Gracias a todos por leer esta historia y por vuestros mensajes. Sólo quiero aseguraros que Christian y Ana están hechos el uno para el otro, y de que se encontrarán y viviremos su historia de amor… intensamente.

Esta son las canciones de este capítulo:

You can't stop the beat. Wally López feat. Jamie Scott.

Butterfly. Crazy Town.

Podéis encontrarlas en mi canal de YouTube o en la lista de Spotify (los enlaces están en mi perfil). También podéis encontrar el enlace a un tablero de Pinterest (donde encontraréis imágenes de futuros episodios, pensad que esta historia ya tiene 16 en realidad).


CAPÍTULO 8

Christian fue al apartamento de Elliot para pedirle ayuda con la traducción de la última canción que Sol de Medianoche había puesto en el programa. Él ya había traducido algo, pero quería asegurarse de no perder detalle de nada de lo que la increíble locutora quería hacerle entender. Se había dado cuenta de que prestar atención a las letras de las canciones que ella le había mostrado en las últimas semanas merecía realmente la pena.

Los dos hermanos se encontraban tomando unas cervezas y charlando, básicamente de "la adorable Kate".

"Te lo digo en serio, Christian; Kate simplemente es algo más, mucho más." Elliot dijo por enésima vez a lo largo de la tarde con una sonrisa tonta dibujada en su cara.

"Parece que has encontrado a la horma de tu zapato, ¿no?" Christian dijo tras pegar un trago de su cerveza.

"Creo que sí." Contestó Elliot.

"Pues ya era hora; ¡has probado de todos los tamaños, colores y sabores!" Christian dijo entre risas.

"En fin, no puedo negarlo. Por cierto, ¿quién dices que te ha enseñado esta canción en español, hermanito?" Elliot preguntó como si nada.

"No te he dicho el nombre en ningún momento, Elliot." Christian le respondió con una media sonrisa.

"Bueno… es bastante romántica. Quiero decir, mira estos versos," Elliot empezó a leer de una hoja de papel. "Siento paz en tu cuerpo y siento el viento por ti, vuelo hacia tus besos, te quiero siempre aquí… son simplemente…¡guau! ¿Hay algo que tengas que decirme?"

"Por Dios, Elliot, ¿es que tú me explicas todo lo que te pasa?" Christian dijo exasperado.

"Por supuesto." Elliot respondió con un mohín, cruzando los brazos sobre su pecho.

"¡Pero lo haces porque tú quieres! Quiero decir… ¡de verdad que yo preferiría que no lo hicieras!" Christian respondió gritando mientras agitaba las manos en el aire.

"Vamos, Christian. ¡No seas así! Últimamente estás diferente; eres más simpático, ¡e incluso te he visto sonreir en un par de ocasiones!" Elliot le dijo sonriendo. "Y justo ahora me pides ayuda para traducir esta canción tan romántica… Esto significa algo, y quiero que me lo expliques ahora mismo." Elliot dijo apuntando al suelo con su dedo para dejar clara su demanda.

Christian observó a su hermano, el cual estaba sonriendo incluso más, y suspiró. ¿Realmente era tan transparente? Por supuesto que lo era.

"De acuerdo… vamos a decir que quizás he conocido a alguien…"

"Lo sabía." canturreó Elliot de manera triunfante, bailando en su silla como un niño.

"Pero" Christian prosiguió, enfatizando la palabra, "no es nada serio, y quiero que seas discreto, especialmente con mamá y papá." Christian decidió no contarle a su hermano toda la historia porque, sin la adecuada perspectiva, sabía que parecía una verdadera locura.

"De acuerdo, lo intentaré." Christian le dio un codazo en el costado a su hermano, haciéndole reír. "¡Au, mantendré mi boca cerrada, lo prometo!"

"Eso está mejor." Christian dijo divertido.

En ese preciso momento, sintió la gran conexión que le unía a su hermano. Siempre había estado ahí para él: durante sus pesadillas en casa de sus padres, o dando la cara por él tras las peleas en el colegio. El único problema era él mismo; no se sentía merecedor de su cariño, y nunca lo había reconocido. Pero estaba empezando a admitir que no podía mantenerse aislado del resto del mundo para siempre. Y lo que era más importante, que tampoco quería estar solo. Todos esos cambios en él eran debidos a la influencia de Sol de Medianoche; esa mujer le estaba cambiando, aún sin todavía conocerla en persona.

"Te lo contaré algún día, sólo dame algo de tiempo… ¿vale?" Christian dijo mientras agarró por el hombro a su hermano.

"No te preocupes, Christian. Sabes que me tienes para lo que quieras." Elliot le contestó afectuosamente.

"Lo sé, Elliot."

"Bueno, hermanito, sólo tengo una última pregunta… ¿se trata de un hombre o de una mujer?" Elliot le preguntó, rompiendo el momento.

Christian se mordió el labio inferior tratando de mostrar una cara seria y ocultar su risa. ¿Realmente le estaba preguntando eso? Bueno, era la primera vez que su hermano le preguntaba directamente por sus tendencias sexuales, pero sabía sobradamente que su familia entera se preguntaba lo mismo desde siempre. Si ellos supieran…

"Vaya… ¿tú qué crees?" Christian dijo tocándose la barbilla con la punta de los dedos.

"¿Sinceramente?" Preguntó Elliot. Christian asintió. "Bueno, no tengo ni idea, pero la verdad es que no me importa en absoluto."

"¡Buena respuesta!" Christian sonrió. "Es una mujer. Al menos, eso espero."

"¿Queeeeé?" Elliot preguntó con los ojos bien abiertos.

"¡Ja, ja! Es una larga historia. Te prometo que un día de estos te la contaré."

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Ama dejó el bolígrafo sobre la mesa y suspiró. Había acabado su último examen; el último de tantos. Por fin, había terminado todo. Estaba segura de que todos sus exámenes le habían ido genial, y estaba contenta con el resultado de tanto esfuerzo. Se sentía libre, nerviosa, y preparada para todo lo que le venía encima: un nuevo trabajo, un nuevo apartamento en una nueva ciudad; nuevas experiencias. No podía esperar a comenzar esa nueva vida como adulta y darse una oportunidad a sí misma con Cincuenta. Cincuenta, Cincuenta, Cincuenta. ¿Por qué estaba tan segura de esa posible relación con él? Era como si le conociera desde siempre, como si ellos dos hubieran compartido algo realmente especial y estuvieran atados el uno al otro en un compromiso inquebrantable. Era realmente extraño. Incluso había soñado con perder su virginidad con él. La verdad era que no seguía siendo virgen por cuestiones religiosas o morales; simplemente no había sido capaz de ir más allá con ningún chico porque, en el momento en que empezaba a tener algo más de intimidad con alguien, no podía evitar pensar en ese chico de ojos grises; como si él fuera quien le acariciaba, quien le besaba… Y, llegado ese punto, sentía como si estuviera engañando al chico que tenía delante, así que tenía que parar. Lo que sentía en el momento actual no era tan diferente, porque no podía evitar imaginar a Cincuenta con la apariencia física de ese chico: sus inolvidables ojos, los cuales cambiaban de ser casi translúcidos a tener un tono gris oscuro como el acero. Su hermoso rostro, sus labios gruesos, su cuerpo, el cual no podía evitar imaginar debajo de esa camiseta y esos vaqueros desgastados… Pero lo más importante era su fuerte presencia y esa irresistible atracción que le provocaba escalofríos sólo de pensar en él. El hecho de que sintiera algo similar leyendo los correos de Cincuenta, le hacía pensar que quizás había algo más entre ellos dos.

Kate se giró en su silla y buscó a Ana entre las filas de estudiantes. Frunció el ceño al ver la mirada perdida de su amiga y cuando Ana reparó en ella, le interrogó con la mirada. Ana sonrió y articuló la palabra 'libres', cosa que hizo que Kate sonriera.

Volvieron a casa en el Mercedes de Kate; era muchísimo más cómodo que Wanda, el viejo Beetle de Ana. Pusieron la música alta y cantaron durante todo el camino a pleno pulmón, planeando cómo celebrar el fin de su vida académica. Esa sí que iba a ser definitivamente una gran fiesta.

Kate había logrado convencer a Ana de que llevara unos zapatos rojos con tacones de vértigo. Caminaba dando vueltas por el salón del apartamento para intentar acostumbrar a sus pobres pies a esa cruel forma de castigo.

"Lo estás haciendo genial, Ana. Ahora da la vuelta… así… bien. Bien hecho." Kate estaba sentada con las piernas cruzadas en el sofá observando los movimientos de Ana. "Lo tienes. Sí, ya lo tienes." Kate asintió mientras apuntaba a Ana con su dedo índice.

"¿Estás segura, Kate? Tengo la sensación de que me voy a caer en cualquier momento." Ana dijo con los pies doloridos.

"Sí, estoy segura. Y además, estos tacones hacen que tus piernas parezcan interminables." Kate dijo sonriendo. Ana suspiró con resignación.

Finalmente, Ana se vistió con unos ajustados vaqueros negros, un top negro con cuello halter y los mortales tacones rojos con un bolso rojo a juego. También cogió una chaqueta vaquera. Se maquilló muy discretamente y dejó su cabello castaño suelto. Estaba elegante y discreta, y al mismo tiempo sexy. Kate se puso un vestido negro que realzaba todas sus curvas y que cubría su cuerpo lo justo para ser decente. Se recogió el pelo en un moño, dejando algunos mechones sueltos enmarcando su cara. Quería volver loco a Elliot esa noche.

"¡Madre mía, Kate! Elliot tendrá un ataque al corazón cuando te vea así." Dijo Ana cuando Kate entró en su habitación.

"No te preocupes, cuidaré de él esta noche." Kate respondió con una sonrisa pecaminosa.

"Eso significa que tengo que preguntarle a José si puedo pasar la noche en su apartamento, ¿no?" Ana dijo levantando las cejas.

"Oh, no será necesario. Elliot ha reservado una habitación en el Heathman. Con jacuzzi." Sonrió.

Cogieron un taxi y fueron al restaurante italiano donde José y Michael, el otro técnico de sonido de la radio, ya les esperaban. Ana le preguntó a José cómo se encontraba de su resfriado y cómo le había ido con sus exámenes, y él le respondió que ya se encontraba mejor y que los exámenes habían ido bien. Su comportamiento le pareció algo raro, pero no tenía ganas de darle vueltas al asunto y lo dejó pasar.

Ana bebía de su amaretto cuando vio a un impresionante rubio acercándose a Kate por detrás con una gran sonrisa. Él le pidió que guardara silencio poniendo su dedo índice delante de su boca. Debía ser Elliot, pensó Ana. Kate se encontraba muy animada hablando sobre su trabajo en el periódico y, de repente, el Dios rubio puso sus manos sobre los ojos de Kate y le susurró al oído: "Hola, ángel mío." Kate pegó un gritito y, en una milésima de segundo, se giró sobre sí misma en la silla y se lanzó a los brazos de él, haciendo que casi perdiera el equilibrio. Sí, definitivamente era Elliot. Ana observó la escena delante de ella; Kate irradiando felicidad, y él mirándole con ojos llenos de amor. Elliot se unió a ellos y Kate hizo las presentaciones oportunas. Era amable, divertido y un poco coqueto, pero de una forma buena. Tenía unos ojos azul claro que transmitían sinceridad y no cabía la menor duda de que estaba colado por Kate. A Ana le gustó enseguida. No le preguntó sobre su hermano porque pensó que ser considerado siempre como 'el hermano del gran magnate' debía ser algo tedioso, pero José y Michael no lo tuvieron en cuenta en absoluto y no dudaron en acribillarle a preguntas sobre Christian Grey. Resultó que no sólo no le importaba hablar todo el tiempo de su hermano, sinó que estaba sinceramente muy orgulloso de él.

"Pero entonces, ¿el Sr. Grey es tu hermano pequeño?" Ana preguntó frunciendo el ceño. Ella tenía una imagen muy concreta de ese Sr. Grey en su cabeza: un hombre entrando en la cuarentena, con el pelo castaño y algo de canas en las sienes y una agradable y paternal expresión en su cara.

"¡Por Dios, Ana! ¿No leíste mi artículo?" Kate sacudió su cabeza con una expresión divertida. "Espero que soluciones tus asuntos bien pronto y vuelvas a focalizar de nuevo en la vida real, Ana. Ya sabes a lo que me refiero…"

Ana se sonrojó un poco con una expresión de culpa en su cara y José frunció el ceño.

"Bueno, pues sí. Christian es tres años menor que yo." Dijo Elliot, notando que había algo más detrás de aquellas palabras y esas miradas, pero sin saber bien bien de qué se trataba.

Disfrutaron de una cena deliciosa consistente en diferentes entrantes y en platos de pasta, regados abundantemente con Lambrusco rosado. El toque final fue un delicioso tiramisú y algunos chupitos de grappa.

Cuando salieron del restaurante, el alcohol ya había conseguido que se sintieran algo mareados y muy preparados para la fiesta. Ana se mantenía sorprendentemente estable sobre sus taconazos rojos, caminando grácilmente mientras contoneaba sus caderas. Lo primero que hicieron al llegar al club fue tomar unos cuantos chupitos más, esta vez de tequila. Ana se sentía tan feliz y liberada que ni siquiera notó la mirada ardiente de José mientras ella lamía la sal del dorso de su mano. Ella y Kate fueron a quemar la pista de baile, moviéndose con entusiasmo y abandono. Elliot y Michael se unieron a ellas poco tiempo después. De José no se sabía nada. De hecho, se encontraba medio oculto en un rincón de la barra, observando atentamente a Ana mientras contoneaba su delicioso cuerpo. Pensó que esa noche, con esa ropa, ella estaba dolorosamente imponente, especialmente con esos provocativos zapatos que alargaban sus piernas de manera exquisita. Movía sus caderas ligeramente, con ambas manos colocadas por encima de su cabeza. Sus ojos estaban cerrados y su cabeza seguía el ritmo cadente de la canción. Bailaba de manera discreta, mostrando la innata elegancia que la definía sin ningún esfuerzo, y de la cual no era consciente. José se percató de la letra de la canción que sonaba en ese momento y tomó aliento:

Why did you call me again and again? / ¿Por qué me llamas una y otra vez

Just to tell me you wanna be friends? / tan sólo para decirme que quieres que seamos amigos?

La canción acabó y comenzó una nueva. Las sugestivas notas de una guitarra y de un bajo llenaron el espacio. Las personas hacinada en la pista de baile silbaron apreciativamente y la voz de un hombre comenzó a rapear acerca de mariposas. Elliot aplastó el cuerpo de Kate contra el suyo y la besó fervientemente. Ana y Michael comenzaron a reír por el repentino arrebato de Elliot y la apasionada pareja desapareció en segundos como por arte de magia. De su particular grupo, sólo Michael y Ana quedaron en la pista de baile, y comenzaron a bailar juntos. Michael colocó sus manos en la cintura de Ana y ella apoyó sus antebrazos sobre los hombros de él. Él colocó una pierna entre las de ella y empezaron a mover las caderas al unísono mientras charlaban amistosamente. De repente, José apareció delante de ellos y se separaron, colocándose en forma de triángulo.

Una vez que la canción acabó, José sugirió salir afuera un rato a tomar el aire. Michael decidió quedarse dentro, pero Ana le acompañó afuera.

La agradable brisa de la noche les refrescó y les espaviló.

"¡Oh, sí, necesitaba aire fresco!" José dijo estirando los brazos por encima de su cabeza mientras tomaba una gran bocanada de aire. El borde de su camiseta blanca se elevó un poco, mostrando sus abdominales. "Creo que estoy borracho."

"Bueno, ya sabes lo que dicen de nosotros los músicos… El alcohol no me afecta demasiado, estoy demasiado acostumbrada a él." Ana bromeó. "Pero mis pies me están matando." Ella caminó hasta un banco cercano y se sentó. Se quitó los zapatos para flexionar los dedos de los pies. Permanecieron en silencio un par de minutos, sentados en el banco. Ana balanceaba sus piernas hacia delante y hacia atrás manteniendo sus pies a unos centímetros del suelo. De repente, una suave brisa se levantó y ella sintió un escalofrío. José se acercó a ella abrazándola suavemente.

"¿Tienes frío?" Ana sintió el aliento de José en su cuello, caliente y dulzón, mezclado con un fuerte olor a alcohol.

"Estoy bien, José. No te preocupes, sólo ha sido una ligera brisa." Ana no podía mirarle a la cara porque se encontraba demasiado cerca.

"Pero tienes la piel de gallina, Ana." José inhaló profundamente, dirigiendo su mirada al escote de Ana. Ella se sintió incómoda y avergonzada.

"José, por favor, creo que no es una buena id…"

"Shhhh" José la interrumpió colocando el dedo índice sobre sus labios para hacerle callar. Después, lentamente lo deslizó por su barbilla, su cuello y su pecho, golpeando suavemente sobre su corazón. "Quiero esto. Te quiero toda entera, pero sobretodo quiero esto." Él seguía apuntando a ese mismo sitio.

"Por favor, por favor, José. Sé que te gusto, pero eres mi mejor amigo, casi mi hermano." Ana suplicó.

"Yo no soy tu hermano." José dijo entre dientes, lo suficientemente cerca de ella como para que su nariz rozara el lóbulo de la oreja de Ana. Colocó la palma de la mano abierta sobre su pecho, separando ampliamente los dedos. Su otro brazo la abrazaba fuertemente por la espalda. "Me vuelves loco, Ana." Dijo dejando un reguero de besos sobre su mandíbula.

"¡José, para!" Gritó Ana. "Sé que estás borracho, pero tienes que parar, ¡ahora!"

José la apretó aún más contra su cuerpo y le forzó a mirarle agarrándole de la barbilla. Ana intentó separarse empujando con ambas manos sobre el pecho de él, pero era mucho más fuerte que ella. Éntonces se abalanzó sobre ella, apretando su boca contra la suya y forzando su lengua entre sus labios. Ana intentó mantener la calma y se esforzó en encontrar la manera de zafarse de él. Como estaban sentados en el banco con sus torsos encarados el uno con el otro, Ana se dirigió levemente hacia delante y, levantando un poco su rodilla, golpeó a José en su entrepierna. Él la dejó ir inmediatamente, colocando ambas manos sobre la zona mientras gemía de dolor.

"Lo siento, José." Ana cogió sus zapatos del suelo y se fue rápidamente de allí sin mirar atrás.

No encontró ni a Kate, ni a Elliot ni a Michael en el club, así que cogió su bolso y su chaqueta y se fue a casa en un taxi.

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Al día siguiente, José intentó de mil maneras ponerse en contacto con ella, pero Ana no cogió ninguna de sus llamadas, ni leyó ninguno de sus mensajes de texto, llegando a apagar su teléfono móvil para olvidarse de él. Al menos, tenía la decencia de no presentarse en su casa. Estaba muy cabreada, y no quería enfrentarse cara a cara con él. ¿Cómo podía haberle hecho eso a ella? Sabía que ella le gustaba, pero siempre se había comportado como una amiga con él, sin darle pie a nada más. Su único pensamiento placentero durante la mañana fue su cercano encuentro con Cincuenta. Sentía mariposas en el estómago sólo pensando en ello; finalmente había llegado el momento. De repente, la imagen de ese chico de ojos grises vino a su mente. ¿Por qué encontraba tantas cosas en común entre ellos dos? Realmente, no sabía nada de ninguno de los dos, pero podía asegurar que ambos poseían un alma torturada y un corazón amable. Se preguntaba qué sería de él… ¿Qué estaría haciendo en ese momento? ¿Seguiría viviendo en Seattle? ¿Habría encontrado la felicidad finalmente?

Kate llegó a casa por la tarde, feliz como una perdiz, con una gran sonrisa dibujada en su cara. Abrazó a Ana con fuerza y le miró a los ojos.

"¿Qué pasa, Ana?" le preguntó frunciendo el ceño.

"Nada, Kate. Me alegro de que estés tan contenta. " Ana contestó sonriendo.

"¡No me mientas! Dime, ¿qué ha pasado? ¿Te encuentras bien?" Kate le miró de arriba abajo, intentando descubrir qué pasaba.

"Nada importante…" Kate entrecerró los ojos y frunció los labios. Ana suspiró. "Vale. Te lo explicaré. Pero quiero que me prometas que no harás nada en absoluto; tengo la situación bajo control." Ana dijo colocando ambas manos delante suyo, en un gesto de defensa.

"Te lo prometo." Kate dijo poniendo los ojos en blanco.

"Ayer José se pasó de la raya conmigo." Kate abrió los ojos como platos. "Estaba borracho. Yo manejé la situación dándole un rodillazo en la entrepierna." Ana encogió los hombros.

"¡Dios mío, Ana! ¿Estás bien?"

"Físicamente estoy bien, pero me entristece mucho su comportamiento. Creo que no lo merezco." Respondió con una sonrisa afectada.

"¡Por supuesto que no! Ese jodido bastardo… ¿ha intentado ponerse en contacto contigo?"

"Ha estado llamando y mandándome mensajes, pero no ha venido por aquí. Por suerte…"

"Te refieres a que es una suerte para él, ¿no? ¿De verdad que le diste en la entrepierna?" Kate dijo riéndose.

"Y tanto. Le dejé tirado en un banco, ¡doblado de dolor!" Ana se rió también.

"Bueno… se lo merecía."

Ambas se rieron y pasaron la tarde viendo viejas películas y soñando en voz alta con su nueva vida en Seattle.

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El día de la graduación por fin había llegado. Kate y Ana desayunaban mientras charlaban animadamente. Kate estaba nerviosa pero excitada por su discurso, y Ana estaba por las nubes con el hecho de encontrarse por fin con Cincuenta después del concierto. El concierto; también era un gran reto para ella. Iba a tocar Claire de Lune de Debussy. Era una de sus piezas favoritas, y siempre le recordaba a él, al chico de ojos grises. Quería hacerle una especie de tributo secreto, a modo de despedida; nunca le iba a olvidar, pero estaba preparada para dar un paso a adelante.

Kate salió de casa muy temprano, casi tres horas antes del inicio de la ceremonia. Ana se quedó en el apartamento, esperando a Ray, que le iba a recoger allí. Su madre y Bob ya estaban en Vancouver y se encontrarían en la universidad. Miró el vestido que había elegido para la ceremonia, pulcramente estirado sobre la cama, y los zapatos situados en el suelo, justo al lado. Rozó la sedosa superficie con la punta de los dedos. ¿Le gustaría a él? Sonrió al pensar en ello. Era un vestido de seda gris con cuello halter, que se ajustaba a la cintura con un lazo del mismo material, quedando sus extremos largos y sueltos. En la parte frontal, tenía un ojal que iba del borde superior del vestido hasta la mitad del pecho. Los zapatos eran unos peep-toes grises de tacón. Era elegante y cómodo, pero moderno. Se maquilló de forma natural, y se recogió el pelo en un moño bajo y algo ladeado. Media hora antes del inicio de la ceremonia el timbre del apartamento sonó. Ana se apresuró a abrir la puerta, esperando que fuera Ray, pero en vez de a él se encontró a un policía. Frunció el ceño.

"Buenos días, señorita. ¿Es usted Anastasia Rose Steele?"

"Sí, soy yo. ¿Hay algún problema, oficial?" Ana preguntó mientras apretaba el cinturón de su albornoz.

"¿Conoce a algún Raymond Steele?"

"Sí, soy su hija. Bueno, su hija adoptiva. ¿Dónde está?" Ana sintió un nudo en su garganta. Algo no iba bien.

"Lo siento, señorita. Su padre adoptivo ha estado envuelto en un accidente de tráfico. Ha tenido que ser trasladado al hospital y en el momento actual está en quirófano."

"¿Qué hospital?" Ana palideció.

"El Providence Saint Vincent. Permítame que le lleve, señorita."

Ana corrió hacia su habitación y se puso unos tejanos, una camiseta y las Converse, cogió el bolso y el teléfono y siguió al policía hacia su coche. En el camino, telefoneó a su madre y envió un mensaje de texto a Kate. Sus únicos pensamientos se centraban en su padre: tenía que estar bien. Tenía que estar bien. Por favor, Dios, permite que esté bien.

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Christian saltó del Audi con mariposas en el estómago. Tenía ese hormigueo en la punta de los dedos que le hacía sacudir las manos constantemente. Estaba increíblemente nervioso, pero al mismo tiempo no podía esperar a encontrarse con Sol de Medianoche al fin. Elliot salió también del coche. Estaba tan orgulloso de su chica que no se hubiera perdido por nada del mundo su discurso. Christian le había dicho que iba a pasar la noche en Portland, así que había decidido ir a la graduación con él, pasar la noche con su adorable y traviesa Kate, y volver a Seattle con Christian al día siguiente. Pero el comportamiento de Christian era raro. Parecía feliz, pero sobreexcitado. Demasiado. Era como si su hermano no estuviera acostumbrado a hablar en público, y de hecho era un puto genio llevando a la gente a su terreno, así que no había niguna razón aparente para que estuviera así. Taylor, el jefe de seguridad de Christian y su hombre de confianza, quien conducía el coche, también sentía que había algo raro en la manera de comportarse de su jefe.

Cuando llegaron al escenario, allí estaba Kate, quién se lanzó a los brazos de Elliot con la cara llena de preocupación mientras le abrazaba con fuerza.

"¿Qué pasa, mi ángel? ¿Te encuentras mal?" Elliot le preguntó levantándole la barbilla para mirarle a los ojos.

"Oh, Elliot… el padre de Ana ha tenido un accidente de tráfico. Está gravemente herido; ahora mismo está en quirófano."

"¡Joder! ¿Está Ana con él?" Elliot exclamó.

"Sí, está con él. Ya he informado al decano y al Sr. Clayton, el director de orquesta. Ana iba a tocar un solo de piano y algunas otras piezas con el resto de la banda."

"Pobre Ana… ¿y ella cómo está?" Preguntó Elliot.

"Parecía asolada por teléfono cuando hemos hablado. Ray es su padre adoptivo, pero es el único padre que ha conocido, y están muy unidos."

"Bueno, esperemos que todo vaya bien."

Christian se acercó a la pareja. Notó que algo no iba bien.

"Buenos días, señorita Kavanagh. Me alegro de verla de nuevo. ¿Ocurre algo?" Christian preguntó educadamente.

"Oh, buenos días Sr. Grey. El padre de mi compañera de piso ha tenido un terrible accidente de tráfico y estoy muy preocupada por él, y por ella. Está tan unida a su padre… y además se va a perder su graduación. Iba a tocar el piano en el concierto final. Estoy muy triste por los dos." Kate le explicó apoyando su cabeza en el pecho de Elliot.

"Lo siento mucho, por ellos dos. ¿Hay algo que pueda hacer? Lo digo de veras." Christian preguntó diligentemente.

"Muchísimas gracias, pero creo que lo único que podemos hacer es esperar a que los médicos puedan salvarle." Kate respondió agradecida.

"Bueno, así es mi hermano; siempre ofreciendo su ayuda incondicional." Elliot sonrió a Christian mientras acariciaba la mejilla de Kate. "Por cierto, su nombre es Kate. Deja ya lo de señorita Kavanagh. Y además, creo que le voy a permitir llamarte Christian." Kate golpeó el hombro de Elliot y Christian puso los ojos en blanco.

La ceremonia transcurrió sin ninguna incidencia. El discurso de Christian hizo que todo aquel que le escuchaba quedara impresionado, especialmente tras explicar las razones por las cuales apoyaba el proyecto de agricultura ecológicamente sostenible y a la banda de música. Llegado ese punto, Kate recordó que no había llegado a contarle a Ana que el mismísimo Christian Grey había preguntado por la identidad de Sol de Medianoche después de su entrevista; quizás ese interés le deparaba una buena oportunidad de trabajo. El discurso de Kate tuvo un efecto similar; fue una inteligente y aguda aproximación acerca de la actual situación de la gente joven, y de la importancia de, no sólo aprovechar al máximo las buenas oportunidades, sino también de cómo activamente buscarlas. De hecho, su inspiración había sido una de las cosas de las que Christian había hablado con Kate ese día durante la entrevista.

Después de casi dos horas de entregar cientos de diplomas, de sufrir a docenas de mujeres agitando sus pestañas (y también otras partes del cuerpo) hacia él y de soportar a los aduladores que le rodeaban, Christian había llegado a su límite. Casi perdió la compostura cuando entregó el diploma de la compañera de piso de Kate a otra estudiante por error. Para él, suponía un comportamiento realmente desconsiderado por parte del personal del campus no haberlo separado del resto. Leyó su nombre, 'Anastasia Rose Steele'; le gustaba. Guardó él mismo el diploma para dárselo a Kate más tarde. En ese momento, tan sólo quedaba el concierto, y después era el momento de la verdad. Se preguntaba si quizás era una de las recién graduadas a las cuales había entregado el diploma. Siempre había pensado en que le reconocería en el momento en que la viera o la tocara, incluso sin saber a ciencia cierta que se trataba de ella. Se imaginaba que tendría que existir algún tipo de electricidad entre los dos, algo diferente, pero no había notado nada especial con ninguna de las mujeres de esa interminable fila. Sentía que algo no iba bien, pero decidió dejar ese sentimiento a un lado y centrarse en su futuro inmediato.

Al finalizar el concierto, se acercó a Elliot y Kate, los cuales hablaban con un chico de piel oscura.

"Srta. Kavanagh… quiero decir, Kate… magnífico discurso."

"Gracias, Christian. Lo mismo te digo. Ha sido muy explicativo." Kate sonrió a Christian. Oírle hablar de su desnutrición en su primera infancia le había impresionado. Ana tenía razón; no era tan malo. En absoluto.

"De nada. Por cierto, aquí tienes el diploma de tu compañera de piso. Ha sido verdaderamente desconsiderado y negligente que no lo hubieran separado de los demás a tiempo, y casi se lo entrego a otra estudiante." Christian agitaba su cabeza en desaprovación mientras se lo entregaba a Kate.

"Gracias." Kate permaneció en silencio y pensativa. "Me pregunto cómo está Ray y cómo lo lleva Ana."

"Por cierto, puedes decirle a Anastasia que me haré cargo de todos los gastos que el seguro de su padre no cubra. Sé que los tratamientos necesarios después de este tipo de accidentes acostumbran a ser largos y caros."

"Guau, hermanito, eres increíble. Ana estará eternamente agradecida." Elliot exclamó palmeando el hombro de Christian.

"Christian, es muy generoso de tu parte. Se lo diré. Muchísimas gracias." Kate dijo anonadada.

"Es lo mínimo que puedo hacer." Christian dijo encogiendo los hombros, quitándole importancia.

"Por cierto, este es José Rodríguez, un amigo mío y de Ana." Kate dijo presentando a José.

"Un placer conocerle, Sr. Grey. Es un gran honor." José ofreció su mano a Christian y este la aceptó.

"Igualmente, José. No te graduas hoy, ¿verdad?"

"No. Todavía estaré un año más por aquí."

"Bueno, si me disculpáis, me tengo que ir." Dijo Christian sonriendo mientras giraba sobre sus talones.

"¿No vienes con nosotros a celebrarlo?" le preguntó Elliot.

"No, Elliot. Tengo algo realmente importante entre manos ahora mismo." Christian respondió con una amplia sonrisa.

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Ana estaba sentada en la sala de espera situada delante del área quirúrgica. Carla y Bob también estaban allí, sentados a lado y lado de ella, con sus manos en el regazo de Ana, agarrando fuertemente las de ella. Carla recitaba una especie de pregaria con los ojos cerrados. Bob miraba al suelo en silencio. Ana miraba fíjamente a la pared que tenía delante, sintiéndose entumecida. Tenía los ojos manchados de máscara de pestañas y las mejillas teñidas de lágrimas secas. Notaba un agujero en el pecho que emanaba un frío tan intenso que se sentía congelada desde el interior. Ni siquiera la chaqueta de Bob conseguía aliviarle. Ray llevaba tres horas en quirófano y todavía no tenían ninguna noticia. Su teléfono había sonado unas cuantas veces, pero no se había molestado en mirarlo. De repente, apareció una mujer joven vestida con un pijama azul. También llevaba una especie de gorro de tela con un estampado de flores. Parecía estar exhausta, pero tenía una sonrisa alentadora en su cara.

"¿Ana Steele?" preguntó.

"Sí, soy yo. ¿Cómo está mi padre?" dijo Ana saliendo de su estupor mientras los tres se levantaban de sus asientos.

"Soy la Dra. Mathews, el cirujano principal en la intervención de tu padre. Ya que no hemos tenido la oportunidad de hablar hasta ahora, les voy a explicar la situación desde el principio." Ana, Carla y Bob asintieron en silencio. "Debido a la colisión, Ray sufrió un traumatismo craneal menor, un traumatismo abdominal severo y una fractura de fémur. Permaneció consciente y orientado todo el tiempo hasta el momento de la sedación preanestésica, así que es poco probable que nos encontremos delante de algún daño cerebral severo. De todas maneras, serán necesarias algunas otras pruebas complementarias, como un TC craneal, para asegurarnos. La fractura de fémur ha sido estabilizada con una fijación externa. Esta es una medida temporal esperando la completa estabilización de Ray, y el tratamiento definitivo será un clavo intramedular." La Dra. Mathews suspiró antes de proseguir. "El traumatismo abdominal causó un hemoperitoneo masivo cuyo origen era una fractura en el bazo. Tuvimos que realizarle una esplenectomía. No se ha encontrado ningún otro daño importante, ni intestinal ni en otra localización abdominal. También se ha tenido que practicar una transfusión sanguínea." La doctora sonrió. "Estará bien. Es un hombre muy fuerte."

"Muchísimas gracias." Ana abrazó fuerte a la doctora y le soltó cuando fue consciente de la familiaridad de su acto. "Lo siento," musitó.

"No te preocupes, no pasa nada" contestó la doctora con una mirada cálida. "De nada. Podrá entrar una persona a verle dentro de aproximadamente unas dos horas cuando sea trasladado a la UCI."

La doctora se marchó y Ana, Carla y Bob se fundieron en un abrazo lleno de esperanza.

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Christian suspiró profundamente y salió del coche. Tenía una rosa blanca en su mano derecha.

"Taylor, no te necesitaré hasta dentro de unas horas. Te haré saber cuando quiero que vengas." Taylor asintió y dejó a su jefe en la fuente de la Familia Firstenburg. Se preguntaba qué demonios tendría ese hombre entre manos. Se había dado cuenta del gran cambio en el comportamiento de su jefe; gruñía menos a menudo, incluso a veces parecía… casi feliz. Se oían menos gritos en medio de la noche. Y lo que era más increíble: hacía ya algún tiempo que no venía ninguna de esas mujeres morenas y menudas. No más Sala de Juegos. Esa puerta había permanecido cerrada desde Fin de Año. ¿Se estaría transformando en una especie de budista célibe, o algo por el estilo?

Christian caminaba de un lado a otro. Esa parte del campus estaba bastante tranquila en ese momento. Cortó el tallo de la rosa y la colocó en su solapa. Miró a su alrededor, pero nadie se acercó. Tomó aire, pasó las manos por su pelo y comenzó a caminar alrededor de la fuente.

Esperó una hora y media por ahí. Nadie apareció. Entonces, decidió entrar en la cafetería que había delante de la fuente. Podría continuar esperando allí. Ella tenía que venir. Fue ella quien le animó a quedar y conocerse. Confiaba en ella.

Pasaron dos horas más. Christian se sentía perdido. Sus ojos se habían oscurecido, y estaban brillantes debido a las lágrimas que amenazaban con aparecer. Le costaba respirar adecuadamente. Ella no iba a venir. Se levantó de su silla y se dirigió hacia la barra. Con una máscara de fingida normalidad, le pidió educadamente a la camarera una hoja de papel y un sobre. Ella estaba en las nubes; había estado observándole todo el tiempo, sin preguntarse qué hacía Christian Grey en su cafetería él sólo, sino tan sólo simplemente disfrutando el espectáculo. Christian volvió a su mesa y empezó a escribir una carta. Cerró el sobre y escribió en el dorso 'para Sol de Medianoche'. Cerró los ojos y se regocijó en el dolor agudo que sentía en el pecho; al menos podía sentir eso. Conocía ese sentimiento demasiado bien. Hacía ya casi seis años, él se habíaprometido a sí mismo que no volvería a sentirse así jamás, pero esta vez era incluso peor. Al menos, esa vez fue por el bien de ella. Quizás ahora se encontraba en la misma situación; él no era bueno para nadie; quizás ella al fin se había dado cuenta y había decidido no venir. No sabía por qué, pero se sentía como si aquella fuera su última oportunidad. ¿De qué? No lo sabía. En realidad, no era como si él hubiera pensado en algún momento que tubiera alguna oportunidad de cambiar su vida, pero no podía evitar sentirse así.

Después de algunos minutos, llamó a Taylor para que viniera a recogerle y salió de la cafetería. Ya había oscurecido. Entonces, un chico rubio pasó cerca de él.

"¡Guau! Usted es Christian Grey, ¿no? Es un gran honor… encantado de conocerle, señor." El chico sonrió ampliamente y le ofreció la mano, que Christian aceptó educadamente.

"Igualmente, y felicidades si hoy era el día de tu graduación."

"Bueno, me graduaré el año que viene. Pero gracias de todas maneras."

"Por cierto… ¿no sabrás quién es Sol de Medianoche, no?" preguntó Christian, escondiendo toda la rabia que estaba a punto de explotarle en el pecho.

"Ummm… quizás conozco a alguien que la conoce." Dijo el chico poniendo cara de circunstancias.

"Por supuesto." Christian escupió las palabras, recordando la respuesta de Kate durante la entrevista. "Por aquí todos parecéis conocer a alguien que la conoce."

"¿Cómo?" dijo el chico frunciendo el ceño.

"Da igual. ¿Podrías hacerme un favor?"

"Por supuesto, Sr. Grey."

"Hace unos minutos, un chico vino y me dio este sobre. Me dijo que contiene una carta para Sol de Medianoche. Ya sabes… la gente se piensa que conozco a todas las personas del planeta…" dijo Christian moviendo su mano en el aire como si no pasara nada. "Me pidió que se la hiciera llegar." Esperaba que esa ridícula historia fuera creíble.

"No hay problema, señor. Yo se la haré llegar."

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Ana estaba sentada al lado de la cama de Ray. Él estaba plácidamente dormido y Ana cogía una de sus manos entre las suyas. Carla y Bob habían vuelto a su hotel, pero ella quiso pasar la noche en el hospital. Estaba más tranquila ahora que sabía que Ray estaba fuera de peligro, pero aún así se resistía a dejarle solo. De repente, sintió un dolor agudo en el centro del pecho, que se irradiaba sin piedad hacia su espalda, haciendo que no pudiera respirar durante varios segundos. Se levantó de la silla, y se dobló hacia adelante, apoyando las manos en sus muslos, buscando algo de aire para llenar sus pulmones. Unos minutos después, ya podía respirar con normalidad, pero el dolor aún seguía allí. Y sin ninguna razón aparente, comenzó a llorar de manera desconsolada, sintiendo una tristeza fría y amarga invadiendo su alma.