Historia dedicada a mi madre, quien siempre me alentó a seguir escribiendo.


Capítulo I: No tan dulce ¿eh?


Todos los días me levanto para cumplir una misma rutina. Muy temprano, me despierto, preparo un nutritivo desayuno que sirva como fuente de energía para cumplir mis deberes como se espera, me baño, me visto con tranquilidad cuidando hasta el último detalle de mi persona, y bajo hacia el frente de domicilio, donde siempre está mi chofer personal, tan puntual como siempre y listo para trasladarme a la compañía.

Se dice que algunos jefes se toman días de asueto de manera aleatoria y solo por simple gusto. Yo no. Amo demasiado esta compañía, la compañía que fuera heredada de mi padre, quien a su vez, la obtuvo de su padre.

Siguiendo la tradición familiar, la compañía sería heredada a mi hermano gemelo, Gumball… pero para decepción de mi padre, él no tenía el más mínimo interés en corporaciones y esas cosas. Con gran impotencia, vi en mi imaginación cómo Gumball llevaría esta compañía hasta la ruina, pero por fortuna para mí, mi hermano plantó cara a mi padre y le hizo saber su deseo de convertirse en un diseñador de modas. Y bueno, heme aquí, al frente de una de las fábricas de golosinas más reconocidas en el mundo.

He llegado una hora antes del horario establecido, saludo a aquellos que están presentes ya, adelantando tareas o poniéndose al corriente. Soy una buena jefa, por eso no les hecho la bronca, pues todos aquí saben que tienen que cumplir y al final todos lo hacen. Ser una buena jefa da mejores resultados que ser una tirana, tal vez más gente debería seguir mi ejemplo; el año pasado mi compañía fue catalogada como una de los mejores lugares para trabajar.

El día de hoy es uno muy especial, ¿saben por qué? Porque se cumple el centenario de Candy Kingdom. Así es: durante diez décadas, esta compañía ha endulzado la vida de sus fieles clientes. Chocolates, dulces de menta, caramelos agridulces, efervescentes… nombra un tipo de golosina y seguro que Candy Kingdom lo tiene. Yo misma he mejorado las fórmulas de mi abuelo.

Esta noche se celebrará una gran fiesta en el corporativo, todo el staff está invitado, incluso las pequeñas empresas afiliadas y aquellas que han sido compradas a lo largo de los años. Esta noche es el cénit del arduo trabajo de mi familia durante años, y el momento cumbre de mi realización personal.

Nada, absolutamente nada podía ir mal esta noche.

Querido lector, debes considerar un insulto a tu inteligencia lo predecible que fue el resultado de dicha afirmación, pues el desenlace fue –como bien has de imaginar– desastroso, pues si algo está destinado a ir mal, así será.


Dejemos caer un largo y tupido velo sobre el momento que condujo a mi desgracia personal y profesional… principalmente porque no recuerdo nada.

El día que se reanudaron labores después de la celebración, supe que algo no iba bien desde el momento en que el chofer me lanzó una mirada preocupada en el momento en que bajé. Sentía un dolor de cabeza como para morirme, pero jamás una dolencia o malestar alguno me ha impedido cumplir con mis labores de manera normal.

Ignoré la mirada que me examinaba con escrutinio y abordé el vehículo. Algo no iba bien... mi Smartphone estaba sin carga, cosa que no había notado antes y apenas estaba encendiéndolo después de haberlo conectado un rato en el automóvil, cuando ya habíamos llegado.

Todos me miraban al pasar, pero no era la misma mirada que me dirigían siempre… ¿qué rayos pasaba?

Estaba poniéndome nerviosa cuando alguien me jaló del brazo y me llevó a la entrada de una de las salas de juntas, que estaba atestada de gente.

—Peppermint. —dije al reconocer a quien me había guiado hasta ahí. —En el nombre de Glob, ¿qué pasa?

— ¿No recuerdas nada de lo que pasó ayer? —Peppermint parecía a punto de arrancarse el rojo cabello.

— ¿Hay algo que deba recordar? —la cabeza comenzaba a martillearme con más y más insistencia, pero ahora a eso se le sumaba el miedo. Nunca había visto tal reacción de la gente al verme.

—Ayer por la noche… durante la fiesta… tú… —se relamió los labios.

— ¿Yo qué? —le tomé el brazo y apreté tan fuerte que lanzó un quejido. Lo sabía, ¡sabía que algo iba mal! Jamás en la vida me había despertado sin recordar la noche anterior.

— ¡Ay! ¡Me haces daño! En la fiesta te pusiste mal y…

— ¿Mal? ¡¿Mal?! ¡No recuerdo nada! ¿Se puede saber qué hice?

—Dijiste cosas…

— ¿Qué dije?

Peppermint había abierto la boca para hablar, cuando llegó alguien más cuya presencia significaba que fuera lo que fuera lo que hubiese pasado, era algo muy malo.


Mi padre no gritaba, no me regañaba, no decía nada. Sólo miraba el televisor sin expresión mientras yo no podía creer lo que veía.

—Eres trending topic en Twitter a nivel mundial. —informó Lemoncio.

— ¿Por qué nadie me detuvo? ¡Nunca había tomado tanto!

—Tomó UN coctel, señorita Prince.

—Oh. Vaya… — ¿de verdad? ¿Había caído con tan solo un coctel?

No podía creer que tuviese tan poco aguante con las bebidas etílicas, me sentía avergonzada por eso… tanto que incluso olvidé por un momento que estaba en el mismo lugar que todas las personas que desempeñaban papeles vitales en la corporación. Eso me hizo sentir aún más tonta.

Esa fue la segunda vez en mi vida que olvidé todo lo que pasaba. Sólo alcanzaba a escuchar una palabra aquí y otra allá, todas relacionadas al desastre que había causado por tener menos resistencia que un asiático ayunando. Yo, Bonnibel "Bubblegum" Prince, que me había graduado la mejor de mi clase cuando estudié el máster y había llevado Candy Kingdom a un nuevo nivel en tan solo dos años después de que mi padre se retirara, no comprendía todas esas cifras que me presentaban para hacerme ver cómo mi desliz había afectado nuestra imagen pública y por tanto, nuestras ventas en cuestión de horas. No comprendía esas muestras de desaprobación que se publicaban en redes sociales, reprochando ese despliegue de intolerancia. No comprendía que un periodista había escuchado lo que dije cuando estaba ebria y me resistía a aquellos que trataban de tranquilizarme.

Sólo salí de mi ensimismamiento cuando mi padre, que todo el tiempo había evitado mirarme, habló.

— ¿Podrían retirarse todos? —preguntó acallando el murmullo de los presentes. Todos lo miraron y sin responder, se limitaron a salir.

—Padre, yo…

—Oh, Bonnibel…

Ya estaba. Me tembló el labio y bajé la mirada. Sólo una vez había escuchado un "Oh, Bonnibel…" de sus labios, con ese tono tan condescendiente y decepcionado: cuando tenía ocho años y mi profesor de alemán le había dicho a mi padre que no había manera en que yo aprendiera a hablar tan complejo idioma. Él había volteado a verme con esa misma mirada, y había pronunciado las palabras que no quería volver a escuchar. En ese momento decidí que nunca volvería a provocarle otra decepción; terminé mi curso de alemán hasta dominarlo como si fuera germana.

—Sabía que eras muy joven.

—Padre, tú tenías sólo veinticinco años cuando tomaste el mando de la compañía…

—Pero eran tiempos distintos, Bonnibel… además yo nunca… —suspiró. —Oh, Bonnibel…

Ese segundo "Oh, Bonnibel" se clavó en mi corazón.

—Padre, puedo arreglarlo…

—Hiciste comentarios homofóbicos, Bonnibel. —me dijo con los dientes apretados. —En pleno siglo XXI, tan cerca de las marchas del orgullo gay, en medio de tanta polémica por la adopción en familias homoparentales.

Apreté los puños. Nunca le he dicho a nadie que no fuera de mi cercano círculo de amigos, pero no soporto a los raritos.

Claro: tengo un hermano que compite en femineidad conmigo, pero sepan que él es metrosexual… o al menos eso dice él. Pero la verdad es que se me eriza la piel cada que veo un arcoíris de seis colores, me violentan las ideas contra natura.

Por supuesto que eso es algo que solía guardar para mí misma, sabía que una figura pública no debía ir diciendo esas cosas libremente… y por lo visto todo eso cambió en cuanto bebí un nuevo coctel creado con ayuda de una de nuestras golosinas más populares.

—Yo puedo arreglarlo.

—Querida niña, —mi padre me dio un beso en la frente, algo que no hacía desde hacía mucho tiempo —temo que esto te supere.

—Puedo hacerlo. —dije con seguridad. —Padre, de verdad que puedo…

— ¿Puedes? —me preguntó con fingida sorpresa. —Querida Bonnibel, no es a mí a quien debes demostrarle algo, es a ellos.

Y señaló a la junta directiva que seguía esperando sentada fuera de la sala.

Se levantó de su asiento y se alisó el traje.

—Nunca subestimes el poder de tus palabras, Bonnibel.

Dicho esto, se fue.

Solo había algo que podía superar a las palabras, y eso era el poder de las acciones. Sabía muy bien lo que tenía que hacer, daba igual lo desesperado que se viera.

Salí para invitar a todos a pasar de nuevo, mientras en mi mente solo podía pensar que era la última vez que escucharía ese "Oh, Bonnibel".

Esta vez era en serio.


Y bueno, esta es una nueva historia Bubbline que traigo para ustedes. Como escribí en la primera línea, es una historia dedicada a mi madre, quien constantemente me preguntaba "¿Y ya no escribes?". Hace un mes que pasó a mejor vida, pero espero que donde quiera que esté, vea que mi mente todavía da para un poco más. Les cuento que ella era modista -muy buena, debo decir- y parte de la idea llegó porque desde muy niña he vivido observando el mundo de la moda: tendencias, fallos, y ¿por qué no? Escándalos. Uno de los escándalos que más llamó mi atención fue protagonizado por John Galliano (Christian Dior, Givenchy), quien hiciera comentarios antisemitas en estado de ebriedad y que le valiera su suspensión de la casa Dior... pueden indagar más sobre el tema. Otra parte fue inspirada en las recientes declaraciones de Guido Barilla (sí, el de la pasta) acerca del por qué no incluye a familias homoparentales en su publicidad. En fin, nos leemos pronto, espero y les invitó a dejarme muchos reviews :)