Buenas, aquí os traigo un one-shot de Hoshi-ni-Onegai (a quien ya traduje «Streams of Our Consciousness») llamado «Odd Couple». Es algo que ya tenía casi terminado y que he querido publicar ahora para que os entretengáis mientras esperáis el cuarto capítulo de «El rurouni establece su hogar». Sería un Universo Alternativo. Espero que os guste.

El autor lo publicó mientras escribía uno de, en mi opinión, sus mejores fics, «System Compatibility». Atravesaba un pequeño bloqueo, digamos. Añade que no suele ser uno de sus géneros habituales, al igual que los personajes son mayores de lo usual, sobre todo Kaoru.

El mundo de Rurouni Kenshin y todos los personajes que aparecen aquí son una creación del mangaka Watsuki Nobuhiro.

* Nota del traductor: Primero de todo debo hacer una aclaración sobre el título (Puedo oíros diciendo: «¿Ya? Pues sí que estamos buenos...»). Sí, sí, es necesario. En algunos de los bailes que se suele organizar en los institutos en América hay unos a los que se les llama «Odd Couple» (por lo tanto, el título del fic equivaldría al nombre del baile), en los que los alumnos traen como acompañante a un familiar del sexo opuesto (normalmente a su progenitor correspondiente). El nombre viene porque la pareja no está «nivelada», teniendo en cuenta por lo menos la edad. Me ha parecido divertido hacerlo con un juego de palabras, usando dos que pertenecen a la misma familia («par»).

LA PAREJA DISPAR* de Hoshi-ni-Onegai

Otro secreto. Debería estar acostumbrada a ellos, pero siempre me dolían en el corazón. Cierto que algunos eran inofensivos, pero era como si a él ya no le importara.

Dejé a un lado la ropa para lavar que había estado hurgando y cogí el incriminatorio pedazo de papel. Quizá no debería haber hurgado en sus bolsillos, pero tenía la manía de dejarse cosas olvidadas en los suyos. La semana pasada encontré un billete de veinte dólares. No podían acusarme de ser cotilla si lo único que estaba haciendo era desempeñar la labor de una amorosalavandera, ¿verdad?

Con el papel en la mano, me encaminé hacia los dormitorios. Traspasé la puerta y lo vi sentado en la cama con el cabezal contra su espalda. Cuando me vio entrar levantó una ceja. Durante lo que eran meses ya, él sostenía una mirada semi-irritada cada vez que me veía. Quizá era una consecuencia tras tantos años de convivencia, pero mi amor permanecía incondicional.

Ondeé el papel en mi mano e intenté mantener mi semblante serio.

—¿Te importa explicarme esto?

Sus ojos se abrieron de par en par y se bajó de la cama. Atravesó la habitación y cogió el papel de mi mano en un abrir y cerrar de ojos.

—¿Dónde lo has encontrado? —Su tono era enfadado, como si fuera yo la que había mentido—. ¿Has estado rebuscando entre mis cosas otra vez?

De acuerdo, así que parecía que estaba enfadado porque había quebrantado algún tipo de ley sobre privacidad.

—¿Otra vez? Si quieres ocultarme algún secreto vas a tener que hacerlo mejor y no dejar evidencias en los bolsillos de los vaqueros que dejas para lavar.

Él maldijo para sus adentros, pero al ver mi penetrante mirada suspiró.

—Mira, puedo explicarlo.

—¿Qué? ¿Que me ocultas cosas? ¿Otra vez? —Esperaba que mi voz sonara indignada.

—Antes de que te lo tomes de forma personal, mi intención no era hacerte daño. —Ahora estaba implorando.

—Demasiado tarde. —Resoplé y apoyé una mano contra mi cintura, uno de mis antiguos hábitos—. Vamos a ir.

—¡Mamá! —Estampó su pie contra el suelo como en una pataleta, un remanente de su infancia.

—¡Kenji! —gimoteé de vuelta burlándome. Poniendo mis ojos en blanco señalé al papel en su mano—. Has estado cerca esta vez. El baile es este fin de semana.

Me marché hacia la cocina pero él iba pisándome los talones.

—Todos pensarán que soy un perdedor si voy con mi mamá.

Llegando a la altura del frigorífico me reí y sacudí la cabeza.

—Es un baile de Parejas Dispares, todos van a ir con sus padres.

—Sí, pero nadie más tiene una madre que... —Detuvo sus palabras en seco, como si hubiera hablado de más.

Yo fruncí el ceño.

—¿Cuál era el final de esa frase?

Él se movió nervioso. Al ver mi expresión, cedió. Esto era lo que tenía ser madre soltera, ambos conocíamos los cambios de humor del otro a la perfección. Desafortunadamente, Kenji se parecía a mí y era la única persona en el mundo tan terca como yo. Pero eso también quería decir que él sabía que yo no iba a rendirme.

—Los chicos en la escuela dicen cosas sobre ti.

—¿Los chicos del colegio? —Realmente no sabía a dónde quería ir a parar con todo esto.

—Cuando vienes a mis torneos de kendo o cuando me recoges del colegio. Ellos te ven y dicen cosas. —Parecía incómodo cuando logró sentarse en el taburete.

Lanzándole una botella de agua, me incliné sobre la encimera con la mía propia.

—¿Qué? ¿No soy lo bastante guay? Siento si estoy tan fuera de onda, pero todas las madres lo están, Kenji.

Guardó silencio y decidí ahorrarle la reprimenda. Ya estaba ganando la batalla de ir al baile de Parejas Dispares. Ésta era mi lucha diaria con mi hijo de catorce años. El próximo año estaría empezando secundaria y sabía que las cosas cambiarían. Todo el mundo me había advertido que la adolescencia era una etapa difícil, especialmente con los chicos. Era como si tuvieran la rebeldía grabada en su ADN. En ese instante rememoré el tiempo en el que solía leerle un cuento antes de irse a la cama y él me solía decir lo mucho que me quería.

En vez de eso, en este momento estaba atrapada con un adolescente dominado por la ansiedad que decía poco más de lo que le era necesario. Según sus amigos con hijos mayores, al final también superaría esa fase. En cualquier caso, no podía evitar que un sentimiento de soledad la invadiera a veces, al tener que encararse con él ella sola. Yo había criado a Kenji sin ayuda durante toda su vida. Siempre creí que éramos él y yo contra el mundo, pero estaba empezando a darme cuenta de que era yo contra un adolescente. Así que mi trabajo era mantenernos unidos.

Días más tarde revisaba mi aspecto en el espejo. Miré a mi mejor amiga, Misao, que estaba recostada en mi cama y me presenté ante ella.

—¿Qué tal estoy?

—Sexy. —Ella sonrió abiertamente y, bajándose de la cama de un salto, vino detrás de mí para ayudarme a subir la cremallera del vestido—. No sé por qué estás tan nerviosa.

Me reí.

—Yo tampoco tengo ni idea. He cambiado los pañales de mi cita, por amor de Dios.

—Diviértete esta noche. —Me dio unos golpecitos en el hombro—. Ésta es la primera cita que has tenido en quince años. Creo que mereces pasártelo bien.

—Eso me hace parecer patética, Misao. —Fruncí el ceño ante mi reflexión.

Quizá el vestido era demasiado corto, me pregunté si debería cambiarme de ropa. Me dejé el pelo suelto, pero antes Misao me había atacado con una plancha rizadora y jugó con ella hasta que las puntas de mi pelo estuvieron alborotadas y con cuerpo. Tenía que concederle eso: sabía cómo hacer que alguien tuviera un pelo de supermodelo. Decidí maquillarme lo menos posible y llevaba sólo una simple gargantilla con un colgante de plata como única pieza de joyería. El vestido borgoña no era indecentemente corto, pero caía unas dos pulgadas por encima de mi rodilla. ¿Las madres de los adolescentes debían enseñar sus rodillas?

No era un vestido sin tirantes —una estipulación de Kenji cuando le pregunté qué debía ponerme—. Era un vestido sencillo de color vino con mangas japonesas, escote en forma de corazón y una falda con vuelo. Había considerado ponerme tacones, pero sabía que sobrepasar a Kenji no me iba a hacer ningún favor.

—Quizá conozcas a algún padre divorciado joven que te haga perder la cabeza esta noche —dijo Misao mientras me empujaba hacia el salón.

Yo puse los ojos en blanco.

—Sí, claro.

Parándose justo a un paso del sofá, se volvió y me frunció el ceño.

—Sé que eres primero madre y después madre, pero no tienes que meterte en un convento para ser una buena madre para Kenji.

—No empieces a sermonearme, Misao. —Una penetrante mirada emanaba de mis ojos taladrándola cuando oí la puerta de Kenji abrirse.

—¿Lista mamá? —clamó.

Me giré justo a tiempo de verle entrar en el salón y sentí que perdía la voz. Me transportó al pasado. Al ver a Kenji crecer ante mis ojos, no se me escapaba el hecho de que se parecía muchísimo a su padre, salvo que él era diferente. Apenas tenía control sobre su mata de pelo rojo que me encantaba. A pesar de mi constante incordio, él seguía llevando el pelo largo de la manera que lo solía hacer su padre sin ser consciente de ello. Llevaba un traje oscuro con corbata, pero optó por no llevar zapatos y en vez de eso se calzó sus Converse. Era un calco de mi propia cita en mi baile de graduación. La única diferencia era que él tenía ojos azules como los míos en vez de los amatista que atravesaban mi alma.

Sacudí la cabeza para desechar la imagen de mi mente. Esbocé una gran sonrisa y le di un codazo en broma a Misao.

—Fíjate en mi hijo, Misao. ¿No es un don Juan?

Misao rio y sacudió la cabeza.

—Os daré permiso, chicos, para que os divirtáis esta noche.

Ella se marchó por la puerta y cogí mis llaves de la cerradura.

—También deberíamos marcharnos.

—Espera. —Caminó hacia mí tímidamente mientras yo cogía mi cartera de mano y metía mi teléfono móvil en ella—. Te he traído esto.

De detrás de su espalda sacó una caja de plástico transparente con un ramillete de gardenias. No pude evitar sonreír ante el regalo. Cogí todas mis cosas con la mano derecha y extendí mi brazo izquierdo. En vez de coger la caja, hice un gesto hacia mi muñeca. Él gruñó un poco, pero sacó el ramillete cuidadosamente de su caja y lo puso en mi muñeca.

Una vez que estuvo situado en mi brazo, giré mi muñeca a ambos lados para admirarla. Levanté la vista hacia él y, viendo la vergüenza en su rostro, no pude evitar tirar de él para abrazarlo.

—Gracias, Kenji.

Mi hijo profirió gruñidos de todo tipo y se zafó de mis brazos tras darme un momento. Yo entonces vivía por momentos como éstos; los momentos en los que cogía un pequeño vistazo de mi niño pequeño. Quizá no la había fastidiado mucho criándolo.

Tras estacionar en doble fila en el aparcamiento y salir del coche, pude ver que Kenji estaba prácticamente arrastrando sus pies.

—No te entusiasmes mucho ni nada de eso.

Él me lanzó una mirada feroz.

—Te dije que no quería venir.

—Oh, vamos, deja a tu madre que se divierta de vez en cuando. —Enrollé un brazo alrededor de su hombro mientras caminábamos hasta las puertas del gimnasio en el que se llevaba a cabo el baile.

Él se liberó de mi agarre cuando sus compañeros de clase se perfilaron ante nuestros ojos.

—¿Quién dice que no puedes pasártelo bien? Sólo me pregunto por qué necesitas hacerlo en mi escuela.

—Piensa en esto como en una práctica para la escuela secundaria para cuando tengas que traer a una cita. No te gritaré si me pisas los pies cuando bailemos —le censuré.

—No vamos a bailar —murmuró y yo me reí nerviosamente en respuesta.

Nos aproximamos para inscribirnos en el mostrador en el que una guapa joven, probablemente de la misma edad que mi hijo, estaba dando la bienvenida a la gente. Al ver a Kenji y a mí yendo hacia allí nos ofreció una perfecta «sonrisa de azafata».

—¡Bienvenido al Baile de Parejas Dispares, Kenji! No sabía que ibas a traer a tu hermana.

—Oh, me caes bien. —Le sonreí a la chica y la saludé con la mano—. Deja de adular a una vieja, soy su madre.

Antes de que la chica pudiera decir nada más, Kenji se metió en la conversación.

—¿Tenía que haber hecho algo para registrarnos, Ayame?

Nop, sólo necesito tacharos de mi lista. —E inmediatamente echó una ojeada a las hojas frente a ella—. Aquí estáis: Kenji y Kaoru Kamiya.

Por lo que a mí respectaba según la dinámica que había entre ellos, no parecía que hubiera ningún interés amoroso entre los dos. Lo que era una de mis misiones esta noche, ya que, de acuerdo con una sobreobservadora Misao, Kenji estaba colado por alguien. Necesitaba echarle un vistazo a esa muchacha.

Decidí que ser amable con una de las chicas de aquí podría ayudarme más tarde, así que ignoré las protestas de mi hijo y charlé con la chica de recepción.

—Así que, ¿con quién has venido aquí?

—Vine con mi tío. Debe estar ya ahí dentro, le tengo cuidando el bol de ponche para que nadie intente echarle alcohol. —Parecía que esta chica tenía una de esas personalidades con las que nadie podía enfadarse.

—Aprecio que intentes mantener a estos chicos por el buen camino. —Le sonreí con amplitud.

—Déjala en paz, mamá. —Kenji tiró de mi brazo y le devolvió a la chica el saludo con la cabeza—. Nos vemos, Ayame.

Podía decir que intentaba ser frío, lo que a veces sospeché que sería. Kenji siempre fue calmado y contenido —un rasgo que definitivamente no había heredado de mí—. En mi juventud, mis amigos me decían que era un mapache excesivamente emocional. Kenji se parecía a su padre incluso más de lo él pensaba.

Rechacé ese pensamiento y pregunté:

—¿Así que Ayame es una amiga tuya?

—Supongo, no la conozco tan bien. Sólo hace un mes que se ha mudado aquí. —Cuando llegamos a las puertas del gimnasio las mantuvo abiertas para que yo pudiera pasar. Mentalmente me di golpecitos en el hombro a mí misma por inculcarle buenas maneras.

Habían transformado el gimnasio. Los aros de baloncesto, que normalmente colgaban del techo, habían sido puestos hacia arriba y los habían apartado y, en vez de eso, banderines y globos adornaban la gran sala. Habían plegado las gradas contra la pared para hacer sitio a todas las mesas redondas con sillas que formaban el borde de la pista de baile, en la que sólo había unas cuantas parejas de padres e hijas bailando. Parecía que los chicos de la escuela sentían demasiada vergüenza para que los vieran con sus madres.

Kenji se abrió camino a través de la multitud y me figuré que debía seguirlo. Parecía estar buscando a alguien entre la gente. Tras unos minutos se volvió hacia mí.

—Voy a ver si puedo encontrar a Yutaro o a Yahiko.

Antes de que pudiera desaparecer entre la multitud lo cogí por el brazo.

—No puedes deshacerte de mí tan fácilmente. ¿Cómo vas a encontrarme luego?

Viendo cómo su táctica se venía abajo suspiró.

—Tómate algo de beber. Me encontraré contigo en la mesa de las bebidas.

Por lo menos Kenji era un chico de palabra. No me dejaría tirada. Mientras lo dejaba irse lo saludé con la mano a través de la gente. Vi los rostros ocasionalmente familiares de las reuniones del APA o de las quedadas de padres para que nuestros niños pudieran jugar de años anteriores, pero a nadie a quien pudiera llamar un amigo íntimo. Era lo que tenía ser una madre joven: que era difícil relacionarse con padres que eran significativamente mayores que ella. De acuerdo, no era que fuese exactamente súper joven, pero tener treinta y tres años con un hijo de catorce, todavía era ser joven en comparación.

El gimnasio estaba oscuro salvo por las luces estroboscópicas y por las que se reflejaban de la bola de discoteca que había en el centro. No estaba muy segura de cuál era el tema del baile de ese año, pero estaba convencida de que Kenji señalaría a la bola llena de espejos antes del final de la noche y diría que era de mi época de juventud. A duras penas recordaba los 80 —no digamos la era disco—, pero para Kenji ser mayor significaba ser vieja.

Por fin encontré el filo de la mesa de bebidas al divisar las tazas de plástico apiladas limpiamente. Sacando una de la parte de arriba con los dedos, busqué entre la variedad de bebidas. No podía encontrar ninguna que me gustara, así que me imaginé que tendría que ir a por el antes mencionado ponche, que guardaba el tío de Ayame.

Abriéndome paso a lo largo de la mesa, divisé el pelo rojo de Kenji. Debía haber encontrado a sus amigos o haberlo dejado por imposible. Caminé hasta estar a su espalda y golpeé su hombro con suavidad.

—Estoy aquí, Ken...

Cuando se volvió, mis palabras y mi aliento se paralizaron. Mis ojos se abrieron de forma notable y trastabillé un paso hacia atrás. Casi me caí, pero me agarré al borde de la mesa. Si la mía fue una reacción exagerada, la de él fue peor.

Parecía que había visto a un fantasma.

—¿Kaoru?

Al escucharle susurrar mi nombre en una pregunta, tragué el nudo de mi garganta.

—Kenshin. —Oh, Dios. Me sentí extraña pronunciando su nombre después de tantos años.


Edición: Lamento los fallos que sin darme cuenta había dejado en la historia. Ya están solucionados. Es que estaba deseando que la leyérais, jeje.

Asimismo, gracias por tu ayuda, MAEC.