Clima/Estación: Cálido
Mundo Mágico o Muggle:: Mágico
Rating máximo:: +18
Objeto/Palabra/Frases:: "No tenía idea de que sabías rápel" "Hay muchas cosas que no sabes de mí, Potter"
Actividades:: Aventura, rápel
Situaciones que realmente NO quieres en el fic:: , rape, angst, hurt/comfort.
Preferencias/ Notas:: Hay un concurso (a criterio del autor) y el primer premio es un viaje con todo pagado a X lugar del mundo; porque el Destino así lo quiso, empatan, teniendo que compartir el premio. Obviamente no son pareja al principio, pero todo puede cambiar.

Disclaimer: Todo el mundo de Harry Potter y sus personajes son propiedad de J.K. Rowling. Escribiendo este fic no se genera beneficio alguno salvo el de potenciar la imaginación.

Notas de autor: La idea no es mía, pertenece a quien pidió el reto; espero que te guste y no te moleste el poquito de angst que usé para la trama; gracias por la idea.

Mi agradecimiento a las admins, por organizar el fest.^^


Las tres ces

FanFiker_FanFinal

El ascensor llegó al cuarto piso y Luna Lovegood entró, animada, tarareando una canción. Poco después, el elevador paró en todas las plantas hasta recoger a todos los empleados, expulsándolos en el segundo piso, el Departamento de Seguridad Mágica. Allí, más trabajadores del Ministerio se encontraban, charlando, mientras caminaban hacia una de las salas de reuniones de la División Administrativa del Wizengamot, donde Hermione Weasley, ataviada con un traje de corte masculino a rayas, esperaba junto a una enorme urna cristalina.

Luna localizó a Ron Weasley y Harry Potter y se unió a ellos.

En la sala, agrandada con un encantamiento, se mascaba la expectación con rumores y murmullos ante la anunciación del empleado del año, un acontecimiento esperado por todos, debido a la popularidad y buena consideración de que gozaban después los premiados. El concurso al mejor empleado del año se llevaba haciendo desde hace cinco años. El afortunado o afortunada recibía unos días libres junto a un viaje con gastos pagados. En los tres primeros años el premio consistía en dinero en metálico, pero cuando uno de los premiados tuvo problemas de acoso por este motivo, el Ministerio decidió cambiarlo. Y así, Hermione, administrativa de la División de Servicios Administrativos del Wizengamot estaba en el estrado como encargada ese año de organizarlo todo.

El ganador se decidía gracias a dos urnas enfrentadas entre sí; una, repleta de papeles (de metro y medio de largo) y la otra, vacía, de unos veinte centímetros. Con un hechizo y movimiento de varita, la urna con todos los nombres, encantada mágicamente, traspasaba el papel del afortunado a la otra urna, donde se leía en alto el nombre del premiado.

El modo en cómo funcionaba era misterioso; no por nada, las urnas habían sido una creación de Inefables bastante aplaudida: cada vez que un empleado hacía una tarea, su nombre se imprimía en un papel especial que recogía no solo el tiempo que tardaba en realizarla, sino el empeño y el fervor empleados. Ron siempre bromeaba diciendo que si el papel pudiera también registrar el odio con el que él arrestaba magos oscuros, la urna expulsaría su nombre; cuando Harry le recordaba que la proporción de magos oscuros se había reducido tanto tras la guerra contra Voldemort que prefería ser evaluado por ejecutar Patronus cada vez que algún prófugo escapaba de Azkabán con dementores a sus espaldas, Ron montaba en cólera porque realizar un Patronus llevaba mucha energía, y él, como mago golpeador, no tenía contacto con los dementores: para eso enviaban a los aurores. Hermione les recordaba que no todo tenía que ver con las capacidades mágicas del individuo, también se premiaban aptitudes como tesón, fortaleza e inteligencia.

—Tú solo estás rabiosa porque aún no has ganado —Reía Harry, y su amiga lo miraba con tal intensidad que la urna hubiera temblado de estar cerca.

Y es que, Harry Potter, aparte del mago que venció al Señor Tenebroso, el Jefe de los Aurores y el soltero más codiciado, tenía en su haber un diploma como el mejor empleado hace dos años, justo cuando le ascendieron.

—Deberían eliminar el nombre del ganador del año anterior para que el resto de empleados pudiera tener oportunidad…

—Sabes que eso no sería justo, Hermione —Había respondido muy vanidoso, como si él, con su impulsividad y algunas decisiones desafortunadas, pudiera competir contra la inteligencia y brillante capacidad de Hermione como simple administrativa. Ron, como buen esposo, le recordaba que ella había sido cambiada de departamento sin necesidad de ganar el premio al empleado del año, y Harry decía, entre risas, que él ya era Jefe de Aurores mucho antes. Luna Lovegood los escuchaba a veces discutiendo por el tema y concluía en que los gryffindor llevaban muy mal perder, porque ella hacía exactamente el mismo trabajo, con premio o sin él: no por nada era la encargada de descubrir animales mágicos desconocidos y de clasificar especies.

—Pero tú eres rara —Secundaba Ron—. Te gustan los bichos. ¡Un chizpurfle no puede ser bonito! Es un maldito ácaro.

Al menos sacaban la rabia y no se contenían, no como en la Oficina de Trasladores: uno de sus miembros pareciera quedarse con ganas de encantar un cardo en el culo de algunos usuarios del servicio. Y es que crear, revisar y vigilar trasladores era una tarea tediosa, desagradecida y que nadie respetaba. Y Draco Malfoy llevaba tres años trabajando en el maldito Departamento de Transporte Mágico a sus veinticinco años: un desperdicio. Los prejuicios por los antiguos mortífagos seguían calando grave en algunos miembros del Ministerio y para él la única opción de poder ingresar en otro maldito sitio era llegando a ser el mejor en su cargo. Él no tenía enchufes ni favoritismos como Harry-jodido-Potter, que parecía haber nacido con una flor en el culo; y no es que lo dijera él: hasta los medimagos de San Mungo habían pronunciado alguna vez ese vulgar dicho muggle cuando su cuerpo llegaba desmembrado de alguna misión suicida.

De hecho, Draco tenía una teoría para su no-ascenso o cambio a otro departamento: despertaba recelos en los altos mandos y a su lado solía haber un hombre o mujer de confianza para vigilarlo, con temor a que ejecutara maniobras mortífagas, después de que Lucius Malfoy se hubiera librado de ingresar en Azkaban tras una multa de campeonato.

No era una tarea grata, porque el rubio, si bien había cambiado después de la guerra, seguía siendo tan intratable como siempre. Ni estaba a gusto en el trabajo ni tenía demasiadas amistades. Solo se juntaba con un miembro regulador de las Redes Flu que trabajaba en su mismo departamento. Adrian Pucey no viajaba tanto como Draco, su trabajo también era tedioso y solían coincidir en horarios. Adrian, al contrario que Draco, era bien considerado y sus jefes estaban muy conformes con su trabajo y su trato. Él no tenía antecedentes mortífagos, y para los alumnos de Hogwarts fue uno de los pocos slytherin que, aunque vanidoso, no solía burlarse del resto, ni hacía trampas en quidditch. De hecho, era uno de los mejores cazadores del equipo. Draco Malfoy podría estar celoso de Adrian Pucey por su posición, por cómo le veía el Ministerio y porque podía tener muchas más posibilidades de ascender que él, y sin embargo le consideraba un buen amigo. Aún así, ambos competían por ganar ese año y por la misma razón: no por el ridículo premio -ellos tenían dinero a raudales-, sino por la posibilidad de poder cambiar de tarea y departamento. Y por eso llegaron de los primeros, ansiosos, el silencio de la expectación aplastante, esperando en la enorme sala a que las vitrinas hablaran.

Apenas escucharon el breve parlamento de la señora Weasley: seguían con los ojos fijos en las urnas, y cuando la chica alzó la varita y conjuró el encantamiento, en la sala se hizo el más absoluto silencio.

Hermione Weasley podía sentir las miradas de apremio, las manos frotadas con nerviosismo, los labios mordidos gritando "anúncialo ya" y los nervios volvieron a su persona. ¿Y si lo hacía mal? ¿Y si pronunciaba erróneamente alguna palabra? Cierto, llevaba ensayando tres días con un miembro del Wizengamot, y era brillante, ellos mismos le habían confiado tan importante tarea porque la creían capacitada, pero no podía obviar que fuera su primera vez y semejantes magos y brujas esperaban TANTO de ella. Los nervios pasaron a ser una piedra en el estómago cuando, efectuado el hechizo, la urna de destino quedó con más de un papel.

Los murmullos se levantaron por doquier: Harry y Ron se miraron entre ellos, extrañados; Luna comenzó a pensar si no habían revisado bien esa urna y algún nargle había hecho de las suyas; Draco Malfoy estaba soltando barbaridades y cagándose en el Wizengamot, amenazando como uno de esos papeles tuviera su nombre y dieran el sorteo como nulo. Adrian, a su lado, guardaba silencio, al igual que muchos de los presentes, no se sabe si por respeto o por estupefacción.

En unos segundos que se hicieron siglos, un miembro del Wizengamot volvió a recordar que las urnas "no se equivocan, que han sido sometidas a varias pruebas y que dudar de ellas sería como dudar de la magia de un mago capaz". Y procedió a abrir la urna.

—¿Dos papeles? —dijo Harry ante lo obvio.

—Como tengan el mismo nombre, ¿qué harán? ¿Dar un premio doble? —Rió Ronald Weasley ante tamaño acontecimiento.

—Bien, como pueden ver ha habido un empate —anunció el miembro del Wizengamot, y extendió los papeles a Hermione. La reacción de la chica fue abrir los ojos de forma desmesurada y mirar en dirección a Harry y Ron.

—¡Amigo, somos uno de ellos! —gritó Ron todo emocionado, pero Harry calló, porque supo que le había mirado a él.

—¡Vamos, dígalo de una vez! —gritó por ahí algún mago harto de tanta expectación y bombo.

—¡Queremos saberlo ya! Llevamos todo un maldito año esperando.

Hermione se aclaró la voz, ejecutó el hechizo Sonorus y anunció:

—Hay un empate. Es la primera vez que ocurre esto, por lo que tendremos que deliberar sobre el procedimiento a partir de ahora. De cualquier modo, las urnas no mienten y el galardón y premio de este año para el empleado del año se concede a dos magos por igual... ¡Harry James Potter y Draco Lucius Malfoy!

Harry se quedó a cuadros y su amigo Ron lo miró como si fuera una vil cucaracha.

—Otra vez, ¿tío? ¡Podrías dejar algo para los demás, joder!—y se precipitó fuera de la sala, junto a muchos magos cabreados que ya se estaban haciendo ideas raras sobre el Jefe de los Aurores.

Luna le puso la mano en el brazo al ver la cara de desencanto del héroe, le dedicó una sonrisa y dejó paso a otros compañeros de Harry, la mayoría de su departamento, para felicitarle. Harry recibió las palmadas en la espalda y las palabras sinceras de varios escuadrones con total estupor y sin apenas escuchar.

Adrian Pucey se giró hacia su amigo y esbozó una sonrisa de admiración.

—¡Draco! Lo conseguiste. Ahora serás el miembro más buscado y querido por otros departamentos. ¡Espera que no tengan que evitar una pelea por quedarse contigo!

Draco, a su lado, destilaba rabia y decepción. Si su aura pudiera leerse, habría alejado a la mayor parte de los presentes en la sala.

—¡Esto es una burla! ¡El premio era mío! Su nombre solo se coló ahí porque... ¡porque es un enchufado! —y, tambaleante, recordó la ceremonia del cáliz de fuego. ¿Y si Potter además de tener mucho poder mágico podía entrar en esas urnas y alterarlas a su voluntad como hizo con el cáliz?

Adrian, consciente de que la rabia de Draco no menguaría, lo sujetó del brazo, tratando de calmarle. Los magos alrededor, congregados quizá para felicitarle por cortesía, decidieron disolverse y poner a cubierto sus espaldas.

—¡Por Salazar bendito, Adrian! Mi padre se… ¡no es justo, voy a quejarme!—Adrian apretó el agarre, seguro de la amenaza del otro, quien consiguió soltarse y plantarse en el estrado con enormes zancadas, empujando a los malditos aurores pelotas en el proceso—. ¡Esto es un tongo y exijo comprobación!

Algunos magos y brujas que ya salían, al escuchar estas palabras y adivinar una pelea, volvieron a la sala, curiosos.

—Pero, señor Malfoy, el premio es suyo, no entiendo por qué...

—Y si es mío, ¿por qué aparece el nombre de otro empleado? Quiero que se haga un nuevo sorteo o que bajen los Inefables y expliquen esto.

—Es cierto que el empate no ha sucedido nunca, pero también está previsto, teniendo en cuenta que el sorteo no funciona de forma lógica, con informes y números, como las finanzas. Usted que conoce a los Inefables debería saber eso —expresó otro ayudante, que ahora aparecían a montones, dejando a Hermione ofuscada, en sus manos aún los papeles ganadores.

—¡Si el procedimiento no es lógico, entonces este resultado tampoco lo es! Exijo hablar con el Ministro.

Las cosas se estaban saliendo de madre; por un lado, los miembros del Wizengamot dándole explicaciones coherentes y tratando de hacerle entrar en razón; por otro lado, los curiosos agolpados en la sala, esperando una resolución del incidente, y disfrutando la polémica como si fuera la anulación de un gol de un reñido partido de quidditch; lo peor fue cuando Harry entró en la ecuación. Subió a la palestra con un gesto de calmar los humos y puso una mano en el hombro del miembro más enrabietado.

—Eh, Malfoy, no hay por qué ponerse así, yo puedo...

—¡Es que ni se te ocurra, Potter! —gritó, sacudiéndose. El moreno lo miró, sorprendido—. Sí, sí, sé muy bien lo que vas a decirme. Querrás renunciar al jodido premio para que me lo lleve yo, ¡y no, gracias! Quiero ganar por mí mismo, no porque a ti te entre la horrorosa compasión de tu casa.

Harry torció el gesto, molesto.

—No creo que haya necesidad de montar este escándalo por un simple premio...

—¡Simple tu cerebro! Para que te enteres, me importa poco el premio. Como si nos dan una enorme mierda de thestral, puedo permitirme cualquier cosa. ¡Pero el galardón y lo que viene después quiero disfrutarlo solo!

Harry arrugó la nariz, como si todo lo que apestase llevara el apellido Malfoy.

—Pareces un mocoso de quince años. Quéjate, pues.

Y apartando a los demás para salir, abandonó la sala. Finalmente, y ante la insistencia del joven Malfoy, quedaron en dar una solución al tema y en comunicarlo oficialmente una vez que el Ministro diera su opinión.

Los días posteriores al sorteo se palpaba un ambiente tenso en el Ministerio: los aurores temían sacar el tema estrella de conversación en los ratos libres con Potter, quien parecía no querer hablar de eso, y en la Oficina de Trasladores por primera vez acataron el procedimiento sin rechistar, pues el encargado no estaba para bromas.

A Harry el premio le estaba causando más satisfacciones que disgustos, pues sus amigos estaban muy distantes con él. Le daba igual el numerito de Malfoy, aunque, por otro lado, ¿cómo era posible que una persona que ganara se tomara el triunfo tan mal? Bueno, sí, lo sabía, porque él estaba sumado a su premio compartido, pero ya no tenían quince años. ¿Es que para Malfoy iba a ser así toda su vida? Él no tenía la culpa de ser tan buen auror. Y por cierto, ¿respetarían el premio? Harry sabía, por Shackelbolt, que el Ministerio no estaba boyante para regalar dos viajes. Podrían dividir el premio en metálico. O buscar otra solución, como regalar bonos de comida durante un año. Justo mientras pensaba todo esto se encontró con Malfoy en la División de Plagas. El rubio, vestido con el uniforme estampado con el emblema de la Oficina de Trasladores, se dirigió hacia él, le hizo una breve inclinación de cabeza a modo de saludo y se marchó. Harry se volvió, curioso. ¿Se le habría pasado la pataleta? Los rumores decía que había pedido audiencia al Ministro, pero Kingsley estaba tan ocupado que lo habría mandado al garete.

De hecho, cuando en su oficina escuchó aún más rumores, Harry bajó a mirar el corcho de informaciones importantes ubicado en el Atrio. Había un pergamino rubricado con la firma del Ministro, en la cual daba validez al último sorteo realizado; los ganadores serían avisados por escrito de sus premios correspondientes. Así pues, al día siguiente, un bedel le entregó una carta con sobre amarillo y matasellos del Ministro. Harry conocía ese sobre, porque lo había recibido una vez. También sabía que contenía. El bedel se quedó esperando hasta que el joven abrió el sobre para decir:

—El Ministro espera respuesta. Puede dirigirlo a su buzón personal o en forma de memorándum. Tiene tres días para responder, señor —Harry asintió y el bedel se marchó. Y allí, solo en su despacho, Harry leyó:

"¡Enhorabuena! Ha sido usted premiado como el mejor mago del año. Por su incansable valor y esfuerzo se le obsequiará con unas vacaciones y un viaje a América del Sur en las fechas que los ganadores acuerden. Al tratarse de un premio compartido, deberá ponerse en contacto con su compañero para hacer ambos la elección de las fechas y el lugar que desean visitar. Las zonas elegidas deben estar incluidas dentro de la relación de países con las que el Ministerio de Magia Británico tiene acuerdos internacionales. La información está en la Oficina de Trasladores.

Nuevamente le agradecemos su compromiso y le recordamos que tiene siete días para hacer su petición de ingreso en otro departamento si ese es su deseo."

Harry casi rompe en carcajadas.

—Kingsley se ha vuelto loco. Seguro que no ha mirado bien los nombres —Se inclinó con satisfacción en su sillón de cuero—. A ver cuánto tarda Malfoy en montarla cuando lo lea.

Sin embargo, en lugar de un Malfoy enrabietado, el rubio que le visitó tenía otra actitud y otro apremio.

Lo esperaba en la puerta de su despacho, después de su jornada laboral, aún con el uniforme, apoyado en el quicio de la puerta, aparentemente ansioso y complaciente pero ni pizca de sonrisa en su rostro. Se asomó a la puerta y saludó.

—Señor Potter.

—Señor Malfoy —respondió él alzando los ojos al cielo—. ¿Qué se le ofrece?

—Supongo que has leído el sobre amarillo. Supongo que sabes que vamos a tener que compartir ese premio.

Harry lo observó. Exudaba una pose de arrogancia y descaro que luciría sexy si fuera otro ejemplo de la raza humana.

—Supongo que vas a ir a quejarte a Kingsley —alegó el auror, tratando de imitar el tono de burla.

Draco, ignorando el aparente ataque del otro, se permitió el descaro de entrar y acercarse a la mesa de caoba. El rubio contempló el despacho con la barbilla alzada, como si aquello le pareciera una ratonera. Le tendió un folleto.

—Me he permitido traerte la información porque seguro que estás muy ocupado arrestando magos oscuros.

Harry contempló el papel, aturdido. ¿Esa no era la información de países incluidos que tenía que mirar y elegir para responder en un máximo de tres días? Harry cogió el pergamino y, sin mirarlo, se lo tendió al otro, sin levantarse.

—Tú no quieres compartir ese premio conmigo, me quedó muy claro el otro día. Vete tú solo, Malfoy.

—Me parece que no has entendido. Vuelve a leer tu carta. No se puede renunciar al premio —Harry agarró el sobre y lo desplegó, obviamente no había nada nuevo a lo leído anteriormente. Miró al otro con sorna.

—A lo mejor tú has recibido una carta diferente a la mía. A mí me dejan renunciar. No pone nada, lee tú mismo —Draco Malfoy ladeó el rostro, cansado.

—Ya sé lo que pone, nuestros pergaminos son idénticos —Harry convocó un Tempus. Había sido un día duro y quería retirarse a descansar. Se levantó, recogió su chaqueta para marcharse, pero la puerta seguía bloqueada por él.

—¿Adónde crees que vas? Estoy hablando contigo, ¿o es que también hay que pedir audiencia para que me dediques un rato de tu tiempo? —Harry no había oído nunca una frase tan lógica de labios del rubio dirigida a él. Puso el abrigo en la percha de nuevo y abrió los brazos.

—¿Qué quieres? Ve al grano —Draco lo miró, desafiante. ¿Ir al grano? ¿Para una vez que le pedía directamente lo que quería, le acusaba de dar rodeos?

—Tenemos tres días para responder, Potter. Esta es la lista de destinos. ¿Cuándo podrías tomarte un descanso? Podemos elegir cualquier semana de febrero —El cerebro de Harry se puso alerta. Definitivamente, esa actitud era muy extraña. Los años tras la batalla de Hogwarts, Malfoy no había sido especialmente tocapelotas con él, pero sí supo guardar las distancias; saludarlo educadamente al encontrarse e ignorarlo si lo veía en otros lugares del mundo mágico. Pero pedirle que fueran juntos a un sitio era anormal. Había crup encerrado.

—Disculpa que esta disposición hacia mi persona me cause dudas. ¿Podrías explicarme algo lógico para no pensar que un hipogrifo te haya golpeado la cabeza?

—Vamos, Potty. Hace años tu director Dumbledore quiso una comunión entre las casas...

—Ya no hay casas ni estamos en Hogwarts...

—Pues una comunión de rivales —Ambos se miraron, estudiándose detenidamente el uno al otro.

—Insisto, no entiendo tu intención por complacerme.

—¿Complacerte? No siempre vas a ser el ombligo del mundo. Tus amigos Weasley tampoco lo entenderían —Draco paseó el pergamino entre sus manos—, y me consta que hace varios almuerzos que tampoco te complacen a ti. Todo lo contrario a mi amigo Adrian, que me felicitó enseguida y además se alegra por mi nombramiento.

—¿Quién es Adrian? —preguntó Harry como bobo, y murmuró algo como "Debe ser el único del Ministerio que tolera a Malfoy", y fue mirado con tal desprecio, que no esperó respuesta. Su insistencia y decisión auguraban intenciones oscuras, estaba claro. Y Harry recordó las pocas palabras intercambiadas esos días por sus amigos y su repentino desinterés por verse fuera de horas de trabajo y se encendió.

Draco, al ver el rostro del moreno pasar de uno de aparente calma a otro de furia e impotencia, añadió un poco más de sal al tema:

—Creo que ellos piensan que pueden dejarte de lado cuando les dé la gana. Como no sueles relacionarte con nadie más... si fuera yo me iría de viaje y les mandaría una postal. "Volveré cuando me dé la gana porque para eso salvé el mundo. Esperadme sentados".

Esa mirada interesada y esa sonrisa torcida... ¿intentaba envenenarlo contra sus amigos? Definitivamente, estaba perdiendo el tiempo. Suspiró y cogió de nuevo su abrigo.

—Me marcho, tengo cosas que hacer —Y lo empujó con cuidado para hacerse camino a través de la puerta.

Viajó por Red Flu sin contratiempos y al llegar a casa se dio cuenta de que aquella había sido la conversación más larga que había tenido con Draco Malfoy. Y probablemente fuera la última, ya que el rubio pretencioso jamás le suplicaría.

Al tercer día, un ansioso Ron Weasley le interceptó a la hora del almuerzo.

—¿Vuelves a ser mi amigo? —Harry no pudo evitar la ironía y siguió caminando.

—Tú siempre serás mi amigo. Es solo que tenía demasiadas esperanzas en que el premio recayera en mi casa. ¿Almorzamos?

—No sé —Harry echó a andar—. Igual digo algo que te haga sentir envidia.

—Corta el rollo, Harry. Perdona, ¿de acuerdo?

—He tenido un deja vu —expresó, mientras Ron le seguía. Naturalmente, su amigo no entendió la expresión ni el sarcasmo, y Harry le recordó esa ocasión en Hogwarts, en el Torneo de los Tres Magos—. Supongo que te has enterado de que el premio es compartido, que tengo que ir con Malfoy de viaje y ahora te doy pena.

Ron hizo un vano intento de sorpresa mientras ambos traspasaban el umbral de la cafetería.

—¿Tienes que viajar con Malfoy? —ante la mirada acusadora de Harry y la de varios comensales presentes, añadió, bajito—. Vale, me lo contó Hermione. Y también me mandó a decir que a qué esperas para responder.

Harry suspiró. Tener a Hermione en un puesto donde ella se enteraba de ciertas cosas no le hacía precisamente mucha gracia en ese momento. Pero tuvo que admitir que leyó el folleto que Malfoy dejó sobre su mesa porque sus días habían sido un infierno, encerrado en la oficina, sin nada que hacer salvo rellenar papeles. Él quería pelear y ser Jefe de Aurores le daba pocas ocasiones de hacerlo. Naturalmente, Malfoy no solo le había dejado la información: él había marcado sus opciones.

—¿Hermione quiere que me vaya con Malfoy por ahí?

—Estás inaguantable, claro que quiere que te vayas. Y yo también. Estar encerrado no te hace bien —Harry masticó un trozo de tarta de manzana, ofendido, aunque compartía sus opiniones—. Una semana, Harry. No seas tonto, no renuncies a ese premio. Mierda, si lo haces, te daré una patada en las bolas.

—Bien. ¿Y cómo crees que Malfoy se tome que sea su compañero de viaje? —por ningún motivo iba a contarle lo deseoso que parecía el rubio.

—Vete al Amazonas. Seguro que hay bichos peligrosos… ¡arañas! Podrás matarlas con un Avada. Mira, me pican las manos por no ser yo quien vaya…

Harry sonrió de lado, imaginando a un estiloso Malfoy vestido con túnica y huyendo de las mariposas.

—Hay paisajes preciosos —Ron bebió de su refresco, imaginando que se estaba tomando un coco en la arena—. Playas de infarto, clima tropical, chicas en bikini…

—Ron, no es una luna de miel —Ron bufó, y ambos quedaron callados hasta volver a subir a la Oficina de Aurores. Ron se despidió para volver a su departamento y el moreno estuvo todo el día pensando en el dichoso premio. En la amabilidad de Malfoy, la insistencia de Ron y Hermione… a las tres de la tarde llegó de nuevo el bedel, reclamando su respuesta.

—Si va a renunciar, tiene que indicarlo también en un pergamino. Estas comunicaciones han de hacerse de forma escrita. Aunque nadie sería tan idiota de renunciar a un viaje y vacaciones pagadas… —Harry lo miró con furia, pero después entendió que quizá los bedeles no estaban incluidos en el premio al Mejor Mago del Año, y quizá le devolvería una mirada peor—, aunque quizá disfrute rechazando para fastidiar a su compañero. El señor Malfoy ha respondido afirmativamente, es una pena.

Esa puntualización le hizo abrir los ojos con sorpresa.

—¿Cómo dices?

—Si fuera yo, ya habría convocado un Forúnculos sobre usted —Harry comenzó a plantearse seriamente hablar con Kingsley sobre ese bedel antipático—. Ya sabe, supongo, que si uno de los dos premiados renuncia, el otro no podrá disfrutar del premio. Porque lo sabe, ¿no?

Sacó el pergamino, seguro de que no ponía nada de eso.

—No busque ahí. Está en las reglas. Supongo que como ha habido un empate, las reglas se han renovado. No las ha leído, ¿verdad?

Y de repente imaginó a un curioso Malfoy leyendo aquello y yendo ipso facto a su oficina a sugerirle viajar con él. Bueno, ahora tenía sentido. ¿Por qué no se lo había dicho ese rubio engreído? Ah, cierto, no quería su caridad. Se imaginó a sí mismo llegando todos los días al Ministerio. Las amables miradas y sonrisas dedicadas a él todas las mañanas convertidas en proyectiles venenosos.

"¡Conozca usted al auror más famoso de todos los tiempos! Pero no se le ocurra hacer su trabajo ni la mitad de mejor que él, porque, en caso de empate, no disfrutará de su premio".

Ugh. Ron y Hermione tenían razón por una vez. Era injusto, no solo no disfrutar de su premio porque se le había metido en la cabeza, sino que era vil y cruel permitir a Malfoy no hacerlo. Sobre todo porque, si su odio hacia él había menguado de alguna forma tras la guerra, volvería a levantarse de las cenizas. Y Harry tenía una vida muy tranquila y agradable que prefería conservar.

Agarró el panfleto. Las opciones de Malfoy eran tres: Chile, Argentina y Brasil.

—Si respondo el mismo país que él, ¿sería suficiente? —el bedel parecía exasperado, planteándose quizá si ese inepto había sido elegido como Jefe de Aurores.

—Sí, señor Potter. Pero en el plazo de una semana deberá decidir cuándo se van. Para eso creo que debería haber un consenso. ¿Sabe lo que es un consenso?

—¿De verdad trabajas aquí? ¿Le hablas así a todos los Jefes de Departamento? —espetó Harry, alucinado. En el Ministerio no hablaba con todo el mundo, y sabía que podía ser envidiado e incluso caer mal, pero, por Merlín… ¿qué odiaba tanto de su persona? ¿La fama o el no poder decir abiertamente su opinión?

—Es solo que la gente deseaba ese premio como respirar. ¿Sabe que hay apuestas sobre quién va a renunciar? Otros magos y brujas se han matado para ganarlo. Y lo tiene usted. Permítame que comparta ese sentimiento con los perdedores.

—Entiendo —Harry desdobló un pergamino para responder, pero no podía hacerlo porque no sabía la elección concreta de Malfoy. Tendría que ir a verlo a su departamento. Dejando la pluma a un lado, informó—. Responderé sin falta esta tarde antes de que termine mi jornada.

El bedel asintió, con un amago de sonrisa, y al girarse, Harry preguntó:

—Por curiosidad, ¿quién apuesta que soy yo quien va a renunciar?

—Todo el Wizengamot, menos su secretaria. El Departamento de Transporte Mágico, medio Departamento de la Aplicación de la Ley y el Departamento de Deportes al completo.

—Muy bien, gracias por todo —Harry le alargó una propina, que el hombre recibió con gusto, y cuando se marchó, cogió el panfleto y el ascensor hacia la Oficina de Trasladores dispuesto a encontrar a Draco Malfoy, preparado para planear unas gustosas vacaciones con él, lejos de esas alimañas del Ministerio.