CAPÍTULO 4.

Christian se frotó la punta de los dedos mientras estudiaba la pantalla de su portátil. Estaba sentado en la cama, con el Mac apoyado encima de sus piernas cruzadas. Lo que estaba a punto de suceder nada tenía que ver con el trabajo, así que había decidido quedarse en su habitación en vez de en el despacho. ¿Qué era lo que estaba a punto de hacer? ¿Era una buena idea? Cerró la pantalla de nuevo. ¡Mierda! ¿Por qué narices dudaba tanto? ¡Sólo se trataba de un simple correo electrónico!

Había decidido usar un pseudónimo. ¿Pero cuál? Las primeras impresiones eran importantes. Se frotó la cara con ambas manos y después las deslizó por su pelo. ¡Si fuera igual de capullo en el trabajo no sería capaz de conseguir ni un sólo trato decente! Entonces, un nombre vino a su mente: Cincuenta Sombras. 'Cincuentas Sombras bien Jodidas,' pensó. Bueno, mejor dejarlo con Cincuenta Sombras a secas.

Con dedos temblorosos tecleó la URL de la página de la radio de la Universidad de Washington e hizo click en el botón de acceso directo al correo electrónico. Llenó el espacio del asunto con 'Sol de Medianoche' y escribió el correo electrónico más personal que jamás había escrito a nadie. Acabando con un 'Feliz Navidad', apretó el botón de enviar y cerró el portátil. Con un suspiro, se levantó y fue a ducharse antes de ir a casa de sus padres para celebrar la Navidad.

Ya en la ducha, levantó la cabeza, dejando que el agua caliente cayera sobre su cara. Después, la bajó, colocando las palmas de las manos sobre las frías baldosas de la pared; mientras la caliente cascada masajeaba sus anchos hombros. Mirando hacia el suelo, abrió los ojos y su cara dibujó una genuina sonrisa. Estaba un poco asustado por lo que acababa de hacer, pero no podía evitar sentirse de alguna manera aliviado.

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Ana abrazó a Ray con todas sus fuerzas. "¡Feliz Navidad, papá! ¡Te he echado tanto de menos!"

"Feliz Navidad, Annie. Yo también te he echado muchísimo de menos. ¡Estás tan mayor!" Ray se separó un poco de Ana, lo justo para mirarle directamente a los ojos, con la mirada llena de orgullo. "Sabes, Annie, estoy realmente orgulloso de ti. Te has convertido en una mujer increíble. Una mujer hermosa, inteligente y con un gran talento."

Anastasia empezó a notar el característico calor detrás de los párpados de las lágrimas que amenazan con salir irremediablemente. "Gracias, papá. Todo te lo debo a ti."

Disfrutaron del delicioso pavo relleno que Anastasia había preparado y después Ray preparó café para él y una taza de té para ella.

"Cuéntame acerca de la banda de música, cariño. ¿Cuándo es tu próximo concierto?" Preguntó el padre.

"¡Todo es genial, papá! ¡Me encanta! Sabes, a veces es duro, con todos los ensayos, y las asignaturas de la carrera… Estoy trabajando muy duro, especialmente ahora que estoy en mi último año en la universidad, pero también estoy disfrutando muchísimo. Todavía no tenemos fechas concretas para los próximos conciertos, pero te mantendré informado." Ana dijo tras dar un sorbo de su té.

"¿Y qué me cuentas acerca del programa de radio?"

"Bueno, también lo estoy disfrutando mucho. Ya sabes, me encanta la música. Simplemente es increíble poder pasar el tiempo escuchando buenas canciones y hablando sobre ellas," Ana dijo encogiéndose de hombros.

Ray jugueteó nerviosamente con sus dedos mirando hacia la mesa antes de hablar. "Te escuché cantar el último día."

Ana abrió aún más los ojos con expresión avergonzada. "Bueno, fue otra de las bromas de José. ¡Se suponía que mi voz no estaba en el aire en ese momento!" Dijo frunciendo los labios con un mohín.

"Pero Ana, tienes una voz extraordinaria. No tendrías que estar avergonzada."

"Mira, me encanta cantar, pero soy demasiado tímida para ello. Mientras toco puedo esconderme detrás de mi piano, pero cantar es algo muy diferente…"

"Quizás podrías probar cerrando los ojos." Ray dijo con una media sonrisa.

"¡Oh, sí! ¡O quizás debiera cantar con los ojos vendados!" Los dos comenzaron a reír a carcajadas, con lágrimas en los ojos, hasta que quedaron exhaustos. Ray limpió su cara con el dorso de su mano. "Annie, cariño, ¿puedo preguntarte una cosa?" Sus ojos denotaban preocupación, pero su sonrisa era cálida.

"Claro papá." Anastasia se sintió alarmada por el cambio de actitud en su padre y se enderezó en el sofá.

"Bueno, me preguntaba… Quiero decir, sé que eres una mujer adulta y todo eso, pero para mí siempre serás mi niña pequeña." Ray parecía avergonzado, pero continuó. "Me preguntaba… ¿quién es ese chico al que siempre dedicas la última canción? Parece que siempre estés pensando en él…"

Ana deseó que la tierra se abriera y se la tragara en ese preciso momento. ¡Demonios! ¿Realmente era tan transparente? ¿Tan obvia? ¡Mierda! "Oh, papá… es un chico con el que coincidí una vez. No es nadie… quiero decir, nada serio. Ya sabes, una tontería de adolescente. Nada." Dijo abriendo mucho sus ojos con una sonrisa forzada.

"Lo siento, Ana. No tienes que contármelo si no quieres," Ray cogió su mano cariñosamente.

"Está bien, papá. No me importa en absoluto," mintió, moviendo su mano en un gesto de fingida indiferencia.

Por la tarde, Ray estaba cansado y decidió echarse una siesta. Ana tomó prestado su ordenador para mirar sus e-mails sentada en el sofá, tomando otra taza de té y escuchando clásicos de Navidad. Comenzó a pensar en su conversación con Ray. ¿Por qué seguía pensando en ese chico como si fuera una tonta adolescente? Estaba realmente enfadada consigo misma. Kate siempre le estaba diciendo que tenía que dejarlo estar y pasar a otra cosa. José también le chinchaba constantemente, diciéndole que tenía que abrirse al 'mundo de las citas' (aunque ella sospechaba que lo que él realmente quería era que ella se abriera precisamente a él…) y ahora, su padre le preguntaba que quién era ese chico. Estaba claro que tenían razón; no era un comportamiento sano seguir fantaseando con un hombre al que ni siquiera había llegado a conocer. Él era sólo una sombra; una especie de caballero oscuro, guapo, tierno y misterioso, el cual apareció y desapareció de su vida como por arte de magia, dejando un trazo indeleble y que se colaba en sus sueños más salvajes. Por el amor de Dios, ¡ni siquiera sabía su nombre! Había intentado salir con otros chicos, de los cuales algunos realmente merecían la pena, pero cuando, llegado el momento, habían intentado acercarse un poco más a ella, siempre les acababa rechazando. Había una especie de barrera invisible que no era capaz de cruzar. Cuando estaba con un chico, sólo podía pensar en Él. Eran Sus brazos los que le abrazaban; eran Sus manos las que se enredaban en su pelo. Eran Sus labios los que la besaban. Incluso podía oler Su aroma. Esas sensaciones la estaban volviendo loca, así que hacía ya algún tiempo que había dejado de tener citas.

Y ahora se estaba dando cuenta de que ese estado permanente de enamoramiento era tan ridículamente obvio que todo el mundo que la rodeaba lo había notado. ¡Demonios! Instintivamente su mano se dirigió a su labio inferior, recordando esa sensación eléctrica que le había producido su toque hacía más de cinco años, un mal hábito que había adquirido para tranquilizarse cuando se sentía estresada. ¡Maldita sea! Enfadada consigo misma, realmente cabreada, intentó concentrarse en sus e-mails.

Desde el día en el que su voz se había oído en directo la semana anterior, llegaban una cantidad inmensurable de e-mails para Sol de Medianoche hablando del tema. Esa bromita de José había desencadenado una especie de conmoción en el campus. Secretamente, Ana estaba encantada con que a la gente le hubiera gustado su manera de cantar, pero nunca lo admitiría a viva voz. Echó un vistazo rápido a todos los e-mails hasta que uno llamó su atención. El remitente utilizaba un pseudónimo. ¿Cincuenta Sombras? Sintió un escalofrío recorriendo su espina dorsal al leer esas dos palabras. Rápidamente, hizo click sobre el link y comenzó a leer:

Querida Sol de Medianoche,

No te conozco, pero siento que, de alguna manera, estoy conectado contigo. Creo que me recuerdas a alguien del pasado; alguien a quien tampoco logré llegar a conocer del todo. Hay algo en tu dulce voz que me ata a ti; algo en las cosas que dices, en tu manera de hablar, e incluso en tus silencios. Las canciones que escoges parecen encajar tan bien conmigo, como si fueran para mí. No entiendo el porqué, pero estas sensaciones me dan esperanza, y también me asustan un poco, aunque al mismo tiempo me tranquilizan. Es de locos, ¿verdad? Probablemente suena extraño, pero es así cómo me siento.

Quiero escuchar tu preciosa voz cantando otra vez. Sé que el otro día cantabas para alguien especial; era claro como el agua. Pero soy un hombre egoísta; por favor, sigue cantando para él. Sólo te pido que me permitas también caer en tu dulce hechizo.

Tengo un lado muy oscuro, pero parece que tú traes algo de luz sobre él.

Atentamente, Cincuenta Sombras.

Feliz Navidad.

Ana cerró sus ojos y tragó saliva. Su boca se había quedado seca al instante y su respiración se había tornado profunda y errática. Posó la mano izquierda en su pecho, por encima de su corazón, y sintió los fuertes latidos. Intentó levantarse para coger algo de aire, pero sus piernas se lo impidieron. Se bebió de un tirón lo que quedaba de su té para hidratar su garganta. ¿Qué le estaba pasando? ¿De qué iba todo esto? Él parecía conocerla, pero al mismo tiempo no. Y no sabía la razón, pero sonaba extrañamente familiar, como en un viejo sueño que se repite. Releyó el e-mail. Era demasiado personal, demasiado íntimo leer esas palabras de un completo extraño, pero se sentía cómoda con ello. Estaba muy confusa. ¿Quién era este Cincuenta Sombras? ¿Realmente lo quería saber?

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Ana se quedó unos días más con Ray y después fue a Savannah para pasar el Fin de Año con Carla y Bob. Su madre se había mudado a la Costa Este un tiempo después de conocerle. Ana opinaba que él era bueno para su madre; tan diferente del marido número tres, y estaba feliz por ella. Carla estaba encantadísima con que su hija fuera una estrella de la radio, como a ella le gustaba decir, pero no lo estaba tanto del hecho de tener que guardarlo en secreto. Carla también estaba preocupada por la soledad de Ana y no paraba de recordárselo constantemente.

"Mamá, ¡no estoy sola! Tengo a Kate y a José. Y a ti, a Ray y a Bob. Y también tengo mi música. Es todo lo que necesito."

"Pero cariño… José… Él es un buen chico, ¿verdad? ¡Y muy guapo!"

"¡Mamá, déjalo! José es sólo un buen amigo. Mira, mamá, actualmente no estoy interesada en tener ninguna relación, eso es todo."

"¿Y ese otro chico?" Carla preguntó con esperanza.

"¿Qué chico?" Ana preguntó frunciendo el ceño.

"Bueno, ese chico al cual no paras de mencionar en tu programa… ¿Estás enamorada de él?"

Ana tragó saliva. Quería levantarse e irse de allí, pero se mantuvo serena. Finalmente, suspiró y decidió ser sincera, no sólo con su madre, sino también consigo misma. "¿Puedo echar de menos a alguien que ni siquiera conozco?" Carla frunció el ceño y cogió una de las manos de Ana con las suyas. "Mamá… conocí a un chico en Seattle antes de mudarme con Ray. Fue un encuentro muy breve. No sé por qué, pero se ha quedado grabado en mi mente. Hablamos un poco, y eso es todo. Y tocaba el piano maravillosamente también."

"¿Y tú le gustabas también?" Carla preguntó de manera tierna, recordando esos días difíciles.

"No lo sé… No lo creo. Era mayor que yo y no creo que estuviera interesado en mí de ninguna manera."

Carla colocó uno de sus dedos debajo de la barbilla de Ana para que levantara la cabeza. "No pienses así, cariño. Eras una jovencita preciosa, y ahora eres una mujer preciosa. No sólo preciosa, sino también interesante y con mucho talento. Pero, lo que creo, es que te sientes sola y que estás utilizando el recuerdo de ese chico como escudo. Vive tu preciosa vida, cariño."

Ana se quedó callada un momento, asimilando las palabras de su madre. "Lo intentaré, mamá."

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Quedaban dos horas para el comienzo del Año Nuevo. Christian estaba en su salón, contemplando silenciosamente las luces de la ciudad a través del gran ventanal de su salón, mientras bebía una copa de vino blanco bien frío. Había planeado al detalle la mejor manera de pasar el Fin de Año. Llevaba puestos sus viejos vaqueros desgastados, con el primer botón desabrochado, estaba descalzo y con el pecho desnudo. Se dio la vuelta y caminó hacia su Sala de Juegos. Susannah le estaba esperando devotamente en una perfecta pose de sumisa. Cerró la puerta detrás suyo y escogió algunos juguetes del aparador. Después, se puso de pie delante de ella. "Mírame, Susannah." Ella levantó su cara hacia él y Christian dio un respingo. Unos brillantes ojos azules le observaban, adornados con la más hermosa de las sonrisas. Sacudió su cabeza y allí estaba Susannah de nuevo, con su impasible mirada de sumisa. Él frunció el ceño y pasó una mano por su pelo.

Susannah cambió su expresión de manera imperceptible. "¿Se encuentra bien, señor? ¿He hecho algo que le haya molestado?" Su voz sonaba monótona, sin mostrar ningún tipo de emoción.

"Ven aquí," le ordenó. Se levantó ágilmente y se dirigió hacia donde Christian le indicaba, justo donde comenzaba la intrincada rejilla del techo. "Coloca tus manos sobre tu cabeza," Christian le ordenó de nuevo, sacando un par de grilletes con esposas de piel del bolsillo trasero de su pantalón. Cuando estaba a punto de atarlos, allí estaba Ella otra vez, sonriéndole, atravesando su alma con esos penetrantes ojos azules. "¡Joder!" Christian gritó con los dientes apretados. Ató rápidamente las esposas y le vendó los ojos. No era lo que había planeado, pero no podía dejar que esa mirada le atrapara de nuevo. En ese momento, con Susannah a su merced, se sintió un poco más relajado. "De acuerdo, vamos a divertirnos un rato," Christian dijo, más para si mismo. Suspiró y pasó su mirada por el cuerpo desnudo de Susannah. "Bonita vista," él susurró en su oído, enviando escalofríos por su columna. Comenzó a azotarle suavemente con un látigo en el abdomen, la espalda, los pechos, el trasero. Susannah, con la cabeza echada hacia atrás, no pudo contener sus gemidos. "Calla," Christian rugió. "Quiero verte." Le quitó la venda de los ojos y le agarró por el pelo, cerca del cuello, apretando su cuerpo contra el de ella y levantando su cabeza con el movimiento. Y allí estaba Ella otra vez, encendiendo su alma con su mirada brillante y su preciosa sonrisa. "No te rindas conmigo…" ella susurró en su mente. Su voz era la misma que la de esa chica de la radio, Sol de Medianoche.

"No puedo hacer esto." Christian dijo soltándole. Susannah frunció el ceño, asombrada. Christian le bajó los brazos y le alcanzó un albornoz que había colgado. "Lo siento, Susannah. Ya no puedo hacer esto."

La expresión de su cara denotaba su perplejidad. "¿A qué… a qué se refiere, señor?" Ella dijo mientras se ponía el albornoz.

Christian se sentía ridículo, pero entendió que le debía una explicación a Susannah. "De acuerdo, voy a ser sincero contigo, Susannah. Creo… que estoy pensando en otra persona… simplemente no puedo evitarlo."

Susannah abrió sus ojos por completo mientras asentía. "Entiendo. ¿Puedo hablar libremente?" Christian asintió. "Está bien… No sabía por qué, pero estabas diferente últimamante… como distraído."

"¿Distraído, eh?" Christian dijo con una media sonrisa. Susannah se encogió de hombros. "Bueno, te pido disculpas si así ha sido," se disculpó él. "Creo que tengo que pasar página. Nuestro contrato queda disuelto. Ha sido un placer." Christian ofreció su mano a Susannah y esta le dio un apretón.

"El placer ha sido mío, señor."

Después de que Susannah se marchara, Christian fue a su habitación para cambiarse de ropa y dirigirse rápidamente a casa de sus padres. Quizás podría comenzar el Año Nuevo de una forma diferente y, al fin y al cabo, mejor.

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Kate entró como un torbellino en la habitación de Ana, gritando y haciendo aspavientos con las manos. "¡Sol de Medianoche es la nueva estrella del campus!" Terminó su carrera sentándose con las piernas cruzadas en la cama de Ana.

"Buenos días, Kate." Ana se cubrió la cabeza con la almohada. "¡Demasiada energía para ser el primer día después de las vacaciones!"

"Por Dios, Ana, ¡qué falta de entusiasmo! ¡Tu voz es increíble, y tu popularidad está por las nubes! Hay una fantástica reseña acerca de ti en la página web del periódico del campus. ¡Y yo no tengo nada que ver con ello!" Kate dijo poniendo su mano derecha sobre su pecho y alzando su mano izquierda.

"¡Kate, prométeme que no revelarás mi identidad a nadie!" Ana dijo alarmada.

"Te lo prometo. Sólo creo que sería bueno para tu carrera que mostraras tu talento; es una actividad extra-curricular excelente para llevar a cabo en tu último año, y tú eres tan buena profesional… pero no te preocupes. Mis labios están sellados."

"Gracias." Ana sonrió.

Desayunaron en la barra de la cocina. Kate continuaba intentando convencer a Ana para acabar con su anonimato.

"Te quiero enseñar una cosa." Ana dijo cogiendo el portátil de Kate. "Aquí lo tienes. Leelo y dime lo que piensas." Ana le enseñó el correo electrónico enviado por Cincuenta Sombras. Kate lo leyó atentamente, prestando atención a cada palabra, y después miró a Ana con cara de póker. "De acuerdo, ¿qué piensas?" Ana le insistió.

"Cincuenta Sombras… suena interesante." Kate contestó vagamente.

"¿Nada más?" Ana volvió a insistir.

"Bueno, aquí tienes tu primer fan de verdad, ¿no crees?" Kate respondió sin mirarle a los ojos. Al cabo de unos segundos, suspiró y prosiguió. "Aunque suena algo raro." Kate contestó al fin, frunciendo el ceño.

"A mí no me parece raro; incluso me resulta algo familiar." Ana movió nerviosamente sus dedos, evitando la mirada de Kate.

"¿Familiar? ¿Crees que le conoces?"

"Quizás. No estoy segura…"

"¡Oh, no! ¿No me digas que crees que se trata de ese chico tuyo!" Kate dijo entrecomillando con sus dedos las palabras. "¡Ana, este es el mundo real, no una historia romántica!"

"Lo sé, Kate. No soy una estúpida. Pero hay algo en este tipo que me atrae, muchísimo. Creo que voy a jugar a su juego."


Bueno, ¿qué os ha parecido esta especie de reencuentro? ¡Me encantaría que dejárais vuestras opiniones!

En este capítulo no hay nuevas canciones, pero en los siguientes la música cobrará todavía más importancia.

Besos y abrazos.