Acercarnos de nuevo

Capítulo 1: Despertar

Ya han pasado meses desde que regresé al Distrito 12. Pero sin mi hermana Prim, nada tiene mucho sentido para mi. De no haber sido por él, habría pasado el resto de mi vida sentada en aquel sofá, sin comer, sin bañarme. Respirando, pero muerta por dentro. Existiendo sin vivir realmente. No sentía que quedase nada para mí. No hacía el esfuerzo por cuidarme porque realmente no me importaba dejar pasar el resto de mi vida sentada ahí, viendo hacia el vacío, sin sentir nada, sin querer vivir más. ¿Por qué debería yo disfrutar de la vida que se le había negado a Prim? No podía evitar pensar que todo fue en vano. Ella fue el motivo de que yo fuera voluntaria en los juegos del hambre. Y ni yendo en su lugar a la Arena pude mantenerla a salvo. Que Snow estuviera muerto, el haber matado a Coin…Nada tenía sentido porque nada podría devolverle la vida.

Después de la revolución la situación de los distritos debía mejorar y era algo que ella nunca podría ver. No podía evitar pensar en todo lo que ella no podría llegar a ser. Doctora, esposa, madre…mi hermana, mi familia. Los minutos, las horas, los días pasaron y yo solamente seguí existiendo como un cuerpo sin alma. Y ni siquiera era un cuerpo entero. A estas alturas, era como una muñeca inanimada y rota. Mi cuerpo estaba cubierto de quemaduras y parches de piel que los doctores habían trasplantado a mi cuerpo en el hospital del Capitolio; mi cabello estaba corto, irregular y chamuscado por el fuego, incluso había partes de mi cabeza que se habían quedado sin cabello por completo… Habían intentado remendarme, pero yo estaba rota más allá de cualquier reparación. "La chica en llamas"…vaya apodo más irónico para una chica cuyas llamas terminaron por consumirla hasta dejarla prácticamente irreconocible ante los ojos de todos los que la conocieron, incluso los suyos.

No podía reconocer en mí a aquella chica de 16 años que se ofreció voluntaria en los septuagésimos Juegos del Hambre.

No había pensado en Peeta como algo más que otra de las muchas pérdidas de la revolución. Hasta aquel día en que lo vi plantando prímulas y entonces supe que, si bien el tampoco debía estar pasándola bien, al menos tenía mejor aspecto que yo. Podrías adivinar que su último baño había sido el día anterior, no meses atrás como el mío. Si bien estaba más delgado que de costumbre, se veía saludable. Sus mejillas estaban sonrojadas por el esfuerzo y el sol que quemaba su piel en aquel día. Todo el irradiaba vida. Ya no era el chico atormentado y tembloroso que recordaba. Pero ya nadie era como yo recordaba. No intercambiamos muchas palabras. Lo último que le escuché decir antes de entrar a mi casa corriendo fue algo acerca del y contestar el teléfono.

Después de aquel breve encuentro me sentí avergonzada. Después de meses, subí a donde había sido mi habitación. Saqué algo de ropa de entre los cajones y el closet y me dirigí al baño apresuradamente.

Quemé la rosa que Snow había dejado en el estudio, quemé la bata de hospital que no había dejado mi cuerpo durante meses y me metí en la bañera durante horas, deseando que el agua pudiese borrar las cicatrices y hacer que mi antiguo yo volviera. Pero desear nunca ha sido suficiente para nadie.

Cuando Sae la Grasienta me vio bajar ese día, y sentarme a intentar ingerir algo de la comida que ella me había preparado, pude descifrar en su mirada que se moría por darme un abrazo, pero que algo la detenía. Todos estaban asustados de mí, mi mera presencia era un repelente para la compañía. Haymitch igual me visitó un par de veces, pero se limitaba a sentarse al otro lado de la habitación, con su botella en la mano, como siempre. El entendía, no había necesidad de decirle. El sabía que el Sinsajo había perdido sus alas el día en que estallaron las bombas en la mansión de Snow.

En algún punto de aquel día, comprendí que los días en los que simplemente me quedaba sentada mirando a la nada, esperando que de alguna manera mi vida simplemente se acabara, en los que podía evadirme todo lo que quisiera, habían llegado a su fin. Ahora debía preocuparme por seguir adelante. Y no tenía ni la menor idea de cómo hacerlo.

Pero el tiempo pasa, sobre todo cuando te sientes tan vacío como yo me sentía. El dolor comenzó a apaciguarse con el paso de los meses, aunque no desapareció sino que dio paso a otro sentimiento nuevo: hastío, apatía hacia la vida y hacia lo que sucedía a mi alrededor. Ya no estaba ausente como antes, con la mente volando hacia aquel fatídico día en que mi hermana voló en pedazos y repitiéndolo una y otra vez en mi cabeza. Ya no estaba en estado catatónico, sino presente. La diferencia era que ahora elegía no darle importancia a lo que pasaba a mi alrededor . Los días eran los mismos. Sae la Grasienta en mi cocina desde temprano en la mañana preparando el desayuno y el almuerzo (siempre lo dejaba ahí para que yo lo comiera cuando quisiera y a diferencia de antes, ahora lo hacía). La hora del desayuno siempre era el momento más concurrido en mi la cocina. Sae eventualmente fue convenciéndome de hacer más cosas: un día de que saliera a cazar al bosque algunas veces a la semana porque la carne fresca de caza nunca estaba de sobra, otro día de ayudarle a limpiar la casa y al final de que sería buena idea que Peeta se nos uniera a desayunar ya que "el chico se encontraba muy solo sin su familia en esa casa enorme" y ya que teníamos carne de sobra, así no se desperdiciaría, además de que un poco de pan fresco a nadie le hace daño. Nunca objeté nada de ello. No tenía caso. Nada me molestaba ni emocionaba, realmente todo me era indiferente. Y a partir de ese día, ahí estaba él, el chico del pan sentado en la mesa en las mañanas, con su hogaza de pan caliente con nueces y pasas (debía recordar que ese fue el mismo tipo de pan que me tiró en la lluvia cuando tenía 11 años, y que terminó salvándome la vida)

En la mesa siempre había charlas a las que apenas prestaba atención. Peeta y Sae intercambiaban chismes y novedades acerca del distrito: quienes habían llegado de otros distritos, cómo iba la reconstrucción de las casas destruidas en el bombardeo, que el Edificio de Justicia iba a ser el siguiente proyecto de construcción en el que participarían la mayoría de los habitantes. No es que los estuviera evadiendo o algo, si me hacían alguna pregunta la respondía…simplemente no hacía ningún esfuerzo por integrarme a la conversación. Aunque lo intentara no sabría que decir, ya que realmente no había visitado la ciudad desde que regresé al Distrito. No había salido para nada de la Aldea de los Vencedores más que para ir al bosque, en el cual tampoco me había adentrado demasiado por miedo a que los recuerdos que con él iban ligados terminaran por aplastarme de nuevo. Lo que más detestaba de todo aquello, es que el ese bosque había formado un sinfín de buenos recuerdos durante muchos años, tanto como lo que mi padre me enseñó sobre la caza y recolección, las tardes en el lago y aprender a nadar, sentarme a escucharlo cantar…Y si bien la herida de su muerte estaba casi cicatrizada, la novedad de mis pérdidas más recientes la volvían a traer a la superficie y podía sentir que si no lo evitaba lo más posible, la tristeza iba a terminar por aplastarme de nuevo hasta el punto en el que estaba segura intentaría acabar con mi vida de nuevo. No estaba feliz de estar viva ni encontraba júbilo alguno en ella…simplemente había decidido tolerar mi vida y solamente dejarla pasar hasta que se extinguiera.

Por otro lado, el bosque me traía recuerdos de Gale, y aunque los momentos que pasamos ahí y lo que aprendimos juntos en algún punto de mi adolescencia me había hecho feliz, ahora solo el pensar en su nombre me evocaba directamente a la muerte de Prim, de la cual lo culpaba indirectamente. No, no quería pensar en eso.

Aún no estaba lista para adentrarme demasiado en aquel bosque que tanto había amado, ni para ver el lago y la cabaña que estaba ahí. Ahora el bosque había perdido su magia y solamente era para mí un lugar lleno de fantasmas. No pasaba más del tiempo necesario ahí.

Mis días transcurrían borrosos. Mis noches, excruciantes. Desde que había regresado y mi cuerpo había dejado de estar bajo la influencia de la morflina (el opiáceo era lo único que me dejaba dormir sin parar, su cuerpo lleno de cosquillas y su mente en blanco) no había dormido más de un par de horas en las noches.

Si bien mi estado físico general había mejorado un poco (había ganado peso y la piel tirante de las quemaduras dolía menos) pero en el aspecto del sueño, todo iba de mal en peor.

La mayoría de las pesadillas envolvían a Prim y la explosión, aunque otras veces aparecía Rue también, reclamándome el no haberla salvado de la lanza que la mató…otras eran acerca de ella flotando en la oscuridad, sin poder ver su camino y de repente sentía que unas manos tiraban de sus pies, otras de sus brazos, de repente un montón de cuerpos la rodeaban, había manos tocándola en todo el cuerpo, intentando llegar a su cuello. Entre esos cuerpos podía distinguir algunas caras y voces…eran la gente que había conocido y que había visto morir. Cada noche despertaba agitada, gritando…era el único momento del día en el que me permitía llorar. Regularmente lo hacía hasta convencerme de que todo estaba bien y que no había nadie más ahí, pero el miedo persistía y no podía volver a dormir.

Esa noche en particular desperté agitada por un sonido atronador tan fuerte que me recordó al de las detonaciones de las bombas de la mansión de Snow. En algún momento de la noche había comenzado a llover a cántaros. No era muy común que hubiera una tormenta eléctrica en primavera. Cuando logré calmarme y respirar varias veces, me levanté al baño sin encender la luz y llené un vaso de agua que desde siempre tenía ahí. Lo vacié en un segundo; me lavé el rostro y volví a acostarme en mi cama. No intenté dormir, ya sabía que no tendría éxito. La lluvia no cesó, pero si los truenos y rayos. Esperé hasta el amanecer, hasta que escuché a Sae la Grasienta llegar. Me asomé por la ventana y vi los charcos de agua que se formaban y las gotas seguían cayendo. Era un día especialmente gris. Me levanté y me vestí con unos pantalones y una camiseta cualquiera. Cuando bajé la escalera y la vi en la cocina, le di los buenos días, a lo cual ella me respondió con una sonrisa.

Mientras ella rompía unos huevos en la sartén, Buttercup maullaba y se contoneaba en la cercanía, atraído por el aroma del tocino recién hecho que yacía en un plato a un lado de la estufa. Yo me acerqué hacía ahí y serví un poco del té caliente que la mujer había preparado no hacía mucho. Me senté a la mesa y aspiré el aroma a hierbas del brebaje. Camomila y hierbabuena. Yo misma había recolectado dichas hierbas, que Sae se encargaba de secar y almacenar, y cada mañana utilizaba un colador para preparar el té. Suspiré después de haber tragado el líquido, la sensación de calor pero a la vez frescura por la hierbabuena me hicieron sentir reconfortada. Cerré los ojos un momento, mientras apoyaba mi rostro en una de mis manos.

-Te ves terrible.- dijo Sae la Grasienta, el sonido del plato con huevos y tocino que asentó frente a mi en la mesa me devolvió a un estado de alerta.- ¿Cuándo fue la última vez que dormiste?

Me encogí de hombros.

- Por qué no hacemos esto…Te comes el desayuno y luego intentas dormir un poco.- sugirió.

- ¿Dónde está Peeta?

- Hoy llegó el tren con suministros. Estuvo hablando toda la semana sobre los ingredientes nuevos que ordenó. ¿Alguna vez haces caso de lo que dice el chico?- se rió en su camino de nuevo hacia la cocina, para lavar las sartenes sucias.

Me pilló. Podría jurar que me estaba tomando el pelo.

Sonreí un poco, intentando pedir disculpas sin decirlo, mientras seguía picando un poco y dando bocados pequeños a mi desayuno. No tenía apetito. Buttercup se untó en mis pies y en las patas de la silla, insinuando con sus maullidos que esperaba que le diera algo de mi comida.

-Deberías intentar no alejar al chico- dijo Sae desde la cocina.- Eres lo único que le queda.

Como si necesitara que me hicieran sentir peor al respecto. Sabía que el no tenía a nadie más. Yo misma no tenía a nadie tampoco. Aparte de Haymitch, no había nadie más cerca a quien pudiéramos llamar "amigo" o "familia". No odiaba a Peeta, no había manera en la que pudiera odiarlo. Nada de lo que había sucedido era su culpa. No podía evitar pensar que sólo había sido arrastrado a todo esto gracias a su asociación conmigo por circunstancias que estaban fuera del control de ambos. En los primeros juegos, el destino nos jugó una mala pasada, los segundos fueron consecuencia de lo que sucedió en los primeros y que terminó en una fuga de la arena, de la cual no fui informada ya que los involucrados habían optado por mantenernos en la ignorancia. La rebelión y el papel que se me dio en ella fue algo que eventualmente acepté pero de lo que el nunca supo nada hasta que fue rescatado. Al final de todo esto solamente obtuvo una pierna amputada, una familia enterrada bajo los escombros de su antigua panadería, una mente perturbada y envenenada y finalmente, un cuerpo cubierto en quemaduras similares a las mías, aunque quizás un poco menos severas. Un cuerpo roto que sin embargo el parecía haber conseguido reparar con el paso de los meses hasta parecer una persona casi normal. Y yo no entendía como podía hacerlo. Juntar todas las piezas de sí todas las mañanas, levantarse, hornear como hacía antes, sonreír con la misma sonrisa con la que lo había conocido. ¿Acaso el podía olvidar? Después de todo lo que le había pasado por mi culpa, ¿cómo podía verme todas las mañanas cuando se sentaba en la mesa a la hora del desayuno? Después de todas las atrocidades, seguía siendo el mismo chico amable que había conocido, definitivamente una mejor persona que yo.

Su futuro se pintaba brillante, a diferencia del mío que solo se veía más oscuro y tedioso. La verdadera razón por la que decidía no prestarle demasiada importancia a su presencia era porque si no mantenía cierta distancia la culpabilidad me consumiría. Me sentía culpable de todo lo que le había pasado desde los primeros juegos. Y sin ninguna amenaza de muerte presente ahora o cualquier otra situación de la cual preocuparme, ahora que tenía tiempo libre para lamentarme nada podría evitar que pensara en eso. Y no podía permitirme demasiada cercanía a él si yo quería lidiar con este presente que tenía frente a mí, de la manera que fuese más soportable.

Maldije a Sae la Grasienta por un momento, por hacerme pensar en esto.

Tomé mi plato y lo puse en el suelo, para que Buttercup comiera las sobras, y el estúpido gato no tardó en abalanzarse encima de los trozos de tocino que quedaban en él. Me llevé mi taza de té y sin decir nada me dirigí al sofá de la sala, asenté la taza en la pequeña mesita que estaba en el centro y me recosté en él, cerré los ojos y me enfoqué en escuchar el sonido de la lluvia.

Todo lo que podía ver era la colita de pato que se asomaba entre la multitud de niños heridos y el humo. La vi voltear hacia mi y pronunciar mi nombre, pero solo pude leer sus labios, ya que todo pasaba frente a mi en cámara lenta. Hubo una explosión y de repente Prim estaba en llamas, gritando mi nombre y esta vez podía escucharlo. Corrí hacia ella e intenté apagar las llamas que derretían sus facciones frente a mi, pero no podía. Mis brazos eran ahora alas negras y yo misma comencé a arder en sus llamas. El calor chamuscaba mis plumas y por más que agitaba las alas que tenía en lugar de brazos solo conseguía avivar el fuego que estaba consumiéndome. El terror me enloquecía y el calor que aumentaba no hacía más que desesperarme aún más y aturdirme. Comencé a moverme y retorcerme mientras mi hermanita se quedaba mirándome con expresión impasible.

Comencé a asfixiarme con el humo que emanaba mi cuerpo al consumirse y cuando pude levantarme, estaba oscuro y tropecé con la mesa y la taza que había dejado ahí temprano estrelló en el suelo, convirtiéndose en astillas. Aún sin poder respirar y confundida, corrí hacia la puerta y salí al exterior de la Aldea de los Vencedores, histérica, gritando, agitando mis alas en la lluvia, que caía incesante del cielo, para ver si el agua helada podía apagar esas llamas que me quemaban, intentando meter aire a mis pulmones, el suficiente para pedir ayuda, llamar a alguien que pudiese extinguirme hasta volver a ser lo que era, o cuando menos, algo. Alguien. Derrotada, me dejé caer, mi histeria cediendo un poco para dar paso a las lágrimas y sollozos, vociferando como no lo había hecho en meses.

Casi de inmediato unos pasos rápidos se acercaron a mí, entorpecidos por el lodo que la lluvia había formado al entrar en contacto con la tierra, y cuando me di cuenta se hallaba hincado a mi lado, unos brazos me sujetaron firmemente los hombros, obligandome a alzar la vista y mirarlo.

- ¡Dios, Katniss! ¿ Qué pasó?.- sus ojos azules consternados y su cabello ondulado y rubio, cayendo mojado sobre su frente.- ¿ Estás herida?

No podía responderle, no podía dejar de llorar. Mis manos temblorosas se aferraron a la manga de su camiseta blanca, ensuciándola con el lodo con el que había manchados mis manos. Otra puerta se abrió en la casa contigua.

-¿Qué carajo está pasando? ¿Qué es todo ese puto escándalo?- gritó un Haymitch muy ebrio cuando se asomó a su porche a contemplar el espectáculo con su botella en la mano.

- No lo sé, salí en cuanto escuché gritos... Creo que está teniendo un ataque de pánico- respondió Peeta, para de nuevo volver su atención a mí, pegándome a su pecho, intentando calmar mis sollozos mientras con la otra mano acariciaba mi cabello, susurrándome palabras al oído.- ¿Fue una pesadilla, verdad?...shhh…ya pasó…estás a salvo…

- ¿Necesitas ayuda?- volvió a gritar Haymitch desde su puerta.

- No, ya la tengo.…- dijo Peeta.

- Aldea de los Vencedores…bah…más bien Aldea de los mentalmente jodidos…- bufó el hombre antes de volver a desaparecer en la entrada de su casa.

Mis sollozos habían cedido, dando paso a un llanto mas silencioso. Peeta me ayudó a levantarme, mi cuerpo ahora tiritaba por el agua fría de la lluvia. Sin desaferrarme a el, lentamente me guió hacia la entrada de mi casa, prendió la luz, me guió por la escalera, escalón por escalón, dejando un rastro de lodo a nuestro paso, hasta que estuvimos arriba y me dejó guiarlo hacia la habitación que había elegido para mi. Me senté en la cama, mojando la colcha que la cubría. Peeta se puso de rodillas frente a mí y sujetó mi mano. Tenía frío.

- Hey…- susurró mientras acariciaba suavemente mi mano con su pulgar- ¿Ya te sientes mejor?

Asentí sin atreverme a decir nada.

- Estás helada…será mejor que te quites esta ropa mojada y te des una ducha caliente. Te pondré el agua.- se levantó y se dirigió hacia el baño, escuché el sonido del agua de la ducha correr y lo vi aparecer de nuevo. Se paró al lado de mí y me extendió la mano y me guió hacia el baño. Me sentí como una niña. pequeña Cuando estuve dentro se paró en la puerta. y me sonrió – Bueno, te dejo por tu cuenta a partir de ahora.

- No te vayas… Por favor…-le imploré en un momento de vulnerabilidad. Luego tendría tiempo de odiarme por ello, por pedirle algo así, aprovechándome de su buen corazón. Sabía que no se negaría, lo cual me hacía sentir peor, como si fuera una mujer calculadora y egoísta a quien no le importaba tener que aprovecharse de alguien para sentirse reconfortada. En ese momento en el que me sentía desorientada y perturbada no me importó ser esa clase de persona. Necesitaba a alguien que estuviera ahí para mí. No sólo necesitaba la compañía, la añoraba.

Peeta me miró con una expresión que indicaba que mi petición le había tomado por sorpresa. Suspiró.

-Está bien. Pero primero date una ducha. Iré a cambiarme a casa.- fue lo último que dijo antes de cerrar despacio la puerta del baño.

Me desnudé de mis ropas mojadas y me metí bajo el chorro de agua caliente. Apreté unos botones para regular la temperatura hasta dejarla templada. Después de esa pesadilla tan vívida no estaba de humor para el calor. Me paré bajo el chorro un rato, cerrando los ojos y concentrándome en respirar. Mi madre me había enseñado eso, poco después de haber regresado del Capitolio al final de mis primeros Juegos del Hambre. Al ver que mis terrores nocturnos eran diarios y que me agitaba demasiado, me enseño a respirar de esa manera, un método que ayudaba a reducir la ansiedad, según había aprendido de sus padres cada vez que tenían un paciente histérico. Durante un segundo me pregunté que estaría haciendo ella en este momento. El pensamiento no me duró demasiado. Después de unos minutos salí de la ducha, me sequé, me puse algo de pomada en mis quemaduras (al menos en las que alcanzaba),busqué en mi cesto de ropa por el par de shorts y camiseta para dormir de la noche anterior y me lo puse. Sequé más mi cabello con la toalla.

Cuando salí del baño, Peeta estaba sentado en mi cama. Su ropa era diferente y esta estaba seca. Seguía lloviendo a cántaros, así que seguro había traído un paraguas. Tenía en la mano un cobertor grueso de color beige, que reconocí como mío.

- Estaba en el sofá. Supuse que lo necesitarías ahora… - se explicó encogiéndose, al verme mirándolo. No recordaba haberlo llevado abajo. Seguro Sae había subido por el cuando la vio dormida en el sofá y se lo había puesto. Quizás eso explicaba parte del calor intenso que sintió, aparte de la sensación provocada por las llamas de su pesadilla.

- Igual limpié los vidrios rotos. Había una taza rota en el suelo- agregó Peeta. Lo recordaba.

- Si, creo que la tiré cuando me levanté.- respondí, mientras me peinaba el cabello un poco con los dedos.- Ni siquiera sé que hora es.

- Son poco más de las nueve.- me siguió con la mirada cuando caminé hacia el otro lado de la cama y me subí sentándome en medio con las piernas estiradas.

- ¿Quieres hablar de eso?- me preguntó suavemente. Su manera de cuestionarme algo siempre sonaba tranquila, nunca me hacía sentir obligada a responderle. Se movió hasta quedar sentado a mi lado en la misma posición.

- No pude dormir ayer por los truenos. Tenía sueño y me quedé dormida en el sofá. Tuve una pesadilla en la que me quemaba y no podía apagar las llamas y luego…de alguna forma terminé afuera bajo la lluvia.- susurré avergonzada, mirando los dedos de mis pies.

- Me diste un susto de los mil demonios, Katniss. Estaba lavando trastes en la cocina cuando te escuché gritar…creí que estabas herida…sentí que el corazón se me iba a salir del pecho.- se le escapó una pequeña sonrisa.- Los truenos de ayer…Te recuerdan a las bombas, ¿verdad?

Asentí, sintiéndome aún más vulnerable. Odiaba esa sensación.

- A mi también.- dijo mientras se recostaba, un tono triste en su voz- Sueño con ello todo el tiempo.

Me incliné hacia el buró de su lado de la cama para apagar la lámpara de noche y luego volví a posicionarme como estaba.

- Siempre he creído que a ti te iba mejor que a mi en ese aspecto…Quiero decir, nunca te he visto demasiado cansado.- me sentí un poco tonta al decir esto. Por supuesto que tenía pesadillas. Nadie que hubiese estado en una Arena podría estar libre de ellas. Incluso Haymitch, después de 25 años seguía teniéndolas, he ahí que durmiera con un cuchillo en la mano. Pero al menos parecía que el dormía un poco mejor que yo, al fin y a cabo.

-A veces hago siestas cortas en la tarde…no logro quedarme dormido demasiado tiempo…francamente, lo evito.- respondió él con franqueza, como enunciando un hecho.

- Lo siento- dije en voz baja, esperando que no lo escuchara.

- No es como si fuera tu culpa.- me reprendió ligeramente,extendió el cobertor encima de sus piernas y las mías y luego abrió sus brazos, invitándome a recostarme sobre uno de ellos. Me incliné hacia él y me apoyé en su brazo derecho, usándolo como almohada mientras acercaba mi cabeza a su pecho. Con su mano libre comenzó a jugar con mi cabello.

Normalmente tanta cercanía me haría sentir incómoda, pero en aquel momento, por primera vez en mucho tiempo, me sentí reconfortada y segura. Sabía que tenerlo aquí probablemente no evitaría que las pesadillas llegaran, pero sabía que las haría más llevaderas. Igual que aquellas noches en el tren. Era más fácil para ambos tener a al otro a un lado, para despertarnos y mostrarnos que todo estaba bien, que lo que estábamos viendo no era real o que si lo era, ya había pasado, que estábamos a salvo. Sus dedos en mi cabello me relajaron bastante y me abrí a la posibilidad de poder llevar este ritual nocturno a cabo de nuevo, ya que nos beneficiaba a ambos. En mi estado actual, este ritual no daba lugar a ningún tipo de sentimientos románticos y esperaba que por su parte fuera igual.

Disfrutando de la sensación reconfortante, me permití pensar en Peeta sin sentirme mal… ¿Qué hacía en su tiempo libre además de hornear pan? ¿ Seguía pintando? ¿Estaba en contacto con Delly Cartwright, la rubia aquella que era su amiga y que había sobrevivido a las bombas? ¿No se quitaba la prótesis de su pierna para dormir?

¿ Aún le dolía? ¿ Qué lugares de su cuerpo habían sufrido quemaduras como las mías?.

Después de estar un rato así, pudieron ser minutos o pudieron ser horas me animé a preguntar.

- ¿Te quedarías conmigo de ahora en adelante?- oculté mi cara en su pecho por la vergüenza de haber logrado externar aquella sugerencia.

- Siempre.- me respondió, apretándome entre sus brazos, como si la cercanía de nuestros cuerpos nunca fuera suficiente.

Esa noche no dormí mucho. Sólo me quedé escuchando el sonido de su respiración durante horas. El calor y la estabilidad que me brindaban su cuerpo me hicieron preguntarme si algún día yo podía mejorar. Ser una persona lo más completa, tanto como el vacío que habían dejado mis pérdidas me permitirían ser. Esa noche, deseé ser un poco más como el chico del pan.

Por primera vez esa noche sentí un poco de esperanza.


Bueno, vaya. Hace meses que quería escribir este fanfic y no me había animado. Lo raro es que había tenido la idea hace meses y había comenzado a escribirlo, pero mi mente funciona de manera muy desordenada, así que terminé escribiendo pedazos de próximos capítulos sin llegar a tener una idea muy concreta de cómo comenzar. Tengo ideas para aproximadamente 4 capítulos más, así que mis updates, si hay suerte, no serán tan espaciados. Me maldigo a mi misma por ello. Realmente lo hago. Ustedes saben y yo sé que soy una mierda de autora que nunca actualiza o que lo hace muy espaciadamente. Y últimamente me está costando escribir fanfics. Mi talento está más en cuentos cortos y humor negro.

Igual me disculpo por el título pero es que soy pésima para ello...pfft.

Mis smuts tampoco me quedan como me gustaría. Creo que escribía mejor ese tipo de escenas cuando era virgen y ahora que he descubierto lo decepcionante que puede ser el sexo, no sé como describirlo y que sea realista y que ponga horny a las lectoras.

Desgraciadamente, debería estar escribiendo mi tesis en vez de fanfics, así que sentí que tenía que sacarlo de mi sistema…Nah,para que hago excusas, soy la reina del procastinating.

Si quieren dejar reviews con comentarios y sugerencias, buenos deseos o amenazas de muerte, sería genial.

No tengo Beta reader y creo que tampoco lo he considerado demasiado,ya que …ah,no sé, se me hace raro.

Mientras tanto, dividiré mi tiempo entre el trabajo, la tesis y este fanfic, porque la verdad me gustaría completar uno para variar, estoy harta de no concluir ninguno y para este tengo ideas buenas que hasta me hicieron sentir orgullosa. Todo está en cuestión de ordenarlas y rellenar los huecos. Aunque no sea de muchos capítulos, de verdad espero poder ofrecerles una historia para pasar la tarde y que no sea demasiado chafa en calidad.

Bueno, disculpen el testamento de notas. Hasta la próxima! :3