—¿Los prefieres rubios, o morenos? —preguntó Harry a su compañero mientras Draco degustaba su caipirinha. Ambos estaban sentados sobre la barra, tomándose un descanso después de sacudirse un rato a ritmo de la música.

—Me gustan inteligentes —afirmó Draco, cerrando los ojos mientras saboreaba la lima, el azúcar y la cachaza.

—¿Inteligentes para una noche de sexo?

—¿Quién dijo una noche de sexo? —el rubio arrugó el gesto —. De cualquier modo, los sigo prefiriendo inteligentes. Quién sabe por dónde podrían meter su aparato.

Harry se inclinó en la barra, la cabeza apoyada en su brazo, acercándose ligeramente hacia su interlocutor de forma inconsciente.

—¿Haces de pasivo normalmente?

—Cuando me apetece —Draco escaneó la pista, nervioso. Desde que entraron, Potter se le había estado insinuando, y él, si bien no le había rechazado, había mantenido las distancias. El rubio arrugó el gesto. No entendía por qué el moreno le había prestado atención exclusiva de repente, aunque si era sincero consigo mismo, le gustaba tener esa atención explícita de un hombre. No solo de un hombre: de Potter.

Era la única persona en todo Hogwarts que lo había ignorado. Hasta Weasley le hizo más caso cuando llegaron al castillo.

Había vivido toda su vida sin Potter, así que probablemente era algo pasajero, algo que tuviera que ver con la excitación de la noche, y los malditos cócteles, tan deliciosos.

—¿Qué bebes, Potter?

Harry volvió a inclinarse para ser oído. La música no estaba demasiado alta, pero Potter seguía teniendo modales muy pueblerinos.

—¡Se llama Very Verry! —Draco agarró el vaso sin pensar y sorbió de la pajita. Harry lo miró, sorprendido. ¿Malfoy era exquisito para algunas cosas pero no para beber del vaso de otro? ¿Y particularmente del suyo? No era la primera vez. Extraño...

El cóctel era más dulzón, de fresa, usando la cachaza también de base, y canela. Definitivamente, el moreno tenía un problema con la canela.

—Es muy fuerte. Espero que no te emborraches, no quisiera ser yo quien tuviera que llevarte a la cama —Harry soltó una risa muy exagerada, y Draco lo ignoró. Llevaba la mitad del cóctel y ya parecía notar sus efectos, seguro.

—¿Puedo probar el tuyo? —pidió Harry, notando el sudor en su frente. No estaba siendo buena idea tomar canela con el calentón que llevaba, delante de Draco y después de frotarse con varios hombres en la pista.

Draco se encogió de hombros y le arrimó el vaso en forma de pera. Harry se quedó mirándolo un instante y sus ojos verdes refulgieron bajo las luces. Tuvo una idea.

—Apuesto a que no eres capaz de dármelo de tu boca —Draco captó el reto y vio inmediatamente después cómo el moreno sacaba algo de su bolsillo y lo plantaba frente a su vaso: dos sickles. Alzó la ceja, en una mezcla entre sorpresa y diversión.

—Qué apuesta más arriesgada.

Harry sonrió.

—No he sacado knuts.

—Me habrías ofendido.

Se hizo un silencio eterno hasta que el moreno decidió volver a introducir la mano en su bolsillo y añadir cinco sickles más.

—Sabes que eso para mí es una miseria, ¿no, Potter?

—¿Qué más da? Es solo un juego, Malfoy —el moreno comenzó a irritarse. No era bueno teniendo paciencia y si no estaba receptivo, se iría tras tomarse el cóctel a buscar diversión. Esa noche, la pista estaba especialmente llena, quizá porque era sábado. No le costaría encontrar a alguien dispuesto—. Si te da asco, siempre puedes renunciar.

Draco lo estudió con cuidado. Miró alrededor. Nadie los estaba mirando, por tanto, Potter no podía haber apostado nada con nadie a su costa. Nah, además no era tan slytherin para eso. Desde su asiento, y sin inmutarse, a pesar de que en su interior estaba sufriendo un tornado de emociones, aceptó. Se le apareció la risa tonta de Blaise, seguramente, pensando "no puedes dejar un reto en manos de Potter, ¿no? Tienes que estar ahí. Draco, eso es enfermizo".

Al cuerno. Aquella era su última noche en Brasil. Había ganado un premio y una posibilidad de cambio de trabajo. La haría memorable, aunque fuera con algo diferente.

El moreno ya había acercado su silla, y ahora sus rodillas se tocaban. Harry esperaba, expectante, con los labios húmedos y una sonrisa ladeada. El idiota no tenía ni idea de seducir, pero le echaba muchos huevos. Draco ignoró el sudor en sus manos, las levantó y quitó las gafas de Harry, despacio. Sus ojos pestañearon, enfocándole, acostumbrándole a la nueva visión. Draco agarró con firmeza el vaso, tomó un poco y con su otra mano acercó a Potter hacia él, uniendo sus labios, pasándole el líquido. Harry tragó, y lamió los labios de Malfoy cuando no hubo bebida entre ellos. Por un momento creyó que el rubio se retiraría en cuanto eso sucediera, pero no hizo tal cosa. Movió sus labios sobre él, acentuando el agarre en su nuca, encendiendo a ambos, saboreando y mezclando esos distintos sabores: la dulzura y la acidez, la sencillez y la vanidad, acoplando sus bocas, degustando lengua con lengua.

Harry jadeó, en su bajo vientre un volcán hizo erupción, y volvió a unir sus labios con los del rubio cuando éste deshizo el agarre. Luego se separaron, lentamente, como si estar tanto tiempo sintiéndose fuese demasiado intenso, aunque no fuese el mejor beso del mundo. Precisamente, porque aunque hubiera sido un mal beso fue embriagador.

Harry, con la emoción, había deslizado su brazo derecho hacia la cintura de Draco, y lo retiró, avergonzado, para recuperar sus gafas.

Curiosamente, ambos miraron hacia otra dirección, y los dos tardaron en beber de su vaso. Ninguno hizo comentario alguno. Solo Draco, para aligerar el silencio, agarró los sickles y los miró con intensidad, quizá pensando si ahora se vendía por tan poco, o tal vez percatándose de que Potter era un mago, y le había besado por deseo, o por capricho, pero sin duda, lo había disfrutado, como quienes le besaron en el pasado.

Las consecuencias de ese beso provocaron cosas muy distintas en ambos: Draco se sintió deseado, por fin. Si un hombre como Harry Potter había sucumbido a sus encantos, aún había posibilidades para él ahí fuera. Quizá no con un mago inglés, a Draco eso no le importaba. Cada vez que lo pensaba decidía que quizá, lo mejor era echarse un novio exótico, alguien que no conociera su pasado, sus errores. Alguien que le quisiera por quien era ahora, y no por el Draco Malfoy infantil y confuso que fue en Hogwarts. Ahora podía mirar la pista con confianza y comerse el mundo. Una sonrisa de satisfacción cruzó su cara.

Harry la vio. Y cuando sintió toda esa electricidad y seguridad emanando de Malfoy, todo en su interior se retorció como una liana. Él no filosofaba sobre el universo y las casualidades, pero llegado el fin de su viaje, Harry podía pensar que, en lugar de relajarse y pasarlo bien, su vida acababa de complicarse demasiado. Ahora, no solo conocía los gustos de su compañero en el Ministerio, sabía sus preferencias sexuales y había probado sus labios. Y él, a pesar de saber salir a divertirse de noche, cuando localizaba algo que quería, ansiaba repetir. La disertación no duró demasiado, porque dos hombres menudos y musculosos se acercaron a él para saludarlo. Eran conocidos del chico que se folló al llegar, y Harry consideró justo charlar con ellos. Pero por primera vez se dio cuenta de la barrera del idioma, y apenas tuvo una conversación decente; se dieron la vuelta, agitaron la mano y siguieron la marcha del local. Harry entonces se giró para seguir con su cóctel, para ver la banqueta de Malfoy vacía.

Alzó la vista hacia el centro del local, donde varios cuerpos se apretujaban. Localizó a Malfoy un poco más allá, charlando con un hombre alto y musculoso. El rubio sonreía y parecía receptivo a ese muggle. Draco estaba haciendo muy buen trabajo tragándose sus prejuicios. Harry se volvió hacia la barra con los puños apretados, pero no tenía sentido enfadarse, ni ser celoso, y mucho menos sacarle de ahí a pesar de que ese fuera su deseo más visceral, porque precisamente era Harry quien le había llevado allí.

—He hecho mi buena obra de hoy, así que ya puedo irme a casa.

Pero no se marchó. Las horas pasaron. Harry bailó y se frotó con varios chicos, todos rubios, porque quería, de algún modo, vengarse de Malfoy por todo lo que le estaba haciendo sentir. Aceptó la oferta de un muggle que se encaprichó con su verga y le dio un buen repaso con su lengua, y cuando sintió que era suficiente, tomó otro cóctel y salió del local. Escuchó que eran las cuatro de la madrugada, una hora perfecta para retirarse a dormir. Sin embargo, se apoyó en la pared más próxima y se permitió repasar, de nuevo, el beso con Draco. Ya no podría tomar caipirinha sin que esa bebida le recordara aquello, así que debía alegrarse de volver a Londres a tomar su té. Y quizá, solo tal vez, Draco y él coincidieran en el Ministerio y podrían salir a los barrios del Soho. O a cenar. O, simplemente, a insultarse. Después de todo, no se habían matado tras siete días en un país extranjero.

Suspiró, se ayudó de la pared para empujarse y poder caminar hacia un lugar más apartado y poder desaparecerse. Había tomados varios cócteles, pero toleraba bien el alcohol, por lo tanto sus sentidos seguían en forma. Al pasar por la siguiente calle, su atención se dirigió a una pareja que discutía. Harry miró hacia otro lado, mientras el silencio de la noche despejaba sus oídos haciéndole escuchar mejor. Y esa voz le hizo parar en seco.

—Ya te dije que no. Si vas a seguir con eso, dímelo, y volveré al local a buscar otro candidato.

—Vamos, solo un poco.

—Te he dicho que no. No tomo drogas. No soy como tú, ¿entiendes?

—Ya. Eres un tipo esnob y bastante puritano. ¿No quieres probar ser otro por una noche? Te sube la líbido...

Carcajada.

—No necesito eso, confía en mí.

—Está bien, entonces tomaré yo —la voz sonaba fastidiada—. Aunque no es lo mismo que uno se ponga, y el otro, no. Hace pensar, ¿sabes? Y esta noche no es para pensar.

Draco Malfoy jamás se hubiera fijado en una frase tan apocalíptica. ¡Solo quería follarse a alguien, por Salazar! Pero estaba siendo una agonía encontrar un muggle digno y limpio. ¿Cómo aguantaba Potter a todos esos memos? Eran idiotas, cavernícolas con la tontería de tomar drogas para aumentar el disfrute de algo natural. Bueno, quizá con muggles no fuera natural. Él lo había intentado: no valía para ello, punto.

—No quiero que haya un tercero en la cama, no sé cómo explicarte para que tu cerebro entienda. Si vas a tomar eso, búscate a otro —Draco echó a andar, cabreado. Al principio, solo salió del callejón, después se replanteó volver al local y dirigió sus pasos hacia allí.

—¡Draco! —el rubio frenó y se volvió. Harry Potter corría hacia él desde el otro lado de la calle—. ¿Qué pasa, estás bien? —Draco echó a andar, enfadado. Harry lo seguía, a su lado—. ¿Te estaba molestando? Has hecho bien en negarte. Esos tipos solo traen problemas... me alegra que estés de acuerdo en rechazar las drogas —Draco se volvió, sus ojos iracundos. Lo empujó. La visión del moreno tambaleándose de forma vulnerable le hizo sentirse poderoso.

—¡Déjame en paz, Potter! Estoy... cachondo y muy, muy decepcionado. ¡Y la idea de venir aquí fue tuya, así que, al menos, podrías ayudarme!

El rubio movió de nuevo las piernas, grandes zancadas para dejar atrás al mago que lo había defendido, le había aconsejado y lo había excitado. Se sentía tan frustrado... si ese mago no le conociera, si ese mago no fuera inglés, si ese mago no fuera Potter...

Su brazo fue jalado con firmeza, girándole, y entonces fue él quien trastabilló un poco para equilibrarse. Draco miró la mano de Harry sujetando aún su codo y alzó la vista.

—Draco. ¿Harías una locura esta noche?


El agarre de Potter sobre su codo no cesó hasta entrar en la habitación del hotel del moreno, y aún así, después aún quemaba. El moreno lo empujó contra la pared sin contemplaciones, y por algún motivo, ese gesto despertó su intención inicial y se aferró a los bíceps del héroe, quien comenzó a morderle el cuello con entusiasmo. Draco jadeó sin poderlo evitar, inclinó su cuello aún más para darle mejor acceso. En ese instante no le importó que le quedaran marcas al día siguiente, ni que Potter lo apretara contra él en un abrazo extraño que estaba resultando demasiado placentero. Una lámpara estalló, pero ninguno de los dos se volvió ante la poca luz o el estallido de la bombilla porque eran magos y sabían que los estallidos de magia podían tener lugar en momentos de mucha excitación.

Harry, embotado por la esencia de Malfoy y esa colonia cara que desde entonces, asociaría a ese momento, presionó aún más su muslo contra la entrepierna de él, abultada desde quién sabe cuándo, provocando un gemido de protesta y que el rubio se presionara aún más contra la pared. ¿Habría tenido alguna actividad con ese muggle? ¿Le habría besado? Molesto, agarró la barbilla del rubio y la alzó hacia su rostro, reclamando esa boca como suya por esa noche. Malfoy correspondió al beso brevemente, pero se separó enseguida. Harry lo miró, confuso. Quizá no quería besarle…

—Espera —pidió Draco, y le quitó las gafas con cuidado para posarlas en la mesita más cercana a la cama. Después, él mismo lo tumbó sobre el colchón y, tras hacer una pequeña pausa para deshacerse de sus zapatos, se posicionó de forma que ambas erecciones estuvieran una sobre otra, y lo besó, encendido, con tanta prisa que ambos se olvidaron de respirar y tuvieron que parar un breve momento para llenar los pulmones.

Harry agarró aquel glorioso culo con ambas manos y lo apretó hacia sí, deseando fundirse con Malfoy sin importarle su pasado o su identidad.

Ninguno de los dos quería ceder el dominio; cambiaron posturas, y entonces era Draco quien yacía recostado y con las mejillas encendidas sobre la cama, mirando, atónito, cómo Harry le bajaba los pantalones y acariciaba su erección por encima de la ropa. Draco juró que el sonido que su garganta hizo entonces no podía ser suyo.

Harry sonrió, estimulado por las reacciones que estaba causando en su compañero, y tras deshacerse de los pantalones y la ropa interior, acarició con su mano derecha la hombría de Draco, maravillándose ante su tamaño y grosor. Su piel era pálida y ausente de lunares y Harry se descubrió observando estos detalles sin importancia que en la misma situación y con otro compañero hubieran pasado desapercibidos.

Draco notaba sus ojos empañados ante la cantidad de sensaciones que Potter estaba mandando a todo su cuerpo y no pudo evitar suplicar:

—No pares, por favor…

Cuando Harry asintió y susurró un "no lo haré" acompañado por una mirada desafiante de esos ojos verdes, Draco se concentró en sentir las caricias de su compañero con los ojos cerrados hasta que esas caricias fueron abruptamente sustituidas por una boca cálida y una lengua juguetona. Draco abrió los ojos y se apoyó sobre los codos para contemplar la visión más extraña de su vida: Harry Potter haciéndole una mamada.

Podía notar cómo engordaba su pene con cada lamida. Por Salazar que si Potter paraba en algún momento, cogería su varita y lo cruciaría.

El moreno, sin embargo, no tenía intención de interrumpir la actividad, y tuvo que ser el propio Malfoy quien le pidiera que fuese más despacio o se correría. Como Harry no le hiciera caso, el rubio le agarró del cabello y tiró para apartarlo:

—Desnudos, Potter.

En eso no hubo ninguna objeción y en pocos segundos sus ropas regaban el suelo, una sobre otra, como señal de su inminente final.

Harry ya estaba erecto cuando Draco se subió sobre él y comenzó a frotar su cuerpo sobre el suyo, incitándole con rapidez a subir la temperatura. Repartió diversos mordiscos por el torso y finalizó lamiendo sus pezones. El cabello del rubio tapaba parcialmente su rostro y Harry lo acarició, vehemente. Ambos se miraron, con ese rubor propio de una situación de placer, como si realmente se miraran de verdad sin toda esa animosidad del pasado. Harry reclamó de nuevo los labios de Draco y, sintiendo su miembro palpitar y sus brazos temblando de excitación, rogó, en una voz ronca y sincera:

—Déjame follarte, por favor.

Draco frunció el ceño, y su cuerpo paró de danzar sobre Harry. Estaba muy sorprendido. No creyó que fuesen a llegar más allá de unas caricias o una mamada, pero se alegró de oír aquello porque la combustión de su cuerpo encontraría un alivio de una forma u otra.

Harry entendió la parada de Draco como una reticencia a ello y alargó sus brazos para envolver a Draco en ellos y susurrarle al oído:

—Por favor, Draco, te deseo...

El rubio pestañeó. Hacía tanto tiempo que no escuchaba esas palabras que extendió su brazo izquierdo y susurró:

Accio varita —convocó un Muffliato y realizó el hechizo de protección sobre el miembro de Harry, pulsante y deseoso.

—¿Estás seguro? Quiero prepararte antes...

—Qué amable el gryffindor...—Se mofó el rubio, dándole la espalda, y con una sonrisa en sus labios, Harry se humedeció los dedos e introdujo dos por el estrecho canal de Draco, que jadeó al sentir la intrusión. Los movió varias veces para poco después sustituirlos por su miembro. Empujó con cuidado, sacándolo para que Draco se acostumbrara a su grosor, ignorando su propio deseo de enterrarse en él, notando el sudor y su nerviosismo, pero acabó cabreándolo—. Potter, ¿esto es preparación? Me estás torturando. Acaba de una maldita vez.

Harry asintió y entró completamente, agarrando esos muslos que antes había mordido. A pesar de la estrechez de Draco, el rubio no se quejó, quizá disimuló muy bien el dolor. Harry suspiró, esperando que Malfoy no se arrepintiera de ese momento y cuando creyó estar listo, se movió, al principio en una lenta agonía, después con mayor decisión. Sus cuerpos estaban calientes y el moreno recordó que primero debía hacerle disfrutar a él. Deslizó una mano por debajo para agarrar el miembro de Draco, pero éste lo rechazó con un manotazo y con un claro "muévete, capullo" y entonces optó por enterrarse aún más en él asiéndose de sus caderas. Jadeos de placer llenaron la habitación mientras cada uno se concentraba en uno mismo y en sentir a su compañero. Ambos elevaron la voz sin darse cuenta y aumentaron el ritmo, totalmente entregados, con sus mentes y sus cuerpos en absoluta sincronicidad, puro fuego ascendiendo por sus espaldas, brillantes por el sudor.

Harry apretó los dientes, nombrando a Draco hasta sentir su orgasmo acercarse y embestir por última vez aún con más fuerza.

El rubio había dejado de sujetarse con sus brazos al notar que le temblaban demasiado, e inclinó la parte delantera de su cuerpo de forma que ahora ceñía las sábanas con sus manos, con la frente sobre ellas, admirando su propio miembro saltando por el movimiento y las manos de Potter agarrando su cadera, enterrado en su culo. Curiosamente, fue el escuchar a Harry correrse lo que le hizo llegar a él, y ambos cayeron sobre la cama, exhaustos y sudorosos.

Dejaron enfriar sus cuerpos por varios segundos hasta que Harry se movió junto a Draco y pasó un brazo por su espalda, protector. Draco permaneció en silencio, sintiendo a Harry olisqueándole y acariciándole el cabello. Desde su posición podía ver un árbol a través de la ventana, sus ramas meciéndose, como si bailara con el viento, como si se dejara llevar. Justo como él había hecho. Justo como ambos habían hecho. Y ahora, Harry se había pegado a su cuerpo como si ambos fuesen amantes habituales. ¿Haría eso el moreno con cualquiera de sus polvos? Por un momento trató de bloquear esa sensación de desasosiego que lo invadió. Por supuesto, había sido sexo. Aunque Draco no recordaba haber disfrutado tanto en mucho tiempo. Además de sus ganas contenidas, Potter había sido pasional, cuidadoso, halagador e impaciente.

Una segunda sesión se limitó a besos y caricias más inocentes, una vez que ambos habían conocido los cuerpos y las respuestas de los estímulos del otro, para desembocar en una tercera sesión donde cambiaron posturas y roles. Y finalmente, como todo hombre satisfecho y exhausto, se quedaron dormidos en la misma cama.

Cuando Harry despertó, con una terrible resaca, tardó en acostumbrarse a la luz. Escuchaba un suave burbujeo proveniente del jacuzzi y cuando se volvió vio a Draco dentro, sentado, con el agua cubriéndole hasta la cintura. Lo miraba con sorna. Su cabeza pesaba.

—No te sienta bien madrugar, estás hecho una mierda —Harry se deshizo de las sábanas y se sentó, desnudo, con todo su cabello apuntando a direcciones diferentes.

—Mmmm... buenos días, Malfoy, para ti también.

—Antes de que te levantes, te aconsejaría tomar el botecito que hay en la mesilla. Claro, eso, si quieres sentirte mejor.

Había un bote con una forma muy familiar que a Harry le recordó a Snape. Ugh, su primer pensamiento no podía ser Snape después de una noche de sexo.

—Si es tuya, paso —dijo Harry muy serio, tras mirarla con intensidad—. Seguro que me empequeñece la polla.

—¡Pues nada, suerte con tu dolor de cabeza! —gritó Draco todo lo alto que pudo, arrancando varias palabrotas del otro, que se tapó los oídos de inmediato.

Harry se levantó y su mirada se paseó por el bañista que ocupaba el jacuzzi y que salía en ese momento gloriosamente desnudo. Dioses, Merlines y Morganas. Se había acostado con ese hombre y lo peor de todo es que le apetecía otra vez. Despegó su vista de él y se tomó la poción de un trago.

Draco cogió uno de los albornoces que estaban en el baño y se envolvió con él. Después se dirigió hacia la mesa, donde una bandeja enorme tapaba varios platos, y se sentó en una de las sillas. Harry frunció el ceño, sorprendido.

—¿Has pedido el desayuno? ¿Cuánto tiempo llevas levantado?

—Sí, Potter, me he despertado hace una hora aproximadamente. ¿Vas a desayunar conmigo o prefieres ir a ver a los gorilas del comedor?

Harry observó cómo Draco giraba su varita para calentar la comida y asintió.

—Voy a ponerme algo.

—Sería un detalle.

—No pareció mucho molestarte anoche. Verme desnudo, quiero decir.

—Obvio que no, Potter. ¿Tampoco tú tuviste suerte ayer?

El moreno se acercó portando una camiseta sin mangas y unas bermudas (ya se ducharía después) y se sentó frente a él. Entendía la lógica de Draco, pero para él no fue así. De hecho, no solía repetir con la misma persona.

—Eh… digamos que yo sí tuve suerte anoche.

Draco escaneó su rostro y se dio cuenta entonces: hablaba de él.

—Touché, Potter. Me has tocado el corazón.

—Tú no tienes de eso —rio el moreno, sirviéndose tostadas con mermelada y un poco de fruta—. Gracias por el detalle de pedir también el desayuno para mí. Y también por la poción anti-resaca.

—No me las des. Dentro de una hora morirás por el veneno que había en la poción y yo borraré todo rastro para que no puedan encontrarte.

Harry hizo una mueca, ofendido.

—¿Veneno? Prefiero morir a polvos, ¿sabes?

—Eso es muy Gryffindor —Draco no podía evitar divertirse con esas discusiones tontas. Es como si se retaran a ver quién tenía la última palabra.

—Qué pena. Tendrás que hacer penitencia. Seguro que es tu primera vez.

—Tengo una reputación. Lo que pasa en Brasil, se queda en Brasil.

Harry alzó el tenedor en señal de advertencia o quizá como consejo importante.

—Pues no sé. Igual airear que te has acostado con el Elegido sube puntos en tu posición. A lo mejor fuiste tú quien manipuló las urnas. Tú conoces magia oscura.

—Me halaga que pienses en mí como un mago tan poderoso pero yo nunca hubiera incluido tu nombre.

—Todo para ti, para no perder la costumbre.

—Todo menos el dinero que perdí pagando al bedel —Harry lo miró, inclinando la cabeza para escuchar mejor.

—¿Al bedel? ¿Ese bedel? —como Draco asintiera, Harry proclamó—. ¿En serio le pagaste? Si era imbécil…

—Tuvo que serlo. Se le pidió representar un papel para que pudieras sentirte mal por rechazar a Draco Malfoy. Siempre dudé que lo consiguiera, pero al parecer, según tu cara, valió la pena el precio.

Harry dejó la comida olvidada.

—¿En serio hiciste eso? Malfoy, qué retorcido. ¿Por qué no presentarte ante mí como un mago normal y contarme tus planes? Quizá podría haberte ayudado.

—Los Malfoy no piden ayuda.

—El orgullo te pierde…

—Pero en la cama te encanta.

—Malfoy… ¿por qué chantajeaste al bedel? Mierda, ahora que lo pienso, yo también le di propina.

Draco se carcajeó.

—Bueno, esa rabia será un buen estímulo para ti cuando te apetezca mi cuerpo. Así podrás rechazarme por otras cosas, que ya es difícil —Harry no dejaba de mirar la servilleta frente a él, el episodio de las charlas con el vigilante volviendo a su memoria. Draco esbozó una gran sonrisa satisfecha—. ¿Se te está pasando por la cabeza volver a repetir?

Harry alzó la mirada, cogido por sorpresa. Pero enseguida puso la mente a trabajar.

—Bueno, ¿por qué no? No fue mi mejor polvo, pero estuvo bien.

Harry casi rio ante la cara de estupefacción del rubio.

—Te estás ganando un crucio, Potter —Draco alzó su varita, y la miró, pensativo—. Es obvio que mientes. Bien, quizá sería más productivo hacerte Legeremancia. Tengo entendido que no eres muy bueno bloqueando pensamientos. Así sabremos qué piensas realmente.

—Eso fue hace mucho tiempo. En la Academia de Aurores nos entrenaron para eso, ahora lo hago mucho mejor —Harry se introdujo un trozo de tarta en la boca—. ¿Hoy vas a ir también a hacer rápel?

Draco alzó la vista.

—No. Creo que he quedado saciado de actividades muggles. Además, a la una se activa nuestro traslador.

Harry paró de comer, tratando de recordar.

—¿A la una?

—Sí, Potter, a la una. ¿No prestas atención cuando te dicen la hora de vuelta?

Harry juraría que su traslador se activaba más tarde, y no a la una, pero no discutió. Uno, estaba hambriento y con Malfoy dándole réplicas no llenaría su estómago nunca. Dos, quería disfrutar ese momento. Aún no podía creer que el rubio aceptara acostarse con él. Dos veces. Tendría que mirar si las cataratas se habían congelado. Pensativo, se quedó mirando el zumo de Malfoy y recordando los cócteles que bebió por la noche.

—¿Y ahora qué es tan gracioso? —preguntó Draco captando la risita ahogada del moreno.

—Esta es la ciudad de las tres ces. Cócteles, cascadas y calentones.

Draco lo miró, atónito. A veces, la inteligencia mermada de Potter hacía su presencia en momentos inesperados.

—Qué chorrada. Ahora entiendo a Granger. La pobre tiene que lidiar contigo y con su marido —Draco apuró el zumo y añadió—. Salazar, qué cruz. Por cierto, deberías enviarle una postal muggle con ese eslogan tuyo.

La mano de Harry viajó para posarse en la suya, dejando a Draco paralizado por la caricia.

—Eh, Malfoy. Esa es una gran idea... lo haré. He comprado varias postales.

Por un momento se imaginó la cara de Hermione al leer eso y tuvo dificultades en aguantar la risa.

—Bueno, Potter, es evidente que tengo brillantes ideas. Kingsley lo comprobará en cuanto acepte mi candidatura.

—Primero tendrás que hablar con él y no recibe a cualquiera fácilmente. Es un hombre ocupado, es nuestro Ministro de Magia.

—Eso ya es agua pasada. El Gran Ministro me recibió en cuanto le expuse mis dudas sobre el funcionamiento del sorteo del empleado del año. Me costó, pero lo hice.

Harry se preguntó cuántas sorpresas guardaría el slytherin. Parecía ser un hombre persuasivo. Durante todo el viaje había descubierto cosas en él que le gustaban; no mermaba las ganas que a veces surgían de mandarle al garate, pero teniendo en cuenta que antes consideraba a Malfoy alguien bastante poco interesante, ahora veía posible incluso una amistad con el rubio. Ambos podían ir juntos a buscar sexo, o si, la noche se terciaba, repetir el momento de ayer. Al menos parecían tolerarse; incluso aquella mañana disfrutaron del jacuzzi enzarzados en otra más de sus peleas absurdas. No podía evitar pensar en cuán interesante era estar con Draco conforme pasaban los días, aunque el rubio siguiera siendo un capullo.

Cuando recogieron sus cosas y dejaron sus llaves en el mostrador, incluso las chicas pechugonas confesaron verles cambiados. Draco creyó que lo decían por los ojos de adoración de Potter hacia él cada vez que hablaba. Al fin y al cabo, los Malfoy siempre fueron seductores por naturaleza, y nadie era inmune a ello, ni siquiera el Salvador. Podría ser entretenido salir con Harry Potter de vez en cuando, sobre todo si alguna noche se terciaba volver a repetir... al menos, Potter no le había rechazado, probando así ser merecedor de su cuerpo y tal vez de su compañía.

Después de echar la postal para Hermione y Ron, ambos cruzaron los límites mágicos del hotel para volver al Entre Ríos muggle y fue entonces cuando Draco metió la mano en el bolsillo de su pantalón para sacar una cinta de cassette antigua. Harry lo miró con extrañeza.

—¿Qué es eso, Malfoy?

—Un traslador —y añadió, esbozando una sonrisa enigmática—. No serviría de nada pertenecer al Departamento de Transporte Mágico si no me aprovechara un poco...

—¿Es un traslador ilegal?

—No es ilegal, Potter, está registrado. Simplemente, no nos lleva de vuelta a casa —Harry escrutó su rostro, incitándole a hablar—. Como anoche estuviste muy apasionado, he pensado que nos vendría bien una luna de miel.

—Pero tenemos que volver a Londres hoy.

—Digamos que soy muy persuasivo. Digamos que es un traslador autorizado por Kingsley siempre que le lleve de vuelta una información interesante. ¿Qué pasa, de repente te da miedo romper las reglas?

Harry le pasó el brazo por el hombro y susurró:

—Eso nunca. ¿Querrás llevarme contigo?

—¿Te gusta el frío?

—No llevo ropa de abrigo... creí que solo íbamos a estar aquí.

Draco elevó la ceja y sus ojos acerados brillaron bajo el sol.

—Bueno, Potter. Estoy seguro de que se te ocurren muchas formas de calentarte.

El moreno asintió, agarró el otro extremo del traslador y miró hacia el infinito esperando su activación. Ignoraba su próxima parada, pero después de experimentar las tres ces, decidió que no le importaría conocer una cuarta, y menos aún si Malfoy se agregaba a la ecuación.

FIN


19/02/14

03/05/14

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Notas de autor: Muchas gracias a todos los que me disteis ánimos durante la subida de capítulos, que fue mucho estrés para un solo día.

He de decir que, a pesar de haber viajado mucho, nunca he estado en Brasil. El tío google y la tecnología de internet fueron mis baluartes para documentarme, y doy gracias por ellos, así como a los lectores que se pasen por aquí y me dejen sus opiniones.

Os quiero.