Disclaimer: El Potterverso le pertenece a J. K. Rowling, yo lo utilizo sin ánimo de lucro.

Este fic participa en el reto "Long Story 2.0" del foro "La Noble y Ancestral Casa de los Black"


Capítulo 1: Entrañas de la madre

«Y se sacrificará la madre por su propia mano, y de sus entrañas surgirá la diosa, lista para renacer»

Rituales fenicios de magia negra, Krane Leithold.


11 de Septiembre del 2000

Condado de Dorset

Rodolphus Lestrange, tras las rejas

El ex mortífago, conocido como Rodolphus Lestrange ha vuelto a Azkaban esta mañana, después de un largo interrogatorio. Fue detenido cerca de Surrey, donde se ocultaba con los hermanos Carrow. Lamentablemente, Amycus y Alecto siguen fugitivos, pues consiguieron huir…

—Aun no los han atrapado —declaró la chica que estaba leyendo la edición del Profeta de aquella mañana—. Al parecer volvieron a escaparse…

Dobló, sin cuidado, la portada del periódico en el que había una foto del detenido. Del otro lado, Gawain Robards, jefe de la División de Aurores, que al parecer estaba orgulloso de semejante detención. Hestia bufó. Uno de tres. Al menos tendrían que haber atrapado a dos, para variar. Los mortífagos seguían ocultos a puñados, por allí, por allá y cada cierto tiempo el Profeta se aprovechaba de ellos para vender ejemplares. También de los héroes de guerra, adoraban entrevistarlos.

—¿Quiénes? —fue Flora, idéntica a ella, la que interrumpió está vez. Luego vió la portada del periódico que su gemela había estado ojeando hasta hacía un momento y suspiró—. Ah. Son evasivos, eh…

—No han venido aquí…

—Saben que madre los echaría a patadas —atajó Flora, la más racional de las dos—. Puede que no sea la misma de antes desde que murió papá, pero aun es una bruja muy capaz y no ha tenido problemas con el ministerio. Ni tampoco los tendremos nosotras.

Eso, se dijo Hestia, era ser demasiado optimistas. No es que no tuvieran problemas, es que parecían condenadas al ostracismo desde su sexto año en Hogwarts. La gente no las quería demasiado y se alejaban al oír su apellido, las miraban desconfiadas y todas esas cosas. A veces tenía ganas de agarrar a todos esos idiotas a puñetazos: no porque compartieran la sangre con dos sanguinarios mortífagos eran asesinas. Pero bueno, el mundo no había cambiado mucho…

—Ya…

Flora sonrió, compasivamente.

—Vamos a cenar. Hice lasagna. A mamá le gusta… le recuerda a Italia —suspiró también y volvió a encaminarse a la cocina de aquella gran casa. Hestia preferiría no seguir viviendo en aquel lúgubre lugar. No era una casa demasiado grande, pero tenía malos recuerdos de ella. Sobre todo desde que habían aparecido sus tíos y le habían increpado que tenían derecho a quedarse en la casa familiar.

Estaba a las afueras de Dorset, cerca de la costa, decorada con verde oliva, el color favorito de las dos gemelas y la madre de estás, con ventanas cubiertas de pesadas cortinas oscuras que impedían el paso de la luz. Hestia suspiró. Le gustaría ver luz, que los rayos de sol tocaran su cara. Pero su madre, Frances, las tenía siempre cerradas desde que su padre había muerto. También usaba sus viejas túnicas.

Flora se negaba a abandonarla, así que allí seguían. Y seguirían por mucho, mucho tiempo más.

Hestia Carrow volvió a abrir el Profeta, hurgando entre las hojas interiores. Por supuesto, estaba la reglamentaria foto de Harry Potter junto con un pequeño párrafo debajo en el que decía que había sido visto paseando con su pelirroja novia en Hogsmeade y bla, bla, bla. No leyó más. ¿En serio había gente a la que le interesaba eso? ¿La vida privada de Harry Potter, el héroe? Bufó mientras buscaba más notas. Había una referente a Gringotts. Al parecer Hermione Granger había armado un escándalo por la explotación de dragones y Gringotts se veía obligado a cambiar sus medidas de seguridad. Había que ver lo que lograba esa mujer apenas a los veinte años de edad, con un puesto recién conseguido en el Departamento de Control de Criaturas Mágicas del Ministerio.

Por allá, otra nota, una entrevista a Minerva McGonagall, ahora directora de Hogwarts en la que hablaba de como el colegio se había recuperado casi totalmente del ataque de dos años atrás. A Hestia le agradaba aquella mujer. Incluso después de la guerra había sido justa, e imparcial, que era más de lo que se podía decir de otros, por ejemplo… de Slughorn, que estaba desesperado porque «el bando de los buenos» lo reconociera como una buena persona. A Hestia le parecía un idiota.

—¡Hestia! —Flora volvió a entrar a la salita, usando ese tono enérgico que usaba cuando Hestia se abstraía demasiado tiempo leyendo—. No quiero que la comida se enfríe y ni tú ni madre se dignan a presentarse en el comedor.

—A la mejor ella está ya sabes… deprimida… —Hestia se encogió de hombros. Estaba resolviendo el crucigrama mentalmente.

«Horizontal 1. Hechizo usado para limpiar superficies», leyó, mentalmente. «Hum… fregotego. Vertical 4. Bajista de Las Brujas de Macbeth». La pasó. No le interesaban esos idiotas ni la música que tocaban, a ella lo que le gustaba era Lorcan d'Eath, sobre toco cuando Vaisey tocaba en la sala común y aullaba sus canciones.

—Iré a ver —Flora estaba decidida.

—Mejor no la molestes —suspiró Hestia—. A lo mejor está dormida. Seguro que dormida no sabe la mierda de vida que tiene, sepultada en libros viejos, usando túnicas de padre…

—¡Hestia!

—Sólo digo la verdad —se empecinó ella. Brutalmente sincera pasara lo que pasara, y sin pisca de tacto, para varias—. Déjala descansar. Podemos calentar la comida luego… —le sonrió a su hermana, que había tomado las riendas desde que había salido de Hogwarts y las llevaba a ella y a su madre a cuestas.

A veces, sólo a veces, le daba por pensar que era admirable.

—Anda, siéntate y dime cómo se llama el estúpido bajista de las Brujas de Macbeth…

—¿Resuelves el crucigrama? —Flora taconeó en el suelo indecisa, pero acabó acercándose—. Donaghan Tremlett. El bajista… —se sentó junto a su hermana—. Supongo que calentaremos la comida luego.

—Gracias… Planta que cura el acné —Hestia siguió—. Uhm, ¿cómo se llamaban? Eran asquerosos… ah, bubotubérculos.

—¿No escribes nada? —preguntó Flora

—No tengo pluma, y… ¿de qué sirve? —Hestia bufó—. Lo tiraré en cuanto acabe esto. —Frunció los labios al ver la horizontal dieciocho—. La marca… guión. Símbolo de los Mortífagos. Ridículo. —Lanzó lejos el periódico indignada—. No puedo creer que ya lo usen en los crucigramas. Capaz en unos años hasta ponen sus nombres… Total, si ya salió Potter en el de hace dos días.

Flora se lo tomó con más calma.

—Es la vida.

—Pues apesta —Hestia se cruzó de brazos, como una niña enojada. Tenía diecinueve años y en un buen tiempo nadie la iba a convencer de lo contrario en un buen tiempo—. Y lo sabes aunque intentes poner buena cara —le reprochó a su hermana—. En la calle la gente nos mira mal por culpa de nuestros tíos, de nuestro apellido. Creen que somos asesinas en pequeño.

Flora sonrió, con infinita paciencia. A veces, Hestia pensaba que, más que como una hermana, Flora Carrow tenía la personalidad de su madre. Había madurado demasiado rápido, golpeada por la guerra. Hestia no. Hestia parecía haberse quedado en una etapa aniñada, berrinchuda y quizá un poco de rebeldía. Desde su sexto año en Hogwarts la diferencia entre ellas era increíblemente notoria.

—No puedo poner otra cara… —se excusó Flora—, pero tampoco puedo hacer que el mundo mejore. A ver, dame el periódico… veamos que más hay… —empezó a ojearlo, casi seguro fingiendo el interés—: Mira, en Gringotts buscan rompedores de maldiciones. Piden conocimiento de maldiciones y aritmancia… a ti se te daba —sonrió—. Podrías probar.

—Me mirarán mal y me dirán que no…

Flora rodó los ojos.

—No lo sabes, a la mejor les puedes demostrar que eres una buena persona, como en efecto eres… —rebatió.

—Mirarán mi apellido y creerán que los voy a asesinar a todos.

—Que no…

—No mientras, sabes lo prejuiciosa que es la gente —espetó Hestia, empezando a cansarse de esa conversación—. Anda, mejor vayamos a cenar y a despertar a madre… —se puso en pie, muy decidida y Flora suspiró, comprendiendo que ese día no lograría absolutamente nada.

—Vamos…

Hestia se dirigió hasta el recibidor y allí hasta las escaleras. Subió recorriendo con la mano el barandal y Flora fue siguiéndola.

La casa tenía cinco habitaciones en la parte superior. La primera puerta era la que, aun a sus veinte años, compartían las gemelas. La segunda, era la que usaba su madre y la tercera era la recamara principal, donde recordaba haber saltado en la cama de sus padres. Pero su madre no había podido dormir allí desde que su padre había muerto. Hestia a veces entrada y se quedaba sentada en la mecedora que había pertenecido a su padre, mirando a la ventana.

Las últimas dos permanecían cerradas. Las habían abierto por última vez cuando dos funcionarios del ministerio les había pedido registrar su casa en busca de cualquier pista sobre el paradero de sus dos tíos, Amycus y Alecto. Eran las que, durante un breve tiempo, habían ocupado. Ahora nadie quería acercarse a ellas.

Hestia tocó, con suavidad en la puerta de su madre. Sabía que, para despertarla, lo mejor era primero un sonido suave. A veces le dolía arrancarla del mundo de los sueños, donde parecía estar tan en paz consigo misma. Pero, dolida, reconocía que Flora tenía razón: Francesca Carrow no podía vivir durmiendo por más que lo deseara.

—¿Mamá? —llamó al no obtener respuesta y tocó más fuerte un par de veces más—. ¡¿Mamá?! —llamó, de nuevo un poco más fuerte.

—Usualmente se despierta al primer toquido… —dijo Flora, con el ceño fruncido—. Deberías abrir…

—No puedo entrar así como así —se quejó Hestia, pero le hizo caso.

No debió de haberlo hecho. Francesca Carrow no estaba en la cama. Estaba en el suelo, con los ojos abiertos del susto, y la boca medio abierta. Una mueca que se quedaría perpetuamente en su cara, porque en el estómago tenía un cuchillo clavado, que la había rajado de lado a lado.

Y la mancha del suelo…

Flora se dijo, por un momento que aquello estaba mal. Que se había estado desangrado bastante tiempo y no había proferido ningún grito.

—¡MAMÁ! —el grito desgarrador se Hestia, que se acercó corriendo hasta su madre y se arrodillo junto al cadáver, empapándose de sangre.

Flora se acercó cuando ya se le nublaba la vista por las lágrimas que salían a borbotones de sus ojos, aun con el shock a cuestas. Sin embargo, algo, del otro lado de donde se había arrodillado Hestia, le llamó la atención y se limpió las lágrimas furiosamente hasta que pudo ver con más claridad.

La sangra había formado dos palabras. Intentó llamar la atención de su hermana, pero no lo logró. Entonces se dio la vuelta, para ver las dos letras de frente y poner leer lo que decían.

«AS»


Cambridge

—Y a pesar de que ya tiene cuatro años… los dejamos con el éxito de Oasis… —dijo el locutor del radio que Lisa Turpin tenía con el único propósito y entonces empezó a sonar la canción—: Today is gonna be the day that they're gonna throw it back to you…

La tenía encendida con el único propósito de que hiciera ruido, porque le molestaba estar sola y en silencio. Además, ese día había llegado mucho más temprano que Terry del trabajo. Le gustaba vivir con él, y a la vez estaba cerca de sus padres, que estaban tres pisos más abajo. Así tenía su espacio, aunque sus padres creían que aún era muy joven para compartir su vida con alguien. Pero ella estaba completamente segura de que nunca querría a alguien que no fuera Terry Boot a su lado.

La canción seguía sonando cuando Terry entró por la puerta.

—¿La radio muggle de nuevo? —le preguntó dándole un beso mientras se aflojaba la corbata de la camisa y se quitaba la túnica.

Lisa se encogió de hombros.

—Me hace ruido mientras no estás…

—Ya podrías intentar hacer la cena —bromeó Terry dirigiéndose a a la cocina—. ¿Qué se antoja hoy, querida novia mía que no tiene ni idea de cómo cocinar?

Lisa se rio al oír aquello.

—Compré champiñones, podrías hacer algo con ellos, novio que no quiere enseñarme a cocinar… —se burló ella, haciéndole una mueca mientras movía la cabeza al ritmo de la canción que sonaba en la radio.

—Nunca podrías igualar mi talento, no te ofendas, preciosa… —ella lo oyó sacar utensilios y rebuscar en las alacenas hasta encontrar lo que necesitaba mientras se dirigía a la recamara que compartían. La otra era el estudio de Lisa, donde se llevaba los manuscritos que no le daba tiempo de corregir en la editorial. Casi todo lo que se imprimía eran libros de investigación y le fascinaba leerlos con calma—. Por cierto, ¿has visto a Padma?

Lisa asintió hasta que se dio cuenta de que Terry no la vería y ahogó la risa un poco antes de contestar.

—Sí… cada vez se pone más gorda.

—¿Ya soltó la sopa? —preguntó Terry. En eso estaba interesados todos: de quien era el hijo que Padma estaba esperando. Ninguno comprendía porque la morena se negaba a revelarlo. Hasta el momento, sólo lo sabía ella y no estaba dispuesta a revelarlo.

—¡No!

—¡Lo averiguaremos tarde o temprano!

Lisa suspiró buscando el regalo que le había comprado a Terry por su aniversario. Una corbata nueva, para que variara la que ya usaba todos los días. Volvió al comedor y colocó la caja sobre la mesa.

—¡Eso es porque Anthony y tú son unos cotillas!

—Que no, que no… que sólo tenemos interés en romperle la cara al padre del niño de Padma. Por si acaso… A lo mejor eso lo convence de hacerse cargo de su hijo…

—A lo mejor por eso no se los dice —insinuó Lisa con una sonrisa sobre el rostro. En ese momento se oyeron los últimos acordes de la canción Wonderwall y ella le apuntó con la varita a la radio para que se callara por fin—. Teme que el ministerio los detenga por… oye… «romperle la cara a un tipo a la manera muggle».

Terry se asomó por la cocina. Lisa se rio del delantal que llevaba puesto. Si es que su novio era el hombre más pulcro que había conocido y sólo a él se le ocurría ponerse un delantal azul que ella le había comprado en broma y decía «peligro, hombre cocinando».

—¿Me crees capaz?

—Nunca…

Entonces Terry se fijó en el regalo que descansaba en la mesa.

—Hoy es…

—Once de septiembre, sí…

—Ahm… —Terry torció la boca y luego masculló para sí mismo—: Soy un idiota. Lo olvide… Lisa… si quieres podemos ir a un restaurante caro a comer… Bueno, a uno caro no. Podemos ir al Pyara Patil y molestar a Padma para que nos cuente quien es el padre de su bebé mientras su hermana nos mira mal y, bueno, comer algo rico.

—Terry, lo que cocines será perfecto y sabrá delicioso…

El joven frunció el ceño.

—Pero… es nuestro aniversario. Hace dos años que salimos… debería ser algo especial.

Lisa lo miró con ternura.

—Lo que sea que cocines será especial —le aseguró.

—¿Segura? —inquirió él, sin tenerlas todas consigo—. Puedo bajar y comprar algo más en cualquier tienda muggle.

—No tienes libras esterlinas…

—Bueno, puedo ir al Callejón Diagon por algo…

—¡Terry! —exclamó ella—. Sólo termina lo que ya estás cocinando, por favor. Eso me encantará. —Le guiñó el ojo y dejó que volviera a la cocina mientras agarraba el Profeta. Al parecer, habían detenido a Rodolphus Lestrange. Frunció los labios y repasó el periódico hasta llegar a la mitad.

Escándalo por dragones en Gringotts

Hermione Granger, del Departamento de Control de Criaturas Mágicas del Ministerio de Magia ha iniciado una campaña para poner en libertar a los dragones que custodian las bóvedas de alta seguridad del Banco Mágico Gringotts, a lo que los duendes se han negado ipso facto.

Sin embargo, Hermione Granger ha sacado a la luz pruebas del evidente maltrato que sufren los dragones que nunca ven la luz, nada más y nada menos que con el dragón que ella, Harry Potter y Ronald Weasley robaron después de asaltar la cámara de los Lestrange. Desde entonces, la población mágica está dividida y cada vez más personas apoyan la campaña de la joven…

—¿Qué viene en el periódico? —preguntó Terry desde la cocina.

—Quieren liberar a los dragones de Gringotts —le dijo Lisa—. Hay un escándalo por el maltrato al que son sometidos.

—Los dragones no son criaturas agradables, para nada… —terció Terry.

—Ya, pero Hermione Granger enarbola la bandera de la campaña —le contó Lisa.

—Ah, Doña Causas Perdidas.

—Te apuesto a que logrará algo.

Terry se rio desde la cocina.

—¡Convencerá a todo el Reino Unido de que es absolutamente prioritario el hecho de liberar esos dragones! —exclamó Terry, medio riendo, asomándose y luego volviendo a la cocina. No dijo nada más, Lisa no supo que agregar y, acostumbrada a los silencios entre los dos, siguió hojeando el periódico.

Algo llamó su atención, una nota a la que apenas si le habían dedicado una esquina: «Rita Skeeter publicará biografía del último director de Hogwarts, Severus Snape». Y la foto de la periodista, con sus lentes, sonriendo.

—¡Oh, por Merlín!

—¿Qué?

—Skeeter publicará una biografía de Snape, por Rowena… tienen que estar bromeando.

—¿Qué tan malo puede ser? —preguntó Terry, asomándose.

—Oh, por Morgana, Terry, es Rita Skeeter, escribirá la historia de un trágico joven incomprendido o alguna tontería más… —se inventó Lisa—. Digo, la historia de Snape tiene muchos huecos que llenar a pesar de las declaraciones de Potter, estoy segura de que se inventará una historia irrisoria. Skeeter es especialista en eso.

—Ya lo sé… ya lo sé.

—Lo mejor que pudo hacer Boullard fue correrla del Profeta —comentó Lisa, sobre la nueva directora del periódico mágico por excelencia—. Una lástima que la publicación no haya mejorado demasiado…

Llamaron a la puerta insistentemente. Lisa iba a ignorar la llamada hasta que la voz de Tom la interrumpió.

—¡LISA! ¡LISA! —La voz chillona de su hermano de diecisiete años parecía desesperada y ella se dirigió hasta la puerta para abrir. La visión de su hermano, con los ojos fuera de órbitas—. ¡Mamá… mamá… está…! —parecía querer decir algo, pero no podía, así que Lisa tomó una rápida decisión.

—¡Terry, ahora vuelvo! —exclamó y luego miró a Tom, su muy muggle hermano—. ¡Vamos!

Bajó las escaleras al trote, hasta tres pisos abajo, seguida por su hermano. La puerta del apartamento donde había estado viviendo hasta los dieciocho años estaba abierta. Así que entró. A primera vista, nada parecía estar mal, pero su hermano Tom señaló la puerta, en el pasillo, que daba a la habitación de sus padres.

Ella, temiendo lo peor, se dirigió hasta allá y entró.

Error: no había pensado en lo peor. No había pensado en su madre con una rajada en el estómago, y la sangre aun chorrando. No había pensado en los ojos abiertos, formando una mueca de terror.

Quiso salir corriendo de allí. Quiso huir. No ver más.

Pero algo, en el charco de sangre, la detuvo.

De un lado, la sangre había formado tres letras, claras. Se quedó paralizada, deseando correr a los brazos de su hermano y llorar. Correr hasta donde estaba Terry y refugiarse en su hombro.

Pero no pudo. La curiosidad fue aún más fuerte.

Se fijó en las tres letras.

«TAR»


Condado de Wiltshire

Neil Vaisey pensó, al ver a la audiencia de esa noche, que se estaba vendiendo demasiado barato. Pero no había habido suerte el último mes y sentía que tenía que prostituir su voz. Rasgó las cuerdas de la guitarra y terminó la última canción del penoso show de aquella noche. Tan penoso como su audiencia y el bar de mala muerte en el que había acabado. A sus diecinueve años, con tanto éxito que le estaba esperando, acababa en el pub de más mala muerte…

Corrección, en el segundo pub de más mala muerte, el primero era Cabeza de Puerco. La Bruja de Blair acababa de abrir y no había duda que la llevaban unos aficionados. Si nadie tenía deseos de invertir en ese lugar, caería y los dueños perderían toda la inversión.

Pero eso a Neil Vaisey le importaba muy poco. Lee estaban pagando una cantidad que se le antojaba justa para tocar en semejante estercolero, pero estaba seguro de que no lo volvería a pisar nunca. Bajó del escenario y rezó por fundirse entre la gente hasta que encontró una cara que le sonaba de algo. De algo. Entonces se dio cuenta a quien pertenecía esa nariz tan rara y esos ojos tan juntos.

«Siempre pensé que Davis tenía más clase…»

—Ey, ¡Davis!

El que volteó fue su novio. Vaisey no dudaba nada que la idea de ir a aquel lugar de mala muerte fuera enteramente de Terence Higgs. Tracey lo reconoció.

—Hombre, Neil…

«Oh, no, huye de aquí, Tracey Davis solo arrastra las palabras de esa manera y te llama Neil cuando está completamente borracha», pensó él, pero se acercó de todas maneras temiendo que aquello fuera una malísima idea.

—Vaisey —corrigió. Odiaba su nombre. Neil sonaba como a cantante pop. No imponía. Quizá por eso se había tatuado los brazos, y la espalda, para hacer creer que era como Lorcan d'Eath—. Sólo Vaisey.

—Hombre… sigues con eso… —Tracey arrastraba mucho las palabras. Luego palmeó el asiento que estaba a su lado, el que no estaba—. Si Neil es un nombre bonito —sus eses parecían siseos arrastrados, nada glamorosos. Vaisey suspiró y se sentó donde le indicaba. Terence Higgs volteó la cara y lo ignoró muy cortésmente.

—¿Qué te trae por aquí, Tracey?

—Terence quería venir, ¿verdad? —codeó a su novio, que parecía muchísimo más lúcido que ella—. Al final resulta que no está tan mal, pero que mierda de música deprimente cantas, Neil…

—Vaisey —dijo entre dientes—. Y la música es deprimente, como el ambiente de este lugar…

—Pero si no es deprimente, Neil…

—Vaisey —corrigió él, de nuevo, presintiendo que sería totalmente en vano—. Ya, seguro que no es deprimente cuando tienes tanto alcohol encima. Te causarás un coma etílico.

—No seas aguafiestas, Neil…

Neil Vaisey suspiró. Muy hondo. Muy hondo. Saludar a Tracey Davis estaba en la lista de las peores ideas que había tenido en la vida. Y no había muchas: «Besar a Astoria enfrente de Draco Malfoy», «Tocar canciones de Lorcan d'Eath en el Gran Salón en su séptimo año, bajo la mirada furiosa de McGonagall», «Invitar a Hestia Carrow a salir en quinto año», «Hablarle a Davis esta noche».

—Ey, Tracey, tengo que irme…

—No, no te vayas, Neil… eres muy divertido.

Tracey lo abrazó y se pegó a él como una lapa. Vaisey, como pudo, se desembarazó de un abrazo que amenazaba con ahorcarlo y el novio rubio de la chica por fin se dignó a intervenir en la escena.

—Ey, Tracey, vas a ahogar a nuestro cantante estrella —murmuró mientras ayudaba a Vaisey a liberarse del agarre de Tracey.

Vaisey, una vez libre, se puso en pie.

—Gracias, Higgs.

El chico sólo le dirigió una mirada de «Lárgate ya. Ahora. Pronto». Y Vaisey, consciente de que no quería ser víctima de Tracey Davis completamente borracha, se alejó de allí. Se encontró con otras chicas que recordaba haber visto en Hogwarts. Una morena y una asiática.

—Vámonos, Su, esto apesta, y el cantante apestaba, espero que no le den ni un knut por tanta depresión.

—Sí, Megan, esto es asqueroso…

Vaisey se deprimió un poco. No había querido afrontar la realidad durante todos aquellos meses, pero se estaba haciendo cada vez más latente: nunca tendría todo el talento que derrochaba Lorcan d'Eath, el único cantante al que alguna vez había respetado. Se dirigió detrás del escenario, donde había dejado la guitarra en su funda y la tomó, dispuesto a largarse de allí, pero antes se acercó a la barra.

—Ey, ey —le habló a la mesera, que enseñaba escote, seguramente intentando vender más tragos.

—¿Qué quieres?

—Un whisky de fuego, por favor —el sonrió, intentando ganársela, pero ella sólo agarró la botella y le puso el whisky enfrente. Él se lo tomó de un trago, dejando que le abrazara la garganta, dejó la copa y los seis snickles que costaba en la barra y luego se dirigió a la puerta.

Qué penosa era su vida. Hasta a él le daba pena. Sacó los cigarrillos del bolsillo mientras caminaba por las calles y, con un movimiento de varita, fijándose en que ningún muggle lo viera, prendió el cigarro y le dio una larga calada. Cada vez lo invitaban a tocar a menos lugares. Madame Rosmerta le había cerrado la puerta en las narices luego de oírlo. Hannah Abott lo había dejado, con la mirada cargada de lástima, tocar dos noches en El Caldero Chorreante. La lástima se fue con la clientela y Hannah no volvió a dejarlo tocar.

Y luego La Bruja de Blair. Pero si es que el sitio apestaba.

Caminó hasta que se acabó el cigarro y sacó otro. No quería llegar a casa. No quería ver a su madre, esperándolo en la sala. Se llevaban fatal. Su madre insistía en que Vaisey se había quedado estancado en la rebeldía de la adolescencia, con los brazos tatuados y las dos alas medio demoniacas que se había tatuado en los omóplatos. Y su madre era jodidamente conservadora.

Pero al final, sus pasos lo dirigieron a su casa. En la entrada, tiró la última colilla y la aplastó con el pie, pensando, con satisfacción, que su madre se la toparía cuando se levantara a la mañana siguiente. Se fijó en las ventanas y le sorprendió que estuvieran todas las luces apagadas.

«Así que ahora no me ha esperado», pensó, con rencor y abrió la puerta con un alohomora.

Caminó tres pasos antes de tropezar contra algo blando y caer de bruces al suelo. Un líquido viscoso se embadurnó en su camisa y en sus manos.

—Que carajos… —musitó, poniéndose en pie, buscando la varita desesperadamente. Cuando la encontró, la agitó—: ¡Lumos maxima! —y lo que siguió, fue el grito—. ¡AH!

Había tropezado con el cadáver de su madre, que tenía una rajada en el estómago, de lado a lado, y se había manchado con su sangre. Abrió mucho los ojos, y aun lado del cadáver, el que no había alcanzado a tocar, distinguió un par de letras.

«TÉ»


Pues este es mi nuevo proyecto, tiene a las dos Carrow, y Vaisey y a Lisa Turpin en el papel estelar.

Aclaración, se podría decir que esta historia es de la misma línea temporal que Vendetta y Morte y todos los one-shots relacionados, sin embargo, es completamente independiente.

Actualizaciones los miércoles, cada quince días.

Andrea Poulain

A 2 de febrero de 2014, día de la candelaria