Autor: Sara's Girl

N/T: Este capítulo va con agradecimientos para toxica666, sinideas, xonyaa11, SARAHI, cuqui. luna. 3., Acantha-27, a-agustina, Bitterchocolate y a todos los que se toman el tiempo para leer.

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Capítulo Seis.

Primera parte.

Harry se obliga a levantarse del escalón y frota su cara con cansancio. Deja caer sus manos a los costados y cierra sus ojos, observando distraídamente el deslizamiento de los espirales de Frank alrededor de sus tobillos mientras se aleja de la crisis en miniatura de Harry sin decir una palabra. Le toma un momento o dos, pero finalmente, Harry es capaz de invocar su tratado y probado 'deja de pensar en esta ridícula situación y sólo sigue adelante con ello' mantra; le ha servido bien por tanto tiempo que puede recordar, y ahora, cuando abre sus ojos para ver el pasillo vacío, está decidido.

Está aquí, no hay nada que pueda hacer al respecto en este momento, y en cuanto a Draco... Harry traga con dificultad. No importa Draco.

"Sigue adelante", murmura para sí mismo, entrando en la cocina y corriendo mecánicamente hacia el procesador de café, luego se apoya contra el mostrador para esperar mientras la cocina se llena del amargo y reconfortante aroma. "No pienses en ello– sólo sigue adelante".

Desafortunadamente, tanto como Harry confía en el consejo que ha visto pasar a través de innumerables experiencias surrealistas en la escuela, en casa y en el trabajo, a veces estas cosas son más fáciles de decir que de hacer. Más fácil revivirlo que olvidarlo. En una constante curva. Una caliente, cercana, emocionante y constante curva.

Como el sexo con Draco. Con Malfoy.

Harry frunce el ceño, apretando su taza de café con fuerza. De acuerdo, eso no ayuda.

Traga el líquido caliente, escaldando su lengua y saboreando el picor en su garganta mientras traga; lo que parece activar la última sección dormida de su cerebro y ponerla inmediatamente a toda marcha cuando la cafeína golpea su sistema con prisa. Sus rápidos ojos captan el destello azul de la envoltura de pan asomándose de la papelera, sin duda en donde la dejó el día anterior. Sabiendo instintivamente que la visión de ello volverá loco a Draco, se mueve a través de los azulejos, taza en mano, para empujarlo fuera de la vista antes de que él regrese, y eso es todo lo que se necesita.

Este pan es diferente–Draco por lo general... ellos por lo general tienen un pan de aspecto desagradable que los niños de Harry nunca comerían, un producto integral en una envoltura verde. Éste es simple, envuelto en papel azul, y el favorito de Al para hacer emparedados llenos de mermelada para él y Rose, generalmente todo media hora después de descuartizar su cena. Harry muerde su labio.

Es el mismo pan que él y Ginny han recibido de la panadería de Tansy Talbot–tres hogazas de pan, dos veces a la semana cuando los niños están en casa–por las últimas dos décadas. Harry no sabe lo que es más patético: lo aburrido que se ha permitido llegar a ser, o el hecho de que está parado aquí, balanceando la envoltura sobre un dedo extendido, soñando sobre una rebanada de pan blanco.

Gimiendo suavemente, deja caer la envoltura con un crujido y un chasquido de papel sobre la madera. No importa. De cualquier manera, acaba de acostarse con otro hombre–y ciertamente no ayuda el que lo disfrutara–y la realización que finalmente golpea en su desconcertada mente es que en realidad ha traicionado a Ginny; no hay duda de eso ahora. ¿O la hay? Harry apura su café y se hunde en una silla en la mesa, angustiado.

Se pregunta si tener relaciones sexuales extra-maritales en una realidad alternativa cuenta como un engaño. Se pregunta si es incluso extra-marital si la persona con la que uno está casado en un lugar está casada con alguien más en otro, y es, con toda probabilidad, tener un montón de–sin duda libre de culpa–sexo marital extra-marital.

La cabeza de Harry duele. Maldice y se agacha contra la mesa, presionando su frente contra la fría madera y mira fijamente hacia el grano más cercano, tratando de concentrarse en cualquier cosa excepto en el sentimiento de culpa y confusión arremolinándose repugnantemente en su estómago.

Nunca ha querido ser una de esas personas. Ser leal es justo lo que es; es tan parte de él como su famoso valor, su espontaneidad de saltar-antes-de-mirar, y su odio ante la injusticia. Las reglas eran siempre tan simples antes, pero ahora han sido puestas de lado y reemplazadas por un enredo de códigos y silenciosas complicaciones que nunca podrá entender.

Sin embargo, algunas cosas son obvias, como el hecho de que la Ginny que ha conocido aquí está más feliz y más vivaz de lo que él alguna vez la ha hecho, y que su amistad se siente natural y fácil, casi como si fuera la manera en que se supone que las cosas debieran de ser. Harry descansa la cabeza sobre sus brazos cruzados. No está seguro de si realmente cree en el destino, incluso después de todo, pero alguien o algo más grande que él parece estar haciendo un caso interesante. La imagen de su Ginny nada en su cabeza, cansada y desilusionada, y su corazón se contrae dolorosamente.

La ama.

La ama, pero.

Con los ojos escociendo, Harry arrastra una respiración profunda y permite que el sentimiento se arrastre sobre él en agonizantes olas, clavando las uñas en la superficie de la mesa y cada músculo tensándose mientras intenta, inútilmente, protegerse a sí mismo.

"Lo siento", susurra finalmente, frotando sus ojos mientras las saladas lágrimas se acumulan en la comisura de su boca. "Lo siento, Gin".

Se pregunta cuántos años de lealtad también ha tirado ella. Y luego deja de preguntarse, porque duele, y no le servirá de nada.

Arrastrando un tembloroso suspiro, lanza la silla hacia atrás y se pone de pie, permitiéndole a sus inflamados ojos fijarse sobre el primer objeto que capturan. El cisne.

Harry sonríe herméticamente y rodea la mesa, levantando la monstruosidad de cristal entre sus brazos. Al menos una búsqueda por la habitación de las Cosas Horribles lo mantendrá ocupado por un rato. De una manera algo torpe, Harry y el cisne salen hacia el corredor. Sabe que ha probado la mayoría de las puertas de la planta baja antes, pero las checa todas de todos modos, sólo por si acaso.

Cuando llega a la última puerta antes de las escaleras, suspira, mirando duramente al cisne y contemplando la idea de llevarlo al primer piso. El cisne simplemente le devuelve una vidriosa e inmóvil mirada. Harry gira la perilla y empuja la pesada puerta abriéndola con su cadera.

La habitación está oscura, pero Harry puede ver la luz intentando filtrarse a través de las brechas de las pesadas cortinas, y deposita el cisne en una pequeña mesa redonda y las abre, inundando la habitación con la brillante luz del sol de la mañana. Por un segundo o dos se queda parado, inmóvil, permitiendo que la calidez alivie su cansado rostro, mientras observa las miles de repentinamente visibles motas de polvo flotando a través del aire.

Cuando mira a su alrededor, ve que la habitación está bellamente equipada, decorada en verde pálido y crema, y llena de elegantes muebles de caoba. Hay plantas en todas las superficies disponibles, dando la impresión de que las sillas y mesas y estanterías se han colocado en medio de un ligeramente revoltoso jardín botánico. Es maravilloso. Lo ama.

Sobre la mesa cerca de la ventana, Harry encuentra una taza vacía de café, un envoltorio de galletas, y un pequeño cuaderno de bocetos que contiene varios dibujos de un intrincado cofre de madera tallada y una nota garabateada en la que se lee: 'Investigar sobre el nuevo disco de Celestina mañana, que Dios me ayude'.

Harry resopla.

"Así que ésta es tu sala de la mañana", murmura, bajando el cuaderno de bocetos y pasando suavemente sus dedos a través de las hojas de un gigantesco helecho que está en una maceta. La tierra, cuando la toca, está preocupantemente seca, y repentinamente recuerda que el cuidado de estas plantas es su responsabilidad.

Apresuradamente, mira a su alrededor hasta que encuentra una regadera de metal, la llena con un 'Aguamenti' susurrado y se pone a trabajar rehidratando sucesivamente cada planta. En realidad, nunca ha sido una persona de plantas, pero hay una tremenda satisfacción al ver a la tierra absorber el agua con avidez e inhalar el olor fresco de la tierra húmeda. Pronto, está tarareando silenciosamente bajo su aliento, estirándose para regar las plantas en delicadas cestas de plata suspendidas del techo, y su previa angustia comienza a desvanecerse. El sol calienta su nuca y sonríe para sí mismo.

No es por Draco, de todos modos. Por supuesto que no lo es.

"¿Dónde quieres esto?".

Sobresaltado, Harry se gira de su clandestino pulido sobre una gran hoja carnosa para ver a Draco en la entrada, con los ojos divertidos y los brazos llenos de ramas de Veneficus.

"Oh, er... no lo sé". Se encoge de hombros y rasca su frente con su regadera metálica empuñada en el brazo. "Sólo ponlos sobre la mesa de la cocina y mañana los llevaré al trabajo conmigo".

Las cejas de Draco se elevan rápidamente. "No voy a tener una pila de sucios y grandes palos sobre mi mesa de cocina".

"No están sucios", protesta Harry. "De cualquier manera, tú los compraste".

"Lo sé", le dice Draco oscuramente, y luego su expresión se torna repentinamente serena. "Está agradable aquí, ¿no es así?".

Harry lo mira fijamente, incapaz de evitar que su estómago se contraiga ante la visión de la media sonrisa de Draco.

Definitivamente es sobre Draco. Por lo menos un poquito.

"Mm", se las arregla para decir, limpiando sus manos sucias en sus jeans mientras Draco no está mirando.

"¿Ibas a hacer lo del cisne sin mí?", le demanda Draco, atónito, acercándose a la mesa y descansando una posesiva mano sobre la espalda del cisne.

"Por supuesto que no", miente Harry, bajando su regadera. "Lo moví aquí para que no estuviera en el camino a la cocina".

Draco sonríe satisfecho y deposita su montón de ramas sobre la mesa junto al cisne. Lo levanta cuidadosamente entre sus brazos y gesticula para que Harry lo siga. "Entonces ven".

Agradecido de haber sido salvado del problema de localizar el Salón Horrible y de subir las escaleras con el pesado cisne, Harry sale penosa y obedientemente de la sala de la mañana y sigue a Draco escaleras arriba y a lo largo de un corredor rara vez usado.

Una vez dentro de la habitación, Harry saca su varita para abrir las cortinas y cuando la oscuridad es levantada, todo lo que puede hacer es reprimir un jadeo; desde cada estantería y umbral y gabinete los miran fijamente los ciegos, pequeños, redondos y brillantes ojos de criaturas de miríada de cristal y porcelana y madera. Pájaros y conejos y leones se empujan posicionándose con ninfas y duendes y un centauro de dos cabezas, el más bizarro. No se puede negar que son grotescos, pero incluso cuando un inestable escalofrío baja por su espina, Harry está inexplicablemente divertido por la idea de un cuarto entero dedicado a la fealdad.

Harry rápidamente encuentra al alce, una enorme y moteada cosa verde y azul, con espantosos y ligeramente cruzados ojos y gordas astas amarillas.

"Tenías razón sobre el alce", admite, echando un breve vistazo a Draco. "Definitivamente aún es el peor. Creo que olvidé lo feo que era".

"Debiste hacerlo", dice Draco, y se estremece.

Harry no lo culpa. Hay algo en la expresión del alce que sugiere que le desea el mal. Es desconcertante.

"Bien, bueno, él necesita un nombre", le dice Draco, luchando para posicionar el cisne en un pequeño espacio sobre una ya concurrida mesa. Retrocede junto a Harry y frunce el ceño, pensativo.

Harry también lo mira. "No lo sé".

"Es tu turno".

"Erm... ¿Steve?", intenta Harry, tratando de evitar un nombre duplicado.

"¿Steve el cisne?".

"Sí".

"Eso es horrible", dice Draco, la boca torciéndose. "Me encanta".

Harry sonríe, atrapando su aliento mientras Draco se inclina contra él por un momento, cálido y sólido. Cuando se endereza y se dirige de vuelta hacia las escaleras, murmurando sobre el té, Harry lo mira desde la puerta de la habitación de las Cosas Horribles, con los brazos cruzados contra sus estúpidos sentimientos.

Por el rabillo de su ojo, algo destella con colores brillantes en el sol de la mañana. Se vuelve. El repugnante alce lo está observando, tal vez incluso burlándose de él. Lo mira ferozmente de vuelta y azota la puerta cerrándola.

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Durante el día siguiente o así, Harry vaga alrededor de la casa, tratando tentativamente de sentir la rutina post-navideña de Draco y su otro yo, si es que existe alguna. Él sabe lo que estaría haciendo en su casa, por supuesto.

Cada Día de fiesta después de Navidad, Harry y su familia tienen una permanente invitación a la casa de campo de Ron y Hermione para una noche de alta competitividad de Snap Explosivo, su anual torneo de Gobstones, y varias rondas de juego en equipo basado en 'Encuentra al Auror' alrededor de la recóndita y llena casa de campo y el enorme jardín; con James, Hugo y Lily jugando contra Al y Rose, mientras Ginny se encuentra parada en el porche y diciendo que tiene frío, y con Hermione continuando anotando y negándose a ayudar incluso a sus propios hijos porque '¡eso es trampa!'. Ron siempre hace su famoso Estofado de Navidad, el único plato que afirma ser capaz de cocinar, lleno de misteriosos ingredientes secretos, tradición y albóndigas del tamaño de Bludgers.

Siempre hay por lo menos una discusión y alguien siempre termina en lágrimas o con un mohín, pero siempre está olvidado para el final de la noche, cuando Ron pone una película Muggle y toda la multitud se sienta alrededor de la enorme, vieja y hábilmente adaptada televisión de Hermione para ver a Indiana Jones o James Bond. Siempre ha divertido a Harry saber que Ron comparte su gusto en entretenimiento navideño con el tío Vernon de Harry, a pesar de que nunca compartió esto con Ron por temor a ofenderlo mortalmente.

Con todo esto en mente, Harry no sabe qué hacer de la situación en la que ahora se encuentra. Draco, después de una prolongada y lánguida sesión de beber té, durante la cual se hubo tumbado sobre el sofá, con los pies en el regazo de Harry y la cabeza en el gastado brazo de cuero, quejándose de nada en particular, se ha retirado ahora a su sillón cerca del fuego y desaparecido bajo su habitual avalancha de notas y documentos. Su nueva lámpara ha sido puesta en servicio con entusiasmo, y Harry se siente tanto complacido y envidioso de su hábil otro yo por verla en uso.

La suave luz verde parpadea alrededor de la sala de estar mientras la oscuridad cae, y el silencio, con excepción del susurro del pergamino, está volviéndose opresivo. Draco frunce el ceño, con el cabello en sus ojos y la pluma detrás de su oreja, apenas parece notar la inquietud de Harry mientras se entierra en su trabajo.

Así que entonces, de vuelta a los negocios como de costumbre, piensa Harry, abandonando el crucigrama de El Profeta y poniéndose de pie para otro paseo sin rumbo alrededor de la casa. Está pensando con ilusión en su taller, en crear algo–o tratar de crear algo–y en el desafío de aprender algo nuevo. Tal vez pueda tener otra oportunidad con el vidrio soplado, piensa con una sorprendente y pequeña emoción en la boca de su estómago. No puede recordar la última vez que sintió algo que se aproximara a la emoción de volver a trabajar después de un día festivo.

Está a la mitad del camino en el pasillo cuando Draco lo llama.

"¿Vas a trabajar mañana?".

Harry se gira, por una fracción de segundo temeroso de que Draco pueda leer su mente. "Sí, ¿por qué?".

Draco levanta la vista, la cara y los ojos teñidos de verde ante la luz de la lámpara. "¿Puedes pasar rápido a Borteg's y recoger las cosas que ordené para la noche del domingo? No sé cuándo voy a tener tiempo para salir de la casa", suspira, mostrando las pilas y rollos de pergamino que parecen haberse multiplicado durante su ausencia. "Por favor, recuérdame esto la próxima vez que diga que quiero investigar cualquier cosa que tenga qué ver con el jodido Ministerio".

"Sí", le dice Harry, tratando de ganar tiempo. El único Borteg's en el que puede pensar es en uno de los comerciantes de whisky de gama alta, justo en la parte alta del Callejón Diagon. Frunce el ceño. "¿Qué hay el domingo por la noche?", pregunta eventualmente.

Draco lo mira fijamente por un momento, con los ojos entrecerrados. Golpetea sus dedos lentamente, uno, dos, tres, cuatro, cinco veces sobre cada uno de los brazos de su silla. "Sabes, estoy empezando a pensar que la ginebra casera de Blaise ha hecho algo en tu memoria", medita.

El estómago de Harry cae y enrolla sus dedos dolorosamente alrededor del marco de la puerta. "¿Qué?".

"De hecho, pienso que ha sido peor de lo habitual esta semana", continúa Draco, quitándose el cabello de sus ojos y escudriñando cuidadosamente a Harry. "Podría atribuirlo a la edad, por supuesto...".

"Soy más joven que tú", señala Harry toscamente. No tiene ni idea de si Draco está burlándose de él, criticándolo o genuinamente sospechando de su comportamiento, y le devuelve la mirada, temeroso y desafiante.

"Oh, sí, todas esas semanas", murmura Draco, sonando divertido por un momento antes de que algo parecido a la preocupación parpadee en sus ojos y baje el pedazo de pergamino que ha estado examinando. "¿Seguro que estás bien? Siempre podemos matar a Blaise si es necesario".

Harry sonríe débilmente, el alivio enviando adrenalina corriendo a través de sus venas. "No creo que eso sea necesario. Sólo estoy un poco cansado por el momento... no he dormido bien, ya sabes".

"Sé que la Navidad con mis padres es... algo así como un reto para ti", dice Draco en voz baja, retirando la pluma de detrás de su oreja y jugueteando con ella en su regazo.

"He tenido peores", admite Harry, y lo dice en serio. "Sólo...".

"Sé que debes extrañarlos, Harry".

El pecho de Harry duele, y le toma un momento el darse cuenta de que Draco está hablando de sus padres. De alguna manera, esa realización duele aún más.

"En realidad no los recuerdo".

"Lo sé. También sé que no es así como realmente funciona", le dice Draco, con los ojos brillantes; y la punta de su lengua saliendo por su labio inferior en un gesto ansioso. "También sé que estás bajo presión, no te quejas lo suficiente", añade con una vacilante sonrisa.

La suave risa de Harry aprieta su pecho. Pesadamente, dándole ganas de cruzar el piso y arrojarse a sí mismo a los pies de Draco. Quiere sentir cuidadosos dedos en su cabello, fuertes manos sobre sus hombros, una cálida boca aliviando su inquietud, sin embargo agarra el marco de la puerta con fuerza y se balancea ligeramente en su lugar.

"Qué, ¿para que puedas llamarme una reina del drama? No lo creo, creo que me iré a dormir temprano".

"Será lo mejor", dice Draco sombríamente, volviendo a su trabajo. "No quiero que te quedes dormido el domingo. En la víspera de Año Nuevo. En la fiesta que tendremos. Aquí en esta casa, donde vivimos", añade, con el sarcasmo profundizándose con cada palabra.

"Buenas noches, Draco", suspira Harry, esperando hasta que se da la vuelta para rodar sus ojos.

Eso es bueno. Todo está bien. Sólo otro evento social en el que puede avergonzarse a sí mismo.

"¡No te olvides de ir a Borteg's!".

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Harry no se olvida de ir a Borteg's. Habría sido difícil, teniendo en cuenta que cuando se despierta solo en la cama el miércoles por la mañana, se da cuenta de que Draco le ha dejado nada menos que siete pegajosas notas recordándole que recoja el jodido whisky. Hay una en el espejo del dormitorio, una en su cepillo de dientes, una en la cinturilla de su favorito y 'repugnante' pantalón de mezclilla para el trabajo, una en la tetera, una en su regadera en la sala de la mañana, y dos sobre Frank, que se desliza por la ventilación de la alacena mal humorado tan pronto como Harry las ha leído. Piensa que las ha encontrado todas–siete es un buen número, por lo que recuerda–pero todo es posible.

Si no lo conociera mejor, se sentiría insultado ante la evidente indirecta hacia su memoria. O en efecto, estarse poniendo viejo.

El viaje a los comercios de whisky se enriquece en gran medida por la presencia de Maura, quien aparece a través de la chimenea de la cocina a las nueve y media, justo cuando se está poniendo su abrigo y bufanda y se prepara para irse.

"Lamento esto", le dice, arrugando la nariz disculpándose. "Olvidé que no sabías que vendría hoy. Y probablemente también otros días", añade, parpadeando hacia Harry.

"Está bien", dice Harry, sacando su abrigo del armario del pasillo y entregándoselo a ella. "A veces es bueno tener a alguien con quien hablar".

Tan pronto como las palabras salen, se siente ridículo, pero Maura simplemente asiente con seriedad y tira de su capucha roja sobre su cabello. "Está lloviendo", le explica. "El equipo de mami no va a estar muy contento con eso. Ella tiene todo tipo de nuevas tictacas para que las ensayen".

"¿Tictacas?", repite Harry, divertido.

"Mm". Ella mira hacia afuera de la puerta principal a regañadientes mientras Harry la abre. "Van a conseguir ponerse muy, muy mojados".

Harry se coloca detrás de ella y también mira hacia fuera hacia las láminas de lluvia gris. No es realmente un día para estar afuera. "Vamos, si corremos a esos árboles realmente rápido, podemos Aparecernos antes de que nos empapemos", le dice, extendiendo su mano hacia Maura y rogando a cualquiera que esté escuchando que lo mantenga de pie, al menos por los próximos minutos. "Uno, dos, tres...".

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"Bueno, hola, señor Potter".

Harry lanza todo su peso contra la pesada puerta de roble, tratando de cerrarla ante el feroz ataque de lluvia y viento que amenaza con lanzarlos a él y a Maura hacia la calle. La extraña y sepulcral voz resuena en el estrecho espacio y los paneles de madera de la tienda, y tan pronto como la puerta se cierra, mira a su alrededor buscando la fuente de la misma.

"Hola", dice con incertidumbre, contemplando la emergente figura de detrás del mostrador, un hombre tan alto y esquelético que parece moverse a sacudidas, desenrollándose a sí mismo con cada paso como una grulla negra. Su cabello oscuro está rayado de plata, y cuelga en una larga y delgada trenza que cae por su espalda.

"¿Y cómo está usted, jovencita?", le pregunta solícito el hombre a Maura, volviendo los grandes ojos azules hacia ella. Ella se ve como si quisiera dar un paso atrás, tal vez esconderse detrás del abrigo de Harry, pero por su honor, permanece exactamente donde está y lentamente saca su cabello rizado de su capucha.

"Estoy bien, gracias, señor", susurra, y entonces la delgada boca del hombre se arruga en una amplia sonrisa, haciendo que su pálido rostro parezca de alguna manera aún más aterrador.

"Bien, eso está bien", entona sombríamente, sin dejar de sonreír. "¿Ha venido por su orden, señor Potter?", pregunta, volviéndose hacia Harry y alargando la palabra con fúnebre entusiasmo.

"Sí, por favor". Harry observa al hombre mientras él asiente rápidamente y hace su camino detrás del mostrador. Se repliega fuera de la vista y no reaparece durante algún tiempo. Harry intercambia una mirada de soslayo con Maura, quien se encoge de hombros, con los ojos muy abiertos y se vuelve para examinar las elaboradas etiquetas de algunas de las botellas cercanas. "Muchas de las otras tiendas están cerradas hoy", dice Harry, más para romper el silencio que por cualquier otra cosa.

Un suave traqueteo de risas sale de detrás del mostrador y luego está el destello de una puntiaguda y agazapada rodilla mientras el hombre cambia de posición. "El buen whisky es un negocio de trescientos sesenta y cinco días al año, señor Potter, o trescientos sesenta y seis, según digan los caprichos de nuestro calendario", retumba.

"Eso es... ciertamente verdad", se las arregla Harry para decir, distraído mientras Maura tira de su manga e indica una fila de inusuales botellas bulbosas, cada una llevando una etiqueta con las palabras:

Propiedad de Borteg's

Whisky de fuego sin mezclar con cualquier otra malta de Veneficus envejecido

Y con una imagen anticuada y de color sepia de ese peculiar hombre, el mismo que ahora está emergiendo, tintineando, con una caja en sus brazos, desde detrás del mostrador.

"Debe de ser el propio señor Borteg", murmura Harry, tocando suavemente la etiqueta.

Maura asiente. "¿Qué es un ven... veneffcus?".

"Veneficus", el señor Borteg brama lóbregamente, tintineando y sacudiendo su camino hacia ellos con la caja. "Es una planta muy rara, jovencita... Muy rara, en realidad. Con propiedades mágicas en la madera", le dice, envolviendo sus largos y pálidos dedos alrededor de la botella más cercana y contemplando con entusiasmo sus profundidades, "Le dan propiedades mágicas al whisky. Y este, señor Potter, es el mejor whisky que el dinero puede comprar".

Si eso es verdad, Harry piensa, suena muy triste por ello. "Me parece bien. ¿Supongo que no hay nada de eso en la caja de ahí?".

El señor Borteg se ríe hasta que su muy delgado cuerpo se balancea alarmantemente y su larga trenza se mueve sobre su hombro y entra en la caja de Harry. "Dios mío, no. El señor Malfoy me pidió una selección para su celebración de la víspera de Año Nuevo. Mis elecciones son de alta calidad, por supuesto, pero... apropiadas".

"Claro, por supuesto", dice Harry, esperando no hacer su ignorancia demasiado obvia. Sabe tanto sobre whisky como sobre restaurantes y carpintería–todos los temas en los que su otro yo es aparentemente experto.

"¿Qué tipo de cosas mágicas hace la madera?", le pregunta Maura a Harry cuando el timbre de la tienda tintinea y el señor Borteg baja la caja de Harry para atender al nuevo cliente.

"Tengo algunas en casa", dice en voz baja. "Voy a llevarlas a la tienda un día y podremos averiguarlo".

"Podrías hacer tu propio whisky de ellas", sugiere Maura, mirando en la caja las relucientes filas de botellas.

"Una cosa a la vez", aconseja Harry, sacudiendo su cabello y yendo a pagar al señor Borteg.

Con los bolsillos despojados de oro, Harry sale de la tienda minutos más tarde con la pesada caja en sus brazos y llevando a Maura consigo. Caminan rápidamente contra la intensa lluvia hasta que llegan a la tienda, donde Harry se apresura a desactivar los Encantamientos Protectores que les permitirán abrir la puerta y apilarse dentro. Una vez que están fuera del aguacero, el tambor de la lluvia contra los tragaluces es un sonido reconfortante, que, combinado con un par de Hechizos Calentadores y la luz de las lámparas crea un pequeño paraíso para Harry y Maura.

Se sientan con las piernas cruzadas, uno frente al otro, encima de la mesa de trabajo de repuesto, recorriendo el contenido de la caja con interés.

"Este es el que le gusta a Papi", dice Maura, levantando una botella teñida de verde con un dibujo de pluma y tinta de un ganso en la etiqueta. "Mami dice que es demasiado caro".

Harry resopla. "Ella tiene razón. No creo que haya gastado tanto de una sola vez".

"¿Puedo ir a tu fiesta?", Maura no lo mira; se concentra muy fuerte en doblarse y desabrochar su zapato.

"No lo sé", dice Harry. "Ni siquiera sabía que iba a tener una fiesta hasta anoche. No quiero meterme en problemas con tu mamá y papá... o con Draco, para el caso. ¿Tenemos muchas fiestas?".

"Bastantes. Siempre tienes una para Año Nuevo".

"¿Vienes a ellas?".

Maura lo mira con grandes y marrones ojos. "A veces. No a las de Año Nuevo. Mami dice que de todos modos no me gustarían. Apuesto a que lo harían".

"Lo siento, Maura, pero no creo que pueda discutir con tu mamá", dice Harry disculpándose, sintiendo como si estuviera lejos de la primera vez que dijo esas palabras–no es como si alguna vez hubiese sido un disciplinario, incluso en su propia familia.

Maura hace pucheros y suspira. "Aburrido. Tendré que ir a casa de la Abuela".

"¿No te gusta estar ahí? Me encantaba ir a la Madriguera cuando era pequeño".

"Mm", ella se encoge de hombros. "Tal vez la Abuela y el Abuelo tendrán una fiesta conmigo. Y con Hugo", añade, alegrándose.

"Y con Rose", le recuerda Harry.

"A Rose sólo le gusta leer libros", dice Maura. "Es aburrida".

"Eso no es agradable", le dice Harry, con el corazón doliéndole por la pobre Rose. "Tal vez ella está un poco sola. Sé que es un poco mayor que tú, pero puede que quiera unirse si se lo preguntas amablemente. Ella es muy inteligente, sabes, ¿por qué no le pides que te ayude con algo? Apuesto a que también te ayudará a planear una fiesta".

"Ella no va a querer ayudarnos", dice Maura, arrugando su nariz inciertamente.

Harry exhala lentamente, mirando a la pequeña niña y sintiendo un momento de 'padre' acercarse.

"Ella querrá", dice, empujando suavemente la rodilla vestida de pana de Maura. "Se siente muy bien ayudar a alguien. Te gusta ayudarme, ¿verdad? Cuidar de mí, ¿así no hago un idiota de mí mismo? O... ¿tanto de un idiota de mí mismo como puedo hacer por mi cuenta?", intenta, dándole de nuevo un golpecito hasta que ella sonríe y levanta la vista.

"Sí", dice en voz baja.

"Ahí lo tienes, entonces. Está bien. Voy a darte algunos consejos ahora, y espero que seas mejor siguiéndolos que yo", dice Harry, inclinándose hacia adelante.

Maura se inclina también hacia adelante, con los ojos muy abiertos, y por un momento él olvida que está hablando con una niña de siete años. Por encima de ellos, la lluvia martillea contra el vidrio y el aire con aroma a aserrín está súbitamente pesado con concentración.

"Nunca olvides que hay generosidad en recibir", dice seriamente.

Maura frunce el ceño. "¿Qué significa eso?", susurra.

Harry parpadea. Mordisquea su labio suavemente, barajando las palabras en su cabeza. "Significa que... ¿sabes cómo acordamos que se siente bien ayudar a alguien?", Maura asiente. "Bueno, cuando dejas que alguien te ayude, estás dejándolos tener esa sensación agradable. La gente siempre piensa que tienen que ser los únicos dando la ayuda para sentirse bondadosos, pero eso no es cierto".

Maura frunce sus labios y arrastra sus rodillas bajo su barbilla. "Eso es inteligente".

"Gracias". Sonríe Harry. "Alguien muy inteligente me dijo eso hace mucho tiempo".

"¿Quién?".

"Tu madre", dice Harry, disfrutando de la mirada de sorpresa de Maura y dejando suavizar el doloroso recuerdo de las severas palabras de Ginny cuando, semanas después del final de la guerra, él había estado luchando por mantener todo junto por su cuenta. Había escuchado entonces, pero no muchas veces desde aquel momento.

"Entonces, ¿dejas que las personas te ayuden?", pregunta Maura, haciendo eco de sus pensamientos.

Harry vacila, bajando sus mangas sobre sus dedos. Esta no es la primera vez que ha deseado ser un mejor modelo a seguir, pero es probablemente la más anhelante que alguna vez ha tenido sobre seguir sus propios consejos.

"En realidad, no. Sin embargo, debería", admite al fin.

La sonrisa de Maura resplandece a la luz de la lámpara. "No se lo diré a nadie". Inclina su cabeza hacia atrás y mira el tragaluz sobre su cabeza. "Ha dejado de llover".

Harry mira con ella, estirándose. "Así es".

"Por favor, ¿puedo tener un helado?".

"¿En diciembre?".

"Fortescue's está abierto, me fijé de camino aquí", le informa Maura, de alguna forma perdiendo el punto.

Harry sonríe y se encoge de hombros, deslizándose fuera de la mesa y extendiendo sus brazos para ayudar a Maura a bajar. "Está bien, pero entonces realmente tengo que hacer algo de trabajo".

Supone que es lo mínimo que puede hacer.

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Maura se convierte rápidamente en una pieza clave en el taller durante los siguientes días, ya que los horarios de trabajo después de Navidad de Ginny y Blaise parecen un espiral fuera de control. Es por lo general Ginny quien aparece al final de la tarde para recoger a su hija, trayendo consigo el agudo olor del invierno y el familiar y terroso aroma del fangoso pasto y tela mojada que arrastra a Harry de regreso a sus días de escuela con un solo olorcillo.

Si la niña está afligida por la ausencia de sus padres durante las fiestas, no lo demuestra. De hecho, parece más que feliz de pasar sus días en el taller, en compañía de su no-exactamente Tío Harry, observando desde la relativa comodidad de la mesa de trabajo de repuesto, tomando el dinero de los clientes con un desconcertante y hábil encanto que es todo su padre, o ayudando a Harry con sus cada vez más confiados experimentos en el soplado de vidrio.

"¿Extrañas a tu mamá y papá cuando están en el trabajo?", le pregunta una tarde, tomando una pieza de vidrio rojo de la caja que ella sostiene.

"Nunca me has preguntado eso antes", le dice francamente.

"Oh", dice, sorprendido. "Lo siento". Perplejo, vuelve su atención hacia el chisporroteante plato de hierro frente a él, donde el vidrio rojo se está derritiendo lentamente en una reluciente burbuja. "Puedes encontrarme otro rojo, ¿por favor? Sólo uno pequeño", añade, ajustando las llamas con su varita.

"Un pequeño rojo", canta Maura para sí misma, empujando alrededor en la tintineante caja con su dedo. "Aquí–¡ow!".

Su repentino siseo de dolor pincha en la nuca de Harry y se da la vuelta rápidamente, justo a tiempo para verla bajar la caja y levantar su mano hasta su cara para examinarla, con las cejas contraídas por el dolor y la irritación. Está sangrando.

"Ven aquí", insiste Harry, rodeando su delgada muñeca e inspeccionando el inflamado corte que rebana justo a través de la punta de su dedo índice. No es demasiado profundo, pero Harry reacciona sin pensar ante la visión de las cuentas oscuras de sangre fluyendo de la herida, alcanza su varita y susurra un muy-usado hechizo de curación hasta que los bordes del corte empiezan a unirse, dejando una tenue cicatriz blanca.

"Oh", se las arregla Maura para decir, sonando sorprendida. Cuando Harry suelta su mano, ella se le queda mirando durante tanto tiempo que él se pregunta si ha hecho algo malo.

"¿Estás bien?".

Ella levanta la vista. "Sí. Aquí me corto todo el tiempo", dice casualmente. "Tú también".

Intentando ignorar esa afirmación, Harry presiona: "Entonces, ¿qué pasa? ¿Tu Tío Harry usa un hechizo de curación diferente? Sé que es un poco frío, pero es bueno".

Maura le da una extraña sonrisa. "Normalmente sólo me dice que lo ponga en mi boca y lo chupe".

Harry parpadea. "¿En serio?".

"Mmhm. La saliva es un antiséptico natural", dice con seriedad, y sólo le toma una fracción de segundo a Harry el darse cuenta de que ella lo está citando, bueno, a él.

Y entonces su cabeza está llena de imágenes, instantáneas, de Lily cayendo de un árbol en el parque, del primer choque de escoba de Al, de aquella vez en que un joven Teddy trató de 'comprobar' si el bebé James era mágico. De cómo él siempre trató de dejar que cometieran sus propios errores, pero aún así estuvo al acecho en el fondo con una serie de hechizos de curación en su manga para cuando lo hicieran. Y proteger a Maura, ahora, es tan natural para él como respirar–aparentemente, ser padre realmente lo cambia todo.

"¿Qué pasa?", le pregunta de repente, y Harry se da cuenta de que ha estado mirando hacia el tenue aire.

"Nada, estoy bien", dice él, decidiendo que hay algunas cosas en esta surrealista situación con las que una niña de siete años, incluso una muy inteligente, no debería tener que lidiar. "Así que, sé acerca de las nuevas tictacas de tu mamá, ¿qué hace Papá que lo mantiene tan ocupado?".

"Rees-tructu-ración", dice cuidadosamente, abriendo su ilesa mano y ofreciéndole a Harry el pedazo de vidrio rojo que casi había olvidado que pidió.

"Gracias. ¿Y eso qué significa exactamente?", pregunta, bastante y genuinamente despistado, habiendo aprendido a cambiar el tema al hablar de negocios muchos, muchos años atrás. Fue bueno haberlo hecho, piensa ahora, o podría haber terminado en algún lugar realmente aterrador, como en la gerencia intermedia en una empresa de perforación.

"Eso significa que Papi se queda hasta tarde en el trabajo un montón", le informa. "Y luego el Tío Nev viene a cenar y escriben grandes listas y luego las rompen".

Harry se ríe. "Suena divertido. ¿Es eso lo que quieres hacer cuando seas mayor?".

Maura hace una mueca y recoge la caja de nuevo. "No, voy a jugar Quilditch, y a hacer cosas con vidrios–sólo cosas rojas–y... ser Ministro de Magia".

Conteniendo una sonrisa, Harry asiente seriamente. "Tendrás que trabajar duro en la escuela para hacer todo eso".

"Eso es lo que la Tía Mione siempre dice", suspira Maura, examinando, más cuidadosamente ahora, a través de la caja de vidrios por piezas rojas.

Harry supone que es reconfortante saber que algunas cosas son siempre las mismas, donde quiera que esté.

E incluso en un lugar extraño como este, parece que las cómodas rutinas son capaces de surgir con relativa facilidad, con las personas adecuadas y la confluencia correcta de los acontecimientos. Maura, en la necesidad de una niñera-socia-en-el-crimen, es el contraste perfecto para Harry, que está en una misión de evitación de proporciones dramáticas. El taller le ofrece un lugar donde puede esconderse de Draco, y Maura parece más que encantada de ayudarle en cualquier actividad que se le ocurra para distraerse de cualquier nuevo intento con la mesita.

La fecha para recogerla puede estar acercándose cada vez más, pero Harry está determinado a no pensar en ello. De la misma forma en la que no está pensando en la sensación de la piel de Draco contra la suya por la noche, cada noche, o en la cálida intensidad de sus besos, o en la manera en que, nueve de cada diez veces, tendrá una pluma metida detrás de su oreja antes de ponerse la camisa por la mañana. De la misma manera en que él aplasta la pequeña emoción que siente cuando hace el té en la taza rayada correcta y Draco le sonríe tan fácilmente.

Ellos también están desarrollando una rutina. Es inevitable, tanto como Harry intenta resistirse, y mientras los últimos días del año se escapan, hay una pequeña e inquietante parte suya que siente como si siempre hubiese estado aquí. Se encuentra a sí mismo vagando por el Callejón Diagon cuando es su turno para cocinar la cena, aventurándose en interesantes y pequeñas delicatessens y tiendas de comestibles y buscando ingredientes inusuales para jugar con ellos, secretamente esperando satisfacer a su receptivo compañero de comedor. Draco, a pesar de todos sus defectos, se comerá casi cualquier cosa mientras esté propiamente cocinada, y esa es una cualidad suya que a Harry le gusta.

Maura, por otro lado, quien lo sigue desde una pequeña y extraña tienda hasta una más extraña y pequeña tienda como una habladora sombra, tiene algunos de los más extraños hábitos alimenticios con los que Harry haya experimentado jamás.

A la hora del almuerzo del viernes, aprovecharon el clima fresco y soleado y acamparon en un banco de piedra cerca del taller, comiendo y viendo a los compradores del Callejón Diagon, compitiendo para señalar a la persona con el sombrero más tonto.

"Ahí–tiene campanillas en él", dice Harry, dando un suave codazo a Maura y doblando el último trozo de sándwich de pollo en su boca.

Maura sonríe, distraídamente hundiendo su rollo de salchicha en su vaso de fresco zumo de naranja.

Harry se encoge y traga su bocado de pollo y pan con un poco de esfuerzo. "¿Vas a comerte eso, o simplemente estás jugando con él?", pregunta, sonando–para su horror–justo igual que Molly Weasley.

"Comerlo", dice Maura, levantando la mirada con sorpresa. "¿Quieres un poco?".

"No, gracias".

"El Tío Harry usualmente prueba cosas conmigo", dice, sonando decepcionada.

"¿En serio?", Harry mordisquea su labio y mira dentro de los enormes e inocentes ojos marrones. Suspira. Podría estar bien... después de todo, él come carne de cerdo y manzana, ¿por qué no carne de cerdo y naranja...? En realidad, debería de estar alentando esa apertura de mente. "Está bien".

Maura le ofrece el rollo de salchicha empapado y goteante, y toma una grande y decisiva mordida. El sabor ácido de la naranja golpea primero su lengua, seguido rápidamente por el cerdo salado y una bofetada de empapado hojaldre de calabaza deslizándose sobre el techo de su boca y pegándose a sus dientes. Es asqueroso. Verdadera y absolutamente... mira a Maura, pasmada, y a su expectante cara. Arrastrando una respiración profunda a través de su nariz, trata de tragarlo, pero el pegajoso desastre simplemente no quiere bajar. Horrorizado, extiende su mano por el jugo y lo bebe hasta que puede forzar un trago.

Arrugando la nariz, mete su lengua en la masa atrapada en sus dientes. "Lo siento, Maura, pero eso es horrible".

"El Tío Harry siempre dice eso, también", dice, sonriendo y recuperando su jugo. "¡Sombrero de cocodrilo!", añade, señalando.

"Eres un horror", murmura, preguntándose cuánto tardará en pasar la sensación de que algo ha muerto en su boca.

Cuando, después en esa tarde, un par de búhos nevados se precipitan dentro de la tienda con el prometido pastel de espinacas del Señor Pepper, Maura está encantada.

"¡Oh, esto me encanta!", lloriquea, olfateando el pastel y acariciando la cabeza de cada lechuza sucesivamente antes de que despeguen y desaparezcan de la vista.

Harry, sin embargo, repentinamente tiene un peso de plomo en su estómago que no tiene nada que ver con el pastel de espinacas. El señor Pepper, quien le envió un repugnante pastel con las mejores intenciones, está esperando una hermosamente elaborada y única en su clase mesita, en menos de una semana, y Harry tiene... nada. Mientras está parado allí, apoyado en su banco de trabajo con sus ojos cerrados, la culpa de esos días perdidos lo golpea, y envuelve sus dedos alrededor del duro y frío borde del banco, sintiéndose terrible.

¿Desde cuándo se volvió tal idiota irresponsable? ¿El tipo de persona que rompe sus promesas?

No lo eres, susurra una suave y culta voz dentro de su cabeza. Porque no vas a hacer eso.

Tratando de no pensar en esa voz o, de hecho, en cómo llegó allí, Harry sacude su cabeza y se vuelve hacia Maura, quien está quitando el papel marrón del pastel.

"No lo comas todo de una vez, te pondrás enferma. Voy a hacer esta mesa. Ahora mismo".

Ella no dice nada, pero lo mira con los ojos muy abiertos mientras él pisotea a través del almacén y levita la penúltima–¿penúltima? ¿Dónde consigue una persona un trozo de haya cerca del Año Nuevo?–pieza de haya sobre su mesa de trabajo.

"¿Quieres algo de ayuda?", dice suavemente Maura, arrastrándose hacia el lado opuesto de su banco y apoyándose alrededor de la madera para hacer contacto, con un trozo grande de mullido y húmedo pastel verde entre sus manos.

Harry suspira y mira hacia la haya, medio esperando mirarla en sumisión.

"Tan dramático como esto suene, Maura, no creo que nadie pueda ayudarme", admite.

Ella asiente y se retira, subiéndose a la otra mesa de trabajo que está fuera del camino. "El Tío Harry podría", susurra.

Harry no tiene una respuesta para eso.

Se ata en su delantal, Convoca tantas herramientas como puede en su espacio de trabajo, y toma una respiración profunda. Tiene que hacer esto sistemáticamente. Lógicamente. Ahora ha aprendido muchas maneras de no hacer una mesa, así que, en teoría, debe estar más cerca de la manera de hacerlo correctamente.

Puede lidiar con el cristal... piensa. Es sólo que, bueno... todo lo demás.

Sintiéndose ligeramente enfermo, Harry agarra su cinta métrica y su sierra, estabiliza sus manos y sus nervios lo mejor que puede y se pone a trabajar.

Serrucha con cuidado, agarrando firmemente el asidero, luchando para mantenerlo recto, con polvo de madera en su nariz y con cada astilla ondulando y burlándose de él, midiendo y re-midiendo, frotando su empapada frente con el dorso de sus rasposas manos, agachándose una y otra vez para mantener las piezas a la altura de sus ojos mientras las acomoda, con fragmentos de los libros de carpintería de la sala de la mañana pasando por su cabeza como un constante mantra. Se enarena hasta que sus manos están crudas y doloridas, sin importarle porque estas cosas entre sus manos finalmente, finalmente se ven como husos, y eso es un triunfo.

En el fondo, puede oír el esporádico pataleo de las piernas de Maura mientras reposa en la mesa de trabajo de repuesto, y el suave sonido de un canto para sí misma, algo que sospechosamente suena como 'Una Melodía en Sirenio'. Jodida Celestina.

Sin embargo, apenas la escucha; está emborronado, atrapado en los movimientos repetitivos y los delicados ajustes, sabiendo que ha aprendido algo y volando con el conocimiento de que lo está haciendo bien esta vez. Sólo tal vez...

El sol ha bajado para el momento en que retrocede, dolorido y apretado, y mira alrededor, finalmente dándose cuenta de que ha estado trabajando en la oscuridad.

"Lo siento, Maura", dice, encendiendo la luz en las lámparas con su varita. "Deberías de haber dicho algo".

"Estabas concentrado", dice ella, poniéndose en una posición sentada y ajustando sus trenzas.

Harry sonríe cansadamente. "Bueno, creo que estoy llegando a alguna parte. ¿Qué opinas?", pregunta, volviéndose expectante para ver debidamente el trabajo de la tarde.

Maura hace un extraño sonido pero no dice nada.

En la luz de la lámpara, Harry mira hacia su mesa, horrorizado.

Es como si la estuviera mirando por primera vez. Como si hubiera pasado las últimas horas trabajando en algo completamente diferente... como si su mesa hubiera sido furtivamente cambiada por manos invisibles. Por esta.

"¿Qué?", se las arregla para decir, con voz áspera. Con el estómago cayendo, da un paso más cerca, y ahora es obvio que lo que ha producido apenas podría llamarse una mesa. Los husos son voluminosos y desiguales, la parte superior está ladeada, las juntas no se alinean correctamente y todo está cubierto de astillas que burlonamente brillan en la luz. "Pensé que estaba haciéndolo bien", murmura, levantando una caliente y dolorida mano para frotar su cabello.

"Es mejor que la última", dice Maura en voz baja, pero Harry apenas la oye.

La pesada decepción en sus venas está cambiando, agitada, en furia líquida por su propio fracaso, en esta ridícula situación en la que todas sus habilidades son inútiles, en Boris y en Draco y en el señor Pepper, que quiere una tonta y lujosa mesa que Harry no puede darle. No tiene ni idea de por qué jamás incluso esperó tener éxito–él sabe que todos los demás esperan que sobresalga en cualquier situación en la que haya caído, pero siempre ha sido consciente de sus propias deficiencias; su supervivencia ha dependido a menudo de ello.

Y sin embargo, este talento le pertenece, no a otra persona, sino a otra versión de sí mismo. ¿Cómo puede ser tan jodidamente difícil? Sintiendo una picazón por todas partes, Harry permanece inmóvil por un segundo o dos antes de desaparecer cruelmente el pedazo de madera dañado y, sin pensarlo realmente, Convoca la última pieza de haya con tal poder que casi erra sobre la mesa de trabajo; patinándose a lo largo del borde y provocando una desagradable abrasión a través de la parte superior del brazo de Harry mientras él se estabiliza, contrayéndose de dolor.

"¿Que es lo que vas a hacer?", pregunta Maura, con la voz aguda por la ansiedad.

"No tengo ni idea", admite Harry, buscando alrededor por un martillo grande y probando el peso de él en sus manos. A través de la estruendosa estática en sus oídos, se escucha a sí mismo decir: "No te preocupes", y luego se abandona, levantando el martillo alto y balanceándolo contra el haya con toda la frustración que puede reunir. El golpe le encrespa hasta los brazos y desgarra una sección de madera satisfactoriamente grande.

Con la sangre corriendo, taja más duro, intercambiando herramientas al azar y vertiendo su insuficiencia, rabia y miedo en este enorme e inútil acto de destrucción. Con los dientes apretados, talla, corta y abrasa, agarrando la madera áspera y astillada con sus desnudas manos, girándola de esta manera y de aquella, y siguiendo el camino de sus dedos con el borde de un cincel, agarra su varita y lanza hechizos ciega e instintivamente, creando pequeñas explosiones y chispas que provocan encantados aplausos de una ya-no-más-asustada Maura.

"Pon un poco de vidrio en ella", le sugiere, con los ojos brillantes y abrazando, en su emoción, a una vieja y maltratada barrena de mano contra su pecho.

"¿Vidrio?", se las arregla Harry para hablar, respirando con dificultad y lleno de un sudor pegajoso mientras mira hacia Maura, y luego a las herramientas de vidrio soplado tras ella. "Hm".

Aún en una neblina, enciende los improvisados hornos y se pone a trabajar, tomando las piezas de Maura mientras se las pasa, confiando en sus elecciones. El olor del vidrio, ahora familiar, es reconfortante, embriagador, y Harry lo inhala, entrecerrando sus ojos contra el calor y el resplandor mientras controla su respiración y gira la pipa lentamente, soplando una serie de extrañas y nebulosas figuras.

Mientras se solidifican en las llamas verdes, Harry y Maura observan los parpadeantes colores casi en silencio, sentados lado a lado sobre el frío suelo de piedra. Cuando ella descansa su cabeza sobre su hombro, él pone su brazo a su alrededor y la abraza ligeramente. Ella no dice nada, pero sonríe ante las llamas.

Las estrellas están brotando y realmente saliendo para el tiempo en que consiguen ponerse de pie y sacar las bombillas de cristal; Harry sabe que Ginny estará aquí dentro de poco tiempo, pero silenciosamente espera que se mantenga alejada, sólo por un poquito más, sólo para que ambos puedan terminar su extraño proyecto.

Cuando la pierna de Harry cede sin previo aviso, deja caer dos de las bombillas y se rompen en trozos parecidos. Todavía ligeramente aturdido, suspira, se levanta y vierte las piezas entre sus manos. Maura, ahora que ha terminado la agitación y el tajar, se sube a su mesa de trabajo y lo mira sellar, moldear y encantar las bombillas y los pedazos quebrados en su lugar.

"Eso es bonito", pronuncia, observando a Harry enarbolar pequeñas luces por todas partes con su varita, y una extraña especie de calma comienza a consumirla a través de su cuerpo. Impulsivamente, traza unas suaves llamas azules a través de cada una de las brillantes bombillas de cristal, enviando apacibles y parpadeantes sombras sobre el liso grano de la madera y el rostro de Maura.

"Allí está", dice finalmente, dejando caer su varita e inclinándose en la mesa de trabajo, con el peso sobre sus manos. Sus ojos están doloridos y secos, y parpadea con cierto esfuerzo para observar su creación. Ha hecho... algo. Uno de esos.

"Me gusta", dice Maura, sentándose de nuevo sobre sus talones y admirando las suaves curvas de la madera, las líneas talladas extrañas y de otro mundo, y los brillantes puntos de luz. Es casi algo atractivo si gira su cabeza a un costado y hace bizcos, lo cual no puede ser algo bueno. Y además, es completamente inútil, y definitivamente no es una pequeña mesa con vides caídos y husos.

"¡Siento llegar tarde!", grita Ginny, segundos antes de que la puerta se abra de golpe.

Harry echa una última mirada a la cosa y lanza un Hechizo Desilusionador sobre ella. Cuando Ginny y Maura se han ido, remueve el encantamiento, suspira por el desperdicio de la perfectamente buena haya, y la deja sobre un estante polvoriento, fuera del camino.

Pensará en algo. Eso espera.

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Próxima parte: ¡la fiesta de Año Nuevo!

¡Que tengan una excelente mitad de semana!

Gracias por tomarte unos minutos para leer.