Renuncia: Todos los personajes pertenecen a Stan Lee y Marvel Comics.

Advertencia: Slash y lime (contenido erótico ligero).

-Esto De Quererte-

Adaptarse a la vida moderna había sido todo un desafío. Los primeros meses desde que despertó había pensando que no sólo había cambiado de época, sino de planeta. Todas las cosas, personas y comportamientos le parecían tan extraños.

Así que, tras una charla introspectiva, había decidido que quería aprender muchas cosas; las nuevas, las viejas que no había podido aprender antes del suero y estando en Guerra, las sencillas y las difíciles. Devoraba libros no sólo de historia (sorprendiéndose a veces gratamente y otras no tanto sobre los miles de acontecimientos que podían sucederse en 70 años).

Afortunadamente, Steve era muy observador y buen aprendiz. Ahora podía utilizar un ordenador sin que la pantalla simplemente se pusiera en negro y el teclado dejara de funcionar. Cuando estuvo más de tres semanas con el mismo teléfono celular, sin haberlo descompuesto, fue un gran avance. Y ya usaba el microondas, la cafetera eléctrica y el sistema de lavado sin temer echarlos a perder… o hacer que estallaran, literalmente.

El arte en general era algo que le apasionaba. No entendía muy bien la pintura moderna, alguna le parecía demasiado simplista y no muy artística, pero sin duda había grandes obras y grandes artistas. La música era cuento aparte; detestaba eso que para Stark era celestial y hasta relajante. ¿Cómo podía relajarle música tan estruendosa, esa que a él le hacía reventar los tímpanos? No lo entendía. Pero descubrió que había otro tipo de música que de hecho sí era relajante y a veces divertida, simple y tonta, mundana o profunda. Había mucha variedad. El cine ya se había inventado en su época, y recordaba con una sonrisa nostálgica las veces que él y Bucky lograban colarse a los pequeños teatros en el viejo Brooklyn; aunque ahora los efectos especiales lo dejaban con la boca abierta.

Pero apreciar un cuadro, ver una película, escuchar música, utilizar tecnología y aprender de historia era sólo adaptación. Era algo que ya todos hacían por necesidad o comodidad. Por vivir simplemente al día.

A veces se quedaba en el salón de entrenamiento viendo a Natasha deshacer las placas de tiro, o a Clint dejando como coladera las dianas. A veces se aventuraba con Thor para aprender juntos la vida normal de los habitantes de Manhattan. Ambos concluyeron que era caótica, por decir lo menos. Reía todavía al recordar su primer viaje en metro. Thor había creído que era una serpiente con escamas muy resistentes… el numerito le costó a S.H.I.E.L.D. una disculpa pública y una buena cantidad de dólares; desde entonces Mjolnir había quedado prohibido para Thor excepto que apareciera una serpiente gigante real.

Y también estaba la ciencia y la tecnología. La ciencia y todas sus variantes. Física, Química, Biología, Matemáticas, Ingeniería…

Stark y Bruce le habían invitado alguna vez a ver cómo trabajaban. Tony le había mostrado las mejoras en sus armaduras, lo que había dejado a Steve simplemente pasmado por el genio del hombre de hierro. Era impresionante ver cómo manejaba herramienta y chatarra para convertirla en un robot o una pieza de ingeniera funcional e increíble. Hasta que Babas decidió que era una amenaza a su creador y lo llenó de espuma contra incendios.

Y la ciencia. La ciencia era tan fascinante y tan ajena que Steve se sentía un verdadero estúpido a lado de Bruce Banner. Ahora sabía quién era Stephen Hawking gracias a sus libros de historia moderna, y lo dicho por el agente Coulson aquella vez se quedaba corto a su parecer. Bruce era increíblemente inteligente, y su mejor virtud era que no lo alardeaba (no como Stark). El amable científico le había enseñado muchas cosas, cosas de las que entendía realmente nada, pero Bruce no se burlaba y mucho menos le miraba condescendientemente.

A Steve le gustaba aprender, conocer cosas nuevas y, aunque agradecía infinitamente la ayuda de sus demás compañeros o el aprender esas cosas nuevas junto a Thor, definidamente sus momentos favoritos eran a lado de Bruce. Era un buen maestro, le explicaba las cosas de tal modo que Steve las entendía, pero tampoco como si Steve fuera un inepto o tonto de remate. Lo incitaba a aprender por su cuenta, le dejaba 'tareas' y las discutían en la siguiente reunión. Bruce era increíble, decidió Steve.

También era un gran cocinero. Las noches que le tocaba al científico encargarse de la cena eran esperadas por todos. Stark se limitaba a pedir comida a algún caro restaurante; Natasha se esforzaba… mentira, Natasha preparaba emparedados. Clint llevaba comida chatarra. Thor fue excluido de encargarse de las cenas cuando apareció con una cabra muerta e intentó prender una fogata en medio de la cocina para asarla. Él, Steve, aplicaba como mejor podía lo que aprendió de pequeño y en la milicia y sus cenas eran decentes, pero monótonas. Sin embargo Bruce hacia comidas de una gran diversidad, sin duda aprendidas en su tiempo huyendo del Ejército. Las favoritas de Steve eran las noches de cenas mexicanas e indias. Incluso siendo tan condimentadas, a ninguno les hacían daño.

El yoga y las artes marciales suaves eran la gloria. Steve también se estresaba, también se enojaba, también se sentía a veces fuera de lugar. Hacer posturas raras que hacían crujir sus huesos tenía su dosis de diversión y de infinito placer en su cuerpo.

Y Hulk… bueno, Hulk era Hulk y era, descubrió Steve, como un niño. Era la artillería pesada y ninguna vez medía consecuencias. Stark tampoco, pero Stark no era un hombre gigante verde furioso con una mente de un niño de cinco años… o tal vez lo de la mente de cinco años sí. El caso es que Hulk, increíblemente, siempre terminaba obedeciéndolo, solamente a él. Quizá era que había surgido una especie de complicidad y buena amistad entre ellos cuando eran sólo Bruce y Steve, algo que Hulk y Capitán América llevaron hasta al campo de batalla.

La primera vez que Steve se dio cuenta de que algo raro le pasaba con respecto a Bruce (más allá de la amistad) fue un día en que estaba sentando en el alfeizar de uno de los ventanales en la torre, mirando el bello atardecer. En una ciudad como Nueva York era difícil ver algo así, pero la altura de la torre facilitaba la tarea. Tenía en las piernas su cuaderno de dibujo y en los labios un lápiz de punta muy fina; suspiraba sin siquiera darse cuenta.

―¿Debería preocuparme?

Steve giró el rostro con el ceño fruncido hacia Tony Stark.

―¿Qué?― preguntó de vuelta, totalmente confundido.

―Si debería preocuparme por ti, capi-paleta. ¿Te has visto en un espejo últimamente? Te ves como si tuvieras cien años… espera, técnicamente sí tienes cien años.

Steve arrugó más el ceño y finalmente vio sonreír a Stark.

―¿Qué es? ¿Te has escapado furtivamente por las noches para encontrarte con una chica de nuestro tiempo? ¿Es eso?

―¿Qué?― volvió a preguntar Steve más confundido.

Tony resopló y rodó los ojos.

―¡Qué si estás enamorado, anciano!― exclamó al fin sin tantos rodeos. Se acercó a él y antes de que Steve pudiera detenerlo, Tony le arrebató el cuaderno de dibujo.

―¡Devuélveme eso, Stark!― reclamó el rubio, levantándose del alfeizar para perseguir a Tony. Parecía que habían tenido una regresión y ahora eran dos pre adolescentes.

―¡Nop! Quiero saber quién es la afortuna…―. Tony detuvo su carrera, y también sus palabras cuando vio el dibujo en el cuaderno; lo había abierto al azar y se encontró con esa imagen. Sin dejar de abrir la boca y los ojos a cada segundo porque en cada página que se detenía aparecía la misma imagen: el mismo protagonista en diversos retratos, mejor dicho.

―Dime que es un amor platónicamente fraternal― susurró cuando Steve llegó frente a él, al parecer enojado… o avergonzado… o ambas cosas. El rubor en sus mejillas lo delataba.

―Tony, el espectrómetro está calibrado… ¿Pasa algo?― se escuchó una tercera voz.

El rubor en las mejillas de Steve incrementó de manera alarmante, tanto que Tony se compadeció del pobre hombre haciendo uso de todo su autocontrol para no reírse ahí mismo. Le devolvió el cuaderno a Steve y posó una mano sobre su hombro.

―Todo está bien, Bruce. Estaba viendo los dibujos de Steve. ¿Ya te los mostró? Deberías verlos, es todo un artista.

'Maldito Stark, voy a hacerte polvo hasta el último de tus huesos'. Eso fue lo que pasó por la mente de Steve mientras miraba asesinamente a Tony.

―Bueno, en algún momento me gustaría verlos, Steve. Sé que dibujas muy bien― dijo Bruce con una sonrisa cálida. ―Por ahora, sin embargo, Tony y yo tenemos que hacer algunas mediciones en el laboratorio. ¿Vienes, Tony?

―Claro, claro― respondió Tony. Le guiñó un ojo a Steve antes de seguir a su hermano de ciencia.

Steve seguía paralizado, con el cuaderno precariamente sostenido entre sus manos, con el corazón desbordado y un calor abrasador en el rostro. Las palabras de Stark se repetían en su mente hecha espagueti: ¡Que si estás enamorado…!

¿El pensar en Bruce casi todo el tiempo significaba que estaba enamorado? ¿Dibujarlo en cada oportunidad para no olvidar cada uno de sus gestos era estar enamorado? ¿Ese dulce dolor en su pecho al estar cerca del científico era…?

―¡AGHHH! ¡ROGERS, NO DEJES TUS LÁPICES EN CUALQUIER PARTE O AL MENOS NO LOS DEJES TAN AFILADOS! ¡ME LO HE ENTERRADO EN UNA NALGA!

El bramido de Clint le sacó de sus pensamientos.

La segunda vez que Steve pensó que definitivamente le pasaba algo mucho muy extraño con respecto a Bruce, fue después de dos días de no verlo en absoluto. No lo llamó al laboratorio o a su sala para platicar sobre ciencia, historia o el cambio climático, y cuando llegó a cenar, descubrió que eran los bocadillos de Natasha lo que tendría que digerir. Si lo pensaba bien no era tan extraño, a veces Bruce se quedaba con Stark en el laboratorio por días y noches, inmersos en investigaciones. Pero ese dulce dolor aparecía otra vez en su pecho y un hueco se había formado en su estómago.

―¿Extrañas a Brucie?― le preguntó Tony con una media sonrisa, entrando al comedor mientras Steve masticaba resignado. Frunció el ceño, y no por la pregunta de Tony, sino porque si Tony estaba ahí y usaba un traje de etiqueta y no se veía en absoluto agotado, entonces…

―Todos lo extrañamos― contestó Clint. ―No te ofendas, Nat, pero tu cabello rojo pasión no es algo que mi delicado estómago pueda soportar― agregó sin mirar a la susodicha, sacando un largo cabello rizado de su sándwich.

―Nadie te ha dicho que te lo tragues, Barton.

―Yo también extraño al buen doctor, ¿por qué no está aquí?― inquirió Thor mirando sin mucha emoción su respectivo sándwich.

Tony hizo un gesto con el pulgar hacia bajo y una mueca desalentadora en su rostro. Thor y Steve le miraron confundidos, y luego se miraron entre ellos. Natasha rodó los ojos.

―Está en depresión, par de tontos― explicó.

―Yep― confirmó Tony tomando una pera (no quería otra cita con el inodoro gracias a los horribles sándwiches de la araña). ―Esta vez le pegó un poco fuerte y quiere estar solo.

―¿Depresión? ¿Eso que dicen ustedes es estar triste todo el tiempo?― preguntó Thor.

―¿Nunca has estado tan triste por algo que no quieres ver ni escuchar a nadie por un buen rato?― devolvió la pregunta Clint, dejando su comida definitivamente.

Thor pensó en Loki… sí, absolutamente le había pasado. También dejó por la paz su comida.

Steve se tragó lo que restaba de su bocadillo y se quedó pensativo.

―¡Hey! No debemos dejar que nos contagie. Bruce es lo suficientemente fuerte para superarlo, no es la primera vez. En un par de días estará como nuevo― exclamó Tony intentando romper la atmósfera decaída que se había formado. ―¿Qué tal un maratón de películas? Creo que el Capi no ha visto 'Una noche en el Museo'. Algo de comedia nos vendrá bien.

Los agentes y Thor se levantaron para seguir a Tony, pero Steve se quedó en el mismo lugar. Depresión. Él mismo había pasado por ello en algunos momentos, esa infinita tristeza que quemaba el corazón; pero nunca se había puesto a pensar que algo así pasaba con Bruce. Vamos, que sabía que el científico no era la persona más alegre del mundo, pero siempre tenía una sonrisa, una palabra de aliento, la disposición a escuchar… Y entonces recordó su forma de hablar y de moverse cuando se conocieron, cuando dijo que se había metido una bala en la boca y…

―¿Por qué no lo vi antes?― preguntó cuando sintió la mano de Tony sobre su espalda. El millonario había vuelto para ver por qué el soldado no lo había seguido.

―Quizá porque estabas más concentrado en ver lo positivo. Todos aquí somos… peculiares, Steve. La normalidad no es un término que nos defina. Tenemos demonios que nos persiguen, pero intentamos superarlos. Tú mismo, por ejemplo, supongo que encontrarte de frente con un nuevo mundo, tener en la mente el recuerdo de la gente que amaste hace tanto tiempo, ¿no te pone mal?

Steve asintió despacio.

―Es sólo que intento que no me sobrepase. Intento concentrarme en lo que vivo ahora, con ustedes.

―Exacto. Todos lo hacemos. Bruce lo hace también, de una manera que quizá algunos no comprendamos. Es decir, yo me acabo una botella de Merlot y quedo como nuevo.

Steve rodó los ojos. Pero agradecía que Tony se tomara las cosas en serio, y además no le había molestado desde que descubrió sus dibujos de Bruce.

―Aunque ahora que lo pienso podemos probar con algo nuevo: unos besitos siempre ayudan a mejorar el ánimo. Y el sexo salvaje es una inmejorable medicina.

O tal vez no. Steve se levantó cuan largo era y miró de mal modo a Stark. Pero la risa del millonario terminó por hacerlo sonreír; sentía las mejillas arreboladas.

―Eres insufrible.

Steve declinó sin embargo la oferta de Tony para ver películas y se quedó un rato más en la cocina. Preparó también un emparedado, suponiendo que sabría mucho mejor que los de Nat; llenó un vaso con leche de soya (la única que tomaba Bruce) y salió de ahí dispuesto a alegrar el humor del científico, o al menos escucharlo. Eso siempre ayudaba. Sólo esperaba que Bruce quisiera tenerlo cerca.

Después de tocar un par de veces en la puerta de la habitación de Bruce sin respuesta, intentando balancear el plato y el vaso con su otra mano, Steve se decidió a hablar.

―¿Bruce?…― vaciló ―Bruce, soy Steve. Te traje algo para comer, sólo… sólo recíbelo y me iré, ¿vale?

No tuvo que esperar mucho tiempo. Bruce abrió la puerta apenas asomándose por el filo. Steve sonrió cuando vio los grises rizos desordenados en su cabeza, lo hacían ver encantador.

Bruce bajó la mirada y se pasó la lengua por los labios. Steve descubrió que adoraba ese gesto. Bruce suspiró y abrió más la puerta, compuso como pudo una pequeña sonrisa que no se hizo extensiva hasta sus ojos y alzó los brazos para tomar el plato y el vaso de la mano del rubio.

―Gracias, Steve.

―¿Estás bien? Quiero decir… ¿necesitas hablar o algo…?

Steve se interrumpió cuando vio que el cuerpo de Bruce se tensaba de repente. ¿Había dicho algo malo?

―No, yo sólo…

―Bruce― habló Steve decididamente. ―También he sentido la necesidad de querer estar solo; sé lo que se siente estar fuera de lugar, sé lo mucho que podemos hundirnos en los recuerdos, en las vivencias, pero también sé que ser escuchados simplemente puede ayudar un poco. Déjame ayudarte… Si quieres, tampoco voy a presionarte ni obligarte a nada.

La tensión en el cuerpo de Bruce se disipó. Bajó los hombros y se internó en la habitación. No cerró la puerta. Steve lo tomó como una invitación, y con un suspiro de alivio le siguió. Cerró la puerta con suavidad y cuando se giró vio a Bruce sentándose en la cama y dejando la comida en su mesita de noche.

Tenía puestos pantalones deportivos y una playera sencilla, y estaba descalzo. El científico se acomodó juntado sus piernas a su pecho y recargando su cabeza en la cabecera de la cama. Steve se quedó un momento de pie, mirándolo. De pronto ese dolor, dulce dolor en su pecho lo asaltó otra vez. Era muy difícil ver a Bruce sin sus pantalones de gabardina y sus camisas con las mangas dobladas hasta los codos, tampoco que se quitara los anteojos muy a menudo. Le agradó entonces poder conocer otras facetas del científico. Realizó entonces que quería conocerlas todas.

Cuando se dio cuenta de que se había quedado como idiota y recordó que su principal objetivo era confortar a Bruce, Steve pasó saliva y se acercó a la cama. Sin pedir permiso la rodeó y se sentó a lado de Bruce, a una prudente distancia.

Pasaron unos largos minutos sin decir nada. Hasta que Bruce frunció un poco el ceño y se atrevió a levantar la mirada hasta encontrarse con los azules ojos de Steve y una pequeña sonrisa en sus labios.

―Yo…― dijo con un tono de voz muy bajo. ―¿No vas a decir nada?― preguntó al fin.

―Vine a escucharte, no a ser escuchado― respondió el soldado.

Bruce parpadeó varias veces y luego desvió la mirada. Steve se mordió los labios y enseguida dijo:

―Si no quieres hablar está bien. Solamente me quedaré aquí haciéndote compañía y me aseguraré de que te comas ese sándwich. No te preocupes, no lo hizo Natasha.

Y Bruce rió un poco antes de volver a mirar a Steve.

―¿Qué quieres escuchar, Steve? No tengo mucho qué decir… ¿Es sobre las reacciones químicas que estudiamos hace unos días…?

―No, Bruce―, interrumpió el rubio. ―Es sobre tu tristeza. Sobre lo que te hace encerrarte y no dejar que ninguno de nosotros nos acerquemos a ti.

―Estás aquí, ¿cierto?― contestó Bruce incómodo.

―Sólo porque tienes hambre.

Bruce sonrió de medio lado. No, no era porque tenía hambre. Era porque le parecía extraordinario y un gesto sumamente reconfortante el hecho de que Steve fuera quién había aparecido en su puerta. Usualmente los demás respetaban sus 'momentos' y él se daba por vencido al comprender que no valía la pena aislarse después de todo. Sin embargo esos 'momentos' regresaban para perturbarlo. Era tan fácil pensarlo, ¿por qué era difícil decirlo? Steve estaba ahí, dispuesto a escucharlo.

―Es complicado, Steve― dijo al fin, echando la cabeza hacia atrás y cerrando los ojos.

―Lo sé. Si no estás listo para hablar, si no me tienes la confianza necesaria, está bien.

―No es cuestión de confianza… es… No estoy acostumbrado a que alguien quiera escucharme. Nadie quiere escuchar los problemas de alguien como yo.

―Yo sí.

Bruce apretó los ojos frunciendo el ceño. Miró a Steve otra vez, la confusión era palpable en sus ojos marrones.

―¿Por qué?― inquirió casi en un susurro.

―Porque… me preocupo por ti― respondió Steve sintiéndose un completo idiota. Pero pensó que sincerarse y decirle a Bruce 'Creo que estoy enamorado de ti' no estaría bien en un momento como éste.

―¿Por qué?― repitió Bruce sin dejar de fruncir el ceño.

―Me has enseñado mucho, Bruce. Más que nadie. Creo justo recompensar un poco tu atención.

Bruce volvió a regalarle una pequeña sonrisa sin alegría. Steve pensó que la vergüenza le estaba haciendo ver visiones, porque eso en los ojos de Bruce no podía ser decepción, ¿cierto? ¡Demonios! De pronto se sintió más pequeño que una mosca.

―Y eres mi amigo― agregó para intentar componer un poco el asunto.

La pequeña sonrisa de Bruce se amplió un poco. Y entonces volvió a desviar la mirada, el rostro entero de hecho. Steve se acomodó mejor en la cama, acercándose un poco más a Bruce y escuchó claramente el sollozo.

Eso sí que no lo esperaba. Ver la vulnerabilidad de Bruce Banner no era difícil, sin embargo Bruce siempre se las arreglaba para disfrazarla. Steve pensó entonces que cometió un error al intentar reconfortar a Bruce. Simplemente no sabía cómo hacerlo. Bruce no lloraba explayadamente; era más bien una serie de apenas atisbos de espasmos en sus hombros y ruiditos que escapaban de sus labios.

Pero Steve ya estaba ahí, ¿cierto? Se prometió ayudar a Bruce, y si no era escuchándolo sería… No lo pensó más y rompió toda distancia entre él y el científico. Retiró la mano que ya se había posado en la boca del otro y con un poco de fuerza le giró el rostro hasta acomodarlo en su pecho mientras él posaba su brazo por la espalda.

Bruce no se apartó.

No se apartó.

El corazón de Steve comenzó a galopar a una velocidad vertiginosa. Ese dolor en su pecho volvió a aparecer, pero esta vez no había dulzura. Era dolor puro. El llanto de Bruce le hacía sufrir también, porque Bruce convirtió los espasmos y los ruiditos en un llanto de verdad; se aferró a Steve como si fuera su único escape, su único salvavidas, su único consuelo. Y quizá en ese momento, pensó Steve Rogers, lo era. Y no quería, siguió pensando, dejar de serlo nunca. Porque ya no tenía que preguntarse nada: estaba enamorado de Bruce. Su risa le alegraba, y su llanto le dolía.

Cuando se aventuró a pasar su mano libre por sobre la mejilla húmeda del científico, Steve se lo confirmó en su propia mente: Amaba a Bruce Banner.