Cascabel

Oops, I, did it again. I create another crazy fic, oh yeah! (¿Pero qué hace Britney Spears aquí, otra vez?) Beibi, beibi! One more time!

La culpa de este Fic no es mía. ("Es del Chá-chá-chá. Mi arrrma.") Es culpa de (espera que hago una lista) mis trabajos pendientes que no me dejan pensar, una apuesta (hardcore), de trasnochar (si yo no duermo) y "equis" series que no voy a mencionar por no molestar a nadie (Witch Craft Works, ejem, Magi, ¡ejem! Y Noragami. La ilusión que me ha hecho ver que iban a sacar un anime de unas de mis mangakas favoritas, son las mismas dibujantes de ALIVE The Final Evolution. Ruedo en la cama, con el perro, contigo, de la emoción in motion. Porque sí, soy un ser extraño y leo más mangas que animes, wueje. Encima in english, tócate los feet!). Ah, y sobre todo mía. Sí, eso. La cuestión es que necesitaba escribir algo gracioso, y salió… Pues esto. (Ea, ea.)

Pregunta: ¿Cuál es la diferencia entre sobretodo y sobre todo? (Lo sabréis al final del capítulo.) —Vaya shit de pregunta, de verdad. (—A fregar.)


A parte de decir que los gatos dominarán el mundo (junto a los chinos, los japos, los rusos, mis lectores, la lengua de Miley Cyrus, Avril Lavigne y Bob Esponja…). Quiero dedicar esta historia a varias personas, (aunque todo aquel que me lee ya de por sí es bendecido, ea, ea…) no por hacerme la especial sino porque quiero comunicarme de este modo. No olvido a las personas que me ayudan.

Se lo dedico a Kikico Coffey por ser prácticamente la Beta del primer capítulo. A NoBreathe por ser mi Jake de Finn y porque fue su cumpleaños, (¡Viva! Happy (aye!) Birth(hold)day to you!) y a Miss Wayland… Por(que también fue su cumple-espantos) ser Miss Wayland.


Muchas gracias a todos. (Se acerca el viento del Este, cuidado.) ¡Que el Fic hable por sí solo!

Bell Star.

1

Música para hoy:

The King and Lionheart

"Estamos aquí para quedarnos."

"Los fantasmas que aúllan,"

"reaparecen."

"En montañas que están apiladas sobre el miedo."

"Pero tú eres el rey,"

"y yo tu corazón de león."

"Un corazón de león."

(Of Monsters and Men)


La bruja bravata y el gato callejero.

Maka Albarn es una bruja piruja. ¡Es más delgada, que una aguja! ¡Pero los tobillos los tiene gordos, como burbujas! ¡Cuando los veo, mi cara se desdibuja, bruja que es una bruja, te abraza y te apretuja!

Black Star chillaba canturreando, repitiéndose. Se reía como un rico y dulce niño pequeño. Las rimas nunca han sido lo suyo, pero se te hacía pegadizo.

"Es un granuja."

—Cinco minutos —imploré quejicosa, tapándome la cabeza con la almohada…

Esa era yo por la mañana, y he oído a trolls mocosos con mejor voz. Me daba la vuelta en el sitio, escondiéndome entre las sábanas. Haciéndome un pequeño ovillo de carne. Pero el ruido no estaba dispuesto a ceder hoy ante mí.

Maka Albarn es una bruja piruja.

—Ya te he oído —empezaba a cabrearme, apreté los dientes.

El sonido de nuestras voces se incrementaba. El grito afónico y molesto, de ambos.

¡Maka Albarn es una bruja piruja!

—¡Que ya te he oído! —sujeto mi muñeca con la mano que no está hecha un feroz puño psicópata.

¡Maka Albarn es una bruja piru-

De un manotazo y un golpe severo, mando el despertador (que mi amiga Tsubaki había manoseado por mi cumpleaños número quince, para que me despertara con la voz de Black Star el brujo), a tomar por saco en algún rincón obtuso de mi armario sin fin.

Maka es…

Maka es una bruja…

Y el trasto se calló, como un disco rayado que llega a su letal fin y cúspide. Si se rompe, le pediré a él que me lo arreglé, por octava vez este mes.

Miau —la gatita que reposaba escondida en mi regazo, bosteza.

—Siento haberte despertado —la pido perdón, juntando ambas manos. Ella posa sus patitas en mi pecho y me lame la cara con aquella lengua que raspa como una lima. Y eso me gusta.

Me entra la risa tonta. Una risa que nadie debe descubrir jamás.

Mis sábanas y mi edredón se retiran como si una mano mágica e invisible los moviese. Me estiré, saltando sobre la cama. Me deshago los moños de pelo rubio enmarañado que me he hecho para dormir. Dando un bostezo sonoro al mismo tiempo que mi gata morada, Blair. Las ventanas se abren de par en par y las cortinas se mueven contrariadas de lado a lado. Aún es de noche, aún domina la preciada oscuridad de la ultratumba. Huele a mojado, al rocío de la lluvia.

Son las seis de la mañana.

—Buenos días, Blair —la acarició, ella se restriega por mis piernas, ronroneando gustosamente—. Vamos a desayunar.

Pantuflas de ratón, gata en la cabeza y fuera.


Mis mañanas son como las de cualquier bruja normal y corriente de Death City. Para empezar, batido de algas marinas, ojos de tritón y huevos crudos, revitalizante. Baño de agua fría en la bañera, antes de que Blair me la arrebate u ose meterse conmigo y arañarme la espalda en el mero sin sentido de querer enjabonarme que la hace tan feliz. Chasqueo los dedos y enciendo las luces, a veces me equivoco y pongo el reproductor de música con el volumen a tope, al máximo. De ese tipo de sonidos tan altos que te dejan sordos durante horas; peor que un concierto de gaitas irlandesas. No les caigo demasiado bien a los vecinos, les caigo estupendamente.

Es más, una vez me dibujaron con un gorro de demonio y un tenedor gigante muy gracioso en la puerta, acompañado de un mensaje en rojo chillón realmente esperanzador y halagador:

"—¡Vete Bruja, vete!"

Son encantadores. Todos ahí, animándome para que no falte ningún día a clase. Los quiero tanto, que no se lo pueden ni imaginar…

Me lavo mi cara de muerta mañanera, dirigiendo a la pastilla de jabón de lagarto para que esta vez no se me meta en los ojos, la conozco bien.

Después seco mi pelo usando un hechizo de viento y de paso el cepillo me limpia los dientes. De la fuerza que ejerce el aire contra mi cara no tengo ni que hacer fuerza para abrir la boca, él lo hace por mí. Es maravilloso, y cómodo. A veces me cargo alguna que otra ventana, pero no pasa nada. No recuerdo el conjuro de arregla-todo pero tengo un buen seguro(a todo riesgo, de bruja aprendiz). Muevo el dedo en círculos frente al espejo (odio que mi reflejo me haga muecas raras antes de que salga el sol) y mis coleteros hacen el trabajo por sí solos. Aunque no siempre atinan a la primera…

—¡Au, au! ¡Me estáis tirando demasiado! —me peleaba con ellos, intentando alejarlos de mi cabeza. Nos pegábamos, pero yo siempre les trato con amabilidad. Esa es la cuestión de la buena enseñanza—. ¡Eh, eso es mi oreja imbécil! ¡He dicho dos coletas, no una de caballo! ¿¡Es que no sabéis hacer ni siquiera lo más sencillo!? ¡Vais derechitos al albergue de la Iglesia!

Al final se enredan solos, o bueno, con uno de mis brazos dentro. Y Blair ha de venir a ayudarme antes de que me quede calva por completo.

Me visto como hace todo el mundo:

—Blair, ¿qué combino hoy? ¿Pantalón negro con camiseta negra y chaqueta negra? ¿O falda negra y medias negras con blusa negra y gabardina negra? —le enseñé las prendas de ropa viendo que salía por la puerta del baño, una detrás de otra, sacándolas de mi armario sin tocarlas; haciéndolas flotar en el aire.

Para que quede claro.

—Hace frío, ponte pantalón negro con blusa negra y gabardina negra —me aconseja transformada en una bella mujer joven de enorme y monstruoso busto, con el cabello morado largo y mojado guardado en un turbante—. Que no se te olviden los lacitos negros con calaveras.

Me compensaba con aquella sabiduría sobre moda mágica que yo no entiendo. E intenta seducirme paseándose semidesnuda con tan sólo una toalla pequeña de felpa que cubre su cuerpo del canalillo a la entrepierna. No le gusta transformarse del todo, siempre se deja la cola de gato púrpura y las orejas acabadas en puntas blancas a la vista. Pero para rematar se mete sardinas fritas en la boca para desayunar. Será una gata, pero tiene un aliento de perros.

—¿Y guantes negros con pinchos? —pregunté, enseñándoselos.

—Guantes negros con pinchos.

Las dos asentimos con la boca cerrada, mirándonos con recelo e intimidación mutua determinada. No sé por qué. No podría vivir sin Blair. Mi mascota y amiga. Ni sin todas mis gamas de tela negra. Tampoco podría elegir entre ambas.

Recojo la escoba de la entrada, barro la entrada. Piso la cola de mi gata con las botas negras, seis veces. El número del Diablo, está clarísimo. Correteo de un lado a otro buscando mis pesados libros para alistarme al ejército, digo a la escuela. Los abro a duras penas, recordando la audaz y difícil contraseña.

—¡La contraseña es, contraseña! —lo señalo con determinación.

¡Bip! Denegado —el libro de tapas marrones de la última estantería me sacaba una lengua de papel, escupiéndome tinta cual calamar vivito y coleando. Saltaba sin parar.

Esa estúpida cara que se le forma en la portada, no la soporto.

—¿Cómo que denegado? —le agarro por los bordes intentando levantarlo. Pero sólo consigo moverlo un poco, mareándole en el suelo.

La cambiaste el otro día —murmuraba avisándome en un bisbiseo, comenzó a vomitar letras. Ahora tendré que recogerlo—, ¿no lo recuerdas cabeza de sandía?

"¿Dónde habrá aprendido nuevos insultos?" Black Star, sin duda. He ahí la respuesta.

Mi cabeza no es tan grande como esa fruta tropical. Como mucho… Como un melón, pequeño.

—Oh, mierda —eché la cabeza hacia atrás con desesperación—. Ah, ya sé, ¡la contraseña es, Spirit es idiota!

¡Bip! —ahora regurgitaba dibujos—. ¡Denegado! Esa es la del mes pasado.

Todo este galimatías para mirar el conjuro de recuerdo. Para recordar cual era la página en la que está el hechizo que hace que los libros no pesen tanto. "En qué hora, ¿en qué hora le daría vida al estúpido libro?" La culpa era de Black Star, "—¡Hazlo Maka, será divertido!" En mi mente su voz suena como la de un chimpancé-pez subnormal.

En la realidad también.

—¡Oh, venga ya! —vuelvo a zarandearlo con desdén. Y consigo la información a base de extorsiones inhumanas como toda buena bruja que se precie haría—. ¡Muere!

Observo siempre si alguna carta de propaganda sobre aspiradoras voladoras, o una que otra invitación deliberada a unirme a otra escuela ha caído en la alfombra, deslizándose por el buzón de la puerta. Abro el portón, llamo a mi sombrero picudo del perchero y me marcho de mi apartamento. Andando, soy una bruja sana. A veces. Y a veces no tanto.

Siempre llego puntual a clase. Incluso me sobra tiempo para pararme a hablar con algún que otro amigo por el camino.

En este caso:

Black Star, ¿qué haces en mi puerta? —ladeé la cabeza, cerrando tras de mí el portón. Me despedí de Blair a grito pelado.

El chico llevaba puesta una gorra de lana que tapaba su cabello azul (y esas orejas curiosamente puntiagudas de las que nunca quiere hablar), dejando algún que otro mechón de aquella melena azul clara en libertad.

—Vengo a raptarte —me miro serio. Con esa mirada de ojos verdes penetrantes que hacen desmayarse a muchas brujas novatas. Mantenía un semblante arrebatador, pero tanto como vino, se fue. Alzó los brazos, estrujándome entre ellos con un abrazo quebranta huesos—… ¡Para una sorpresa especial!

Y con ese gritito, y ese saltito de crío de cinco años, se iba toda su madurez adulta tirada por el retrete.

—Que bien —intentaba zafarme, luchando por respirar entre sus músculos brazos y su fuerza incontrolada. Él giraba y daba vueltas conmigo en brazos. Hablé a duras penas, llevándome las manos a la boca para no echar el desayuno por la proa—… ¿A dónde, a dónde vamos?

Me plantó un dedo en los labios, susurrando: "Sh…" En algunos chicos eso podría sonar realmente cautivador y seductor, en Black Star, a sociópata bien integrado. Cogió mi cartera vieja en un brazo y a mí en el otro, arrastrándome hacia el diablo sabía dónde. Con una enorme sonrisa dibujada en sus labios.

Me avecino lo peor.


Black Star, aquel brujo de dieciséis años bien aprovechados en un cuerpo escultural, de pantalones y camisetas negras rotas, me dirigía a mis espaldas, con las manos juntas, tapándome la vista y gritándome en voz baja. Black Star no chilla, según él: "¡es que hablo alto! ¡Nadie me entiende!"

Black Star huele a colonia, a madera fresca. Y siempre está lleno de los oscuros pelos de Tsubaki por todas partes.

—¿No está Tsubaki contigo? —pregunté por décimo octava vez.

Llamé su atención de libre albedrío. Tsubaki solía ser la que controlaba el cotarro, vamos, a Black Star en sí, en todo su esplendor. Si no se le da horarios y normas se acaba descontrolando tanto que asusta. Ella debería ser la bruja y Black Star su compañero, no al revés.

—No, ha pillado pulgas la pobre y le da vergüenza venir —hizo crujir sus hombros, canturreando soltaba alguna que otra risita. Le encantaba canturrear. Sobre todo si era algo sobre él. Yo sentía pena por Tsubaki, solté toda mi lástima en un suspiro. Black siempre quería bañarla él, le hacía ilusión, y claro la cosa siempre acababa mal. Todavía no sé qué sentido sucio puede tener esa palabra abarcadora. "El mal." Tsubaki es un lobo, gigantesco, aclarando las cosas—. La he dejado en casa y la he prometido que no iba a decir nada —su voz se silenció de pronto, y las risitas cesaron. Por fin cayó en la cuenta—… Oh, vaya.

Dejó caer la cabeza hacia delante, posando su frente en mi cuello. Sentí su respiración en la nuca.

—No se lo diré a nadie —alargué las palabras. Tropezamos los dos con la misma piedra, con nuestros propios pies. Ambos somos patosos, metemos la gamba y sin esforzarnos.

"¿Dónde me estará llevando?" El suelo estaba helado, empapado y azotado por el invierno del desierto nocturno de Death City.

—Más te vale —le oí hinchar los mofletes y soltar el aire poco a poco. Procuraba sonar amenazador, pero no.

En el fondo estás cosas no siempre se le escapan, pero delante de mí es capaz de soltar todos sus problemas. Es como un oso de peluche azul gigante, al que le aprietas un botón y empieza a hablar y a cantar como si no hubiese mañana. "Soltar prenda", es una frase hecha especialmente para él.

—Además, no metamos a Tsubaki en esto —dijo entre dientes, con la boca pequeña. Huele a chamusquina... Está silbando un conjuro, un silbido de fuego: "fiu"—. Esto es cosa mía.

Se daba aires de grandeza. Que noble e inmaduro había sonado eso.

Sentía el aire helado en la piel como friegas de paños empapados en agua fría.

—¿Voy a tener que vislumbrar otra de tus peleas?

—¡Mejor aún!

No sería la primera (ni la última) vez que me arrastraba a uno de sus actos vandálicos. O como dice él (puede resultar un poco largo): prueba de valor a puños desnudos con desconocidos o gente estúpida que se mete con los demás.

Es el abusón de los abusones, en resumen. Su lista de enemigos crece a diario de forma exponencial. Siempre me toca a mí hacer el conjuro de limpieza después, no hay derecho. La sangre nunca se quita bien. Rebelión. Una de mis pupilas quiso fisgar entre los resquicios que separaban los dedos ásperos de Black Star. Oigo el sonido de una puerta al chirriar.

—No abras los ojos, ni hagas trampa que te conozco —me ordenaba, aferrando sus manos sobre mi nariz. Entrelazó los dedos y formo una tapia oscura que le impedía a la gente ver mis hermosos ojos verdes, y a mí, el ver a la gente. El ver algo—. ¡Es una súper-sorpresa-Star!

"—Eso no pinta muy bien." Empecé a rezar para que no fuese otra tarta explosiva, por favor, no más tartas explosivas. No se le da bien cocinar.

—¿Qué? Oh, no. ¿Has vuelto a incendiar algo, verdad? ¿Otro edificio?

—¡No!

—¿Demolido, hecho explotar? —empiezo a asustarme—. Puedes contármelo.

—Anda cállate y abre los ojos ya —retira las manos con molestia, aquella venda imaginaria que me impedía vislumbrar el camino nevado que lleva hacia la granja de la escuela. Él desaparece a mis espaldas—. Que haces que se me quiten las ganas de ayudarte.

"—¿Ayudarme?"

—¡Hemos llegado! —Black chilla alto y claro con un pequeño cerdo que se revuelve entre sus brazos, haciendo que me dé la vuelta en el acto.

Me cruzo de brazos mientras un par de pollitos y gallinas, blancas y marrones caminan de un lado a otro, cruzándose entre mis piernas. Lo cual le quitaba aún más seriedad a mi diminuto cuerpo imponente.

—No sé en qué clase de cosas sucias —"como hacer carantoñas en el heno o algo por el estilo"—, estarás pensando, pero no —negué en rotundo, mordiéndome los labios. Pero él siguió ahí, con decisión. Me acercó la tripa rosa del cerdo a la cara, cada vez más y más. Temblé de ira—. ¿Y bien?

—Pues eso —gritó eufórico, levantó el cerdo y lo hizo volar por los aires. Tardó un ligero rato en volver a caer, en lo que yo tardé en ponerme a correr en círculos histérica, para pillarlo al vuelo. Mientras él se carcajeaba con una alegría nata y sin parangón—. ¡Sorpresa!

"—¡¿Ayudarme?!"

—Black Star —le fulminé con la mirada, el animalillo también…

Combo mortal.

—¿Sí? Dime.

"—Ayudarme a matarlo."

—Esto —arremetí con el pobre animal en la mano, acercando su hocico al de mi amigo de pelo azul alborotado. Black abrió los ojos como platos de porcelana e intentó pegarle un bocado cual sabueso. Lo alejé de él, arrollándolo en mi pecho. Es todo un peligro—… ¡Esto es un cerdo, animal!

Me había traído un cerdo, como compañero. Sólo podía ocurrírsele a él. Espero que no sea ninguna indirecta, que sea mi amigo no me impide el poder asesinarlo brutalmente a escobazos.

—¿Y qué tiene de malo? Es rosa. A las chicas os gusta el rosa —generalizó. Rascándose la nuca con nerviosismo. El cerdo chilló mientras Black le tiraba de la cola rizada. Aparté el puerco de su alcance de nuevo—… Puedes pintarle y todo, como hacen los científicos para probar los cosméticos —apretó los puños con ilusión vilmente contenida y me mostró una de sus famosas sonrisas arrebatadoras de niño bueno a lo: yo-nunca-he-roto-un-plato-en-toda-mi-vida-ámame.

Black Star es ese tipo de persona, (persona por designarle de alguna manera) que habla sin pensar, por eso cuando te dice algo así no hay que tomárselo en serio.

O sea nunca.

—Black Star, ¡no quiero ningún cerdo! —le golpeé con en la frente, dándole un cabezazo. El puerco temblaba en mi abrazo.

—¡Au! ¡Pero si es perfecto para ti! Vamos, mírale —él y el cerdo se miraron ambos a los ojos. Jamás había visto un par de miradas tan maravillosas, brillantes y bizarras al mismo tiempo, como dos enamorados. Les golpeé a los dos en la nuca, devolviéndoles a este mundo. Black continuó defendiéndose—. ¡Estáis hechos el uno para el otro!

—¿Me estás llamando cerda? —pregunté en alto con los ojos entreabiertos y una mirada retadora. Al poco caí en la cuenta y me horroricé, espachurrando al cerdo sin querer. Tenía que romper algo, y ahora mismo—. Me estás llamando cerda.

—¿Qué? —Black Star levantó una ceja azul altiva y ladeó la cabeza de forma incómoda. Frunció los párpados con fuerza, se puso a chillar (y a escupir) y a negar con los brazos como si no hubiese mañana—. ¡No, no! Yo sólo quiero que tengas un compañero, cómo… ¡Tsubaki y yo!

Ya estaba el maldito elegido, pavoneándose de tener compañera desde los seis años.

—Tu oferta es interesante, pero, ¡no quiero un cerdo gordo al que alimentar, y al que tener que soportar todos sus gases tóxicos cada cinco minutos, ni que se revuelque en el barro cada vez que se aburra! —grité alto y claro. No tengo mucho tacto, es uno de mis muchos defectos que me hacen ser lo que soy: la única bruja del curso que no tiene compañero—. Para eso te tengo a ti.

Black Star se llevó una mano a la boca, con el rostro ultrajado. Se echaría a llorar pero no lo hace en público. Así es, los alumnos comenzaban a llegar y algunos que paseaban por los jardines observaban la escena. Él negó con la cabeza lentamente, de lado a lado, y con las muelas bien apretadas.

De repente, en medio de la discusión, el cerdito salta de mis brazos, transformándose en un chico que grita a moco tendido:

"—Ya vale. ¡Yo también tengo sentimientos!" (Y seguramente un compañero o compañera, Black Star no pregunta cuando secuestra para hacer el bien…)

Se marcha llorando. Me hace sentirme mal. Doy una pequeña caminata intentando alcanzarle con los brazos extendidos como cañas de pescar, tras unos pasos me canso, recuerdo que soy una negada para los deportes que requieren movimiento propio. Y que los conjuros de paralización corporal son demasiado complicados.

—¡Perdona, Presidente del consejo Oink! —grito cayendo de bruces al suelo, sin aliento.

Seguro que me he liado alguna muy gorda por esto. Porque Black Star no podía ir a por otro cerdo cualquiera, no. Él tenía que pillar el puerco que más poder tiene en la escuela. Hablando del diablo, Black Star se acerca corriendo a mi rescate. En el diccionario de Black Star-Español, Español-Black Star, para él correr una maratón de ocho kilómetros y medio es un paseo corto.

Posa sus manos bajo mis axilas y me alza como una muñeca de trapo.

—¿Estás bien? ¿No te has hecho nada? —me mueve con preocupación. Palpándome hasta la cintura, observa cada parte de mi cuerpo para ver si me he roto algo o me ha salido una herida mortal o un rasguño, también mortal. Black Star piensa que mi muerte está a la vuelta de la esquina. Podrías creer que es demasiado sobreprotector, podrías creerlo hasta el momento en el que me mira mis bragas de lunares negros—. No, no te has hecho nada —me deja en el suelo con una sonrisa de oreja a oreja. Hincho las mejillas. Procuro darle una patada voladora pero estoy tan avergonzada que no atino a asestarle el golpe final, él es bueno esquivando—. Pobre Oink, ya le has asustado. Estarás contenta —"Pero si la culpa es suya". Me crucé de brazos. Él me miraba por el rabillo del ojo, manteniendo la vista al frente. Black Star puede resultar ser un chico bastante misterioso—... Oye, maja.

A ratos.

—¡Es Maka! —grité enfurecida, yendo a golpearle y pisotearle los dedos de los pies; a intentar darle con los puños en esos perfectos pectorales construidos por dioses del Olimpo.

A ver si con suerte le destrozo un poquito, ven que es defecto de fábrica, y se lo vuelven a llevar al cielo. Perderle de vista.

—Ya lo sé, pero si te pones tan tiquismiquis —apretó mi nariz con el dedo índice varias veces, como si se tratase de un botón rojo, es su modus de castigo—, jamás encontrarás un socio.

Me estaba regañando. Habrase visto tal injusticia terrenal.

—¿Un socio? —dije con una ceja rubia en alto.

Realmente no era una pregunta. Sabía perfectamente lo que significaba. Pero lo que no entendía era porqué lo decía de esa forma.

—Sí, a ver: un colega, compinche, compadre, camarada de juegos sucios, un amigo. Un socio —"¿camarada de qué?" He de matarlo antes de que (se reproduzca) siga con su verborrea incesante—. Nombres hay muchos, pero es el mismo significado.

Mentiras, mentiras. De un mal mentiroso.

—Dirás un "compañero" —corregí—. Dilo bien.

—¿Qué más da?

"—¡Dilo!" Mi fuero interior lo exigía.

—No, no da igual. Tiene que ser el ideal —alcé los brazos intentando alcanzar a mi compañero inexistente, con los ojos llenos de fuego. De furia femenina—. Tiene que ser perfecto. Listo, guapo, fuerte, arrebatador. Y tiene que entender mejor que nadie lo que significa ser mi compañero —recalquemos el "mi", porque me señalo a mí misma con el pulgar. En el corazón—. Y hasta que no le encuentre, ¡no quiero nada! Ni una cabra, ni un pato, ¡y menos un cerdo! —relato todos los compañeros que Black Star me lleva trayendo durante los últimos años, en el vano intento de conseguirme un aliado de por vida.

Ahora es cuando llega la parte donde en las películas de Disney preparan un musical bien elaborado. De eso no tenemos, ya que ni yo soy una princesa, ni a ti te apetece tragarte ahora un musical de mínimo cinco minutos a todo color sobre mis necesidades, pero te lo puedes imaginar.

—¿Y si es una chica, qué? —Black se llevó las manos a las caderas, cuál madre. En mi caso padre mujeriego y pelirrojo de mucho cuidado—. ¡Eso no se elige, palurda!

—¡No!

Black Star retrocedió dos pasos sin cambiar el semblante. Tragó saliva mientras me acercaba a él lentamente, con una feroz cara de demonio malévolo.

—¡Yo quiero un chico! —grité, palabra por palabra.

Esto realmente empezaba a sonar como una pareja de novios hablando de su próximo hijo y planeando un prometedor futuro, juntos. La Barbie podría haber dominado el mundo si se lo hubiese planteado como es debido.

—Que desesperada estás —Black Star suspiró derrotado, se daba por vencido, por el momento. Soy la única que tiene ese poder sobre él además de Tsubaki. Pero es invencible y volverá a la carga—… Bueno, me voy —algo deprimido golpea una piedra del camino con la punta del pie. Casi se tropieza y cae. Se hizo daño pero no lo dijo—. Te veo en clase, ¿estamos?

—Estamos.

Nos saludamos con la mano. Muevo uno de mis pendientes con el dedo índice mientras observo su espalda alejándose. Comenzó a andar más deprisa, al trote, sin razón. Como si estuviera ocultando algo. Cuando la distancia es segura, recito el conjuro en un susurro y escucho sus pensamientos.

"—Será mejor que quite al conejo Bunny de su taquilla antes de que llegue…"

—Lo sabía —suspiro, bajando los hombros. Los dejo caer lo más hondo que pueden caer unos hombros. Brazos muertos—. No tienes por qué preocuparte por mí, rey de los idiotas.

Era una buena acción por su parte, Black Star era un chico muy bruto. Con ideales bien marcados como músculos en esa piel morena. Pero lo que tenía de macho dominante le sobraba de tener un corazón enorme. Un buen corazón.

Me repongo, y alzo la cabeza.

—Esto es algo que tengo que hacer yo sola —me repito una y otra vez.

Camino derecha aferrándome a mi capa oscura y me pongo el sombrero de pico del que cuelga un cascabel dorado. Hay que entrar en clase, y ver a Black Star sonriendo con el conejo Bunny escondido bajo su camiseta. Me pregunto si pasará lo mismo que cuando trajo a la chinchilla Hamtaro el mes pasado, la escondió en los pantalones. Y ninguno de los dos se ha recuperado de eso todavía.

Se me ha olvidado darle las gracias, otro día será…


Llega otro día. Y aun así no le doy las gracias, pero eso a Black Star no le molesta. Ni siquiera se lo ha planteado, los dos somos felices. Yo sin admitirlo y él sin acordarse. No somos amigos por casualidades de la vida. Nos elegimos mutuamente:

"—Tú, ¡sé mi amiga!"

"—Vale."

—Empezaremos el primer día con —la señorita Marie Mjolnir se posiciona recta ante nosotros como un martillo, sujetando con una mano un paraguas oscuro para que el sol no ose atravesar su preciada piel de porcelana...

Y eso que está nublado. La treinta añera nos ha sacado al patio a todos los brujos de la clase a primera hora de la mañana, el sol aún está saliendo porque es más listo que nosotros; esto es abuso al menor…

En una fila negra y perfecta, la escuchamos con las manos a la espalda. Menos Black Star, él está durmiendo despierto. Se tambalea de lado a lado como un espantapájaros; para ponerle derecho le damos codazos. "—Toma para ti." "—No, para ti mejor. Que lo disfrutes." Los compañeros están en clase de transformación con el profesor de combate secreto Zombi, Sid Barett. Por lo que algunos incautos están un poco nerviosos. Es estar separados de sus compañeros más de diez minutos y ya se cagan en las bragas negras. Pero era compresible.Más todavía con la profesora rubia por excelencia, la señorita Marie Mjolnir. Alias: "treinta años y aún soltera." O "destrozo todo lo que amo". Es una mujer que intenta por todos los medios parecer seria, ya que siendo dulce no ha llegado a ninguna parte con los hombres en esta vida. Ni probablemente en la siguiente, es un caso perdido.

Todos se comen las uñas de los pies a este paso. Yo soy una valiente adolescente incomprendida.

Un día más de clases a la espalda. Otro día que aprovechar al máximo, para ser la mejor en algo. El hecho de venir al colegio era algo tan esencial, que me parecía fantástico. Si quitas lo de ser la única que no tiene un compañero, soy la más inteligente de clase. No pido que alguien me comprenda, ni busco la aprobación de nadie. Así es, soy un bicho raro. Soy un poco perfeccionista, cabezota y me gusta estudiar, pensando que es como un juego. Si no fuera porque tengo a Black Star y a Tsubaki conmigo, venir a clase no sería tan ideal. Y menos aún tener que soportar sola a todos los insoportables profesores del Shibusen y a los diferentes tipos de alumnos que van a juzgarte por respirar fuerte.

—Entrenamiento de escobas —alza la voz, pero no demasiado, el que pensaba que no sabía hablar. Aquel moreno que te observa como si estuviese escondiendo un cadáver a todas horas. El mismo que no te dirige la palabra ni aunque le hables en frente de su nariz perfecta y blanquecina.

—Sí, exacto. Eso iba a decir. Como se nota que tenemos a un brujo de cinco estrellas en clase —podéis ver como la señorita Mjolnir no adula a ningún alumno en especial, ¿o me lo estoy imaginando yo sola? Guiña un ojo y da un chasquido con la lengua que nos eriza el vello a todos, menos para quien iba dirigido. Ese no siente nada—... Chicos, aprended de Death the Kid.

Por si ya con eso no bastara, por si no fuera suficiente, el coro de babosas amorosas por Death the Kid de la clase y su club de fans histéricas aúllan un placentero: "Oh…" Con emotividad. A su alrededor. Pero él es tan especial, especialmente creído que ni siquiera se jacta de su presencia. Dudo que aquel moreno se dé cuenta de la presencia de nadie, nos trata como la basura. Sabe que existes y con eso vas que chutas. Da asco de sólo mirarle.

—Pero si estamos todos en el patio con una escoba en la mano —salto a la defensiva, rompiendo la perfecta fila de brujos aprendices. Plantando mi escoba en el suelo de arena que forma la explanada pista de vuelo—. ¡Es bastante obvio!

—Maka por favor, no seas tan envidiosa —la señorita Mjolnir me empuja varias veces con las briznas de paja de su escoba anticuada en la cara. Escupo algunas tiras, me ha entrado una en el ojo—. Es normal que alguien como tú tenga celos de un genio como Death the Kid —y otro guiño desapercibido—. Por favor, abandona esa actitud, ¡o tendré que suspenderte la prueba! —me señaló acusadoramente con maldad de la buena. Sacando su bloc de notas y un bolígrafo rojo.

Levanté ambos brazos: "—¡Soy inocente!" Death the Kid me dirigió una mirada dorada de costado, escondida bajo esos mechones de flequillo dispersados equitativamente, con esos labios mojados que no demuestran emoción alguna. Tan sólo duró un segundo hasta que posó la vista al frente.

Como si no existiera. Da igual que le ames o que te metas con él. En ninguno de los casos le va a importar un pimiento. Además, si te metes con él, el que acaba metido en un cubo de basura por todas sus aplastantes fans de póster, eres tú. O sea yo.

Me has entendido.

—Pero —agarré mi escoba con fuerza sintiendo el frío del metal que tiene el mango de madera barnizada. Me mordí la lengua. Marie me miraba con mucha labia, se divertía. Esto le divertía, sacarme de quicio. No tiene caso, como he dicho. Me imaginé a mí misma estrangulándola con las manos. En mis sueños soltaría espuma por la boca, moviéndose como un atún fuera del agua. Sonreí, siguiéndola el juego—… Sí, señorita Mjolnir.

Los profesores siempre se ponen de lado del principito. En Shibusen, la pirámide social de jerarquía funciona de esta bizarra forma:

Director

El Principito(Kid)

Maestros e institutrices

Los estudiantes regulares

(Y bueno, aquí estaría… Yo, yo solita)

La que no tiene compañero.

—Ahora a volar, y sin más demora —Marie llamaba la atención de nuevo, gritando como una posesa. Despertando a Black Star de su sueño reparador de un escobazo limpio en la sesera con el que vio las estrellas—. Quiero ver que nivel tendremos este año. Por vuestro bien espero que no sea muy bajo —pues va lista. Nos colocamos firmes mientras ella se paseaba de un lado a otro, recorriendo toda la fila, metiéndonos miedo en el cuerpo—, os conozco a todos y no voy a ser contendiente con nadie —menos con el principito, que diga las cosas claras.

Doy un gran suspiro. Black Star a mi lado me pregunta con saña si es un suspiro de enamorada. Intento profanarle el trasero con el palo de mi escoba mientras él huye. Luego decido que no quiero hacerle eso a mi pobre escoba, no tiene la culpa. Nos dispersamos, dejando la barredera entre las pierna, sujetándola con ambas manos para arrancar.

—Subíos a la escoba, ¡y vamos! —La señorita Mjolnir daba el pistoletazo de salida, el pitido. Flotamos, ascendiendo por las corrientes de aire. Había que concentrarse mucho para que la escoba te hiciese caso.

No ha pasado un minuto y Death the Kid ya ha desaparecido de nuestra vista. No sé si es que vuela demasiado rápido o le dejan que se salte las clases con todo el morro. Después uno llega ni cinco minutos tarde después de comer y te castigan escribiendo en la pizarra interminable, con un conjuro de escritura sin usar las manos, mientras sujetas en alto dos libros de hechicería que te comentan amablemente lo patán que eres y te escupen tinta de todos los colores.

Black Star se dedica a caerse de alturas considerables cada dos por tres, mientras nos deleita con sus gritos eufóricos de adrenalina. No es un hombre de altos vuelos pero si de buenas caídas. Se ha chocado con más pájaros que nadie, lleva el récord y se siente orgulloso. La señorita Mjolnir tiene que lanzarle un conjuro de gravedad cero (lo que a él le encanta) justo en el momento preciso, diez centímetros antes de tocar el suelo para que no se mate o la demanden. Y ella se toma su tiempo, como si fuese un juego y quisiese ver hasta cuan bajo puede llegar sin liarla, presumiendo de ello en la sala de profesores. Cada loco con su tema. A veces él se la ha pegado de lleno y como si nada. Su cuerpo está hecho de un componente que muchos científicos no saben determinar. Se quita el polvo, y a volver a intentarlo. Ese es Black Star.

Por buena o mala fortuna, yo sin embargo soy bastante buena a la hora de volar con escoba. Pero de una forma especial. Por lo que por supuesto la señorita Mjolnir sabe, y me prohíbe. No vaya a ser que triunfe en algo en la vida, no como ella.

No me deja montar la escoba como a mí me gusta, de pie, de lado. Como una tabla de surf. Puedo ser más rápida que nadie, incluso podría ganar alguna que otra carrera callejera e ilegal en escoba. Al menos no lo hacemos en coche. Los brujos no contaminamos tanto, es un buen punto. Pero tal y como tengo que montarla, como me obligan a montarla: a la vieja usanza, como todos. Haciéndote daño en el trasero con lo incómodo que es el palo del demonio en la entrepierna. Y de esta forma no le veo emoción alguna, soy más lenta que el caballo del mano. He visto caracoles adelantarme de sobrados cientos de veces. Voy a pedales sin correa, en bicicleta estática. Me es imposible seguir las indicaciones de vuelo y las señales, o pasar siquiera con estilo por los aros negros de especialización en obstáculos.

Doy un resoplido y mi flequillo rubio revolotea, mientras Ox Ford me roza veloz con su escoba por la retaguardia, aposta, haciéndome girar como una peonza desviada. Se carcajea como un condenado.

—¡Cuidado Albarn! —la señorita Mjolnir me grita, dando pitidos destroza tímpanos con el silbato que le "sustrae" al profesor Sid.

No obstante, no hace nada al respecto.

Me precipito mareada y no me da tiempo a asustarme con los ojos cerrados. Pero como Black Star ha vuelto a caerse otra vez de narices contra la tierra, está ahí para cogerme en brazos. Y aunque no estuviese, llegaría de alguna forma inhumana e incomprensible para salvarme de la muerte que cree que me persigue.

—¿Cómo tú por aquí? ¿Te has caído del cielo, angelito? —se ríe seductoramente, haciendo que me sonroje. Pero no tarda en estropearlo—. ¿O es que han aprendido a volar los cerdos?

Pataleo. Le tiro del pelo, quitándoselo a puñados.

—¡Me está atacando con sus pezuñas!

Cuando Marie da la clase por finalizada, le pido a Black Star que me deje en el suelo. Él accede contento y lleno de polvo marrón claro por todos lados. Se sacude y va derecho con una sonrisa en los labios a matar Ox Ford a pescozones. Aunque trate de detenerle no servirá para nada. Los alumnos nos reunimos alrededor de la profesora, a nuestras espaldas se escuchan los incesantes gritos de dolor que recrea Ox Ford; el de las gafas. Y mira tú por donde, Death the Kid ha vuelto a dar voto de aparición. Ni siquiera lleva la escoba, se guarda las manos en los bolsillos mientras los demás le hacen camino, apartándose para que pase como la realeza. No vaya a romperse.

La señorita Mjolnir da las notas de la clase. "Y, oh vaya, que sorpresa." Black Star cree que tener un 1 sobre 10. Es porque es el número uno. Prefiero no arruinarle su mundo feliz. Maka Albarn tiene un cinco pelado, tan pelado que está cociéndose al sol, rojo como una langosta. Y Death the Kid, ¿lo adivináis?

¡Un diez! —grita Marie con aquella voz estridente, babeando como un perro con hiel ante tal monumento de príncipe de casi metro ochenta.

El chico suspira vencido. Parece que el simple hecho de tener que respirar nuestro aire, le cuesta. Hincho los mofletes, mientras Black Star me abraza por la espalda, rodeándome con sus brazos de croissant en su punto. Observo la marca de la estrella negra de cinco puntas que tiene tatuada en uno de sus hombros.

—No te enfades…

Susurra sonriente. Está contento por su uno, quién soy yo para estar disgustada o tener celos. Me recuesto en su pecho, como si me hundiese en él.

—No me enfado…

Aplausos de los fans, y a otra cosa.


El horario de clases del Shibusen de hoy se daba por terminado. La campana sonaba a las tres en punto, advirtiéndonos de que éramos libres de una vez por todas. Hasta mañana, a las ocho de la madrugada. Y por esta vez, no me habían castigado dos o tres horas extra. Aún un hacía un frío pre-primaveral en la calle, y el aire congelado se colaba por nuestras faldas, levantándolas cual niño travieso. Mi amiga Tsubaki y yo teníamos que ir con cuidado de que algún mirón (Black Star) se diese el gusto. Está bien, sobre todo Tsubaki. Black Star al estar hecho de hombría de hierro, el fresco le traía al fresco:

—Tengo tanta hambre que me comería un Unicornio.

—Tú siempre tienes hambre —Tsubaki le regañaba, rodando aquellos orbes azules oscuro. Su brujo le devolvía una sonrisa de oreja a oreja.

Ella sujetaba la cartera con ambas manos entrelazadas en la delantera y los calentadores negros bien subidos hasta las rodillas, escondida en el calor de un abrigo rojo de botones redondos y cuello alto. Mientras, Black Star aleteaba los brazos como un pazguato, con la cartera marrón en la mano, como el anciano ágil que tira una bola de petanca en el parque. Sin abrigo alguno, sólo una bufanda larga y grisácea de algodón. El vaho blanco salía disparado de nuestros labios cada dos por tres. Caminábamos los tres juntos dejando atrás el edificio, con cuidado de no patinar con el hielo. (Menos Black Star, a él le gustaba derrapar.)

Tsubaki lo pasa mal, no tiene sentido del equilibrio. Lo bueno de ser una modelo morenaza es que no le hace tanta falta llevar tacones. Y no es lo único bueno.

—No me apetece ir al restaurante de buffet de Unicornio hoy —murmuré para mí misma sin querer que me oyese nadie, en voz alta…

Sin detenerme, mi paso iba descendiendo la velocidad y mi mirada decaía hasta límites insospechados en el asfalto mojado. Quedándome atrás, entre ambos. Dejándoles andar pegados. Ambos se detenían al instante. Black Star se quejaba como un energúmeno, objetando que siempre íbamos todos los miércoles y que Dios me castigará con plagas inimaginables por cargarme nuestras tradiciones sin ton ni son.

—¿Me he perdido algo? —Tsubaki murmuraba en el oído de Black con ternura.

—No —Black Star le restaba importancia mientras caminaba de espaldas, haciéndome muecas raras para que sonriera, estirándome los mofletes: "—Cambia esa cara maldita sea"—, lo de siempre.

Su voz era algo ronca esa tarde.

—¿El principito? —ella preguntó ladeando al cabeza, a sabiendas de la respuesta.

—El puto principito —Black Star asintió, echando la cabeza hacia atrás.

—Oh…

Tsubaki se acongojaba en el sitio como un perrito al que le has gritado demasiado fuerte.

—No pasa nada. Adelantaos vosotros —levanté la vista con nerviosismo, zarandeando todo el cuerpo en un vano intento de no ponerme a dar pena a mis amigos—. Prefiero irme a casa antes.

Tsubaki susurraba mi nombre con compasión.

—En serio, tengo que estudiar para el examen de pociones —sonreí falsamente, haciendo una pose.

—Pero…

—Bueno, que se le va a hacer —Black Star posaba la mano en el hombro de su compañera, atrayendo su mirada—. No la podemos matar, ¿verdad? —bromeó, recibiendo una mirada fulminante de su compañera. Él sonrío de todas formas—. Hablemos sobre mí.

Antes de que pudiésemos despedirnos ya la había arrastrado en sentido contrario. Black Star sabía cuándo necesitaba tiempo para estar sola y cuando les necesitaba a ellos para soltarlo todo. Hoy era un día del primer caso, el segundo llegaría eventualmente. Aun así, y aunque Tsubaki también lo sabía, no paraba de girar la cabeza para vigilar que seguía ahí, observándome con el ceño fruncido de preocupación.

—¿Has vuelto a batir el récord de caída libre en escoba?

—Sí.

—Cuando te he dicho mil veces que puedes hacerte daño y que deberías intentar ir un poco más despacio.

—En efecto —Black asintió seriamente, con orgullo. Tsubaki le golpeó en la nuca con su cartera—. ¿No soy adorable?

—¿Qué? —Tsubaki se ponía nerviosa, volviéndole a golpear a su sonriente brujo con la mochila de cuero—. ¡No!

"Que novedad."

Bisbiseé, alejándome en el sentido de escuchar su altiva conversación a cada zancada que me acercaba a cruzar el paso de cebra. Ambos caminaban uno al lado del otro, como siempre ha sido. Esperé a que el monigote del semáforo en rojo desapareciera, dando lugar al otro verde que camina en su cuadradito como si estuviese orinando, o peor. Sabiendo que no va a llegar a ninguna parte, como yo.

Está prohibido usar la magia para interceder en el tráfico, y en otras muchas cosas. Tantas, que uno llega a creer que jamás deberías usarla. A la mínima podría caerte una multa del Consejo de brujas. Y no son lo que se dice precisamente baratas…

Sentía que mis hombros iban a ceder y se me iban a caer los brazos como trozos de plastilina. No quería llevar la cartera, quería hacer un conjuro. El de darle vida a los objetos es mi favorito. Pero, ¿a qué no sabéis qué? También está prohibido usar ese tipo de magia en la vía pública. Donde cualquiera pueda verte, y aún no había mejorado mi poción de invisibilidad. Tenía que aprobar el próximo examen, como fuese.

Es ya tanto tiempo soportando lo mismo, el mismo esfuerzo sin vítores, la misma rutina: "haz esto, haz lo otro." "Consigue un compañero de una vez, señorita." "¿Es que acaso te gusta estar sola?" "Eres una perdedora." Lo mismo de siempre. Agarraba mi sombrero negro entre las manos, escondiendo la cabeza por un momento:

"—Que se vaya todo el mundo al cuerno." Suspiré con fuerza por la nariz.

—¿Qué le pasa a este maldito semáforo? —preguntó una chica de melena rubia y de corta estatura, justo a mi lado. Observaba el muñequito rojo de neón con ira contenida en unos ojos azules achinados. Los coches no dejaban de cruzar—. ¡Funciona! —le pegó tal patada a la máquina que dejó la huella de su bota negra de cowboy, en la columna verde de aleación de acero.


Me asusté, deslizándome un par de pasos a la derecha, lejos. Con la boca abierta. Pulsando repetidas veces con temor el botón: "Pulse para pasar". Como si quisiese dejar mi huella dactilar impregnada para siempre. No recuerdo haberla sentido llegar.

A Patty Thompson. Sin duda. La pequeña gemela diabólica. Problemas.

—¡Kid, se ha roto! —gritó, señalando con el dedo la torre del semáforo que echaba un humo gris muy sospechoso. Manteniendo una enorme sonrisa en los labios, con aquel vestido de palabra de honor de lana, a rayas negras y amarillas, bajo esa chaquetilla de torero oscura de cuero. Al igual que una avispa motorista que te pincha y te deja un ronchón del tamaño de Texas en el cuerpo. Al igual, que su hermana mayor vestía.

Su insoportable hermana mayor:

—¡Pues pasa, qué más da! —le quitaba importancia, zarandeando su larga mano.

Liz Thompson. Aquella chica alta y hermosa que mandaba sobre la gran mayoría de chicas en el Shibusen. Por no decir todas. Y todo el cuerpo masculino.

—¿Y si detengo un coche con el pie? Nunca lo he probado —la hermana pequeña suscitaba, con una sonrisa de oreja a oreja marcada en el rostro.

—No —Dos voces se crispaban al unísono, una era la de Liz, la hermana mayor.

Y la otra…

Kid, Kid, ¿me dejas?

—Ni se te ocurra.

—Jope —la rubia hinchaba los mofletes como una ardilla rabiosa.

Los dos aparecieron de la nada, plantándose al lado de Patty Thompson en un abrir y cerrar de ojos.

—Albarn —murmuraba Death the Kid con una voz grave y arrebatadora.

¿Eso era educación? Ni lo he notado.

Liz a su espalda, tras esa chaqueta oscura me saludaba con los dedos de una mano, morbosamente y con una sonrisa fingida. Murmurando un "jaja" con dulzura.

—Principito —le imité, observándole de costado con mis ojos verdes como aceitunas. Y volví la vista al frente, asintiendo—. ¿Dónde te has dejado a todo el séquito de fans? —eché el cuello hacia atrás, vislumbrando que tan sólo Liz Thompson se encontraba en su retaguardia. Cuando normalmente suele tener una fila de proporciones descomunales, compuesta por meapilas y perseguidoras trastornadas.

"Qué bien has quedado Maka." Mi impura conciencia me comentaba. Asentí para mí misma, para que quedase más raro si era posible.

—…

Él levantaba ambas cejas para después rodar los ojos sin ocultarlo demasiado. Lo que hacía que me pareciese todavía más irritante.

—Eh tú, niña. Nadie le habla así a Kid, ¿te queda claro?

Liz y Patty Thompson se acercaban con los hombros hacia fuera cortándome el oxígeno con aquel aire de pandilleras de barrio, escudriñándome mientras amurallaban a cal y canto al moreno, suspirante. Miraba al frente y en el instante que dura un pestañeo fui capaz percibir como susurraba unas palabras, que me resultaban familiares. Sus ojos parpadearon lentamente y sus pupilas se dilataron por un par de segundos.

Pude sentir como la sonrisa de las hermanas Thompson se ensanchaba lentamente (me recordaron a un payaso). Como la gran pila de coches que nos impedía el paso disminuían la velocidad a una casi nula. Y el semáforo escacharrado dejó de echar humo, se detuvo; dirigí la vista al cielo. Las nubes no se movían, ni los pájaros. Y mis párpados tardaban en juntarse de nuevo, anonadados. Un hechizo. Como una onda expansiva.

Un hechizo de tiempo. Kid levantó ambas manos hacia el gentío que caminaba a paso de tortuga, en el otro lejano lado de la calle. La ensoñación que nos rodeaba poco a poco se fue disipando, como si una barrera invisible nos resguardase de aquella brujería. Él jugaba con sus muñecas, haciéndolas sonar, dándome un escalofrío en los huesos.

—¡Gracias Kid! —Patty Thompson sonreía a más no poder, saltando sin parar, dándole un aplauso que el moreno ni siquiera tenía en cuenta. Tomando la iniciativa, caminó el primero entre los coches detenidos, lentos. Y las hermanas le siguieron, ondeando aquellas melenas rubias y vistosas. Sacándome esa lengua viperina en el proceso.

—Eh, espera —les perseguí, cruzando el paso antes de que el hechizo se rompiese como una burbuja de jabón, y todo la ciudad desde lo alto hacia lo más bajo, volviese a la normalidad—. ¡No puedes hacer eso!

Le señalé, cogiendo un último respiro por la boca de la carrerilla que me había pegado, con las uñas clavadas en las rodillas. Él se dio la vuelta el primero, con las manos en los bolsillos de sus vaqueros negros rotos por todas partes.

—Yo hago lo que quiero —sonrió. Por primera vez en cuatro años le había visto sonreír. Una mueca esplendorosa de superioridad que tan sólo enseñaba un perfecto resquicio de su dentadura superior. Un color rojo, de rabia, de lo que fuese, me inundó las mejillas. Era retorcido.

—Que niñata más pesada —Liz me escupía desde su altura, intentando minar mi moral a base de insultos. Achinando aquellos ojos claros que se acercaban a mi frente blanquecina.

Me miraba por debajo del hombro.

"Dale un cabezazo, dale un cabezazo y tírala al suelo como un globo sin helio." Mi conciencia puede resultar peligrosa, por eso no la uso demasiado…

—Es Maka —aclaré, gesticulando. De puntillas en mis botas negras, poniéndome a su altura—. Y lo que ha hecho está prohibido. Podrían detenerle por eso —avisé, cruzándome de brazos. Señalándole de nuevo. No tenía la más mínima intención de chivarme o sonar repipi. No por ser el principito que era, podía hacer lo que le diese la gana, como siempre hacía. Como todos le dejaban.

Mi respiración aún seguía cortada, y era lo único que se escuchaba silenciando el ruido del gentío y los ciclomotores a nuestra espalda. Lo más arrollador es que él, el figurín, se hacia el sorprendido. Pero él no era el peor en este caso. Ambas hermanas me observaron con detenimiento. Hasta el momento que comenzaron a reírse sin parangón, mirándose la una a la otra, llevándose las manos al vientre. Patty Thompson casi llora. Me mantuve en la misma pose. No iban a conseguir que me achantase. No a Maka Albarn.

La risa estridente y malévola de las hermanas neoyorquinas se me clavaba en el cuello como una aguja de tejer. Una flecha directa al diafragma.


—Pero que divertida eres —Patty Thompson me golpeó en las costillas y en el omoplato con la fuerza descomunal de un hipopótamo, que casi me deja paralizada—. Kid, vete tú primero.

—Nosotras nos quedamos aquí un rato más, queremos pasárnoslo bien con —Liz daba un ligero chasquido con la lengua, fijando su mirada en mi rostro. Apretándome la nariz, movía mi cartílago entre aquellas uñas rosas y plastificadas. Intenté zafarme de su agarre, dándola un manotazo en las muñecas—… Maka, ¿verdad?

Me conocen perfectamente.

El moreno se dio media vuelta, su piel blanca y aquella finura parecida al propio rostro de un niño contrarrestaba con esos ojos dorados que imponían sobre cualquiera. Llevaba puesta aquella camiseta negra con una calavera gigantesca plasmada en ella. Nos observó por el rabillo del ojo durante un par de segundos, viendo como ambas hermanas me cogían por los brazos como madrinas de boda, sin que me diese tiempo a escapar o darme cuenta. Levantó los hombros y se fue con las manos en los bolsillos. Su respiración se hacía notar tan sólo por el vaho que escapaba de su nariz respingona. Sino, tal vez se tratase de un muerto viviente.

—¿A vosotras qué os pasa? —dirigí la vista a ambas, una después de la otra. Trataba de zafarme de la opresión de aquellas dos hermanas, hermosas como princesas de cuento, pero fuertes como toros de miura que intentaban romperme los brazos—. ¿Qué queréis?

Parecía que iban a devorarme a la mínima de cambio.

—Oh, Maka —Liz Thompson murmuraba mi nombre una y otra vez con mucha lástima en su deje de voz tan hipócrita. Me revolvía el pelo; le enseñé los dientes—, que bien nos lo vamos a pasar.

—Yo con vosotras no paso ni de curso, gracias.

—No. Gracias a ti —las dos respondieron; más risas punzantes en el cuello.

Negué con la cabeza repetidas veces, no era capaz de tocar el suelo con la punta de mis botas. Me estaban alzando como una novia. Arrastrándome en contra de mi voluntad a una calle poco transitada. Cuan bajo caería mi autoestima si me pusiese a gritar ahora, sin que nadie pudiese oírme. ¿Me taparan la boca? Me van a dar una paliza. Tenía que haberme ido con Black Star y Tsubaki, haberles contado mi vida, haber cerrado la boca cuando tuve ocasión, ¿y dejar de ser yo misma? Ni de coña.

—Si vais a pegarme, os sugiero que lo hagáis cuanto antes mejor —dije, con una seriedad que ni yo misma me creía. Las piernas me temblaban como el pudin recién hecho, pero mi ceño se mantenía fruncido dispuesto a encajar el golpe que fuese.

—¿Pero por quién nos tomas? —Liz mostraba una mueca de desagrado y chulería, al mismo tiempo, la hacía parecer mucho más mayor de lo que era. Su hermana pequeña se reía, no soportaba esa risa más que ninguna otra—. No queremos problemas con la loba —supongo que se referirían a Tsubaki, se llevan a muerte. La pobre de esta última tiene que soportarlas todos los días a todas horas en clase, ha de ser terrible. Era capaz de imaginarlo.

—¿Y a dónde me lleváis? —quería golpearlas pero me era imposible. Voy a tener que ejercitarme más a menudo para poder contra estas dos bestias. Black Star tendrá trabajo conmigo si salgo de esta con las piernas en su sitio—. ¡Soltadme!

—A un sitio especial, para gente especial. Como tú.

¿Una Universidad? Dudo que las haya en este callejón sin salida. Observé las pintadas de las paredes mohosas. Ya me veía venir de corrido lo que iba a pasar ahora.

—¡Tachán! —Patty Thompson me agarraba con fuerza del brazo para que no pudiese salir corriendo. Señalaba irradiando felicidad por los poros, un contenedor de basura hasta los topes, naranja chillón, mientras su hermana mayor rompía el candado que lo mantenía sellado de un apretón—. ¿A qué es bonito?

—¡No podéis hacerme esto! —chillé, teniendo fe en un último intento de huida. Las hermanas Thompson me sujetaron por las caderas, me alzaron y me lanzaron como una pelota de baloncesto en la canasta.

El sombrero me tapó la cara al caer entre tanta bolsa rota y con olor a perro muerto y rematado. Traté de recordar un hechizo capaz de tumbarlas, pero no sabía ninguno. Ni me daría tiempo a buscar en mis pesados libros. No tengo la fuerza suficiente para hacer algo así sin un compañero, es algo que siempre he tenido claro pero que nunca le he dado importancia. Para algo tengo a Black Star en mi vida. Cuando él se entere, si sigo con esa vida después de esto, no me quiero imaginar cómo se iba a poner de rabioso. Tsubaki se las comería en un visto y no visto. No he de tenerlas miedo.

Pero ahora estaba sola y acojonada. Cerraron la tapa y volvieron a colocar las cadenas con el candado dorado en su sitio. Nunca pensé en cómo iba a ser mi ataúd. Bueno, ahora lo sé.

—¡Acabamos de hacerlo! —Patty golpeaba las paredes del contenedor por todos lados, dejándome completamente sorda.

Me llevé las manos a las orejas, tapándome los oídos. Sus voces se escuchaban totalmente distorsionadas.

—Que conste que sólo te hacemos esto, porque eres rubia y nos caes bien, ¿vale?

—Sí, sí.

—¡Sacadme de aquí! —grité desesperada, aporreando el interior del cubo maloliente que me hacía llorar lágrimas falsas de tal hedor insoportable, como las hermanas diabólicas.

Si llego a ser morena me cortan en pedazos sin pensárselo. ¿Qué clase de lógica abusiva es esa? Nada la tiene ya. Pedí socorro, escuché sus risotadas de nuevo.

Mi trasero estaba rozando un objeto blandito y viscoso del que no me apetecía averiguar la procedencia. Chillé, mordiéndome la lengua para que no me escuchasen.

—Y un cuerno —Liz Thompson susurró endemoniadamente al otro lado—. Mira —comenzó a amenazarme. No entendía que quería que mirase, ¿la negrura apestosa de las paredes y las bolsas de basura? Muy graciosa por su parte—, si sales de esta. No vuelvas a dirigirle la palabra a Kid, ¿entendido mona?

—Ni te acerques a él, cariño —Patty era la que más se divertía con esto. El contenedor empezó a moverse sin previo aviso, me empujaron, chocando varias veces contra una superficie que no podía identificar desde dentro. ¿A dónde me estarían llevando? No era capaz de centrarme, sólo de tener miedo—. O sino, la próxima vez…

Y lo siguiente lo dijeron al unísono, antes de darle una soberana patada al contenedor con aquellas botas de cowboy.

"¿Qué sería de mí?"

Te estrangularemos, petarda. ¡Disfruta del viaje!


Rodando.

Las ruedas del cubo de basura comenzaron a rodar sin parangón calle abajo. Toda la longeva colina que tenemos que subir para llegar al Shibusen casi todas las mañanas, cada vez más deprisa. Me posicioné lo más atrás posible para hacer contra peso y no volcar, con los brazos extendidos, agarrando con las uñas negras ambos lados del cubo.

Resultaría divertido si quitaras el hecho de que me voy a matar en cualquier momento. Mi mente no paraba de cagarse, literalmente, en las hermanas Thompson y su odio natural hacia ellas. Escuchaba el tráfico a través de las paredes del contenedor. Pitidos y frenadas que me asustaban, dejándome el corazón latiendo a mil por hora. Intentaba tranquilizarme, pensando en lo que podía hacer en este instante que me fuese de utilidad. El olor a podrido me estaba martilleando el cerebro, peormente que la señorita Mjolnir.

—Concéntrate, concéntrate.

En cualquier momento podría estamparme. En cualquier momento. No sabía si sería buena idea desde un principio, por los gases mortales que desprendían todas estas sobras de las que yo me estaba embadurnando a base de bien, pero se me ocurrió hacer un pequeño hechizo de fuego. Una pequeña llama, lo máximo que podía llegar a hacer sin compañero, lo suficiente para poder ver en aquel contenedor apestoso.

La memoria me fallaba en el mejor momento. Como la ley de Murphy indica, los gatos caen de pie, las tostadas caen siempre del lado de la mantequilla, y Maka Albarn pierde el control de su mente cuando acaba en un contenedor aleatorio, es todo física teórica y experimental.

Ordené a uno de mis libros salir ante mí, pasando por varios nombres, escuchando sus pitidos de bloqueo:

—Alfred, no Alfred no. Era, ¿Juana? ¿Francis? ¿Pitágoras? ¡Magnus! —sonaba cada vez más desesperada, pero di con el nombre indicado—. ¡Úrsula!

Ese era. Úrsula salió de mi cartera de cuero marrón como alma que lleva el diablo. Se postro ante mí y en la portada lavanda, una bruja revenida y con verrugas peludas en la nariz que removía su caldero con un cucharón de madera, comenzó a hablar en un gruñido placentero:

—¿Contraseña? Uy, cada día te buscas sitios más raros para ponerte a estudiar, eh.

Se reía, mirando a todos lados desde aquella portada beige. El gato negro que la acompañaba arañaba el lomo del libro morado. Otra cosa que añadir a mi lista, de cosas que estrangular con el paso del tiempo.

—¡Olvídate de la contraseña, sácame de aquí!

—No puedo hacer algo así. ¡No soy un libro de escapismo Maka!

Es la última vez que compro libros de ganga en los mercadillos de todo a cien. Lo barato al final sale caro. Aun así, había pasado por alto lo de la contraseña, era de los libros más leales que tenía.

—¡Me da igual, haz algo! —la llama azul que brillaba reluciente en mi mano comenzaba a apagarse, muriendo poco a poco—. ¡Rápido!

El ruido de la carretera disminuía pero era capaz de oír varios gritos de sorpresa, el contenedor comenzaba a rebotar sin parar. Menuda montaña rusa me habían preparado. Barajé la idea de estar en la acera, y de chocarme contra una farola o llevarme por delante a alguien inocente.

"Un perro, un niño, un anciano. Todo en ese orden."

—¡Está bien, está bien! Pensaré en algo. —¡Piénsalo ahora! Úrsula cerró los ojos con fuerza y el libro, flotando, comenzó a moverse de forma inquieta, algunas páginas se rompían y caían junto a mí en la basura. Olía el hedor de la tinta quemada. Animaba a Úrsula mientras mi fuego azulado se disipaba por completo, sin dejar rastro—. ¡Ya lo tengo!

En la total oscuridad, escuché el grito de victoria de Úrsula. La bruja atrapada en aquel libro de Hechicería. Sus páginas comenzaron a moverse veloces una tras otra. Las tapas relucieron en un tono violeta centelleante, las hojas se detuvieron lentamente casi al final del libro viejo. Y una de las frases que había dibujadas dentro, junto a un reloj, comenzó latir como un corazón, en un color verde, como las algas de mar. "Pum pum, pum pum."

—¿Maka?

Asentí. Le di mi permiso a Úrsula para recitar un conjuro de tiempo con un acento irlandés incomprensible; como el que Death The Kid había hecho anteriormente, y con el que yo me había buscado este encarcelamiento psicópata por culpa de dos hermanas con muy malas pulgas.

La bruja del libro abrió la boca temblorosa y decidida. Cerró los párpados arrugados por última vez y removió ambas manos sobre su caldero negro. Comenzando a relatar el complicado conjuro que detenía el movimiento en un ligero espacio de tiempo. No tenía elección. Ya me encargaría más tarde de las reprimendas y las burlas de Úrsula la ladrona.

Y al que con la magia juega, osa llamarse hechicero. Padre y muerte, tú que gobiernas al mundo entero. Haz que se pare la tierra, que nadie se mueva. Retornar no te pido, ni llegar a un futuro incierto. Ahora o nunca, detén mi valioso tiempo…

Antes de que ella terminase la frase, el contenedor se detuvo, poco a poco en su caída, derrapando con lentitud. Desde atrás hacia delante. (El sonido de las ruedas crujir me resultó grimoso.)Justo antes de que me diera un ataque de histeria. Que eficaz.

—¡Lo has conseguido Úrsula! —grité eufórica, dejándome caer hacia atrás aun sabiendo que era una almohada de basura caótica. Derrotada, quería llorar de la alegría.

Sigo viva.

—¡No, que va! —me extrañé. Úrsula nunca se quitaba el mérito de algo, incluso aunque fuese mentira. Me ha salvado la vida—. No me ha dado… Tiempo, Maka, no he sido yo —negó dentro de aquel libro gordo de tapas duras, su gato negro también. Y se cerró de pronto, volviendo a su sitio dentro de mi cartera de cuero—. Lo demás ya es cosa tuya.

Fruncí el ceño, escondiendo el cuello como las tortugas. No era un buen momento para bromear. Me coloqué el sombrero y mi cascabel, que no había parado de sonar en todo el movidito viaje, se detuvo al ponérmelo en la cabeza de nuevo, en su sitio, donde debe estar. Ya que la pelleja Úrsula no parecía, ni se había planteado la idea de seguir ayudándome desinteresadamente, opté por empujar la tapa del cubo con fuerza. Usando la espalda, los puños.

No era de mucha utilidad. Caí tumbada y cansada, bocarriba, a penas aplastada entre tanta chatarra. ¿De verdad tendría que volver a probar lo mismo para romper el candado del contenedor? Ahora sí que estaba perdida. Pedí auxilio de nuevo, rezando porque alguien escuchase los pobres gritos de esta aprendiz de bruja bravata.

Y aquellos gritos y puñetazos vigorosos, fueron escuchados. La tapa del contenedor de residuos, se abrió un poquito. Cegándome con aquel pequeño rayo de luz blanquecina.


Unos ojos rojos borgoña, como el vino, me observaron feroces, brillantes, desde aquel resquicio abierto que dejaba entrar la luz de la tarde y el aire puro en el contenedor… Me sentí aterrada ante aquella mirada tan penetrante, más que ninguna otra que hubiese visto antes. Más que la de Death The Kid. Más que nadie. Esa piel morena que contrarrestaba con unos mechones blancos que caían sobre su frente.

—Oh…

Mi salvador, el de la mirada monstruosa, ladeó la cabeza hacia la derecha. Escuché un gruñido que salía de su garganta, demandando inquietud, y me aferré a mi cartera con el corazón en un puño. "—A mí hazme lo que quieras, ¡pero a mis libros no les hagas daño!"

El chico abrió la pesada tapa del cubo de un solo empujón de uno de sus brazos. Y me sacó de entre la basura, recogiéndome con las manos posadas bajo mis axilas. Sin cuidado, mis piernas hicieron caer el destrozado contenedor. No seríamos buenos bailarines me parecía a mí.

Me hice bastante daño. Pero aun así:

—Gracias —me rasqué la cabeza, habituándome de nuevo al mundo exterior…

No reconocía el sitio en el que me encontraba, de nuevo y para mi mala suerte: otro callejón.

Se acabó el romper espejos, se acabó.

El albino de pelo enmarañado y risueño que se mostraba ante mí, musitó algo en absoluto silencio y me posó en el suelo. Me mantuve cuerda a punto de desvanecerme en el acto y procuré levantarme. Aquel albino de ojos rojos me tendió la mano, la sujeté. Ambos olíamos igual.

—¿Estás bien? —me preguntó con una voz un poco raspada por el frío pero para nada terrorífica, como yo me esperaba. Era como un loro—. ¿Te has hecho daño?

No, él desprendía un olor más especial entre tanta mugre. Llevaba puesta una bufanda verde que imitaba el cuerpo de un camaleón. "Huele a gato." Arrugué el entrecejo, absorta en aquel esperpento del que al mínimo momento le creció una cola tras la espalda, tras ese trasero de pantalones desgastados y sucios. Tenía un rabo, blanco, pegado en el culo.

Y ya sabéis a cual no me refiero.

"¿Qué eres tú exactamente?" Abrí los ojos como platos de porcelana, ignorando sus preguntas enternecedoras. Chasqueó los dedos delante de mi rostro, devolviéndome a la realidad. No podía quitarme su rabo de la cabeza, como se movía de lado a lado, de arriba abajo. Recreaba un sonido divertido junto al viento, bajo los diminutos copos de nieve que se precipitaban en la tierra, a penas perceptibles.

—¿Podrías dejar de moverlo? —me llevé las manos a la cabeza, echándola hacia atrás con cuidado.

Él volvió a ladear la cabeza, se crispó de sorpresa y cogió su rabo larguirucho y blanco. Levantándolo estático.

—Sí, eso.

Asentí, dolorida por todo el cuerpo. Asintió él, guardándoselo bajo el pantalón, dando un par de meneos con la caderas. "—Listo." Me entró la risa. Sentía que me iba a caer y a ceder en cualquier momento. El albino parpadeó varias veces, y fijo su mirada roja como dos cerezas en su punto en mis orbes verdes. Hipnotizado por completo, éramos por poco de la misma altura.

—¿Qué te pasa? —pregunté entrecortadamente, atontada. Se acercaba cada vez más, y me olisqueaba como un perro callejero. Impregnándose en mi aroma como un poseso—. ¡Para! —sus pupilas se agrandaron, dejando paso a unos ojos completamente negros y llenos de locura que amenazaban intimidantes a su presa. Gruñó, enseñándome un par de colmillos a los lados. Parecía otra persona totalmente diferente, fuese lo que fuese. Era terrorífico.

Prefiero cien veces a las hermanas Thompson que esto. No salía de una para meterme en otra, me asusté sin remedio. Mi cara se volvió un cuadro de desesperación. Black Star tenía razón, mi muerte está a la vuelta de la esquina. Di un paso atrás y le empujé con ambos brazos lo más fuerte que podía después de toda mi aventura en la montaña rusa de basura, temiéndome que me hiciese daño. Y así poder darle una patada en el otro rabo, el delantero y los buenos amigos que le acompañan.

Se abalanzó sobre mí con todo su cuerpo y los brazos extendidos. Caímos los dos sobre un gran montón de bolsas de basura. Le golpeé en la cabeza con la cartera repleta de libros, una y otra vez. Le arañé, pataleé. Pero sus manos, que avanzaban por todo mi cuerpo subiendo hacia mi rostro con rapidez y versatilidad, no cesaron. Abrió la boca, aquella impresionante dentadura afilada de dientes. Como si fuese a morderme el cuello. Un chico con olor a gato, a rayos. Cerré los ojos, a punto de propinarle un puñetazo en la cara.

Cuando justo en ese momento. Me arrebató con los dientes el cascabel de mi sombrero picudo.

Me quedé estupefacta en el acto. El chico, se alejó, agachado y a gatas con el objeto reluciente entre las manos, gritando la mar de contento:

—¡Es mío!

En el cuello, me fijé agudizando mis sentidos en aquel forcejeo. Llevaba puesto una pequeña gargantilla, de la que colgaba a su vez una diminuta placa. En la que alguien había dibujado un nombre, y algo más:

"Soul es mi gato."


Espacio Beru*:

Me he hecho Ask y puedo ser peligrosa.(osa-osa-osa…) He perdido una apuesta, sep. (Sonidos de mandíbula anciana.) Ñia, ñia, ñia.

Respondiendo a: "Sobretodo y sobre todo."

Cuando decimos sobre todo, estamos diciendo lo mismo que: "Principalmente, especialmente, etc". (Etc no, ¿vale? Vale.) Es una expresión. Sin embargo, cuando decimos sobretodo, todo junto, estamos hablando de un sustantivo. Una prenda de vestir. (Un abrigo…) Por lo tanto, no son lo mismo juntos que separados. (Por un divorcio de palabras seguro, Bell Star SL.) ¡Cachín! (Voz de hombre) Iba para abogada pero me quedé en… Sí.

Espero que os haya gustado. —¡Ochenta y ocho puntos para Slytherin! (—Kid, a fregar. Dos veces.) —¡Y larga y próspera vida a Longbottom! (Es que está Potterhead hoy y, en fin…)

Y bueno ahora que tengo tiempo libre, me voy a intimidar (cantando) a unos majosos argentinos: "Nadie pasa de esta esquina, ¡aquí mandan las Divinas! Porque somos gasolina, ¡gasolina de verdad!" ¡Wu! Si las Divinas, "Las divinas, brillan, brillan como STARS." … (Puedo seguir eh, aviso.) Soy una Divina (Oh, dios mío). Y Black Star también. (¡Oh dios mío, dos veces!) ¡Hasta la vista guapos!(duendes luminosos) Más respuestas, si queréis próximo episodio.


Sweet DreamsySusurros me están llamando por el interfono. (¿Y eso qué eeees?) Si deseáis siguiente capítulo escrito, pulse Review, Fa(péate)vorite y Foll(eteo)ow. Si no quiere, busque la ventana más próxima a su alrededor, interprete Romeo y Julieta a doble personaje con comas exactas, a la perfección, y no se tire. Deje Review igualmente. (Sayonara beibis! Ah, espera no. Tengo que deciros algo. ¡Ved el anime Nagi no Asukara! (¡ASÚÚCAR!) ¡Tenemos que comentarlo together!)

Para demandas, morreos, que bien se empieza el año con los putos trabajos y otras delicadas fruslerías, siga la flecha atentamente y no se pierda(¡hostia, hostia, hostia!):

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V