No sabía cuánto tiempo había pasado, ni se lo preguntó siquiera. Seguía sosteniendo entre sus brazos a Bruce, y aunque hacía ya un buen rato que el científico había dejado de llorar definitivamente, Steve no hizo nada por separarse ni por dejar de frotar la espalda ajena en suaves movimientos circulares.

Ahora mismo el rubio estaba inmerso en una sensación casi celestial. El simple hecho de poder tocar a Bruce, abrazarle, el sentir en su barbilla la suave caricia de los cabellos ondulados del otro, y el sentir la suave respiración contra la tela de su playera y esa mano posada en su pecho lánguidamente… era perfecto. Era tan intangible, tan increíble que hasta sus respiraciones parecieron acoplarse, tomando y desechando aire al mismo ritmo.

Pero todo lo bueno tenía que acabarse en algún punto, ¿cierto? Steve había tenido el pensamiento de que Bruce se había quedado dormido, pero no. Lo comprobó cuando el científico se removió un poco y alzó el rostro hasta que sus ojos aún rojos le miraron.

Bruce parpadeó un par de veces y frunció el ceño. Enseguida abrió los ojos por completo y exhaló alarmado; se separó de Steve rápidamente, como si apenas fuera consciente de la posición en la que estaban.

—¡Dios mío! Lo siento mucho, Steve… No sé que me pasó, pero…

—Hey, tranquilo, Bruce— le interrumpió Steve con una leve sonrisa tranquilizadora—. Te dije que quería ayudarte. Espero haberlo logrado aunque sea un poco.

Bruce desvió la mirada avergonzado, pero asintió resueltamente. Steve amplió su sonrisa y emocionado por la cercanía del hombre del que estaba enamorado le tomó de la barbilla para obligarle a mirarlo. Cuando Bruce le miró con el ceño fruncido Steve retiró su mano. Sí, bueno, él estaba completa e irremediablemente enamorado de Bruce, pero el amor era demasiado ajeno y demasiado nuevo y demasiado surrealista y demasiado aterrador… Seguramente Bruce no sentía lo mismo.

El rubio tragó en seco y la mano que había dejado en el aire al retirarla del rostro de Bruce fue directo al plato con el sándwich en la mesita de noche. Intentó que el temblor que lo había asaltado por su creciente nerviosismo no fuera demasiado notorio.

—Come un poco, ¿vale? Hace dos días que no sales de aquí y hasta donde yo sé no hay cocinas en las habitaciones— le dijo controlando también el nerviosismo en su voz.

Bruce sonrió de medio lado, pero cuando dejó de ver el plato ofrecido y levantó el rostro para ver a Steve de nuevo, el rubio descubrió que la sonrisa estaba también en sus ojos. Era una mirada afectuosa y aliviada.

El científico tomó el plato y ambos se acomodaron sobre la cama hasta quedar en la misma posición que al principio, Bruce de un lado, recargado en la cabecera, y Steve a su lado. Sólo que esta vez la "prudente" distancia se convirtió en casi nula distancia. Sus hombros se rozaban un poco, pero ninguno dijo nada y tampoco ninguno se apartó. Bruce comenzó a comer lentamente, descubriendo que en realidad sí tenía hambre. Steve se limitó a mirarlo comer de vez en cuando. De pronto descubrió que una lágrima traviesa seguía atrapada entre las pestañas de Bruce. Era una gotita muy pequeña, tan cristalina y vulnerable como se le antojaba su dueño.

—¿Cómo funciona eso de llorar, Bruce?— preguntó Steve girando el rostro por completo para ver de frente al científico. Cuando vio que Bruce fruncía el ceño se apresuró a aclarar su pregunta— Me refiero a lo que pasa químicamente. ¿De dónde sale el líquido que conforman las lágrimas? ¿Qué las detona? Científicamente hablando.

Bruce tragó el bocado que tenía en la boca y tomó un sorbo de leche. Luego se aclaró un poco la garganta y comenzó a hablar mirando al frente.

—Bueno, es un proceso natural para lubricar los ojos, tenemos una glándula que es responsable de acumular líquido y sacarlo al exterior para que el funcionamiento del glóbulo ocular sea correcto. Hay tres tipos de lágrimas: las basales, que son prácticamente las que mantienen sanos a los ojos y los protegen del polvo y factores externos microscópicos que pudieran lastimarlos. Las lágrimas reflejas, que brotan cuando tienes partículas extrañas en los ojos o hay una sustancia irritante alrededor. Como cuando picas cebolla y lloras sin quererlo.

—¿O como cuando a Tony se le escapa gas lacrimógeno de su nueva armadura, o como cuando Clint llora porque Natasha le pica los ojos cuando él se pone muy cariñoso con ella?— preguntó Steve divertido.

—Exacto— respondió Bruce dejando escapar una ligera risa. El pecho de Steve se expandió al sentir ese dolor delicioso aparecer de nuevo. Escuchar ese sonido de los labios de Bruce era maravilloso. Pero entonces Bruce borró su incipiente sonrisa y se concentró en lo que restaba de su sándwich, jugando con él distraídamente.

—Y está el llanto— continuó el científico—. Las lágrimas emocionales. La tensión, el enojo, sufrimiento, dolor físico e incluso la felicidad las provocan. Son diferentes a las otras porque su química es distinta. Se producen en mayor cantidad… demasiada.

Su tono de voz había bajado considerablemente. Steve no quería volver a ver a Bruce triste; simplemente ya no se sentía capaz de dejarlo caer en su propio abismo. Sin pensarlo mucho alzó su mano hasta que uno de sus dedos retiraron suavemente la pequeña gotita que descansaba en las pestañas oscuras y medio rizadas de Bruce.

Bruce siguió su movimiento sin parpadear, tan confundido y tan… Steve vio que las mejillas del científico se teñían de un ligero rubor y no pudo contener una pequeña sonrisa. No quería asustarlo ni confundirlo, pero el dulce dolor en su pecho estaba incrementando, llenándolo de sensaciones nuevas y fascinantes.

—¿Y un beso, Bruce?— preguntó entonces, casi en un murmullo— ¿Qué pasa cuando besas?

Bruce tragó saliva, incómodo, pero no retiró su mirada de la de Steve.

—Bueno— comenzó sin subir el tono de voz, pero no había tristeza. Era más bien nerviosismo, vergüenza y eso que se le antoja a Steve como genuina curiosidad—, el contacto labial genera una estimulación erógena y nerviosa; se libera oxitócina, dopamina y adrenalina, hormonas relacionadas a la atracción sexual. Físicamente aparece sudoración y si el beso es intenso genera excitación y una sensación de bienestar. La presión arterial, la glucosa y el ritmo cardiaco se disparan. Y tu cara se pone roja… como la tuya ahora mismo… Steve, ¿por qué…?

Steve ya no lo resistió. Tenía tan cerca a Bruce que podía apreciar perfectamente la humedad que todavía quedaba en sus pestañas. Los ojos azules se desviaron a los labios rojos y colmados, entreabiertos con su pregunta acallada, exhalando e inhalando con un ritmo candente y ascendente. Se estaba acercando tan lenta y sutilmente a ellos que ni siquiera notó cómo el plato con los restos del emparedado en las manos de Bruce resbalaba paulatinamente.

La distancia fue rota totalmente. Steve apenas rozó los labios ajenos con los suyos, tan apetecibles como sus propias ganas de Bruce, como el dulce dolor en su pecho que incrementó junto a sus latidos. Arrulló apenas la piel de esos labios, cerrando los ojos en un instinto natural. Cerró también sus propios labios en un instinto más: besar. Besar propiamente dicho. Los labios de Bruce se replegaron inherentemente. Era más bien un delicado contacto que a Steve le pareció eterno. Alzó una de sus manos para posarla en la quijada de Bruce, sus dedos acariciando lánguidamente la mejilla y parte del cuello. Incandescente. Steve se sintió totalmente diferente, porque era de hecho diferente. Su primer beso había sido más bien un impulso (aquello rubia voluptuosa), pasó entonces fugazmente por su mente el que se dio con Peggy, un recuerdo doloroso y ahora mismo tan ausente y lejano como el mismo tiempo que había pasado desde entonces.

Pero esto era distinto, cristalino, iluminado. Perfecto. Bruce abrió entonces sus labios sin despegarse de Steve, correspondió al toque del rubio posando también una mano tibia en la nuca ajena, presionando sin apretar, acercando todavía más si era posible el toque de sus bocas.

La humedad de la lengua del científico nubló todo los sentidos de Steve; sintió cómo Bruce la descubría apenas, acariciando con ella sus labios, invitándole a abrirlos en una urgencia más bien taciturna. El rubio ni siquiera pensó en la posibilidad de atender o no tan dulce demanda, simplemente lo hizo. Se sabía tan inexperto como ansioso, pero ningún temor o duda lo asaltó mientras la lengua de Bruce se colaba a su boca, acariciando sus dientes, luego su propia lengua. El roce entre ambas provocó que Steve soltara el gemido que había estado conteniendo, como consecuencia ambas bocas se abrieron un poco más, explorando cada uno la del otro, el sabor, la textura, el aliento. Dulce como la leche de soya, picante como la pimienta en el emparedado, fresco como la pasta dental, innato y propio como ellos mismos. El toque de las manos en la mejilla de Bruce y en la nuca de Steve se hizo más íntimo y acogedor.

Steve sentía la temperatura ascendiendo en su cuerpo mientras movía lentamente su cabeza en correspondencia a los movimientos de Bruce. El oxígeno les hacía falta, pero se las arreglaban para aspirar sin separarse demasiado, provocando ruiditos excitantes, chasqueantes, húmedos y lánguidos.

El plato cayó definitivamente al suelo esparciendo el contenido en la alfombra cuando Bruce posó su mano libre en la ancha espalda del soldado, inclinándolo poco a poco ayudándose de su peso hasta que quedaron tendidos en la cama. Steve aprovechó para, sin soltar el rostro de Bruce, ubicar su otra mano en la espina dorsal y atreverse a bajar lentamente hasta posarla en la cintura.

Bruce abandonó la nuca de Steve para arrugar con sus dedos la tela de la colcha. Porque la situación era tan inesperada, tan espontanea e increíblemente tan natural y anhelada… y tan sorprendente. Su cuerpo estaba despertando a la sensación del beso, y era peligroso. Apretó sus labios en un último y profundo beso. Tenía el presentimiento de que sería el último y aunque no quería dejarlo, siempre era mejor hacer caso a la vocecita objetiva dentro de su cabeza. Prolongó el contacto, sin embargo, todo lo que pudo. Cuando la mano de Steve que estaba en su cintura se movió un poco más abajo, Bruce reaccionó y se separó finalmente. Clavó sus marrones ojos en los azules de Steve, miró su rostro sonrojado y con una mueca llena de placer, pero un placer púdico, no salvaje ni sexual. Inocente como era Steve.

El rubio sonrió entonces, abiertamente. Bruce suspiró cuando las manos de Steve no cejaron en sus caricias, una en su mejilla y otra en su espalda baja. Era abrumador, agradable y aventurado. No en un buen sentido. Bruce estaba intentando tranquilizar el ritmo de su corazón, el arrebato de su cuerpo y sus sentimientos.

—Estoy enamorado de ti, Bruce— soltó Steve de pronto, sonando ingenuamente adorable a los oídos de Bruce—. Te has convertido en todo lo que pienso y siento desde que te convertiste en mi maestro personal. Al principio pensé que era sólo admiración y respeto por alguien tan inteligente e increíble como tú, pero entonces…

—No digas más, Steve— le interrumpió Bruce—. Mírate— agregó con una triste sonrisa, sin querer separarse de ese cuerpo maravilloso, no todavía, quería atesorar cada sensación para el resto de su vida—. Tú sí eres increíble. Tú eres perfecto, y yo no puedo… no debo sentir esto que siento y no puedo ni debo dejarme llevar por ello—. Cuando vio la confusión en el rostro de Steve, Bruce continuó—. ¿Quieres saber por qué me encerré estos días? Porque descubrí que te amo, así, sin una explicación científica al hecho. Y está prohibido que alguien como yo ame. Tengo que prohibirme amarte porque sé que el resultado será lastimarte física o emocionalmente. No puedo.

El tono de voz de Bruce fue más bien lastimero.

—¿Y qué hay de lo que yo quiero?— preguntó Steve resueltamente, atrayendo a Bruce cuando éste intento levantarse—. No soy tan ingenuo ni tan tonto. Sé quién eres, lo que vales. Y sé que te quiero a mi lado. Bruce, acabas de decir que me amas, ¿tienes idea de las ganas de llorar que tengo ahora mismo? De alegría, de felicidad, de emoción… ¿también por eso se llora, cierto?— acalló la protesta de Bruce con un suave roce en sus labios— Me has enseñado mucho, Bruce. Deja que sea mi turno, déjame enseñarte que sí puedes amarme y que yo puedo amarte. Déjame amarte.

Steve no permitió ninguna objeción más. Volvió a besar a Bruce, esta vez impulsado por la pura emoción de saberse correspondido. No permitiría que Bruce se alejara por la idea vaga e insegura de su naturaleza. No más. Bruce no era solamente el científico, el genio o Hulk. Bruce era mucho más, y Steve lo quería por completo.

Ahora el beso no fue sólo de reconocimiento, había surgido la pasión, el deseo y la entrega. Steve invirtió las posiciones y aprisionó a Bruce bajo él, bajo su toque. Bruce llevó una mano de Steve a su pecho, recordándole que su ritmo cardiaco incrementaba, y por ende la consecuencia.

Steve sonrió sin embargo.

—Ciento ochenta— murmuró antes de volver a besar a Bruce.

—¿Qué?— inquirió Bruce en sus labios.

—Ciento ochenta— repitió Steve separándose a regañadientes—. Lo máximo que puede llegar el ritmo cardiaco en un orgasmo es ciento ochenta latidos por minuto. Hulk aparece a los doscientos, ¿cierto?… He estudiado— concluyó un poco avergonzado.

Bruce se quedó con la boca abierta. ¿Steve había estudiado precisamente eso con la intención de provocarle un orgasmo…? Sin poder evitarlo soltó una pequeña carcajada, Steve sonrió también, adorablemente.

—Ese dato lo sé perfectamente, Steve— dijo Bruce cuando su momento hilarante terminó—. Pero no deja de ser un riesgo.

—Ese dato lo sé perfectamente, Bruce— repitió el rubio las palabras del científico—. Pero si me dejas, es un riesgo que ahora mismo necesito correr. Iremos lento, tan lento como quieras.

Bruce tragó en seco y de pronto se sintió protegido, en todo sentido. Se sintió amado y apreciado. Asintió entonces, llevando sus manos de nuevo al rostro de Steve para atraerlo hacia él. Ya no quería sentirse miserable por todo, no quería más momentos de inseguridad ni de duda. No cuando Steve le amaba y estaba haciendo todo por demostrárselo.

Las caricias comenzaron por sobre la ropa, tomándose su tiempo, controlando sus respiraciones y aquello que los estaba quemando por dentro. Después la ropa estorbó, por supuesto. Steve levantó un poco a Bruce para poder sacarle la playera y se dio un respiro para apreciar el pecho de Bruce en todo su esplendor, cómo subía y bajaba con dominio. Pasó sus manos por sobre ese pecho, enredando sus dedos en el vello, acercando sus labios regalándole a su dueño arrullos y besos cortos. Si bien no tenía experiencia, Steve, como siempre, estaba intentando aprender, y el conocimiento empírico, descubrió, era el mejor.

Porque ya era una cuestión de vida y muerte. Era más que pasión, un dulce dolor. Su dulce dolor personal que ahora tenía rostro, cuerpo y nombre: Bruce Banner.

Bruce se dejó llevar ante la inexperiencia más que cautivante de Steve. Sin prisas, explorándose mutuamente, tocando cada milímetro de piel. La blanca, suave y lampiña de Steve. La morena, ardiente y tupida de Bruce.

Cuando la ropa no significó más un estorbo, Steve se posicionó más cerca de Bruce, rompiendo cualquier distancia mínima entre ellos. Besándose, descubriéndose. El instinto ganando la batalla por el control. La urgencia y necesidad entre ellos. Pasión, deseo y amor limpio. Eso era en ese momento. Bruce gemía suavemente bajo el toque de Steve, despeinando las rubias hebras con sus manos mientras sentía la boca del rubio jugando con su nuez, toda la extensión de su cuello y con sus clavículas.

El movimiento era lento, suave, cumpliendo la promesa de saberse en control, de proporcionarle a Bruce el gobierno sobre sí mismo. Y era abrumador, y era exquisito, y era perfecto el contacto entre sus entrepiernas, rozándose, frotándose en una danza tan sutil como erótica y excitante. Steve también gemía, más sonoramente que Bruce porque era lo que su garganta exigía. Y cuando sintió a Bruce agitarse y estremecerse bajo él, cuando sintió la humedad pegajosa posarse en su vientre, cuando se vio aprisionado en un sollozo ronco, supo que lo habían logrado. Bruce lo había logrado y entonces fue su turno para liberarse también, mezclando su esencia con la de Bruce en sus vientres bajos, gruñendo extenuadamente.

Steve no perdió tiempo para volver a besar suavemente a Bruce, en los labios, en la barbilla, en el puente de su nariz, en los pómulos y en los ojos. Y se bebió las nuevas lágrimas de Bruce, lágrimas que supo inmediatamente no eran de dolor. Eran de sincera libertad y afecto.


Amar a Bruce se había convertido en la mejor tarea de Steve Rogers. Bruce aún tenía sus periodos de baja emocional, pero sin duda el tener a alguien a su lado al que tenía absoluta confianza le aliviaban sus momentos. Steve seguía teniendo en Bruce al mejor maestro y amigo, seguía absorbiendo todo lo que Bruce le daba como esponja, tanto conocimiento intelectual como emocional y hasta en la cama. Y Bruce parecía mucho más contento que en todo el tiempo anterior en su estancia en la torre de los Vengadores. En las batallas, Hulk no sólo obedecía a pie juntillas al Capitán América, también lo protegía con un instinto más acogedor que a sus demás compañeros. Por supuesto, nada de eso pasó inadvertido para los otros, mucho menos para Tony Stark, que no perdía oportunidad de molestar a Steve, divertido al comprobar que por muy anciano seguía convirtiéndose en un tomate al punto ante sus ataques y bromas en doble sentido (muchas veces teniendo que explicar ese doble sentido para lograr más sonrojo en las mejillas del rubio).

Hasta que Bruce aparecía y le decía que dejara en paz a Steve. Y Tony claudicaba. En fin, pensaba el millonario, enamorarse era así: una cuestión de cariño y protección, algo mucho más allá que simple pasión. Era obvio en los ojos brillantes de Bruce, y el casi derretimiento de Steve cuando se ponía a dibujar a Bruce cada vez que el científico se quedaba dormido.

¡Ah! Eso de quererse…


Vale, pues hasta aquí llega este fic. Fue más bien mis ganas de escribir sobre esta pareja que, repito, ya amo profundamente. Lamento si hay OoC o demasiado fluff. No puedo evitarlo.

Muchas gracias por leer y por sus lindos comentarios. Va para ti, Naruhi, que sé que amas a Brucie todo tierno y lindo.

Látex.