¡Hola de Nuevo! Sé que ha pasado muchísimo tiempo desde que subí el último capítulo, pero os aseguro que he hecho todo lo posible. La maternidad me sienta estupendamente, ¡pero te deja tiempo para poco más!

Sin más, espero que os guste el capítulo. Hay una importante conversación pendiente entre Christian Y Ana…

Estas son las canciones del capítulo:

Enjoy the silence. Depeche Mode.

Mona Lisa smiles. Jane Child (soy consciente de que esta canción habla de una relación entre dos mujeres, pero no deja de ser una canción súper sexy y, para mí, muy apropiada para la escena…)

I've got you under my skin. Frank Sinatra (es incredible la letra de esta canción, ¡y siempre me había pasado desapercibida!)


Cuando despertaron de su propio paraíso, rodaron por la cama, quedando Ana medio encima de él, reposando la cabeza encima de su pecho, con una de sus manos en su sudoroso abdomen. Ella tomó una respiración profunda e inhaló su mágico aroma. Él retiró distraídamente un mechón de pelo pegado en la cara de Ana. Después, cogió su mano y plantó un besó en medio de la palma. Christian se sentía seguro y completo con ella. Ella era la pieza que faltaba; no esos jodidamente ridículos intentos de tener siempre el control. Ella y sólo ella podía sanarle.

"Gracias." Le dijo con una mirada llena de gratitud. Ella estaba a punto de decir algo cuando él colocó su mano plana sobre su pecho, apretándola fuerte con la suya encima.

Ana sintió todos los músculos de él tensarse y relajarse en una milésima de segundo. No sabía qué le había ocurrido en el pasado, pero entendía que era algo relacionado con esas cicatrices en su pecho y en su espalda, y que parecía que él tenía algún tipo de problema con el hecho de que le tocaran en esas zonas. Pero con ella no. Los ojos se le llenaron de lágrimas de felicidad al ver su sonrisa radiante, la más hermosa que jamás había visto, y al ver esos hermosos ojos grises llenos de felicidad y calma.

_§ § 0 § §_

CAPÍTULO 11

Christian apartó su mano, pero ella mantuvo la suya apretada contra su pecho. Ana se concentró en el latido de su corazón, cada vez más rápido, y en cómo de repente se le puso la piel de gallina, caliente y sudorosa.

"Christian, yo…" comenzó a decir, pero Christian le hizo callar poniendo un dedo encima de sus labios.

"Shhh. No." Susurró mientras sonreía. "Es increíble cómo has llegado a conocerme; sabías que tocar mi pecho era un límite infranqueable para mí, incluso sin habertelo dicho." Christian murmuró, lleno de asombro.

Ana se encogió de hombros. "Pude sentir tu dolor desde el primer momento en que te vi. La rabia y la tristeza eran palpables en tu mirada… y en tu música. No sé que te pasó, pero cuando me mostraste tus cicatrices… supuse que estaban relacionadas con ese dolor." Ana le miró a los ojos, midiendo su reacción. "Durante todos estos años, no dejé de preguntarme si todavía seguirías sufriendo."

"Ahora ya no. No contigo. Tú puedes sanarme." Contestó él negando con la cabeza. Después, se inclinó para besarle en los labios, volviendo a poner su mano encima de la de ella para impedir que la moviera de su pecho. "Eres la primera persona a la que he dejado que me toque de esta manera. Para mí siempre ha sido algo doloroso que me daba miedo, pero tu toque es dulce y cariñoso. Siempre pensé que sería así."

Ana puso los ojos como platos. Su mano estaba pegada al pecho de Christian. De repente, un sentimiento de puro terror a poder hacerle daño la sobrecogió, pero intentó mantener la calma.

"Así que, nadie puede tocarte… ¿desde cuando?" dijo ella con voz agitada.

Christian suspiró como si nada y cogió su otra mano, posándola también en su pecho después de besarla, como si se tratara de un acto cotidiano. Ana estaba ahora casi a horcajadas encima de él, esperando su respuesta con un nudo en la garganta.

"Desde que era un niño. He evitado el contacto con la gente toda mi vida. Bueno, Mia, mi hermana pequeña, puede abrazarme, pero es la única persona. Mi psiquiatra dice que es porque nunca la he visto como una amenaza."

Ana intentó asimilar toda esa sobrecogedora información, sobretodo el hecho de que Christian hubiera estado aislado toda su vida.

"Así que, ¿sólo puede abrazarte tu hermana? ¿Ni tus padres, ni Elliot…?" La voz de Ana reflejaba su incertidumbre y su dolor.

"Bueno, fui capaz de abrazar a Elliot y a mi madre cuando me di cuenta de que tú eras Sol de Medianoche y de que no te habías dado por vencida conmigo." Christian dijo sonriendo como un niño orgulloso de su logro.

Ana le sonrió, llena de compasión.

"Te lo he dicho, me estás sanando." Repitió Christian.

Ana se inclinó y apoyó su frente contra la de él, cerrando los ojos, con ambas manos todavía en su pecho. Sus labios se rozaron levemente y comenzaron a besarse, lentamente, suavemente, bebiendo de los labios del otro. Christian recorrió lentamente la espalda de Ana, recreándose en el tacto de su piel desnuda. Ana sintió un escalofrío recorriendo su espina dorsal. Ella movió sus manos gentilmente sobre los definidos pectorales de Christian, sintiendo la suave piel bajo la punta de sus dedos. Atenta a su reacción, acarició su pecho, desde los hombros hasta el estómago, haciendo que Christian gimiera suavemente con los ojos cerrados. Después, besó su cuello, dejando un reguero de besos hasta su hombro. Su aroma invadió los sentidos de Ana. Christian se sentía vivo; el tacto de los labios de Ana sobre su piel desataba sensaciones que jamás había experimentado. Con una simple mirada y sin necesidad de palabras, ella le pidió permiso, y él, con un rápido movimiento de cabeza, consintió, aguantando la respiración. Lo necesitaba.

Ella rozó su pecho con los labios, justo por debajo de la clavícula. Él permaneció con los ojos cerrados y su cuerpo se tensó de repente, alertando a Ana, quien se echó hacia atrás rápidamente.

"No pares por favor." La voz de Christian era casi un susurro.

"No quiero hacerte daño, Christian." Ana gimió.

"Lo necesito. Te necesito. Sé que no me harás daño." Christian suplicó.

Ana tomó las manos de Christian con las suyas y las besó. Después, con sus manos entrelazadas, se inclinó de nuevo y besó todas y cada una de sus cicatrices con reverencia, volcando todas sus emociones en ello, sentimientos que en realidad no entendía, realmente tratando de sanarle, de arreglar lo que fuera que hubiera pasado; no el daño físico, sino su alma torturada.

"Ana, te deseo. Te deseo más que a nadie o nada en esta vida." Realmente lo decía de verdad. Se deleitaba en el tacto de su piel, en sus labios sedosos, en sus manos amorosas. Ella era buena, con ella estaba a salvo. La necesitaba como necesitaba el aire para respirar. Puso las manos a ambos lados de su cara y apretó su boca contra la de ella, devorándola al mismo tiempo que acariciaba cada centímetro de su piel al que podía acceder. Ana le envolvió en un fuerte abrazo y acortó el espacio que había entre ellos, sentándose a horcajadas en su regazo y notando la creciente erección debajo de ella. Él rugió cuando un gemido escapó de la boca de ella. Christian deslizó su mano por las nalgas de Ana, y siguió más allá hasta sentir la humedad entre sus piernas.

"Dios mío, Ana. Me vuleves loco…" Christian gimió. La quería de nuevo, pero no sabía si sería demasiado para ella. "¿Estás… dolorida?" le preguntó con voz ronca, intentando controlarse.

Ella negó lentamente con la cabeza, mordiéndose el labio. "Te quiero ahora," le susurró. Él hambrientamente le atrapó el labio con los dientes mientras cogió un preservativo y se lo puso en un milisegundo. Enroscó el brazo en su cintura y la levantó para enterrarse en ella, despacio. Sus cuerpos no podían estar más cerca, compartiendo el mismo aliento con la mirada fija en la del otro. Ana hizo una mueca de dolor, ahogando un gemido mientras se mordía el labio con los ojos cerrados.

"¿Te duele, nena?" Christian preguntó preocupado, aguantando el peso de ella con el brazo que tenía en su cintura.

Ella aguantaba la respiración, incapaz de decir una palabra. Tomó una gran bocanada de aire y abrió los ojos con una mirada llena de lujuria. "No, Christian" ella susurró cerca de su boca. "Pero de esta manera es mucho más profundo… y lo que noto…" No pudo acabar la frase, sobrecogida por la sensación que estaba experimentando, y gimió de nuevo. Su voz ronca y llena de deseo acarició los oídos de Christian.

"Oh, Ana." Él enterró su cara en el cuello de ella, abrazándola fuerte mientras la llenaba por completo.

Permanecieron así varios minutos, en un fuerte abrazo, piel contra piel, deleitándose en su íntima conexión, hasta que Ana comenzó a moverse suavemente; hacia delante y hacia atrás, arriba y abajo. Nunca había sido tan consciente de su cuerpo; podía notar esa maravillosa plenitud que hacía que sus músculos pélvicos de contrayeran mandando escalofríos hacia sus extremidades. También notaba el calor y el sudor en la piel de Christian frotándose contra ella, sus duros músculos envolviéndola protectoramente, su embriagador aroma, el sabor de sus labios dulces y salvajes. Christian se sentía en el paraíso. Ella era la persona capaz de llenar su vacío corazón. Se sentía vivo con ella. Se sentía completo, y nunca había experimentado esa conexión física con nadie. No era el sexo planeado, frío y controlado que tenía con sus sumisas; era puro deseo sin adulterar; era una necesidad: la necesitaba, y estaba seguro de que nunca tendría suficiente de ella.

Sus cuerpos se movían al unísono. El movimiento de las caderas de Ana cavalgándole enviaba deliciosos escalofríos de placer desde su ingle hacia todo su cuerpo. La sensación de sus pezones duros arañando la piel de su pecho le enloquecía. Estaba a punto de explotar, y le agarró fuertemente las caderas para impedir que se moviera.

"Aguanta así, Ana," dijo sin aliento.

Ana estaba a punto de llegar al clímax también, y la sensación de su firme agarre, sus fuertes manos con los dedos clavándose en su piel de manera casi dolorosa, su voz ronca llena de necesidad y puro deseo, la enloquecieron. Agarró la cara de Christian con ambas manos y le besó apasionadamente, explorando su boca ávidamente con la lengua. Él le agarró aún más fuerte y se enterró más profundamente en ella, de manera casi desesperada, haciendo que Ana gimiera fuertemente mientras un sensacional orgasmo hacía que su cuerpo de agitara deliciosamente sin control. Christian continuó sus embestidas, alargando el clímax de Ana, y la visión de ella, completamente desatada, la sensación de sus músculos pélvicos apretándose a su alrededor, fueron suficientes para llevarle más allá del límite, y una sensación abrumadora le atrapó, haciendo que todos los músculos de su cuerpo se tensaran, a la vez que apretó su abrazo alrededor de ella y le mordió el hombro derecho.

Los dos permanecieron abrazados, cara a cara, con las frentes tocándose, exhaustos, y Christian todavía dentro de ella.

"Eres. Increíble." Christian dijo sin aliento, mirándole a los ojos.

"No, tú lo eres." Dijo Ana con una dulce sonrisa en sus labios.

Christian también sonrió. Estaban perdidos el uno en el otro cuando se dieron cuenta de que, de alguna manera, estaba sonando la canción que iba después de la que Christian había puesto en repetición. Dave Gahan dio voz a los pensamientos de Christian:

Words like violence / A las palabras les gusta la violencia
break the silence / rompen el silencio
Come crashing in / Penetran irrumpiendo

into my little world / en mi pequeño mundo
Painful to me / Es doloroso para mí
pierce right through me / me atraviesan
Can't you understand / ¿No lo puedes entender
oh, my little girl? / oh, mi niña pequeña?

Se miraron a los ojos de nuevo. Ana dibujó una media sonrisa.

"Creo que de verdad tenemos que hablar." Dijo ella poniendo las manos en su cara.

"Sí, supongo que sí." Christian contestó frunciendo el ceño, no queriendo hablar realmente. No quería estropear ese momento, el más feliz de su puñetera vida; estar con ella era pura felicidad. La abrazó más fuerte, apoyando la cabeza en su hombro.

All I ever wanted / Todo lo que siempre he querido
all I ever needed / todo lo que siempre he necesitado
is here in my arms / lo tengo aquí, en mis brazos
Words are very unnecessary / Las palabras son tan innecesarias
they can only do harm / sólo pueden causar daño

"Siento esto." Christian dijo mirando a la marca rojiza en el hombro de Ana mientras la besaba suavemente. Ana se levantó para separarse de él, estremeciéndose ante la sensación de vacío que jamás antes había experimentado, y se sentó sobre los muslos de Christian.

"¿Te refieres a este mordisco de amor tan sexy?" Dijo pestañeando. "No tienes por qué disculparte."

"Soy un cabrón con suerte." Christian dijo con una gran sonrisa. "Así que… ¿te ha gustado?" Le preguntó mientras le acariciaba los hombros.

"¿Te refieres a la primera o a la segunda ronda?" Ella bromeó.

"¿A las dos?" Él volvió a preguntar sonriendo esperanzado.

"Bueno, déjame pensar…" Continuó bromenado Ana con un teatral gesto de duda, frotándose la barbilla con los dedos. Christian puso los ojos en blanco y ella se rió. "Eres dulce, y apasionado, y cariñoso… Me he sentido querida y deseada. Ha sido increíble, perfecto; mucho mejor que en mis sueños más salvajes. Así que, sí, realmente he disfrutado muchísimo. Gracias." Con esto, ella le besó suavemente en los labios, sonriendo.

"No, gracias a ti, Ana." Dijo él con los ojos cerrados, dejando que sus palabras le envolvieran. "Ha sido realmente increíble para mí, y algo así como una primera vez también." Ana frunció el ceño y él continuó hablando. "Todas las relaciones que he tenido en el pasado han sido… bueno, diferentes a la media." Él se rió entre dientes ante su propio eufemismo. "Imagínate; no podía soportar que nadie me tocara. No quería ningún tipo de interacción sentimental; quería seguir solo, en control de todo lo que me rodeaba. Tan sólo era sexo planeado y sin alma. Ha sido la primera vez que el sexo no ha sido sólo… follar." Christian miró fíjamente a Ana, esperando a su reacción, y suplicando que le creyera.

Ana abrió más los ojos, sin saber qué decir. ¿Qué podría haberle pasado para que se aislara de esa manera? ¿Y por qué le había elegido a ella para romper ese escudo que había construído alrededor de sí mismo?

"Yo… me honra que me hayas dejado acercarme a ti. No entiendo el por qué, por qué yo, pero gracias." Dijo Ana nerviosa.

Christian no esperaba esa reacción. Cogió sus manos y las besó con veneración. "Ana, no sé por qué, pero me siento conectado a ti desde el primer momento en que te vi. Cuando me miraste con esos preciosos ojos, me pareció que podías leer mi alma. Jamás había sentido nada parecido. Intenté luchar contra ese sentimiento, pero no pude. Me sentía a salvo y en calma con tan sólo pensar en ti, " dijo suspirando. "Así que, ahora que te he encontrado de nuevo… no… no quiero dejarte escapar…" Christian tragó saliva. Esas palabras habían salido de su boca sin pensarlas. ¿De dónde salían todas esas ideas? Su mente conjuraba miles de posibilidades; pensando en un futuro con ella. No sabía cómo iba a hacerlo, pero tenía que conservarla.

"Bueno, me gustaría quedarme a tu lado, si me dejas." Dijo ella acariciando su cara. "Quiero conocerte mejor." Ana entonces se percató del dolor plasmado en los ojos de Christian y en la reticencia que tenía a hablar de sí mismo, y añadió "comenzaré yo. Te contaré mi historia."

Se sentó con las piernas cruzadas delante de él, buscando una postura más cómoda, mientras le sonreía calurosamente. Christian dibujó una sonrisa divertida en su cara y su mirada fue a parar entre sus piernas, abriendo los ojos como platos mientras se mordía el labio. Ana se dio cuenta de lo expuesta que estaba en esa posición y se sonrojó furiosamente al mismo tiempo que cerraba las piernas. Christian se rió con una risa aterciopelada y masculina.

"¿Tan graciosa soy? Dijo Ana avergonzada.

"No, no lo eres. Eres preciosa y deliciosa." Dijo él cruzando los brazos en el pecho con una sonrisa radiante mientras se recostaba en el cabecero de la cama.

"Bueno, como he dicho antes, empezaré yo primero." Ana repitió, todavía sonrojada y queriendo empezar su tan necesitada conversación. "¿Por donde empiezo…? Bueno, mi nombre es Anastasia Rose Steele."

"Precioso nombre para una preciosa mujer." Christian dijo cogiendo una de sus manos para besarla.

"Gracias." Respondió Ana sintiendo escalofríos con el contacto de los labios de Christian sobre su piel. "Bueno, tengo veintiún años y nací en Montesano." Dio un fuerte suspiro y continuó. "Mi madre se llama Carla. No conocí a mi padre. Se llamaba Franklin y murió en un accidente durante un entrenamiento de combate de los Marines el día después de mi nacimiento."

"Lo siento mucho, Ana." Dijo Christian apenado.

"No pasa nada. Quiero decir, lo conozco por las fotos y las historias que mi madre me ha explicado, pero considero a Ray como mi verdadero padre. Estaba destinado en la misma base que mi padre biológico. Mi madre y él se casaron cuando yo tenía un año más o menos, y crecí con él. Me dio su apellido y me convirtió en la persona que soy. Es el mejor padre que hubiera podido desear."

"Me alegro de oírlo. Por cierto, ¿cómo está?"

"¡Está genial! Es un hombre muy fuerte y ha tenido el mejor tratamiento posible. Se está recuperando rápido… gracias a ti. Realmente eres un hombre muy generoso y, por cierto, todavía tenemos que hablar de cómo te puedo pagar lo que ha costado el tratamiento."

"¡Oh, no!" Christian dijo levantando las dos manos. "No tienes porqué. Lo hice porque pensé que era lo correcto. Quiero decir… esa cantidad de dinero no es nada para mí. Además, ahora que resulta que Ray es tu padre, no tiene ningún sentido que me devuelvas nada." Dijo sin dar lugar a ninguna duda.

"Pero…" Protestó Ana.

"No hay discusión posible." Christian dijo fríamente. Luego, suavizó su tono y añadió "¿por favor?"

"En fin, da igual," Ana dijo suspirando mientras pensaba en lo mandón que era Christian. "Sabes que soy muy testaruda, ¿no?"

"Yo también. Probablemente más que tú." Christian dijo con una sonrisa de superioridad.

"Esta conversación no ha acabado." Ana dijo finalmente señalándole con el dedo. Él le respondió con una amplia sonrisa, haciéndole sonreir a ella también. "Bueno, ¿por dónde iba? Ah, sí. Tuve una infancia bastante normal hasta que mi madre y Ray se divorciaron. Yo tenía trece años. Fue duro al inicio, pero podía seguir viendo a Ray casi cada día, así que todavía tenía a mi padre conmigo."

"Le aprecias mucho, ¿verdad?"

"Es un hombre excepcional, Christian. Es generoso, amable, y siempre ha cuidado de mí como si fuera su hija. También me transmitió su amor por la música, y soy quien soy gracias a él." Dijo Ana de forma apasionada.

"En ese caso, tendré que darle las gracias también a él." Christian dijo de manera sincera.

Ana sonrió tímidamente y, por un momento, sus ojos se nublaron con una mirada perdida. Tragó saliva y volvió a hablar.

"Bueno… mi madre conoció a otro hombre, Stephen, o como suelo llamarle, 'el marido número tres'." Christian, quien le escuchaba con atención, frunció el ceño y Ana se rió. "Sí, ni siquiera me gusta como suena su nombre, porque era un imbécil." La mandíbula de Christian se tensó. Probablemente ese hombre era la razón por la cual Ana pasaba todas las tardes en la tienda del Sr. Harris. "En fin… se conocieron, se enamoraron," Ana entrecomilló estas últimas palabras "y nos trasladamos a Seattle. Lo peor fue dejar atrás a Ray." Dijo suspirando. "Al principio no era tan malo; era un tipo raro, pero se portaba bien con mi madre y bastante bien conmigo… pero al cabo de unos meses, se convirtió en otra persona. Comenzó a comportarse de manera extraña. Le gritaba a mi madre, y se enfadaba conmigo por cualquier cosa. Mi madre decía que era debido a su trabajo, que estaba muy estresado, y siempre estaba justificando su comportamiento. Pero a mí no consiguió engañarme. Comenzó a observarme mientras hacía los deberes en mi habitación, con la excusa de que no se fiaba de que me comportara como era debido." Ana cerró los ojos y se estremeció al recordarlo. "Recuerdo su mirada pegada a mi espalda y su aliento mientras permanecía sentado en mi cama." Christian también se estremeció. Eso era lo que él temía cuando el Sr. Harris se lo contó. Ana continuó hablando. "Al principio, no entendía por qué lo hacía; mis notas eran excelentes, y yo era una chica muy responsable… Cuando quedaba poco para el final de curso, un chico de mi clase de laboratorio me pidió salir con él…" Ana sacudió la cabeza con incredulidad. "Al día siguiente, el tipo puso un cerrojo en mi ventana diciendo que no se fiaba de que no intentara colar a ese chico en mi habitación… ¡Eso era totalmente ridículo! Le grité y me empujó contra la pared agarrándome por la garganta. Mi madre llegó justo antes de que él me abofeteara. De nuevo, justificó su comportamiento… Completamente delirante." Ana dibujó una sonrisa triste en su cara. Christian tenía los puños apretados en su regazo y los ojos de un furioso gris oscuro. "El día que entró en el baño mientras me estaba duchando fue el día en el que decidí que nunca más me quedaría a solas con él, y que tenía que marcharme de esa casa, aunque significara dejar a mi madre a su merced."

Ana se estremeció al recordar la mirada hambrienta de Stephen y las pobres excusas de su madre cuando se lo explicó. Christian respiró profundamente, tratando de calmar las ansias de golpear la pared. Si lo hubiera sabido, habría arrancado la cabeza de ese cabrón enfermo con sus propias manos. Ana le miró y se relajó un poco. Ella tenía ese efecto en él.

"Le llevó varios meses a mi madre acceder a que me mudara con Ray. Me alegro de que al final se diera cuenta de lo enfermo que estaba ese hombre y se divorciara de él. Me quedaba por las tardes en la tienda del Sr. Harris hasta que mi madre llegaba a casa, para evitar quedarme a solas con él. Fue una de las mejores decisiones que he hecho nunca; comencé a aprender a tocar el piano y… y te conocí allí." Ana sonrió tímidamente, cosa que reconfortó a Christian. Ver su cara iluminada por esa preciosa sonrisa entibiaba ese corazón suyo, que parecía volver a la vida con ella.

"Me gusta tu sonrisa, Ana… podría iluminar la noche más oscura." A él le hubiera gustado decir que le iba a proteger de todo lo malo, de todas las cosas feas de este mundo, pero no lo hizo, porque él mismo era la peor persona que él conocía, y estaba seguro de que no podría protegerla de sí mismo, porque estaba demasiado apegado a ella como para dejarla marchar.

Permanecieron en silencio por un tiempo y después Ana continuó hablando.

"Bueno, como sabes, me mudé a Montesano con Ray. Era mi mayor deseo… hasta que te conocí. No podía dejar de pensar en ti." Ana bajó su mirada a sus piernas, evitando el contacto directo con Christian. "Pero me tuve que ir. Comencé una nueva vida. De hecho, no contacté con mi madre hasta que se divorció de Stephen. Ray me enseñó defensa personal. Me apuntó a clases de piano. Fui al instituto y conseguí una beca para la universidad. Salí con algunos chicos… pero ninguno de ellos eras tú." Ana le miró a los ojos de nuevo. Christian contuvo el aliento; no quería oír hablar de sus experiencias con ningún otro cabrón, pero al mismo tiempo se moría por saber todo lo relacionado con ella. "Era todo muy confuso… me sentía unida a ti en algún nivel profundo. Cuando estaba con alguien, sólo podía pensar en ti. Deseaba que fueras tú… pero tú no estabas allí, y al final era como si te estuviera engañando, me estuviera engañando a mí misma y estuviera engañando a la persona que estaba delante de mí… Nunca pasé de la segunda o tercera citas, ¿cómo iba a poder ir más allá?" Ana suspiró profundamente. "Así que, me concentré en mis estudios y en mi música. Conocí a Kate y a José, dos verdaderos amigos…" Ana tuvo un flash con la imagen del incidente con José esa noche fuera del club, y sacudió la cabeza como para borrarlo de su mente. "Trabajé media jornada en un café hasta que conseguí la plaza de primer piano en la banda de la universidad. Era complicado combinar las clases, el trabajo y los ensayos, así que rebajé mis gastos a un mínimo y dejé el trabajo para concentrarme en la música; pensé en ello como en una especie de inversión en mi futuro como músico."

"Buena decisión." Christian afirmó.

"Gracias. Y, de nuevo, fue gracias a ti; sin tu inversión jamás hubiera habido banda de música." Christian puso los ojos en blanco. Eso no era más que un placer para él. "Mmmm, Sr. Grey… eres un hombre muy generoso; tendrás que aceptar mis agradecimientos un día de estos… Es más, conseguí mi trabajo actual en uno de esos conciertos." Ana dijo juguetonamente.

"Bueno, no hay de que, Srta. Steele." Él bromeó. "¿Ya tienes un trabajo, aquí, en Seattle?"

"Sí, empezaré el lunes… estoy muy contenta. Estoy segura de que conoces 'Posesión universal'…"

"¿La revista? Cómo no. Es una publicación muy interesante. Solía consultarla en busca de partituras cuando era más joven." Christian dijo con algo de nostalgia. "¿Trabajas allí?"

"¡Sí! Trabajaré como editora, pero también tendré que hacer alguna de las entrevistas. Y creo que también tendré algunos bolos con los chicos del Fairmont Olympic. Conseguí el trabajo de la gala de ayer a través de Jack Hyde, mi jefe."

"Me alegro de que lo consiguieras…" Se miraron el uno al otro, las palabras no eran necesarias, recordando el momento en el cual sus ojos se encontraron por primera vez en esa abarrotada carpa. "Y… ¿cuándo comenzaste a trabajar en la radio?" Christian preguntó con curiosidad.

"Comencé el último año de universidad, el mismo día en el que conseguí la plaza de primer piano en la banda. Kate, José y yo fuimos a celebrarlo y José recibió una llamada del director de la radio diciéndole que el locutor que había por entonces se había puesto enfermo y que no podía cubrir el programa de ese mismo día. Me pidió ayuda… teniendo en cuenta mi pasión por la música y mi inhabilidad para decir que no…" dijo riéndose y encogiéndose de hombros. "Al final me contrataron. José me ayudaba como técnico de radio. Fue una época muy divertida y educativa… hasta el día de Navidad, cuando leí el correo electrónico más chocante que jamás he recibido." Ella sonrió tímidamente. "Y, bueno, ya sabes el resto de la historia."

"Sí, la conozco. Y vaya historia." Christian apoyó su espalda en el cabecero de la cama y contempló a Ana como si se tratara del objeto más preciado del mundo entero.

"Tus palabras me parecieron de alguna manera familiares … Había algo… muy atrayente en ellas. Al leerlas pensé en aquel chico de ojos grises de la tienda de pianos, pero desheché la idea inmediatamente. No sabía por qué, pero me costaba mucho separaros a los dos… no podía ser posible…"

"Y míranos ahora." Christian terminó la frase. "Me sentí de la misma manera la primera vez que oí tu voz." Christian pasó una mano por su pelo, con la mirada perdida en un punto indeterminado de la pared que tenía delante. "Había sido un día de mierda. Estaba en una de esas fiestas prenavideñas, mortalmente aburridas, llena de farsantes y lameculos. Sentía que estaba a punto de explotar, y me escapé a Grey House, el edificio donde están las oficinas de Grey Enterprises Holdings, mi empresa." Ana le escuchaba atentamente, y no pudo evitar asombrarse de que fuera el dueño de un edificio entero. "Era tarde, pero vi que todavía había alguien trabajando. Era Barney, el jefe del departamento de tecnología de la información, un gran tipo" Christian dijo sonriendo. "Estaba escuchando una pieza de música clásica, y comenzamos a charlar. Entonces… comenzaste a hablar. Fue como si una descarga eléctrica me atravesara. Me resultabas tan familiar… Después, comenzaste a cantar… yo… yo nunca me había sentido así. Era como si estuvieras dirigiéndote a mí, diciendo las palabras precisas. De hecho, era como si esa chica de la tienda de pianos me estuviera hablando… Me sentí aterrorizado y, al mismo tiempo, me proporcionó una calma que jamás había experimentado."

"Realmente sí que estaba hablando y cantando para ti. Me sentía estúpida por hacerlo, pero aún así no podía evitarlo. Era superior a mí." Ana susurró.

"Gracias a Dios que lo hiciste. Ahora te he encontrado de nuevo." Dijo Christian con semblante serio.

"Y yo te he encontrado a ti," contestó Ana. Al cabo de un momento, prosiguió dubitativamente. "Quiero que sepas que… al pasar las semanas, Cincuenta reemplazó a ese chico de ojos grises en mi mente y en mi corazón. Me refiero a que… ellos dos eran prácticamente la misma persona para mí, como las dos caras de una misma moneda. No sabía por qué, pero así era. Bueno, ahora lo sé," dijo riendo. "Perdona, me estoy iendo por las ramas. Lo que quiero decir es que verdaderamente estaba preparada y deseosa de intentarlo con ese hombre, ese hombre que me decía que era tan problemático… y cuando resultó que se trataba de la misma persona que había estado plagando mis sueños durante los últimos años de mi vida…" Ana no sabía cómo expresar en palabras todas las emociones y las ideas que daban vueltas en su cabeza.

"Sé a lo que te refieres… Ana, te puedo asegurar que lo sé." Dijo Christian en un susurro. Tenía un pesado peso en el pecho. Tenía que decirle lo jodido que estaba en realidad. Confiaba en ella, pero aún así era difícil verbalizar toda su mierda delante suyo. Y no podría culparle si le rechazara después de hacerlo. "Ana, mereces saber toda la mierda que me acompaña."

Ella pudo sentir todo su auto desprecio envenenando sus palabras.

"Christian, no tienes que hacerlo… Esperaré hasta que estés preparado."

"No, no es justo para ti." Cerró los ojos y puso la cabeza entre sus rodillas. Un repentino miedo se apoderó de él, cubriendo todo su cuerpo con un sudor frío. De repente, toda esa seguridad en sí mismo que habitualmente le acompañaba se desvaneció en una nube sombría; ella podría huir cuando le contara todos sus oscuros secretos. Pero tenía que hacerlo.

"Christian." Ella le llamó suavemente. Él no respondió. Ana se incorporó para colocarse encima de él y observó más cicatrices en la parte superior de su espalda. Una sensación incómoda se apoderó de ella y se le hizo un nudo en la garganta. "Christian, por favor, mírame." Él levantó la cabeza por fin y le miró a la cara. Una mirada llena de dolor llenaba sus atormentados ojos grises. A Ana se le encogió el corazón. "No me voy a ir. Sea lo que sea, me quedaré contigo. Por favor, confía en mí."

Christian se quedó embobado mirándole. "Esto no es la primera vez que me lo dices, ¿verdad?" Tenía una mirada perdida, que reflejaba la batalla interna que se estaba librando en su cabeza. Ana contenía el aliento. Finalmente, Christian suspiró profundamente, se frotó la cara con las manos y se las pasó por su cabello revuelto, tirando de él al final. Ana, que estaba de rodillas en la cama, se sentó de nuevo cuando él comenzó a hablar.

"No soy una buena persona, Ana. Hay algo malo en mi interior. No merezco que haya felicidad en mi vida, ni tampoco amor. Es por esto que estoy tan asustado, porque tú me haces desear… más. Y es algo que jamás pensé que me pasaría." Christian miró a Ana como si esas palabras contuvieran una absoluta y rotunda verdad.

"Pero, Christian… tienes a tus padres, a tu hermano, tu hermana… Ellos te quieren. Estoy seguro de que eres consciente de ello, ¿no?" Ana dijo como hablando con un niño.

"No merezco su amor, Ana. No me conocen. Si supieran toda la mierda que hay detrás de mí, me dejarían de lado."

"Estoy segura de que no."

"De acuerdo, ya me dirás." Christian dibujó una sonrisa triste, resignado a perderla, perderla incluso antes de haberla tenido. Tomó una respiración profunda y continuó. "Tuve un inicio duro en la vida. Mi madre biológica era adicta al crack. Era negligente, siempre estaba colocada, completamente inconsciente de su propio hijo. Su chulo, por el contrario, era muy atento conmigo; me golpeaba hasta la saciedad y me usaba como su propio cenicero." Christian señaló a su pecho, su boca en una dura línea, su mandíbula apretada furiosamente y sus ojos nublados de ira. Ana palideció.

"Tenía cuatro años cuando murió de sobredosis. Le llevó cuatro días a la policía encontrarnos." Ana inspiró audiblemente y acarició la mano de Christian. Él cerró los ojos. Su cara reflejaba un dolor insoportable. "Me sentía perdido, aislado y hambriento." Abrió los ojos y se quedó mirando fijamente a algún punto de la pared que tenía delante. "Ella hizo su elección; prefirió ese placer químico en vez de su propio hijo, y me dejó."

"Christian, lo siento tanto…" Ana no encontraba las palabras adecuadas para expresar lo que sentía. Esa terrible situación había condicionado toda su vida, haciéndole sentir que no merecía ser amado… Tenía el corazón en un puño y luchó contra las lágrimas que amenazaban con derramarse por sus mejillas. "¿Y cuándo conociste a Grace y a Carrick?" preguntó, intentando que la conversación se moviera hacia un camino más acojedor.

"Grace era la pediatra de guardia cuando me llevaron al hospital. Era como un ángel… vestida de blanco, con una voz suave y dulce, palabras amables, y además respetó mis límites."

"¿A qué te refieres con tus límites?" Ana preguntó frunciendo el ceño.

"No me tocó sin preguntarme primero. Dejó que yo mismo me cambiara de ropa. No me presionó para que hablara. Me dejó estar, pero siempre mostrándome su afecto." Ana asintió en silencio, con una expresión de cautela. Él prosiguió al cabo de unos segundos. "Me salvó. Ella y Carrick decidieron adoptarme, a pesar de todos mis defectos, a pesar de que no lo merecía, y les debo mi vida por ello."

"¿Por qué dices que no lo merecías, Christian? Sólo eras un niño. No eras responsable de los errores de tu madre…"

"No soy bueno, Ana, y tampoco lo era de niño." Christian le interrumpió. "Esa es la razón por la cual mi madre prefirió dejarme."

"Eso no tiene sentido, Christian." Ana dijo reflexivamente. Christian mantuvo una expresión impasible. "¿Alguien te ha dicho eso…? Quiero decir, ¿alguien te hizo creer que no eres merecedor de… de amor o de afecto?"

Christian parpadeó casi imperceptiblemente, y Ana pudo ver una sombra oscura nublando su cara por un momento, cambiando su estancia por segundos, aunque se recompuso en seguida. Se trataba de un tema espinoso; ella se había dado cuenta, y él sabía que ella lo sabía.

"Lo siento, Christian… no era mi intención juzgarte…" Ana trató de excusarse, pero él la interrumpió abruptamente, lanzando violentamente esa pesada carga que acarreaba en un pobre intento de protegerle de… él mismo.

"Azoto y me follo a pequeñas mujercitas, preferiblemente morenas y preferiblemente atadas, porque soy un sádico, Ana. Porque me recuerdan a la mujer que permitió que toda esa mierda me sucediera." Escupió las palabras como si fueran veneno, abofeteando a Ana en la cara con ellas. Ana contuvo el aliento, atrapada en un miedo frío que le hizo estremecer. Él le miró fijamente con una expresión triste.

"¿Qué…?" Ana murmuró con voz ronca. Todo el aire había abandonado sus pulmones, y sus brazos colgaban inertes a ambos lados de su tronco.

"Por fin conoces la verdad… me vestiré y me iré." Se levantó de la cama para coger sus ropas, que estaban esparcidas por el suelo. Un excruciante dolor atravesaba su pecho, amenazando con partirlo en dos. Era el final.

"¡No, no, no, no!" Ana gritó en pánico, corriendo hacia la puerta del dormitorio para impedirle el paso. "¡No puedes irte sin más!" Sus ojos empañados y su pecho agitado mostraban su dolor. Una ola de desesperación se apoderó de ella. Se quedó parada debajo del umbral con los brazos extendidos, agarrando los marcos con sus pequeñas manos, los nudillos blancos por la fuerza que ejercía. Tomó unas cuantas respiraciones y le miró a los ojos. "No puedes irte sin más," repitió sin aliento. "Me debes una explicación."

Christian se quedó quieto delante de ella. Ana tenía los ojos abiertos como platos, inquisidores, hipnotizantes y suplicantes.

"No tengo ninguna respuesta satisfactoria para ti." Respondió confuso. No esperaba esa reacción de ella. Estaba preparado para la repulsión o el desprecio, pero no para eso. Observó su cuerpo desnudo; sus músculos rígidos bloqueando su salida. Su cara roja de rabia, con las mejillas mojadas de unas lágrimas calladas y sus ojos con una mirada desafiante. Le limpió las manchas saladas con los pulgares. "No llores Ana. Jamás te haría daño."

"No estoy llorando porque crea que me vayas a hacer daño físicamente… sé que no lo harás… lloro porque te has dado por vencido. Ni siquiera me has dado el beneficio de la duda." Ana soltó los marcos de la puerta, sintiéndose de repente exhausta y un poco mareada.

"Yo… lo siento, Ana. Yo…" Christian se quedó sin palabras. Ella no estaba asustada. ¿De verdad estaba enfadada porque se iba a ir? "¿Reamente has oído bien lo que acabo de decir?"

"¿Qué sueles pegar y follarte a pequeñas mujercitas, preferiblemente atadas, porque te recuerdan a tu madre biológica…? Sí, creo que sí." Ana dijo cruzando los brazos sobre el pecho, sintiéndo un repentino ataque de ira que trepaba directamente desde su estómago.

"Sí… me has oído bastante bien." Christian se sintió avergonzado de sí mismo. ¿Por qué demonios había sido tan crudo? Seguro que había una forma mucho mejor de habérselo dicho… Además, oír esas palabras saliendo de su boca era horroroso. "Está bien, creo que te debo una explicación."

"Seguro que sí." Dijo ella poniendo los ojos en blanco. "Voy a hacerme un té… ¿quieres? Y por favor, ponte algo encima… No puedo pensar claramente contigo así." Ana dijo sin rastro de humor en su voz apuntando directamente hacia su pene. Estaba verborreica, desinhibida y decidida a no aceptar más tonterías por parte de Christian. Recogió su camiseta del suelo de la sala de estar de camino hacia la cocina y se la puso.

Christian, atónito, cogió sus bóxers del suelo y también se los puso. "No, gracias." Murmuró.

Le siguió a la cocina y se sentó en uno de los taburetes, mirándola en silencio. Su mente era un torbellino de ideas; había tantas cosas que quería decir, que no sabía por dónde empezar.

"Ana, no tengo excusa; no tenía ningún derecho a hablarte de esa manera… lo siento de veras." Trató de disculparse de nuevo.

"Me importa una mierda la forma en la que me has hablado… eso sí, no te atrevas a juzgarme de esa manera nunca jamás." Dijo de sosegadamente después de tomar un sorbo de su té. Su tono, dulce y calmado, nada tenía que ver con sus palabras amenazantes.

"Bien dicho." Christian le concedió arqueando una ceja, en parte divertido, en parte enfadado y en parte asustado de la pequeña Srta. Steele. "No lo volveré a hacer, lo juro." Dijo poniendo la mano sobre su pecho.

Ana respiró profundamente y después miró a Christian, sonriendo de nuevo. "Está bien, dispara." Su cuerpo se tensó un poco, como preparándose para un fuerte golpe.

Él se enderezó en su asiento y se pasó las dos manos por el pelo.

"Ana… gracias por escucharme. Es difícil… realmente difícil para mí. No estoy acostumbrado a abrirme de esta manera, sólo con mi loquero, y la mitad de las veces acabamos la sesión antes de tiempo porque no lo soporto." Se encogió de hombros y dibujó una sonrisa triste, como recordando un viejo chiste demasiado usado. "Pero por muy difícil que sea, contigo es mucho más fácil." Ella puso sus manos en las de él y él se agachó para besarlas. "Nunca imaginé esto, Ana. Quiero decir… soñé con esto la primera vez que te vi, y de nuevo cuando te oí por la radio, pero, a pesar de que habíamos decidido quedar, y estaba deseando conocerte, me seguía pareciendo como algo lejano, ajeno a mí, casi imposible de que sucediera." Inhaló profundamente y exhaló. "Siempre espero lo peor de todo porque no siento que merezca nada bueno. Y tú eres demasiado buena, Ana."

"Christian." Ella se acercó apoyándose sobre la barra y rozó sus labios con los de él. Él inhaló su dulce aliento, como si con ello pudiera recibir alguna fuerza mágica. Después de unos segundos, continuó hablando.

"Ana… nunca he sentido la necesidad de envolverme sentimentalmente con nadie que no fuera mi familia, pero tengo mis necesidades…" Ana tragó saliva. "Por otro lado, está el tema de mi problema con el contacto físico… No puedo tener una relación sexual normal con nadie, con el riesgo de que me toquen el pecho o la espalda y me dé un ataque de pánico…" Christian puso una mueca de disgusto.

"Pero tú puedes. Me lo has mostrado…" Dijo Ana.

"Sólo contigo. Tú eres diferente del resto. Lo sé desde el principio." Afirmó, como si fuera un hecho irrevocable.

"Entonces, contratas… ¿a profesionales del sexo?" Ana preguntó tímidamente.

Christian se rió de manera cansada. No podía creer que estuviera teniendo esa conversación con ella…

"No, Ana. No es eso. Soy un dominante."

"Eres un dominante…" Ana repitió las palabras lentamente, tratando de asimilar su significado. "Tiene sentido." Concedió finalmente.

"¿Tiene sentido?" Preguntó él extrañado.

"Sí. Tienes una especie de aura dominante… sutil, pero muy poderosa… Es muy atrayente." Dijo sonrojándose. "Estoy segura de que también te ayuda en tus negocios." Se quedó callada durante unos segundos y después añadió "pero no estoy segura de a lo que te refieres."

Él cerró los ojos como si estuviera muy concentrado y después los abrió.

"Tenía relaciones contractuales con sumisas. Sólo estaba interesado en ellas sexualmente, nada más. Conveníamos una especie de contrato, con nuestros límites infranqueables y los discutibles, marcábamos cuando tendrían lugar nuestros encuentros y las reglas que ellas tenían que seguir."

"¿Y estas eran las mujeres a las que pegabas y follabas, especialmente atadas?" Ana preguntó con el rostro lleno de confusión.

"Bueno, si lo dices así…" Christian dijo avergonzado.

"Tus palabras, no las mías." Ana se defendió levantando las manos. "Todo esto está relacionado con el BDSM, ¿no?"

"¿Conoces el tema?" Christian preguntó asombrado.

"Bueno, realmente no, pero suena a eso; dolor, dominación, sumisión, bondage…" Enumeró.

Él se frotó la cara con las manos y respiró profundamente. "No puedo creer que estemos hablando de esto." Dijo.

"Yo tampoco." Respondió ella encogiéndose de hombros. "Cuéntame cómo funciona."

"¿Estás segura?" Christian preguntó con incredulidad. Ana asintió, sin estar completamente segura de que realmente fuera una buena idea. "Vale… Primero, decir que el dolor no es lo más importante. Todo es acerca del placer, de explorar tus límites. El dolor es algo que frecuentemente se asocia… pero nunca más allá de lo que la persona pueda soportar."

"Explorar tus límites…" Ana dijo de manera despistada. Habiendo pasado una noche como esa, podía imaginar cómo sería explorar sus límites con él… Se retorció ligeramente en el taburete y después sacudió su cabeza para centrarse en lo que él estaba diciendo.

"A parte del sexo, tenían que seguir unas normas de comportamiento, especialmente conmigo."

"¿Qué tipo de normas?" Preguntó Ana con el ceño fruncido.

"Ropa, alimentación, ejercicio… Además de ser respetuosas y tratarme como a su dominante."

"¿Y qué quiere decir 'tratarte como a su dominante'?"

"Bueno, básicamente tenían que… complacerme. Depende de la circunstancias, pero la mayor parte del tiempo consistía en permanecer calladas y quietas hasta que les dijera lo contrario y en consentir voluntariamente y en cualquier momento a todas mis peticiones sexuales, de cualquier índole que fueran." Christian dijo mirando ansiosamente a Ana.

Ana mantuvo una expresión impasible. Quizás era demasiada información para su gusto. Simplemente no quería imaginarse a docenas (o centenas) de mujeres lanzándose a sus pies para complacerle de todas las maneras posibles, mientras pasaban el mejor rato de su vida. Cerró los ojos con fuerza para borrar esas imágenes de su cabeza.

"¿Estás bien, Ana?" Christian preguntó preocupado. Quizás le había proporcionado demasiada información.

"Más o menos…" Ella dijo frunciendo los labios.

"Todo acabó estas Navidades." Dijo.

"¿Qué…?" Preguntó Ana, todavía algo mareada debido a su poderosa imaginación.

"Terminé mi último contrato después de Navidad, el día de Fin de Año." Hizo una pausa, mirando a Ana a los ojos. "Simplemente no podía… dejar de pensar en ti." Siguió mirándola, estudiando sus reacciones, lleno de ansiedad, hasta que Ana dibujó una sonrisa tímida. Él exhaló el aire que estaba conteniendo. Entonces, Ana frunció el ceño de nuevo.

"Así que…" dijo ella moviendo sus dedos nerviosamente. "¿Todas se parecían a tu madre biológica?" Ana no quería ofenderle ni hacerle sentir mal, pero era algo de lo que necesitaba hablar.

"Más o menos…" Dijo él con expresión preocupada, repitiendo sus palabras.

"¿Me parezco yo a ella?" Preguntó con un hilo de voz y los ojos temerosos.

"No, en absoluto." Afirmó sin dudarlo. "No es que todas fueran completamente idénticas, sabes…" Christian quería suavizar sus anteriores palabras, pero no sabía cómo. "Me solían gustar las mujeres de pelo oscuro, de piel pálida y pequeñas… no es que todas fueran exactamente como mi madre."

"Entonces… soy tu tipo habitual, ¿no?" Preguntó Ana con una expresión indescifrable.

"Eres completamente diferente a cualquier mujer que haya conocido, Ana. Tú me dejas sin aliento." Respondió de manera sincera.

"¿Puedes abrazarme?" Dijo ella acercándose a él y colocándose entre sus piernas. Notaba que estaba a punto de desmayarse.

"Claro que sí, nena." Dijo él arropándole con sus brazos. Era tan cálida, tan suave. Besó su cabeza, que estaba colocada sobre su hombro, e inhaló el aroma de su cabello sedoso. "Vamos a la cama." Le susurró al oído.

La tomó en sus brazos y la llevó a la cama, acunándole mientras acariciaba uno de sus brazos. Permanecieron callados durante un buen rato, los dos intentando analizar esa primera aproximación que habían tenido. El único sonido en la habitación eran sus respiraciones. Finalmente, Ana se dio la vuelta para mirarle.

"¿Puedo preguntarte algo? No quiero hacerte sentir mal…" Dijo en un susurro con expresión interrogante.

"Por supuesto, Ana. Quiero ser completamente sincero contigo. Lo digo en serio. Quiero que confíes en mí. Y tampoco quiero hacerte sentir mal… Sabes que nunca te haría daño, jamás en la vida, ¿verdad?" Dijo acariciándole la cara con la punta de los dedos.

"Sé que jamás lo harías, Christian." Le aseguró.

"Me refiero a que jamás ha pasado por mi mente el infligir cualquier tipo de dolor en ti, ni siquiera en un contexto sexual." Dijo incorporándose y sentándose con las piernas cruzadas sobre la cama. "Y te puedo asegurar que no he dejado de pensar en ti en ese aspecto… ¡y tengo una imaginación muy poderosa!" Dejó de hablar interrumpido por la melodiosa risita de Ana, y se quedó mirándola, arqueando una ceja.

"¡Apuesto a que así es!" Dijo todavía riendo. "Christian, no me preocupan tus preferencias sexuales… estoy convencida de que podremos encontrarnos a medio camino. No es nada malo; te puede o no te puede gustar, pero es algo consentido, y estoy segurísima de que todas esas mujeres a las que golpeabas y follabas," dijo entrecomillando las últimas palabras, "estaban deseosas de ello. Lo que me preocupa es que parece que es la manera en la cual tú has decidido enfrentarte a tus verdaderos problemas. Eso está mal, y realmente es el verdadero problema."

Christian se quedó mudo. Abrió y cerró la boca varias veces, pero no conseguía articular palabra. Finalmente dijo "Joder, hablas como mi psiquiatra."

Ana suspiró. Estudió el rostro de Christian; fruncía el ceño con expresión obstinada, recordándole a un adolescente testarudo. Pero no parecía enfadado, sólo… perdido.

"¿Puedo preguntarte algunas cosas más?" Le preguntó dulcemente.

"Supongo que sí…" Dijo malhumoradamente, perdido en sus pensamientos. Había soltado la gran bomba y ella todavía estaba allí, delante suyo. Le miró con incredulidad. Su cara irradiaba sinceridad, sus iris relucientes le miraban sin rastro de decepción y su dulce sonrisa lentamente borró su ceño fruncido. "Todavía estás aquí." Susurró.

"Sí, lo estoy." Respondió ella. Si sólo él supiera lo unida que se sentía hacia él…

"Supongo que tengo miedo a que me abandonen…" Él bajó su mirada a la cama, cogiendo una pelusa imaginaria de las sábanas. "Cuando no te presentaste el día que habíamos quedado… fue peor de lo que había pensado. Aunque sabía que no te merecía, me sentí perdido y abandonado… de nuevo." Tragó saliva. "No quería volverme a sentir así otra vez… había una sombra oscura sobre mí de manera permanente. Sentía que estaba perdiendo el control de nuevo y estuve a punto de hacer algo realmente estúpido… hasta que volví a escucharte por la radio, buscándome, tratando de llegar hasta mí." Cerró los ojos. "Fue tan reconfortante saber que no te habías dado por vencida… otra vez." Entonces le miró a los ojos. "Siento ser tan… complicado."

"Hey, no pasa nada." Dijo ella poniendo un dedo en su barbilla para impedir que volviera a mirar hacia abajo. "Lo entiendo, lo entiendo perfectamente. Tomo nota. Puedes contar conmigo." Le dijo sonriendo, y él le recompensó con una sonrisa tímida.

"Vale, pregúntame lo que quieras." Añadió él finalmente después de frotarse la cara con ambas manos.

Ella se enderezó antes de hablar. "Bien… entiendo por lo que me has explicado que nunca habías tenido un encuentro sexual digamos… estándar, ¿no?" Él asintió sin decir nada. Ella se mordió el labio de manera ansiosa antes de hablar de nuevo, intentando encontrar las palabras adecuadas. "Vale… emtonces, ¿cómo descubriste el BDSM? ¿Cómo llegaste a ser un dominante? No tienes que contestar si no quieres…" Dijo jugueteando con sus dedos.

"Primero fui un sumiso. Me convertí en dominante a los veintiún años, unos meses antes de conocernos." Sus mirada era cautelosa.

¿Christian como sumiso? Ana no pudo evitar que su alocada imaginación construyera diferentes imágenes de él siendo sometido de múltiples maneras por una dominatrix… Era sexy, pero… raro y ciertamente equivocado para ella. Volvió al presente cuando notó la mano de Christian moviéndose delante de su cara.

"¿Ana?" Christian preguntó con expresión de preocupación.

"Yo también tengo una poderosa imaginación…" Dijo ella sacudiendo la cabeza. Él dibujó una media sonrisa y se encogió de hombros. Después, su expresión se tornó en una de extrema cautela, y Ana supo inmediatamente que no le iba a gustar lo que él estaba a punto de decir.

"Imagínate lo siguiente, Ana… Mi niñez fue difícil para mis padres, pero no fue nada comparado con mi adolescencia. A pesar de todos sus esfuerzos, fui un adolescente muy problemático; no hacía más que crearles problemas y múltiples decepciones. Me sentía como una mierda, y empecé a beber y a pelearme." Ana puso los ojos como platos. "Sí, me peleaba sin sentido con cualquiera que se me cruzara por delante. Estaba lleno de una rabia que me partía en dos y me consumía. Pelear era la única vía para dejarla ir. Además, el dolor de los golpes y de los huesos rotos era mucho más tolerable que el dolor que me consumía por dentro." Ana asintió, mordiéndose la lengua. Ella ya había percibido esa rabia, ese dolor y esa pena la primera vez que le vio… oírle hablar de ello abiertamente sólo confirmaba lo que realmente ya sabía, pero aún así era duro. "Y era la única forma de contacto físico que podía tolerar." Christian contuvo el aliento. "¿Lo entiendes, Ana?" Suplicó.

"Claro que lo entiendo, Christian. No puedo imaginar el infierno por el cual tuviste que pasar, pero lo reitero, ahora estoy aquí si me dejas que te ayude." Dijo acariciando su hermoso rostro.

Él cogió sus manos, las besó, y las mantuvo entre las suyas, intentando mantener algo contacto físico que le ayudara en su siguiente revelación.

"Encontré una especie de solución, la cual siempre pensé que había sido lo mejor que podría haberme pasado… aunque ahora ya no estoy tan seguro." Ana le escuchaba intensamente. "De hecho, comencé a cuestionármelo la primera vez que te vi." Él besó sus manos de nuevo y ella hizo lo mismo, besando sus nudillos amorosamente y entrelazando los dedos. "Un verano, mis padres me mandaron a trabajar a casa de una de las amigas de mi madre; tenía que arreglar el patio trasero. Me habían expulsado de tres colegios en los últimos dos años, y mis padres habían conseguido de alguna manera que no me echaran del último, probablemente con alguna sustanciosa donación. Resumiendo, estaban realmente cabreados, y pensaron que algo de trabajo físico y de disciplina serían buenos para mí y que ayudarían a que me relajara." Ana asintió de nuevo, para indicarle que le seguía. "Llevaba ya dos horas buenas de trabajo quitando las malas hierbas, cuando la amiga de mi madre se me acercó con limonada. Yo tenía el pecho descubierto porque hacía muchísima calor, y me asusté un poco cuando la vi llegar, pero se mantuvo a una cierta distancia y me relajé de nuevo." Christian suspiró. Se le había secado la boca y se sentía nervioso de nuevo. ¿Cómo era posible que aquello que había asumido como positivo para él durante toda su vida ahora le pareciera tan… equivocado? Ana le dio un apretón en la mano para darle coraje, aunque ella misma se sentía muy nerviosa. "Ella hizo un comentario sobre mi forma física y me preguntó si hacía ejercicio… y yo hice un comentario acerca de su fantástico culo." Él se encogió de hombros con una sonrisa de disculpa y Ana volvió a poner los ojos como platos.

"¿Le dijiste eso a una amiga de tu madre?" Ana preguntó en shock.

"Era un adolescente cachondo. ¡Tenía quince años y era un capullo!" Entonces Christian tomó una honda respiración y recitó las palabras que dijo a continuación como si fueran algo que había aprendido de memoria. "Me abofeteó, tan fuerte que mi cara se giró abruptamente hacia un lado. Y entonces, antes de que pudiera reaccionar, me cogió de la mandíbula con una mano y me agarró el paquete con la otra y me besó violentamente."

Permaneció en silencio durante unos segundos. "No tocó mi pecho. Después, me abofeteó de nuevo y se fue." Christian miró a Ana a los ojos, esperando su reacción.

"Tú… tenías… quince años. Sólo quince años." Dijo Ana sintiendo náuseas, imaginándo lo que esa mujer malvada le había hecho.

"Sí, Ana. La misma edad que tú tenías cuando nos conocimos."

Entonces, Ana sintió la claridad golpeándola como un mazazo. ¿Era esa la razón por la cual él no había vuelto a la tienda del Sr. Harris? "¡Tú no eras como ella! ¡No eres como ella!" Gritó.

"La noche del día en que nos conocimos, no pude evitar soñar contigo… haciéndote el amor. Tú besándome en el pecho." A Christian se le puso la piel de gallina recordando la bendita sensación de los labios de ella sobre su piel. "Me sentí como un monstruo por tan sólo pensarlo. No podía echarte a perder de esa manera."

Permanecieron en silencio, hasta que Ana le pidió que continuara. Necesitaba saberlo todo.

"Ese día volví a casa confuso… y cachondo. No podía tolerar que nadie se me acercase, así que era mi primer beso. Me pasé toda la noche pensando en ello."

"¿No se lo dijiste a tus padres?" Ana le preguntó con preocupación.

"No, no lo hice, porque quería que pasara de nuevo. Y pasó. Al siguiente día que fui a su casa ella estaba sola. Primero actuó como si nada hubiera pasado… pero cuando estaba a punto de marcharme me preguntó si quería que me besara de nuevo y, por supuesto, contesté que sí. Lo hizo, y volvió a abofetearme de nuevo. Estaba tan impactado… y excitado al mismo tiempo. Entonces, me explicó que había una fina línea entre el placer y el dolor, y que si era capaz de abrazarlo todo, me podría proporcionar infinito placer."

Ana no pudo evitarlo más y explotó. "¡Y entonces te metió en una jodida relación BDSM teniendo sólo quince años! ¡No puedo creerlo!" Gritó, agitando los brazos en el aire. "Es una pedófila, Christian!"

"No lo vi de esa manera en ese momento, Ana. Me ayudó. Dejé de pelear y paré de beber. Empecé a trabajar duro en la escuela y mejoré mis notas. Mis padres estaban felices conmigo, ¡por una vez en sus vidas! Era una solución simple y me funcionaba: si seguía las reglas era recompensado, y si no…"

"Eras castigado, lo he cogido." Ana acabó la frase sin esconder la repugnancia que sentía. No sólo habían abusado de él de pequeño, sino que también había sido abusado de adolescente por una asquerosa mujer.

"No te enfades, Ana." Le pidió él.

"No te culpo a ti, Christian. Yo… simplemente no lo entiendo. Estoy completamente segura de que había una forma mejor de cambiar tu comportamiento. ¿No lo ves?" Ana dijo asolada.

Christian cerró los ojos. "Sé que tienes razón, Ana. Pensé que era lo mejor que me había pasado… Me centré. Conseguí aprovechar todo mi potencial y me convertí en un hombre de éxito, en control… o con un supuesto control quizás," él concedió. "También aprendí mucho sobre el placer, sobre cómo recibirlo y cómo proporcionarlo." Su mirada abrasó la piel de Ana haciéndole retorcerse. "Pero, al mismo tiempo, me aisló; hizo que me alejara de mi familia y de cualquiera que quisiera alguna interacción personal conmigo."

"¿Cuánto tiempo fuiste su sumiso?" Preguntó Ana. Su cara estaba pálida como una hoja de papel.

"Hasta que me di cuenta de que quería convertirme en dominante. De hecho, ella fue mi sumisa durante un breve periodo de tiempo." Christian dejó su mirada pegada al rostro de Ana.

"Eso significa… ¡Seis años!" Ana se dio cuenta, impactada. Christian asintió en silencio. "¿Fue ella tu única… pareja sexual en ese tiempo?"

"¡Por supuesto que lo era! ¡Me hubiera dado la paliza de mi vida si sólo hubiera pensado en tener sexo con otra mujer!" Christian dijo entre risas, pero entonces se dio cuenta de la expresión de horror en la cara de Ana. "No necesitaba nada más, y cuando sentí que quería cambiar mi condición… terminé nuestro acuerdo."

"Acuerdo… ¿no relación?" Ana preguntó confundida.

"Puedes llamarlo una relación, pero no había ningún tipo de conexión romántica entre nosotros."

"Sólo sexo. Durante seis años." Dijo Ana en voz alta, más para ella misma. "Eso significa… nada de novias durante el instituto o la universidad… nada de bailes de graduación, nada de desastrosos intentos de enrollarse en la parte trasera del coche…?"

Christian negó con la cabeza frunciendo el ceño. No le gustaban nada las imágenes que se formaban en su cabeza, de Ana haciendo todas esas cosas con cualquier cabrón.

"Bueno, alguna de esas cosas no merecen la pena…" Dijo Ana intentando quitar hierro al asunto.

"¿Cuántos cab… quiero decir, tipos intentaron enrollarse contigo en la parte trasera del coche?" Christian preguntó, entrecerrando los ojos.

"No sé… unos pocos." Dijo ella, imitando su expresión. "¿Todavía ves a esa Sra. Robinson?"

"¿Sra. Robinson?" Christian preguntó divertido. "Sí. Elena, ese es su nombre. Es una amiga de mi madre y una buena amiga mía. También tenemos un negocio juntos."

"No me lo puedo creer…" Ana murmuró mordiéndose la lengua.

"¿Qué?" Christian espetó.

"¡Por el amor de Dios, Christian! ¿No te das cuenta de que esa mujer no te ayudó en absoluto? Es cierto que debido al duro comienzo que tuviste tú mismo te aislaste de tu familia, del amor, de una vida normal… pero estoy completamente segura de que esa pedófila te ayudó a cabar tu propio agujero y a no dejarte salir de él!" Ana se tapó la boca con la mano. ¡No podía creer que todo eso hubiera salido de su boca!

En un milisegundo, la expresión seria de Christian se convirtió en una sonrisa satisfecha. Se lanzó sobre ella y le atrapó sobre la cama, cubriendo su cuerpo con el suyo y cogiéndola por las muñecas.

"Lo que le haría a esa boca tuya…" Dijo contra sus labios antes de besarle con urgencia. Cuando pararon para tomar aire, él terminó concediendo. "Vale, nena. Tienes razón. Ahora que me has rescatado, por favor, no me dejes caer de nuevo." Y le besó de nuevo. "Joder, estoy convencido de que le vas a gustar a Flynn."

_§ § 0 § §_

Charlaron durante horas. Ana le habló de su paso por la universidad. De sus primeros pasos en la música. Hablaron de sus aficiones. Pertenecían a dos mundos muy diferentes, pero tenían muchas cosas en común. Él le habló de su niñez junto a Grace y Carrick. De sus hermanos. Ana se dio cuenta de que, a pesar de su aislamiento autoimpuesto, Christian estaba muy apegado a su familia; siempre había sido un espectador pasivo desde la distancia, anhelando compartir su felicidad. También le habló de sus empleados más cercanos, Jason Taylor y Gail Jones; eran como parte de su familia, aunque él todavía no se hubiera dado cuenta. Le habló acerca de las entrevistas con sus sumisas. Acerca de los acuerdos de confidencialidad. Acerca de las pesadillas. De cómo él fue capaz de construir ese imperio desde la nada; cómo se había ido de Harvard y cómo Elena le había ayudado económicamente. Ella no hizo ningún comentario más sobre Elena porque no quería estropear ese momento de paz. Ambos estaban sorprendidos por todo lo que compartían, ninguno de los dos seguro del todo de ser suficiente para el otro, pero agradecidos por su buena suerte y cogiendo esa rara oportunidad con ambas manos.

_§ § 0 § §_

"Vamos a dormir, nena. Pareces exhausta." Christian le dijo apartando un mechón de pelo de su cara. Ella le miró con cariño, recreándose en esos ojos hipnotizantes, en la incipiente barba que cubría su cincelada mandíbula y en sus labios gruesos, los cuales trazó con su dedo.

"Gracias por escogerme." Ella dijo somnolienta.

"Gracias a ti, Ana, por escoger quedarte." Le besó la sien y le abrazó más fuerte, entrando los dos en un pacífico sueño.

_§ § 0 § §_

Se despertaron con la habitación inundada de radiantes rayos de sol que iluminaban sus caras después de tan sólo unas pocas horas de sueño. Sus extremidades estaban entrelazadas y la cabeza de Ana sobre el pecho de Christian. Se sonrieron tímidamente y permanecieron en silencio durante varios minutos, estudiándose mútuamente y tratando de asimilar dónde se encontraban y si todo aquello era real. Christian trató de adivinar sus pensamientos mirándole a los ojos; ella conocía ahora todos sus oscuros secretos y todavía seguía allí. ¿Cómo era eso posible? Lo intentó de veras, pero se perdió en esos dos insondables pozos azules. Sí, ella estaba allí, sonriéndole. Besó su cabeza y inhaló el embriagador aroma de su cabello.

"Buenos días, Ana." Dijo con voz ronca.

La sensación de su aliento cálido sobre su cuello hizo que Ana sonriera aún más. Sí, él era real. No se trataba de otro de sus sueños. Él estaba allí; sus fuertes brazos a su alrededor eran reales. El calor que irradiaba de su cuerpo era real y esa hipnotizante mirada, llena de una extraña emoción, también era real.

"Buenos días, Christian."

"Ha sido la mejor noche de toda mi vida." Dijo él apoyando el codo en la cama. "Parece que incluso me proteges de mis pesadillas." Dijo sonriendo. Ana pensó en que podría mirar a esa sonrisa por el resto de su vida.

"Bueno, cariño… te protegeré de la garra encapuchada, mantendré a los vampiros al otro lado de tu puerta…" canturreó mientras flexionaba su bíceps.

Comenzaron a reírse a carcajadas, y acabaron besándose fervientemente. Christian ya había liberado a Ana de su camiseta y estaba besándole el cuello cuando el tono de un mensaje de texto les alertó. Ana cogió su teléfono, a pesar de los esfuerzos de Christian por evitar que lo hiciera. Leyó el mensaje de Kate en voz alta:

"Elliot pensó que sería una buena idea que te avisara de que vamos a ir, por si no estuvieras sola… mua!"

Suspiraron fustrados. Christian, que estaba preparado para la acción, sacudió su cabeza. Ana tomó una respiración profunda y volvió a suspirar. Miró de reojo la erección de Christian y se mordió el labio.

"Mejor me voy a dar una ducha." Dijo ella mientras caminaba hacia el baño.

"¿Puedo ir contigo?" Le preguntó él mirándole el culo embobado mientras caminaba. Le siguió despacio quitándose los bóxers por el camino.

"Mmmmm… creo que esta ducha no es lo suficientemente espaciosa para los dos. Es una pena que seas tan grande…" dijo ella juguetonamente agitando sus pestañas mientras abría el agua.

"Bueno, pensaba que te gustaba así de grande…" flirteó él, pensando en todo lo que le gustaría hacerle. Pero ella tenía razón, esa ducha, que tenía una mampara transparente, parecía suficientemente cómoda para una persona, pero no para dos. "De acuerdo, te esperaré aquí a que acabes." Dijo reclinándose sobre el mueble del baño, los brazos cruzados sobre el pecho, una sonrisa burlona en su cara y mostrando orgullosamente su gloriosa desnudez.

"¿Mirándome?" Ana preguntó con voz demasiado aguda. Él sonrió aún más ante la evidente vergüenza de Ana y se lamió los labios.

"De acuerdo." Dijo ella entrecerrando los ojos. Entró en la ducha como si él no la estuviera observando, mientras pensaba en algunos movimientos sexys que hubiera visto en alguna película. Nada. Su mente estaba en blanco. Se colocó bajo el chorro de agua sin mirar a Christian.

El agua caliente fue como un bálsamo para sus músculos… no lo había notado, pero estaba toda ella dolorida por… sus actividades nocturnas. Puso algo de champú en la palma de su mano y comenzó a masajear su cuero cabelludo. Gimió suavemente. Quizás era la intensa mirada de Christian, que hacía que su piel ardiera, pero de repente dejó de sentirse tímida y empezó a sentirse… sexy. 'Mona Lisa smiles' de Jane Child le vino a la cabeza. Era una de las canciones más sexys que jamás había escuchado… y comenzó a contonear sus caderas al ritmo de la canción que sonaba en su cabeza. Se sentía segura de sí misma, y se giró para mirar a Christian. La mirada lujuriosa en esos ojos pecaminosos fue suficiente para hacerle gemir. Le miraba intensamente, con el pecho moviéndose de manera errática debido a su respiración superficial. Agarraba fuertemente la encimera del lavabo, para impedir que sus dedos se agitaran; se moría por tocarle. Su mirada era peligrosa, como la de un depredador esperando a su presa, y tenía una impresionante erección, dura como una piedra. Ana se sintió… poderosa. Y terriblemente excitada. Le miró, disfrutando de su maravilloso cuerpo, y entonces mantuvo la mirada con él. Comenzó a acariciarse el cuerpo, deslizando sus manos desde el cuello hasta el abdomen muy lentamente.

Christian la miró hipnotizado. Sabía que probablemente estaría babeando, pero le importaba una mierda. Había querido meterse con ella un poco, sabiendo lo tímida que era, pero habían cambiado las tornas. Tan sólo la imagen de su delicioso cuerpo bajo la cascada de agua le había puesto duro al instante, y cuando empezó a moverse de esa forma tan sensual y a tocarse de esa manera, había tenido que agarrar la encimera para evitar avalanzarse sobre ella. Pero lo que le excitaba más era su mirada. Ella era consciente de que le tenía a su merced. Era tan dulce, tan inocente… y al mismo tiempo tan jodidamente sexy y traviesa…

"Sí, eso me encanta." Las palabras se escaparon de su boca, imparables. Ana le dejaba sin aliento.

Cuando ella comenzó a acariciarse los pechos con esa expresión pecaminosa en su adorable rostro y una de sus manos comenzó a dirigirse hacia abajo, no pudo aguantarlo más.

"Suficiente." Murmuró, más para sí mismo. Abrió la mampara y enroscó un brazo en su cintura.

"Bien, chica traviesa… déjame ayudarte con esto…" Ana comenzó a reírse, pero fue silenciada inmediatamente por los labios de Christian.

_§ § 0 § §_

Yacían desordenadamente sobre la cama, exhaustos y saciados. Las sábanas mojadas se arremolinaban a su alrededor y había un reguero de charcos y espuma del baño a la cama.

"¡Esto es un completo desastre! ¡Y es culpa tuya!" Ana dijo apoyándose sobre los codos mientras miraba a su alrededor. Disparó una sonrisa a Christian cuando él puso una cara.

"¿Perdona?" Dijo Christian, haciéndose el ofendido. "Para nada; es culpa tuya."

"¿Qué?" Ana se sentó sobre la cama enderezándose.

"Sí. Me estabas tentando… mucho. De hecho, demasiado." Dijo él sin dejar lugar a ninguna duda.

"Bueno, ¿qué esperabas que hiciera? Arrojaste el guante y, por supuesto, tuve que aceptar el reto." Dijo ella cruzando los brazos sobre el pecho.

"Has superado todas mis expectativas… y me alegro de que lo hicieras." Se acercó a ella y dejó un reguero de besos en su mandíbula. Después, miró al reloj que había sobre la mesita de noche. "Creo que tendríamos que vestirnos antes de que lleguen Kate y Elliot."

"Sí, deberíamos." Suspiró Ana. "Vale, escúchame… Nos vestimos, y entonces yo preparo el desayuno mientras tú recoges este desastre. ¿Trato?" Dijo ella sonriendo mientras ofrecía la mano a Christian.

Él sonrió. Él, Christian Grey, multimillonario, estaba a punto de limpiar un baño. Sí, esta mujer definitivamente era algo más. "Trato" dijo él cogiéndole de la mano y besándole sonoramente en los labios.

_§ § 0 § §_

Christian revisó su Blackberry, que estaba en vibración, antes de empezar a limpiar. Había una llamada perdida de su madre y varias de Elena, junto con algunos mensajes de ella también. Los borró sin ni siquiera leerlos. Envió un mensaje a Taylor para explicarle sus planes y decidió que llamaría a su madre una vez llegara a casa.

Ana casi había acabado el desayuno. De hecho, había cocinado una especie de brunch, porque era realmente tarde. Se acercó a la habitación para ver si Christian necesitaba ayuda, pero él ya estaba guardando la mopa.

"¡Vaya, buen trabajo, hombre!" exclamó. Todo estaba seco y brillante. "Se lo diré a la Sra. Jones, ¡tiene que enterarse!" bromeó.

"Ni se te ocurra…" Entrecerró los ojos mientras pensaba en que tenía que incrementar el sueldo de Gail.

"Sr. Grey… ¿todavía no has aprendido nada sobre desafiarme?" Dijo ella antes de besarle.

"Bien dicho, de nuevo." Christian dijo entre risas. "Pero estaré inmensamente complacido de ver como te superas en mis desafíos." Dijo devolviéndole el beso. "¿Quieres que ponga algo de música?"

"Por supuesto." Contestó besándole de nuevo. "El brunch está casi listo."

"Estoy realmente hambriento." Dijo hipnotizado por el vaivén de sus caderas al abandonar la habitación.

Después de una última mirada de esos dos ojos azules, sonrió para sí mismo. La había encontrado, al fin. Era demasiado bueno para ser cierto, y no había hecho nada para merecerla, pero por fin se había decidido a hacer cualquier cosa para conservarla. Buscando entre las canciones del iPod de Ana encontró la adecuada.

Entró en la cocina tarareando la canción que sonaba de fondo. Ana estaba dejando en la barra unas deliciosas tortitas.

"¿Le gustan los clásicos, Sr. Grey?" Ana dijo acercándose.

"¿Cómo no me va a gustar esta canción, Srta, Steele?" Dijo él poniendo las manos en su cintura.

"No podría estar más de acuerdo, Sr. Grey. Buena elección." Contestó ella, enroscando las manos en su cuello.

"¿Bailas?" Le preguntó él mientras ya comenzaba a moverse.

"Pensaba que nunca me lo ibas a preguntar."

"Estamos para complacer." La levantó en el aire mientras daban vueltas.

Bailaron despreocupados por todo el apartamento. Cuando Frank Sinatra estaba a punto de cantar la parte favorita de Christian, él abrazó a Ana más fuerte y susurró las palabras en su oído:

"I'd sacrifice anything come what might / "Sacrificaría cualquier cosa pase lo que pase

for the sake of having you near / por tenerte a mi lado

in spite of a warning voice that comes in the night / a pesar de una voz de alarma que aparece en las noches

and repeats, repeats in my ear: / y me repite, me repite al oído:

Don't you know little fool you never can win? / ¿No sabes pequeño tonto que nunca puedes ganar?

Use your mentality, wake up to reality. / Usa tu criterio, despierta a la realidad.

But each time that I do just the thought of you / Pero cada vez que lo hago, tan sólo pensar en ti

makes me stop before I begin. / hace que pare antes de empezar.

Cause I've got you under my skin". / Porque te tengo bajo mi piel."

Él la miró con una amplia sonrisa y los ojos llenos de alegría. Ana le miró intensamente, compartiendo esa misma alegría y entendiendo el verdadero significado de esas palabras: confianza. Christian le hizo girar una vez más, haciéndole reír y gritar.

"Oh, Ana, adoro ese sonido… es mi tercer sonido preferido en el mundo." Dijo él con una sonrisa jugando en sus labios.

"¿El tercero?" Ella preguntó divertida y él asintió lentamente, de manera juguetona. "¿Puedo preguntarte cuáles son los otros dos?"

"Claro que sí." Dijo él antes de soltarle y hacerla girar. "El primero es tu voz, dulce y picante, mientras cantas. Es como estar en el cielo." Giraron juntos una vez más.

"¿Y el segundo?" Preguntó Ana sin aliento. Estar tan cerca de él era sobrecogedor.

"El segundo son tus dulces gemidos, especialmente en mi oído." Dijo él contra su cuello, haciendo que la piel se le pusiera de gallina y que los músculos de su abdomen se contrajeran deliciosamente. "No tienes ni idea de lo que me gusta ese sonido."

Empezaron a besarse, primero de manera suave, pero rápidamente escaló en un apasionado abrazo. Ana estaba contra la pared, anclada a Christian con las manos en su pelo mientras que él presionaba su cuerpo contra el de ella cuando oyeron que la puerta se abría.

"Hey, hermanito, ¡la tienes contra las cuerdas!" Elliot dijo entre risas.

Christian dejó ir a Ana y se pasó una mano por el pelo alborotado, sonriendo y saludando con la mano a Kate y a su hermano. "Buenos días, chicos, os estábamos esperando."

"Pues no lo parece…" Kate murmuró sonriendo maliciosamente a Ana, que estaba colorada.

"He preparado un brunch… ¿os apetece?" Ana dijo evitando mirarles a los ojos.

"¡Y tanto! Huele que alimenta, ¡y estoy hambriento!" Elliot dijo sentándose en uno de los taburetes. "Christian, supongo que tú no tienes mucha hambre, ¿no? Después de todo, te estabas dando un atracón cuando hemos llegado…" Bromeó. Sonrió viendo la enorme sonrisa de su hermano, y no pudo evitar pensar en lo bien que se lo iba a pasar metiéndose con él una y otra vez.


¡Espero que os haya gustado! ¡Y dejad algún comentario si os apetece!