Rurouni Kenshin y sus personajes son propiedad de Watsuki Nobuhiro y Shueisha.

Género: Familia, Amistad.
Rating: T (+16)
Capítulo relacionado: ninguno.
Advertencia: no.

05.- Mujer

Llevaban cuatro días de camino y aún les quedaba más de una semana para llegar a las cercanías de Kyôto. La noche estaba cayendo y estaban demasiado lejos de cualquier sitio, además el camino era peligroso para realizarlo a oscuras, por muy bien que ambos se moviesen en la penumbra no era prudente.

—Acamparemos cerca del río —declaró Aoshi—. Necesitaremos leña, procura recoger si la ves.

Misao asintió prestando más atención a su alrededor. Al igual que él se agachó a recoger ramas secas y pinaza para la hoguera que les mantendría calientes y les permitiría cocinar alguna cosa para cenar.

Aoshi caminó delante de ella bordeando el río hasta las proximidades de una pequeña cascada, la pared rocosa les protegería del viento, los árboles les mantendrían ocultos de los posibles ladronzuelos y bandidos y, por último, el río les abastecería de agua dulce. Como siempre el antiguo Okashira había pensado en todo.

Montaron el campamento aprovechando la maleza y la pared rocosa, camuflándose a la perfección con el entorno. Misao se pasó el dorso de la mano por la frente secando el sudor que le perlaba la frente.

Aoshi la miró de reojo mientras apilaba la leña para encender la hoguera. Se esforzaba demasiado, hacía tiempo que la observaba y no entendía por qué tenía que esforzarse tanto para tan poca cosa, qué necesidad tenía de dar siempre el máximo en todo.

—¿Estás bien?

—¡En plena forma! —exclamó alzando los brazos al cielo derrochando energía.

—Iré a por algo para cenar.

—No se preocupe, Aoshi-sama, lo haré yo.

Le puso la mano sobre la cabeza y le acarició el pelo con suavidad.

—Siéntate y descansa —ordenó—. Te esfuerzas demasiado.

—Pero…

Sin embargo, no le permitió ayudarle a cazar. Se sentó pacientemente a esperar. Ordenó sus kunai y siguió esperando. Se levantó e hizo estiramientos y esperó más. Hasta que Aoshi al fin regresó.

Misao preparó la cena y comieron en silencio con el crepitar del fuego acompañando su mutismo. Aoshi se preguntó por qué estaba tan callada y tan quieta, pero no le dijo nada asumiendo que, seguramente, estaría cansada.

—Aoshi-sama —llamó, tras largo rato, esperando a que la mirase para continuar—. Si no le importa iré a darme un baño.

El ninja enarcó una ceja, no necesitaba su permiso ni para bañarse ni para nada.

—Ve a hacer lo que tengas que hacer —contestó—. No necesitas mi permiso.

—Es sólo que… —murmuró. A veces cuando le hablaba de aquella manera tenía la sensación de que le estaba riñendo—. No quería que se preocupara.

Misao se sintió idiota ¿por qué demonios iba a preocuparse por ella? Lo más probable era que se quedase allí tan tranquilo meditando, aunque tardase horas en regresar.

—Ve tranquila.

Ella asintió y emprendió el camino hacia un recodo más ancho y profundo del río, serpenteando entre la maleza, adentrándose en el bosque y regresando a la orilla, una y otra vez, ensimismándose con cualquier ardilla, pájaro nocturno, ratoncillo… Dio con el lugar perfecto persiguiendo ratón.

Sonrió satisfecha. Desató el obi y lo dejó en la orilla bien doblado. Nerviosa miró a todos lados comprobando que no había nadie. Estaba sola, evidentemente, quién en su sano juicio se iba a adentrar en aquella parte del bosque, y Aoshi no se acercaría.

—Eres idiota, Misao.

Se deshizo del resto de su ropa y le plantó encima una piedra blanca y grande para evitar que se la llevase algún animal o el viento. Recorrer Japón desnuda no parecía muy recomendable.

Completamente desnuda se acercó al río, hundió los pies en el agua y se estremeció ¡Estaba helada! Se replanteó lo de darse un baño.

Suspiró.

No, necesitaba ese baño, la mugre del camino no era nada seductora, aunque dudaba que Aoshi se fijase mucho en si estaba cubierta de polvo o no.

Avanzó con decisión conteniendo la respiración ¡Kami, estaba jodidamente fría! Se le había puesto toda la piel de gallina. Llenó los pulmones de aire y se sumergió en el agua fría emergiendo segundos después con un gritito ahogado.

Se frotó los brazos con energía

Se sentó sobre la roca, manteniendo los pies dentro del agua fría, y siguió cantando. Se sentía realmente bien. Se sentía libre como un pájaro.

Aoshi que había empezado a preocuparse por su protegida, que llevaba más de una hora desaparecida, salió a buscarla. Si le hubiesen atacado habría silbado para avisarle, a no ser que la hubiesen pillado totalmente por sorpresa y la hubiesen noqueado, no, Misao no era tan torpe como para no detectar el movimiento de la maleza cuando alguien o algo se acercaba; tal vez se había resbalado y estaba inconsciente ahogándose en el río, se estremeció ante aquella posibilidad.

Siguió el camino que había dejado marcado y que serpenteaba inútilmente hasta la parte más ancha de río, mira que le gustaba caminar de más a aquella chiquilla, parecía que no se le acababa jamás la energía.

A lo lejos escuchó su vocecilla entonando una canción de aquellas que le había enseñado Shikijô cuando era una niña —una nada apropiada para cualquier niña o señorita—. Podría haber dado media vuelta al escucharla y saber que estaba bien, pero quería ver qué demonios estaba haciendo allí canturreando tanto rato. Se movió en silencio, por mucho que ella estuviera entrenada para captar cualquier movimiento, sabía que sus pasos no los detectaría.

Por un momento la idea de salir y lanzarle la ropa a la cabeza cruzó por su mente, si lo hubiera hecho habría sido como admitir que ya era una mujer adulta y hermosa, como decir en voz alta que aquel cuerpo de piel nívea no le resultaba indiferente.

Permaneció inmóvil sin despegar la vista de ella. Y apreció que se aseguraba de vendarse los pechos a consciencia para que no le entorpecieran los movimientos, algo que debería hacer cualquier kunoichi que se tomase en serio la lucha y que no había visto poner en práctica a las otras dos mujeres del Oniwaban-shû de Kyôto.

Así que Misao se lo tomaba en serio… había sido injusto juzgando precipitadamente su inexperiencia. Debería entrenarla en condiciones. Porque si se sacrificaba a soportar aquella molestia constantemente y a diario, entrenarla era lo mínimo que él podía hacer.

Observó, una vez más, la sorprendente curva perfecta y peligrosa de aquel pecho blanco que veía desde su posición, sintió ganas de dibujarlo con la yema de sus dedos, de recorrerlo con la punta de la lengua, de comprobar que era real.

Su mirada resbaló por su abdomen liso y recorrió sus piernas perfectamente torneadas. Ahora que la veía sin barreras se percataba de lo hermoso que era su cuerpo de curvas suaves y de lo endiabladamente apetecible que era.

Himura tenía razón. Ya no era una niña.

Fin

Notas de la autora:

¡Hola! Nuevo shot, también dentro de la colección 365. Espero que os haya gustado.