El Cascabel


—Y le dije Macarena, le dije… ¡Uy, si estáis ahí! (Que inesperada coincidencia.) ¡Y yo con estos pelos Macarena! (SHE'S A FAIRY TALE! (Sonidos chupis de violín…) Natsu, Na-Natsu, baja de la mesa hijo mío. Que es Tale, no Tail. Sí, sí, ya sé que tienes un gremio, me los ha dicho quince veces hoy. Es una canción de un ganador de Eurovisión noruego. Te me confundes, te me confundes y así no. ¡Ve a jugar con el radiador!)

(Ejem.) Hoy vamos a empezar serios. Sí. (Muy serios… JAJAJAJAJA No.) Primero empiezo por disculparme ante todos vosotros, lectorzuelos. Siento la tardanza, (la siento en las carnes, gritándome en voz baja y siniestra, como la un de perro que sabe hablar: mala persona… Mata Tamagotchis…) ejem, de verás no he podido actualizar antes. Entre que se me cruzan (los cables. Nunca. Cortes. El rojo. Betch*amel.) una cosa con otra, que si los trabajos, el curso, luchar contra osos, resucitar a mis ancestros en el páramo(?)y beber ácido acetil salicílico. Vivir (y hacer el moñas)en resumen.

No, en serio, si pudiera estaría actualizando cada semana (¡Lo juro por la chachi-guay barba de Conchita, digo Jesucristo!) para vosotros. A mí me gusta y a vosotros también(espero…), nunca penséis que tardo porque yo no quiero o porque no pienso en vosotros, porque siempre quiero(patatas)y al escribirlo pienso en vosotros.(aunque no seáis patatas… Ya tengo asumido que sois hermosos unicornios, ¿vale?)

Y bueno, punto segundo: apaguen sus teléfonos móviles, no fumen y que leñe, ¡vamos con el siguiente capítulo de El Cascabel!

Ah, by the way, (aquellos que ponéis comentarios… Me enamoráis.) muchas gracias a todos, por leer, por Favortite, por Follow. Por esos reviews tan requetechulos que son. Gracias bellezas. Espero que os guste.

Bell Star


Música para hoy:

Chasing cars

"Y si me tumbase aquí."

"Y si sólo me tumbase aquí…"

"Te tumbarías conmigo,"

"¿y olvidaríamos al mundo?"

(Snow Patrol)


Porque los imposibles, también existen.


El cascabel

Prestaba atención al horario de autobuses de la parada, totalmente desolada en la oscuridad de la noche. Ni un alma cercana se nos arrimaba a mí. Y al gato, pensando meditabundo con los brazos pegados al pantalón, las manos escondidas en los bolsillos y la espalda apoyada en el paradero. No quitaba la vista de mi dedo, que señalaba con cansancio la franja de tiempo entre el paso de un bus y otro, escritos en un mapa colorido. El próximo autobús no llegaría pronto, o prácticamente: no llegaría.

—Lo que me temía —bajé la cabeza con resignación, la mano echa un puño y los ojos clavados en el suelo mojado—. Es demasiado tarde…

Sobreactué, ni que nadie se hubiese muerto. Yo podría estarlo, pero al final no. Estaba por ver todavía.

De vez en cuando Soul comentaba alguna estupidez extrema sobre autobuses: "—¿Y si nos agarramos al parachoques de uno y lo escalamos? Viaje gratis a algún sitio, yo lo hago de vez en cuando." Estaba demasiado agotada por razones que no comprendía. (Y por soportarle en gran parte.)

—Oye Soul —todavía se me hacía raro llamarle por su nombre, pero cuando lo hacía me prestaba todo el caso del mundo, atendiendo raudo y veloz a mi llamada como un perro obediente que levanta el rabo, o como un soldado el arma al frente. Lo cual era extraño, porque él no era un perro, y menos un soldado. Era un gato blanco. "Mascota, Mascota…" Me senté en el banco de metal de la parada, helado como un témpano—… ¿Qué era ese sitio de antes? Del restaurante —dije lentamente.

—Es mi sitio —silbaba, hincando todo el peso de su cuerpo en las puntillas.

—¿Tu sitio?

Levanté una ceja inquisitiva.

—Mi sitio —"no estoy sorda albino con rabo, en el culo"—. BJ lo hizo para mí, hace tiempo. Puedo ir siempre que quiera —recalcaba todo orgulloso, limándose prácticamente las uñas en la chaqueta—. Mi sitio.

—Ah… Yo tengo una casa(y una inquilina morada e insufrible), supongo que… También es un sitio. Mi sitio —repetí al igual que él, causándole una sonrisa tímida que apenas enseñaba los dientes pero me bastaba para darme cuenta de que estaba ahí—. Oye, ¿BJ no es tu familia, verdad?

—¡Sí que lo es! —se crispa con enfado, matándome con la mirada y el entrecejo arrugado, blanquecino. Como un gato sucio al que le han tirado una jarra de agua fría encima. Juntando ambas manos en forma de penitencia le pedía perdón en silencio, entre dientes, sonriente—. No estamos emparentados ni nada pero —Soul se cruzaba de brazos, haciendo un mohín—... Pero él me acogió cuando no tenía donde quedarme.

Era lo que presumía. No era su padre, no se parecían ni en el blanco de los ojos. BJ no era ningún brujo, y menos el suyo… Y si no era un brujo, pero sí podía ver compañeros, entonces… "¿Qué era? Qué es." B.J.

(Aparte de un mal cantante y un buen pizzero.)

—Bueno, no es que ahora tenga gran cosa —se dejaba caer en el suelo de bruces, su espalda resbalando, unida al paradero del autobús—. Pero estoy cerca de conseguirlo y cuando lo haga —atrapaba su rabo blanco en punta de espiga, que se movía de lado a lado—, le devolveré el favor.

¿El favor?

—¿Por qué te pones nervioso? —pregunto con picardía, reteniendo sin causa una pequeña risa.

—Déjame…

Me evita con esos rojos, dirigiéndolos al lado contrario. Mirando hacia arriba, ofuscado, con la nariz roja y punzante, con los morros bien prietos. Le doy un codazo débil en las costillas,soltando un resoplido por la boca. Se enfada por nada y al segundo baja la cabeza, mirándome a la cara con timidez. Se rasca la nuca con los dedos de una mano, alborotando su pelo enmarañado. Y cuando nuestras miradas fugaces se juntaban por un largo rato de nuevo, entonces pienso, que el tipo que inventó la frase típica de: "bueno como un trozo de pan." Debió de basarse en este gato blanco como modelo único.

Me contradecía a mí misma.

—¿Qué vas a hacer ahora? —pregunta Soul de pronto, cortante. Da un salto, se pone de pie. Se lleva ambas manos tras la coronilla, sacándome de mis pensamientos. Parpadeante. Con mala educación se estira y ladea el torso en mi dirección, como si quisiera escuchar alto y claro lo que voy a decir a continuación. Aprovecho para tirarle de un mechón de pelo blanquecino, se queja. Sonrío.

No podía entender cómo se me había hecho la tarde tan corta. "¿Sería por haber estado con él?" Ni hablar del peluquín.

Dirijo la vista hacia su rabo tambaleante, es hipnótico.

—No lo sé —respondo, dando un traspié en la acera. Tengo las botas sucias y la rodilla vendada con un calcetín. Levanto la mirada y observo el mapa de horarios del bus metropolitano por vez ya olvidada—. El próximo autobús no pasa hasta dentro de horas.

Muchas horas. Y nada de magia acumulada.

—¿Quieres que te lleve yo?

—¿Sabes conducir? —pregunté extrañada, arrugando el entrecejo. Observando su cara aniñada y sincera.

—¿Qué es conducir? —ladeó la cabeza tiernamente, haciendo una mueca. Hablaba con toda la sensatez del mundo, por imposible que pareciese—. Digo a caballito. Por supuesto —asintió, muy feliz. Muy en serio—. ¿Qué otra forma si no?

"Vale, no necesito saber más…"

—¿Estás loco? ¿Sabes lo lejos que está? —abrí los ojos de golpe, como un búho con insomnio. Mi voz denotaba un tono salvaje que iba descendiendo poco a poco hasta quedarse en pequeña fierecilla amaestrada. Levanté las manos en una negativa—. No seas animal. Oh perdón, ¡mascota —volví a corregirme a mí misma antes de que empezásemos a discutir otra vez—, sí, lo sé!

¿Cómo habré llegado tan lejos? Había bajado por una colina, no sobrepasado la cuarta dimensión en conteiner. Alguien debería hacer un videojuego de ello, si es que no existe aún.

—No te iba a decir nada por ello... Sólo quería ayudar.

Momento incómodo. Miradas hacia el lado contrario y bocas de piñón. Éramos como un espejo, salvo porque él guardaba sus manos calientes en los bolsillos del pantalón, y yo las mías heladas en los saquillos del abrigo.

—Oh —se me ocurre decir, sin que sirva para nada. De forma borde y estúpida. Como si estuviese escribiendo un mensaje por el móvil—… Vale. Ya.

Patada interna.

Vuelvo a ser la mala del cuento. En vez de Maka tendrían que haberme llamado Maligna, y haberme vestido con un par de cuernos enormes y negros en la cabeza. Aunque conociendo a Spirit, mi estúpido padre, eso hubiese sido muy insultante para mi madre.

—Da igual —me revuelvo nerviosa el pelo con las manos, saliendo de mi embaucamiento mental—. Además, además no tengo dinero con el que pagar el bus así qué es una idea estúpida —intento quitarle las ideas bondadosas y recargadas de la cabeza—. Ni para pagar una llamada.

—Llamada… —cavilaba el gato, en un silencioso ronroneo.

Qué asco era ser pobre y olvidadiza. No pensaba pedírselo a él. Por orgullo y por el mero hecho de que lo más probable es que no tuviese ni un death-centavo. No quería ponerle en un compromiso. Aunque gozase de un poco, aunque poseyese el oro y el moro, tampoco iba a quitárselo. Sería lo único que tendría, sería rastrero por mi parte. Y mi parte, no estaba por la labor. Me había invitado a comer, ya tenía toda mi confianza. Ya le debía suficientes, ¿verdad?

—Bruja —tarareó distraído, con la boca hecha unos morros de pez. (Ni me habría escuchado me temía.) Atrayendo mi atención, podría llamarme por mi nombre. Respondí con un murmullo, alzando la cabeza lentamente; tan sólo me sacaba unos centímetros de altura—. Tienes las mejillas rojas —ladeó la cabeza confundido, zarandeando el rabo blanco tras su espalda—. ¿Eso es normal?

Me señala, tocando mis mofletes con el dedo. Rápidamente, como si estos fuesen a quemar al rojo vivo escarlata a un gato que juega con el fuego.

—Sí…

Suspiro derrotada, mostrando un intento de mueca sonriente y sarcástica que no llega a serlo. El dedo sigue en la llaga, en mi cara. Lo apartó furiosa, con los dientes apretados. Esperando su mueca sonriente al respecto, que llega al instante como un tren de hora punta. Me cruzó de brazos, mirando el cielo oscuro de Death City. Ya que toda la contaminación y todas las nubes de otoño quieren cubrirlo esta noche. Murmura mi boca entre:

—Es que hace —resguardo las orejas enrojecidas en la bufanda verde que él me había prestado—, un poco de frío…

Desde hace tiempo.

"¿No lo has notado, gato blanco?"

—Ah —repitió por tercera vez en lo que llevábamos de día, tarde y noche—… Oye, si es por el dinero —Tan silencioso, lo dejó caer como un piano de un octavo piso—, yo puedo…

No le dejé acabar la frase, comencé a replicar. (Me había escuchado alto y claro.)

—Olvídalo Soul.

—Pero yo…

—No quiero tu dinero, ¿vale? —me negué en rotundo—. Ni se te ocurra.

—Entiendo… —asintió en rotundo con juicio. Dándose por convencido, con los ojos entreabiertos, como si estuviese cavilando algo. El mentón cubierto por el cuello de la chaqueta, más tortuga malvada con la cabeza escondida en el caparazón, que gato.

No me di cuenta de que empezaba a caminar, veloz como de costumbre, pasando por mi lado derecho. Así que continué hablando, porque era muy cabezota y porque creía que pensaba en él también de esta forma.

—Volveré andando —me llevé la palma de la mano al pecho, demostrando mi valía de mujer solterona y coja—, ahora ya sé dónde estoy. Y tengo buena orientación —mentí descaradamente. "Patito mareado en toda regla" Y si dieran medallas por serlo: "patito senior" Yo fui la única en suspender el campamento de las Death-Scout-witch del verano en el Shibusen hace años—. No pasa nada, no te preocupes por mí.

No me jacté de que el gato había desaparecido de mi vista, hasta ese momento en el que escuché un ruido atronador a mi espalda. Como el romper de unos huevos contra el suelo, o un golpe metálico. Dándome mucha grima contenida del susto. Soul había desaparecido de repente, mientras pronunciaba mi soliloquio capaz; mala coincidencia.


3

Y ahí estaba el responsable de tal sonido estridente, que no era precisamente como el murmullo de un acordeón desgastado en manos de un loco, peor aún. Al darme la vuelta, observé la escena y sin pararme a pensar comencé a correr por la callejuela nocturna hacia el maldito gato y su maldita cola, con la cual, juntos, habían destruido de un solo golpe limpio dos cabinas telefónicas. Y las monedas que guardaban, salían disparadas como balas por las lengüetas del cambio.

—¿Con esto hay suficiente para un billete? —el gato salvaje sonreía como un peluche al que le han zurcido una sonrisa malvada de por vida, con los ojos brillantes y coloridos. Tan sólo se habían olvidado de ponerle unas orejas blancas en la cabeza y sería todo un muñeco. Agachado, recogía moneda tras moneda que caía al suelo e iba formando un bulto con su chaqueta a modo de saco. Se divertía haciendo montañas con esas circunferencias plateadas y atrapándolas al vuelo, a aquellas que caían como el agua de una fuente. Algunas las mordía con los colmillos, viendo que eran reales, se entristecía— No son de chocolate, pero servirán…

Mi primer pensamiento al acercarme es: "Los gatos no deberían tomar chocolate, les da ceguera." Y mientras tanto, el segundo, el séptimo y el décimo octavo es:

—¿¡Pero qué has hecho gato estúpido!? —me llevo las manos a la boca, sin saber cómo reaccionar del todo. Me muerdo el guante e intento hablar—. ¡Las has reventado!

La mandíbula se me desencajaba del sitio. Las piernas me temblaban como flanes de vainilla, pero conseguí calmarme poco a poco. Una acaba curada de espanto haciendo amistades y coexistiendo en la vida de Black Star el brujo(ya se sabe). A una parte de mí le daba miedo, a la otra, le gustaba tanto que podría ponerse a dar saltitos. Incomprensiblemente.

—Qué más da —Soul se alzó de hombros ignorando mis insultos, y contento, siguió recogiendo monedas—. Has dicho que no querías mi dinero —recalcó alto y claro, alzando un dedo. Ahora iba a resultar que sí que me estaba escuchando—. Pero este no es mío. Sólo son trozos de metal. Ya se harán más. Y si no quisieran que los cogiésemos, no los dejarían ahí al alcance de cualquiera —su lógica aplastante asustaba al mejor pintado. "¿Al alcance de cualquiera? De cualquiera sin dos dedos de frente."

Esas cabinas. "¡Se las había cargado!" Miraba de cabo a rabo los alrededores, no había nadie cercano para vernos. Para nuestra fortuna(y no sólo la monetaria), no era una hora demasiado concurrida. El terror me sucumbía la moral, la conciencia de adulto cívico responsable. ¿Lo habrán grabado con cámaras de seguridad? No aparecía ninguna a la vista, pero esa era su labor. No ser encontradas por los maleantes como nosotros.

—Mi primer delito… —intento arrancarme el pelo rubio de raíz con la cara hecha un cuadro de Munch, mientras el idiota del gato me vigila extrañado por el rabillo del ojo sin entender la situación. Alegre, por resolver los problemas no ajenos, que no le incumben.

Me dejo caer de rodillas un momento. Debería dar parte a alguien, a un guarda, un policía, a un perro guarda policía; pero si hiciera eso metería a Soul en problemas y tal vez me quitarían mi licencia de bruja, "¡y eso que aún ni me he graduado!" Jamás conseguiría dominar la magia y me volvería una mendiga rencorosa y malvada que hace este tipo de enjundias a diario. Esto no era ser diferente a las hermanas Thompson. Aunque el gato no parecía haberlo hecho con ninguna maldad, era malo.

Y todavía parecía no haber acabado:

—¿Tienes suficiente o no? —inclinó la cabeza con curiosidad. Cuidadoso de que sus monedas no se perdiesen o desperdigasen, ni se cayesen de su chaqueta gastada. Para después, volver a rodar los ojos y dirigir la mirada directa a otra cabina telefónica paralela a las destrozadas de las cuales se escuchaban los pitidos incesantes de la línea; más lleno de astucia el gato enseñaba los colmillos—. Puedo buscar otra cabina.

—No, ¡no! Déjalo, ¡no toques nada más! Ese rabo quieto —grité haciendo aspavientos con los brazos, empujando al gato intrigado con mis palabras(con engañosas segundas), con prisas. Tomé una decisión, no la mejor, ni la más legal, pero si la necesaria en ese momento. Ya habría tiempo para arrepentirse por ello más tarde y devolver todo ese dinero de algún modo impensable—… ¡Vámonos de aquí!

Sin duda alguna a equivocarse, esa cola blanca era de lo más peligrosa. Nos alejamos corriendo del lugar como almas que lleva el diablo por la acera, con los bolsillos llenos de monedas, la mochila y hasta en la falda del colegio. Como ladrones de baja autoestima. Incluso había de confesar que en cierto momento me pareció divertido.

El consejo me penalizará por esto, ya pensaría en eso después. Y si preguntaban: "¡ha sido culpa del gato! Perdonadle, no tiene muchas luces. No tiene nada en particular..."

Pedí un taxi, acercándome a la carretera. Levanté el brazo y silbé con fuerza hasta que uno de los vehículos amarillos se acercó a nosotros. Imité lo que hacían las chicas con cuerpazos en las películas. No salió del todo igual, pero valió igualmente. La falda se me levantó con el viento del automóvil, el gato se rió. Y lo que se iba a reír el taxista con todo el cambio que le iba a dar como pago, no tendría precio.


Escuchábamos el sonido del motor rugiendo bajo el capó del taxi, y al conductor rechoncho de éste dispuesto a llevarme a donde fuese (sobre todo si hay atascos) a cambio de mucha pasta. Sonreía pero no gratis, mi trabajo soñado. No había que juzgar a la gente a primera vista pero eso que dicen que en los primeros siete segundos ya sabes si te cae mal una persona o no, empezaba a creérmelo. Aquel hombre, más importante todavía: no podía ver a Soul. (Aunque éste le dibujase tonterías en el cristal con un dedo gatuno y el vaho que escapaba de sus labios.)

Desvarío y cojeo. Dándole un pellizco en la cara para que pare, estirándosela; y le pido a Soul el gato que me devuelva mi mochila llena más de Death-monedas que de material escolar de hechicería y pociones (habrase visto). En el fondo no parecía darse cuenta de que me iba a marchar. Hasta ahora, había sido él quien había cargado conmigo y con mis cosas. Crispándose con los pelos blancos de punta ante mi gran gesto de afecto doloroso, pero sin rechistar un ápice me coloca la mochila sobre los hombros con severo cuidado. Como si me fuese a derrumbar con todo el peso. Y así es, una vez sus manos ya no sujetaban las asas de la mochila, mi cuerpecito cayó como una piedra junto a la maleta. Pero al menos ahí estaba él, ahí detrás para sujetar mi caída de espaldas al suelo.

Cuando me pone en pie, hago fuerza y pongo chepa para poder llevar el peso del robo y fraude a la ley. (Que Karma más terrible me esperaba.) En vez de agradecerle por todo, como usualmente no suelo hacer, le pegué un puñetazo al gato medianamente suave en el hombro. Giré la cabeza por completo en sentido contrario, "—¡Au!" Chilló como un crío.

—Eso es para que te acuerdes de mí —jorobada, me frotaba el brazo con vergüenza.

—Con un beso en la mejilla hubiese bastado, o un apretón de manos —se sobaba la zona herida por mi puño diabólico, y aspiraba por la boca enseñando todos los dientes. Pensativo, se preguntaba a sí mismo, o quizá me preguntaba a mí. Parecía estar en otro mundo más feliz, con una ceja en lo alto de su frente—, unas palmaditas en la espalda o una caricia en la cabeza —"Eso jamás lo verás venir de mí"—… ¿Qué cosas hacéis los humanos en estas ocasiones?

La punta de su rabo blanco jugueteaba tras él como si alguien tirase de ella con un hilo rojo de lana y lo enredase. Plasmé una mueca, fardando de un valor que no tenía. No quería acercarme a más de tres metros de esa cosa inmunda destroza cabinas sin piedad ni misericordia.

—Soy una bruja —respondí con chulería, sacudiéndole de lado con suavidad, usando el trasero como instrumento de ataque. Me devolvió el golpe de la misma forma con una cortedad asombrosa, que me hizo sacar una sonrisa efímera y centelleante. El albino, rodeaba sus caderas con el rabo—. Y más quisieras.

Sin pensárselo dos veces, mientras daba media vuelta dispuesta a abrir la puerta del coche de color amarillo como una abeja. Soul me abrazó lentamente por la espalda, hundiendo el rostro en ella.

Sonreí de oreja a oreja sin poder redimirme, sin poder entenderlo del todo. Un calor sofocante nació en mi pecho como una llama, subió a mi garganta y se instaló en mis mejillas como un okupa. Quizá había hablado demasiado pronto. Agarré con una mano blanquecina sus brazos entrelazados en mi vientre. Levanté la palma derecha y del revés, le di suaves golpecitos en la cabeza, revolviéndole el pelo. (Maka Albarn la bruja desconfiada mostrando cariño a alguien, insólito. Lo ve Black Star y no lo cree ni muerto.) Me había salido solo, un despiste humano. O tal vez sólo quería que me soltase. Él soltó su agarre poco a poco, como si no quisiese soltarme tan pronto.

Subí al peldaño, plantando mis botas negras, entrando en aquel taxi con el motor encendido. Aparté la puerta entreabierta y después la cerré tras meter el último pie.

—¿Volveré a verte? —Soul preguntó, encogido y levemente agachado hacía el automóvil. Mordiéndose el labio inferior con nerviosismo. Apoyó las manos en el cristal de la ventanilla, parecía querer arañarlo de un momento a otro.

Bajé la ventanilla del taxi con la muñeca más rápida que nunca, girando una pequeña manivela metálica.

—Volveré a verte —respondí con seguridad. En mis palabras, y en mi mirada de ojos verdes relucientes. Saqué medio cuerpo por la ventana transparente, me deshice el nudo de la bufanda del camaleón verde, colocándosela veloz y malamente alrededor. Sonreí, sintiendo una ligera tristeza en mi pecho, en su atisbo de vista enrojecida. Por cómo me miraba, dolido, por los resquicios de aquella bufanda mal puesta—. Perdona. ¡Se me olvidaba, no pases frío eh!

El taxi arrancó de un momento a otro.

—Adiós, bruja…

Le saludé con la mano mientras observaba su figura alejarse y subí la ventana poco a poco, siendo ligeramente sermoneada por el conductor. Él no se movía del mismo sitio en el que le dejé, pero yo sí. Se había quedado sentado en la acera, como un animal abandonado. Entonces, pasados unos minutos, reposé el codo en la línea final de la ventanilla helada, viendo como el paisaje de luces de colores chillones cambiaba entre tanta negrura espesa de la ciudad.

El taxista preguntó divertido de improvisto tras aquella rejilla que nos separaba, mirándome con intriga por el retrovisor central del coche:

—¿Una buena cita?

Me aferré a mis libros. Dejando escapar una pequeña risa, un mero espasmo. Devolviéndole una media sonrisa de luna deforme grabada en mis labios; respondí con astucia:

—Tal vez, debía habérmelo llevado a casa…

—O sea, que la cosa iba para más, eh. Hoy en día los jóvenes cada día tenéis más prisa por…

Mi grito chillón y mis mejillas ruborizadas como tomates en su punto le detuvieron en su verborrea incesante sobre el buen "amor", al instante:

—¡No sea mal pensado! —le hubiese golpeado con un libro si no nos separase esa maldita rejilla de seguridad(anti Maka-chops, seguramente). Se lo hubiese tirado, el más gordo que tuviese. Me crucé de brazos, soportando aquella vergüenza que no quería abandonar mi cuerpo por completo. Mientras mi cabeza se planteaba otras ideas impuras, que no debían estar ahí en ese momento. Escuchando la risita sincera del conductor: "Mujer, es algo sobrevalorado hoy en día. En mis tiempos…" Balbuceé dirigiendo la vista enfadada y abochornada al cristal de nuevo—. U-usted conduzca…

—¡Sí, señora! —se sujetó la gorra de taxista con los dedos, y en menos que canta un gallo se puso a ciento ochenta por hora en una comarcal. El contador de la guantera comenzó a hacer su trabajo, pero yo tenía monedas de sobra para dar la vuelta al mundo. En la radio rock a todo trapo y en su boca, unos cantares altísimos de psicópata. Me agarré al asiento con las uñas negras, abrí los ojos. Apreté la mandíbula—. Pero en mis tiempos…

Sea como sea, hoy no era mi día. Como Black Star el brujo decía: "La muerte me perseguía." Además era la segunda vez que oía lo de señora y no sé si debería empezar a molestarme de verdad, o a cambiar mi estilo de vestir victoriano. De verdad. Que cansada estaba.

Y de nuevo tendría que vivir con ello: no le había vuelto a agradecer a nadie. No a aquel chico, gato o mascota que se precie, llamado Soul. Porque no le di las gracias. Pero sí mi cascabel, el mismo que colgaba de mi sombrero picudo. El mismo que le había metido en el bolsillo al golpearle antes de separar nuestros caminos.

Si tiene buen olfato, sabrá cómo encontrarme.


Picaduras

—Desde los tiempos más remotos y antiguos, allá por las quemas de las brujas por parte de la inquisición de la Iglesia apostólica —Kim Dielh leía, creo que era la voz melosa y juguetona de Kim Dielh, fuese quien fuese estaba narrando el libro de historia mágica con altanería, y un chicle explosivo en la boca. Aunque no prestase atención por una vez en mi vida a la lectura, tenía que ser Kim Dielh—, en el siglo dieciséis. Los brujos y brujas de todos los continentes se han bastado de un solo compañero animal. O cómo también podemos encontrar en otras culturas: "protector", "amigo" o "acompañante". Las verdaderas raíces de los compañeros son harto turbias, puesto que ese supuesto animal de compañía como podemos encontrar en centenares de leyendas, ha ido mutando por consiguiente causa de la brujería, magia o hechicería; junto con los genes de los humanos. También conocidos, como los "Normis." Y cual lazo una vez establecido con un brujo, o bruja, debe durar hasta el fallecimiento de uno de los dos. Bajo la indicación, de que nunca se ha de romper ese lazo y la promesa concebida del brujo o bruja, con el susodicho compañero o protector. Bajo pena mágica capital, como el consejo estableció hace casi la friolera de cinco siglos... Ni que fuera una boda —añadió Kim Dielh, quejicosa y repipi.

Oigo un susurro a mis espaldas entre varios brujos aspirantes, las palabras me llegan pero no las proceso. Perdida por completo:

—¿Cinco siglos? Justo la edad de Mjolnir… —Es la voz de Black Star murmurando entre risas. La profesora le tira un par de tizas. La primera la esquiva, con la segunda no tiene tanta suerte. Marie tiene buena puntería (es campeona de dardos con gnomos, nada especial) y un oído mejor. Pero que me aspen, Black Star tenía razón por una vez en la vida.

Kim terminó de leer, el libro gordo se cerró de par en par, despertando al más dormido; en un estallido de chicle explosivo en la boca de Kim Dielh: ¡bam! Se oyó a su silla de madera quejarse como una mula y rechinar. Se sentaría de nuevo en el sitio.

—Albarn —escuché la voz de la señorita Mjolnir, pero vagamente, como un alarido lejano y espantoso. Querría llamarme para una de dos, o regañarme por cualquier tontería que no he hecho, o regañarme por cualquier crimen atroz que sí he cometido. O tal vez con simpleza me estaba ordenando salir delante de la pizarra para leer el libro de historia sobre el atril, para todos los demás alumnos adormilados. Esperando por un merecido descanso de media hora que llegaría en pocos minutos(si al reloj de la pared de clase esta vez le apetecía funcionar como es debido, hacia delante, no hacía atrás). Porque eso era lo que yo quería, y nadie podría sacarme de mi ensimismamiento hacia la ventana—. ¡Albarn, tu turno!

Porque en cualquier momento, saltando la valla de forma prohibida o cruzando los matorrales llenándose de ramas, aparecería Soul. Lo sabía.

Y estaba demasiado contenta por ello. Mis pies, mis botas apenas tocaban el suelo, porque soy bajita en la mayor parte y no llegan a rozarlo(tengo que poner un libro gordísimo en la silla), pero estaban más juguetones que de costumbre. Mucho más. Reposé las mejillas en las manos, los codos en el pupitre de clase (mientras éste se quejaba haciendo un terremoto por ello como un calzonazos. No lo noté un milímetro) y mi cabeza se movía de un lado a otro marcando un ritmo demasiado cursi para ser cierto. Nada podía explotar mi burbuja de ensoñación y arcoíris negros, con unicornios envueltos en fuego anaranjado escupe cerveza Espumosa.

Lo que no sabía es porque me hacía tanta ilusión. Y más aún, porque no me importaba recibir insultos desde hace un tiempo.

¡Sorda! —escuché a Ox gritar por lo bajo. A pesar de que abrió el tamaño de su boca en una gran magnitud.

Y raro era. A ese chulo sabelotodo sí que no le soportaba. Era cien veces más insoportable y creído que yo y cien veces menos listo de lo que se creía.

—No funciona —Marie se llevaba una mano a la frente, deambulando entre los pupitres con su vestido negro y largo de encaje, que limpiaba el polvo de los azulejos del suelo con la cola—, probad algo más fuerte —golpeó su varita en la palma de la mano.

Las hermanas Thompson y Jaqueline Dupré dirigieron las palmas cerca de las comisuras de sus labios, comenzando a chillar como pequeños cerdos tras mi espalda y a los lados. Tal y como les había pedido la Bruja de Mjolnir.

"—¡Tabla de planchar!"

"—¡Tobillos de vaca!"

"—¡Inútil sin compañero!"

Y aun así me importaba un rábano. La nueva Maka ha florecido:

—Nada, la hemos perdido. ¿Alguien puede darle con la varita en la cabeza, a ver si se le enciende de una maldita vez? Pero con cuidado no la vayáis a romper —Mjolnir—… La varita, me refiero.

—Yo mismo —Black Star levantó la mano el primero, y a continuación, me golpeó en la nuca con un palo. A lo que grité como una descosida, escapando de mi embobamiento.

El brujo de cabellos azulados y revoltosos llevaba varios días preguntándome que hacía por las tardes y porque parecía que le tenía abandonado. Si me había enfadado con él por lo de conseguirme un compañero a mis espaldas. (Un cerdo, una rata, un pato o una gallina, un Gusiluz e incluso un chupa-cabras mexicano entre otros de sus muchos obsequios.) Juraba que no lo haría nunca más. Mira si era tan importante para él, que un día dejó de lado una de sus peleas diarias (trajo al chaval ensangrentado a la conversación, alzándolo y ahorcándolo por el cuello de la camisa) para hacer unos de sus famosos secuestros exprés hacia mi persona y averiguar lo que Maka Albarn aquí presente estaba tramando. Black Star no tiene demasiados amigos de verdad, es importante para él mantenerlos. Ni quiere hacerme daño, ni alejarme de su vida jamás. Lo cual contrastaba con su estilo de vida de pandillero nocturno o diurno.

En resumen: "Me tenía en vilo."

—¿Pero qué te pasa genio? Estás más tonta de lo normal —Black el brujo preguntaba silencioso, alargaba el cuello hacia mi posición sobre el pupitre, como una jirafa azul extraterrestre. Llevándose una mano a los labios, aún a sabiendas de que nada sirve para silenciar su escandalosa voz de chimpancé en celo—. ¿Te has vuelto a viciar por los Sudokus o qué?

Para que engañarnos, estaba gritando. Se enteró toda la clase, y la de al lado. No sabe estar en silencio. Por eso no puedo confesarle una migaja. Tenía que recordarme aquella vez que me dio por hacer todos los sudokus japoneses de los periódicos por culpa de un apuesta que hice con Ox Ford(que por supuesto gané), cómo no. No pensaba contarle nada hasta que estuviese segura de lo que estaba pasando. Porque ni yo misma lo sabía, era deprimente pero cierto. No quería crear falsas esperanzas a un chico demasiado esperanzador.

Por otro lado, escuchaba los sonoros suspiros de enamorado, de mi querido Principito Death the Kid. Al cual no puedo acercarme a más de tres metros (nos han dividido así en clase por petición de las innombrables) con castigo de despedazamiento y viaje gratis con todos los gastos pagados en contenedor por business. Debería pedir una tarjeta de puntos por el tratamiento.

No le he contado a Black Star ni a Tsubaki lo que paso el día del contenedor. (Lo he apuntado en mi calendario, redondeando el número con un bolígrafo rojo: día del contenedor. Suena, fatal; o a propuesta de reciclaje por el medio ambiente.) Capaces son de montar una buena pelea con las víboras de las hermanas Thompson. Lo que sería por otro lado, digno de ver con palomitas de colores en la boca. Como si ahora debiera agradecerles a ellas, a esas serpientes emponzoñadas también, jamás.

Además, Tsubaki me vigilaba. Aunque no ha preguntado, ni una sola palabra. Tan sólo, me mira. Y me siento rara, hace que me sienta observada todo el tiempo. Incluso cuando tengo que ir al servicio. Dice que últimamente, huelo a inmundicia. ¿Cómo se supone que debo de tomarme eso? ¿A qué narices huele la inmundicia? Las cosas claras. Lo sabe, ella lo sabe. Todo.

—Albarn, menos cero con cinco en historia, a ver si prestas más atención maja —sé que está muy visto y que tal vez uno esté cansado de oírlo: pero me odia, siempre presto toda la atención del mundo, ¡soy la mejor de esta clase de empanados! Y por un día, que soy normal, por un día que me distraigo para ella es como el apocalipsis rubio. Me tiene manía, soy la maja—.¡Sigamos con la clase de una vez! Kid bonito, lee tú. ¡Que eres el único que parece saber aquí, por favor! Si no es mucha molestia —dijo dulcemente, cambiando por completo su personalidad de amargada. La ira me corrompía por dentro, ni pensar en Soul el gato me servía en estos casos especiales.

Death the Kid("bonito") soltaba una risita redimida por mi mala suerte, no paraba de mirarme ese chupa-almas sin personalidad, tan divertido por las desgracias ajenas: ese brujo de mala madre. Se levantó del sitio y nos deleitó con uno de sus paseos cortos hacia el atril de espaldas a la pizarra, que escribía sola su nombre con tiza a juego con unos corazoncitos rosas y simétricos muy monos. Antes de seguir maldiciéndole con la mirada, una bola de papel interceptó en mi nuca a la perfección. Incluso me hizo un poco de daño. La recogí y la abrí por curiosidad, a sabiendas de lo que me iba a encontrar. (Mi mente inocente todavía quería creer que sería alguna proposición de compañero, o el número de teléfono de algún brujo sensual que valiese la pena. Esas cosas nunca llegaban, pero llegarán algún día. Fe.)

La letra era suave, mordaz y de color fucsia.

"—No te vayas tan pronto de este mundo Albarn, quien sabe —una ligera pausa para escribir una cara ladeada que simulaba tener una lengua saliente—. Con lo delgaducha y poca cosa que eres, cualquier día sales volando por la ventana. O alguien te tira sin verte."

Firmado: Liz Thompson. (Como si me hubiese hecho falta saberlo.) Me salía humo por las orejas, me quemaba la cabeza.


—"¿Es cosa del destino?" Que un compañero y un brujo se unan. "¿Es algo que ya está decidido desde que nacemos, sin que nosotros lo sepamos?" Se preguntan muchos hechiceros de alta categoría, tales como Merlín el antiguo o las afamadas Brujas de Salem…

El principito comenzó su lectura, hasta el libro gordo de historietas mágicas se abrió de par en par exclusivamente para él, tal y como lo harían todas las chicas insulsas aquí presentes(y algunos chicos). Media clase aplaudía, las gemelas Thompson silbaban como en un partido de Escobol. Todos en este colegio le tenían en un pedestal de cristal al hijo del director. Deberían hacerle un santuario en el jardín y encerrarlo allí para siempre, al lado de las plantas carnívoras, para que así su belleza no se corrompa con nuestra "mundanidad". Siempre estaba paseándose por el instituto con sus dos serpientes, esas víboras siamesas de piel dorada y escamas negras que te comerían de un solo bocado. Colgadas de su cuello como una enorme bufanda hortera. Liz y Patty Thompson. No me extrañaría que sean cómplices o propiamente las causantes de todos los males que acarrean a la ciudad entera. Al país. Al continente, y sobre todo a mí. Por híper jurado.

Entre mis manos, el bolígrafo azul que sujetaba pedía piedad de no acabar partido por la mitad. A veces no controlaba mi fuerza, ni mi ira. Maldito sea el virus de Black Star el brujo. Casi todo lo malo que me pasaba era un cincuenta por ciento su culpa, y lo que pasó a continuación, también. Algo suyo siempre se me tenía que pegar como una babosa a un bordillo.

Hice una bola de nuevo con el papel arrugado y volador de Liz la víbora, sin antes mandarle a mi bolígrafo hechizado que rallara toda la frase y dibujase en su lugar una serpiente de cascabel. Apreté los dientes, ordené abrirse al ventanal de al lado sin hacer ruido(no ante la lectura del amado principito simétrico) y sin escrúpulos tiré la bolita por la ventana eximiendo la idea fugaz de lanzársela a Liz en toda su cara maquillada. Porque le tenía muchas ganas. Pero yo no era así, yo no era violenta. No al menos con la gent(uza)e que no conocía o que sin embargo, conocía demasiado bien como para jugarme el cuello. Después de todo había que dar trabajo al barrendero del colegio, que recientemente, no mueve un dedo.

Suspirando, observé de costado, desde el cristal de la torre del colegio, aburrida y masacrada por mis compañeros; como el papel tocaba el suelo y se las apañaba para chocar contra el tronco de un árbol perenne, a la sombra. "Como quisiera ser, esa bola de papel." (Escribía poemas en mis ratos libres.) Y poder tumbarme bajo ese árbol mustio ahora mismo.

De repente, un movimiento atrajo mi atención entre aquellas ramas duras y verdes tirando a gris. Olvidé por completo donde me encontraba y mi mente se tele-transportó mágicamente ahí bajo, en el patio. Tenía que concentrarme, porque una de dos. O a ese árbol le había salido un rabo blanco en todo el medio del follaje, o era un nuevo tipo de fruta gigantesca y alargada.

O tal vez la tercera opción y la más plausible:

—Soul —murmuré, llenándome de júbilo. Mi puño hizo un extraño movimiento, se cerró con fuerza y el codo y el hombro se encargaron de dirigirlo hacia dentro. Vamos, lo que coloquial-mente se conoce en el mundo de los humanos cómo: ¡toma ya!


Ahí estaba ese gato remolón, sentado y jugueteando con agilidad en una rama para nada robusta. Como un equilibrista, pero peor vestido. Con el pelo enmarañado y lleno de ramitas y hojas que intentaba quitarse revolviéndose la melena blanquecina que tenía. Escondido, esperando, esperándome. Buscando mi posición con los ojos rojos achinados. Había sido demasiado anticipado, aún era temprano para que llegase la hora del recreo.

No era la primera vez que venía a verme en la semana, pero yo estaba igual de emocionada que la primera vez. (Incomprensiblemente.) Venía todos los días. Porque al día siguiente de dejarle, me encontró. Y de eso hacía ya casi tres semanas. Al principio fue un poco chocante, en el fondo no esperaba que volviese a por mí. Nadie hacía eso por mí.

En cierto modo me gustaba, que alguien me tuviese tanta atención y aprecio de vez en cuando. Para que mentir, eso me gustaba en todos los sentidos. Me costó esconderle de mis amigos y profesores, pero con el tiempo empezamos a crear un horario de visitas. Sé que sonaba a cárcel que tiraba para atrás, pero si así podíamos aclararnos para que yo no tuviese problemas y él pudiese venir a verme cuando quisiese: plan perfecto.

Por las tardes, algunos días estaba ocupado en buscar no sé qué de un cascabel. Nunca me había explicado porqué. Yo tampoco había indagado en ello. No quería hacer nada fuera de lugar que lo acabase alejando de mí ahora.

Soul me avistó con esos ojos rojos a los pocos minutos, ya tenía fichada algunas de mis aulas. Le tenía ordenado esperar fuera y él siempre me hacía caso. Me saludaba desde su posición, zarandeando la mano y el rabo, más contento que unas pascuas. Le recriminé, los brujos sí podrían verle y castigarle por colarse sin identificación al recinto. He oído que los castigos de los Compañeros, son los peores que hay. Se lo he dicho miles de veces, sin exagerar un ápice. Pero a él le daba igual, no se jactaba del peligro que corría. Y no me refería sólo al de estar subido en un árbol más viejo que el mismísimo director de la escuela.

—No puedes estar ahí, burro —hable en voz alta sin darme cuenta, yo sola. Me tapé la boca con las manos al sentir la mirada retadora de todos los demás (y Marie) en la nuca, por haber interrumpido la clase(y la maravillosa lectura del Principito, el cuál tose. No sabía si para llamar más aún la atención y eclipsarme o para ayudarme por una vez en la historia, mi historia).

Sonrío abochornada y llevo la vista directa al libro, escondiéndome parcialmente mientras la clase volvía a la normalidad, Death the Kid prosiguió con la lectura a la que no le estaba prestando la más mínima atención. Conjuro un hechizo de susurro tras las hojas del libro, que llega directo a la cabeza de Soul. Él se tapa los oídos mirando de lado a lado, buscándome. Erguido se preguntará, como siempre: "¿Cómo lo hace?" Anda tan distraído que cuando quiere darse cuenta, ya está resbalando con la corteza del alto árbol. Y Soul se cae al suelo. Una altura de tres pisos. Una ardilla que tenía en las manos, salé disparada cuando su cuerpo delgado toca la tierra y levanta un poco de polvo.

Eso de que los gatos caen de pie, no es cierto. (Aunque sea una mascota.) No tenía ni pizca de equilibrio. Se mantenía tumbado en el suelo y yo estática en el sitio de una forma preocupante. Mi trasero estaba sentado pero no en la silla, en el aire. A escasos centímetros.

—¡Oh, no! —Esta vez grito a los cuatro vientos. Y al no ser conocedora del todo de mi fugaz fuerza(que asoma cuando le da la gana), rompo el bolígrafo que sostenía en mí mano. Después me asusto y chillo como una loca, los demás también chillan por oírme a mí del terror que tenía. Y sintiendo al tacto la viscosidad de la tinta negra, imaginándome que fuese la sangre de un gato blanco, justo en el peor momento. Lanzó el bolígrafo al aire sin ser consciente de lo que está pasando.

La pluma flota en el aire, como si le hubiese echado un conjuro. La tinta también junto a él, comienza a emerger en pequeñas burbujas negruzcas. Enjuagándomelas, sale gran parte de la tinta que me ha ensuciado las manos. No puedo comprender del todo que ocurre.

Se mantienen ondeando en el aire y como es de saber, para mi mala suerte, tanto mis objetos como yo odiamos a cierto brujo altruista. Por lo que la pluma y la tinta toman una dirección recta, veloz e incisiva. Hasta manchar la cabeza, el traje y(todo mi año escolar) la cara perfilada de Death the Kid, o el ahora visto como "el Príncipe de tinta." No le había dado tiempo a repeler aquel ataque oscuro ya que estaba concentrado leyendo el libro gordo. Pero veo en su mirada, cuando se limpia los ojos con ambas manos y me escudriña con odio en esos ojos dorados. Que quiere mi cabeza clavada en una estaca. Y si él ya estaba a punto de explotar, no me quería ni imaginar que plan maligno estarían pensando las Thompson. Si es que han pensado algo, alguna vez. (Ya veía mi sesera rodar y rodar por las filas de una bolera. ¡Pleno!) La clase se queda en un silencio rotundo. Incluso siento pavor de que Marie Mjolnir, nuestra profesora, no de signos de reacción…

Tsubaki se golpea la frente con la palma y niega con la cabeza, teniéndome lástima. Y Black Star llega a otro nivel superior, dándose de cabezazos con el pupitre. (Su mesa le pide piedad para que pare.) Después aplaude, pero de risa. Ambos me miran y se preguntan: ¿¡por qué!?

Recapitulando. Soul se ha matado. Y yo estaré igual que él pronto. Pero no caerá esa breva. No todavía. Dejo de esconderme tras la mesa. Siento que me estoy mareando y debo de estar más blanca que el yeso. Me levanto. Me limpio la mano en el pupitre, y él mismo me regaña y me llama sucia malnacida(lo de siempre). Para salir escopetada de la clase, como si el suelo estuviese hecho de lava fundida.

—Albarn —Finalmente doña Marie reacciona, y puedo jurar aquí mismo que sus ojos brillaban como el fuego de un dragón enloquecido—, ¿¡a dónde vas!?

Rompe una regla de medio metro que tiene entre las manos, hecha de madera y recuerdo el crujir de aquella rama inoportuna. Le doy la espalda, la pido perdón juntando ambas manos. Huyo por un bien común.

—A la enfermería —dudé—… Al baño —seguí dudando—. ¡A la enfermería y al baño! —Mientras gritaba y trataba de no resbalarme de lo nerviosa que estaba. Escuché el grito estruendoso de doña Marie Mjolnir en mi cabeza clamando por una excusa, destrozándome los tímpanos. Intentado ser silenciado por las risas de los demás estudiantes de hechicería. Hacia mí, no hacia Death the Kid. Por huir. (Nada tenía sentido aquí.)

Pero me daba igual, me eran indiferentes. Tenía en mente otras cosas por las que preocuparme. La puerta de madera negra y robusta de clase se cerró sola, como siempre, dando un portazo temible. Temible como la regañina que mi profesora de magia me iba a echar más tarde, temible como el escarmiento que le iba a dar yo a ese gato, si es que para entonces seguía con vida. Corrí más deprisa.


Bajo las escaleras de espiral, les pido que se transformen en un tobogán liso y me voy deslizando lo más rápido que puedo; y chocando con todo el mundo, haciendo caer a un par de brujos con la misma capa que yo puesta. Cruzo el porche de piedra que sostienen un par de torretas gigantescas, las puertas de madera y hierro se abren, preguntándome a donde voy tan deprisa y porque tengo tan mala educación (son ancianos insoportables). Llegó al jardín trasero, la sombra del árbol viejo me va tapando por completo según alcanzo el cuerpo de Soul agachado frente a él.

Me alegro de que esté bien. Pero de todos modos me enfado mucho más. Sentimiento contra sentimiento.

—¿Pero cómo se te ocurre subirte a un árbol? —vocifero a grito pelado, cogiéndole de la oreja. Le arrastro tras el tronco, fuera de la vista de cualquiera que ose mirar hacia acá.

Soul se sujeta un brazo con el otro y aprieta los dientes por el dolor. Había caído de costado.

—No lo sé —repite varias veces, pidiéndome que le suelte. Nos damos de manotazos hasta que decido que es suficiente por hoy para su oreja, pero no he terminado—, siempre me subo a cosas. ¡Ha sido culpa de la ardilla! —abre los ojos como platos.

—¡Me da igual! —con la mano recta, le doy un golpe seco en el cráneo. Se queja, llevándose una palma a la mollera—. No vuelvas a hacerlo, menudo susto me has dado.

Un deje de preocupación crece en mi habla al igual que una semilla de lenteja. Se me humedecen los ojos, pero nada más.

—¿Por qué no? —frunce el ceño, sin comprender del todo de que estoy hablando. No tiene miedo, o lo tiene para cuando quiere—. Sólo quería venir a saludarte un rato.

Su voz se acongoja poco a poco, hoy la encontraba más raspada que de costumbre. De repente cierra un ojo con fuerza y vuelve a abrirlo. Noto que el párpado se ha teñido de un ligero morado.

—Pues habrá que buscar otro sitio, ¡mira cómo te has puesto! —señalé todo su cuerpo, su ropa hecha jirones, su pelo lleno de ramillas y alguna que otra hoja rebelde enredada en él. Su cara y sus manos sucias.

"¿Cómo ha podido ensuciarse tanto?" Eso sí, su bufanda verde estaba intacta. Tersa y pulcra.

—¿Esto? Ya venía así de antes, no pasa nada…

Arrugo el entrecejo con desconcierto. Y al querer preguntarle para aclarar la confusión de las dudas que habían tomado el control de mi cabeza, noto como Soul se sujeta con fuerza el brazo derecho desde un largo rato. Me observa, investigándome con la mirada, cual podría ser mi próximo movimiento.

—¿Te duele? —pregunto en una voz baja que me sale sin querer, y a su vez, con mayor velocidad le sujeto el brazo que mantiene extendido y aprisionado. Al mínimo contacto de mi mano al rozar su codo, se le crispa hasta la melena blanca. Dando un respingo, se aleja un par de pasos de mí, intentando disimular que no le he hecho daño. Guardo ambas manos unidas tras la espalda, y dirijo la mirada al suelo con un serio bochorno marcado en el rostro—. Quizá te has roto algo al caerte.

Quizá debería no haber dicho quizá.

—Está bien —le quita importancia, sonriendo enérgicamente entre unos cuantos tics dolorosos. Mueve ambos brazos haciendo aspavientos, sobre todo el izquierdo, el otro permanece inmóvil. Tenso como todo su cuerpo. A diferencia de su boca, que tiembla como una hoja. Se da cuenta, de que me he dado cuenta y se muerde los labios—, seguro que se pondrá mejor mañana.

Es de conocer que los compañeros de los brujos y las brujas se curan más rápido que los humanos o los animales, pero no de un día a otro. Eso es demasiado exagerado.

—Déjame ver, no te voy a hacer nada malo.

—¿Qué pasa? —pregunta tratando de esconder algo de mí. Se muerde las uñas de una mano.

Ruedo los ojos y respondo con pesadez cargada a la espalda, mientras sin delicadeza alguna le cojo de la muñeca, la estiro escuchando sus berreos ¿Qué tiene, cinco años? Quiere huir, pero no le suelto.

—Creo que te vas a morir Soul —respondo alto y claro, con seriedad.

No valdría para ser doctora, pero sí he visto muchas telenovelas americanas de médicos a las tantas de la noche para estar preparada. Para esto. "Mi momento."

—¿Cómo? —abre los párpados con desmesura, dejando ver al completo sus iris rojizos, mientras la cara morena se le pone del mismo color que el pelo.

—Sí —mentí, otra vez—, es triste. A no ser qué —dejé la frase suelta en el aire, dándole una mirada risueña y chulesca—… Bueno, ya sabes soy una bruja y las brujas hacemos hechizos.

—¿Quieres transformarme en fantasma porque tengo el pelo blanco? —se palpa la cabeza con nerviosismo.

—No.

Empiezo a apretar los dientes.

—¿Comerte mi alma?

—¡No! —le golpeó con la legendaria derecha en la sesera por ese ultraje hacia los de mi casta, me gruñe a pesar de que me he contenido para no darle demasiado fuerte. No hay necesidad de romperle, del todo—. ¿Pero qué clase de imagen tienes tú de las brujas?

Puse la palma en las caderas mientras la otra continuaba agarrándole la muñeca para que no escapara.

—Viejas, encorvadas, nariz larga y puntiaguda —levantó la mirada hacia arriba, como lo haría un impúber que recuerda la lista de regalos que le ha pedido a Santa Claus; contó con los dedos sin ningún tipo de orden—. Juanetes, lunares, pus, verrugas. Gato negro, vestidos negros, un caldero, son rechonchas, dan miedo...

Me tapo la boca con ambas manos. Lo de "rechonchas" me ha dolido mucho, en el corazón. En realidad no, él mío está congelado, pero era curioso como alguien al que veneraba como amigo tenía una tan mala imagen de los de mi especie. Lo que si había aprendido es que Soul era fácil de engañar con cualquier tontería.

—Aunque tú, bueno tú —le dirigí una mirada, una mirada que le hizo sudar ligeramente: con la siguiente frase te la estás jugando, tu cabeza de helio—… Tú no te pareces en nada a la bruja que me imagino, más bien todo lo contrario, así que no sé. Tú no das miedo.

Ni que fuera una bola de algodón, eso no se le dice a una bruja. Le oí susurrar en voz baja: "—A veces…"

—No sé si molestarme o no, pero que sepas que esta te la guardo —me cruzo de brazos, haciendo notar mi enfado. Soul se queja, se le desencaja la boca llena de colmillos: "¿y yo qué he hecho ahora? ¿Otra más? No hay quien os entienda" —. ¿Y sabes qué? Por ello voy a maldecirte. Te vas a enterar.

Y pronto, tenemos que irnos a un lugar menos concurrido. Antes de que salgan todos los alumnos de clase y vean a este gato callejero.


—Pero —él tartamudea sin comprender—, ¡pero si yo no hecho nada malo! ¡Las brujas sois estupendas, lo juro!

Agachándome levemente, di un puntapié con la bota en el suelo y saque rauda la varita que escondía en el calcetín(mejor lugar para guardar cualquier objeto que uno precie). Me dispuse a lanzar un hechizo de magia blanca mientras me mordía la lengua.

—Ya es tarde para jurar en balde —le maté con la mirada, le agarré del brazo y le levanté la sudadera hasta el codo. Soul parpadeaba confuso sin entender nada de nada, me miraba a mí y después a mi varita. Pero tampoco se separaba. Recto como un palillo, no sabía si de verdad me temía o no—. ¡Ven aquí!

Sujeté la varita con toda mi fuerza y de un movimiento le arrojé, golpeándole con la punta de la fina vara en la frente, un conjuro de "arreglatodo" que el doctor Stein nos había enseñado hace unos meses en las clases prácticas. Junto al sonido de mi voz, una luz blanquecina brotó de la punta de mi caña firme, dirigiéndose como el tentáculo de un pulpo a rodear el brazo del chico gatuno. Soul cerró los ojos al instante cejado por la luz del principio, protegiéndose el cuerpo con el brazo izquierdo.

Pero nada más notar que no le hacía daño y que aquella cosa viscosa le estaba subiendo por el antebrazo, pego un maullido la mar de estruendoso. Siendo acallado por mi carcajada que no podía soportar más, al verle actuar de ese modo. Abrió los párpados de golpe y porrazo, y con la otra mano trató por todos los medios de quitarse el tentáculo de encima, raspándose e incluso arañándose; moviéndose en círculos sin saber qué hacer, presa del terror. Su rabo se mantuvo erguido todo el tiempo, en alerta enemiga.

—Eso no te va a servir de nada —murmuré con una voz siniestra, asustándole más todavía si cupiera el caso.

Esperé a que se calmara mientras trataba de liarle los pensamientos como una bola de lana; llevándome una mano al mentón: esperaba haberlo hecho bien esta vez, los conjuros de curación son más complicados de lo que parecen. Uno tiene que ser preciso, ni usar demasiada magia, ni quedarse corto de ella.

Pero poco a poco, el tentáculo le envolvió por completo el brazo derecho en aquella luz incesante de brillo, hasta que finalmente y haciendo su debido trabajo, desapareció de nuestra vista. Y con ello, se supondría que el dolor y los raspones del gato.

Encorvado, Soul se llevó los dedos de la mano izquierda a la boca, mordiéndoselos. Parece un mal hábito difícil de quitar.

—¿Qué me has hecho? —volcó sus pupilas y el iris de sus ojos rojos en mi persona mágica, con una gran preocupación en su tono, inaudible por los dedos que guardaba entre los labios. Inspeccionó todo su cuerpo, de cabo a rabo blanco.

—¿Ves que fácil? —le di una palmada en el brazo herido y ahora curado gracias a mí (y sólo a mí). El gato no se quejó, pero intentó golpearme, dándome un aviso con el rabo y una cara de pocos amigos. Sonreí de todos modos—. No ha sido nada ni hemos tardado nada. Hay gente aquí que cobra por estos servicios —de cuyo nombre y cuyo pelo corto de color rosa, no quiero acordarme—. ¿Qué tal estás?

—No sé —murmuró con la voz rasgada—, no siento el brazo —su extremidad cayó como un peso pesado hacia abajo, sin que pudiese controlar su movimiento muerto y relajado—. Pero no duele. Tampoco me dolía tanto…

—No te hagas el chulo —doy un fuerte resoplido por la nariz y guardo mi varita bajo el calcetín oscuro. Trato de esconder la enorme alegría contenida que me corroe de ver que mi magia sirva para ayudar a alguien por una vez—. Lo importante es que te he curado.

Todos los conjuros que hago, no suelen salir del todo bien. Es una gran lista de manchas en mi historial académico que no me apetecería recordar con gusto. Pero para una bruja que no tiene compañero ninguno, para una bruja a la que le falta la mitad de su poder mágico, tampoco me ha ido tan mal sola. Soy capaz, esta es la muestra. Y que me aspen, me hace feliz.

—Hoy has salido antes… —Soul me saca de mis pensamientos, mientras se sienta pegado al tronco. Meneando el rabo como una serpentina gozosa, esperando a que responda.

—O tú has llegado muy pronto —intenté defenderme con una excusa sin dirigirle la mirada, avergonzada como si me hubiese echo pis encima.

No quería que notase que estaba tan desesperada, en él sonaba normal, pero en mí misma ni hablar...

—Qué va. Normalmente suelo llegar mucho antes, pero hoy he tenido un… inconveniente con el que no contaba —noté como hoy llevaba la ropa hecha más jirones de lo normal, que manía tenía ese gato con no aceptar regalos míos, fuese lo que fuese, no lo quería—, y no he podido llegar más pronto. Lo siento.

—¿De qué te disculpas gato estúpido? —le regañé, cruzando los brazos. Pero el enfado se me paso pronto, viendo cómo se rascaba la nuca en gesto de disculpa. Su extensa sinceridad lo matará un día—. Y… ¿Y tú me esperas ahí toda la mañana?

Noté como mi garganta se secaba.

—Sí. A veces se me duerme el culo —se soba con la mano dicha zona—, así que cazo ardillas. Hoy he estado a esto —hizo una pequeña señal con dos dedos—, de conseguirlo.

—Me alegro —sin hacerle mucho caso a sus aventurillas de gato travieso, saco del bolsillo de mi camisa ajustada un pañuelo negro con calaveras del Shibusen y le limpio la cara llena de polvo. Parece que se ha rebozado en una piscina de roña. No me apetecía volver a sacar la varita, así acababa mucho antes. La magia no hace milagros, cansaba y el gato se quedaba quieto, muy quieto, estirando el cuello hacia arriba según le acariciaba en cada zona con la seda del trapo. Dejándome escuchar de cuando en cuando sus omitidos ronroneos. En muchos sentidos, relajaba oírle—… ¿Te has mirado los cuadernillos de escribir que te dejé?

Cambié de tema a la velocidad de la luz; le estaba enseñando a leer, (a duras penas) aunque como nos veíamos de poco en poco, no progresábamos mucho. Era un vago y yo una chica demasiado estudiosa. Pero nadie me quitaba mis horas diarias con este gato bobo.

—No —abrió los ojos de golpe cuando retiré el pañuelo de su cara. Si no lo hacía se quedaría embobado todo el rato. Me miró parpadeante, con una cara delgada y bronceada que pedía más mimos de lo que parecía; se levantó de un salto—… No mucho. No entiendo lo que pone —se llevaba ambas manos tras la nuca, e hinchaba las mejillas. Viendo mi sonrisa centelleante, podía notar que no iba a seguir. Rodeé la suciedad que quedaba de sus raspones en el brazo con mi paño negro, lo anudé—. Pero no te enfades, lo intento pero no me sale.

Desviaba la mirada hacia el suelo, con vergüenza, y daba un pisotón. Levantando la arena en otra dirección. No sabía si en el fondo quería aprender o no. Yo no veía que él le diese importancia, pero a veces el gato me confundía con sus actuaciones.

—No importa. Estoy segura de que puedes hacerlo. Sólo tienes que esforzarte un poco más, ¿no eres tonto sabes?

No más de lo que aparenta. Lo había podido comprobar observándole cada día.

—Supongo que para eso —junto las manos tras la espalda, formó una almendra con los labios e inclinó la espalda hacia mí. Haciéndome sentir indefensa y pequeña ante aquella impactante mirada—, tendrás que venir más a verme y quedarte un poco más… Para repasar.

—Claro —le imité—. "Para repasar."

"Más tiempo." Justo lo que necesitaba ahora mismo. El reloj (de princesa)de mi muñeca me avisaba de que apenas faltaban unos minutos para las doce: no es que fuese Cenicienta y tuviese que volver a casa antes de que se me estropease la noche y dejará zapatos por ahí perdidos. Pero a las doce era la hora del descanso y si quería pasar más tiempo con Soul, debíamos darnos prisa en perder de vista este sitio hasta la próxima clase. Hoy me apetecía enseñarle como montamos en escoba, él sabría apreciar mi arte de vuelo. Y si no, le cosería la boca.

Sin embargo, justo cuando estoy dispuesta a proponerle la idea disparatada. La vida me recuerda que uno no se sale con la suya tan fácilmente. Y que nunca se consigue lo que quieres. Olisqueo al hedor que desprenden las hermanas Thompson.


Con los años, he ido desarrollando un poder especial, único. Mi sentido mágico me avisa de que las villanas se acercan, que están muy cerca de nuestra posición. O qué puñetas, las oigo gritar como locas desde aquí: "como van a matarme por lo que he hecho"; ese ultraje innombrable a su brujo, Death the Kid. Las Thompson son las primeras en salir de clase, por raro que parezca en ellas. Están en la puerta, Patty la tira de una patada limpia.

—¿Qué hacen las princesitas del mal aquí? Aún es pronto para que den las campanadas del receso —hablo en voz alta sin quererlo, observando como las hermanas se acercan. Soul me escucha.

—¿Eh? —él ladeó la cabeza, con la ceja blanquecina en alto y la boca más abierta que cerrada. Miró en la misma dirección que yo. Antes de que fuese capaz de señalar a las dos rubias con el brazo bueno, comencé a empujarle para que se marchara a la voz de ya.

—Soul, vete, rápido —hablé entre dientes. Él no ponía de su parte, era como un peso muerto que arrastraba los pies—. ¡Súbete al árbol y lárgate! Nos veremos luego.

Se dio la vuelta en menos de un segundo, retirando mis brazos con un par de palmetazos. Como era de esperar, preguntó. Porque siempre tenía que preguntarlo todo.

—¿Pero por qué? —frunció el ceño, haciendo un amago de plantar las manos en mis hombros—. ¿Qué te pasa?

—Soul vete —le rogué—, te lo explicaré luego.

No. En realidad no quería hacerlo, tampoco que se fuera. Pero era más fácil de esta forma.

—No —confundido, negó en rotundo de lado a lado—. No quiero —apenas chilló, cerró los puños y después se defendió con aprensión. Sujetando el codo de su brazo curado—. ¿Qué? ¿Me vas a tirar una piedra?

—¿Qué? —no entendía a qué se refería, yo jamás le había hecho nada parecido. Libros y piedras no son lo mismo—. ¡No! —Y como no logro deducirlo, y esto se va a poner muy pero que muy feo, hago uso de mis grandes dotes para socializar con los demás; le insulto—. Eres un cabezota de mierda.

El gato se enfadó, como nunca. Cogió aire por la boca y se puso rojo hasta las orejas puntiagudas que tenía. Su rabo erguido, su moral hecha añicos y su dedo bueno alzado en son de una próxima discusión. No era capaz de captar que no quería que le pasase nada, que poca intuición tenía.

—Ya da igual —le tapé la boca con ambas manos. Pegándole al tronco al igual que haría un acosador, me tapo la cara con las manos y me masajeo las sienes en busca de una solución que pasa por mi mente como un rayo de luz—. Sólo estate quieto, y ni si te ocurra abrir el morro —hago que la varita, guardada en el calcetín, venga a mí de un pisotón en la tierra. La atrapo con la mano y al igual que hace unos minutos, repetimos la misma acción.

Vuelvo a lanzarle al gato un conjuro más. Pero esta vez diferente.

Un hechizo prohibido en esta escuela. Siempre que me junto con el albino, acabo rompiendo alguna regla crucial. Soul se protege de nuevo, con sólo una extremidad. Abre un ojo, después el otro. Esperando a que el peligro haya pasado, me observa. Su cola vuelve a agitarse. Pienso, al verle en ese estado: "A este paso va a parecer mi muñeco de prácticas"

—Me siento raro —fue a mirarse las manos, mientras se zarandeaba mareado por soportar dos conjuros en tan poco tiempo. Soul separó los párpados de par en par, se estremeció en el acto. Quiso agarrarme, acercándose instintivamente, pero al final dirigió las manos a cogerse de los pelos—. Maka, ¡no me veo!

Antes de que pegué otro grito "de gato macho", mis manos en sus labios le acallan por segunda vez.

—Ahora eres invisible —le expliqué en voz baja, intentando calmarle, con los brazos en alto. Le mandé callar—. No hagas nada, te lo ordeno —recalco, se me escapa, como si fuese mi compañero.

—Que novedad…

Le veo rodar los ojos, soy la única que puede verle ahora. Y aunque no pudiese sabía que iba a actuar así. Sin embargo, sigo sin entender a qué se está refiriendo cada vez que habla. A veces me molestaba, pero yo también tenía secretos con él. Tarde o temprano acabábamos en Tablas.

—¡Escóndete tras el tronco y no hagas nada! —salí de detrás del árbol con decisión y unas piernas que temblaban—. ¡De nada!

—Pero… —alargó el brazo, su voz hacía notar una cara larga y afligida.

"—Sh…" Murmuro sin desviar la mirada ni el cuello, dejándole a mis espaldas. Me alejé unos metros de mi posición. Dirigiéndome al enemigo en cuestión como todo vaquero del oeste haría.


Escucho el tronar de mi apellido cada vez más cerca, como el grito de guerra de los antiguos bárbaros, que se acercan a saquear la ciudad, matar bebés, beberse todo el ron y violar a todo lo que se les pase por delante(lo que es una buena definición para las Thompson). Ellas me han visto ya no puedo huir. Se aproximan, y antes de que empiecen a atacar con su infame verborrea. Cojo aire y abro la boca en posición de defensa.

—¿Qué hacéis vosotras dos aquí? —pregunto, casi grito. Temblorosa, nerviosa, no paro de hacer movimientos involuntarios.

El hecho de que Soul esté justo detrás, lo empeora todo a niveles a catastróficos. No quería que viese como me dan una paliza un par de modelos con la fuerza de osos, o peor.

—Venimos de la enfermería —dijo Liz Thompson, en tono de pregunta. A su para nada dulce hermana pequeña con cara de psicópata desde que nació.

—O del baño —respondió Patty Thompson en el mismo tono.

Me copiaron sobreactuando, con poses de tristes cagonas. Desternillándose de risa, como un par de cómicas de tres al cuarto. De esas, que más que gracia dan ganas de tirar tomates de la huerta.

—¡O de la enfermería y el baño! —gritaron las dos juntas para dar un acompasado y digno final a mi salida de clase—. ¿Ya te ha entrado la cagalera Maka? ¿La nena se hace popo sólo de mirarnos?

"Payasas."

Por un instante oí las audaces pisadas rápidas de Soul, sus puntillas.

"Idiota."

—O es que ya sabes lo que te toca —era macabramente tétrico como la una terminaba las frases de la otra, como zigzagueaban poco a poco, para acercarse a mí. Intentando asustarme y arrinconarme de nuevo—. ¿Es que no estás al tanto de que los servicios están arriba? Joder, ¿por qué vienes a mear a los pinos, Albarn?

—Patty, no seas grosera. Le asustará la taza del váter, y eso, es lo más cercano que va a estar a que alguien le toque el culo —Liz Thompson fingió un gran pesar, recogiendo una de mis coletas rubias entre sus manos haciéndome estremecer, hasta en los intestinos. Tiro de ella y me soltó—. Qué lástima.

Como si ellas no supieran la de veces que me habían encerrado en un servicio y habían salido corriendo, o aquella vez que hicieron mi ropa invisible en los vestuarios de brujas. Volví a colocarme la coleta sin apartar la mirada, ordenándole a mi goma negra con calaveras que se pusiese en su sitio. Me hizo caso, sabe cuándo estoy enfadada. O en peligro.

—¿Pero qué culo? Si no tiene —Patty Thompson hizo un ademán de querer tocármelo, de darme una azotaina. De querer manosearme; más risas mientras andaban a mi alrededor en círculos. Como dos sabuesos con malas pulgas.

Mentiría si dijese que me llegó al alma, porque me llegó al pie. Para poder darles una patada que debía ser dada por el bien de la humanidad. Cerré los ojos, cabreada, ni me inmute.

—Iros a joder la marrana a otra parte. He oído que el gallinero está muy bien en esta época del año —achiné la vista, tratando de sonar más feroz de lo que era. Me llevé una uña oscura al mentón—. O perdón, la cochiquera —Soul acallaba una risa, con la cabeza colocada sobre mi hombro. Me tenía bien sujeta con su abrazo, a pesar de que le había dicho expresamente que se escondiera en el maldito árbol. Pero él no. Ya es tarde para tirar la toalla—, os pega mucho más.

Me ignoraban, carcajeándose a cada frase que terminaba. Dándose de azotainas en los pantalones vaqueros a cada carcajada. Da igual lo que dijese o si les molestaba, eran más de una y eran unas expertas de la burla ajena.

—Nosotras, nos vamos cuando queremos —Patty Thompson reía, posando un dedo en los labios llenos de brillo. Mojándoselos con la lengua, penetrándome con la mirada. Como si en cualquier momento fuese a devorarme entre sus fauces—. ¿Vas a sacar las uñas, rubia de bote? Por fin te muestras como eres —me escupió en la cara con aquella S mayúscula—, una Salvaje envidiosa.

—Bien —asentí varias veces, limpiándome la cara con la manga de la blusa. Como si les hubiese echado pegamento, acallé mi voz sellado los labios, juntándolos. Soul apretaba su agarre, escondido detrás de mí. Esta vez me sentía respaldada, pero no mucho—. ¿Algo más?

—¿Te crees que puedes escapar de nosotras tan fácilmente? Parece que lo del contenedor no te quedó bien claro —sonrió con gusto. Ella tenía que sacar la mierda del cajón, si no, reventaría—, quizá tengamos que… No sé, ¿repetirlo? —Liz puso una boca de piñón, una cara de pena actuada—. ¿O vas a chivarte como una miedica a Black Star el brujo patán y su loba furibunda? —se tapaban la boca con las manos, fingiendo sorpresa. Eran muy malas actrices. Pero no tenían derecho a decir eso, Maka Albarn no era ninguna chivata. Maka Albarn resuelve sus problemas sola.

"—No insultéis a Black Star, ni a Tsubaki. No os atreváis"

Sonrío y me trago mis palabras. No creo que haga falta, gracias por nada.

—¿Y vosotras qué queréis ahora? —doy un giro directo antes de que se me escape algo que agrave aún más mi situación—. Si es por lo del Principito, que sepáis que no lo he hecho a posta. Si hay que llevarle su —hago una pausa para pensarme bien lo que voy a decir—… traje o su túnica al tinte, yo misma me presento voluntaria —así empezó Katniss Everdeen la humana futurista, en Los Juegos del Hambre...

Hasta ahí llega mi orgullo. Porque jamás le pediré perdón a ese resabidillo mimado.

—Más te valía —Patty aclaró—. Pero por eso no te preocupes, lo van a hacer otras palurdas de clase como tú.

—Bueno, debemos admitirlo —Liz la secundó—. Tú eres la reina de las palurdas.

Me hacían una reverencia exagerada, se reían y lo remataban burlándose de mí. Otro mote, lo que me faltaba por oír. "—Ave, reina pazguata" Suelto un par de carcajadas forzadas y siento el aliento violento de Soul en la nuca.

—Que ingeniosas…

Rezo para que se lo traguen, mi excusa, aunque esta vez sea cierto. La realidad me golpea de lleno. No van a creerme, no van a irse como han venido. Van a molestarme lo más que puedan, hasta que estén satisfechas. Y nunca están satisfechas. Técnicamente no pueden hacerme daño aquí dentro, técnicamente.

Pueden.

—Dejadme en paz —bajé la cabeza ofuscada, opté por un último recurso. La plegaria.

"—A si qué fueron ellas, ¿son las repulsivas víboras esas de las que hablas mal siempre?"

—Soul —le maldije entre dientes, esperando a que su voz gatuna y susurrante que se divertía con mis pesares, se silenciara un ratito. Me arrepentía de no haberle dejado mudo, pero ya hubiesen sido demasiados hechizos para sólo un cuerpo en tan poco tiempo—, calla…

Mi mirada se dirigía a todos los lados posibles sin saber que hacer o cómo actuar. Las hermanas Thompson se miraban entre ellas, después me miraban raro y alzaban la ceja acusadora, como el que observa un monstruo en una feria mágica. Como si estuviese loca, como si un gato me estuviese volviendo loca. Ya que Soul por su parte me hacía cosquillas a los lados y no cerraba la boca ni para coger aire:

"—Maka, eh Maka. ¿Quién es el Principito? ¿Es un príncipe de verdad, cómo los de los cuentos?" Al segundo Soul preguntaba a mis espaldas en un canturreo curioso y perverso. Ya que no le respondía, él seguía insistiendo. Le di un codazo para acallarle, y se quejó en voz baja como el quejica que es: "—¡Au!"

—¿Por qué? Acaso escondes algo —Liz Thompson murmuraba con mucha curiosidad latente en sus palabras—, ¿algo qué no podamos, ver?

—El patio es de todos Maka, deberías saberlo. Y más que eso, es nuestro —Al menos lo admitía—. Ya de paso paga la tarifa que cobramos por la sombra —Y eso también—, apoquina la pasta o te ponemos del revés colgada del puto arbolito —amenazaba Patty Thompson con su lengua viperina, enseñándome la mano como haría un cobrador del Frac a un moroso—. ¿Hola?

Si uno piensa que eso del pago por estar tirado a la sombra es horrible por sí solo, peor es el impuesto para ir al baño y más caro, mucho más caro.

—No pienso pagaros nada y no tengo nada que esconder —suspiré y cerré los ojos—. Adiós —traté de rodearlas, Soul me seguía como un perrito.

—¿Eres imbécil o te lo haces? —Liz Thompson se interpuso en mi camino, ella y sus botas de marca caras que por poco me hacen la zancadilla— ¿Quién es tu amigo el del rabo? — preguntó mientras estábamos pegadas, pecho con pecho. Ante la amenaza, me alejé sin dudarlo dos veces. Dando varios pasos hacia atrás, en los que estuve a punto de tirar a Soul—. Pero serás retrasada, la próxima vez que eches un hechizo de invisibilidad…

—Acuérdate de cubrir todas las partes —Patty finalizó, las dos señalaron la prueba del delito—, pringada.

—¿Qué? —"mierda."

Cerré los ojos con fuerza de nuevo, esperando a que quizá me despertase de golpe y porrazo. Pero poco a poco, el tiempo (y algo más) me delató. Avisté a mis espaldas, separando lentamente un párpado tras otro, el rabo blanco que se movía solo. Que ellas indicaban con esas uñas de manicura, largas y ostentosas. Ha sido un error de cálculo, suele pasar…

—¿Te ha crecido el rabo perdedora? Qué raro, a la gente normal suele crecerle —hizo un gesto, atrayendo un dedo a su napia redondeada y alejándolo de ella— la nariz.

—A la gente normal, no le crece nada cuando miente —a no ser que les eches un conjuro de verdad, o los latidos del corazón… Aclaró mi yo sabiondo—… Y no estoy mintiendo —tampoco tenía porqué, no iba achantarme delante de "Pili y Mili" delincuentes—, sólo es… Un amigo. No tiene nada que ver.

Soul se puso a mi lado y me devolvió un codazo por esa última frase, su garganta resonaba entre el silencio de las tres.

Retiré el hechizo que había impuesto sobre él, dándole un golpe a mi varita con la mano, guardada en mi calcetín negro y largo. Ya no tenía sentido seguir con este truco desastroso. Dejando a la vista al respecto, a un chico albino que nos miraba con curiosidad, callado tal y como le había ordenado. Abrazándome como un oso de peluche blanco.


—Pero, qué es eso —la hermana bajita pronuncia asqueada, palabra por palabra. Señalando a Soul como el que atisba el cuerpo de un bicho—, ¿tú teniendo más amigos que los otros salvajes?

—Será otro salvaje, mira las pintas pobres de andrajoso que tiene —Liz se escandalizaba junto a su hermana menor, tapándose la naricilla con esos dedos larguiruchos—. ¿Es tu novio? Que bajo has caído, cariño.

Mi conciencia interior, esa que acallo siempre quiere ahorcarlas, gritar y berrearles como una descosida: ¿por qué le insultan? ¿Por qué a Soul? ¡Ni siquiera lo conocen!

—¡No es mi nada! —grito después de todo. Nerviosa y temblorosa como una hoja del árbol anciano. Roja como un buzón de correos Londinense. Las indico con el dedo, esperando a que saliese un láser saliese de algún sitio y las destruyese en el acto…

Soul salta en mi defensa, deshace el abrazo y se antepone entre nosotras. Nada parece importarle lo más mínimo. Es un inconsciente…

—Me llamo Soul. A secas —Lo estaba arreglando, su rabo se movió—… Soul a secas. Y soy una mascota.

Y en gran parte se muestra el hecho, de por qué no quería que nadie aquí le viera. "¿Pero qué hace?"

—Espera, espera —ambas hermanitas del alma se miran la una a la otra, esperando por ver quien se ríe antes y más alto. Así hacen, la primera es Liz. Hacen que me sienta abochornada, pero el gato ni se inmuta. Se mete el meñique en la oreja, sus risas son demasiado fuertes—… ¿Qué ha dicho?

Soul me susurra al oído, enseñando el colmillo izquierdo: "¿son sordas?" Y yo respondo de la misma forma: "un poco." Soul comienza a reírse como si no hubiese un mañana, apoyando un brazo sobre mi hombro. Me entra la risa tonta sólo de verle, no entiendo lo que hace. Pero lo hace y no me disgusta.

—¿Qué le hace tanta gracia al loco éste? —Liz pregunta, indicando con la cabeza. Enseña los paletos en señal de: "me dais asco"—. ¿De qué te ríes tú?

—Ah, ¿pero esto no va de reírse sin sentido? Entonces no lo entiendo. Reír es muy sano —Soul asiente y se mete las manos en los bolsillos—. Lo he visto en un anuncio.

—Oh, ¡por el brujo santo! ¡Es tan anormal como Maka!

—¡Oye! —aprieto los puños, queriendo estrangularla de un momento a otro, a las dos. A cada cual peor y más venenosa.

Que se metieran conmigo podía pasar, pero del gato no hablaba mal nadie, al menos en mi mágica presencia.

—Estáis hechos el uno para el otro, yo os declaro marido pardillo. Y mujer pardilla —Patty arremete sin parar—. ¿Y qué narices le pasa en el brazo? ¡Parece una medusa floja!

Y aun así soy incapaz de moverme del sitio, ahí parada. No entiendo del todo porqué. Quiero y no puedo. Quiero gritar pero entonces, el gato salta. Las dos se ríen sin parar, sujetándose el vientre como si se les fuesen a escapar las tripas. Como los burritos mal hechos. Y aunque no entienda para nada su estrategia: Soul se reía con ellas, de sí mismo. Lo que a ellas, al fin y al cabo no les gusta ni un pelo de mono. Se detienen, confusas. Igual que yo. Ninguna comprendemos que está haciendo. Y para qué.

—Está chiflado —Liz comenta alto y claro, llevándose una mano al mentón. Alza la ceja inquisitiva hacia su hermana. Soul se sigue riendo como si le hubiese dado un ataque, empiezo a preocuparme severamente, pero no puedo moverme. Me siento petrificada.

—¿De qué vertedero lo habrá sacado? —Patty preguntaba, con cara de maruja cotilla.

—Si es por tiraros al contenedor otra vez, cubos hay de sobra —Liz malmetió sonriente, a punto de darme una palmadita en el hombro. Pero esta vez no llegó a hacerlo—. ¿Verdad, Maka?


Sin perder un instante, Soul la empujó varios metros atrás con sólo una mano, ella pegó un gritito cobarde cuando su culo enorme tocó la tierra. Abrieron ambos los ojos de par en par. Patty corrió a socorrer a su hermana, recogiéndola del suelo. Para así no lanzarse a por el gato en menos que canta un gallo y montar una trifulca. Lo extraño era que entre ellas dos se querían, y ya. Quizá a Death the Kid, pero no más.

—¡No la toques! ¡No quiere que la toques! —Soul chilló como nunca le había oído gritar, con la voz totalmente distorsionada, apabullante y grave. Enseñó los colmillos. Apretó el puño, llevándoselo a la espalda, redimiéndose. Parecía haberse transformado en otra persona totalmente distinta al chico que yo conocía—. ¿Es que no lo ves? Pensé que venir al colegio sería divertido, pero la verdad es que no lo es.

"Ha dado en el clavo, y bien hondo."

Cómo sabía eso, ¿tanto se me notaba? Me ponía roja como un tomate.

—¿Pero cómo tienes huevos de…? —Lo nunca visto estaba pasando ante mis ojos, Liz Thompson pasando terror ante el ataque inminente de Soul. La voz le jugaba una mala pasada, pero su hermana la ayudó a levantarse, y la defendió.

—Soul —intenté llamarlo con suavidad, pero no me hacía caso. Ni siquiera parecía poder oírme. Me daba pavor acercarme o rozarle. Como una bomba de relojería. El aura a su alrededor parecía haberse vuelto un vórtice al abismo donde él era el agujero. Se encontraba alerta y con el rabo tieso, su atención se centraba plenamente en las dos hermanas frente a él—… Tranquilo. No pasa nada —mentí.

—¿Y si quiere que vas a hacer al respecto? —Patty Thompson sonrió con malicia cargada en el rostro, en sus palabras. Agarrando de la mano a su hermana querida e intocable. Enseñó las uñas, jugando con ellas. Burlándose del origen de Soul—. ¿Me vas a rozar con los bigotes, gato moribundo?

—No me hacen falta los dos brazos para pararos los pies —el gato se interpuso, matándolas con esa mirada rojiza y perspicaz. Intentaba calmarse, se notaba en su tono—. Aunque no me gustaría tener que hacer daño a nadie. No me provoques.

De verdad que Soul el gato quería meter miedo y escudarme de algún u otro modo pacífico, pero era tan bueno y parecía tan adorable, que creaba el efecto contrario en los demás. Como mucho, con esos ojos alicaídos podía pasar por fumador de crack. Al que había que temer era al rabo de casi un metro que guardaba a la espalda. "El rompe cabinas y abolla conteiner's." No sabía porque vida temer, finalmente: por las nuestras claramente.

Había enfadado a ni más ni menos que Patty Thompson, y haría lo que me temía. Lo iba a cortar en cachitos.

—Eso sí que tiene gracia —ella murmuró. Y sin dudarlo un segundo, soltó el agarre de su hermana aunque ésta no quisiese. Desatada, se abalanzó de un salto sobre Soul, el gato mascota. Transformándose en una víbora gigantesca, amarilla y con manchas negruzcas. Escuché aquella voz siseante como si contase una nana estremecedora, acabar la oración—, gatito.

—¡Patty! —su hermana la llamó, alargando el brazo, igual que yo hice con el estúpido gato. Y mismamente, no la oyó. Liz Thompson perdió el color en su rostro.

Continúo paralizada, con los pies pegados al suelo. Deseando poder correr hacia Soul y quitarle del camino de la enorme boca de Patty Thompson, la compañera serpiente de Death the Kid el brujo. Por mucha molestia que yo les hubiese causado alguna vez. Nunca se habían transformado para hacerme daño, suponía que no les era necesario. Tampoco había visto en toda mi vida, a Patty Thompson ponerse tan colérica. Pero después de todo, era la más impulsiva. Habían osado tocar quizá su tesoro más preciado, su hermana.

Soul el gato gruñó sin apartarse del sitio, sabiendo que si se apartaba el morro de esa serpiente feroz iría directa a mi cuello y probablemente, me degollaría y después me devoraría. O eso sería lo que el singular raciocinio de Soul entendía.

No parecía sorprendido de la transformación de la chica, debe ser algo que los compañeros llevan de serie. Llevan dentro. Se mantiene alerta sin parpadear hasta que los colmillos de Patty se clavan en su antebrazo como dos aguijones de avispas colosales y terroríficas. En ese momento se me erizó el vello y dejé de respirar por unos segundos, tapándome la vista por instinto con ambas manos en el rostro, aterrada.

—¡Soul!


Espacio Beru*:

Y el capítulo… ¡Se acabó! (Porque soy muy (betch*amel)mala persona, ¿quién no lo ha notado a estas alturas de historias? ¿Quién? Who? Doctor!) A tochaco appears!

Para aquellos que seguís Sweet Dreams, tengo explicaciones que daros. No es ninguna excusa, pero como ya comenté en Ask me está dando problemillas(por no llamarle algo peor…)el señor fic, y he estado bastante bloqueada, si lo juntas a lo que tengo que estudiar se obtiene una solución preciosa de los restos de mi cerebro gelatinoso esparcidos por… No sé, un sitio. Una pizzería, es un buen lugar para morir. (Pero esa no es la cuestión(de gustos) aquí.) Alpargata.

He venido aquí, a mí ordenador de mierda y al teclado que me vacila con creces, para deciros que Sweet Dreams será el próximo fic que actualice. Quizá empiece a subir más semanalmente en los próximos meses, o suba capítulos más cortos. Aunque no me gusta o me contradiga, es un rollo si no tenéis algo que leer de él, más fresco. No es mi estilo, pero seguir así no está bien. Y lo entiendo. Y en fin, eso es todo. Tampoco vengo a aburriros con el discurso de ("jappi verdei! mister president!") un digno y simétrico Death The Kid. (Jappi verdei! Tu (inserte nombre de lector)yuuu!) Si tenéis alguna duda, siempre podéis dejar un review o usar el "Ask o er Tuitah". (Pero yo prefiero el review, sí. Sí, sí.)


Dejando la info de lado, ¡me ha encantado escribir este capítulo! (De lo que tengo planeado, está entre uno de mis favoritos.) Os aviso de que los próximos episodios se tornan aún más interesantes (más acción) y ya acabamos la introducción. Me gustaría usar siempre a Maka para narrar(es tan (en)saladilla ella), pero sin poder evitarlo tendré que usar en muchas escenas(que repartiré adecuadamente para que no os suene a chino cappuccino)la tercera persona. Para no liaros y haceros una lectura, ¡con sentido! Y entretenida.(Correcto.)

Espero que os haya gustado, si sí. Dejad un review (O dos, quien soy yo para proclamar tu destino, ¡oh!) y yo me encargaré de que esta historia no quede en el olvido(de un mundo ideal, un mundo en el que tú y yo, podamos… Píííí… —Este Aladdin, no se le puede dejar solo). Si no, deja un review y una demanda igualmente y pongámonos a comentar entre todos lo que os parece Soul Eater Not(Sigo pensando que Ohkubo escribe Bad Fics, Bell Star, sembrando la duda desde el 96). Los peces te amarán si pinchas una poquito en: Fa(p)v y Foll(eteo)ow y recordad que "ay, no hay que llorar, porque la vida, ¡la vida es un carnaval! Y las penas, ¡las penas se van cantando! Oooh, ah…"

"¡Minino Chulo Versus. Víbora de la muerte! ¡Hagan sus apuestas!"