Resumen: Muchas veces los hilos del destino son tejidos con una canción de tristeza resonando en medio de la oscuridad. La magia tiene su manera de tejer las cosas, importándole muy poco lo que tenga que decir Harry, ni mucho menos Draco. Los dos muchachos experimentan cambios extraños, y terminan viéndose con diferentes ojos. Propietario: Hibari Kyouya. Betareader: Kino Shirase.


"Un escritor profesional es un amateur que no se rinde." Richard Bach (1923), escritor y piloto de aviación estadounidense.

Todos los personajes son de J. K. Rowling, y no lucro de ninguna manera con ellos.

Fanfic beteado por Kino Shirase, ¡muchas gracias por tu ayuda! :D

Capítulo 10. Una discusión humillante en la Sala Común

Advertencias:

OoC.

Slash (Drarry).

Sexto año, el Misterio del Príncipe.

Long Shot.

La siempre presente falta de ortografía.

El lector podría morir de aburrimiento.

¡Feliz Cumpleaños, Hibari Kyouya!


La luz tenue de las antorchas apenas iluminaban los pasos de Malfoy, mientras el muchacho avanzaba por un oscuro pasillo y se acomodaba el atuendo con ademán adusto. La túnica que llevaba Draco era negra, pero poseía un brillo sedoso que la hacía menos lúgubre, asimismo, estaba decorada tanto en las mangas como en cuello con un delicado bordado en color plata que imitaba a una enredadera. El rubio no tenía idea del motivo que lo había llevado a ponerse su mejor ropa de gala, mucho menos sabía en donde podría encontrarse.

Luego de caminar un largo trecho en silencio, las pisadas de Draco se detuvieron de golpe al toparse de imprevisto con una figura igual a la suya, su propio reflejo frente a él. Al principio, el muchacho creyó que se había encontrado con un enorme espejo que abarcaba toda la pared, pero entonces su silueta gemela sonrió con malicia, mostrando unos puntiagudos colmillos que Malfoy no poseía.

-Tarde como siempre, Malfoy -se quejó el espectro del Slytherin, mientras un brillo plateado se apoderaba de su mirada.

-Tú... eres la cosa que se encuentra dentro de mí –contestó Draco en un murmullo, aunque cierta duda lograba transmitirse en sus palabras. La respuesta del otro rubio fue un bufido despectivo.

-Sí, Malfoy, para mi mala suerte soy parte de ti -gruñó descontento el muchacho de mirada plateada, al tiempo que se giraba para darle la espalda al Slytherin-. Ahora sígueme...

Sin esperar la contestación de Draco, el reflejo del chico comenzó a caminar a largos trancos, tan amplios que al poco tiempo dejó atrás al Slytherin. Sintiéndose un tanto herido en su orgullo, Malfoy se vio obligado a correr para mantener el paso de su reflejo. Una vez que logró llegar junto al otro rubio, se sorprendió un poco al descubrir que el muchacho de largos colmillos era más alto que él, la altura de su acompañante lo sobrepasaba por al menos una cabeza.

-No son imaginaciones tuyas. En efecto, soy más alto que tú, Malfoy -dijo inesperadamente el reflejo del rubio, sorprendido por la repentina afirmación del otro muchacho, ya que Draco no había dicho ni una palabra en voz alta con respecto a su diferencia de estatura-. También soy más poderoso -añadió el espectro con prepotencia, al tiempo que extendía la palma de su mano derecha y de ella brotaba una potente llamarada que iluminó la escena de manera tétrica.

La mirada grisácea de Draco se entrecerró con molestia ante la declaración de su acompañante, sin lograr identificar el resto de los sentimientos que se arremolinaban en su pecho. Era sumamente extraño para Malfoy enfadarse con otra persona que al final de cuentas resultaba ser él mismo.

-¿Es por eso que he estado tan cansado en las últimas semanas? -se aventuró a preguntar Draco, con la ceja alzada. El otro Slytherin asintió con la cabeza, en confirmación a su teoría.

-Tu cuerpo se está adaptando a una magia que no está acostumbrado a manejar -explicó con voz tranquila el reflejo de Malfoy, al tiempo que detenía sus pasos-. Todo con el fin de alcanzar lo que queremos... a quien queremos -puntualizó el muchacho, mientras señalaba con el brazo hacia el telón escarlata frente al que se encontraban.

Draco tragó saliva con dificultad al imaginar de manera acertada a la persona a quien se refería la extraña aparición. Su sospechaba aumentaba conforme el embriagador perfume que asociaba a Harry Potter se apoderaba por completo del lugar.

-Lo que queremos... -repitió Draco en un murmullo aprensivo, pero su reflejo no lo dejó soltar una palabra más. Mostrando una sonrisa cargada de malicia, el rubio más alto descorrió la cortina, mostrándole al joven mago una imagen que provocó que la mirada de Malfoy se tiñera de rojo.

Contrastando contra la piel acanelada y el cabello oscuro de Harry Potter, había unas sabanas rojas de cubrían una enorme cama. Hasta donde Draco podía apreciar, el cuerpo de su amante se encontraba por completo desnudo, pero no eran sus caricias las que recibía. Cerniéndose sobre el Gryffindor como lo haría un ave de rapiña sobre unos restos, se encontraba la gigantesca y sombría figura de Severus Snape, cuya presencia se volvía más poderosa gracias a las túnicas negras que llevaba puestas.

El hombre no dejaba de impulsarse contra el cuerpo de El Elegido a un ritmo frenético, y con cada embestida el rostro de Harry se contorsionaba a causa del placer, mezclado con un ligero rasgo de dolor.

Apenas el Slytherin acababa de dar un par de pasos para detener la infamia que ocurría frente a sus ojos, cuando fue detenido bruscamente por el espectro a su lado. El otro rubio le sujetó el rostro con rudeza para que Draco no apartara la vista, al tiempo que lo inmovilizaba para que no interviniera entre los amantes frente a ellos.

-Quiero que se te grabe a magia y sangre esta imagen, Malfoy -gruñó sin piedad el reflejo del Slytherin, mientras sus afiladas uñas se clavaban en la cara del muchacho, hasta hacerlo sangrar-. ¡Porqué si no es Snape, será otro el que nos lo arrebate! -bramó el rubio más alto.

-¡Ya lo sé! -protestó al instante el Slytherin, tratando de liberarse del agarre de su captor. No puedo hacer mucho, su doble no había bromeado cuando se vanaglorió de poseer una fuerza superior a la de él.

-¡Lo sabes, pero no lo entiendes! -repuso el otro Malfoy, aumentando la furia con la que hablaba-. ¡Si quieres mantener a ese chico a nuestro lado, con vida! Severus Snape es la menor de nuestras preocupaciones...

De pronto la escena delante del Slytherin giró sobre sí misma y se tornó negra, y de entre aquella oscuridad surgió el pálido rostro del Señor Tenebroso, poseedor de la mirada escarlata de un demonio.

Fue en aquel momento que Draco Malfoy despertó en medio de la Sala Común de Slytherin, con la respiración entrecortada. El chico se hallaba sentado en uno de los pequeños sillones de la habitación, enfrente de la elegante chimenea en la que sólo quedaban cenizas. En un primer momento la confusión llevó al muchacho a ponerse de pie con brusquedad y buscar a Harry por los alrededores, antes de caer en cuenta de que acababa de tener una pesadilla.

Apenas un momento después de que el rubio se pusiera de pie, sus compañeros de Casa comenzaron a salir de las habitaciones para dirigirse a desayunar y de ahí a la primera clase del día. Luego de que varias personas le lanzaran miradas de extrañeza a la desaliñada figura del mago de sexto curso, todavía vestido con su pijama arrugado, hizo su aparición Pansy Parkinson, seguida de su sequito de chicas que no dejaban de cuchichear.

-Draco, querido... -se animó a hablar Parkinson, luego de un incómodo momento de silencio en el que la muchacha que se dedicó a observar a Malfoy en silencio-, ¿todavía no estás listo? Tenemos McGonagall a primera hora -dijo la chica al tiempo que se acercaba al rubio-. Sigues en bata... -comenzó a balbucear la Slytherin, confundiéndose cada vez más por la situación.

-Es evidente que si continuo en ropa de cama, no estoy listo, Parkinson -espetó Draco de mal humor.

La noche anterior, luego de tener que dejar a Harry con Snape y después de tener que soportar los intentos de chantajes de Nott, el muchacho de ojos grises había sufrido de un severo ataque de insomnio, a pesar de todos los intentos que hizo por conciliar el sueño. El rubio acabo regresando a la Sala Común para rumiar su mal humor en soledad.

Malfoy por fin había conseguido dormir hasta bien entrada la madrugada, por lo que ahora la falta de descanso le estaba pasando factura, y la pesadilla de recién no ayudaba a mejorar el estado de ánimo del rubio. El muchacho comenzó a frotarse la frente, gruñendo por lo bajo al sentir que un inminente dolor de cabeza se aproximaba.

-Tengo mejores cosas que hacer, no me importa lo que piense la vieja arpía de McGonagall -dijo entonces Draco, comenzando a enfilar hacia su habitación. En el camino se topó con Nott, a quien apenas le dirigió una mirada.

Por su parte, Theo se permitió una evidente sonrisa de petulancia cuando Malfoy pasó por su lado con el rostro descompuesto, gesto que el Slytherin amplió al toparse con la cara inquieta de Parkinson.

-¿Se te perdió algo, Nott? ¿Acaso tengo bubotubérculos en la cara? -escupió de inmediato Pansy, nada más notó la mirada de burla de su compañero de Casa.

-Modales, Parkinson, modales... -comentó el heredero de la familia Nott, torciendo la boca con auténtico desagrado mientras llegaba junto a la muchacha de cabello negro. En verdad a Theo le resultaba irritante la pésima crianza que reinaba entre sus compañeros de colegio-. Creo que alguna vez te lo había advertido, pero el recordatorio nunca está de más: las joyas dieron su veredicto -añadió el chico castaño en tono dramático, ante la mueca ofendida de la Slytherin, y las miradas confundidas del resto de su cortejo de bobas.

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En otra parte de Hogwarts, el despertar de Harry Potter no pudo haber sido más diferente que el de Draco Malfoy. El muchacho abrió con pereza los ojos luego de un sueño reparador, cuando de manera inconsciente sintió que el sol le calentaba la cara y que los pájaros cantaban tras los ventanales de la Torre de Gryffindor. Muy a su desgana, el chico de ojos verdes comenzó a desperezarse, frotando su rostro contra la almohada.

Fue el perfume de la tela lo que previno a Harry de que no era su vieja almohada a lo que había dormido abrazado toda la noche. Luego de que Potter observara con mayor cuidado a su alrededor, notó para su gran alivio que si se encontraba en su cama con doseles; pero por otro lado, era la túnica de Malfoy a lo que se aferraba con tanta insistencia. El muchacho recordó entonces que luego de huir de Warrington, atravesó el agujero del retrato ante la mirada curiosa de la Dama Gorda y enfiló por la oscura Sala Común directo a meterse bajo las sábanas.

Aunque Harry pensaba que había dejado cuidadosamente doblado el uniforme de Draco en una esquina de su cama, antes de caer rendido debido al cansancio.

Con un ligero sentimiento de culpa, el Gryffindor se apresuró a arreglarse para alcanzar al resto de sus compañeros, puesto que luego de despabilarse, además de encontrarse enredado en la ropa de Malfoy, también se hallo completamente solo en el dormitorio. En un primer momento Harry se extrañó que Ron no lo hubiera llamado para desayunar, con lo insistente que era el pelirrojo todos los días con tal de ser el primero en llenarse la boca de comida. La explicación de tan extraño comportamiento por parte de Weasley la obtuvo Potter, nada más bajó por la escalera que llevaba al dormitorio de los chicos de sexto año.

Era cosa rutinaria que Ron y Hermione discutieran a todo pulmón en la Sala Común, lo insólito del asunto era que Harry fuera el motivo de sus gritos.

-¡Es que no entiendo porqué me lo ocultaron, Hermione! -bramó la potente voz de Ronald Weasley, estrellándose contra las paredes de la Sala Común de Gryffindor. Harry no tardó mucho en encontrar a su alto amigo, cuya larguirucha figura resaltaba en medio de la habitación, aunque Potter se sorprendió un tanto por el pijama viejo que vestía el pelirrojo. Cualquiera diría que el muchacho de ojos azules habría dormido en el sillón a sus espaldas-. ¡Harry menos que nadie, de todas las personas...!

Al escuchar su nombre, el buscador de Gryffindor no pudo evitar sobresaltarse. El chico de cabello negro no alcanzaba a comprender que había hecho para hacer enojar a su amigo, al menos hasta que Hermione notó que Potter estaba al pie de la escalera y la mandó al chico una mirada angustiada, entonces un mal presentimiento comenzó a aprisionarle la garganta.

-¡Por centésima vez, Ronald! ¡Es una vil mentira! -chilló la muchacha de alborotado cabello, apartando sus grandes ojos castaños de Harry para regresarlos a Ron. La Gryffindor lucía un par de feas ojeras alrededor de los párpados, señal de que tampoco había dormido mucho-. ¡Y te repito que no es algo que quiero discutir a la vista de todos! -añadió Granger con los dientes apretados, al tiempo que le mandaba una mirada acusadora a Lavander Brown, quién junto con Parvati Patil, no dejaban de mandarle vistazos poco disimulados a la discusión acalorada entre los otros jóvenes.

Mientras Harry se acercaba de manera cautelosa a sus enfurecidos amigos, el buscador de Gryffindor dejó de lado los inútiles intentos de anudar su corbata de la manera correcta, al tiempo que las aspirantes a reporteras de El Profeta, Brown y Patil, abandonaban la Sala Común tras el mudo reproche de Hermione. Tendrían que enterarse del chisme completo más tarde, por fuentes de segunda mano.

-¡No lo quieres discutir porque es cierto, Hermione! -seguía insistiendo Ron, con el rostro contorsionado a causa del enojo, y como Potter creyó ver que el pelirrojo hacía ademan de buscar su varita, decidió intervenir, aunque Harry estaba seguro de que su amigo no haría nada para herir a Hermione voluntariamente.

-¡Woh! ¿Qué pasa aquí, chicos? -preguntó el muchacho de mirada verde, mientras se colocaba entre sus mejores amigos con las manos alzadas, manteniendo separados a Ron y Hermione. Harry no contaba con que no era la prefecta de Gryffindor quien peligraba ante su pelirrojo compañero, sino su propia persona.

Antes de un parpadeo, Potter se encontró con que su mejor amigo lo había sujetado por el cuello de la túnica, y lo alzaba con brusquedad hasta que la punta de sus pies apenas rozaban el suelo.

-¡Harry! -exclamó Hermione con preocupación, apresurándose a sujetar a Ron por el brazo, sino logrando que Weasley dejara ir a Potter, al menos tratando de contener un poco al impulsivo muchacho de ojos azules.

-¿Por qué vienes del dormitorio? -preguntó entonces Ron, dejando atrás el hosco gesto de su rostro, para dar paso a una mueca confundida que por poco provoca la risa de Harry. El buscador de Gryffindor no sonrió sólo porque sabía de primera mano lo fuerte que era la derecha del pelirrojo.

-Porque ahí dormí... -se animó a responder Harry en tono titubeante, torciendo la comisura de sus labios en formas extrañas con tal de contener la sonrisa que pugnaba por escapar. Aunque por otro lado, la respiración comenzaba a costarle un poco a Potter, y le agradecería infinitamente a su mejor amigo que lo regresara a la seguridad de la alfombra de la habitación.

Las palabras del buscador de Gryffindor provocaron que el guardián del equipo apretara mucho la boca y agitara mucho su mano libre en un berrinche propio de un bebé gigante. De manera instintiva, Harry se encogió sobre sí mismo, temeroso de que ya fuera a propósito o por error, el puño de Ron acabara por golpearlo.

-¡Es imposible, estuve haciendo guardia en la Sala Común para que no te escaparas! -se quejó Weasley, enseñando los dientes. A sus espaldas, Seamus, quien estaba jugando una aburrida partida de ajedrez mágico contra Dean, le dio un manotazo al muchacho de tez morena para llamar su atención.

-¡Te dije que iba a quedarse dormido! -dijo el chico Gryffindor con el cabello color paja, enseñándole la palma a Thomas para que le diera un par de galeones que ahora le pertenecían-. Paga la apuesta, Dean -añadió Seamus, comenzando a ponerse de mal humor, ya que su mejor amigo fingía no haberlo escuchado y seguía con la mirada fija en el tablero a cuadros.

-¡O-olviden eso! -balbuceó Ron, mientras sus orejas se volvían de un brillante color rojo a causa de la vergüenza y se dignaba por fin a soltar a Harry-. ¡Se supone que soy tu mejor amigo! ¡¿Por qué no me lo contaste?! -no tardó en empezar a protestar el pelirrojo. Harry notó que Weasley retorcía sus largos dedos de manera extraña, conteniendo a duras penas las ganas de golpearle el pecho con ellos. El muchacho de ojos verdes no entendía porque su mejor amigo no lo hacía.

Sin embargo, el comentario de Ron llamó la atención de Harry, haciendo que el corazón de El Elegido diera un vuelco y Potter girara su rostro con rapidez hacia Hermione. La muchacha de enmarañado cabello mostró entonces a sus amigos un rostro con una expresión un tanto culpable.

-¿Se lo dijiste? -preguntó Harry a Granger, con los ojos verdes y la boca bastante abiertos. La repentina traición de Hermione había tomado por sorpresa a Potter, jamás imaginó que la prefecta de Gryffindor le contara a Ron su mayor secreto, sin avisarle de antemano por lo menos.

Ante el evidente tono de acusación por parte de Harry, la mirada marrón de Granger no tardó en entrecerrarse de manera molesta. Y Potter tuvo que retroceder un par de pasos al ver la manera en que el pelo de la muchacha se erizaba, como un gato furioso listo para atacar. El muchacho de cabello negro sólo se permitió relajarse cuando Hermione soltó un suspiro de exasperación.

-Harry... -comenzó a decir Hermione, cruzándose de brazos y tratando de armarse de paciencia ante los dos idiotas que tenía por mejores amigos. No contaba con que el despistado de Ron la interrumpiera, puesto que como siempre el chico no supo leer el ambiente que se desarrollaba a su alrededor.

-¡Lo está aceptando, Hermione! -soltó Weasley, con un bramido que llamó la atención de todos los leones presentes en la Torre-. ¡No puedo creer que ambos me hayan mentido de semejante manera! ¡Son un par de...! -Ron estaba tan enojado que se atragantó con su propia saliva. El silencio repentino del pelirrojo se debía además a que insultar a Hermione, era una línea que el muchacho de ojos azules no se atrevía a cruzar, sin importar la ira que sintiera.

-Ron... -gruñó Hermione, cerrando los ojos para mantener la calma y no perder los estribos de nueva cuenta, como había sucedido apenas minutos atrás, antes de que llegara Harry.

-¡Era obvio que no quería decirte! -intervino entonces Potter, sin saber que con sus palabras sólo complicaban el malentendido con Ron-. ¡Ve como reaccionaste con la noticia! -fue el turno de Harry de quejarse, señalando con sus dos manos el alterado estado de su mejor amigo. Su única esperanza era que al menos Hermione tenía mejor tacto que Weasley a la hora de dar malas noticias.

-¡Pensé que me considerabas tu amigo, traidor! -acusó Ron a Harry, y el muchacho de mirada verde se estremeció al recordar el distanciamiento que tuviera con el pelirrojo durante su cuarto año, cuando Weasley pensaba que había metido su nombre en el cáliz de fuego para llamar la atención de todo el colegio-. ¡Traidor, traidor, traidor! -repitió Ron una y otra vez, y por primera vez Potter notó el dolor en la mirada azul de su mejor amigo.

-¡Quería esperar un mejor momento para contártelo! -intentó justificarse Harry de manera desesperada-. ¡Nunca pensé que Hermione te iba a ir con el cuento! -dijo entonces el buscador de Gryffindor, señalando a la mencionada muchacha de manera acusadora. Eso fue lo último que Granger pudo soportar.

-¡Ya basta los dos! -gritó la chica de cabello enmarañado, y tanto Harry como Ron le dedicaron toda su atención al darse cuenta de que Granger había sacado su varita-. ¡Harry! ¡Ron piensa que estás saliendo conmigo! -se decidió Hermione a aclarar las cosas de una buena vez.

La primera reacción de Harry ante semejante declaración fue torcer la boca, y luego comenzar a rebuscar en sus oídos, creyendo que había escuchado mal a Hermione, gesto que provocó el asco de todas las féminas presentes. Las cejas alzadas de Granger le hicieron ver a Potter que no se trataba de una mala broma, también lo hicieron los cuellos estirados de los curiosos, cuyas caras se hallaban giradas en dirección a donde se encontraba El Elegido. Habría que ver los chismosos que podrían ser los estudiantes de Hogwarts.

-¿Qué? ¡No! -respondió por fin Harry, torciendo la boca con desagrado. Los cuchicheos no tardaron en estallar por toda la Sala Común-. ¡Claro que no! ¡Jamás! -dejó más que patente Potter, maldiciendo interiormente la ola de rumores que sin duda se esparcirían por el colegio a partir de sus palabras. Entonces el rostro del muchacho se tornó pálido, al caer en cuenta de que tal vez estaba ofendiendo a su amiga con una negativa tan tajante-. L-lo siento, Mione, no es que no piense que eres linda o b-bonita -balbuceó el muchacho de mirada verde girándose hacia Hermione y por poco entrenado en pánico-, pero es que yo... t-tú sabes...

-Lo entiendo muy bien -lo detuvo Hermione, alzando la mano. Era suficiente con que Ron se estuviera avergonzado frente a toda su Casa, no era necesario que el pobre de Harry también lo hiciera.

-Ustedes dos están tratando de confundirme... -dijo entonces Ron, pasando alternativamente su mirada azul de Harry a Hermione. El pelirrojo no lograba quitarse de encima la sensación de que se había perdido una parte importante de la conversación.

-No es como si fuera algo muy difícil de conseguir -repuso ofendida Hermione, volteándole el rostro a Weasley. La prefecta de Gryffindor iba a tardar bastante tiempo en perdonarle al chico de ojos azules el hecho de que no sólo no le había permitido explicarle la situación con mayor cuidado, sino de que tampoco había creído en sus palabras cuando le dijera que no tenía un noviazgo con Harry.

Al ver que los ánimos exaltados de Ron se habían apaciguado un poco, Harry se animo a acercarse a su amigo.

-Ron, estoy saliendo con alguien, creo... -murmuró Potter, un tanto apenado al recordar el beso que Malfoy le diera la noche pasada al despedirse de él, justo frente a Snape. Por temor a que la muchacha acabara adivinando sus avances con Draco, Harry hizo su mejor esfuerzo para controlar el rubor que luchaba por cubrirle el rostro-, pero no es Hermione... -añadió el muchacho de la cicatriz, en tono más bajo.

-¿Y si no es Hermione por qué tendrías que ocultármelo? -preguntó Ron, todavía a la defensiva. Los argumentos de sus amigos no terminaban de convencer al pelirrojo, no iba a ser tan fácil persuadir a Weasley de que estaba equivocado.

Perdiendo la paciencia, Hermione decidió que era el momento oportuno de intervenir de nueva cuenta, poniendo todos los ingredientes en el caldero, a riesgo de que la poción le explotara en el rostro.

-¡Porque es un chico, Ron! -gritó la muchacha de cabello castaño, haciendo que todas las cabezas de la Sala Común se giraran en su dirección y que la cara de Potter se volviera tan roja como los adornos que decoraban la habitación. El pobre buscador deseó arrojarse al lago para que el Calamar Gigante se lo tragara-. ¡Harry está saliendo con un chico! -repitió Hermione, por si le quedaban dudas al despistado pelirrojo que tenía por amigo.

-Ah... -exclamó Ron, todavía con la incredulidad marcada en la cara. Sólo luego de varios segundos en tenso silencio, las palabras de su amiga parecieron cobrar sentido dentro de la cabeza de Weasley, porque de inmediato el rostro del muchacho pelirrojo comenzó a volverse de un feo tono verde-. ¡Oh! ¡Ew! -chico con asco, cubriéndose los ojos como si acabara de presenciar algo que realmente lo perturbara-. ¡No digan nada los dos, no quiero saber nada! -aseguró Ron con vehemencia, aumentando la incomodidad de Harry y el enojo de Hermione.

De inmediato la muchacha castaña, colocó sus brazos en jarras, poniendo las manos sobre sus caderas.

-¿Estás despreciando a su amigo sólo porque se besó con otro chico? -gruñó Granger en tono retador, y Ron retrocedió varios pasos con rapidez, temeroso de que la chica le saltara encima.

-¡Puaj! -escupió el pelirrojo, mostrando la lengua-. ¡No, es decir...! ¡No me molesta, Harry! ¡Puedes salir con quien quieras, compañero! -aseguró Ron entre balbuceos, al tiempo que se giraba hacia su avergonzado amigo, cuya mirada seguía clavada en la alfombra de la Sala Común-. Sólo no quiero saber los detalles... -añadió Weasley en un murmullo.

La respuesta de Potter fue limitarse a asentir con la cabeza, aliviando de que su mejor amigo no quisiera saber más y de que por el momento se mostrara reacio a hablar sobre el tema. De esa manera Harry no se sentía culpable por estarle ocultando cosas a Ron, puesto que era el pelirrojo mismo quien no quería conocer nada sobre una relación con otro estudiante varón de Hogwarts.

La atmósfera de incomodidad que ahora reinaba entre los dos amigos, para irritación de Hermione, fue rota por la llegada intempestiva de otro miembro de la Casa Gryffindor. El pequeño Colin Creevey había atravesado el hueco del retrato cargado con una larga caja de madera, y Potter se estremeció al darse cuenta de que el diminuto rubio se encaminaba directo hacia él.

-¡Harry! ¡Tengo un regalo para ti! -gritó Colin con entusiasmo, alzando con gran esfuerzo la caja de madera.

-Hola, Colin... -saludó Harry con desgana, al tiempo que el mayor de los Creevey llegaba hasta donde se encontraba. El rubio Gryffindor giró la caja de madera que tenía entre sus brazos, mostrando que el frente era de cristal, para poder ver su interior. Adentro había una rosa roja acristalada, similar al lirio morado que había encontrado en su pupitre hacía unos días atrás, y que Malfoy destruyera con sus propias manos.

-Me dijeron que llegarían más presentes -dijo Colin con voz chillona, mientras le pasaba a un avergonzado Harry su regalo-. Todos con el mismo sentimiento. ¡Yo me asegurare de que te lleguen todos! -declaró con orgullo el Gryffindor que había caído al lago durante su viaje inaugural.

-Gracias, Colin -murmulló Potter, sintiendo la necesidad de grabarse a todo detalle las grecas que adornaban la alfombra del piso. Nunca había notado que había un bonito bordado sinuoso en color verde que recorría el tapete de izquierda a derecha.

-¡Es un gesto muy romántico, Harry! ¿De quién es? -continuo hablando Creevey, como siempre, sin notar que el muchacho a quien bombardeaba con sus comentarios no era particularmente entusiasta de la conversación-. ¡Luna no supo...! ¡Ey! -chilló entonces el diminuto rubio, pues Ron lo había sujetado por la parte de atrás del cuello de su túnica, para alejarlo de su atribulado amigo.

-Suficiente, ve a molestar a alguien más -le gruñó Weasley, empujándolo en la dirección en la que se encontraban los compañeros de curso de Creevey, cuchicheando con curiosidad sobre el encargo que había llevado a cabo el rubio, con la menor discreción imaginable-. Por cierto, Harry, ¿qué tienes en la mejilla? -preguntó el pelirrojo con curiosidad, señalando la mejilla amoratada de Potter.

-¿Te golpeaste, Harry? -intervino entonces Hermione, acercándose al mencionado herido y elevando su mano hacia el rostro de Potter. Pero luego de observar con mayor cuidado la mejilla del buscador de Gryffindor, la muchacha castaña se dio cuenta de que en medio de la zona enrojecida, había las marcas de dos hileras de dientes perfectamente alineados.

Por instinto, Hermione se echó hacia atrás, al tiempo que sus mejillas morenas se coloreaban de un pálido tono rosado. A manera de respuesta, Harry se removió incomodo en su lugar, pero entonces Potter se dio cuenta de que Ron también estaba esperando su respuesta, y a manera de venganza por haber dudado de su amistad, El Elegido decidió responder con toda sinceridad.

-Es un chupetón -dijo Harry en tono tranquilo, girándose hacia el pelirrojo mientras hablaba-. Lo hizo un chico -aclaró el muchacho de ojos verdes, tratando de no avergonzarse, y como si realmente fuera necesario que lo explicara-. Él...

De inmediato, la cara de Ron adquirió el color de su cabello. Weasley alzó con rapidez una de sus manos torpes, cubriéndole la boca a Harry para que no continuara humillándolo.

-Quiero que el castillo se derrumbe sobre mí y morir entre los escombros -masculló entre dientes el guardián de Gryffindor, sintiendo que todas las miradas de los leones se clavaban en la larguirucha figura del pelirrojo, más unas cuantas risillas de burla añadidas. La historia de la manera en que había increpado a sus dos mejores amigos con seguridad se esparciría por todo Hogwarts.

-Te lo mereces -le dijo Hermione con rencor a Ron, para después darse la vuelta y sentarse a leer su libro de Runas. Al menos ahora la muchacha podría tener algo de tranquilidad para hacer su trabajo escolar.

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Severus Snape enfilaba hacia su despacho privado, con el gesto hosco que tanto lo caracterizaba. El hombre había tenido un comienzo terrible del día, con una clase de Defensa cuyas dos horas se volvieron siglos, a criterio del jefe de Casa de Slytherin, debido a la ineptitud en la materia del grupo de Hufflepuff de tercer año. Los de Ravenclaw no poseían mejor habilidad, por muy duchos que fueran en la teoría.

El alto mago todavía saboreaba en la boca los múltiples puntos que había quitado al grupo de chiquillos torpes, cuando cierto detalle hizo que las largas zancadas de Snape se detuvieran de golpe en medio del pasillo. La puerta de la habitación, que Severus estaba seguro había sellado con un hechizo, se encontraba ahora entreabierta.

Esperando lo peor, o cuanto menos un despistado estudiante que imaginó ingenuamente que sería fácil robar de su despensa personal, el mortífago sacó su varita y avanzó con sigilo hacia su propia oficina. El hombre tuve que morderse la lengua para no soltar un maleficio, uno que lo enviaría una considerable temporada a Azkaban, al distinguir con rapidez una llamativa túnica morada con estrellas amarillas.

-Buenos días, Severus -dijo de pronto el director de Hogwarts, todavía de espaldas a Severus. El pocionista se preguntó, no por primera vez en la vida, de qué clase de hechicería se valía el viejo mago para saber todo lo que sucedía a su alrededor. Un tanto a regañadientes, Snape bajo la varita y terminó de entrar en el cuarto, cerrando la puerta tras de sí.

-Profesor Dumbledore -masculló el hombre de cabello oscuro, apenas moviendo los labios. Las fosas nasales del adusto profesor se dilataron de enojo al descubrir que en la chimenea de su despacho, la cual nunca utilizaba, ahora bailaba un alegre fuego.

-Espero que no te haya molestado que me tomara la libertad de pasar a tu oficina –continuó hablando el anciano profesor, mientras se daba la vuelta para encarar por fin a Snape-. Esperar en el pasillo siempre hace que me duelan los huesos -añadió Albus, al tiempo que entrelazaba sus nudosos dedos. Además, como para demostrar lo cansado que se sentía, Dumbledore se permitió el lujo de tomar asiento en la silla frente al escritorio de Severus, sin esperar a que su anfitrión lo invitara.

Torciendo el gesto a causa de la sonrisa bonachona que lucía el director, el profesor de Defensa decidió reiniciar sus pasos para sentarse también. Snape no creyó necesario decirle a Dumbledore que el lugar que ocupaba era mayormente usado por los alumnos castigados. La visita de Albus a una hora tan temprana no era para nada habitual, y pese al gesto cándido que el viejo mostraba en su rostro, el mortífago no iba a dejarse engañar de manera tan fácil.

Hacía tiempo desde la última vez que los brillantes ojos azules del director de Hogwarts le habían parecido inocentes a Severus.

-Además te tomaste la molestia de ayudarme con la decoración, Albus -repuso Snape en tono mordaz, antes de por fin ocupar su lugar habitual detrás del escritorio. La respuesta inmediata de Dumbledore fue un suave canturreo por lo bajo, al tiempo que sacaba su varita para hacer aparecer un juego de té completo, ayudado por un hechizo no verbal.

Lo que ahora causaba la molestia de Snape, era el gigantesco jarrón con flores que reposaba encima de su pulcra mesa, las gardenias blancas eran tan grandes como los puños de Hagrid, y el dulce perfume de las acacias amarillas era tan intenso que opacaba el olor acostumbrado de las pociones viejas que dominaba la habitación. Severus se mordió los delgados labios cuando un capullo floreció de repente, llenado el aire de chispas de color fucsia.

No eran los únicos cambios en la habitación, dejando de lado el fuego en la chimenea. Pues Albus además se había dado el lujo de colocar un pequeño cuadro entre los estantes de pociones de Snape, justo al lado del frasco con los ojos de paz globo. El retrato tenía forma de corazón, con el marco dorado, y mostraba a un apuesto muchacho con el cabello rubio y los ojos azules; un desconocido para Severus, pero que debería de tratarse de alguno de los famosos conocidos de Dumbledore.

-Siempre he dicho que aunque apreció tu colección de especímenes -dijo Albus bastante animado, al tiempo que llenaba su taza de té con lo que parecía ser la mitad del azucarero. De manera obediente, el profesor de Defensa sirvió la suya, aunque no hizo ademán de tomarse la bebida caliente-. Muy completa colección por cierto, muy completa... -añadió el anciano mago por lo bajo-. Aunque consideré que le hacía falta algo de color a la habitación.

-Todo un detalle de tu parte, Albus -replicó Severus de manera sarcástica, aunque la inclinación de cabeza por parte del director le indicó al mortífago que el comentario, que tenía el fin de ofender a su inesperado invitado, no había logrado cumplir con su objetivo.

Mientras el excéntrico director de la escuela se encargaba de sacar de los bolsillos de la túnica una gran variedad de dulces muggles, entre los que se encontraban sus preferidos, los de limón, el profesor de Defensa no le quitaba la oscura mirada de encima. El pocionista trataba de dilucidar detrás de los lentes de media luna, el motivo que había llevado a Dumbledore a invitarlo al té en su propia oficina, cuando no era ni siquiera medio día. Sin embargo, Albus no parecía estar preocupado en aquel momento por otra cosa que no fuera su caramelo de limón, cuya envoltura le costaba quitar debido a la mano ennegrecida.

-¿Ha llegado correo de Bulgaria, Severus? -preguntó de pronto Dumbledore, con voz afectuosa.

De estar sosteniendo la taza de té, Snape sin duda la habría dejado caer al suelo. Por su puesto, era evidente que Albus vigilaba su correspondencia, el astuto hombre lo haría aún si no corrieran los oscuros tiempos del regreso del Señor Tenebroso. Pero, para sus adentros, Severus hubiera deseado que su carta a Bulgaria se perdiera entre las otras que había enviado el mismo día, con el propósito de ocultarla.

-Me carteo de manera continua con varios especialistas en Pociones y Artes Oscuras -dijo Snape en un murmullo, al tiempo que deslizaba uno de sus largos dedos por el borde de su taza de té-. Como bien sabes, Albus -añadió el profesor por lo último, permitiéndose un ligero tono de reproche en la voz.

-Lo entiendo, Severus, no fue mi intención leer tu correspondencia privada -se disculpó el anciano mago, y parecía hacerlo con tal sinceridad que de no conocerlo mejor, Severus le habría creído. No obstante, las palabras de Dumbledore provocaron que el pulso de Snape se acelerara de manera imperceptible, aunque el rostro del hombre continuara inmutable-. Esta carta ha llegado a mí por error junto con mi periódico diario -dijo Albus, al tiempo que sacaba un grueso pliego de pergamino de entre la ropa, cuyo sello de cera estaba roto.

Snape no tardó mucho en arrebatar la carta que Dumbledore le ofrecía con dedos aparentemente entumecidos, las manos envejecidas de Albus ocultaban la gran habilidad mágica que el hechicero todavía poseía. Puesto que ya no tenía sentido ocultarla del director, Severus decidió darle una rápida ojeada a su correspondencia, y no tardó en formarse una opinión dividida ante las líneas de tinta que había recibido desde Bulgaria.

Por una parte el profesor de Defensa se sintió satisfecho puesto que su colega académico en Vitosha había respondido de manera inocente a todas sus dudas, ampliando el conocimiento que a Severus tanto le interesaba: la misteriosa naturaleza de Harry Potter y Draco Malfoy. Sin embargo, ahora también Dumbledore estaba enterado del asunto, al menos en parte. En el fondo de sus adentros, Snape tenía la desagradable sensación de que el astuto mago sabía más del tema de lo que aparentaba.

-Me ha llamado la atención esta investigación a cargo de tu amigo -comentó Dumbledore de manera casual, al tiempo que sacaba un par de galletas saladas de entre los mechones de su barba y las sumergía en el té dulce-. Creo que el mago se llama... ¿Linneus? -preguntó el viejo director, fingiendo demencia como tan bien sabía el calculador hombre.

-Kerberus Linneo -contestó Snape entre dientes, deseando ceder al impulso de arrojarle la bebida hirviendo al rostro del entrometido director. El hombre se contuvo sin dificultad, aunque no por primera vez.

-El señor Kerberus... ¿cuál dices que es su especialidad? -siguió Albus su interrogatorio con toda tranquilidad, a pesar de saber que su interlocutor no estaba del mejor estado de ánimo para responder a sus interrogantes. Hablando en claro, era rara la ocasión en que su querido muchacho Severus se encontrara de buen humor, ni siquiera cuando le regalo un par de gruesos calcetines de lana en su pasado cumpleaños, bastante necesarios en el aire congelante de las mazmorras.

-Sé que sabes perfectamente cuál es la especialidad de Kerberus, Albus -dijo Snape, haciendo a un lado la floreada taza que había conjurado Dumbledore, para colocar los codos sobre el escritorio y entrelazar sus pálidos dedos-. Trabajaste con él luego de descubrir los doce usos de la sangre de dragón -le recordó el profesor de Defensa al director, alzando una de sus negras con escepticismo.

-Pero mi edad, Severus -repuso afligido Albus, mientras se acariciaba la barba de manera lenta, tocando cada hebra plateada-, mi memoria ya no es como antes...

El pocionista permaneció en silencio, sin tragarse la excusa que le daba el venerable mago sobre la vejez. Como si quisiera convencer de su locura a la persona que lo observaba, Dumbledore extendió su mano para tocar con dedos temblorosos las enormes gardenias que él mismo había traído al despacho de Snape. El director de Hogwarts dejó escapar una exclamación de sorpresa cuando una de las flores soltó chispas azules, que le manchó el rostro de añil.

-La ascendencia de las criaturas mágicas en los magos actuales -respondió Severus a regañadientes, después de ver que acacias amarillas recibían más atención por parte del dirigente de la escuela, que la propia conversación que mantenía con Albus.

-Sí, sí, esa es la ocupación del señor Kerberus -susurró Dumbledore con rapidez, como si agradeciera la intervención del mago más joven. Snape soltó un gruñido exasperado, pero la respuesta del tranquilo anciano sentado al frente suyo fue sacar un plato de pastas de su barba y comenzar a tararear una canción tonta por lo bajo, algo sobre una cabra y la luna, luego de echarse un par de galletas a la boca.

Fue todo lo que el antiguo profesor de Pociones pudo soportar.

-¿A qué estás jugando, Dumbledore? -siseó Snape entre dientes, al tiempo que se ponía de pie con brusquedad y rodeaba la mesa para enfrentar al mencionado mago-. Kerberus no ha sabido sacar mucho en claro con las pocas muestras que le he enviado, como bien sabes gracias a mi carta -increpó el oscuro hombre a Albus, mientras arrojaba el dichoso pliego de pergamino sobre el regazo del director-. ¡Pero tener a dos criaturas mágicas sin control pululando por la escuela...! -comenzó Severus a elevar la voz, de sólo recordar los numerosos heridos que tuvieron en Hogwarts cuando el basilisco de Slytherin andaba suelto.

-En mi defensa -lo interrumpió Dumbledore en tono serio, tomando la carta de Linneo para colocarla sobre el escritorio de Snape, todo con movimientos pausados y tranquilos-, debo confesar que la situación del señor Malfoy me era por completo desconocida -confesó el director del colegio, sorprendiendo un tanto a Severus por el hecho de que el hombre reconociera su ignorancia con tanta facilidad.

-Pero no la de Harry Potter -dijo entonces Snape, sin ocultar el tono de desprecio que le inundaba la voz, de la misma forma en la que siempre sucedía cada vez que el nombre del muchacho de Gryffindor salía a relucir.

-No -repuso Albus en un susurro, al tiempo que se ponía de pie. El profesor de Defensa se cruzó de brazos al ver que el fin de la visita del dirigente del colegio llegaba a su final, puesto que Dumbledore se acercó con pasos lentos a la puerta del despacho-. Tenía conocimiento de ciertos antepasados no humanos en la familia... pero jamás imagine que la influencia de tales criaturas podría ser tan poderosa -explicó el anciano mago de manera parca, y el mortífago que lo escuchaba deseó que Albus se explicara más claramente.

-La mala sangre de James Potter -gruñó Severus, antes de poder morderse la lengua. Tal pareciera que aún después de muerto el maldito merodeador de Gryffindor iba a seguir complicando la existencia de cuantos lo rodearon.

Ante el comentario grosero por parte del profesor, Dumbledore no pudo evitar soltar una risilla sincera desde su garganta reseca. El anciano mago uso su mano sana para abrir la puerta de la oficina de Snape, y empleó esa misma mano para palmar con gento amistoso el hombro del pocionista. Albus estaba a punto de cruzar el umbral de la entrada, cuando de pronto regresó sobre sus pasos, como si acabara de recordar algo importante que hubiera olvidado.

-Severus, voy a pedirte que destruyas toda evidencia de lo que hayas investigado hasta ahora... sobre los muchachos -aclaró Dumbledore, aunque no había ninguna necesidad. El mortífago había entendido a la perfección las instrucciones del líder de la Orden del Fénix-. En persona continuare con la correspondencia del señor Linneo -añadió Albus, enviándole a Snape una de aquellas brillantes miradas que tanto caracterizaban al viejo mago-. Y Severus... -llamó de nuevo el anciano director, haciendo que el hombre de túnicas negras girara su vista hacia él-, prueba las galletas con nuez, están deliciosas -le aconsejó Dumbledore en tono dulce.

-¿Qué debo comunicarle a nuestros alumnos? -preguntó Snape en tono seco, ignorando las palabras de Albus acerca del postre.

-Nada -respondió Dumbledore con sencillez, provocando que la ira comenzara a surgir en el interior del maestro de Defensa.

-¿La situación de Potter no ha cambiado en vista de las nuevas circunstancias? -siguió insistiendo Snape, y la pregunta provocó una triste sonrisa por parte del mago de mayor edad. Severus parecía olvidar a propósito el hecho de que la condición de Harry, la presencia de sangre de criatura mágica en las venas de Potter, no eran noticias desconocidas para el director de Hogwarts.

-No... -susurró Albus muy a su pesar, bajando la mirada hasta el suelo de piedra.

-Albus, no estoy de acuerdo... -resopló de inmediato Severus, avanzando hasta salvar la poca distancia que lo separaba de Dumbledore-. ¡Algo debería poder hacerse por el chico! -siseó el mortífago, desafiando con su postura al viejo mago para que no se atreviera a darle una respuesta contraria.

El gesto protector por parte del oscuro profesor provocó que las manos del dirigente de la Orden del Fénix temblaran, y que los ojos azules de Albus pasaran desde el piso, de regreso al rostro contrariado de Snape, repletos de lágrimas no derramadas.

-Por más que lo niegues, Severus, creo que al final le has tomado cariño a Harry -dijo el anciano director, con voz enternecida.

Snape tragó saliva con dificultad, pero no replicó las palabras de Dumbledore, como la primera vez que el director de Hogwarts las dijera. La contestación entonces por parte del mortífago, fue tan violenta que ni siquiera Albus fue capaz de predecirla. Severus sacó su varita de pino negro y apagó con ella la chimenea de su despacho, destruyéndola junto con los estantes que la rodeaban.

Después tomó con sus propias manos el servicio de té encantado por el viejo mago y lo arrojó dentro de las llamas que todavía ardían en el nicho de piedra maltratado. El mismo destino tuvieron las flores frescas, cuyo verdadero significado el profesor de Defensa no ignoraba. Los bonitos brotes ardieron junto con la porcelana pintada.

Luego de que la oscuridad invadiera de la oficina de Snape, sólo el gruñido árido de la voz del hombre atravesó el inquietante silencio de la habitación.

-Él podría haber sido mi hijo -había dicho Severus. Dumbledore no supo que responderle.

Justo en aquel momento de gran tensión, una bruja pequeña vestida con una túnica escarlata y una cofia blanca, irrumpió por el oscuro pasillo que daba a las mazmorras.

-¡Profesor Snape...! -comenzó a decir madame Pomfrey en tono molesto, aunque la mujer tenía en el rostro un evidente gesto de profunda preocupación. Entonces Poppy cayó en cuenta de la presencia del director de la escuela-. ¡Albus! Es bueno que también te haya encontrado a ti -dijo entonces la enfermera de Hogwarts, soltando un suspiro de alivio-. Trate de comunicarme con Severus, pero por alguna razón su chimenea... -la bruja se llevó de pronto una mano a la boca, luego de ver el desastre que reinaba en el despacho del antiguo profesor de Pociones.

-¿Qué sucede, Poppy? -preguntó Dumbledore con rapidez, deteniendo cualquier teoría que se estuviera formando en la cabeza de madame Pomfrey, acerca de la chimenea destruida de Snape.

En menos del cantar de un gallo, la bruja regresó a la actitud profesional que tanto la distinguía, y que había llevado a que fuera contratada en el famoso Colegio de Magia y Hechicería.

-Es el señor Warrington, Slytherin de último curso -explicó madame Pomfrey sin necesidad de decir más, puesto que al escuchar el nombre, ambos hombres supieron de quién se trataba-. Se encuentra en estado crítico, en la enfermería -anunció la bruja con seriedad, frunciendo sus cejas encanecidas-. Es posible que necesitemos trasladarlo a San Mungo -declaró Poppy, causando que los dos magos delante suyo se vieran entre sí con inquietud.

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I'm come back ._. ¿Un mensaje de bienvenida a su desaparecida fanficker? x3

Zaludos

Zaphy

Sela Yal than Rami usa te, finta Zaphyrla... Temo si la ura le.