- Muy bien señorita Hooper. Es hora de que aclaremos muchas cosas. – Dijo el inspector Lestrade.

- No tengo nada que decir. Y no tiene derecho a retenerme aquí y menos esposada a esta silla. Es ilegal. – Comentó ella, con cara furiosa, al individuo de pelo gris.

- Hemos conseguido sus huellas en el pasamanos de la escalera del hospital y en la puerta de salida de emergencia. ¡Usted disparó a Moriarty!

Ahora era suya la cara seria. Cada vez que hablaba con ella sus nervios se ponían a flor de piel. Desde el primer momento en que fue descubierto el cuerpo de Moriarty, ella se había convertido en la principal sospechosa y ahora que tenía ciertas pruebas, no quería dejarla escapar. La habitación sólo tenía una larga ventana en la parte superior en la pared que quedaba frente a Molly y la puerta era de metal y sólo se veía una pequeña ventanilla por la que también entraba cierta luz. Por lo demás, la habitación aparecía desierta a excepción de la mesa y un par de sillas, una de ellas ocupada por la sospechosa Molly Hooper y la otra vacía.

- Pero no han encontrado el arma, ¿verdad? No tienen nada.

- También hemos encontrado ADN suyo en el cuello de Moriarty. ¿Intentó engatusarlo y no funcionó?

- ¿Engatusarlo? Yo no quería estar con él… Yo sólo quería…

- ¿Qué quería? – Espetó para intentar amedrentar a la sospechosa.

- Quería que dejara de hacerme chantaje. Aquel día quedé allí con él, es cierto, pero no le maté. – Empezó a decir entre sollozos. La chica no servía para hacerse la mala frente a autoridad alguna. Mejor dicho, ante nadie.

- ¿Chantaje? ¿Por qué? – Preguntó anotando esa nueva información en su libreta de notas.

- Eso no tiene importancia. – Dijo apartando la mirada del inspector.

- Sí, sí la tiene. – Afirmó acercando la cara hacia la de la joven.

- No… no la tiene. - Negó Molly ruborizándose ante la cercanía del inspector.

Este se iba acercando cada ve más y cuando estaba tan cerca que podía sentir su respiración, un cosquilleo por la muñeca que tenía sujeta a la silla. Después se oyó un pequeño click y acto seguido algo de metal caer al suelo. El inspector la había liberado, pero ella avergonzada, no movió un solo músculo de su cuerpo. Eso sí, su respiración había pasado de superficial a ser profunda y su corazón latía con mucha fuerza, podía escucharlo.

- ¿Por qué la chantajeaba? – Volvió a preguntarle el inspector.

- No… puedo…

- Seguro que no es para tanto. Una chica como usted, seguro que no tiene un secreto tan grande como para ser extorsionada... – Dijo recogiendo las esposas y guardándoselas en el bolsillo.

El inspector estaba medio sentado en la mesa y no había terminado de hablar cuando escuchó el ruido de la silla caer al suelo y sentir un peso moderado sobre su cuerpo, seguido de un dulce beso en sus labios. Cayó sobre la mesa, ella sobre él, ruborizada y sin soltar los labios del detective. Las manos de ella descansaban sobre su pecho, mientras que las del detective reposaban tranquilas sobre las caderas de ella. Unos segundos más tarde, Molly le susurró: "Usted es mi secreto. El motivo de mi chantaje."

En ese momento Lestrade recordó a la enfermera tan amable que se había encargado de su cuidado tras un disparo que recibió en una persecución, hacía ya diez años. Creía haberla olvidado, después de todo, cuando todo ello sucedió, él estaba casado, pero ya había albergado cierto cariño por ella que duró varios meses después de recibir el alta hospitalaria. En una de las ocasiones, soñó cómo sería un beso de aquella chiquilla, suave, pasional… En ningún momento esperó recibirlo en aquellas circunstancias y tanto tiempo después.

- Ahhh, Molly. –Dijo el detective con cierta excitación en su voz y volvió a besarla, esta vez incorporándola y acorralándola contra la pared. El beso más apasionado que había dado en toda su vida tuvo lugar allí, más apasionado incluso que los que les daba a su mujer.

- FIN -