Disclaimer: nada del Potterverso me pertenece

"Este fic participa en el reto anual "Long Story 2.0" del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black"


Prólogo

Primero apareció una figura encapuchada. Era alta y llevaba una túnica negra, andrajosa y manchada de barro en los bajos. Escudriñó el callejón en el que se había aparecido, totalmente a oscuras. Miró al cielo, colmado de estrellas. Sacó entonces un puro y lo encendió. Mientras fumaba, miraba a veces su reloj de muñeca y se impacientaba, aunque a ratos se mostraba preocupado. Era evidente que esperaba a alguien.

Por fin, un pequeño estallido le hizo ver que aquel a quien estaba esperando había llegado por fin.

―Por Merlín, Rodolphus, sí que has tardado.

―Si crees que tú ibas a hacerlo mejor, haber entrado en el Ministerio ―se quedó Rodolphus Lestrange a su hermano.

―No era mi intención ofenderte ―se disculpó Rabastan Lestrangre ―. ¿Lo tienes? ¿Ha habido problemas?

―Había aurores en el Ministerio, patrullando los pasillos. Pero lo he conseguido, sí.

Llevaba una pequeña caja bajo su brazo derecho, la cual depositó sobre un contenedor de basura. Tras abrirla, Rabastan comprobó que dentro había una simple zapatilla de deporte, vieja y sucia.

―¿Nos llevará al lugar correcto? ―quiso saber.

―Sí, lo hará. En unos minutos, podremos irnos.

Rabastan paseó cerca de su hermano, mientras este se había sentado y apoyado su espada contra el contenedor.

―¿Estás seguro de esto? ―preguntó Rodolphus.

―Tan seguro como que aquí no podemos quedarnos. En las últimas semanas, las emboscadas por parte de los aurores se han hecho más fuertes. A ti por casi te matan. ¿Tienes mis instrucciones? ―Rodolphus sacó un pequeño frasco con una sustancia plateada y brillante en su interior ― No lo utilices salvo que sea estrictamente necesario.

―¿Quieres decir si tú mueres?

―Exacto. Si yo muero, entonces tendrás que utilizar eso.

Rodolphus asintió y se guardó el frasquito de nuevo en su túnica. Rabastan, por su parte, se puso alerta.

―¿Qué te ocurre? ―quiso saber Rodolphus, alarmado.

―¿No has sentido eso?

Uno a uno, varias figuras fueron apareciendo a ambos lados del callejón.

―¡Cogedlos! ―ordenó uno de ellos.

De inmediato, la zapatilla que había en la caja comenzó a brillar.

―¡Rápido! ¡Toca el traslador! ―ordenó Rabastan mientras sacaba su varita.

―¿Y tú? ―Rodolphus había sacado también su varita y pronunciaba hechizos defensivos.

―Es demasiado tarde, Rodolphus, vete ahora. Tienes mis instrucciones.

―Pero… ―Rodolphus era terco, siempre lo había sido. Pero Rabastan era mayor y más fuerte que su hermano pequeño. Eso había sido él siempre por su parte.

―¡Corre!

Esta vez, Rodolphus obedeció. Corrió hasta la caja que contenía el traslador y lo tocó. Lo último que vio, antes de tener esa sensación como de un gancho tirando de él, fue a su hermano siendo aturdido por varios hechizos.

Se sintió transportado a través de un vórtice, hasta que cayó sobre verde hierba. Era de día y el sol brillaba. Se le hacía raro, porque acababa de dejar un Reino Unido sumido en la noche.

Sintió entonces unos pasos que se acercaban a él. Alzó la mirada y vio a una mujer, ataviada con un vestido largo y con un chal que le cubría los hombros. Hacía algo de viento, Rodolphus pudo notarlo.

―Buenas tardes. Me esperaba a dos personas. ¿Qué ha ocurrido? ―Rodolphus se notaba cansado, muy cansado ― Tranquilo, ahora necesitas descansar ―la mujer movió la mano hacia él, provocando que Rodolphus se sumiese en un profundo sueño.