejados? —le siguió June de lo más indignada.
—Al parecer les gusta todo lo que camina sobre dos pies —bromeó Marín.
Al final todos los santos recibieron su beso y se quedaron viendo corazones. Definitivamente aquella señora no era una madre, ¡era una mamacita!
Tan hechizados andaban que cuando Alde anunció el inicio del fiestón, todos la invitaron a bailar y ella feliz de la vida aceptó. Los únicos que se mantenían a raya de todo eran Shaka, Mu y Camus.
El acuariano, ya recuperado del shock post-beso-mamá-de-Alde, veía con desaprobación el comportamiento de sus compañeros. El de Virgo reflexionaba sobre si el arrumaco que había recibido había enturbiado su espíritu. Y por último el buen Mu; bien confundido andaba el buen Mu después de revisar su lista de madres abnegadas y no encontrar un modelo que coincidiera con la ilustre visita.
La música sonaba a todo volumen en la sala de Tauro y todos se divertían de lo lindo. Aprovechando esto, Camus se escurrió hasta donde Marco Aurelio y le anunció que se iban. Lo tomó del collar e intentó arrastrarlo hasta la puerta, pero no logró moverlo ni un centímetro.
—Creo que quedamos en que yo ordenaría y tú obedecerías, ¿no?
—¡Guau!
—Shshsh. ¿Quieres que todos se den cuenta que nos vamos?
—¡Guau, guau, guau!
—Date por muerto.
Aldebarán al darse cuenta de las intenciones de Camus se les acercó. Les preguntó qué hacían en ese rincón y sin demora los invitó al centro de la pista. Camus quiso negarse, pero Marco Aurelio se le adelantó y fresco como lechuga caminó hacia el centro del salón.
"Y aquí vamos de nuevo".
La música dejó de sonar y luego de tres segundos un ritmo de lo más alegre estremeció todo el recinto.
¡Ta ta ta ta, ta ta ta ta!
¡Y allí estaba el Mambo!
—¡A bailar se ha dicho! —exclamó la mamá de Alde.
Los santos corrieron a la pista, ninguno sabiendo un mísero paso del exótico ritmo, pero todos dispuestos a aprender. Paso a la derecha, paso a la izquierda ¡y vuelta!, les indicaba la señora Dos Santos, y los santos paso a la izquierda algunos, paso a la derecha otros y todos terminaban chocando y de la vuelta ni rastro. Pero no importaba porque se estaban divirtiendo. El único que no la estaba pasando bien era Camus.
"Estos como bailarines son buenos guerreros".
—¡Fila india! —Anunció la señora y en el camino atrapó a Camus—. ¡Tú detrás de mí!
Camus vio con espanto como sus manos terminaban en la cintura de la señora y pasó saliva cuando detrás de él se apretujaron amazonas y santos, todos eufóricos por el ritmo contagioso de las maracas. Un gusanito se había formado en la sala de Tauro y teniendo como cabeza al enorme Terranova recorría los contornos del recinto. Marco Aurelio no cabía en su cuerpo de tanta felicidad y Camus no cabía en el suyo de tanto espanto, pero allí estaban, uno dirigiendo el grupo de bailarines y el otro siendo arrastrado.
Para la tercera vuelta ya todos los presentes formaban parte del gusanito, subían y bajaban haciendo olitas, sacaban el pie izquierdo, estiraban el brazo derecho, movían los hombros y se desternillaban de risa. Todos felices hasta decir basta.
—¡En parejas! —exclamó la mamá de Alde y todos se apresuraron a romper filas y buscar parejas. Camus trató de escurrirse, pero nuevamente fue atrapado por la madrecita del Toro—. ¡Tú conmigo!
—Señora, yo en verdad no sé bailar —trató zafarse.
—¡Eso dijo mi último marido y termino ganando un festival de Mambo!
Camus tragó saliva antes de ser arrastrado por la energía inacabable de la señora Dos Santos. ¡Tú sólo muévete al ritmo de la música!, le decía mientras se contorsionaba a su alrededor, pero Camus de ritmos no sabía nada. Ella se acercaba moviendo los hombros muy coqueta y Camus retrocedía aterrado. Ella se alejaba y él preparaba la huida. ¿A dónde crees que vas?, lo pescaba la señora entre risas. ¡A bailar se ha dicho! Y le hacía girar.
—Señora, su hijo nos está viendo.
—¿Y qué? Sólo estamos bailando.
La señora le guiñó un ojo. Camus empalideció y quiso salir huyendo mismo cachorro apaleado, pero apenas pudo retroceder porque ya iban de camino hacia una bara, que quién sabe cómo había aparecido en la sala, y debían agacharse para pasar por debajo sin hacerla caer. Otra vez se había formado una fila india y los santos, chinos de risa, avanzaban hacia la bara decididos a demostrar su flexibilidad.
—¡Qué rico el mambo!
Camus, más perdido que Tutankamon en la Guerra de las Galaxias, pasó por debajo de la bara con una cara impresionante de espanto.
Y la fiesta siguió de lo más exótica con los ritmos tropicales que los parlantes tocaban, si hasta regueton bailaron los santos, pésimamente mal claro, pero felices como nunca, todo gracias a que la madre de Alde no permitía que nadie se quedara sentado, y además con eso de ¡hasta abajo, hasta abajo!, y ¡azótame, papi!, los santos andaban empiladísimos, encantados con la señora porque además de ser una ¡mamacita!, no se hacía problemas a la hora de enseñarles unos pasos de lo más truculentos.
—¡Mi madrecita siempre ha sido una mujer muy alegre! —decía Alde emocionado.
Camus más horrorizado no podía estar con semejante despilfarro de sensualidad. En una distracción de la señora Dos Santos, exactamente cuando le enseñaba un paso de lo más pegadito al apacible Shaka, se escabulló hasta el baño. Una vez allí se abalanzó sobre el lavadero muy acalorado.
—Esa señora es un peligro —dijo, escurriendo agua—. Es peor que ir a una Guerra Santa sin armadura y Cosmos. Debo irme mientras pueda.
Salió del baño decidido a arrastrar a Marco Aurelio escaleras arriba, porque si todavía estaba ahí era por su culpa. Llegó a tientas hasta la puerta de la sala y con cuidado se asomó, buscando entre los bailarines al Terranova. Para su desgracia no lo halló por ningún lado y empezó a desesperarse con la posibilidad de ser visto.
Entre espinos andaba cuando escuchó su nombre. Al parecer había llegado la hora en que Alde soplaría sus velitas y todos sus amigos debían estar presentes.
—¿Pero dónde está Camusito? —preguntó la mamá de Alde.
"Que no busquen…"
Camus se hizo a un lado de la puerta y trató de pasar desapercibido, sin embargo alguien lo vio y dio la voz de alarma.
—¡Guau, guau, guau! —ladró Marco Aurelio detrás de él.
—¡Sucio traidor! ¡Esta me la pagas!
Al pobre Camus no le quedó de otra que entrar armado de su mejor cara de cumpleañera. Ya con todos los amigos de Alde alrededor de la torta, colocada en una mesita delante del Toro, las velitas fueron encendidas y las luces apagadas.
"¡Porque es un buen compañero, porque es un buen compañero, porque es un buen compañerooooo!… ¡y nadie lo puede negar!", cantaron a coro santos y amazonas.
—¡Haber, nene, pide un deseo antes de soplar tus velitas!
El Toro reflexionó unos instantes muy ilusionado y luego sopló con todo el aire de sus pulmones.
—¡Que le dé una probadita al pastel!
"¡Probadita, probadita!", varias voces se alzaron en el salón. Alde aplaudió emocionado y se inclinó con intención de dar una mordidita a su pastel. Sin embargo, Marco Aurelio que andaba cerca, también se sintió emocionado y, ¡zuacate!, se le adelantó y de un sólo bocado se termino medio pastel.
—¡Mi pastel! —gritó el Toro.
A Camus casi casi le da un infarto cuando vio surgir la cabezota del perro embarrada en crema.
"Ahora si lo mató".
No podía creer que se la hubiera hecho otra vez, ¡y lo peor! Metiéndose con el pastel de Alde, algo demasiado cruel, inhumano. Pero mientras él se retorcía de coraje, los demás santos se orinaban de risa, la misma señora Dos Santos se daba aire para no terminar desmayada.
Felizmente había otro pastel para alegrar el estomago herido de Aldebarán. Ya superado el pequeño percance, la fiesta se reanudó más divertida todavía, pero para ese momento Camus ya iba de camino a su Templo, echando maldiciones al aire y con Marco Aurelio detrás relamiéndose el hocico.
El santo no había tenido cara para quedarse en la fiesta con la última broma del Terranova, eso le pasaba por esperar un buen comportamiento de parte de un perro que ya le había demostrado en todas las formas y estilos que de él sólo podía esperar desastres y más desastres.
Cocina de Acuario 10:00 pm.
Camus se bebió de golpe un vaso de agua y se quedo viendo el vacío. Tras él Marco Aurelio se encontraba sentando, mirándolo expectante. Sus ojos pardos parecían más tiernos que de costumbre y parecían decirle que lo sentía, pero que francamente él pensaba que la invitación de darle una probadita al pastel iba para él, claro que al final resultó siendo una probadota, pero bueno, ya le había dicho que a veces no medía el poder de sus mandíbulas. Además, ese pastel pedía a gritos ser mordido. No había sido del todo su culpa. Por ultimo, no debía tomarse las cosas tan en serio, tan divertido que era reírse y él siempre echando humo por la nariz. ¿Acaso no sabía que eso le hacía mal a su riñón? ¿O era a su hígado? Como sea, debía aprender a reírse con los contratiempos del día a día.
El Terranova profundizó su expresión bonachona y se recostó sobre sus patas delanteras, esperando el regaño que de seguro Camus estaba preparando. Pero contrario a sus perspectivas, el santo se dio vuelta y sin dirigirle la mirada caminó a la salida.
"Todavía falta un día para el regreso de Milo y este perro ya ha pisoteado por ambos lados mi reputación"
Entró a la sala y se dejó caer en uno de los sillones. Sus nervios estaban destrozados, o al menos eso creía, porque de pronto algunas cosas habían dejado de importarle. De hecho, ya no le encontrara sentido a guardar distancia de sus compañeros. No perdía nada pasando tiempo con ellos, por muy insufribles que a veces resultaran; eran sus camaradas y siempre se las arreglaban para hacerle saber que podía contar con ellos.
"Quizás, y sólo quizás, la vida en este fin de mundo no tiene que ser tan solitaria cuando Milo no está. Porque es obvio que me siento solo cuando el bicho no está, y tal vez por eso lo aguanto".
—¿Pensando?
Una voz interrumpió sus cavilaciones. Se levantó y su alma se salió de su cuerpo al ver a la mamá de Alde recargada contra el marco de su puerta forma muy sugerente.
—Disculpa si te asuste, pero la puerta estaba abierta…
—Señora, ¿qué hace aquí?
—¡Ah! Es que vine a traerte tu pedazo de pastel —respondió con voz sensual la señora—. Te fuiste tan rápido que ni siquiera probaste un pedacito.
—No quiero ser descortés, pero no me gusta el dulce. Usted no debería estar aquí…
—¿Me tienes miedo?
Camus tragó saliva al ver que la señora se le acercaba peligrosamente, sosteniendo un pedazo de pastel mientras le sonreía de lo más risueña. Despierta, Camus, despierta, se repetía con el corazón dándole brincos. Debía ser un mal sueño, o más bien uno muy bueno.
"¡Pero qué idioteces piensas!"
Sacudió el rostro desesperado, haciendo que la señora sonriera divertida. Cuando estuvo a menos de un metro se detuvo y con mirada picara le dijo que sólo se iba si probaba un pedacito del pastel.
—Yo misma lo preparé, y lo hice con mucho cariño. Ya vas a ver lo mucho que te va a gustar
Terminó quiñándole un ojo. Por un segundo Camus flotó en el aire, pero de inmediato una idea lo hizo aterrizar en tierra firme:
"¡Es la mamá de Aldebarán y además Milo…! Bah, Milo puede irse a la mismísima m…"
El santo trató de retroceder ante el inminente avance de la señora y terminó cayendo de nuevo en el mueble. Hasta allí lo siguió la ilustre dama, aun sosteniendo el pedazo de pastel.
—Pero si estas sudando frío, Camusito —se rió. Y suavemente se deslizó sobre su cuerpo, hasta que sus respiraciones chocaron y pudieron verse a los ojos—. ¿Probaras mi pastel, Camusito?
"Mierda…"
Y empezó a restregarle suavecito el pedazo de pastel en el rostro, embarrándolo con crema.
—Mmm… Vez lo rico que esta.
"Muy rico…"
—Señora, por favor…
La señora sólo sonrió y empezó a darle unas sensuales lamidas.
—Esto no está bien, señora.
Trató de apartarla.
—No te oigo muy convencido, Camusito —volvió a reír ella—. ¿En verdad quieres que me vaya?
—Sí, váyase por favor.
—¿De verdad, de verdad?
Y siguió lamiéndole las mejillas. Camus que si que no, en verdad ya no sabía lo que quería, porque siendo sincero, eso de las lamiditas se sentía muy rico, delicioso cuando estaba acompañado de una mordidita. Además nadie se tenía que enterar. Seria un secreto entre ella y él, porque ojos que no ven, corazón que no siente…
"Además Milo me debe muchas".
Camus se hundió más en el mueble mientras la señora le lamía el cuello, subía lentamente hasta su rostro y seguía por sus mejillas, dándole unas suaves mordiditas en las orejas, rozando su nariz y llegando hasta sus labios. Y ahí si que sintió medio extraño el asunto porque la lengua de la señora Dos Santos era muy áspera y además estaba muy babosa, sin contar que de pronto estaba muy velluda por todos lados y olía a… a…
El santo abrió los ojos de golpe y lo primero que vio fue una lengua rosada colgando de un hocicote.
—¡Por la…!
Día domingo.
Salón de batallas de Acuario: 8 am.
Shaka y Mu cruzaban el onceavo Templo en dirección al Templo Mayor cuando vieron salir disparado a Marco Aurelio
—¡Ya verás cuando te agarre, animal del demonio!
Camus salió detrás del perro.
—¡Haré helado de Terranova contigo!
Eso más o menos lograron oír Virgo y Aries entre todas las palabrotas que Camus vociferó mientras corría detrás del perro escaleras abajo. Los santos se miraron y siguieron su camino.
—Sabes, Mu —dijo Shaka ya atravesando la salida de Acuario—, creo que el cambio de clima le cae peor a unos que otros.
—Cierto, Shaka —asintió Mu—. Es porque algunos son psicológicamente más inestables que otros.
—Vaya, Mu, tus conocimientos han logrado sorprenderme nuevamente.
—Honor que me haces, Shaka, pero debo decir que entre los dos, tú eres el que sabe más.
—Como dices esas cosas, Mu, si ambos sabemos que entre los dos, tú eres el que sabe más.
Al parecer, hasta ahora eso era lo más sensual que se habían dicho esos dos.
Sala de Capricornio: 8:20 am.
Shura tenía los brazos cruzados y miraba con el ceño fruncido a cierto santo que de tanto coraje estaba a punto de jalarse los pelos. Detrás de él un inocente perrote trataba de pasar desapercibido.
—Haber si entendí —decía el de Capricornio—, el perro te dio una lamidita en la cara y por eso quieres congelarlo. ¿Se te zafo un tornillo acaso?
—¡Tú no entiendes, Shura! —Bramó Camus.
—Explícame entonces —puso cara de paciencia Shura—, porque así como lo veo, tú eres el que no entiende. Los perros lamen a sus dueños para demostrarles su cariño. Claro que tú no eres el dueño de Marco Aurelio, pero se nota que ya te tomó cariño. ¿Y tú cómo pagas semejante entrega? Con amenazas y persecuciones. Aparte de exhibicionista, eres insensible, Camus.
Shura ya no cabía en su indignación y Camus sin poder explicarle el asunto de la mamá de Alde, el pastel, las lamiditas y luego el perrote sobre él, todo junto y revuelto. Para morirse del coraje, porque claro, él poniendo toda su pasión por lo de la mamacita, e inconciencia por lo de Alde y Milo, resignadísimo ante la idea de vivir marcado por la traición, dispuesto a auto flagelarse el resto de sus días para limpiar su culpa, porque después del gusto viene el disgusto, ¡pero vaya que el gusto lo valía!, y luego luego le salen con el perrote de 65 kilos lamiéndolo a gusto y paciencia, de lo más cojonudo diciéndole con los ojos: ¡Aja, te pesque infragante! Con que soñando con la madrecita de Alde ¿no?
¡Era para morirse de rabia!
Camus hizo tronar sus dedos y recogiendo toda su dignidad se dio vuelta para caminar hacia la salida. Shura lo siguió con los ojos y luego miró al perro.
—Ve con él, Marco Aurelio —le dijo—. A la menor amenaza ladras y yo salgo corriendo a Acuario
Terminó con pose de héroe. Nada más le faltó decir: ¡por la verdad y la justicia!, y cualquiera le creía integra su faceta de defensor de animales.
Marco Aurelio salió de la sala de Capricornio con el rabo entre las piernas, tratando de pasar desapercibido mientras seguía a Camus escaleras arriba. El santo había vuelto a ser el mismo hombre inmutable de siempre, con la mirada fría y el corazón calculador, o al menos eso parecía a simple vista.
Nota final:
¿Se imaginan a los santos bailando reggaetón? xD
Jo, yo recuerdo que durante la preparatoria iba a la discoteca (antro) con mis amigos. Al salir de la academia (prepa), todos los fines de semana sin falta. Recuerdo que bailábamos de todo: salsa, merengue, reggaetón, rock. Y luego, ya entrada la noche, salíamos a deambular por el centro histórico de Lima, a las librerías del jirón Quilca.
Al momento de escribir esta historia se me vino a la mente esa época, esos momentos, buenos momentos, donde nuestra única gran preocupación era ingresar a la universidad. Ahora ya soy una asalariada más, graduada en Economía, con pasatiempos más rebuscados, fanática de diversos géneros musicales, pero todavía me gusta esa música, esas canciones, por mucho que digan que son malísimas, vulgares y no sé qué tanto más… Es la música de una época de mi vida y cada vez que la escucho me entran unas ganas enormes de bailar.
Ok, ya me puse nostálgica. Supongo que es el día, la hora y el clima xD
¡Gracias por leer!... O Releer.
El próximo capítulo lo subiré la siguiente semana.
Lima-Perú, 19 de Agosto del 2012
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