Holaholaholahola. Nueva historia, saluda a las lectoras (? Jé. Estoy aquí con un coso nuevo, pero cortito. Consta de cuatro partes y sólo tengo escritas dos, pero espero que no me ocurra lo mismo que con el Pones aquel de SPN que creo que se va a quedar así para los restos.

Bien, tres cositas. Primera: este os largo es un crossover y si veis la información del fic, es un crossover de la película Brokeback Mountain, que creo que la conocemos todos. Es el primer crossover que hago ever, así que no seáis muy duras conmigo si ya habéis visto la peli. Se hace lo mejor que se puede :DD Si no la habéis visto, os recomiendo que lo hagáis porque, posibles prejuicios a parte, es una historia preciosa. Y si no la habéis visto, no leáis esto porque os voy a spoilear toda la historia. Aunque también podéis tomar este fic como un libro y ver la peli después. Lo que queráis, el caso es que merece la pena verla.

Segunda y os dejo leer: este coso trae dedicatoria especial a la monosaguaposa de Isabel porque lleva meses esperando que cuelgue esta historia y me va a pegar como no la acabe. Isabel, recuerda que yo te quiero :33

Y tercero: gracias a AriFloynter por su revisión y crítica constructiva :D

Todo dicho. Que aproveche la primera parte :D


Parte 1.

La estafeta de correos quedaba tan alejada de todo su mundo que incluso para una acción tan pequeña como revisar el buzón tenía que coger el coche. La conducción se prolongaba durante unos minutos, y siempre la hacía en ese silencio cómodo que otorga la soledad. El asiento del copiloto llevaba mucho tiempo vacío y era consciente de que permanecería así mucho tiempo más porque sólo consentiría que esa ausencia se llenara con la presencia de una persona en concreto, una que vivía a más de cuatrocientos kilómetros de él y que, si bien ansiaba poder ser el elegido con quien Danny compartiera su vida, jamás podría satisfacer dicho deseo. Ambos lo sabían, aunque no los dos lo aceptaran de buen grado.

La furgoneta, algo deteriorada tanto mecánica como estéticamente por el paso de los años, fue aparcada con precisión milimétrica en la acera contraria a aquél edificio de una sola planta cuyos ventanales, cubiertos desde su interior con sendas cortinas blancas, permitían la lectura de la palabra "CORREOS", plasmada con letras grandes y negras contra el cristal, haciendo un perfecto contraste que podía verse con nitidez. Fijó sus ojos en aquel cristal, achinándolos un poco para mitigar el latigazo de luz que le atacó las retinas cuando salió del cobijo de su vehículo. No hacía un buen día; el sol reinaba en el cielo de un modo sesgado, vertía sus rayos sobre toda la calle de un modo despectivo, casi como si su presencia fuera algo que mereciera más ceremonia. Era un frío invierno, un invierno duro en todos los aspectos, y la frialdad del viento que soplaba se le pegaba a las ropas a cada paso que daba, pero aún así, el sol seguía ahí, vertiendo una luz blanquecina a través de las nubes que teñía las calles con un manto níveo y nacarado que dañaba la vista.

Poco a poco fue alejándose del coche, su mente divagando sobre qué le contestaría Harry a la misiva que le había mandado dos semanas atrás.

Hacía casi cinco meses que no se veían. Cinco enteros meses, con sus días vacíos e insignificantes, con sus noches en vela, esas en las que no dejaba de repetirse que se les estaba escapando la vida de sus ya algo arrugadas manos y ni siquiera hacían el intento de retenerla, de cortar esa comunicación escrita y hacerla verbal, física y eterna. Estaba bien verse una vez al mes cuando tenían veinticinco años, podía conformarse con eso en aquel entonces, pero ahora ya no. Ya ni siquiera era capaz de soportar echarlo tanto de menos.

Su casilla tenía el número 44, y cuando la chica que se encontraba tras el mostrador lo vio entrar, se dirigió a ella sin necesidad de recibir la orden. Recogió la única carta que había dentro de ella, que más que una carta era, propiamente dicho, una postal, un sólo papel, de un tipo más duro y con una bonita imagen de las colinas de Brokeback estampada en el reverso, y cubierta de letras la parte trasera, de palabras que sólo le pertenecían a él y que se limitaban a la información básica que podían cruzar entre ellos, aunque siempre quisieran decirse algo más, algo que más que no quedase atascado en sus gargantas por culpa del orgullo, pero lo hacía en los bolígrafos a causa del miedo. ¿Miedo a qué?, sería la pregunta. Y cuando la respuesta era tan amplia como tenerle miedo al mundo, a la nada, al todo y sobre todo, a uno mismo, la situación terminaba por tornarse insostenible.

Sus manos atraparon aquel duro papel con dejadez mientras su ansiedad, perfectamente contenida tras la máscara de tranquilidad e indiferencia que tanto le caracterizaba, le carcomía las entrañas, las comisuras de los ojos prácticamente quemándole por el ansia de leer las palabras que Harry hubiera grabado para él, la esperanza de un nuevo encuentro aumentando a cada paso que daba y que lo alejaba de la estafeta, y que terminó por desvanecerse en el frío aire que expulsaron sus pulmones cuando su vista se encontró con aquel anuncio.

Al primer golpe de vista no se había percatado de que la postal que la chica le había entregado era la misma que él había enviado semanas atrás. Una imagen podía cambiar según el estado de ánimo con que la miraras, y su esperanza había disfrazado aquella con una luz y una perspectiva que la había hecho diferente, pero no lo era. Era su misma postal, eran las palabras que él le había dirigido a Harry, eran las promesas que se podían leer entre líneas, era... Ya no era nada.

La habían devuelto. Probablemente aquella postal nunca hubiera llegado a su destino, o sí, eso nunca lo sabría, pero lo importante era que Harry no podría contestarla, que no podría leer lo que le decía y que ahora le pertenecía para siempre.

"Fallecido", rezaba aquella palabra que le había robado el aliento. Eran letras rojas, amplias, sellando las que él había trazado directamente sobre el papel, sellándolas y dejándolas en un segundo e insustancial plano. Harry había muerto y Correos le había devuelto la postal. Era tan sencillo, tan rutinario y funcional que causaba incluso risa. Un muerto no podía leer una postal. Harry ya no podría pasear sus eléctricos ojos azules por aquellas líneas, ni podría sonreír al darse cuenta de que cuando Danny mencionaba una vez más sus expediciones de pesca en realidad le estaba invitando a pasar una noche entre sus brazos, a enredarse el uno en el otro como si más lejos de las montañas, ríos y vegetación que les servían de escondite no existiera nada. Como si más allá no tuvieran hijos, mujeres, familia, trabajo y responsabilidades. Harry no podría recibir nunca más su invitación a perderse el uno en el otro, a dejar fuera aquello que llevaba veinte años separándolos. Harry ya no podría volver a suplicarle por una oportunidad para estar juntos, no podría incrustarle el puño en la mandíbula en sus típicos ataques de ira, que más que ira era pánico ante la posibilidad de no volver a verlo. Y él ya no tendría que negarse más veces, ya no tendría que volver a recordarle lo que les hacían a los maricones por aquellas tierras y ya no tendría que lidiar nunca más con la cabezonería del moreno. Nunca más. Porque Harry había muerto. Y todo se había acabado.

La estafeta quedó atrás, alejándose de él como si quien caminara fuera ella. Sus ojos seguían anclados a aquella palabra que parecía relucir en el papel, leyéndola sin cesar, obsesivamente, esperando que cambiara de un momento a otro. Podía soñar con imposibles ahora que lo había perdido todo; soñar era lo único que le quedaba.

Prácticamente sin darse cuenta y sin que su aturullado cerebro supiera lo que hacía, se encontró delante de una cabina telefónica. Tan sólo era un poste metálico con un triste teléfono atornillado en un lateral, y rebuscó con manos temblorosas un par de monedas que extrajo del bolsillo de sus desgastados vaqueros. Las coló por la ranura y colocó el teléfono en su oreja, sujetándolo con ayuda del hombro izquierdo mientras la otra mano buscaba, presa del mismo temblor, el papelito donde años á había anotado su número de teléfono.

- ¿Sí?- contestaron al otro lado.

No reconoció la voz. Jamás había conocido a la mujer de Harry, ni siquiera recordaba su nombre, pero sabía que ella sí lo conocía a él, de aquellas "expediciones de pesca" que le robaban a su marido un par de días cada mes.

- ¿Hablo con... con la señora de Harry Judd?- preguntó, tomando el auricular con la mano, la vista derrapando por el asfalto de la calle, como si se arrastrara moribunda por ella.

- Así es – respondieron al otro lado. La voz llegaba distraída, como si hubieran contestado al teléfono por compromiso, y no había ni una pizca de tristeza o desesperación en ella.- ¿Puedo saber quién llama?

- Soy Danny – informó y completó: - Danny Jones. Su marido y yo solíamos ir a pescar a las montañas de...

- Sí, recuerdo su nombre. Debería saber que mi marido ha fallecido.

- Lo sé- vaya si lo sabía...- Por eso me he puesto en contacto con usted. Me han... han devuelto una carta que le mandé hace un par de semanas.

- Ah.

- Quería saber... ¿Qué ocurrió?

Al parecer, a Harry le había estallado una rueda en la cara. Trabajaba con su suegro, el señor Johnston, en la empresa familiar, que gestionaba diversos vehículos y transportes, pero se habían especializado en tractores porque la zona estaba repleta de granjas. También al parecer, Harry era el mejor vendedor aunque su suegro le tuviera tiricia, y una tarde, cuando se encontraba comprobando la presión de una rueda de dichos tractores, ésta le había estallado en la cara. La goma se había rasgado por la presión del aire y había golpeado de lleno su rostro, propulsando su cuerpo hacia el suelo con una fuerza e impacto mortal.

- ¿Sufrió?- oyó preguntar a su voz. El teléfono seguía en su mano izquierda, y la postal seguía escupiéndole aquél "fallecido", y los coches seguían circulando a su alrededor, los niños corriendo y la vida transcurriendo. Pero lo único que él podía sentir eran las cosquillas que las lágrimas le hacían al correr río abajo por sus mejillas.

- No – le aclaró su mujer.- Murió en el acto. No sintió nada.

- ¿Ha sido enterrado?

- Por supuesto que no – un bufido escapó de sus labios.- Fue incinerado. Quería que esparcieran sus restos por aquella montaña. PorBrokebackMountain.

- ¿Entonces...?

- Yo no puedo hacerlo –aclaró de nuevo. La diferencia entre poder y querer le pareció a Danny en esos momentos tan ligera como falsa. – No puedo desatender el negocio familiar por las excentricidades de mi marido.

- Yo puedo hacerlo.

- ¿De verdad?

- Me pilla bastante cerca- aseguró, aunque fuera mentira.

- Entonces tendrá que pedirle las cenizas a sus padres. Yo ya no las tengo. ¿Algo más?

Se despidieron sin más ceremonia. Ni siquiera le mostró sus condolencias porque no eran necesarias, ella ni siquiera se entristecía de haber perdido a su marido, no tenía sentido mostrar su pesar cuando ella no sabría valorarlo.

Recordaba de manera vaga dónde vivían sus padres, había leído la dirección en alguna de esas postales que intercambiaban y el coche parecía sonreírle para que lo hiciera. En el fondo sabía que si no era él quién recogiera esas cenizas y las llevara consigo a la montaña, nadie lo haría. Y todo el mundo se merece que su última voluntad sea llevada a cabo.

Nunca había conocido a sus padres, ni tan siquiera sabía si ellos sabrían de su existencia, pero lo deseaba. Significaría tantas cosas... Para empezar, no correría el riesgo de que le apuntaran con una escopeta por no respetar el dolor de unos padres que lloran la muerte de un hijo, ni resultaría descortés que un completo extraño pidiera sus cenizas; por otro, no encontraría oposición a que se las entregaran y confiaran en él para realizar el último deseo de Harry. Y lo que era más importante, si Judd les había hablado de él, si en algún momento de su vida había decidido que sus padres merecían conocer su existencia, si en algún momento de su vida había sentido las ganas de compartir su existencia con ellos, de hacerles saber que conocía a equis persona y que sentía el afecto suficiente por él como para hablarle de ello a sus padres, entonces significaba que le había querido más de lo que nunca había imaginado y merecido.

Su diatriba mental se volvió realidad cuando la mosquitera de la casa de la infancia de Harry se abrió y una mujer que fácilmente rondaba los setenta años apareció en el umbral, y una sonrisa desdentada iluminaba su moreno rostro curtido por el trabajo bajo el sol. Harry les había hablado de él, y de hecho, ella parecía esperarlo.

Le invitaron a un café, compartieron un par de trivialidades, de monosílabos que respondían a preguntas que en realidad ni el uno quería hacer ni el otro contestar, y finalmente ahondaron en el tema que Danny necesitaba tratar.

- Su cuarto está arriba- añadió su madre retirando las tazas del café. – La primera puerta de la derecha.

Asintió con educación, con esa parquedad en gestos y palabras que le había acompañado durante toda su vida, y remontó los escalones que le condujeron hasta el lugar en que Harry vivió sus primeros años.

Era un dormitorio humilde. El tejado era a dos aguas, quizás demasiado bajo considerando la altura de su amigo y carecía de privilegios. La cama se encontraba pegada a una de las paredes, había un pequeño ventanuco, un escritorio y un armario empotrado. Nada más.

Abrió la ventana. Desde ese lugar se apreciaba la zona trasera de la casa y, valiéndose de un trozo de madera que se encontraba en el alfeizar y que parecía decir que llevaba años allí y que seguramente Harry lo hubiera usado en sus días, sujetó la ventana para mantenerla abierta y dejar que algo de aire penetrase en el dormitorio.

Los tacones de sus botas resonaron contra las desvencijadas maderas del suelo. En algún momento aquella tarima habría brillado con el esplendor de la juventud y ahora estaban sucias, arañadas, apagadas y carecían de elegancia, como todo en aquel lugar. Caminó de aquí a allá, paseando su mirada y acariciando con la yema de los dedos la superficie del escritorio, sobre el que había un par de papeles desperdigados que no le llamaron la atención, y cerró los ojos. Trató de imaginarse a un joven Harry Judd creciendo entre esas paredes. Lo dibujó en su mente, dibujó al Harry de veintitrés años que él había conocido más de veinte atrás y minimizó sus dimensiones, aniñando sus rasgos, endulzando su expresión y llenando de inocencia sus vibrantes ojos, aquel azul que conservaría para el resto de su vida.

Ese Harry leía un libro tumbado boca arriba en el colchón, con los pies entrelazados y una mano tras la nuca; o se sentaba a ese mismo escritorio, encendía el flexo que ahora carecía de bombilla y estudiaba las lecciones del colegio; o escribía cartas de falso amor a sus primeras novias, prometiéndoles ser la primera y última chica que amaría en su vida. Era gracioso. Era gracioso que seguramente Harry hubiera sido más sincero con aquellas personas por las que no sintió nada y que fuera a él, a quién más amaba en el mundo entero, con quien más falso tuviera que ser. Era enrevesado. Habría chicas, ahora mujeres, que conservaran esas cartas en cajas que guardarían en lo alto de sus armarios, entre restos de perfumes, pañuelos antiguos y viejas entradas de cine, y esas cartas rezarían unas palabras de amor que nunca les pertenecieron pero que siempre, se hubieran casado, hubieran tenido hijos, hubieran discutido hasta pegarse y se hubieran pegado hasta hacerse sangre, siempre, siempre, siempre, le pertenecerían a él. Porque alguien solía decir que el hogar se encuentra allá donde está tu corazón, y si esa afirmación era cierta, Danny siempre sería el hogar de Harry.

Sus lacrimales no aguantaron más la presión de las lágrimas y se permitió llorar sin expulsar sonido alguno. Podía ser un hombre, pero seguía teniendo sentimientos, y hacía apenas dos horas se había enterado de que el amor de su frustrada y fracasada vida había fallecido. Y no le había dejado nada. Sólo una postal que se burlaba de él.

Puede que fuera por eso por lo que la puerta entreabierta del armario le llamara tanto la atención. Esa rendija incitándole a perderse entre su escaso metro cuadrado, y cuando se dejó llevar por la tentación, encontró varias de las prendas que en algún momento había visto cubriendo el cuerpo de Harry. Camisas, un par de jerséis y alguna que otra camiseta blanca de interior, de esas que tratan de proteger tus huesos del frío. Pensó en tocarlas, en acariciarlas como había hecho con el escritorio, y así tal vez podría sentir que no estaba tan lejos pese a estar tan cerca. Paradójico. Macabro. Sin embargo, no lo hizo. No quería que los deseos de su roto corazón alterasen nada de todo aquello, de cómo Harry lo había dejado. Si se encontraba así en el momento de su muerte, se encontraría así hasta que el mundo agotara su última gota de aire. Él no era nadie para alterar la perfecta tranquilidad de aquel dormitorio. Él sólo era la persona que más le había querido, pero seguía careciendo de ese derecho.

Cuando estaba a punto de salir de aquel enano espacio, su visión periférica se topó con algo: un segundo fondo. Un aparte en ese armario, un departamento que limitaba dos espacios, dos esferas de su vida. En una, el Harry que él no había conocido, en la otra, el Harry al que había amado hasta la saciedad.

Y en ella pudo apreciar otras dos camisas, y esas no tuvo que esforzarse por reconocerlas; el recuerdo vino a su mente arañando las paredes de su cerebro y abriéndose paso a codazos, como si hubiera estado esperando ese momento durante años y este fuera su momento triunfal.

Las rescató de su escondite, sin poder reprimir ya las ganas de tocar algo que perteneció a su amigo. Ambas colgaban de la misma percha, la una sobre la otra. La primera era clara, azul, como el cielo que les había servido de techo aquel verano en la montaña. La segunda tenía estampado cuadriculado, líneas pajizas, amarillas, blancas y negras, típico estampado vaquero. Pero lo que le hizo llorar, más allá de recordar aquel momento en que Harry las había vestido, más allá de que en su mente se dibujara de una manera maquiavélicamente realista el momento en que ambos se habían golpeado hasta sangrar, más allá de eso estaba el hecho de que esa camisa seguía sucia. Las manchas de sangre seguían ahí, resecas, oscuras y olvidadas. Perpetuadas en el tiempo, tan significativas como todo lo anterior. Aquel día, aquél en que la realidad que empezaba a envolverlos les había golpeado tan de lleno como ellos se habían golpeado entre sí, fue cuando empezó a aceptar que le quería. En silencio, sin decírselo jamás a él. Y las palabras se transformaron en golpes que más tarde se turnaron en llantos de desesperación en aquella pradera.

Ahora, esa sangre seguía allí, perenne, marcando un antes y un después en la historia de su "relación".

Regresó al comedor donde habían degustado los cafés. Las camisas le acompañaban, dobladas bajo su brazo como si pretendiera llevárselas consigo contra toda resistencia.

- ¿Puedo quedarme esto? – le preguntó aún así a la madre de Harry. Las lágrimas ya se habían secado en sus mejillas, al igual que la sangre en la camisa; ahora todo estaba seco, viejo y muerto. La mujer simplemente asintió, se tapó la boca con una mano, y lloró en silencio.

- Ven a visitarnos a menudo – dijo ella, y fue una súplica más que una invitación. Parecía como si quisiera mantener el vínculo con él para estar más cerca de su hijo, tal y como Danny había sentido en el dormitorio.

Se lo prometió.

Después, la madre de Harry tomó las camisas, las metió en un bolsa de papel y volvió a tendérselas, viendo minutos después cómo Danny, el amigo de su hijo, se alejaba de su casa en su furgoneta roja llevándose un pedacito de su niño, un pedacito que le correspondía porque siempre había sido un poco suyo.

Y aunque ahora Harry estuviera muerto, y ya no fuera a haber más escapadas a las montañas de Brokeback disfrazadas de fin de semana de pesca, aunque ya no pudiera volver a mirar a esos ojos eléctricos y tener la seguridad de que su regazo era su hogar, ahora entendía más que nunca que siempre iba a pertenecerle. Que no importaría el tiempo que pasase hasta que se reunieran de nuevo, porque su clandestino amor había sido mucho más real que cualquier amor público. Que cuando otras personas podían tomarse de las manos y sonreírse por la calle, Harry tenía que reprimirse. Que cuando otras personas morían tras una larga e infeliz vida juntas, él ahora podría morir con la certeza de que la suya, el tiempo que Harry estuvo en ella, había merecido la pena.


Ji. Para las que hayan visto la peli, creo que la mejor correspondencia con los personajes reales, sería justo al revés, Danny siendo el que muere y Harry el tipo duro, pero ya hay demasiado Junes en el que Danny es más femenino que las mariquitas, no está nunca de sobra cambiar un poco las cosas, ¿no?

Por si os interesa, el título del fic/os largo/lo que quiera que sea esto, es de una canción de la BSO de la película, compuesta por Emmilou Harris, y es preciosa, así que no perdáis oportunidad de escucharla.

Nos leemos la semana que viene con la segunda parte. ¡Hacedme saber si os ha gustado!