UN GIRO INESPERADO: AOSHI

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Notas de la autora:

MAEC: He decidido daros una sorpresa y a reeditar este fic que escribí allá por 2004…

Lectoras: ¡¿Pero qué haces escribiendo aquí?! ¿No recuerdas que Kaoru está secuestrada?

MAEC: Estooo… sí, sí… lo recuerdo, ya lo sé T_T . No hace falta que me lo digáis T_T . Y por favor, dejad de pensar en mi madre que me dice que le están pitando mucho los oídos T_T

XD … Sí, lo sé… sé que muchas habréis llegado a ese diálogo, pero es lo que hay. Me ha dado por aquí T_T. Como os dije, releer uno de mis fics me da remordimientos. Concretamente, «Juegos del destino», porque en serio, es que ha quedado de bonito… *o* . Y no, no lo digo por falta de modestia sobre la trama de la historia y blablablá, sino porque no os podéis hacer idea del cambio sufrido del original al que está colgado. Ni remotamente… Parece otro, en serio. Y claro, con esta historia me da mucha pena que se quede como está.

Así que he decidido que voy a arreglar la primera parte al menos. El fic tiene dos partes diferenciadas: la primera es la historia hasta que la pareja se junta; y la segunda, su vida estando casados. Y lo dicho, voy a hacer la primera porque es lo más «rescatable». Como esa parte es la cortita, tampoco me llevará mucho tiempo y eso también me ha motivado para hacer el arreglo.

A ver qué tal lo dejo ^_^º

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Notas de la historia:

Teniendo en cuenta que en el original había cuatro páginas de notas explicando las peculiaridades del fic, podéis daros con un canto en los dientes de que éstas sean más breves. Pero es necesario explicar algunas cosas:

1) Éste es mi fic de dos perspectivas. Es decir, son dos fics en uno. Ésta es la perspectiva de Aoshi, pero habrá otro con la perspectiva de Misao.

2) Los subiré simultáneamente, es decir, no voy a subir primero la historia de uno de ellos y cuando se termine la del otro. Esto os ayudará a tener una imagen global de lo que ocurre ya que, aunque hay partes en las que coinciden, hay otras muchas en las que cada uno va por libre.

3) La historia tiene un componente fuerte en una de esas desvirtualizaciones del fandom (Aoshi la considera muy joven, culpabilidades por ser su tutor y tonterías varias). Si hubiera escrito ahora mismo una historia de Aoshi/Misao no habría corrido por estos cauces ni de lejos. Pero es lo primero que escribí en mi vida y en aquel entonces NO había leído el manga. O lo que es lo mismo, que de la personalidad de Aoshi después de la batalla de Shishio conocía «cero patatero». Sólo conocía de él lo que leía por otros fics del fandom y como muchas sabréis, en aquella época al menos, los fics de este fandom fieles al manga brillaban por su ausencia ¬_¬º.

Estoy intentando reconducir los personajes a lo que son sus personalidades verdaderas y suavizar esa desvirtualización. Pero ni con ésas voy a conseguir que se ciñan a sus personajes del manga. La historia tiene un rumbo que dudo que se dieran en el marco del manga, pero bueno… se hará el intento.

4) Aun así, quiero matizar una cosa de la perspectiva de Aoshi y que varias me hicieron llegar en su día al leerlo. Decían que Aoshi era bastante emocional (aquí también lo es, pero en el archivo original era muy emocional e_e . En esta revisión lo estoy suavizando bastante). Pero quiero dejar constancia de algo: para ver una actitud distante de este personaje tenemos que irnos a la perspectiva de Misao que es la que le percibe así. Que una persona no sea expresiva, no quiere decir que no tenga sentimientos (que era lo que parece que la gente se esperaba). Eso quiero dejarlo clarísimo. Porque en este fic, Aoshi tiene sentimientos, y los tiene muy fuertes por Misao. Pero no los exterioriza que eso es lo que más conocemos de su personaje.

5) Al igual que «Juegos del destino» este fic lo hice en primera persona. Si se me ha colado en la narración algo en primera persona, es por eso, no es que se me haya ido la olla ^_^º

6) Y esto es como curiosidad. A diferencia de «Juegos del destino» que corté rápido lo de enviarlo porque lo iba a reeditar, este ruló más entre las que me leéis. Las que lo hayáis leído entonces… cualquier parecido con ese archivo es pura casualidad, jajajaja. No, tampoco es tanto, pero vais a notar mucha diferencia. Para empezar, como que tiene más de 2.000 palabras extras y sin contar con la de páginas que prácticamente he borrado y reescrito. Y eso éste, porque el de Misao tiene más de 3.000 palabras extras. Así que lo dicho: siguen la misma idea pero he cambiado cosas a mansalva.

Y dicho esto, espero que os guste el fic :-D

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Disclaimer: El mundo de «Rurouni Kenshin» pertenece a Nobuhiro Watsuki. La siguiente historia no tiene ánimo de lucro, ni nada parecido. Sólo es una historia escrita por divertimento.

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Capítulo 1: Una mala noticia

Sangre por todos sitios y sus amigos muertos tirados en el suelo con agujeros de bala en sus cuerpos. Con esa imagen, Aoshi volvió a despertarse sobresaltado un día más. Por mucho tiempo que trascurriera, esas pesadillas no menguaban ni en intensidad, ni en frecuencia, y —día sí, día también—, se despertaba angustiado y sudoroso por recordar los últimos momentos de vida de sus compañeros.

Aoshi se levantó y se acercó a la ventana. Todavía era muy temprano y dudaba de que alguien se hubiese despertado ya. Aun así, salió de su habitación y se dirigió al patio a tomar un poco el aire para serenarse del mal sueño.

Sin embargo, no habían pasado muchos minutos cuando vio a Omasu salir. Con los días de calor que estaba haciendo esa semana, estaban saliendo temprano a hacer las compras y así evitar la algarabía de gente que, además de retrasarles, les haría estar más tiempo en la calle con ese calor. Poco después, vio a Okon dirigirse a la cocina y Aoshi la siguió. Si desayunaba ahora, lo haría tranquilo y en soledad.

Entró en la cocina y Okon le saludó.

—Señor Aoshi —comentó con cierta sorpresa—. Se ha levantado muy pronto. ¿Desea desayunar?

Sólo asintió con la cabeza y se encaminó hacia la sala donde se sentó mirando al patio. Estaba amaneciendo y se veía claramente que se aproximaba otro día soleado de verano. No había ninguna nube alrededor como había sido la tónica los días anteriores. Por suerte, en el templo corría la brisa y había una buena sombra. A Aoshi le gustaba ir allí. Era relajante y podía estar tranquilo en las horas libres que tenía cuando estaba lejos de los libros de contabilidad del Aoiya. Había sido un gran cambio —de ninja en activo a gerente de un restaurante—, pero no se quejaba de esa vida después del mal camino que había recorrido años atrás.

Okon le trajo una bandeja con el desayuno y Aoshi de centró en él en cuanto le dejó solo. En el silencio absoluto del Aoiya podía oír a Okon trajinando en la cocina, sin embargo, pronto se comenzaron a escuchar movimientos en el piso superior. Los integrantes del restaurante se estaban levantando para comenzar un nuevo día.

Al terminar el desayuno, cogió la bandeja y la llevó hasta la cocina. Estaba a punto de marcharse cuando Okon le habló:

—¿Va al templo, señor Aoshi?

—No, hoy no. Tengo aún la contabilidad de ayer pendiente —le informó.

—Perfecto —comentó ella—. Okina me dijo que hablaría con ustedes por la mañana, por lo que es mejor que no se aleje.

Aoshi la miró imperturbable a pesar del trasfondo de sus palabras. ¿A quiénes se refería? Okina le había comentado el día anterior que tenía algo de lo que informarle, pero pensó que le requería para algún tipo de encomienda. ¿Podría ser que fuese acompañado?

—¿Con quiénes?

—Con Misao y usted —le contestó al momento.

Aoshi iba a preguntarle qué sabía del asunto cuando entró Omasu con unas bolsas de compras en las manos y las dejó en la mesa.

—Bueno... —dijo soltando un gran suspiro—, ya está todo hecho. Apenas me he encontrado con nadie —se jactó victoriosa.

Omasu se llevó una mano a la frente como intentando quitarse el sudor que pudiera haber allí y algo brilló. Por supuesto, no pasó desapercibido tampoco para Okon.

—¡Omasu! —la llamó para atraer su atención—. ¿Es un anillo lo que llevas en la mano?

La mujer sonrió y lo miró como si fuese lo más precioso que hubiera visto nunca.

—¡Sí! —exclamó mostrándoselo—. ¿Te gusta?

—¡AAAAHHHHHH! —gritó una muy entusiasmada Okon.

—¡Chist! —la reprendió rápidamente Omasu—. ¿Te has vuelto loca? Vas a despertar a todo el vecindario.

Eso no redujo para nada la emoción de su amiga.

—Pero Omasu, ¡te vas a casar! —Y soltó otro nuevo gritito de júbilo que se había preocupado de contener para que no se oyera en toda la casa—. Qué importa que se despierten todos los vecinos si es por una noticia así, ¿eh? No todos los días se promete una... ¡Felicidades!

—¡Lo sé! —Y se unió a los saltitos de Okon—. Estoy más contenta...

—Felicidades, Omasu —le felicitó Aoshi. No era un secreto que desde hacía un tiempo un hombre la estaba cortejando. Era evidente que había dado el siguiente paso en su relación.

—¿Eh? —se extrañó ella como si acabara de darse cuenta de que estaba presente—. ¡Gracias, señor Aoshi!

Pero no tardó ni dos segundos en centrar de nuevo su atención en Okon, la cual le cogió de las manos y siguió pletórica con las muestras de entusiasmo anteriores, mencionando la de cosas que tenían por delante para preparar.

Hasta que una voz las interrumpió.

—¿Estáis bien? —preguntó Misao desde la puerta de la cocina.

Al oír su voz, Aoshi se giró a verla, pero fue un error. Se quedó literalmente de piedra y si no hubiera sido porque había dejado la bandeja en la mesa, se le habría caído de las manos. Sintió que todavía estaba soñando y, por fin, no era una pesadilla. Estaba parada en la puerta con las kunais en sus manos dispuesta a atacar al primero que se cruzara. Hasta ahí, todo estaba bien. El problema era que parecía venir de darse un baño porque su pelo largo y mojado le caía por la espalda y hombros. Además, su yukata estaba pegada a su cuerpo por el agua y se le transparentaban zonas que no deberían verse.

Se podría decir que prácticamente había entrado desnuda a la cocina.

—¡Sí, Misao, mira! —Okon seguía entusiasmada y le puso la mano de Omasu delante para que pudiera ver el anillo.

Sin embargo, en lo que Aoshi se refería, estaba a punto de darle un infarto, y aunque intentaba disimularlo, algo se le tenía que estar notando. No tenía dudas. No era muy expresivo; le costaba exteriorizar sus sentimientos. Pero ella estaba ahí delante y semidesnuda. Aoshi la estudió intentando grabar cada milímetro de su cuerpo en su mente aun sabiendo que no debería hacerlo, pero...

Por mucho que no se lo pareciera al resto, él era humano. Y por sobre todo, también era un hombre con sus deseos y necesidades.

Intentaba apartar la vista de ella; sabía que eso era lo más decente que podría hacer, pero no podía. Su visión era hipnótica. Su yukata iba empapándose cada vez más a cada segundo que transcurría debido al cabello mojado de ella. La prenda moldeaba una figura perfecta. Cuando cumplió diecisiete años, Misao había subido algunos kilos de peso y se habían alojado en las zonas que a un hombre le importaban. En cuestión de meses, había perdido ese aspecto flacucho e infantil y había obtenido uno más acorde a su edad. Seguía estando delgada, pero ahora tenía unas curvas más definidas.

Se había convertido en una mujer… para desgracia de Aoshi.

Inspiró profundamente para contenerse, pero no le quitó ojo. Siguió registrando su cuerpo centímetro a centímetro, pues no tendría otra oportunidad de verla así: con sus pechos pegándose a la tela, su estrecha cintura anchándose suavemente dando lugar a sus caderas y sus piernas perfectas por las que corrían pequeñas gotas de agua.

Por supuesto, Aoshi ya las había visto antes gracias a sus trajes ninjas, pero esos trajes no eran muy femeninos y no podría hacerse nunca una imagen como la que tenía delante. Esa visión en conjunto era muy distinta a cualquier otra... demasiado. A partir de ahora, sabía que tendría muchos problemas para tener paz mental.

Misao dio varios pasos hacia adelante tirando las kunais al suelo y cogió la mano de Omasu que Okon le estaba enseñando.

—¡Es precioso, Omasu! ¡Felicidades!

—Misao... Tu yukata...

Aoshi sintió el tono sorprendido de Okon y al momento cómo posaba sus ojos en él. Aquello hizo que Aoshi reaccionara rápidamente quitándose su gi para ponérselo a ella. Misao observó su cuerpo y se puso muy roja. En cuanto la tuvo cerca, le puso la prenda por encima cuidándose mucho de no tocarla.

—No... no me había dado cuenta —dijo abochornada fijando más la ropa en torno a ella.

—Deberías tener más cuidado, Misao.

—Por supuesto… gracias, señor Aoshi.

Ni siquiera se atrevía a mirarle. Estaba muy avergonzada y se aferraba a su gi como a un bote salvavidas. Pero para él, ya era demasiado tarde. Tendría grabada su imagen para toda la vida. Debía darse un baño de agua fría, pensó, pues las cosas con ella que se le estaban pasando por la mente en ese momento, habrían escandalizado a cualquiera.

Por suerte, Omasu volvió a hablar y devolverle la cordura de nuevo.

—Gracias, Misao, estoy muy contenta —dijo ensimismada—. Al fin voy a casarme con el hombre que quiero...

—Qué envidia me das —suspiró con resignación—. Una casada y la otra a punto. Las únicas que quedamos somos Megumi y yo, y Megumi estoy segura de que pronto lo hará. Así que me quedaré sola en este barco.

Parecía abatida y algo se le encogió por dentro a Aoshi. Misao no debería sentirse así; era una mujer que no tendría problemas en tener al hombre que quisiera.

—No te preocupes —la consoló tocándole el hombro—. Tarde o temprano te tocará.

—Sí... Y quizás...

Lo dijo en un susurro y Aoshi no llegó a entender sus palabras. Y en ese preciso instante, entraron los demás por la puerta.

—¡Ehh! ¿A qué viene ese escándalo? —No parecía contrariado por ello, en realidad. Pero miró el estado de Misao y acto seguido, a él—. ¿Misao? ¿Aoshi? ¿Qué demonios hacéis así?

Aoshi no supo qué responder. Pensó en la situación: su torso al descubierto y Misao empapada y con su gi. Si estuviera en el lugar de Okina habría hecho la misma pregunta.

—No es nada, Okina... —empezó a decir Misao más roja aún que antes—. Es que... verás... yo... salí de...

—¡Omasu se casa! —exclamó Okon dando un paso adelante e interrumpiendo la escena con toda intención.

—¿En serio? —repusieron los demás sorprendidos.

Todos rodearon a Omasu felicitándola y abrazándola, pidiéndole que les explicara cómo había sido todo. Misao desapareció del lugar de la forma más sigilosa que pudo, y si no hubiera sido porque estaba muy pendiente de ella, ni se habría enterado. Para ser una mujer tan activa y dinámica, podía pasar totalmente desapercibida cuando quería.

Aoshi se regocijó en su interior, orgulloso de sus potenciadas habilidades ninja.

Cuando se calmó el ambiente, Okina miró a su alrededor buscándoles. Al no dar con Misao, se acercó a él para informarle de que quería hablar con ambos después del desayuno.

Aoshi se marchó hacia su habitación. Les daría media hora para que desayunaran tranquilos y después localizaría a Misao para la reunión.

Pensar en Misao fue un error, porque otra vez se acordó de lo que había sucedido minutos antes en la cocina. Al aproximarse a su cuarto, vio que ella salía y por supuesto, bien vestida. Aoshi no creyó que le hubiese visto, y cuando entró, pudo ver su gi doblado sobre el futón.

Aoshi cogió la prenda con cuidado. Estaba algo húmeda después de haber estado cubriendo el mojado cuerpo de... otra vez esa imagen. Temió seriamente que ya no pudiera volver a ver a Misao de la misma forma, y no se refería a verla como la mujer que ella se empeñaba en decir que era. Eso ya lo sabía y desde hacía tiempo. Ese hecho le llevaba creando una gran tensión interna desde hacía varios años porque nunca debería ver a Misao por algo más de lo que era: su protegida.

Sin embargo, Misao pasaba mucho tiempo con él; le cuidaba e intentaba animarle cuando le veía más taciturno de lo normal. Y eso, poco a poco había hecho que dejara de ver a Misao como quien era.

Aoshi se sentó en su habitual postura de meditación de cara a la ventana y se puso a reflexionar como hacía todos los días para tranquilizar su espíritu, pero Misao volvió a filtrarse en su cabeza. Muchos días le ocurría, pero obviamente, no de la forma en que lo hacía en ese momento.

Sabía que estaba perdido. Si ya le costaba tratar a Misao de una forma más desapegada, no sabía cómo iba a mirarla a partir de entonces.

Y en ese momento le vino a la mente el origen de todo; cómo en su boda, Kenshin Himura había conseguido abrirle los ojos de nuevo.

*** Flash Back ***

Después de la batalla contra Enishi, no habían tardado mucho en formalizar su relación. Habían tardado poco en decidir que contraerían matrimonio y por eso, al de unas semanas de haber vuelto a Kioto, Misao y Aoshi tuvieron que regresar a Tokio. Sólo habían ido ellos dos mientras el resto de integrantes del Aoiya permanecían en Kioto para no cerrar el restaurante. Hacía pocos meses habían destruido el Aoiya en el combate contra Shishio y debido a la inversión que habían tenido que hacer para reconstruirlo, no podían permitirse más vacaciones.

Misao acudió por la estrecha amistad que había desarrollado con Kaoru y Kenshin, y por supuesto, Aoshi la acompañó para protegerla.

Durante la semana que estuvieron allí, todo transcurrió normal: los preparativos, los arreglos, los invitados que fueron llegando... todo. La boda también se desarrolló sin mayor incidente... excepto por la celebración que hubo después. No es que sucediera nada en especial, más bien al contrario: todo fue muy ameno —o por lo menos, los asistentes parecían divertirse—. Pero había ocurrido algo que Aoshi no se había esperado.

No le gustaba el gentío, ni tampoco las celebraciones. Por eso se había apartado de la fiesta y la había seguido sentado al pie de un árbol. Sin embargo, a pesar de la distancia, había estado intranquilo todo el tiempo. Después de mucho batallar, Kaoru y Megumi habían conseguido una promesa por parte de Misao de que, para la boda, se dejaría arreglar como se merecía la ocasión e iría con un kimono. El problema vino cuando vio el resultado: Misao estaba preciosa; pero desgraciadamente, él no había sido el único en notarlo. A la boda habían asistido muchas personas del barrio conocidos de la pareja y, a esas alturas de la fiesta, a Misao ya se le habían acercado cuatro hombres que, muy educadamente, ella había despachado.

Por supuesto, Aoshi estaba más que molesto pero, como siempre, se autoconvencía alegando que, puesto que era su tutor, debía velar por su seguridad y que ninguno de esos tipos se aprovechara de ella.

Entonces, Kenshin se había sentado a su lado.

—¿Se aburre? —preguntó en tono divertido. Por supuesto, él no contestó a esa absurda pregunta que sólo llevaría a ofender al recién casado.

Aoshi siguió observando a Misao a la cual ya se le estaba acercando el quinto hombre de esa tarde.

—Parece que Misao se está divirtiendo, y seguro que lo haría más si estuviera acompañada —comentó sin mirarle—. Conozco a varios de esos hombres que se muestran interesados en ella y serían buenas opciones para Misao. Es una pena que no viváis en Tokio —rio Kenshin con la idea.

Aoshi apartó la mirada de su protegida y se fijó en Kenshin. Misao era una niña; aún no deberían interesarle ese tipo de cosas.

—Misao es todavía una niña para que piense en estos asuntos —afirmó Aoshi en su habitual tono neutro.

Kenshin le miró suspicaz.

—La señorita Misao está a punto de cumplir diecisiete años. Por supuesto que no es pequeña para estos asuntos —remarcó él a conciencia—. De todas formas, que usted no lo vea, no quiere decir que los demás no lo hagan, y eso es lo importante para ella. Que se relacione y vaya conociendo hombres que puedan ser de interés en su futuro.

Aoshi entrecerró los ojos cuando vio que Kenshin estaba haciendo una clara alusión a que Misao debería buscarse un marido.

—¿Por qué de repente está hablando de este tema, Himura? —inquirió Aoshi.

—No sé… —comentó inocentemente el pelirrojo—. Supongo que es por mi propia boda. Me hace querer ver a la gente unida.

El nivel de suspicacia en Aoshi subió varios grados. Kenshin no era dado a ese tipo de sentimentalismos. Estaba convencido de que estaba intentando decirle algo de forma velada.

Sin embargo, él no estaba muy dispuesto a continuar con ese tema, de modo que siguió observando la celebración del patio sin más preocupación.

—¿Le molestaría que la señorita Misao tuviera un pretendiente? —Aoshi volvió a mirarle. Kenshin seguía con su actitud risueña, como si la sugerencia no tuviera relevancia.

—¿Por qué lo pregunta? —le cuestionó.

—Es su tutor; si no está de acuerdo con ello, está en su mano hacer algo.

Otra vez mostrándose enigmático. A Aoshi le empezaba a dar mala espina las vueltas que estaba dando Kenshin.

—¿Intenta decirme algo?

—No… —contestó con esa sonrisa que lucía en todas partes—. Pero hacerse preguntas a uno mismo, puede ser de gran ayuda. Hace muchos años que aprendí eso. —Esta vez, la sonrisa que mostró guardaba una tristeza subyacente—. Las preguntas nos hacen reflexionar. Si la respuesta a mí pregunta es un «no», perfecto. Pero si es un «sí», quizás debiera buscar por qué es «sí».

—No me molesta que Misao pueda interesarse en alguien. Algún día lo hará —dijo convencido—. Sólo digo que aún falta tiempo para eso, y mientras, me ocuparé de protegerla. Misao está a mi cuidado.

Kenshin afirmó aunque tuvo la extraña sensación de que parecía estar siguiéndole la corriente.

—Entonces, todo está bien, ¿no? —Aoshi asintió y miró a la implicada. Estaba riendo con Kaoru, la cual tiraba de ella intentando llevarla hacia un grupo de amigos—. Es que por un momento, me ha parecido detectar mis síntomas en usted, pero debo haberme confundido.

Aoshi volvió su atención a Kenshin.

—¿Síntomas? —cuestionó extrañado.

—Durante mucho tiempo confundí lo que sentía por Kaoru como sobreprotección. Era joven y demasiado vulnerable a gente que quisiera aprovecharse de ella. Creía que vigilándola podría protegerla de los líos que le surgieran. Pero luego empezó a molestarme que diera clases en otros dojos. Era algo que llevaba meses haciendo, pero comenzó a inquietarme. ¿Podría hacerse daño allí? Pero entonces me di cuenta de que ésa no era la verdadera pregunta. Kaoru es fuerte y una gran kendoka; no iba a sufrir daños en los entrenamientos. Sin embargo, sí conocía a hombres en ellos.

—¿Está intentándome decir que sentía celos por ellos?

—No lo intento: lo digo con claridad —afirmó contundente.

Eso sí fue una sorpresa para Aoshi. No se había imaginado que el siempre tranquilo y confiado Kenshin Himura se pudiera sentir inseguro por una mujer.

—Bueno, no es mi caso —concluyó de todos modos Aoshi—. Sólo me preocupo por ella. No quiero que ninguno le haga daño.

—Entonces, todo está bien, ¿no? —repitió Kenshin, y esta vez, sí que notó la suspicacia velada que traían esas palabras. Se dio cuenta de que Kenshin no creía que no estuviera celoso.

—No estoy celoso —comentó inexpresivo.

—Bien —dijo Kenshin sin darle mayor importancia.

—Pero no lo cree así. —Kenshin volvió a sonreír y a Aoshi le crispó internamente.

—No —contestó él—. ¿Quiere que le diga lo que pienso? —Aoshi no respondió y Kenshin se lo tomó como una afirmación—. Creo que el hecho de pensar en la señorita Misao como en su joven protegida no es más que un pretexto. Mientras piense que es una niña, verá lejano el día en que pueda venir un hombre reclamándola como mujer y se la arrebate. Creo que es una estrategia defensiva para estar más tranquilo ante la idea de poder perderla.

Aoshi se quedó observando a su antiguo enemigo que sin saberlo le había hecho regresar a su eterno debate. Su conciencia le decía que eso no era cierto: Misao seguía siendo como la niña que dejó al cuidado de Okina al marcharse con sus compañeros; y eso sin contar con que era su protegida. Sin embargo, su corazón le gritaba que, finalmente, la batalla que luchaba contra su conciencia la estaba ganado dándole la razón, y que incluso otra persona lo había notado.

En realidad, en el fondo le aterraba la idea de perderla ahora. Sin su alegría y constantes cuidados, posiblemente se habría hundido en lo más profundo de sus oscuros recuerdos y pensamientos. Cuando Kenshin le instó a volver al Aoiya, no se encontraba bien consigo mismo. Había atacado a Okina sin remordimientos, y había despreciado a Misao. Además, con su conducta deshonrosa, no se sentía cómodo viviendo con ellos.

Pero Misao había pasado todo por alto y había intentado animarle. Sabía del esfuerzo que hacía para entretenerle. Hasta hacía espectáculos humorísticos para hacerle sentir mejor. Ella era la única persona que realmente le importaba de todos los que le rodeaban.

—Creo que es consciente del regalo que supone la señorita Misao para usted —siguió diciendo Kenshin—. Una mujer dinámica y alegre que es feliz a su alrededor, incluso siendo un hombre con una actitud reservada. —Una forma muy comedida de decirle que su carácter era frío y distante—. Y creo que teme darse esa oportunidad a sí mismo. —Kenshin miró hacia delante donde estaban las mujeres. Megumi se había unido al grupo y se divertían con los jóvenes a los que se habían acercado—. En realidad, en este tema nos parecemos mucho. Los dos hemos sufrido un pasado sangriento para volver a ver la luz de la mano de dos mujeres jóvenes y enérgicas. La diferencia entre los dos, es que yo he decidido quedarme con ella para ser feliz aunque no lo merezca después de haberle arrebatado esa felicidad a tantas personas. Pero Kaoru me quiere y está en mi mano hacerla feliz. ¿Cómo voy a privarle de eso a la mujer que más me importa?

—Misao es demasiado... activa —dijo tras una pequeña pausa buscando una de entre todas las cualidades que se le ocurrían de ella, pero después siguió—: Es alegre, impulsiva, cariñosa, amable... —listó Aoshi sin problemas sus virtudes, y se detuvo por no seguir así indefinidamente—. Es justo lo opuesto a mí. No soy lo que necesita.

—Eso debería decidirlo ella, ¿no cree? —Tarde se dio cuenta Aoshi de que acababa de confirmar las sospechas de Kenshin. Sin embargo, el hombre no había hecho hincapié en ello, lo cual agradeció.

Pero eso no evitó que Aoshi se quedara pensativo con su pregunta; porque quizás tenía razón. Sin embargo, también conservaba sus dudas al respecto. Él era su tutor, algo que Kenshin no era de Kaoru. A diferencia de Kenshin, su padre se la había confiado para cuidarla y protegerla. ¿Qué decía de él que se aprovechara de esa forma de su posición sobre ella?

Kenshin hizo un gesto con la mano y Aoshi siguió con la mirada su dirección. Kaoru le llamaba para que fuese a su lado. Lo cierto era que a los dos se les veía felices y cierto sentimiento de envidia apareció en su pecho.

—Piénselo, Shinomori, porque si no lo medita bien, podría arrepentirse después —terminó diciendo mientras se marchaba junto a su esposa.

*** Fin del Flash Back ***

Volvieron a Kioto y, después de mucho meditar, Aoshi decidió que si veía alguna posibilidad de que tuviese un mínimo interés, le revelaría sus sentimientos. Por eso comenzó a observar sus pasos detenidamente, sus reacciones en su presencia, sus actos... todo. Sin embargo, sus esperanzas poco a poco se esfumaron. Llegó a la conclusión de que el trato que ella tenía hacia él era más propio de una hija que intentaba conseguir la aprobación y el orgullo de su padre, que el de una mujer intentando contentar a un hombre.

Y otra vez regresó al mismo círculo de antes. Su conciencia retomó su lugar en la batalla ganando rápidamente posiciones sobre su corazón. Aoshi supuso que sus ganas de evitar sufrimientos eran un aliciente más que poderoso para avivar la fuerza de su conciencia. Y su corazón se rindió esperando tiempos mejores; tiempos que poco a poco fueron llegando porque con cada día que pasaba, Misao avivaba un fuego en su interior que no sabía que tenía. Y eso, incluso su conciencia empezó a notarlo hasta el punto de llegar a cambiar de bando.

Por desgracia, ése era el punto en el que se encontraba ahora; con la batalla totalmente ganada por su corazón desde hacía tiempo y sufriendo en silencio por ello. Los dos se habían aliado consiguiendo hacerle sufrir por una mujer a la que no podía tener.

Otra vez la imagen provocadora de Misao atravesó su mente incrementando su deseo por ella. No sabía cómo iba a sobreponerse a que le torturara una y otra vez así.

Aoshi abrió sus ojos sólo para ver que parte de la mañana ya había avanzado y por lo tanto, todos debían haber terminado de desayunar. Se levantó en busca de Misao y la encontró en la cocina. Hablaba con Osamu que tan entusiasmada le contaba su pedida de mano y lo feliz que ahora estaba. Mientras, Misao, con los ojos brillantes, la escuchaba con suma atención.

No quería interrumpirla pero Okina les había llamado y no debían hacerle esperar. Misao simplemente le siguió sin decir nada a pesar de ser una mujer habladora. Era evidente que aún se sentía cohibida con él tras el incidente de la cocina, pero como con todo, Misao acabaría sobreponiéndose a ello.

Aquello le hizo sentirse orgulloso de ella. Era una mujer fuerte que no se amilanaba ante los obstáculos.

El anciano les estaba esperando sentado en el centro de la habitación con una taza de té enfrente y un semblante muy serio. Nada más verle, Aoshi supo que algo iba mal; por alguna razón sus sentidos le decían que eso no se trataba de ninguna misión. Okina se podía poner serio cuando quería pero aquello era distinto, incluso podría atreverse a decir que estaba... ¿frustrado?

Sí, definitivamente algo iba mal, y el hecho de que Misao estuviera presente era un indicador para Aoshi de que tenía que ver con ella.

—Os he llamado porque tenemos que hablar de algo muy importante que te incumbe a ti, Misao… y por tanto, también a ti, Aoshi, puesto que eres su tutor.

Se confirmaron sus sospechas: Misao era la implicada.

—Misao —comenzó a explicar Okina—, eres la okashira del grupo y como tal tienes ciertas responsabilidades. —Misao hizo el amago de interrumpirle, pero Okina se lo impidió—. Déjame terminar, ya me está costando decirte esto como para que también me interrumpas. No te estoy diciendo que lo estés haciendo mal, ni mucho menos. Lo cierto es que estoy muy orgulloso de ti. Has superado todas mis expectativas, y de estar tus padres vivos aún, también ellos te lo habrían dicho.

—¿Entonces? —preguntó Misao confusa—. No entiendo...

—Misao, este año vas a cumplir veinte años, y debes casarte —decretó determinante.

A Aoshi se le detuvo la respiración. ¿Qué demonios estaba sugiriendo hacer? Les miró a ambos sin saber muy bien cómo proceder. Misao se había quedada lívida y Okina estaba muy contrariado. Ahí había mucho más de fondo que la mera propuesta que había dejado caer el anciano.

—¿Qué... qué has dicho? —preguntó Misao tras recuperar su voz.

—Que tienes que casarte —volvió a reafirmar Okina.

—¡No pienso casarme porque me lo digas! —gritó ultrajada, y para Aoshi, fue todo un milagro que sólo se limitara a las palabras con lo impulsiva que era ella.

—Misao… —quiso tranquilizarla su abuelo.

—¡No! —Se levantó del suelo furiosa—. No pienso casarme porque vaya a cumplir veinte años. ¡Como si cumplo treinta! ¿A qué demonios viene esto?

—Misao, ¡siéntate! —ordenó Okina.

Aoshi no podía ni mover un músculo para intentar interferir. Estaba sorprendido y decir eso de él era mucho. Okina no le hablaba así a Misao. Era evidente que él también se encontraba muy incómodo con el cariz de esa reunión.

—Hemos tenido mucha paciencia contigo… —continuó explicando.

—¿Hemos? —A pesar de contenerse, Misao seguía mostrándose beligerante, claro que Aoshi no podía esperar otra cosa de ella.

—Misao… te quiero; eres mi nieta y no quiero que sufras. Pero deberías haberte casado antes de cumplir los dieciocho años, cuando aún estabas en la primera etapa casamentera. En cambio, vas a cumplir veinte dentro de tres meses. Eres la okashira de los Oniwaban-shu y aún no tienes descendientes.

Aoshi sintió que toda la sangre de su cuerpo se esfumaba. Podía dar gracias a que los dos estaban sumidos en su propia discusión porque tenía que estar notándosele el impacto de todo aquello.

Iban a concertarle un matrimonio de conveniencia. Lo sabía. Y era obvio para él que ya se había tratado y acordado.

Iban a casarla, repetía una y otra vez su mente. Le iban a buscar un marido.

—Mi padre tenía más años que yo cuando me tuvo —contraatacó Misao a la defensiva.

—Pero tu padre era un hombre y tú no. —Okina hizo una pausa esperando que Misao asimilara sus palabras y la condición en la que se encontraba ella—. Puesto que no has encontrado a alguien con quien casarte, te he buscado algunos pretendientes de otros grupos ninjas —prosiguió el anciano cuando creyó oportuno—. Te he concertado entrevistas con ellos para que los conozcas y decidas cuál te conviene. Esta noche se ha preparado una cena en la que estará el primero. En mi opinión, sería la unión más ventajosa, no sólo para ti, pues es un buen hombre, sino porque su grupo ninja sería un poderoso aliado. Sin embargo, te he buscado algunos candidatos más para no limitar tus opciones. Tienes hasta el último día del mes para encontrar a alguien o tendrás que decidir entre uno de ellos. Así tendremos un margen para preparar todo como debe ser antes de que cumplas los veinte años en noviembre, y es deseo de todos que para el año siguiente ya esperes a tu primer descendiente.

Aoshi cerró el puño con fuerza cuando sitió que se enfurecía por dentro. ¿Dos semanas? ¿Ése era el tiempo que le dejaban para decidir a su futuro marido? ¿Dos semanas y la apartarían de él?

—Esto no es cosa tuya, ¿verdad? —su voz sonó temblorosa, como si por fin estuviera viendo que aquello era real y estaban seriamente decidiendo su vida.

—De hecho, si aún no estás casada es gracias a mi interferencia —contestó el hombre apenado.

Aoshi podía entender la posición en la que estaba Okina. Como familiar, no quería hacerle pasar por eso a su nieta. Pero él había sido líder de la organización; sabía de primera mano que había responsabilidades que iban más allá de la simple persona. Los Oniwaban-shu habían crecido vertiginosamente bajo el mando de Misao. Había muchos subordinados y muchos subgrupos con sus propios jefes. Para ellos, Misao no era Misao: era la líder y tenía que cargar con las responsabilidades del cargo.

Y siendo mujer, se le exigían unas condiciones específicas y distintas a las de un hombre. Tenía que casarse y tener hijos.

—Yo no quiero casarme. —Apenas consiguió que su voz tuviera entereza al decirlo.

—Entonces tendrás que renunciar a ser la okashira —sentenció Okina.

Aoshi no pudo evitar cerrar los ojos. Ahí estaba el ultimátum, y por el tipo de exigencia, Aoshi sabía que era definitivo. No habría aplazamientos, ni negociaciones, ni nada que pudiera cambiar esa resolución. O Misao hacía lo que ellos querían o la dejaban fuera del juego. Si habían llegado a ese punto, ésa era la única conclusión. No había amenaza más trascendental que ésa.

—Pero ¿no se puede esperar más? —A Aoshi se le encogió el pecho cuando vio a Misao intentando conseguir una pequeña indulgencia. Porque a diferencia de ella, sabía que no la obtendría—. ¿Tiene que ser ya?

—Misao, eres una mujer; no puedes seguir soltera. Estás al final de tu edad de casarte. Si no lo haces, tendrás que dejar tu cargo. No permitirán que sigas siendo la okashira en estas condiciones. Tienes que casarte o renunciar.

Supo el momento exacto en el que Misao fue consciente de que estaba arrinconada. Todos sus instintos le compelían a hacer una locura como cogerla y sacarla de allí mandándoles a todos al infierno. Pero no podía hacer nada. Misao estaba aguantando las ganas de llorar —se lo veía en el rostro—, y eso iba rompiendo poco a poco algo dentro de él.

La estaban obligando a elegir entre casarse algún día con el hombre que quisiera o los Oniwaban-shu que lo habían sido todo en su vida.

—Aoshi, ¿tú no tienes nada que decir? —le preguntó Okina sacándole de sus pensamientos.

¿Y qué demonios iba a decir? «¿No, Okina, no puedes buscarle marido a Misao porque la quiero para mí y mataré al que se le acerque?». Pero algo tenía que decir; precisamente por ser su tutor le habían requerido allí.

Y lo único que se le ocurrió fue regresar a la excusa de siempre.

—Okina, todo esto es absurdo —dijo de la forma más neutral que pudo conseguir teniendo en cuenta su propio estado emocional interno—. Misao es demasiado joven todavía para...

—¡¿Pero a ti qué demonios te pasa?! —le interrumpió furibunda Misao—. ¡¿Cómo es posible que sigas con ésas?! Ya no soy una niña; hasta Okina está diciendo que debería estar casada desde hace dos años, ¡pero tú no te enteras! —Se le saltaron las lágrimas y Aoshi se sintió el hombre más ruin del planeta. Misao esperaba que la ayudase y no hacía falta ser un genio para saber que él no estaba ayudando con su patética excusa—. ¡Da igual el tiempo que pase; ya puedo tener cincuenta años y nietos que tú seguirás diciendo que soy demasiado joven!

Y se marchó llorando de allí.

Aquel arranque contra él sí que no lo esperaba. Le había gritado; jamás lo había hecho. Misao estaba furiosa y había olvidado todas las formas de respeto que solía tener hacia él. Había dejado de lado su respetuoso trato de usted. En realidad, no era algo que le preocupase mucho a Aoshi, pues siempre había querido que le hablase con más familiaridad en su afán de detectar por fin un resquicio que le indicara que sentía algo más que simple devoción por su tutor. Y por eso le dolía el momento en que lo había hecho, porque estaba furiosa y había dirigido su rabia contra él.

Por supuesto, no podía culparla. Era su tutor, como su padre; y en vez de ayudarla e intentar interferir de una forma más contundente impidiendo tajantemente aquello, se había limitado a decir que era joven.

—¿Para qué querías que viniese si ya está todo decidido? —preguntó con acritud.

—Como tutor debías enterarte de la nueva situación de Misao. Además, necesito que la ayudes a escoger.

Okina debía haberse vuelto loco, o al menos, eso pensaría si el anciano estuviese al tanto de sus sentimientos y le hubiera propuesto algo así. Porque por encima de su cadáver le ayudaría a un hombre a quedarse con Misao.

—No voy a hacerlo —concluyó Aoshi.

—Misao está muy dolida y es posible que no distinga bien quién la merece más. Debes asesorarla en esto —le pidió—. Quiero que elija a alguien que la merezca y con el que pueda algún día ser feliz, ¿tú no?

Okina le miró con un brillo extraño en los ojos que hizo a Aoshi dudar por unos momentos de si realmente hablaban del futuro de Misao o de otra cosa. Pero él no estaba dispuesto a pasar por eso: no se veía con fuerzas para permanecer allí mientras le buscaba un marido a la mujer que quería.

—Yo no soy el más indicado para esto; es Misao la que debe decidir con quién quiere convivir —replicó con frialdad. No era negociable.

—Tú sólo ayúdala, por favor —volvió a suplicarle—. A ti te hará más caso.

Aoshi asintió pero sólo por formalismo, pues en su interior, sabía que no estaba dispuesto a pasar por aquello. No podía ver cómo le arrebataban a la única persona que realmente le importaba en su vida.

Aoshi se levantó para salir de allí lo más rápido que pudiera. Le estaba costando mantener su actitud estoica ante Okina.

—Por cierto, como tutor de Misao debes ir también a la cena —le informó el anciano—. Será aquí: en el Aoiya.

Aoshi volvió a asentir. Salió de la habitación directo al templo; ni libros de contabilidad ni nada parecido. Porque lo único que sabía era que si se encontraba a alguien por el medio, podría sufrir las consecuencias de lo sucedido minutos antes.

Tenía que tranquilizarse… o descargar su frustración en otro sitio.

Por desgracia, la meditación no resultó de gran ayuda. En el templo —y con el silencio allí reinante— sus pensamientos no hacían más que llevarle de nuevo al mismo sitio: al Aoiya, donde Misao se encontraría angustiada por los acontecimientos.

Se iba a casar... Misao se iba a casar con otro. Sería otro hombre el que se llevaría sus sonrisas, conviviría con su alegría y vitalidad, y sería cuidado por esa bella mujer que siempre daba lo mejor de sí misma para los demás. Pero había más, porque no sería él el que tendría a la provocativa mujer que había aparecido esa mañana en la cocina del Aoiya. Serían otras manos las que tocarían su suave piel, otros labios los que la saborearían y sería otro hombre el que la haría suya...

Le empezaron a picar los ojos. No podía dar crédito pues era la primera vez en muchos años que quería llorar. Cerró los ojos e inspiró profundamente. Ni podía hacerlo ni quería permitirlo. No podía derrumbarse porque, por desgracia, Okina tenía razón: no podía dejar a Misao a su suerte. No podía dejar que una falta de juicio por la conmoción, la hiciera unirse con alguien inapropiado.

Aoshi se llevó una mano a la frente y se la frotó desazonado. Durante muchos años había incumplido la promesa que le hizo a su padre. Le prometió criarla y cuidar de ella, pero pronto la dejó al cuidado de otra persona. Era hora de honrar esa promesa, ¿y qué mejor que con algo que cambiaría toda su vida radicalmente?

Debía ser fuerte por ella; para lograr que fuese lo menos desgraciada que pudiera.

— * —

El ambiente en el Aoiya cuando regresó por la tarde no era muy animado. La noticia ya debía haber recorrido el restaurante, y si se descuidaba, parte de Kioto. Se encerró en su despacho con la excusa de revisar las cuentas del local, pero no consiguió concentrarse. Seguía dándole vueltas a lo mismo hasta el punto de que empezaba a dolerle la cabeza.

Okon le trajo una infusión para ello y le informó de que Misao ya se estaba preparando para la cena; que él debería hacer lo mismo. Cuando se encontró con Okina de camino a su habitación, tenía un semblante bastante preocupado y triste. Al sentirle llegar, cambió la expresión de su cara a una menos seria que no mostraba lo que sentía. Okina quería a Misao. Quizás no fueran familia de sangre, pero lo eran en lo que de verdad contaba, y tenía que estar sufriendo por ella.

—Deberías prepararte —le sugirió.

—Es lo que iba a hacer. —Okina asintió.

—Después, llama a Misao para esperar aquí a nuestros invitados.

Esta vez fue Aoshi el que asintió… y lo hizo como esa mañana: con ganas de hacer justo lo contrario. Pero tras prepararse, fue a buscar a Misao tal y como se lo había pedido Okina.

—Misao, debemos bajar a... —No pudo continuar. Misao estaba ataviada con un kimono precioso. Tenía adornado el pelo y la habían maquillado suavemente. El aura de tristeza que mostraba no hacía mella en la imagen que tenía ante él—. Debemos bajar abajo a esperar a los invitados, para recibirles.

Ella asintió y se acercó hasta la puerta. Aoshi tuvo que contenerse de abrazarla o hacer cualquier otra cosa estúpida como secuestrarla y llevársela lejos. Porque era muy doloroso para él saber que la iba a perder.

—Ese kimono te queda muy bien —la halagó Aoshi formal.

—Gracias, señor Aoshi.

«Señor Aoshi» otra vez, pensó con un suspiro de resignación. Al menos, su enfado hacia él parecía haber quedado atrás y por eso retornaba a su habitual trato de respeto.

—Siento lo de esta mañana; no debí hablarle así —se disculpó—. Perdóneme.

—No te preocupes, Misao —quiso tranquilizarla al momento—. Comprendo tu reacción.

Y en verdad la comprendía, no era para menos. No volvieron a hablar hasta que llegaron a la sala donde les esperaba Okina.

—¡Misao! Mi pequeña niña. Estás preciosa —dijo con entusiasmo el anciano.

—Gracias. —Su voz era muy fría y cortante, toda la calidez que normalmente emanaba de ella se había esfumado. Nadie volvió a decir nada hasta que llegaron los invitados.

Se mostraron corteses; se habían dirigido a ellos de buenas maneras y era evidente que Okina les conocía. Sin embargo, Aoshi no podía disfrutar del encuentro cuando sabía por qué estaban allí.

La cena transcurrió sin ninguna novedad. Okina se enzarzó en una charla con el padre del chico. No sabía sus nombres; cuando los presentó Okina tenía la cabeza en otra cosa… como la mejor manera de matar a ese hombre y que no se llegara a saber que había sido él.

Se pasó la cena arrastrando su mirada de la habitualmente fría a Misao, a una que helaría el mismísimo infierno en segundos al joven invitado, cosa que se acentuó cuando él se le acercó al oído y le dijo algo. Misao se rio y Aoshi lo vio todo rojo. Quería estrangularlo; despedazarlo y que no quedara nada de él.

Sin embargo, algo le sacó de sus anhelados deseos.

—¿..., Aoshi? —escuchó que Okina se dirigía a él. Le observó sin saber qué demonios le había preguntado—. ¿Verdad que Misao lleva a los Oniwaban-shu desde los dieciséis años?

—Sí —respondió secamente.

—Es la más joven después de Aoshi en hacerse cargo de la organización —informó regocijándose en ese dato—. Así que eso la convierte a su vez, en la mujer más joven en hacerlo.

Okina estaba exponiendo los logros de Misao ante su amigo para destacar las virtudes y habilidades de Misao como líder, lo cual le puso de peor humor. Volvió a mirar a la pareja y en ese momento Misao asentía a algo que le había dicho el joven. Se levantó de la mesa y les comentó:

—Nosotros nos retiramos un rato para conversar, si nos disculpan...

Nadie puso objeción y fue así como se marcharon de la sala. Si hubiera sido por Aoshi, les habría seguido como la sombra que podía llegar a ser. Aquel asunto estaba sacando lo peor de él y tuvo que inspirar profundo para serenarse.

La conversación en la mesa siguió sin mayor incidente entre los dos ancianos dejando al más joven perderse en sus turbios pensamientos.

Cuando la pareja volvió lo hicieron demasiado contentos para su gusto.

—Creo que ya es muy tarde y deberíamos irnos —dijo el chico nada más llegar a su padre.

—Sí, tienes razón, hijo. —El hombre se levantó y se despidió de Okina—. Ha sido un placer. Seguiremos hablando en otro momento.

—Cuando quieras —respondió Okina.

Y entonces, el joven que en opinión de Aoshi no apreciaba su vida, le habló a Misao en tono confidencial y cercano:

—Misao, ten muy presente lo que te he dicho.

Ella le sonrió y Aoshi no es que lo viera todo rojo: lo vio negro.

—Lo pensaré. Buenas noches, Ryu… y gracias.

¿Ryu? Misao le conocía a él de toda la vida y la única vez que no le había tratado formalmente había sido cuando se había enfadado esa mañana con él. Pero conocía a este joven de hacía unas horas, ¿y ya le trataba de tú?

¿Y qué era lo que debía tener presente? ¿Que le eligiera a él?

Le fulminó; no pudo evitarlo. Quería desmembrarle dolorosamente.

—Bueno, Misao… ¿qué te pareció el joven Ryusei? —preguntó con tono pícaro para incordiarla. Por supuesto, a Aoshi no le hizo ni maldita gracia.

—Creo que es un buen hombre —respondió algo más animada que al principio de la velada.

—Te lo dije, Misao —repuso victorioso—. Proviene de una noble familia, además de un grupo ninja muy bueno. Como ya te dije esta mañana, creo que es el que más te conviene, hija. —Y acto seguido regresó a su actitud maliciosa—: Y por cierto, ¿a qué se estaba refiriendo? ¿De qué habéis hablado?

Aoshi agradeció que lo preguntara porque sentía una gran curiosidad. Sin embargo, tuvo ganas de golpearle por utilizar ese tono libertino, ya que estaba aludiendo que podía haber sucedido algo jugoso entre ellos en su ausencia. Se estaba poniendo de muy, muy mal humor.

—Eso es algo entre Ryu y yo, abuelo, y no le incumbe a nadie más —contestó sin añadir más explicación al respecto.

—No ha sido un desliz. Lo has vuelto a hacer —se jactó Okina—. Así que Ryu, ¿eh? Ése es un salto importante. —Aoshi miró a Misao la cual se ruborizó intensamente—. Ya me he dado cuenta de que él te ha llamado Misao. —Y se echó a reír con estruendosas carcajadas—. Es evidente que ha ido bien la noche. Si te soy sincero, me preocupaba que fueran los primeros en venir teniendo en cuenta que has recibido la noticia esta mañana; temía que eso te nublara la perspectiva.

Okina le enfadó como pocas veces. No sólo no interrogaba a Misao sobre lo que había hecho con ese desgraciado, sino que encima se lo tomaba a risa y se felicitaba por que hubiera ido bien la noche.

Hacía mucho tiempo que sus ansias por degollar a alguien no le recorrían de esa forma. No había duda de que ese día estaba siendo un día horroroso para él.

—Me retiro, buenas noches —dijo sin más largándose de allí. Porque era eso o desahogarse con alguien.

Estaba tan enfadado por lo sucedido que no se dio cuenta de que tenía rastros de sangre en sus manos hasta que llegó a su habitación. ¿Sangre? Se examinó las palmas con más atención y pudo observar las medias lunas marcadas en ellas. Se había clavado las uñas por la fuerza ejercida y ni siquiera lo había notado. ¿En qué momento había pasado eso?

Aoshi se lavó las manos en la palangana con agua y se tumbó en el futón. Debía ser más cuidadoso aunque ese tema le sobrepasase. Estaba dejando ver sus sentimientos y ahora menos que nunca debía mostrarlos. Sin embargo, la tensión del día junto con sus esfuerzos por contenerse le habían dejado agotado. Se sentía cansado anímicamente y sólo había transcurrido un día. ¿Qué iba a hacer según estos fueran pasando? ¿Según se fuera acercando el día señalado?

Se llevó un brazo a la cabeza tapándose los ojos con él. Miles de cosas pasaban por su mente y todas ellas relacionadas con la mujer que le atormentaba. Sólo que ahora era peor; porque ahora ya tenía la cara de un hombre para unir a la persona de Misao.

Y se los imaginaba juntos y sonrientes… como toda familia feliz.

— * —

Notas finales:

El primer capítulo de Misao ya está corregido. Lo subiré el jueves. Espero que me dé tiempo a ir arreglándolos para ir subiéndolos cada semana. No es que sean muchos más, pero estoy haciendo grandes cambios y eso lleva tiempo, así que…

En fin, espero que os gusten :-D