EL LADO OBSCURO DE TU CORAZÓN

Prólogo.

Silencio… silencio… silencio… lo único que Lovino Vargas quería en su vida era escuchar solo el silencio.

La frase "las palabras lastiman", para el italiano ha tenido un sentido literal siempre, pues Lovino Vargas está maldito… toda su vida ha podido escuchar los corazones de la gente. No recordaba cuando comenzó pero desde que tenía memoria esta siempre había sido su cruz; desde apenas un bebé lo único que recordaba era el sonido constante de las palabras atosigándolo sin descanso, un eco que lo acosaba siempre.

-¡Cállense!- chilló un Lovino de seis años que hecho un ovillo en la esquina del salón de la guardería lloraba a todo pulmón.

Un montón de voces golpeteaban contra su cabeza, todas la mismo tiempo en diferentes tonos, diciendo diferentes palabras haciendo un zumbido insoportable.

-¡Cállense!- volvía a gritar poniéndose las manos en los oídos llorando desconsoladamente. A su lado, su mellizo Feliciano intentaba preguntarle que le pasaba pero Lovino no paraba de llorar y de gritar.

-Lovi ¿Qué sucede? ¿Te sientes mal? ¿Te duele la cabeza?- una de las amables profesoras intentaba tranquilizarlo pero Lovino no hacía más que seguir llorando apretando fuerte sus manos contra sus orejas.

¿Pero qué le pasa a este mocoso? ¿Por qué no se calla de una vez? Nadie aquí está haciendo ruido

El niño podía escuchar claramente las palabras de la profesora así que ante esto hizo más intenso su llanto y sus gritos. ¡Todos estaban haciendo ruido! ¡Todos estaban hablando sin parar haciendo que su cabeza estuviera a punto de reventar!

-Ve~ hermanito… mamá ya viene, vas a estar bien- intentó tranquilizarle Feliciano.

No…no iba a estar bien porque seguía habiendo ruido alrededor… silencio… por favor, solo quería que todos guardaran silencio… que todos se callaran de una vez por todas.

Niño raro. Está loco. Pero que niño tan extraño. Raro. Llorón. Está demente. Fenómeno.

Lo podía escuchar… lo escuchaba todo y cuando alzaba la mirada alcanzaba a ver a los otros niños que lo miraban diciendo estas cosas sin abrir la boca, todos al mismo tiempo repitiéndolo sin cesar, apuntándolo con sus ojos insultándolo con sus pensamientos.

-No estoy loco, no soy raro… cállense- decía apretando fuerte sus dientes pero entre más lo hacía el resto parecía más empecinado en seguir repitiendo aquello hasta colmar su paciencia.

-¡Ya basta!- gritó finalmente levantándose a punto de arrojarse contra el grupo de niños de quienes venían las voces pero antes de poder hacer algo la maestra logró atraparlo y alzarlo en brazos intentando calmarlo.

-¡Lovi, tranquilízate!- le pedía ella.

-¡Cállense, cállense, cállense! ¡Todos cállense ya!- gritaba llorando y retorciéndose en los brazos de la señorita que mandó a una de sus compañeras a llamar con urgencia a la madre de los mellizos.

Intentaron calmar a Lovino pero este no se dejaba, daba patadas y puñetazos, pretendía morder a todo aquel que intentara detenerlo. Pero fue finalmente Feliciano quien les dio la respuesta para que su hermano pudiera al menos dejar de llorar.

Lo dejaron encerrarse en uno de los armarios de la oficina, en la obscuridad, lejos del ajetreo del salón de clases. El niño cerró la puerta del armario y de nuevo se cubrió los oídos intentando con ello amainar el dolor en su cabeza. La obscuridad lo ayudaba, el parcial silencio también y cerraba sus ojos ocultándose de todo el exterior que lo lastimaba, escuchando el susurro del corazón de su mellizo que se preguntaba si estaría bien.

Lovino tenía por costumbre ocultarse en momentos de crisis, correr al lugar más estrecho y obscuro y quedarse ahí, de ser posible, hasta caer profundamente dormido, solo quería la tranquilidad que el silencio podía darle.

Pero mamá entonces llegó y escuchó todo el alboroto en su mente.

¿Otra vez se puso agresivo? ¿Por qué le pasa esto? Oh no, tampoco lo quieren más en esta escuela… es la tercera en apenas un año. ¿Debería llevarlo al doctor?... pero no hay tanto dinero ¿Y qué haré con Feliciano? No puedo cambiarlo de escuela también, pero no querrá estar sin Lovino… ¿Qué debería hacer? Son demasiados problemas.

Su madre pensaba esto mientras que de su boca solo salía una disculpa tras otra. Lovino a sus escasos seis años llegó a la conclusión que su sola existencia representaba un problema para todos.

-Hermanito… mamá ya está aquí, ya podemos ir a casa- Feliciano le susurró desde el otro lado de la puerta, Lovino no quiso salir pero fue obligado por su madre que lo sacó de ahí, le acarició tiernamente la cabeza y lo tomó en brazos para llevárselo junto con Feliciano diciéndole que todo estaba bien.

Mentiras. Ella pensaba todo menos eso.

Pronto Lovino aprendió que la gente siempre miente.

Fue entonces que su viacrucis por diferentes médicos comenzó, todo gracias a la creciente preocupación de sus padres por esos episodios tan extraños que presentaba el pequeño. Primero lo llevaron con su pediatra de cabecera consultándole a que se debían los constantes dolores de cabeza de Lovino. No había nada.

Y fueron con otro doctor. Nada. Uno más y otro más, tantos que pudieron haber llenado un directorio entero.

Solo quiere llamar la atención.

Todos pensaban lo mismo después de examinarlo, hacerle radiografías y todo tipo de estudio neurológico. Escuchaba esta frase como si fuera el punto final a su diagnóstico; solo un niño que buscaba atención y cariño de sus padres, un caso usual.

Entonces pasaron de los médicos a los especialistas y de los especialistas al psicólogo y del psicólogo al psiquiatra.

Loco. Esquizofrénico. Enfermo mental.

Los pensamientos se volvían más pesados, más intensos. Lovino veía a papá y a mamá sonrientes tomándolo de la mano llenándolo de esperanzas de que todo estaría bien pero Lovino los escuchaba llorar todo el tiempo, a todas horas y ese llanto era por su culpa, esa tristeza llevaba su nombre.

Lovino comenzó a repudiar esas sonrisas porque podía escuchar a la perfección su dolor, empezó a sentir una repulsión que un niño de su edad no debería sentir al ver a sus padres intentando ser fuertes por él. Lo escuchaba todo, el quebrar de sus corazones y como estos se desmoronaban. Así que a muy temprana edad decidió llevar una gran carga en su pequeñito cuerpo.

-Ya no escucho nada- dijo una mañana después de levantarse; mamá y papá se miraron entre ellos y luego a él que repitió –Ya no escucho las voces ni me duele la cabeza, creo que ya estoy bien- mintió como había aprendido a hacerlo por parte de todo el que le rodeaba.

Sus padres corrieron a abrazarlo y hacerle infinidad de preguntas que él contestó intentando sonar natural y poco a poco mamá y papá dejaron de llorar y empezaron a reír una vez más, tan aliviados pero Lovino no se sintió así en absoluto.

Su costumbre de correr a esconderse a lugares extraños se volvió más frecuente, decía que era un juego entre Feliciano y él, pero no era así. Cuando sentía su cabeza estallar corría de inmediato al closet o debajo de su cama y se quedaba ahí por largas horas, apagaba las luces, se ponía las manos en los oídos y esperaba… esperaba… esperaba.

-Ve~… yo sé que aun puedes oírlas- le dijo Feliciano una noche que se infiltró a su cama bajo los cobertores y le ayudaba a cubrirse los oídos pues aunque Feliciano no podía escuchar nada, Lovino podía oír claramente a sus padres en la habitación de un lado pensando en problemas y dinero, volviéndose cada vez más distantes entre ellos.

-No se lo diré a nadie- le dijo Feliciano en susurros mirándolo directamente a los ojos.

-Feli, ya no quiero escuchar nada- dijo Lovino en voz baja para intentar apaciguar el dolor.

-¿Te duele cuando escuchas esas voces?- le preguntó Feliciano a lo que Lovino asintió con la cabeza.

-¿Y te duele cuando yo te hablo?- le volvió a preguntar y esta vez el niño negó.

-Tú dices justo lo que estás pensando- respondió Lovino y Feliciano sonrió acercándose más a su hermano para que solo él pudiera escucharlo, a pesar de que estaban solos en la habitación y debajo de las cobijas de la cama.

-Entonces te prometo que yo siempre te diré lo que estoy pensando, yo no te voy a lastimar ve~- le dijo el menor al otro que solo asintió con la cabeza e intentó cerrar sus ojos para dormir.

Con esta promesa hecha, los hermanos siguieron creciendo intentando llevar una vida normal, pero para Lovino cada día era una tortura que se iba haciendo más y más grande conforme iba entendiendo mejor las cosas junto con el significado de las palabras. Y lentamente, como un cáncer que se expandía por su corazón… empezó a odiarlo todo a su alrededor.

Si es duro darse cuenta que una persona miente, es más duro aun aprender que todo el mundo miente; Lovino se daba cuenta de que la gente que lo rodeaba estaba en una constante contradicción, nadie era real a excepción de su hermano que fiel a su juramento le contaba hasta sus más íntimos secretos sin guardarse nada para él, pero el resto de la gente era diferente y fue gracias a ello que comenzó a evitarla y aislarse, tratando de alejarse todo lo posible de esa parte tan podrida que todo mundo parecía llevar sobre sí, temiendo infectarse de esa hipocresía.

Faltaba constantemente a la escuela con el pretexto de la migraña, muchas veces era cierto, otras ocasiones solo quería evitarse el mal rato de escuchar a sus maestros y a sus compañeros juzgándolo, Feliciano no siempre podía quedarse con él así que cuando Lovino se quedaba en casa se escondía bajo la cama y se quedaba dormido hasta que todos llegaban y el ruido se reanudaba.

Si pudo terminar la primaria fue gracias a que su madre tuvo que hablar con la directora del colegio explicándole acerca de sus problemas de salud. Fue así como llegó a la secundaria, convertido en un muchachito arisco, antisocial y huraño… su desprecio por la gente y su hipocresía crecía cada vez más rápido; incontrolable, como el flujo de pensamientos que todos los días llegaban a él.

Que tipo tan pesado. Molesto. Da miedo. Deberían sacarlo de la escuela. Raro. Qué horror de persona.

De alguna manera Lovino se había acostumbrado a escuchar esto todos los días, cosas que hacían que el dolor punzante en sus sienes se volviera más intenso, así que se recostaba en su pupitre poniéndose las manos sobre la cabeza apretando los dientes y mordiéndose la lengua para intentar ignorar la migraña.

Ahí está otra vez, actuando raro. ¿Por qué hace eso? Es muy extraño. Debe estar loco.

-¿Lovino, estás bien?- una muchacha de su clase, la más bonita y atenta una vez le preguntó cuándo lo vio en esa posición que a todos les parecía tan rara; el chico alzó la vista casi borrosa por lo fuerte del dolor de ese día y la vio ahí con ese gesto preocupado que hubiera podido engañar a cualquiera.

¿Por qué yo tengo que preguntarle? Este tipo me da miedo, no quiero estar cerca de él.

-Si quieres puedo acompañarte a la enfermería, vamos- le dijo la chica, ahora con una sonrisa dulce ofreciendo su mano atentamente.

¡Por favor que no me toque!

-Mentirosa….- masculló Lovino pero la jovencita no lo escuchó así que se quedó ahí ofreciendo su mano aun pensando todo lo anterior, como una grabación que se repetía una y otra vez.

-¡Deja de mentir de una vez!- espetó Lovino levantándose de su asiento y empujando tan fuerte a la muchacha que la hizo caer y soltar un grito de sorpresa.

De inmediato todos voltearon a ver el espectáculo, algunos fueron a auxiliar a la chica que comenzaba a llorar por el susto y el golpe.

¡¿Qué le pasa?! ¡Desquiciado! ¡Enfermo! ¡Delincuente! Idiota.

-¡Cállense!- les gritó de pronto Lovino a todo mundo que se quedó paralizado por lo fuerte del grito pero sus mentes eran un embrollo de pensamientos, críticas e insultos, todos dirigidos a él.

-¡Cállense, cállense!- les gritaba el moreno retrocediendo por cada palabra que escuchaba, por cada cosa dedicada a él, por cada pensamiento que era más fuerte que los golpes.

Su cerebro entonces parecía estar punzando de manera mucho más dolorosa y de pronto sentía nauseas por la intensidad de su malestar. Solo quería que todos dejaran de pensar, dejaran de sentir… pero todo mundo lo hacía e incluso alumnos de otros salones se acercaban haciendo el barullo todavía peor. Dolía… dolía tanto.

Sabía que vomitaría si no se iba de ahí, así que empujando a todo aquel que quiso detenerlo para acusarlo con el profesor, logró hacerse paso y correr muy lejos de ahí; fue hasta la enfermería en donde sin importarle que ya no tenía seis años, ignorando el hecho de que era casi un adolescente se metió bajo la única cama del lugar, se llevó las manos a los oídos presionándolos con fuerza y cerró los ojos dejándose inundar en la obscuridad de debajo del colchón.

Todo era negro y silencioso, era como si la negrura del lugar lo reconfortara, estaba lejos de todo mundo así que solo escuchaba ligeros susurros que eran opacados por sus manos en sus oídos. Ya no quería estar ahí, odiaba la escuela, odiaba los lugares concurridos, odiaba a la gente... odiaba tener que vivir de esa manera.

-Hermanito- de pronto escuchó la voz de su mellizo en la enfermería, como supuso, a este no le fue difícil encontrar su escondite. Sin importarle ensuciar su uniforme, o verse ridículo, se metió bajo la cama junto con Lovino y como hacía cada vez desde que eran unos niños, puso sus manos sobre las del mayor.

-Me enteré de lo que pasó ¿Te sientes mejor? ¿Quieres que llame a mamá?- le preguntó a su hermano que respiró profundo.

-Me quedaré un rato más aquí, pero no le digas nada a ella- respondió Lovino con voz baja como cada vez que tenía esos abscesos de dolor, temía que su propia voz fuera a lastimarlo.

Respiró al menos tres veces muy profundamente sintiendo la calidez de las manos de su consanguíneo sobre las suyas aislando todo sonido, intentando relajar sus hombros y su cuello esperando a que lentamente el dolor apaciguara.

-Oye hermanito ¿Crees que la enfermera nos regañe si nos ve aquí? Ve~- dijo Feliciano removiéndose bajo la cama en el piso.

-Que se vaya a la mierda- contestó Lovino haciendo reír a su hermano y manteniéndose en su misma posición.

Situaciones como esta se repetían con frecuencia, esos arranques violentos de Lovino que lo llevaban a golpear a sus compañeros, el que a mitad de una clase saliera corriendo del salón directo a la enfermería o al laboratorio y se quedara ahí escondido por el resto del día. Faltar por semanas enteras sin razón aparente, separarse de los grupos grandes de gente en las clases o en los recesos. Llegar a convertirse en una persona solitaria con una eterna mirada de desconfianza en sus jóvenes ojos.

Fue así como a base de un pésimo historial de conducta, bajas calificaciones y sin un solo amigo que no fuera su hermano, llegó a la preparatoria.

Para Feliciano tampoco fue fácil la escuela, era un chico débil que había desarrollado una fuerte dependencia por su hermano, por lo tanto el congeniar con alguien más le era casi imposible. Por supuesto sus compañeros habían notado esta extraña necesidad del menor de estar siempre con su mellizo así que los rumores y las burlas no faltaban.

Lovino hacía mucho había dejado de ser molestado pasando a ser completamente ignorado, pues de lo contrario podrías arriesgarte a una golpiza de su parte o algún arranque de locura inexplicable. Pero Feliciano era el blanco de todos gracias a su completa ineptitud a la hora de intentar defenderse.

Ahí va el desviado. Niñita. ¿Acaso el incesto no es delito?. Qué asco. Par de enfermos.

-Feli ¿Por qué no me has dicho que la gente te molesta?- le preguntó Lovino a su hermano mientras ambos comían su almuerzo escondidos en una de las aulas viejas del edificio en desuso; el salón tenía las ventanas bloqueadas así que no dejaban pasar la luz haciendo ver el lugar muy tenebroso, por lo tanto la gente no se aparecía; era el lugar idóneo para Lovino.

-Ve~ no me molestan… solo dicen cosas- dijo el nervioso Feliciano encogiéndose de hombros, olvidando por un momento que no podía ocultarle nada a Lovino.

-Eso es molestarte- dijo Lovino viendo a su hermano que se removía en su lugar y seguía forzándose a sonreír… también odiaba esa parte de su mellizo.

-No me importa realmente, no debes preocuparte- contestó el menor.

No me importa, porque ellos no entienden, no puedo enojarme con alguien que no tiene la culpa de no comprender.

Feliciano miraba directamente a Lovino mientras pensaba esto. Feliciano y Lovino habían creado esa manera secreta de comunicarse; cuando a Feliciano le daba pena o le costaba trabajo decir algo lo pensaba sabiendo que Lovino podría escucharlo, lo miraba a los ojos haciéndole entender que tenía el permiso de escuchar aquello, para que el mayor no se sintiera culpable de indagar en sus pensamientos y sentimientos.

-Eres un idiota- masculló el mayor entre los dos y siguieron comiendo.

Sin embargo a pesar de que a Feliciano no le molestara, no se podía decir lo mismo del otro hermano Vargas.

Los muchachos salían de la escuela camino a casa; Lovino no tenía nadie de quien despedirse o nadie a quien le importara llamarlo para invitarlo a salir para jugar videojuegos o verse con algunas chicas… sencillamente lo veían pasar como una sombra que rellenaba el paisaje.

Ambos iban cruzando el portón de la escuela a paso rápido como siempre pues Lovino detestaba estar mucho tiempo en la calle, ir y venir de la escuela a diario era una faena.

Al cruzar la acera se toparon con un grupito de adolescentes, todos de la clase de Feliciano y que comenzaron a reír de manera extraña cuando vieron a los hermanos pasar. Los consanguíneos no tuvieron que hacer muchas suposiciones para saber porque reían, mucho menos Lovino que podía escuchar con toda nitidez y claridad que era lo que pasaba por sus retorcidas cabezas.

El mayor se detuvo en seco cuando un montón de pensamientos obscenos llegaron a sus oídos… cosas que sobrepasaban lo ofensivo y de paso lo pecaminoso ¿Cómo era que esos chicos podían tener una mente tan podrida?

-¿Hermanito?- le llamó Feliciano al ver como Lovino se ponía rojo de la ira y sus manos comenzaban a temblar, de inmediato Feliciano vio a los muchachos y para cuando quiso dirigir su mirada a su hermano, este ya estaba embistiendo a uno de ellos.

Lovino hizo caer al joven y comenzó a golpearlo como si la vida se le fuera en ello, el resto de los chicos fueron en auxilio de su amigo y entre todos pudieron separar a Lovino que parecía una bestia enfurecida.

¡Que se callara! ¡Que se callara ese bastardo infeliz! ¡Que quedara tan mal que no pudiera formular ni un solo pensamiento o sentimiento nunca más en toda su maldita vida!

Lovino golpeaba la cara del muchacho con esta intención. No le importó cuando sintió uno de los dientes del tipo romperse por el impacto de su nudillo en su boca, no le importó cuando la sangre comenzó a brotar… ¡Solo quería que se callara de una maldita vez! ¡Que todos guardaran silencio!

-¡Esperen, no!- les pidió Feliciano intentando detener a los muchachos pero también resultó envuelto en el pleito.

Por supuesto, los mellizos estaban en desventaja numérica así que terminaron golpeados y tirados en la banqueta aunque el resto tampoco salió muy bien librado, habían terminado con una nariz sangrante, un diente roto y tal vez muchos moretones que tardarían en desaparecen.

Feliciano y Lovino fueron a casa llenos de cortes y cardenales por todo el cuerpo; su madre los regañó como era de esperarse y los mandó a su cuarto con un castigo que a Lovino le dio igual, ya era suficiente castigo el no haber podido acallar los pensamientos de ese tipo, hubiera querido matarlo para que guardara silencio para siempre.

-Ve~ hermanito, no vuelvas a hacer eso, es peligroso- le dijo Feliciano a su hermano mientras ambos estaban recostados en la cama del primero que se ponía un paño con hielos en su ojo hinchado.

-No me importa… se lo merecían, todo el mundo se lo merece- contestó Lovino a lo que Feliciano dibujó una expresión triste en su rostro.

-Los odio a todos… toda la gente debería desaparecer; el mundo debería destruirse y hacerse pedacitos, las personas deberían morirse de una vez- decía Lovino y Feliciano no dijo nada solo se quedó con la mirada gacha viendo de manera dolorida los nudillos despellejados y lastimados de su hermano.

A veces el menor deseaba tener la habilidad de Lovino y poder escuchar lo que realmente decía su corazón. Tal vez Lovino no odiaba a la gente… solo se sentía traicionado por todos.

Y la escuela terminó pero los problemas no… la maldición de poder escuchar cosas que no quería escuchar, de enterarte de los secretos más obscuros de la gente se tornó insoportable para Lovino que de alguna manera había intentado sobrellevarlo pero finalmente su paciencia se agotó.

Todo mundo piensa que sería increíble poder conocer la intimidad de la gente, claro, la información es poder y el saber estas cosas podría otorgarte muchos beneficios ¿Pero y si son secretos de tus padres? Secretos de esas imágenes de fortaleza, los pilares de tu familia… Lovino no pudo soportar más el nivel de hipocresía, no pudo soportar llegar a ver cómo incluso las personas más cercanas a él también tuvieran esa parte obscura y deplorable en ellos.

Por supuesto, nunca fue divertido enterarse una noche de que papá tenía una aventura con otra mujer.

Él siempre llegaba, desatándose la corbata, saludando con una sonrisa y tomando una cerveza del refrigerador. Se sentaba a la mesa, contaba algún chiste que escuchó en la oficina y después preguntaba a todos como había estado su día cenando como si no hubiera una mujerzuela con la que compartía la cama de algún hotel barato.

Y todos seguían con el acto excepto Lovino que enterraba con violencia su tenedor en la carne y encajaba el cuchillo como si fuera a apuñalar a alguien. Mientras todos reían, mientras desarrollaban esa puesta en escena de la familia feliz, el mayor de los hijos no podía abrir la boca y se convirtió en un espectador de esa patética pantomima. Papá perdió todo su respeto y de paso su cariño… su padre nunca supo por qué el repentino cambio de actitud de su hijo que no volvió a ser el mismo con él.

Tampoco fue divertido darse cuenta de que me mamá no se sentía feliz con su vida y todos los días para ella eran una tortuosa rutina en la que su juventud se le había ido como agua entre los dedos junto con la crianza de sus hijos y un matrimonio que se iba al diablo.

Y mamá fingía día a día que todo estaba bien, sonreía con esa dulzura usual, les preparaba la comida y les daba besos en la frente mientras les acariciaba el cabello como si aún fuera un par de muchachitos de diez años. Sin embargo Lovino escuchaba con atemorizante claridad a su madre hundiéndose cada vez más en su propia tristeza… comenzando a aferrarse a sus hijos para no quedarse sola, aterrorizada por la sola idea de quedarse vieja y abandonada sin haber logrado hacer algo más de su vida.

Lovino pasó de mirarla como a su amorosa y protectora madre a verla con una constante lástima que ella detestaba pero sabía ocultar muy bien ante los demás, incluso ante Feliciano el que seguía viviendo en una burbuja de mentiras bien elaboradas pues Lovino no se atrevió a reventar su fantasía.

El inminente divorcio llegó como la burbuja que se rompe cuando la inflas demasiado, se llenó de malas actuaciones y falsedades, todo se vino abajo desmoronándose con una rapidez impresionante pero que al mismo tiempo fue un punto culminante en la vida de Lovino quien decidió tomar las riendas de su propia vida.

Lo dijo muy claro: No estudiaría la universidad pues la escuela había sido un sinónimo de pesadilla hasta la preparatoria; no dependería de nadie porque no quería tener contacto con otra persona que no fuera su propio hermano, no quería tener nada que ver con esa maraña de gente que se empeñaba en mentirse incluso a ellos mismos. Estaba enfermo de la gente y todo lo que ellas y sus propios sentimientos y pensamientos representaban

-Viviré solo- anunció sin más un día y su madre al instante soltó a llorar casi implorándole que no se fuera de casa

¡No quiero quedarme sola! No me abandones. No me dejes tú también. No quiero estar sola. No me dejes sola.

Eso era lo peor… las personas siempre lloraban por eso… la gente solo quería una manera de salvarse a ellos mismos de su propia desesperación aferrándose a alguien más que pueda hacerse cargo del peso de sus existencias. Lo odiaba… lo repudiaba… le asqueaba.

No cedió ante los ruegos lastimeros de mamá ni las peticiones de Feliciano así que se fue lejos, tan lejos como le fue posible en donde hubiera pocas personas. Vivía solo en una casa aún más aislada del pueblo al que fue a refugiarse, cortó relación con cualquiera con quien tuviera al menos un ínfimo lazo todo para aparentar que había desaparecido de la faz de la tierra.

Cambiaba constantemente de empleo puesto que los dolores de cabeza, sus arranques de escapar de las masas de gente lo obligaban a hacerlo, no se relacionaba con absolutamente nadie porque le disgustaba ver el verdadero ser de quien intentaba entablar algún tipo de amistad con él. Era milagro que durara unos meses en un trabajo pero lograba mantenerse a veces incluso con ayuda de Feliciano al único al que tenía en su agenda de contactos, por el único por el cual levantaba el teléfono.

Fue así como llegó a los 23 años y al inicio de nuestra historia.

¿Podrá Lovino esconderse toda la vida de los sentimientos del resto? Desprenderse de esa maldición a base de un aislamiento total… ¿O sería acaso que el eco de las emociones lograría llegar hasta él?... susurros que desde la distancia llegan a él trayéndole una sorpresa que nunca hubiera imaginado.

¿Podría su repudio a la gente hacerse más grande o esta parte de él se ablandaría al indagar un poco más en estos sentimientos que escuchaba en trozos, entremezclados con los de alguien más?... aun no estaba consciente de las cosas que podría traer el conocer a cierta persona, escuchar el corazón de un susodicho que podría cambiar algo significativo en él.