UN GIRO INESPERADO: MISAO

— * —

Notas de la autora:

Son similares a las del fic de Aoshi, pero como alguien puede llegar y empezar a leerlos por aquí, también lo comento.

Como os dije en alguno de los comentarios de «Crónica de…», releer uno de mis fics me da remordimientos. Concretamente, «Juegos del destino», porque en serio, es que ha quedado de bonito… *o* . Y no, no lo digo por falta de modestia sobre la trama de la historia y blablablá, sino porque no os podéis hacer idea del cambio sufrido del original al que está colgado. Ni remotamente… Parece otro, en serio. Y claro, con esta historia me da mucha pena que se quede como está.

Así que he decidido que voy a arreglar la primera parte al menos. El fic tiene dos partes diferenciadas: la primera es la historia hasta que la pareja se junta; y la segunda, su vida estando casados. Y lo dicho, voy a hacer la primera porque es lo más «rescatable». Como esa parte es la cortita, tampoco me llevará mucho tiempo y eso también me ha motivado para hacer el arreglo.

A ver qué tal lo dejo ^_^º

— * —

Notas de la historia:

Al igual que en el otro, también os dejo constancia de varias cosas:

1) Éste es mi fic de dos perspectivas. Es decir, son dos fics en uno. Ésta es la perspectiva de Misao, pero hay otro con la perspectiva de Aoshi.

2) La historia tiene un componente fuerte en una de esas desvirtualizaciones del fandom (Aoshi la considera muy joven, culpabilidades por ser su tutor y tonterías varias). Si hubiera escrito ahora mismo una historia de Aoshi/Misao no habría corrido por estos cauces ni de lejos. Pero es lo primero que escribí en mi vida (allá por 2004) y en aquel entonces NO había leído el manga. O lo que es lo mismo, que de la personalidad de Aoshi después de la batalla de Shishio conocía «cero patatero». Sólo conocía de él lo que leía por otros fics del fandom y como muchas sabréis, en aquella época al menos, los fics de este fandom fieles al manga brillaban por su ausencia ¬_¬º.

Estoy intentando reconducir los personajes a lo que son sus personalidades verdaderas y suavizar esa desvirtualización. Pero ni con ésas voy a conseguir que se ciñan a sus personajes del manga. La historia tiene un rumbo que dudo que se dieran en el marco del manga, pero bueno… se hará el intento.

3) Quiero matizar una cosa de la perspectiva de Misao antes de que algunas empiecen a decir que no es tan explosiva como en el manga y esas cosas. Misao aquí no tiene 16 años. Es mayor y lleva varios años liderando una organización ninja. Como corresponde, tiene un comportamiento más maduro que el infantil y despreocupado que salía en el manga.

4) Al igual que «Juegos del destino» este fic lo hice en primera persona. Si se me ha colado en la narración algo en primera persona, es por eso, no es que se me haya ido la olla ^_^º

5) Y esto es como curiosidad. A diferencia de «Juegos del destino» que corté rápido lo de enviarlo porque lo iba a reeditar, este ruló más entre las que me leéis. Las que lo hayáis leído entonces… cualquier parecido con ese archivo es pura casualidad, jajajaja. No, tampoco es tanto, pero vais a notar mucha diferencia. Para empezar, como que tiene más de 3.000 palabras extras y he cambiado un montón de cosas. Así que lo dicho: vais a encontrar grandes diferencias.

Espero que os guste el fic :-D

— * —

Disclaimer: El mundo de «Rurouni Kenshin» pertenece a Nobuhiro Watsuki. La siguiente historia no tiene ánimo de lucro, ni nada parecido. Sólo es una historia escrita por divertimento.

— * —

Capítulo 1: Una mala noticia

Algo la había despertado y sacado de un bonito sueño con su Aoshi. Una sensación cálida golpeaba a la altura de sus ojos y le hizo abrirlos para cerrarlos al instante. Un rayo de sol caía directamente sobre ellos. Misao no pudo hacer otra cosa que fruncir el ceño desconcertada. ¿Cómo era posible que le estuviera dando el sol? Su futón se encontraba alejado de la ventana para que nada la despertase por las mañanas.

Misao se giró sobre su cuerpo notando la rigidez del suelo y, ya lejos del brillo del sol, miró dónde estaba. Vio su futón vacío a su lado; se había salido de él. Con una sonrisa afectada, no pudo evitar pensar en qué demonios debía haber estado soñado para acabar allí, pero teniendo en cuenta que recordaba vagamente que Aoshi estaba implicado, podía hacerse una idea aproximada.

Una vez despierta, Misao se dio cuenta de las molestias que la falta del futón había originado a su cuerpo: lo sentía dolorido. De modo que se levantó decidida a darse un baño esperando que eso le ayudase a sus músculos.

Y por supuesto que era lo que necesitaba. Notó cómo todos ellos se destensaban al meterse en el agua de la tina. La había llenado con agua apenas calentada, pues era un día caluroso de verano. Llevaban encadenado varios días de bochorno y no esperaban que cambiase en ese día. En cuando las horas avanzasen, el calor volvería a hacerse insoportable. Estaba siendo un verano muy caluroso y el hecho de que las noches no refrescaran lo suficiente, conseguían que el calor se fuera acumulando día tras día.

Estaba absorta en sus pensamientos cuando un grito la sacó de ellos de forma abrupta.

—¡AAAAHHHHHH! —Misao pudo diferenciar la voz de Okon.

Salió rápidamente del baño y se puso lo primero que encontró que era su yukata para dormir y pasó por su habitación para coger sus armas. Se dirigió hacia la cocina —el origen del grito—, pero desde luego, no esperaba encontrarse la escena que se encontró. Okon y Omasu daban saltitos con las manos unidas y Aoshi las miraba con la misma expresión parca de siempre. Misao se acercó a ellas con gran confusión. Había esperado toparse con una escena mucho más violenta que la jubilosa que tenía delante.

—¿Estáis bien? —preguntó algo preocupada.

Misao las observó por unos momentos, pero viendo que no le respondían, viró su atención hacia Aoshi esperando que él pudiera sacarla de la ignorancia. Sin embargo, éste se había girado hacia ella y la observaba tan blanco como un fantasma. No parecía que le fuera a contestar. Su rostro seguía inexpresivo, pero se había quedado inmóvil. Lo único que se puso en movimiento fueron sus ojos, los cuales la recorrieron de arriba abajo de una forma que jamás había hecho.

Pero Misao seguía inquieta por el susto que se había llevado y que la había sacado de la bañera, así que eludió ese detalle y volvió a preguntar.

—¡Sí, Misao, mira! —exclamó pletórica Okon poniéndole la mano de Omasu ante sus narices.

Omasu tenía un anillo en el dedo anular. Por un momento no estuvo segura de qué significaba aquello, pero era evidente que era la respuesta a la pregunta. Y entonces, cayó en cuenta de lo que podía ser. Desde hacía unos años, se había importado una costumbre de occidente que consistía en que el novio regalaba un anillo a una mujer para indicar que se habían prometido.

Misao abrió los ojos y la boca cuando esa verdad se filtró en su mente. Así que por fin su novio se había decidido a pedirle matrimonio. Hayato era un hombre que había conocido hacía unos meses y rondaba de forma habitual el Aoiya para estar con ella. Todos sabían que en cualquier momento él le pediría su mano y por supuesto que Omasu aceptaría. Pero no dejaba de ser emocionante el momento.

Misao tiró al suelo las kunais que había traído pensando que había pelea y le agarró la mano para ver el anillo mejor. Era muy bonito; de oro con unos brillantes alrededor de una pequeña esmeralda, todos formando un dibujo incrustado en la parte superior del aro.

—¡Es precioso, Omasu! —se alegró emocionada por la noticia—. ¡Felicidades!

Sin embargo, las dos mujeres se la quedaron mirando como estatuas; toda la diversión de minutos antes perdida en el silencio que se formó en la cocina.

—Misao... —susurró Okon perpleja—. Tu yukata... —Y acto seguido miró a Aoshi.

¿Su yukata? ¿Qué le pasaba a su yukata?, pensó sin entender las palabras de su amiga. Pero bajó la vista y sintió cómo toda la sangre de su cuerpo se acumulaba en su rostro. Había salido disparada del baño preocupada por un posible ataque y por supuesto, secarse no había sido una opción. De modo que la fina yukata de verano que llevaba encima, se había mojado y se le pegaba al cuerpo marcando ciertas zonas que no deberían mostrarse en público. Pero antes de que Misao pudiera hacer algo como intentar taparse o salir corriendo avergonzada, Aoshi se quitó su gi y se lo puso por encima.

—No... no me había dado cuenta —tartamudeó abochornada cogiendo el lateral de la prenda para cerrárselo más.

—Deberías tener más cuidado, Misao —le reprendió en su habitual tono neutro.

—Por supuesto… —estuvo de acuerdo ella; no podía ni levantar la vista—. Gracias, señor Aoshi.

El mayor problema de no poder mirarle a la cara era que tenía su torso descubierto ante ella, algo que la estaba poniendo más nerviosa aún. Misao decidió que lo más prudente era bajar su mirada al suelo, ya que el maldito no tenía la delicadeza de abrirse en dos y tragársela para evitarle esa horrorosa situación. Ni el pelo de Kenshin podía ser más rojo que su rostro en ese momento, pero por suerte, Omasu volvió a hablar regresando al tema principal y rompiendo esa escena en extremo incómoda para ella.

—Gracias, Misao, estoy muy contenta —comentó emocionada llevándose las manos al rostro—. Al fin voy a casarme con el hombre que quiero...

Omasu estaba en las nubes; con una expresión de felicidad que causó envidia en Misao. Por supuesto, era una envidia sana; nunca querría que le pasara algo malo a su amiga. Pero ella también quería poder casarse con el hombre que amaba, con Aoshi: el hombre que le quitaba el sueño y ocupaba sus pensamientos por el día.

—Qué envidia me das —dijo con un suspiro—. Una casada y la otra a punto —comenzó a decir refiriéndose a Okon y Omasu respectivamente—. Las únicas que quedamos somos Megumi y yo, y Megumi estoy segura de que pronto lo hará. Así que me quedaré sola en este barco —terminó diciendo deprimida.

—No te preocupes. —Se acercó hasta ella y le puso una mano en el hombro a modo de consuelo—. Tarde o temprano te tocará.

—Sí... —respondió Okon con resignación—. Y quizás más pronto que tarde...

Eso último lo dijo en un susurro melancólico, y dio la sensación de ser un comentario más bien para ella que para los demás. Sin embargo, a Misao le llegó muy claro. No entendía muy bien lo que quería decir con esas palabras, pero le recorrió un escalofrío por la espalda. ¿A qué se refería con lo de «quizás más pronto que tarde»? ¿Y por qué sonaba tan funesta?

Justo iba a demandarle una explicación cuando entraron los demás que venían —cómo no— mucho más tranquilos que como lo había hecho Misao. Con toda probabilidad, al no estar absortos en sus pensamientos como lo había estado ella en el baño, se habían dado cuenta de que había sido un grito de emoción y no de ayuda.

Misao resopló recriminándose su actitud.

—¡Ehh! —exclamó Okina divertido—. ¿A qué viene ese escándalo? —Pero entonces miró a Misao y luego a Aoshi—. ¿Misao? ¿Aoshi? ¿Qué demonios hacéis así?

Todo el bochorno que poco a poco se había ido disipando de su cuerpo, retornó con más fuerza al ser consciente de las miradas de todos.

—No es nada, Okina... —titubeó—. Es que... verás... yo... salí de...

—¡Omasu se casa! —gritó entusiasmada Okon salvando de la mortificante situación a Misao.

—¿En serio? —se sorprendieron los recién llegados desviando su atención de Misao a Omasu.

«Gracias, gracias, gracias, Okon», agradeció hasta el infinito Misao por alejar el escrutinio de ella.

Mientras todos preguntaban los pormenores de la petición de mano, Misao se escabulló hacia su habitación para cambiarse, decidiendo que ya se enteraría después de cómo había sido todo cuando estuviera decentemente vestida. Se quitó el gi de Aoshi y se vistió con rapidez sintiéndose por fin más cómoda y segura después de lo mal que lo había pasado ante los ojos de los demás.

Cogió la ropa de Aoshi para llevarla a su habitación, pero se detuvo. La pegó contra su cuerpo e inspiró profundamente. Su olor era embriagante... y volvió a suspirar. No podía evitarlo: lo amaba, y junto a él, todo lo que hacía o le rodeaba. Había sido así desde niña y no había cambiado incluso tras lo ocurrido a su regreso. Era el hombre de su vida y siempre sería así.

Dobló la prenda y se la dejó en su habitación para empezar el nuevo día en el Aoiya.

Vigilando que no hubiera nadie cerca queriendo evitar a toda costa preguntas insidiosas, Misao se acercó a la cocina para desayunar. Allí estaba Omasu aún terminando su desayuno y, más tranquilas, su amiga le fue poniendo al día de cómo había sucedido la pedida de mano.

Justo acababa de terminar el último bocado, cuando Aoshi apareció por la puerta con su eterna expresión seria comentándole que Okina les requería a los dos. Despidiéndose de Omasu, se encaminaron a la habitación de su abuelo. Les esperaba sentado y demasiado serio para ser él, con los ojos cerrados y una taza de té enfrente.

Habló directamente en cuanto se sentaron con él.

—Os he llamado porque tenemos que hablar de algo muy importante que te incumbe a ti, Misao... —acto seguido miró a Aoshi—, y por tanto, también a ti, Aoshi, puesto que eres su tutor.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo ante esas palabras; estaba segura de que no le iba a decir nada bueno.

—Misao —siguió el anciano—, eres la okashira del grupo y como tal tienes ciertas responsabilidades. —Iba a responderle que estaba cumpliendo bien con su deber cuando su mano se alzó indicándole que no hablara—. Déjame terminar, ya me está costando decirte esto como para que también me interrumpas. No te estoy diciendo que lo estés haciendo mal, ni mucho menos. —Okina sonrió tristemente—. Lo cierto es que estoy muy orgulloso de ti. Has superado todas mis expectativas, y de estar tus padres vivos aún, también ellos te lo habrían dicho.

—¿Entonces? —preguntó confundida—. No entiendo...

—Misao —la interrumpió con severidad—, este año vas a cumplir veinte años, y debes casarte.

La aludida se quedó de piedra; le costó reaccionar a lo que estaba oyendo, pero ya empezaba a ver por dónde iba la conversación.

—¿Qué...? —cuestionó perpleja, pero las palabras se le atascaron en la garganta así que tuvo que volverlo a intentar—. ¿Qué has dicho?

—Que tienes que casarte —respondió sin miramientos.

Misao le observó de hito en hito sin poder dar crédito a lo que oía.

—¡No pienso casarme porque me lo digas! —replicó enfadada.

—Misao… —intentó sonar apaciguador.

—¡No! —gritó levantándose de su sitio—. No pienso casarme porque vaya a cumplir veinte años. ¡Como si cumplo treinta! ¿A qué demonios viene esto?

—Misao, ¡siéntate! —exigió autoritario el anciano. La joven se envaró ante el tono de Okina, el cual siempre se mostraba con ella desenfadado. Reticente, se sentó en el mismo sitio en el que estaba—. Hemos tenido mucha paciencia contigo…

—¿Hemos? —inquirió perspicaz.

—Misao… te quiero; eres mi nieta y no quiero que sufras —empezó el hombre otra vez—. Pero deberías haberte casado antes de cumplir los dieciocho años, cuando aún estabas en la primera etapa casamentera. En cambio, vas a cumplir veinte dentro de tres meses. Eres la okashira de los Oniwaban-shu y aún no tienes descendientes.

—Mi padre tenía más años que yo cuando me tuvo —replicó beligerante.

—Pero tu padre era un hombre y tú no —determinó contundente haciendo enmudecer a su nieta.

Misao empezó a sentir que se le revolvía el estómago; su mundo se estaba yendo abajo con cada palabra que añadía. No podían estar teniendo esa conversación. Simplemente, no podían. Tenía que ser una mala pesadilla. Sí, seguro que se había salido del futón y la mala postura le había torcido el sueño de esa manera.

—Puesto que no has encontrado a alguien con quien casarte, te he buscado algunos pretendientes de otros grupos ninjas —siguió Okina sin tomar en cuenta la indisposición de Misao—. Te he concertado entrevistas con ellos para que los conozcas y decidas cuál te conviene. Esta noche se ha preparado una cena en la que estará el primero. En mi opinión, sería la unión más ventajosa, no sólo para ti, pues es un buen hombre, sino porque su grupo ninja sería un poderoso aliado. Sin embargo, te he buscado algunos candidatos más para no limitar tus opciones. Tienes hasta el último día del mes para encontrar a alguien o tendrás que decidir entre uno de ellos. Así tendremos un margen para preparar todo como debe ser antes de que cumplas los veinte años en noviembre, y es deseo de todos que para el año siguiente ya esperes a tu primer descendiente.

¿Primer descendiente? A Misao estaba a punto de darle un infarto por la impresión que le estaba dando esa conversación. Apenas podía aguantar las lágrimas; estaba haciendo un gran esfuerzo por no llorar.

Misao le miró con atención volviendo a repasar sus palabras y entonces se dio cuenta del plural que había estado usando.

—Esto no es cosa tuya, ¿verdad? —preguntó acongojada. Era su abuelo y, como bien le había dicho al principio, no quería verla sufrir.

Pero su grupo ninja se había expandido y crecido a una velocidad vertiginosa, y sus dedos se extendían a muchos rincones del país. Ahora, el Oniwaban-shu, incluso en la clandestinidad, era un grupo organizado de gran relevancia y tenía hombres al mando como altos cargos. Sabía, sin género de dudas, que era cosa de ellos. De unos hombres que no la conocían ni la querían del mismo modo que lo hacía su abuelo. Para ellos era la líder; la que había levantado de nuevo el grupo y que tenía que cumplir con las responsabilidades propias del puesto.

—De hecho, si aún no estás casada es gracias a mi interferencia —respondió él apesadumbrado.

—Yo no quiero casarme —dijo con voz temblorosa. Al menos, no por conveniencia que era el caso que se le planteaba.

—Entonces tendrás que renunciar a ser la okashira.

Se le cayó el mundo cuando lo dijo. No podía renunciar. El Oniwaban-shu era su vida desde que nació. Y era ella la que lo había reconstruido; la que había conseguido hombres para su organización y la que había estructurado su red de espías. Llevaba tres años peleando por ello y ahora le lanzaban ese ultimátum.

Si hubiera sido un hombre, no estaría pasando por todo eso. Pero era una mujer y las cosas no eran iguales. O bien se casaba por conveniencia con alguno de los candidatos propuestos y con la idea de tener pronto un hijo, o la sustituirían por otro. Toda la idea le daba escalofríos: desde el hecho de casarse con un hombre que ni siquiera conocía, hasta el hecho de que quisieran reemplazarla sin ninguna consideración.

Además, apenas podía concebir la idea de quedarse embarazada tan pronto. No era porque fuese algo extraño en sí; muchas mujeres ya tenían hijos con esa edad. Pero Misao aún no estaba concienciada para tener un hijo en breve. Al ir las cosas con Aoshi igual de estancadas que siempre, veía muy lejos la hora de ser madre. Y ella nunca había esperado que tendría que casarse con alguien que no era el hombre al que quería.

Al final, todo se resumía en que no podría ser feliz por una cuestión de imagen social y descendientes.

—Pero ¿no se puede esperar más? —intentó negociar a la desesperada—. ¿Tiene que ser ya?

—Misao, eres una mujer; no puedes seguir soltera. Estás al final de tu edad de casarte. Si no lo haces, tendrás que dejar tu cargo —le explicó apenado—. No permitirán que sigas siendo la okashira en estas condiciones. Tienes que casarte o renunciar —decretó el anciano.

Misao quería morirse allí mismo; le estaba costando un triunfo aguantarse las ganas de llorar por la injusticia y la impotencia que sufría. Estaban vendiendo su felicidad por ser mujer. La estaban obligando a elegir entre seguir soltera, o casarse y mantener su cargo como okashira de los Oniwaban-shu.

—Aoshi, ¿tú no tienes nada que decir? —preguntó Okina en vista de que no había dicho ni una sola palabra.

—Okina, todo esto es absurdo —comentó con voz inexpresiva—. Misao es demasiado joven todavía para...

Misao no aguantó más y se echó a llorar. Por un momento, había pensado que la iba a defender, pero sólo estaba haciendo lo de siempre otra vez. Hacía tiempo que ya no mencionaba su obsesión con que era una niña y eso le daba algunas esperanzas de que pudiese verla de otra forma al fin. Pero sólo era un espejismo.

Misao se levantó furiosa y le fulminó desde su posición más elevada.

—¡¿Pero a ti qué demonios te pasa?! ¡¿Cómo es posible que sigas con ésas?! —le gritó enojada al extremo—. Ya no soy una niña; hasta Okina está diciendo que debería estar casada desde hace dos años, ¡pero tú no te enteras! —exclamó a cada palabra más iracunda—. ¡Da igual el tiempo que pase; ya puedo tener cincuenta años y nietos que tú seguirás diciendo que soy demasiado joven!

Se giró y salió corriendo dejando a los dos ahí sentados. Misao se dirigió a su habitación y se echó en el futón a llorar. Estaba destrozada. Todas sus ilusiones se venían abajo porque estaba atrapada. No podía dejar a los Oniwaban-shu. No podía hacerlo cuando tras esa decisión en realidad no le esperaba nada. Si se casaba, mantendría su cargo aunque se perdieran definitivamente sus posibilidades de tener una vida con Aoshi; pero si renunciaba al grupo, tampoco era seguro que pudiera estar con él.

Ante ella, lo que tenía era la realidad frente a un sueño. Y dado el comportamiento de Aoshi, era más bien un sueño imposible.

De modo que sólo tenía una opción delante. Tendría que elegir por marido a un hombre que no quería antes de terminar el mes, lo cual la enfermaba a más no poder…

Porque agosto terminaba en apenas dos semanas.

Misao siguió torturándose pensando en lo que sería su vida después de aquello, y más cuando pensó todo lo que implicaba casarse con alguien. No sólo era convivir con él, atenderle y cuidarle. También estaban las funciones que como esposa debía cumplir: tendría que dejarse besar, tocar y hacer el amor con un completo desconocido.

Sintió náuseas de pensarlo pero sabiendo que no tenía más escapatoria.

Y volvió a llorar con más fuerza que antes; hasta que el cansancio por el disgusto que se había llevado pudo con ella.

— * —

Misao despertó cuando alguien llamó a su puerta. Era Okon. Traía un kimono y un montón de complementos para la cena de esa noche. En cuanto la vio, por fin pudo entender su comentario; era evidente que Okon estaba al tanto. Okina le había tenido que informar para que tuviera ropa con la que estar presentable en la cena formal de esa noche.

Y aquello sólo echó más leña al fuego. Le hacía ser consciente de la inevitabilidad del asunto.

Y otra vez volvió a llorar. Normalmente, intentaba encarar lo que viniera del mejor modo posible, pero no podía hacer frente a algo con lo que no contaba y que cambiaría su vida de forma tan drástica.

Okon se acercó, dejó las cosas al pie del futón y la abrazó mientras intentaba consolarla. En esencia, le decía que no era el fin del mundo y que había cosas peores; que debía ser consciente de que los matrimonios concertados estaban a la orden del día y que debía tomarlo como lo que era: un pacto para establecer una unión entre dos grupos ninja.

Pero Misao no podía aceptar ese razonamiento. Era su vida; y no podía aceptar consuelo de una persona que al terminar sus labores en Aoiya, se iba a casa con el esposo que había elegido.

—No te atrevas a intentar quitarle importancia a esto. No cuando no estás en la misma situación que yo —le dijo con frialdad.

Okon la miró y sus ojos se empañaron con lágrimas contenidas. No le recriminó por sus palabras.

—Lo siento, Misao —se disculpó—, pero es lo único que yo puedo hacer por ti: no echarme a llorar contigo.

A Misao le cayeron kilos de culpabilidad encima. Okon no tenía la culpa de lo que le estaba pasando, y puesto que ninguna podía hacer nada, intentaba aligerarle la carga como bien podía. Si estuviera en su lugar, también le afectaría que le estuviera pasando algo como eso a una de ellas. Y también intentaría tranquilizarla aunque por dentro compartiera su disgusto.

—Perdóname, Okon, no debí hablarte así.

—No importa —contestó al momento—. Si me hubiera pasado esto a mí, posiblemente lo estaría llevando igual o peor que tú.

Okon la abrazó y Misao le agradeció que estuviera con ella en ese momento tan difícil.

—Vamos, Misao —le dijo intentando sonar animada—, tenemos que ponerte guapa para la cena. Omasu te va a traer algo de comer porque supongo que no habrás comido nada desde el desayuno.

Misao miró por la ventana dándose cuenta de que ya no era por la mañana.

—¿Qué hora es? —preguntó desorientada.

—Son más de las cinco de la tarde. —Misao abrió los ojos sorprendida. ¿Tanto había dormido?—. Como sabíamos que querrías estar sola, por eso no había subido hasta ahora. Pero no podemos dilatar esto más tiempo. En un par de horas es la cena.

Omasu entró en ese momento con una bandeja con unos aperitivos en ella.

—¿Cómo estás, Misao? —quiso saber la mujer, aunque su tono salió muy reticente. Las dos eran muy conscientes de lo diametralmente opuesto que era ese día para ambas.

—No tengo hambre.

—Se te ve pálida y ojerosa —comentó un poco preocupada Okon—. Come algo.

—Mi aspecto no tiene nada que ver con haberme saltado una comida —replicó escueta, y ninguna de sus dos amigas dijo nada más.

Omasu miró el vestido e intentó animarla alegando que estaría precioso con él. Además, le habían dispuesto un baño para que se relajara. Por supuesto, Misao dudaba que lo consiguiese, pero aun así, se metió en la tina por segunda vez ese día.

Y tenía razón: no le ayudó.

Salió tras un rato y se encaminó hacia su habitación donde Okon y Omasu la esperaban. Cuando llegó, pudo oír cómo Omasu recriminaba a Okon que no le hubiera contado nada, aunque en cierta forma, Misao ya había intuido que su abuelo no se lo había dicho a nadie más.

Omasu volvió a agasajarla diciendo que estaría preciosa esa noche e impresionaría al hombre, pero desgraciadamente, al único que Misao quería impresionar era a uno en concreto que ni repararía en ella.

Ambas se encargaron de peinarla y aplicarle maquillaje. Al igual que en la boda de Okon, se quejaron de su largo y rebelde pelo, el cual era difícil de peinar y sujetar. Lo cierto era que parecía que sólo se arreglaba como una verdadera mujer para las bodas de sus amigas. Lo había hecho con Okon, y por supuesto, con Kaoru que había sido la primera en casarse.

Misao sonrió afectadamente al recordar la boda de Kaoru. Había sido la primera vez que se había dejado preparar con kimonos y complementos. Había sido un momento mortificante cuando, tanto Kaoru como Megumi, la habían ayudado a prepararse.

*** Flash Back ***

—¿Sabes por qué tienes el pelo tan largo? —preguntó exasperada Megumi mientras batallaba con su cabello intentando hacerle un peinado.

—¿Eh? —se extrañó ella.

—Porque nunca tienes que hacerte recogidos —contestó con un mohín—. Si fuese así, ya te habrías hartado y te lo habrías cortado.

—Misao, estás muy bien así —comentó entusiasmada Kaoru por el cambio de su amiga, a la vez que se colocaba la primera capa de su vestido nupcial—. Deberías vestirte más a menudo de esta forma. Seguro que así impresionabas al señor Aoshi.

—Muy graciosa... —masculló con sarcasmo—. Pero la próxima vez que me vista así será en mi propia boda... y eso está muy lejos —terminó diciendo en un susurro.

—Venga, mujer, no será para tanto —repuso Megumi quitándole importancia a sus palabras—. Además, el día que me case, te quiero así.

—Pero ésos son casos especiales... —se quejó Misao.

—¿Y si el señor Aoshi te lo pide? —inquirió Kaoru muy pícara ella deteniéndose en lo que hacía. Misao se puso muy roja ante la idea.

—Sí... —comentó Megumi en su habitual tono provocador—. Ése también es un caso especial, ¿no?

—Supongo... —Había tardado en contestar pero lo hizo, aunque sólo ocasionó las risas de sus amigas y sentirse más mortificada por la situación.

*** Fin del Flash Back ***

¿Quién le iba a decir entonces que acabaría así? Se le volvieron a acumular lágrimas en los ojos por la rabia y la impotencia de ver su vida manejada de esa forma.

—Misao, por favor, no llores —le pidió Okon, y con una titubeante sonrisa agregó—: Piensa que se te va a correr el maquillaje e irías con unos surcos horribles en la cara.

—¿Y crees que eso me importaría? —replicó de malas formas—. Con un poco de suerte, consigo espantarles y que ninguno quiera casarse conmigo.

—Bueno… ésa es otra posibilidad, ¿no? —intentó sonar divertida Omasu.

Quizás no era el momento de decir algo gracioso, pero surtió efecto y se le quitaron las ganas de llorar. Agradecía el esfuerzo de sus amigas. Lo agradecía de verdad, pues estaban esforzándose por hacerle más llevadera toda esa historia.

Cuando terminaron con los preparativos, las dos se fueron a la cocina para disponer todo para la cena, dejándola sola en la habitación. En cuanto se hizo el silencio, las paredes se le cayeron encima y, a pesar de ser un bonito día de verano, la habitación le pareció muy fría y sombría.

Misao no supo el tiempo que transcurrió pero llamaron a la puerta y, para su sorpresa, Aoshi estaba allí.

—Misao, debemos bajar a... —Aoshi se detuvo en lo que decía.

Estaba realmente guapo con ese traje y su corazón roto se fragmentó en trozos más pequeños. Aoshi no tenía ningún problema con todo aquel asunto y para ello, sólo tenía que remitirse a las pruebas. No la había defendido como le correspondía, no se había preocupado por ella en todo el día, y encima, se engalanaba para una cena en la que estaría uno de sus pretendientes.

Aoshi se la quedó mirando unos momentos y luego siguió con lo que decía.

—Debemos bajar abajo a esperar a los invitados, para recibirles.

Misao simplemente asintió y se dirigió a la puerta donde él estaba. Aoshi la estudiaba con atención. Incluso aunque ella no le miraba de vuelta, podía sentir sus ojos sobre ella.

—Ese kimono te queda muy bien.

Casi la hizo llorar al recordar su escena en la boda de Kaoru; cómo ella le había dicho que, vistiendo más femenina, podría llamar la atención de Aoshi. Pero era evidente que sólo la analizaba con la perspectiva de un tutor, como si sólo fuese un padre alagando a su hija.

Inspiró hondo para controlarse. Se había prometido no llorar más, o por lo menos, no hasta que volviese a la soledad de su cuarto.

—Gracias, señor Aoshi.

Nada más pronunciar esas palabras, Misao sintió remordimientos por lo de esa mañana. Cuando había llegado a su habitación y recapitulado la conversación con su abuelo, se había dado cuenta de que se extralimitó con Aoshi. Le había gritado y se había dirigido a él sin el trato de respeto que siempre utilizaba.

—Siento lo de esta mañana —se disculpó queriendo volver a poner las cosas en su sitio entre los dos—; no debí hablarle así. Perdóneme.

—No te preocupes, Misao —repuso al instante—. Comprendo tu reacción.

Ninguno de los dos dijo nada más y así, en completo silencio, se encaminaron a la sala donde les esperaba Okina.

—¡Misao! Mi pequeña niña —se regocijó al verla—. Estás preciosa.

—Gracias —contestó de forma cortante. Ella no estaba tan contenta como él.

Okina la estudió desvaneciéndose la sonrisa de su rostro. Se instauró otro silencio prologado entre los tres, pero éste fue más incómodo que el anterior entre Aoshi y ella. No pasó mucho tiempo cuando por fin llegaron los invitados.

Eran dos: padre e hijo, y a Misao no le hizo falta que pasaran ni dos minutos para saber que el hombre mayor era un buen conocido de Okina. Supuso que aquél era uno de los factores que habían incentivado que su abuelo le recomendara sobre los otros.

El hijo venía bastante animado; enseguida entró en la conversación con Okina y su padre. Si antes no había necesitado ni dos minutos para ver que los ancianos se conocían bien, en ese momento necesitó menos aún para percatarse de que el chico no parecía preocupado por ese supuesto matrimonio de conveniencia.

Ryusei tenía cuatro años más que Misao. Era bastante más alto que ella, pero no llegaba a aventajarle de la manera que hacía Aoshi. Era moreno y de ojos marrón oscuro. De una primera impresión no era desagradable a la vista, lo cual, aunque la dejara de superficial, era un punto a tener en cuenta. Si tenía que casarse con alguien a la fuerza, que al menos no fuese un hombre que la hiciera querer esconderse de su presencia.

Durante el desarrollo de la cena, se mostró cortés e intentó amenizar una conversación con ella, mientras Okina y Shigeru no perdían ocasión para ponerse al día con sus grupos. La segunda impresión de Ryusei fue que parecía un chico agradable; infinitamente más sociable que el hombre que ocupaba su corazón.

Eran muy distintos.

Mientras que Ryusei hablaba con ella e intervenía en las conversaciones de la mesa, Aoshi no se podía decir que hiciese lo mismo. De hecho, Misao tuvo la sensación de que ni siquiera les prestaba atención. Parecía en las nubes y estudiaba bastante al chico… o más bien lo fulminaba con su gélida mirada para después observarla a ella y descubrirla mirándole. Misao bajaba sus ojos al plato en cuanto la pillaba y continuaba cenando intentando hacer ver que había sido fortuito.

—¿Cree que pasaré la prueba de su tutor? —Misao se sobresaltó cuando Ryusei le habló. Pudo ver cómo sonreía cuando vio que la había cogido por sorpresa.

Pero en realidad lo había hecho. No se lo esperaba. Aun teniéndole sentado a su lado, no había notado sus movimientos.

—¿Eh? —preguntó confusa por su pregunta.

—Tengo la impresión de pasar más fácilmente la prueba ante usted, que ante él —comentó en un susurro para que sólo le oyese ella—. No me lo diga: es muy sobreprotector —dedujo el chico.

Le sorprendió tanto que hubiera calado a Aoshi tan rápido cuando ni siquiera había abierto la boca en toda la noche, que no pudo evitar echarse a reír. En cuanto lo hizo, los comensales dejaron de hablar y les miraron. Misao sintió su rostro enrojecer ante el escrutinio de todos aunque por suerte, pronto retomaron la conversación por donde iban.

—Sí, a veces demasiado —corroboró ella en confidencia una vez lejos de la atención de todos.

Fijó su vista en él esperando ver cierta complicidad en su confesión, pero no le estaba prestando atención a ella: estaba de piedra mirando a Aoshi. Siguió la dirección de sus ojos y vio que le estaba fulminando y eso era decir poco.

—..., ¿verdad, Aoshi? —oyó que preguntaba Okina. Como estaba atenta al combate de miradas, no había oído por completo su pregunta. Aoshi dejó de mirar a Ryusei para centrarse en Okina, y su mera expresión le dio a entender a su abuelo que no le había escuchado—. ¿Verdad que...?

—Señorita Misao, ¿por qué no nos vamos de aquí y hablamos un rato a solas? —La pregunta susurrada de Ryusei le hizo perder el hilo de la conversación de Okina.

Escuchó un escueto y cortante «sí» por parte de Aoshi, y Misao decidió que podía ser una buena idea intentar hablar un rato con el chico. Le había quedado claro momentos antes que no podrían hablar tranquilos sin las miradas escrutadoras de los presentes, de modo que asintió a su propuesta.

Ryusei se levantó y habló:

—Nosotros nos retiramos un rato para conversar, si nos disculpan...

Por supuesto, nadie se opuso a la idea y un minuto después, se encontraron en el patio, donde caminaron tranquilos por la hierba. Era una noche calurosa pero agradable, sin una sola nube en el firmamento estrellado.

—¿Y bien? —inquirió el hombre cuando fue evidente que estaban completamente solos—. ¿Cómo lleva todo esto?

—¿A qué se refiere? —preguntó desconcertada.

—A que la tengan como un jarrón en un escaparate —contestó sin rodeos.

—¿Un jarrón? —se sorprendió por su elección de palabras.

El hombre asintió con una sonrisa divertida.

—Mi padre me ha dicho que quieren casarla y que sus tutores han buscado candidatos para ello. Y entre ellos, estoy yo —seguía sin parecer preocupado por eso, en opinión de Misao—. Además, tengo entendido que han fijado una fecha límite para que se decida, ¿no? Creo que quedan dos semanas o algo así, ¿cierto?

—Sí, hasta final de mes. —A diferencia de Ryusei, ella no le encontraba la gracia al asunto.

Ryusei se apoyó despreocupado contra el muro exterior y la miró con atención.

—Es cierto que un compromiso concertado puede parecer malo en función de las circunstancias, pero la veo más desilusionada de lo que esperaba.

Lo que Misao no entendía era que él se lo tomara tan bien, a fin de cuentas, estaban en la misma situación. Le habían propuesto para casarse con una desconocida.

—Señor Ryusei…

—Nadie me llama Ryusei —la interrumpió él riendo—. Sólo Ryu.

—Muy bien, señor Ryu —concedió ella—. ¿No le preocupa que quieran utilizarle para un matrimonio de conveniencia?

—No especialmente —contestó con total despreocupación. Misao le miró desconcertada por su actitud—. Aunque por lo que veo, a usted sí —añadió con cuidado.

Misao se cruzó de brazos en un gesto defensivo involuntario. Si por un momento había pensado intentar obtener la colaboración de Ryu en ese asunto, era evidente que se encontraba sola.

El hombre se irguió contra el muro y la observó con atención.

—¿Y por qué le afecta tanto? —inquirió confuso—. No quiero ser indiscreto pero, bueno… —dijo incómodo—, tiene ya una edad. Debería estar más contenta de poder casarse al fin.

Misao parpadeó y cuando vio que eso no era suficiente para contener las lágrimas que le estaban apareciendo, volvió a hacerlo. Ryu estaba hurgando en una llaga dolorosa aunque, por supuesto, él no podía saberlo. Intentaba que no se le notara, pero cada vez las ganas de llorar eran más fuertes, y no pudo controlarlo.

En cuanto la vio indispuesta, Ryu se tensó y, acercándose a ella, la cogió del brazo para llevarla hasta un banco. Después se agachó para tener su vista a la par que la suya y con su mano retiró las lágrimas que surcaban sus mejillas.

—Siento haberla ofendido —se defendió Ryu creyendo que se estaba desmoronando por decirle que era muy mayor—. No sabía que se lo tomaría así.

—No es por lo que ha dicho —le dijo intentado tranquilizarle—. Es porque hay gente que no es capaz de ver lo que usted ve.

Ryu la miró desconcertado y acabó sentándose a su lado, mirándola directamente a los ojos.

—No la entiendo.

—¿Cómo es posible que alguien se obceque tanto en no ver que soy una mujer que debería estar ya casada? —preguntó con impotencia. Aoshi era un completo idiota. ¿Cómo podía hacerle eso?

Ryu la miró de hito en hito, con los ojos como platos y la boca abierta.

—¿Y quién iba a pensar…? —Pero Ryu se calló y de pronto compuso una sonrisa mientras soltaba un suspiro de diversión—. A ver si acierto... ¿estamos hablando del señor Shinomori? —Misao se mantuvo en silencio y el hombre se tomó aquello como una afirmación—. Y algo me dice que este resentimiento que tiene, trae algo de fondo.

Misao intentó quitarle importancia negando con la cabeza.

—No, es sólo que es mi tutor y es el último en darse cuenta de que ya no soy una niña.

No supo que lo había dicho con rencor hasta que vio a Ryu mirarla con el ceño fruncido. La estudió por lo que le parecieron horas hasta que, con un semblante serio, se apoyó en el respaldo de piedra del banco mientras la analizaba.

—Misao… —empezó a decir, pero Ryu se corrigió rápidamente—, ¿me permites tutearte?

Misao se encogió de hombros no dándole mayor importancia. O bien se convertía en su próximo marido o no volvía a verle, luego —de un modo u otro—, no tenía mucha relevancia.

—Es que se me ha pasado una idea interesante por la cabeza. ¿Por casualidad no estarás enamorada de él?

Misao le miró horrorizada. ¿Cómo se había dado cuenta? ¿Acaso podía ser tan obvia? Y si lo era, ¿por qué todos se daban cuenta menos Aoshi? ¿Podría ser que lo supiera pero como no la correspondía, se hacía el desentendido?

—Yo… —Pero no sabía qué decir. Le había pillado desprevenida que hubiera deducido en tan poco tiempo algo tan personal de ella.

—Entonces es eso —declaró con convicción—. Él es el motivo de que esto sea tan terrible para ti, ¿no? Porque quieres estar con él y te van a concertar un matrimonio con otro.

Misao le siguió mirando conmocionada por cómo un desconocido había planteado de forma tan desapasionada algo que era tan traumático en su vida. Y para mayor asombro, no parecía afectado por la idea de que le habían propuesto como marido para una mujer que quería a otro hombre.

—Pero no lo entiendo —continuó exponiendo sin atender al estado de Misao—. Si es recíproco, ¿por qué te está buscando pretendientes?

—El señor Aoshi se ha enterado esta mañana conmigo —susurró con desconcierto—. ¿Por qué dices que es recíproco? —preguntó extrañada en extremo Misao.

Habían llegado a un punto en que ninguno de los dos podría certificar quién ganaba en el concurso de sorprendidos. Ryu la miró atónito.

—¡¿Que te has enterado esta mañana?! Espera que lo aclare… ¿estamos hablando de que te has enterado esta mañana de que te quieren concertar un matrimonio? —Ante su asentimiento, Ryu se levantó del banco alucinando como pocas veces había hecho en su vida, estaba segura—. ¡Con razón estás así! A mí me lo dijeron hace semanas, sin contar con que mi padre lleva haciéndome saber desde hace meses que me iba a buscar un matrimonio conveniente, así que tampoco es que me pillara desprevenido esto —comentó sin darle mayor importancia.

Pero Misao se había quedado con el trasfondo de lo que había dicho. Esa cena llevaba planeada semanas y se había enterado el mismo día. Su abuelo había sido incapaz de darle la mala noticia y lo había postergado hasta donde ya era imposible alargarlo más.

—Pero sigo sin entender por qué no os habéis casado si tú también le quieres —continuó desorientado.

Pero la que se quedó confusa fue ella.

—Él no me quiere; sólo soy su protegida —le aclaró Misao, y el hombre la miró otra vez con ese ceño fruncido de estar intentado desentrañar un enigma imposible.

—¿Estás segura? ¿Te lo ha dicho él? —interrogó suspicaz.

—Sigue pensando que soy una niña, ¿te parece poco? —recriminó ella disgustada, pero entonces, Ryu se encogió de hombros.

—No sé… tú le conoces mejor, obviamente —comentó al descuido—. Pero estaba demasiado molesto conmigo para ser sólo sobreprotección. Por eso pensaba que había algo más y que estaba enfadado porque la mujer que quiere se iba a casar con otro en breve.

—El señor Aoshi no estaba enfadado —susurró Misao sin comprender.

—Perdona, pero… El señor Shinomori se ha pasado la noche fulminándome, mirándote, fulminándome, mirándote... Mientras tú le espiabas y bajabas la vista a la cena para mirarme después de reojo. ¿Crees que no me he dado cuenta?

De lo que se estaba dando cuenta Misao era de que tampoco por esto parecía molesto. Ni le importaba que le concertaran un matrimonio, ni tampoco que la supuesta mujer estuviera enamorada de otro.

—Bueno, supongo que no está de más saberlo para corregirlo en el futuro... —masculló Misao.

—¿Y por qué dices eso?

—No creo que a ningún hombre le guste casarse con una mujer que ama a otro. No me apetece lo más mínimo que luego me estén recriminando eso en mi matrimonio —refunfuñó Misao—. Como comprenderás, no me apetece meterme en líos por convertirme en viuda de forma voluntaria.

Ryu se echó a reír ante la sugerencia de Misao de acabar con su marido por fastidiarla.

—Una mujer con arrojo, eso está bien —se jactó él—. De todas formas, no veo que el asunto le pueda sorprender mucho a tu marido. Se estaría casando con una mujer por compromiso concertado, no porque lo amase. A lo mejor, incluso le pasa lo mismo, quién sabe...

—¿A ti también te pasa eso? —preguntó Misao, que aún no se había puesto en la situación de la otra parte. Se había aislado tanto en su problema, que no se había planteado que su futuro marido se encontrarse en sus mismas circunstancias: estar enamorado de una mujer que no le correspondía.

—No, nunca me ha interesado ni ninguna mujer, ni ningún hombre. Así que mi familia se ha cansado y por eso me buscan un compromiso concertado. —Misao comprobó que no le perturbaba nada el tema del que hablaban—. Y ya sabes cómo se pone la familia con lo de continuar los linajes y todo eso —añadió con un gesto rotario de la mano dando a entender que era una tontería lo que decía—. Así que en el fondo, ya sabía que esto me pasaría tarde o temprano. —Cuando terminó, la miró de arriba abajo y sonrió—. Y no me puedo quejar: tú por lo menos pareces agradable y muy bonita.

Misao le observó quedamente. Estaba alucinada y eso era decir poco. Pero acababa de darse cuenta de las ventajas que tenía Ryu tras esa conversación. Era un hombre hablador; no tenía problemas para socializar con la gente. Tampoco tenía reparos de hablar de lo que quisiera por espinoso que fuese. Había hablado de matrimonio y enamoramientos como si tratasen del tiempo. No parecía el típico hombre que se dejase arrastrar por preocupaciones vacuas, lo cual era una característica muy importante en un líder.

Quizás Okina tenía razón con él y era el que más le convenía.

Misao se envaró en cuanto pensó eso. Sólo habían pasado horas desde que le informaran de su inminente matrimonio y ya se había rendido a la imposibilidad de conseguir a Aoshi. ¿Tan rápido había perdido la esperanza?

Ryu se volvió a sentar.

—Sinceramente, espero que recapacites. —Misao le miró de nuevo con desconcierto—. Todavía tienes dos semanas para arrancarle una confesión al señor Shinomori —matizó él—. Te aseguro que esta noche no había un hombre sobreprotector en la mesa, había un hombre rabiando de celos —dijo determinante—. Sólo recordar su mirada me pone la piel de gallina.

Misao le dirigió una sonrisa triste. Sabía a la perfección a qué mirada se refería el hombre.

—Gracias, Ryu, pero me temo que tu valoración no es la real.

—Tú verás —replicó despreocupado—, es tu felicidad…

Después de aquello, Ryu cambió rápidamente de tema. Siguieron hablando para intentar conocerse mejor: qué solían hacer, las cosas que les gustaban, recuerdos pasados... hasta que se dieron cuenta de que se les estaba yendo el tiempo sin apenas percatarse.

De modo que se levantaron y regresaron a la sala donde los tres allí presentes seguían conversando tras terminar de cenar. O al menos, conversaban los dos ancianos, pues Aoshi se mantenía muy pensativo.

—Creo que ya es muy tarde y deberíamos irnos —informó Ryu al llegar.

—Sí, tienes razón, hijo. —Se dirigió a Okina y le hizo una ligera reverencia—. Ha sido un placer. Seguiremos hablando en otro momento.

—Cuando quieras —dijo devolviéndole la reverencia.

Ryu se despidió de todos y después se giró hacia Misao.

—Misao —la llamó suavemente—, ten muy presente lo que te he dicho.

La joven sonrió por cortesía, pues ella sabía cómo estaban las cosas y no podía ser tan optimista como él.

—Lo pensaré. Buenas noches, Ryu… y gracias.

Misao miró a Okina y después a Aoshi, el cual seguía fulminando el lugar por donde se habían ido con una mirada congelante.

—Bueno, Misao... —dijo en tono jovial Okina—. ¿Qué te pareció el joven Ryusei?

—Creo que es un buen hombre —contestó con una débil sonrisa.

—Te lo dije, Misao —replicó jocoso su abuelo—. Proviene de una noble familia, además de un grupo ninja muy bueno. Como ya te dije esta mañana, creo que es el que más te conviene, hija. —Okina cambió su expresión divertida por la habitual libertina y preguntó—: Y por cierto, ¿a qué se estaba refiriendo? ¿De qué habéis hablado?

El tonillo de sorna fue inconfundible, pero lo llamativo fue que acto seguido se fijó en Aoshi. Si no fuese porque estaban hablando de Aoshi, Misao juraría que intentaba molestarle... o más bien picarle. No pudo evitar desviar su vista hacia él; tenía sus ojos clavados en ella. No creía que se hubiera dado cuenta de la actitud de Okina, porque de haberlo notado, seguramente le habría reprochado sus palabras.

Retornó su atención hacia su abuelo.

—Eso es algo entre Ryu y yo, abuelo, y no le incumbe a nadie más —decretó cortante para que no le preguntara más cosas.

—No ha sido un desliz. Lo has vuelto a hacer —se jactó el anciano—. Así que Ryu, ¿eh? Ése es un salto importante. —Misao se puso muy roja cuando le destacó el trato cercano con él—. Ya me he dado cuenta de que él te ha llamado Misao. —Y después rio—. Es evidente que ha ido bien la noche. Si te soy sincero, me preocupaba que fueran los primeros en venir teniendo en cuenta que has recibido la noticia esta mañana; temía que eso te nublara la perspectiva.

Aoshi le dirigió la misma mirada fría que hacía un momento le había enviado a Ryu. Algo en su postura atrajo la atención de Misao. Analizándole mejor pudo comprobar que tenía los puños fuertemente cerrados, tanto, que si se hubieran puesto a sangrar, no se habría extrañado en absoluto.

—Me retiro, buenas noches —se despidió Aoshi, pero su voz era extremadamente fría y cortante, más de lo usual.

Salió de la estancia y Misao se quedó pensativa. ¿Podría ser que Ryu tuviera razón sobre Aoshi y estuviera celoso?

«No, Misao, no te engañes».

Sin embargo, esa actitud no era típica de él. ¿Y si había estado confundiendo sobreprotección con amor? A lo mejor sí la quería y no le decía nada porque era su tutor y no lo veía correcto.

Una nueva esperanza brilló dentro de ella. Quizás sólo se engañaba, pero si hubiera una mínima esperanza, por pequeña que fuese, tenía que pelear por ella. Al fin y al cabo, una persona que no les conocía de nada había llegado a esa conclusión desde cero. Algo tenía que haber notado para haber llegado hasta ella.

—Yo también me retiro, buenas noches —dijo apremiante saliendo de la sala y dejando solo a su abuelo.

Porque tenía una nueva esperanza. Misao llegó a su habitación y soltó la respiración que contenía en cuanto cerró la puerta. Revisó la estancia de lado a lado y sonrió; porque la que había sido una habitación fría y sombría unas horas antes, había recobrado luz y calidez.

— * —

Notas finales:

La semana que viene voy a estar bastante desaparecida (como que no voy a estar en casa XD), y no había caído en ello cuando empecé a subir estos fics ^_^º . Así que igual aprovecho entre los días que esté para subir una actualización de «Crónica de…» en vez de seguir subiendo por aquí :-s . Porque no, no voy a poder subir un capítulo de cada la semana que viene T_T

Pero lo dicho, así aprovecho a actualizar el otro… que tenemos a la pobre Kaoru secuestrada ya un montón de días »_«

Espero que os haya gustado el capítulo :-D