Nota de autor NUEVA

Buenas gente, para quien llegue aquí por primera vez, ¡felicidades! Sois testigos de una remasterización de la historia, porque mamma mia si la necesitaba. ¡Espero que os mole cantidubi!

Para los que ya estén leyendo esta historia y por casualidad se pasen por el primer capítulo, ¡SÍ, ESTAMOS VIVAS! Solo que los estudios, competiciones y demás nos ponen muy complicada la existencia, ¡en cuanto pueda tened por seguro que subiré nuevo capítulo!

Por cierto, una traductora se ha interesado por esta historia, mangaka95, así que que sepáis que ahora la podeís encontrarla en alemán según el siguiente link, ¡si sabéis alemán no dudés en pasaros y darla un abrazo psicológico!

www. fanfiktion. de /u /ahaa

(¡también ha traducido "Guía para Ligar con Chibi!Italia", "1362" y "Romano en el Pasado"!)

¡Espero tener un capítulo nuevo subido en los próximos días!

La parte de abajo aclaratoria de los capítulos resubidos no cambiara, y la de arriba… ¿pues sí? Ya veré xD

En fin, que ATENCIÓN: ESTO NO ES UN FIC BASADO SOLO EN OCs, es una obra más o menos fiel a la historia en la que no puedo negar que hay un chiquillo protagonista inventado por mí, pero que os da igual porque seguro que lo vais a querer un montón.

Disclaimer: Hetalia no me pertenece, es propiedad de Hidekaz Himaruya.


1-L'enfant

1951 – Paris, Île-de-France, France

Miraron al niño que había aparecido en el centro de la mesa.

Era un chiquillo bajito, rubio y de ojos azules. Aparentaba unos seis años e iba vestido con una blusa blanca, con un lazo azul oscuro en el cuello.

Observaba a las seis personas que se encontraban a su alrededor curioso, dos enormes ojos brillando en medio de la mesa.

-.-.-.-.-.-.-.

Alemania se encontraba fuera de la sala de reuniones, tomando una cerveza en un intento de enfriarse la cabeza. No era muy normal que aparecieran niños de la nada en la mesa de la sala de una importante reunión. Y lo decía alguien que había visto de todo.

Un niño surgido ex nihilo… Un niño… Tras la aparición del chiquillo, habían llamado a Inglaterra, porque, ¿quién podría hacer algo así a parte de Inglaterra? Todos pensaban les había gastado una broma. ¿Que qué había pasado después? Pues lo de siempre...

-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.

– ¿Y por qué iba a hacer yo eso, Frog? –dijo Inglaterra desde el teléfono. Francia había sido casualmente el primero en llamarle para echarle la culpa. Fue en ese preciso instante que todos supieron que la reunión se había al garete.

Mon ami, eso lo tienes que saber TÚ.

– ¡Qué yo no he sido, rana barbuda!

– ¡No me grites, cejotas!

Ve~ Yo habría hecho aparecer pasta~ –Italia se acomodó en el asiento, exageradamente poco preocupado por la situación.

– Maldita sea, cállate, fratello, o nos culparán a nosotros –ambos hermanos dirigieron una mirada inquisitiva al chico.

– ¿Y cómo nos iban a culpar?

– Tú hazte el tonto.

– Vamos, vamos –Bélgica alzó las manos-, seguro que esto tiene una fácil explicación. ¿Tú que opinas, hermano?

– Opino que las sillas son importadas de Holanda. Si rompen una, pagaran el triple de lo que valían para arreglarla.

– No me refería a esos dos, Holanda...

Prusia dio un golpe a la mesa, pegando un susto a los italianos.

Kesesese~ ¡Dejad que el asombroso yo lo arregle!

– Oh, maldición. Entonces a tenido que ser el albino.

Francia se giró al pruso, con una seriedad inusitada en la cara.

Mon ami, ¿cómo has podido ser tú?

– ¡Hey, winebastard, ¿a quién culpas?! ¡Te dije que no había sido yo!

– ¡Mein gott...! ¡Mi asombrosa persona no haría algo tan ridículo como materializar a un niñito encima de la mesa!... –el resto le miraron fijamente– Aunque... tal vez sea el único lo suficientemente asombroso para poder hacer eso...

– ¡Entonces ha sido el albino! ¡Chigiiiiii! ¡Estamos perdidos!

– Tengo un poder que ni el asombroso yo había notado...

– Hey, Prusia, tendrás que pagarme la patente del poder.

– ¿Qué patente, Holanda? –al albino le brillaban los ojos– Bah, ¡Con mi poder me haré rico! Kesesesesese~

Bélgica se llevó una mano a la cara. El resto empezaron a insultar a Prusia, incluido Inglaterra, a través del teléfono.

– Hermano, lo que se está perdiendo Luxemburgo… No sé si me da envidia o pena…

Ve~ Prusia, ¿Puedes materializar pasta?

– ¡Pues claro que sí! ¡Sólo tengo que concentrar mi asombroso poder y...

– ¡CALLAOS TODOS! –y todos se callaron. Alemania sabía poner orden– A ver, no vamos a conseguir nada culpándonos así los unos a los otros. ¿Entendido?

– Sí... –respondieron todos al unísono. Inglaterra escuchaba todo con atención, desde el teléfono. El chiquillo miraba algo asustado al tipo rubio imponente que había acabado con el dolor de cabeza que le estaba causando los gritos de los demás.

– Vayamos por partes –Alemania se giró a Francia, que le pasó el teléfono como quien pasa una bomba–. Inglaterra: ¿has sido tú?

– Ya os he dicho que NO –sonó la voz del inglés desde el auricular. Estaba harto de que le culparan.

– West, déjalo. He sido yo, que con mi asombroso poder he conseguido que un niño apareciera en la mesa...

– Gilbert, tú ni siquiera crees en la magia -zanjó el alemán, viendo que todos se habían tragado la idea de que Prusia tenía superpoderes.

– Maldición. Si no ha sido el macho-patatas-albino, ¿Entonces quién? –bufó Romano, enfadado de perder una razón más para quejarse de los hermanos patata.

– ¿Por qué no le preguntáis al niño?

Todos se volvieron.

En la entrada de la sala se encontraba Luxemburgo. Parecía que había estado escuchando por detrás de la puerta unos minutos antes de entrar, porque no le sorprendió encontrarse al niño mirándolo encima de la mesa, y el resto de las naciones revoloteando por la habitación. Se apartó el flequillo de la cara, en un intento de colocarse el pelo, sin resultado.

– ¡Luxemburgo, no sabes lo que te has perdido! –Bélgica le acercó la silla al tiempo que el resto empezaban a hablar a la vez.

– Por los gritos que se oían desde fuera, no creo que fuese muy importante...

Kesesese~ ¡Lux, ha sido alucinante! ¡Mi asombrosa persona ha conseguido materializar a un niño!

Bruder, no has sido tú. –replicó Alemania otra vez. O su hermano era demasiado ególatra para no admitir la verdad, o le faltaban varios tornillos. Posiblemente ambas cosas a la vez.

Ve~ Entonces no puedes hacer pasta de la nada...

– Hmmmm… ¡Pues no! ¡Ya decía yo que era demasiado asombroso como para hacer esta tontería de conjuro! ¡Kesesesesesesese~! – opinó Prusia, sin mostrar la pena que le daba admitir eso.

– Ha sido France -se oyó sentenciar a Inglaterra desde el teléfono.

– Ha sido Angleterre -sentenció Francia al oír la acusación del anglosajón.

– Habéis sido los dos, malditos bastardos -sentencio Romano, sumándose a la conversación.

– Repito, ¿Por qué no le preguntamos al niño? -dijo de nuevo Luxemburgo, captando la atención de todos los países.

Entonces, lentamente, las naciones volvieron su mirada al crío que estaba encima de la mesa. Este no pudo hacer otra cosa que sonrojarse ante los seis pares de ojos que le miraban expectantes.

– Hey, pequeño... –empezó Bélgica, que era de lejos la más apropiada para hablar con un niño– ¿puedes decirnos quien te ha traído aquí?

El pequeño se quedó mirándola. No parecía que entendiera nada. Bélgica probó de nuevo:

– A ver... ¿Dónde están tus padres? ¿Lo sabes?

– ¿Esa es la única cosa que se te ocurre preguntar a un chaval surgido de la mesa? –murmuró Romano.

El niño, impasible, la miraba como si fuera una lechuga con patas. Entonces, pareció que iba a abrir la boca para decir algo. Todos los países (incluyendo a Inglaterra, que de alguna manera se las apañaba para seguir los hechos) miraron atentos:

¡CHIGIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII!

VE~ ¡UAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHH!

El niño pegó un salto del susto y se tapó la cara con las mangas de su blusa. Todos los países (especialmente Alemania) lanzaron una mirada asesina a los dos italianos.

– ¡Que demonios os pasa, Vargas! –les gritó el alemán enojado hasta lo inefable.

– ¡Bastardo zampa patatas, que conste que aún con eso no hemos sido nosotros! –le gritó Romano a Alemania, que se había escondido detrás de la silla en cuanto vio cómo le miraban sus futuros asesinos.

– ¿Qué es eso? -dijo Luxemburgo rápidamente, sabiendo que el mejor para preguntar en ese momento no era Alemania– ¿A qué se refiere tu hermano, Italia?

V-ve... Él tiene... tiene un... en la cabeza -masculló el nombrado, señalando al niño con un dedo tembloroso.

Todos miraron bien a la cabeza del chico. Fue entonces cuando comprendieron qué había asustado a los Italias.

El niño seguía tapándose la cara, pero se podía ver perfectamente: un rulo rubio sobresalía del ovillo que se había hecho sobre sí mismo.

Los italianos se escondieron aún más tras la silla.

Fratello, esto debe de haber sido cosa de Vaticano... ve...

– Oh, ese maldito... en cuanto le pille le dejaré sin pasta durante años...

Los italianos seguían maquinando como destruir al Vaticano (más bien uno maquinaba mientras el otro asentía sin cesar), mientras los demás les observaban a ellos primero, y luego al chiquillo, y así sucesivamente.

Belgique, tal vez no te entendió porque habla italiano –dijo Francia, dirigiéndose a Bélgica con un tono seductor que esta decidió pasar por alto.

– Kesesesesese~, ¡Una idea casi tan asombrosa como cualquiera mía! –saltó Prusia– ¡Italias! ¡Habladle en italiano!

Ve... De verdad que no hemos sido nosotros...

– Es una orden, Italia -dijo Alemania, ya deseando acabar con el problema.

Ve... D-di dove sei?* –El niño se le quedó mirando de la misma forma que a Bélgica– Di dove sei? –repitió Italia. El chico le seguía mirando extrañado.

Mamma mia! Mio fratello si chiede da dove vieni, così rispota! Capito?*esta vez habló Romano (o más bien ordenó), que se alzó tras la silla, sin acercarse, tan valiente como cobarde. El pequeño volvió a esconderse cómo si el que hubiera hablado hubiera sido Rusia– ¡¿Veis cómo no hemos sido nosotros?! ¡No entiende el italiano! ¡No responde!

– Yo tampoco respondería, mon petit Romano.

– ¡Chigiiiiiiiiiiii!,¡ni te me acerques, maldito pervertido! –Romano se volvió a esconder detrás de la silla.

– El enano tiene que ser italiano, a lo mejor de Seborga o de San Marino, pero no de otros países –concluyó Holanda, harto también del niño–. Lo mandamos a Italia y punto.

– Hermano, eso es un poco cruel, deberíamos buscar a su madre...

– Ve~ ¡Tengo una idea!

Todos los presentes se giraron a Italia.

– Si es sobre pasta, no es el momento –le advirtió Alemania.

– Estamos en París, ¿no? –dijo el italiano, sin prestar atención a lo que el germano decía– Las cigüeñas traen a los niños de París... ¡A lo mejor se le ha caído a una cigüeña! –concluyó, feliz, pensando en lo brillante que era esa idea.

– ¡Fratello, no digas cosas sin sentido!

– Kesesesesese~ ¡Él tomate tiene razón! ¿No ves que es un niño demasiado mayor para que lo lleve una cigüeña?

Y Prusia recibió, finalmente, una coyeja en la cabeza de su hermano.

What the heck is happening there!?* –se oyó a Inglaterra por el teléfono. Francia le iba a responder, pero se calló un momento.

El niño había mirado interrogante al teléfono.

– ¿Habéis visto eso? –dijo Francia a los demás. Nadie entendía a que se refería.

– Hey, frog, ¡respóndeme! -se oyó al inglés otra vez desde el móvil.

Angleterre, ¿puedes decir algo en inglés? -le pidió Francia.

– ¿Para qué no entiendas mis insultos? No. Explícame ya qué demonios está pasando, he oído algo de los Italias...

– Creo que el chico habla inglés -le cortó Francia.

Todos miraron al galo, ¿no habían aclarado que era italiano?

– Francia, pásale el teléfono al chico, a ver si es cierto –dijo Luxemburgo. Se había dado cuenta de que el niño seguía mirando el teléfono, esperando a algo.

– No hará falta, a ese Scone podrido se le puede oír aunque este en un concierto de Rock –recalcó Prusia.

– ¡Te he oído Prusia! All you bastards, I will do scones with you, insult me wen I'm not there is the worst thing you could ever do!*

Se le oyó perfectamente en toda la sala. Prusia lo había conseguido, sabía que si el inglés perdía la paciencia les insultaría en su propio idioma.

El niño se estremeció de miedo al oír lo que salía del aparato. Su interés hacia el teléfono bajo a menos veinte al tiempo que se llevaba las manos a los oídos.

– De verdad, esto es una locura... ya me he hartado de la broma... Un niño se nos aparece en una reunión tan sumamente importante como esta, y ahora nos están tomando el pelo con su procedencia, su idioma... Esto es de locos –murmuró Alemania lo suficientemente para que no le oyeran. Se levantó y se dirigió lentamente a la puerta–. Que hable con Inglaterra y zanjar el asunto. Yo necesito tomarme un respiro –y con esto último salió de la sala.

-.-.-.-.-.-.-.-

… Eso es lo que había pasado.

Alemania tomó otro sorbo de su cerveza. Llevaba fuera ya diez minutos, intentando sacar algo en claro del asunto. La reunión había sido estropeada, pero esto no le habría afectado tanto si no fuera porque no era una reunión cualquiera.

El había ido a París, la capital del país contra el que había luchado ferozmente hacia tan solo seis años.

Hace tan sólo seis años habían acabado la llamada Segunda Guerra Mundial. Todo Europa había quedado devastada, pero él, Alemania, era el que más había perdido: perdió la guerra.

Podía recordar los resultados de esta, algunos países que sobresaltaban por su destrucción.

Polonia: 6.850.000 eran las personas de nacionalidad polaca que habían muerto (unas de las cifras más altas). Polonia siempre había sido unos de los objetivos favoritos por sus jefes: la habían destrozado, ocupado, y vuelto a destrozar. No hacia falta decir que los dos países ni se hablaban. Alemania había querido saber si estaba bien, y había recibido de respuesta que (o sea, como que) lo tendría que saber él, que era (totalmente) su culpa. Más tarde se enteró de que había llorado tras la guerra, en un cementerio de Varsovia, delante de cientos de personas.

Luego estaba Japón, su aliado. Había acabado la guerra, o eso suponían, cuando en 1945, cayeron las bombas en Hiroshima y Nagasaki. Una venganza de América, le dijeron. Ahora visitaba a su amigo las veces que podía, porque tras seis años Japón seguía reconstruyéndose.

También otros países le vinieron a la cabeza a Alemania. Uno en especial, que destacó en su mente.

España ni siquiera había participado propiamente en la guerra, pero tuvo la suya propia. Francia le había contado como, las veces que fue a visitarle, parecía un muerto viviente, con la cabeza metida en sus pensamientos, y actuaba como si tuviera dos personalidades, contradiciéndose a cada cosa que hacía, igual que Portugal, por otra parte. Todos los países habían entendido rápidamente lo horrible que era que tú propia gente se dividiera y se matase entre ellos, Alemania había sentido una sensación parecida antes los juicios de Nüremberg. Los resultados colaterales de la guerra habían sido, básicamente, dictaduras de los pirineos al Sur y de Praga al Este.

Y. finalmente, estaba él, Alemania. Hasta 10 millones de muertos, destruida, y dividida.

Tomó otro sorbo de cerveza. Dividida. Los aliados optaron en dividirse el país entre ellos como si fuera una tarta, y habían llenado el territorio de bases extranjeras. Pero lo peor es que había sido separado de su hermano. Prusia, como representante del este de Alemania, ahora pertenecía a Rusia. Eso era la mayor perdida que había tenido.

El ruso vendría dentro de unas horas para llevarse a su hermano. Y ya no sabía si lo iba a volver a ver. Por todos los dioses, que no le ocurra lo mismo que a España...

Alemania tomó otro sorbo de su cerveza.

Después de dos guerras mundiales seguidas, todo Europa sabía que una tercera destrozaría lo poco que quedaba. Ya estaba dividida en dos (oriente y occidente), una batalla más, y pasaría de ser un continente a un vertedero de chatarra militar.

Es por eso que se creó la idea en Europa occidental para una unión, y por eso estaba ahora Alemania (y Francia, Luxemburgo, Holanda, Bélgica, los Italias y por suerte, su hermano) en París.

La unión fue llamada "Comunidad Europea del Carbón y el Acero (o CECA)", ¿y qué era? Una simple alianza en el que el carbón y el acero de un país tenía que ser compartido con los demás. Parecía una tontería, pero siendo la fuente principal para crear armas el acero, y el carbón para crear la energía, sería difícil que uno de los países de la alianza se revelara contra otro de la alianza.

Y en cuanto habían firmado la unión, les aparece un niño encima de la mesa. Ridículo. ¿De dónde había salido ese maldito chico?

– Reunirse con estos siempre es una aventura... –murmuró Alemania al acabar la cerveza.

Entonces la puerta de la sala se abrió, e Inglaterra salió de ella. Alemania se quedo anonadado.

– ¿Pero qué...?

– Buenas tardes.

– ¿Tú no estabas en tu casa, hablando por teléfono? ¿Cómo has llegado aquí?

– Flying Mint Bunny* me trajo volando en cuanto supe que el niño hablaba inglés –Alemania le miraba como si el inglés estuviera loco–. Si sabías que no me ibas a creer, ¿para que me preguntas?

– … Cambiando de tema, ¿Necesitáis mi ayuda o algo? –Alemania intentaba ser lo más serio posible. Flying Mint Bunny... de verdad que el mundo estaba loco...

– Sí, allí dentro se ha formado un revuelo enorme, así que necesito hablar con el más cuerdo de todos –dijo Inglaterra mientras cerraba la puerta detrás suya, quedándose en el corredor con Alemania. La palabra cuerdo parecía extraña salida de él–. Él niño no es italiano, ni inglés, así que no me lo encasquetéis a mí.

– ¿Eso es lo que querías decirme?

– No, pero que quede claro. Quería preguntarte si apareció antes o después de firmar la alianza –Inglaterra hablaba con una seriedad inesperada.

Alemania pensó unos instantes que tenía que ver eso con el niño, y entonces fue apareciendo una idea en su cabeza.

– Sí... apareció después... –murmuró en sus pensamientos.

– Lo que sospechaba –sonrió triunfante Inglaterra.

– Entonces...

-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.

El pequeño miraba desorientado a todos lados. Esta vez estaba sentado en una silla, a un lado de la mesa. Al otro extremo se encontraban escondidos los Italias, murmurando cosas, mientras que el resto de las naciones estaban charlando por ahí, algunos a gritos y otros calmando los ánimos.

El chico había estado hablando con un tipo extraño que llegó volando. Literalmente. Aún acariciaba entre sus manos al conejo con alas color verde brillante que había llevado al hombre hasta allí.

Por la voz, el pequeño pudo reconocer que se trataba del que había hablado por teléfono, así que no le gustó mucho la idea de que estuviera allí en persona, pero resultó ser un tipo bastante agradable, que hablaba su mismo idioma y que le presentó a los que se encontraban en la habitación. También le aclaró que estaba en un sitio muy importante y que tenía que explicar quién era y qué hacía allí.

Pero eso fue algo que el chico no pudo responder. ¿Quién era? ¿Qué hacía allí? ¿Le habían borrado la memoria o algo por el estilo?

El inglés le había mirado durante un rato, entre triste y frustrado, y después se había marchado al pasillo. Y todavía no había vuelto.

El chico miró a su alrededor. El tipo de las cejas pobladas le había aclarado que era Inglaterra, que el del pelo ondulado y con barbita era Francia, que el que tenía el pelo en punta era Holanda, la chica era Bélgica, el chico del flequillo desmedido Luxemburgo, los que se parecían tanto eran Italia del Norte e Italia del Sur, el del pelo plateado era Prusia, y el que había salido de la sala cabreado era Alemania.

Parecía un cuento de hadas. Él sabía que Inglaterra, Francia, Holanda, Bélgica, Luxemburgo, Italia y Alemania eran países, y Prusia seguramente también. ¿Le estaban tomando el pelo? No se creía lo que le había dicho de países personificados, a sus ojos parecían gente normal. ¿Eran apodos? Le habían dicho que no.

Pero entonces, él, ¿qué era? ¿otro país? Lo sabría si lo fuera, ¿no? No entendía nada.

La puerta de la sala se abrió, y entraron estrepitosamente Alemania e Inglaterra. El resto de las naciones callaron al verlos.

– ¡West, por fin! ¡¿Qué hacías allí fuera, emborracharte?! –le gritó Prusia de buen humor– ¡Aquí la gente se estaba preocupando!

– ¿Habéis llegado a alguna conclusión, Alemania? –preguntó Luxemburgo, preocupado por la cara que traía el alemán, sumido completamente en sus pensamientos.

Yeah, creo que entre los dos hemos descubierto quién es ese chico –anunció Inglaterra sonriente.

– ¿Quién? -dispararon los Italias a la vez, temerosos.

– La Comunidad Europea del Carbón y el Acero.


1 Di dove sei? ¿De dónde vienes?

2 Mamma mia! Mio fratello si chiede da dove vieni, così rispota! Capito? ¡Madre mía! ¡mi hermano te pregunta que de donde vienes, así que contesta! ¿Entendido?

3 What the heck is happening there? ¿¡Qué demonios está pasando allí!?

4 All you bastards, I will do scones with you, insult me wen I'm not there is the worst thing you could ever do! ¡Vosotros bastardos, haré scones con vosotros, ¡insultarme mientras no estoy allíes lo peor que podríais hacer!

5 Flying Mint Bunny:Conejo Menta Volador

La CECA, Comunidad Económica del Carbón y el Acero, fue una unión entre Francia, Luxemburgo, Bélgica, Los Países Bajos, Italia y la RFA para precisamente eso, procurar que no empezase una guerra. La verdad es que queda bastante claro en este capítulo. Esta unión se considera la primera etapa de la UE, aunque en ese momento la idea de una comunidad europea a mayor escala no es que fuese la mayor inspiración (aunque el sueño de Schuman fue precisamente "crear unos Estados Unidos de Europa").

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