CAPÍTULO XI

TIEMPO…

1

Reanudar la marcha

Los meses habían transcurrido en el bastión de la familia Ikari. Los inquilinos se adaptaron con facilidad a su nueva casa. La cantidad de equipamientos, maquinaria, herramientas, así como los alimentos cultivados y los animales que habían encontrado, junto con los que ellos trajeron, hicieron que la adaptación fuese mucho más llevadera, fácil y rápida. En cuanto a los nuevos inquilinos, las dos mujeres y su hijo, ya formaban parte del equipo como tres miembros más, por lo cual podían opinar, votar e incluso proponer nuevas ideas al grupo. Las heridas y fracturas de Makoto, Misato y Kaji se habían curado. Y no sólo las heridas físicas. También lo hicieron las psicológicas. Kaji había conseguido restaurar su estatus en el grupo pidiendo perdón por el espectáculo dantesco que ofreció el día de la discusión con Shinji. Además, había reconocido abiertamente su problema con el alcohol y estaba en plena terapia de rehabilitación. De hecho, hablar abiertamente de sus problemas, sus miedos, abrir el corazón a su mujer y a sus amigos, le había ayudado y dejó de refugiarse en la bebida.

Por su parte, la pediatra Isabella había montado una pequeña consulta médica y un quirófano equipado con todos los materiales y utensilios que recogieron, tanto en España como en Alemania. Para ello, se había instalado en uno de los chalets adosados de la piscina. En el chalet contiguo hacían acopio de todas las medicinas, antibióticos y productos químicos. Con la ayuda de Makoto, descifraron el código del antídoto de la cepa del virus MOCER rusa y crearon varias dosis por precaución; Marie se encargaba de la educación de los niños. Utilizaban la biblioteca de la planta baja como lugar de entretenimiento, donde enseñarles a hablar, escribir y pintar.

Makoto era el encargado de la seguridad de la casa. Invertía casi el cien por cien de su tiempo en vigilar las inmediaciones, mejorar los sistemas de defensa e instalar nuevas tecnologías que les pudiesen mantenerles más protegidos. Misato y Sarah eran las encargadas de las recolectas, las conservas y la manufacturación de alimentos, así como de dar servicio de comidas a todos los miembros de la casa y los animales domésticos y de la granja. Kaji y Asuka se encargaban de los cultivos, de labrar la tierra y del mantenimiento de las máquinas. En general todos hacían un buen equipo. Y aunque tenían unas tareas asignadas, si era necesario ayudar en el trabajo de otro, lo hacían. No obstante, la casa era tan sumamente grande que había muchas estancias que siempre se quedaban sin limpiar. Ese era el caso de las piscinas y la zona de veraneo. El paso de los meses les había metido de lleno en Diciembre. Era de los pocos meses que las temperaturas bajaban en Japón. No llegaba a hacer un frío insoportable, pero bañarse en la piscina no era apetecible. Así que el agua seguía verde y sin tratamiento. Hasta que no llegase el mes de Enero y Febrero no caerían las primeras gotas de lluvia y bien entrado Marzo llegaría el mes de nevadas intensas. Después volvería otra vez el eterno verano. La meteorología en Japón era demencial.

Shinji llevaba apartado del grupo más de cinco meses. Seguía recluido en el pequeño estudio-ático de la última planta de la mansión. Él era el único que se había molestado en cuidar la piscina — la que tenía en la terraza de su estudio —. Había conseguido recuperar el agua y ponerla cristalina, trasparente, ideal para hacer unos largos y practicar algo de natación. Utilizaba el ascensor interior para bajar a la planta baja. Desde allí, con su juego de llaves, se dirigía a las carpas y entraba por la trampilla de la barra del bar hasta la despensa. Allí hacía acopio de los alimentos y cosas que necesitaba, así como productos de limpieza o higiene. Después volvía a subir a su apartamento. Desde su ordenador podía conectarse a las cámaras de vigilancia del interior de la casa. Veía como todos hacían su vida en las estancias comunes. Otras veces se asomaba por su terraza a verles trabajar. La única que salía a darse un paseo al aire libre era la perra. Cada día la dejaba bajar en el ascensor. Cuando regresaba de su paseo, ésta se ponía a ladrar para que él la bajase a buscar; Misato había subido más de una vez al estudio a intentar hacerle salir, pero nunca había obtenido respuesta. Se había encerrado en sí mismo. Su tutora creía que el paso del tiempo sería suficiente para curar sus heridas, eliminar sus miedos y hacerle ver que no podía vivir encerrado en aquel lugar. Pero se equivocó.

Kaji también quiso subir más de una vez a darle una disculpa, pero antes de llegar a la puerta del estudio, siempre se echaba atrás. Estaba avergonzado. No sabía cómo enfocar la situación.

Por otro lado, la relación entre Asuka y Sarah estaba muerta. No se hablaban, no se miraban y tampoco era necesario. Aquel último día que pudieron ver a Shinji, la joven alemana se sintió traicionada, ultrajada. Más por él, que por ella. Siempre supo que ella andaba detrás del joven y que más tarde o más temprano tentaría a la suerte. Pero nunca se imagino que fuera de aquella forma tan rastrera. Bajo su punto de vista, un golpe bajo. No obstante, el dolor y rabia que sentía era mucho más profundo por él. No entendía como la había podido elegir a ella. Y aún menos, cómo se podía haber vendido por un acto tan carnal. Pensó para sus adentros que lo sabía. Lo sabía pero había querido ocultar la evidencia. Era un hombre. Un maldito, asqueroso, baboso y cerdo hombre. Qué se podía esperar de él. Un acto deplorable, sucio, apestoso. Le odiaba. Odiaba que fuese como todos. Y se odiaba a si misma por haber creído por un solo momento que podía ser diferente. Carne a la carne, como ella pensaba.

Casi seis meses había sido tiempo suficiente para salir a explorar fuera de las murallas de la finca. Una idea que Makoto desaprobó encarecidamente, pues más allá de aquellas paredes, la protección de su sistema de seguridad era inexistente. Pero querían salir. Por votación había salido cinco contra dos. Tan sólo el informático y la doctora infantil votaron en contra. Había llegado la navidad. Las chicas querían hacer acopio de recuerdos navideños, adornos y decorados. Encontrar regalos, detalles útiles, pero que a la vez les devolviesen a la magia de la vida anterior. Los meses en la finca amurallada les habían desconectado del mundo real, del peligro. Allí estaban mucho más seguros que en España. Contaban con sistemas de defensa y de vigilancia. Luz corriente las veinticuatro horas del día proveniente de las plantas eléctricas de Tokyo-4 que seguían funcionando. Gas y agua corriente. Incluso combustible de sobras en los tanques de la misma granja. No podían pedir nada más. Todo lo que necesitaban o que cuando estaban en España tuvieran que ir a buscar, en aquel lugar estaba a su alcance. Llevaban seis meses instalados entre las paredes de aquella enorme muralla y las habían abandonado. Ahora, Asuka, — principal promotora de la idea de celebrar la navidad, como ya hiciera antaño — se había encargado de estudiar con Makoto planos, mapas e imágenes de cámaras de seguridad del centro comercial más cercano a la finca, que el mismo informático había pinchado a través de su satélite. Tenía el plan de ataque estudiado al milímetro. Nada podía salir mal. Cabe decir, que en los últimos meses descuidaron por completo su plan de entrenamiento y habían bajado la guardia. Ya no practicaban deporte, ni se entrenaban todas las mañanas para mantener los ejercicios de cardio en forma. Tampoco hacían prácticas de tiro, ni simulacros de huída. Todas aquellas prácticas, ahora parecían ideas descabelladas de un pasado lejano que no les concernía. No obstante, si habían pensado viajar armados a la ciudad, por si surgía algún imprevisto.

Shinji si había continuado con su entrenamiento diario. Cada mañana se levantaba y hacía ejercicios en la piscina, así como practicaba en las máquinas al aire libre que tenía en la terraza, bajo la pérgola de la piscina. Con lo único que no podía practicar era con las armas de fuego. Pero había sustituido aquel entrenamiento por otro más rudimentario. Contaba con una buena diana en la terraza que le servía para hacer lanzamiento de cuchillos. Rebuscando entre los armarios de la habitación, encontró un arco y flechas muy útiles para la práctica del blanco. Gracias a su terraza de más de treinta metros de largo, se permitía hacer ejercicios de tiro bastante adecuados. Era un espacio reducido, pero suficiente para practicar. Además, seguía conservando su macuto — el que hiciera en España y que se había llevado al viaje — dónde guardaba su kit de supervivencia, de primeros auxilios y sus armas. Lo suficiente para poder partir de viaje en cualquier momento; en los últimos días, hubo observado como sus compañeros se disponían a realizar un viaje. Los veía realizando preparativos de arriba para abajo. Mapas, mochilas, vehículos. Algo tramaban. Sea como fuere, esa sería la oportunidad perfecta para salir él también. Aprovecharía a que no estuvieran en la casa y la guardia de Makoto fuese más baja en el interior y más centrada en el exterior, para huir en el jamelgo blanco, con sus pertenencias.

Cuando llegó el día, bajó por el ascensor equipado con su ropa de huida y su macuto, sus armas, el arco y las flechas, algo de comida en cecina y la perra. Intentó dejarla junto a la piscina, pero ésta le siguió hasta el establo. Allí preparó al caballo con la silla de montar y unas alforjas que de momento dejaría vacías. Se subió a lomos del penco y se fue alejando poco a poco de la perra, pero ésta le seguía.

— No, Alaska, no me sigas – pero el animal le ignoraba y seguía tras él agitando el rabo – estarás mejor aquí ¡No me sigas! – la perra se puso a correr delante del caballo – Alaska, siéntate. Quédate aquí…

Era inútil. El perro, el animal más fiel al hombre. No iba a dejarle ir. Le acompañaría hasta los confines de la tierra. Shinji se dio por vencido y aceptó que el animal le siguiese. Detuvo el caballo y cargó en las alforjas, algunas zanahorias, un cuenco vacío y algo de comida para la perra. Después reanudó la marcha. Espero a que los dos vehículos de sus compañeros abandonaran la muralla interior para salir por una de las puertas norte de la muralla. En ese momento supuso que Makoto no estaría vigilando en aquella dirección, si no comprobando que todo salía bien por la entrada principal. Abrió los candados de sendas puertas con sus llaves y las volvió a cerrar. Ya estaba fuera. Era el momento de partir.

2

En el centro

No había ni un alma. Todo estaba en absoluto silencio. La pequeña ciudad, que más parecía un pueblo, estaba abandonada. Sus edificios se encontraban en perfecto estado y no había nada que pudiese indicar que la guerra hubiese pasado por allí. Era como si hubiesen llegado a una ciudad en mitad de la madrugada, cuando toda la gente duerme y la ciudad descansa sin ruidos ni movimientos. Pero no era el caso. La verdad es que aquel lugar estaba desolado. Probablemente, cuando la guerra comenzó, la gente fue trasladada a otro lugar para ser refugiada y nadie volvió a pasar por aquel lugar nunca más.

Asuka se había erguido como líder de la misión. Avanzaba con su vehículo en cabeza, acompañada de Marie y Misato. En el segundo vehículo viajaba Sarah. El último era Kaji, que conducía un pequeño furgón blindado. Se había pedido la retaguardia para vigilar el final de la fila y mantener a salvo al grupo. No se saldrían del plan acordado. Llegarían al centro comercial. Introducirían los vehículos por la zona de carga y descarga de los almacenes. Kaji se quedaría postrado como francotirador en la zona. Ellas se dispondrían a recoger todas las cosas que considerasen necesarias y buscarían objetos navideños. Tenía que ser una misión de precisión quirúrgica, rápida y eficaz.

Sorprendentemente, a su llegada, los comercios presentaban una decoración muy navideña. Quería decir o suponían, que la última vez que aquel lugar había estado abierto al público debía ser diciembre. Eso era algo muy contradictorio, pues la guerra había estallado en los meses de verano de hacía casi cuatro años. No tenía ningún sentido que aquel lugar hubiese seguido funcionando más tiempo. Fue entonces cuando Sarah encontró algo asombroso.

— Mirad, acercaos – exclamó la joven moviendo su brazo derecho, haciendo un gesto para que fuese más rápido.

— ¿Qué ocurre? – preguntó Asuka con desdén – ¿se te ha roto una uña? – Probablemente eran las primeras palabras que la joven alemana le dedicaba a la neoyorkina en los últimos casi seis meses.

— 21 de Diciembre de 2024 – leyó la joven en voz alta.

— ¡¿Qué?! – Marie no pudo contener su estupor y su voz retumbó en el lugar.

— ¿Has leído bien? – replicó Misato que se acercó corriendo a donde estaba la joven y agarró el periódico con sus propias manos. – ¡21 de Diciembre de 2024! Esto fue ayer… – siseó por lo bajo.

— Hoy es día 22… no puede ser… Makoto y yo hemos estado vigilando todos estos días las cámaras de seguridad. Aquí no había nadie. Lo vi con mis propios ojos – decía la joven alemana que se acercó al puesto de prensa y recogió otra de las revistas.

— Diciembre de 2024, esta es una revista científica y pone lo mismo – añadió Marie.

— ¿Y ahora qué hacemos? – preguntó Sarah.

— No lo sé, déjame pensar – protestaba Asuka mientras negaba con la cabeza.

— Estamos en peligro… – la voz de la mujer americana temblaba – mi niño, los niños están solos…

— Tranquilízate Marie. Los niños están con Makoto, no les va a ocurrir nada.

— Vayamos al supermercado – dijo con rotundidad la joven alemana.

— ¿Qué? ¿Ahora? – la increpó Sarah poniendo en duda su decisión.

— Sí, vayamos.

— Creo que deberíamos regresar – insistía la madre de Nathaniel.

Asuka corría por los amplios pasillos del centro comercial en dirección al supermercado de la planta inferior. Bajó veloz las escaleras mecánicas que aún funcionaban y que se accionaron al pisar sobre ellas. "Lo sabía", exclamó, mientras seguía corriendo. Las demás mujeres le seguían el paso. Al llegar al supermercado se encontró con las puertas de acceso abiertas y todas las neveras estaban funcionando. La carnicería, la frutería, la pescadería, la verdulería…todas y cada una de las zonas de alimentos frescos y refrigerados estaban repletos de éstos.

— ¡Aha! Lo sabía. Es cierto. ¡La fecha es cierta! – exclamaba. Aquello no tranquilizaba en absoluto a Marie.

— ¿Cómo es posible? – Sarah se hacía miles de preguntas y no encontraba respuesta.

— ¿Qué más da? Cojamos todos los alimentos frescos que podamos y volvamos a casa. Tenemos buenas cámaras de refrigeración, podremos conservarlo todo.

— ¿Pero tú has perdido el juicio? – exclamó alarmada Marie.

— ¿Por qué? ¿Por hacer acopio de alimentos? – dijo irónica la alemana

— No. Porque estamos en peligro y tú solo piensas recolectar más y más.

— ¿Y qué propones? ¿Nos sentamos en un banco a dilucidar porque hay revistas y periódicos con fecha de ayer? ¿O prefieres que salgamos corriendo despavoridas y nos encerremos en la mansión a la espera de que los caballeros del más allá nos rescaten?

— No, mejor nos ponemos a cargar los coches de comida, como si fuésemos ardillas – le replicó la mujer.

— Cojamos todo lo que podamos, fresco, me refiero en cuanto a carne y pescado. Carguemos los vehículos y volvamos a casa. Allí tendremos todo el tiempo del mundo para pensar.

— Estoy de acuerdo – dijo Misato

— Y yo – añadió Sarah.

— Estáis locas…

— Calla y carga – ordenó la alemana.

Mientras Asuka, Sarah y Marie hacían acopio en carros, Misato había salido a la zona de carga y descarga a avisar a Kaji de que debía meter los vehículos en la entrada al almacén del supermercado.

— Estamos en problemas – le dijo su mujer.

— ¡¿Qué pasa?! – Kaji se giró alarmado a mirarla, al tiempo que ésta le tiró un periódico al asiento del copiloto. El hombre se limitó a leer el titular.

"Estado Unidos exige que sus ciudadanos sean devueltos" – Kaji la miró incrédulo, no comprendía nada – ¿Y bien?

— Vuelve a mirar… – El hombre echó un segundo vistazo al periódico. Reviso los otros titulares: "La cepa del virus MOCER comienza a ser un peligro para la sanidad militar", "Hoy es el último día para solicitar el traslado a Japón", "El presidente de los Estados Unidos ha exigido una tregua económica a los países Asiáticos", "Así es el rostro de la mujer americana más buscada" y debajo rezaba una pequeña imagen de la famosa actriz S.J.. En el pequeño texto citaba: "El espécimen del experimento de la IBI, S.J. o más conocido como Sarah Jordan, se ha convertido en el conflicto principal entre ambos gobiernos, › p.26."

— ¡Ostras! – el hombre corrió a mirar la fecha del periódico – ¿21 de diciembre de 2024? ¿Pero qué cojones…? – se giró a mirar a su esposa.

— Dijiste que no quedaba nadie. Estamos en una ciudad dentro de Tokyo-4, la última reserva de Gendoh. Esto es un distrito militar. ¡Tú lo sabías!

— No, no… – la voz de Kaji sonó dubitativa.

— Tú y Makoto ¡Los dos! Lo sabíais los dos – decía enfurecida la mujer.

— No, Misato, espera. No es lo que piensas. Sólo quería ver si podíamos regresar a la ciudad…

— ¿Regresar? ¿Y nuestra hija? ¿Qué pensabas hacer? ¿Y los niños? ¿Qué crees que harán con Asuka y Shinji? ¿Y qué me dices de Sarah? No puedo creer que Makoto esté metido en todo esto.

— Yo mismo se lo pedí.

— Tú lo sabías desde el principio – la indignación de la mujer iba en aumento.

— No podemos desvelarlo ahora. No pueden saber nada. Si las chicas se enteran huirán o vete tú a saber qué. Yo sólo quería salvarles. Llevarles al mundo otra vez.

— ¿Salvarles? ¿Llevándoles a la guarida de Gendoh? – la mujer rechistó muy enfadada, después intentó hacer de tripas corazón – Mete los vehículos en el almacén. Los cargamos y volvemos a casa. Cuando alguna de las chicas se dé cuenta de las fotos o frases que ponen en estos periódicos, serás tú el que lo explique todo.

— No tengo nada que explicar. Evita que cojan los periódicos y listo – le replicó el hombre, pero Misato ya se había marchado.

3

Descubrimientos

Aún y con el improvisto de los periódicos, la misión había sido un éxito. Habían vuelto a la mansión en el tiempo previsto, antes de que la noche cayese sobre sus cabezas. Y además habían conseguido más cosas de las que esperaban. No sólo tenían los adornos navideños, si no que contaban con carne y pescado fresco el cual podrían congelar para los próximos meses.

Ahora, de vuelta en el hogar, era el momento de poner todas las cartas sobre la mesa. Debían reunirse y hablar de lo que había ocurrido. Sarah tomó la precaución de esconderse un par de revistas bajo la ropa y uno de los diarios, así tendría pruebas irrefutables de que lo que habían visto era cierto. Mientras preparaban la cena, ésta se recluyó en su habitación para investigar más a fondo aquellas noticias. Tumbada sobre su cama, en una de las habitaciones de la primera planta — justamente la habitación que caía bajo el estudio paralelo al de Shinji —, la neoyorkina se disponía a indagar más información. El periódico que guardó era el mismo que Misato le había dado a leer a Kaji. Cuando Sarah vio su foto sobre la portada, ésta quedó estupefacta. No entendía nada de lo que leía, de los titularse, de la información ¿Para quién habían editado aquellos periódicos? ¿Por qué tenían edición hasta el día de ayer? ¿Cómo podía salir ella en aquellas portadas? ¿Cómo sabían que formaba parte de un experimento? ¿Por qué hablaban como si la humanidad siguiese existiendo?¿Y los anuncios? Las preguntas invadían su mente y no la dejaban pensar con claridad. Al coger la revista científica su estupefacción fue aún mayor. La portada mostraba el rostro de un hombre en primer plato y debajo rezaba: "El hito de a clonación: Bryant Reynolds". Conocía a aquel hombre, sin duda alguna. Era el doctor que la salvó en el laboratorio de USA. Claro, cómo iba a olvidarle. Aquel hombre la sacó de su contenedor de criogenización, la ocultó de los militares de la IBI y la resguardó en una casa en las afueras de Maine. Le vio morir. Le vio morir con sus propios ojos. Rebuscó entre sus bártulo y encontró el diario de aquel científico. El diario que le entregó el día de su muerte, cuando la ayudó a huir. Estaba escrito de su puño y letra, podía demostrar que aquel hombre había estado con ella. Rápidamente Sarah abrió las páginas centrales de la revista donde se encontraba el reportaje del doctor. Quería saber que hablaban de él, de que iba aquella historia. No podía comprender nada de lo que veían sus ojos. El reportaje central de la revista era una entrevista con diferentes titulares y fotografías. Al final de éste rezaba la fecha de su realización: 19 de Noviembre de 2014 en Nueva York. Aquello no tenía ningún sentido. Tenía que ser un error. Ella le vio morir. Leía detenidamente la entrevista y entonces llegó a su parte.

"¿Qué opina usted del caso S.J. Sarah Jordan?

Sé que es uno de los casos que mayor controversia ha causado a la opinión pública, pero por desgracia fue necesario.

Necesario, ¿en qué sentido?

Las farmacéuticas han llegado a un punto en el que todo vale. Antes luchábamos por los derechos de los animales. La opinión pública se hacía eco de que tal laboratorio experimentaba con conejos de indias y rápidamente los grupos organizados se movilizaban. Si otro laboratorio probaba sus cosméticos en gatos, ocurría lo mismo. Esto nos llevó a un punto en el que no había retorno.

¿Está usted, Dr. Reynolds, a favor de la situación actual?

No. En absoluto.

Pero ha contribuido a ello con el caso de S.J.…

Quizá en parte. No me gusta vanagloriarme de los hechos que deberían ser una obligación y no un acto heroico, pero yo sé que me equivoqué e intenté enmendarlo lo mejor que pude. (Se muestra arrepentido).

¿Fue así como rompió su contrato con la mayor farmacéutica nipona? (El Dr. Reynolds, uno de los mejores expertos en el campo de la criogenización y clonación de seres vivos en América, fue contratado por la MCBI en el año 2014, siendo el contrato laboral más sonado y multimillonario en la historia de la ciencia moderna)

Yo no fui contratado para experimentar con seres humanos. No rezaba eso en mi contrato. (El Dr. Reynolds nos muestra unos documentos donde se especifica sus tareas en la MCBI). Cuando llegué al laboratorio disponía de los mejores científicos a mi cargo. Trabajamos en la implantación de mejoras embrionarias en los humanos para ser más selectivos con la especie sin necesidad de usar técnicas in vitro. Todo cambió en mi viaje a Alemania. Allí los laboratorios trabajaban con otros métodos. La criogenización de humanos era un hecho. La utilizaban para conservarlos hasta poder encontrar respuesta a sus enfermedades. Una doctora, de la cual prefiero no revelar su nombre, (el equipo de entrevistadores insistió en conseguir información al respecto de dicha mujer, pero el doctor se negó por completo) me comentó que se estaba realizando un experimento a mayor escala. Algo secreto que venía desde Japón. Ella no quería formar parte de aquella trama a la que ella misma se refería como algo corrupto, pero a la misma vez decía que si no lo hacía, morirían personas inocentes. De la noche a la mañana me vi inmiscuido en un asunto político. Está historia la conocéis. Las autoridades tienen toda la información. Es un caso que está aún en los tribunales.

Pero díganos Dr. Reynolds (insisten que le tuteemos y le llamemos Bryant), ¿qué fue lo que le hizo cambiar de opinión? ¿Por qué arriesgó su vida?

Hay detalles que no puedo contar. Son asuntos que aún están pendientes de juicio y podrían perjudicar a terceras personas. Lo que me hizo cambiar de opinión fue el llegar al laboratorio de Maine y encontrarme de bruces con uno de los llamados sujeto o espécimen de la investigación. Se trataba de la famosa actriz, para ellos conocida como Scar**** Joha****. Para el laboratorio S.J. Sarah Jordan. Yo hacía menos de dos años que había comenzado a vivir en el núcleo científico. Realmente, no te llegas a integrar en la sociedad porqué todos forman parte de un estudio mayor. Ver a aquella joven, casi niña, atrapada en aquella cápsula de LCL con su vida, su intimidad, su futuro, todo, absolutamente todo, vejado, robado, ultrajado. Aquello fue lo que me hizo darme cuenta de que estábamos muy equivocados.

¿Por qué se jugó la vida?

Yo era un clon. Ella era un ser humano de carne y huesos. (La voz del doctor se quebró al pronunciar sus palabras)

Un ser humano…

Exacto. Un ser humano, como usted o como yo. Como el yo que está aquí sentado ahora haciendo esta entrevista. No como ese clon que mandé a trabajar y que controlaba desde un laboratorio, protegido. No. Un ser humano. Real. Con sus padres, su familia, sus animales, sus ilusiones. Ella era una mujer famosa. Una actriz de éxito. Alguien que en nuestra sociedad podría ser reconocida por millones de jóvenes adolescentes. Una imagen de marcas prometedoras. Alguien real. ¿Por qué estábamos haciendo eso? No. La pregunta correcta es ¿por qué lo seguimos haciendo?

¿Qué cree usted que pasará a partir de ahora?

Sarah Jordan, como la conoceremos todos a partir de ahora, será el punto de inflexión de esta sociedad. Esté viva o muerta, sea donde quiera que pueda estar, ella es la llave del cambio, al menos de nuestra nación, de Estados Unidos. Los americanos van a comprender que nadie, ningún ser humano, nazca donde nazca puede ser usado, como antaño hacíamos con los animales. Sarah Jordan es nuestra bandera.

La joven neoyorkina no podía asimilar lo que estaba leyendo. Volvió a leer una y otra vez la entrevista. Intentaba comprender que sucedía en aquel texto. Pero, ¿de qué demonios hablaban? Fue entonces cuando un grito la alarmó. Corrió a la planta inferior, dirección a la cocina, lugar de reunión. Estaban todos sentados mirando a Asuka que había llegado corriendo asfixiada. Mientras recuperaba el aliento dijo:

— al…ta…u…ca…a…llo – tomó aire.

— Respira – le dijo Isabella mientras le acercaba un vaso de agua.

— ¡Falta un caballo! – dijo más alto y claro.

— ¡¿Qué?! – espetó Makoto – No es posible.

— Sí. Falta el caballo blanco.

— He estado todo el día enganchado a las cámaras, nada ha detectado ningún movimiento anormal – insistía el informático.

— Te digo que falta un caballo.

— ¿Dónde está Shinji? – inquirió Kaji levantándose de la silla.

— ¡Mierda! – exclamó Makoto.

Todos corrieron al ático, al estudio de Shinji. Misato picó a la puerta, pero no obtuvo respuesta. Después Makoto comenzó a aporrearla más insistentemente, pero era inútil. Finalmente, Kaji, ofuscado por la situación decidió tirar la puerta abajo a patadas.

— ¡Se ha ido! Me cago en la puta… se ha escapado – voceaba Kaji con rabia y delirio, a lo que Misato le miraba contrariada, pues no entendía ni su reacción ni sus palabras.