Extraña su risa.

Solía ser su sonido favorito en el mundo, eso sí es capaz de recordarlo. Recuerda que deseaba poder pintarla, para nunca olvidarla. Imposible, por supuesto, pero era uno de sus deseos. No muchas veces Peeta Mellark tenía deseos coherentes.

Sin embargo, ahora solo le gustaría escucharla. Una sola vez.

Su rutina se ha vuelto un poco más estable desde la noche en que casi despertó a todo el distrito con sus gritos. Katniss lo está intentando. Se despierta temprano, incluso antes que él, y se interna al bosque a cazar. Suele volver cuando Peeta ya ha horneado el pan para el distrito (pese a que sean pocos lo que han vuelto ellos sigue teniendo hambre) y ambos toman desayuno juntos. Dependiendo del tamaño de sus presas, va a negociarlas con Sae cuando terminan. Luego vuelve a la casa e intenta matar el tiempo, a veces lee un libro, otras veces prepara nuevas flechas o simplemente dormita en el sofá de la sala de estar mientras le observa a él pintar. Del almuerzo se encarga él, también. Una vez intentaron enseñarle a Katniss a cocinar y no fue una buena idea. O al menos, aquella fue la opinión de Buttercup, quien tuvo que correr por su vida para no quemarse luego que las llamas alcanzaran la cortina de la ventana de la cocina. Suelen comer en silencio, más allá de un comentario aislado. No suelen cenar. Tan solo toman un té y se van a la cama, cansados, callados y exhaustos.

Katniss nunca habla.

Responde con monosílabos a las preguntas de Peeta. A veces, en sus mejores días, le dedica una sonrisa pequeña, triste y tímida. Aparece y desaparece por la casa tan como ella es, silenciosa y sigilosa. A veces Peeta cree que lo está intentando. A veces Peeta cree que de verdad se podrá recuperar de todas las cosas horribles que ha pasado, que podrá llegar a ser una Katniss más parecida a la de antes, antes del Vasallaje. Una Katniss como la que era su amiga, cuando habían decidido intentar convencer a Snow, antes que todo se fuera en picada.

Y otras veces Peeta cree que nunca se recuperará.

Es por la forma en que camina. Por la forma en que simplemente parece apagada, como si le hubiesen quitado la vida desde el interior. Es su mirada perdida, es su silencio constante, es por como se sienta en el sofá. Está destruida, no sabe qué hacer ni por qué lo está haciendo. Aquellas veces, a Peeta le late el corazón con fuerza en contra del pecho, porque no sabe qué haría si la perdiera. No puede imaginarse un mundo sin su Katniss. Aunque haya sido su segunda opción, aunque le haya aceptado sólo porque Gale nunca volvió. Porque incluso cuando la odiaba no podía dejar de amarla y aquello le rompía la cabeza. Se siente impotente, estúpido, inútil. Porque Katniss es lo más lindo que existe sobre la faz de la tierra y ella ni siquiera lo nota. Porque es todo su mundo y ella aún no tiene claro si quiere seguir o no.

Y no puede dejar de pensar en aquellas veces. Y es por eso, que en las noches, mientras escucha su respiración pausada, él piensa en todas las cosas que podría hacer para que se encontrara mejor. No se le ocurren demasiadas ideas y le aterra, le aterra tanto que lo único que puede hacer es rodear su pequeño cuerpo delgado con más fuerza, como si su abrazo nocturno y escondido fuese suficiente para mantenerla junto a él.

Un día, recuerda que los bollos de queso son sus favoritos. Y por dos segundos, se odia por haberlo olvidado. Pero los hornea, y cuando ella vuelve de la caza matutina le regala una sonrisa un poco más grande que las anteriores.

— Gracias — dice, con su voz ronca, pues hace mucho que no habla. Peeta siente su corazón latir con un poco más de fuerza, con un poco más de esperanza.

Quizá le cueste. Quizá no sea fácil. Pero es lo único que puede hacer. Es lo único que necesita hacer.

Traerá a Katniss de vuelta. Le enseñará que vale la pena seguir viviendo. Y si es a su lado, mejor.