6 GRADOS DE SEPARACIÓN

Conexiones

Imagina esto: Te encuentras en medio del bullicio de la ciudad, los edificios y rascacielos te flanquean al tiempo que una corriente interminable de gente va y viene pasando de ti como si fuese una enorme ola que choca contra todo, un flujo interminable de personas que caminan a tus lados, sientes los golpes en tu hombro, escuchas frases sueltas de alguna conversación trivial, el golpeteo de los tacones de los zapatos contra el concreto.

Ahí vas tú caminando tratando de evadir la avalancha de corazones latientes, voces y existencias que parecen tener la intención de arrasar con todo; fíjate en tu alrededor, cada uno de esos rostros que pasan frente a ti o a tu derecha e izquierda son solo otro integrante funcional o tal vez no tan funcional de la sociedad, puedes ver a detalle esos rostros aburridos asqueados por la rutina; ves al hombre casi calvo maldiciendo entre dientes al que supones es su jefe, ves a la dama elegante con una mano metida en su abrigo revisando sus citas para el día desde la pantalla de su agenda electrónica, pero luego tienes que hacerte a un lado cuando un descuidado en bicicleta está a punto de arrollarte porque se le ha ocurrido ir por la banqueta.

¡Eso! Alguien le acaba de gritar un buen insulto por su imprudencia aunque tú ya lo has pasado de largo y sigues caminando, ya te has acostumbrado al gentío usual y al rumor que cada persona va dejando a su paso, casi todos van enajenados en sus propios pensamientos, lo mismo se podría decir de ti que solo vas distraídamente sin nada en especial en que fijar tu atención.

Caminas y caminas, pasas a un lado de aparadores de las boutiques… lo mismo de siempre, los maniquíes de tallas irreales, los afiches de nuevos grupos de rock o de pop, un comercial sobre hacerte una cuenta bancaria para que te endeudes un poquito más y justo a un lado de la ama de casa sonriente que anuncia algún limpiador de platos te detienes en la librería que tiene un letrero grande y a tu gusto un poco snob que promociona un nuevo Best Seller, ese que "ha venido a revolucionar el mundo literario".

Muy bien, puedes detenerte a husmear un rato, te agachas ligeramente sobre el aparador y puedes alcanzar a visualizar la pirámide de libros con cubierta de pasta dura que están forrados en un bonito color esmeralda con unas elaboradas letras cursivas doradas.

¿Qué sueñas cuando ves la luna?

Alzas ambas cejas, vaya título tan bohemio para una novela, desvías tus ojos de la montaña de libros en venta y echas otra mirada al letrero que tiene la fotografía del aclamado escritor: Arthur Kirkland, ves a un hombre serio que parece estar intentando sonreír de esa manera intelectual en la que los escritores con camisas negras de cuello de tortuga siempre sonríen en las contraportadas de sus libros, a ese tipo le hace falta una taza de café enfrente o unos lentes, pero no, solo vez la sonrisa por mucho incomoda, los ojos verdes y el desordenado cabello rubio ¿Acaso no se pudo peinar antes de la sesión? Te preguntas cuando ves la fotografía y ladeas ligeramente la cabeza pensando si alguien tan joven como ese Kirkland podría venir a revolucionar el mundo literario como tanto presumen.

Te encoges de hombros, tal vez mañana busques su libro en internet para descargar pues obvio sería una pérdida de dinero si resulta ser otro escritorcillo de sagas juveniles que recicla argumentos huecos.

Le echas otra mirada a los ojos verdes en el anuncio y sigues con tu camino deteniéndote unos metros después ya que el semáforo está en rojo. Miras el pasar interminable de los autos y por un momento te haces imaginaciones, les inventas a cada uno de esos conductores un destino: Ese va a casa, ese otro va con su amante, aquel seguro que es un mafioso italiano, el de más allá que va con tanta prisa y casi golpea el auto de enfrente podrías jurar que ha atropellado a alguien y se está dando a la fuga.

El semáforo cambia a verde y con ello sales de tus fantaseos, pronto los olvidas de todos modos. Cuando vas por el cruce de peatones, volteas a ambos lados… muy bien nadie te ve. Comienzas a saltar, de una línea blanca a otra, esas que están pintadas en el pavimento, no quieres tocar las negras con tus pies o pierdes ese improvisado juego que acabas de idear.

Un salto tras otro, crees que no lo lograrás ya que el semáforo ya parpadea con el color amarillo, apura el paso ¡Muy bien! Has llegado con un perfecto e infantil salto hasta la acera contraria y por ello te has ganado un par de miraditas extrañas, sientes tus mejillas arder un poco aunque retomas tu postura que te hace ver como solo otro aburrido peatón entre los demás, incluso has vuelto a poner tu cara aburrida para poder mezclarte con el resto… ah… que aburrido, que aburrido ¿Es que nadie hará algo divertido mientras vas por la calle?

De nuevo te enfrascas en tus propios pensamientos que en realidad solo son frivolidades sin importancia, tus pies caminando como si los hubieras puesto en piloto automático; sientes que el paisaje a tu alrededor es solo una escenografía que ya has visto en otras ocasiones, como en las caricaturas viejas en donde el fondo es siempre el mismo, algo así.

Este pensamiento te hace deprimirte un poco ¿no es así? La sola idea de que estés en un escenario inamovible, con una rutina que no va a cambiar aunque lo desees, con gente que llena el espacio y roba oxigeno… tal vez tú para esa gente eres igual, un ente genérico, podrían reemplazarte en cualquier momento y ninguno de ellos lo notaría siquiera.

Oh no… de verdad ha comenzado a deprimirte este pensamiento, será que cuando caminas piensas demasiado, más de lo que deberías si quieres conservar tu salud mental. Estás a punto de soltar un suspiro de resignación por esta aburrida vida en este aburrido mundo en este aburrido tiempo cuando…

¡Un rasgueo de cuerdas de guitarra rompe con el murmullo de la gente! Te sobresaltas ¿Quién diablos puede tocar la guitarra de tal forma?, volteas a todos lados y ahí está, casi en la esquina de la avenida, un muchacho de cabello negro y un peculiar rizo que sobresale de su cabeza.

Parecía estar probando su amplificador pues él mismo parece aturdido con el sonido recién reproducido, si… ahí lo tienes, metiéndose el dedo índice en el oído porque seguramente hasta se ha reventado un tímpano, es un milagro que esté sonriéndose como un tonto.

Se agacha a su amplificador para volver a ajustar el volumen y arreglar algunos cables, entre más te acercas puedes notar rasgos orientales, ojos rasgados, y tan negros como su propio cabello.

La guitarra que lleva colgada parece ser vieja además de que está atiborrada con calcomanías de muchas bandas, en su mayoría los logos están en kanjis y diseños de caricaturas que no alcanzas a reconocer. El muchacho te sonríe y tú le devuelves la sonrisa aunque la sientes algo forzada, de inmediato recuerdas al Arthur Kirkland del letrero con su sonrisa incomoda… que deprimente te habrás visto si sonreíste de la misma manera.

Te quedas un momento, cualquier cosa es más interesante que seguir caminando y llenándote de pensamientos inútiles. El muchacho está afinando concienzudamente su guitarra, cuerda por cuerda, pasa la plumilla cerciorándose de que el sonido sea el adecuado y ahí está, otra vez sonriente y dirigiéndose a todo el que pasa frente a él ignorándolo olímpicamente, como tú pudiste haberlo ignorado de no ser por ese atronador sonido que hizo antes.

-Buenas tardes a todos, me llamo Im Yong Soo y esta tarde tocaré para ustedes. ¡Recuerden mi nombre pues les aseguro que un día lo verán en las marquesinas!- dice con una voz demasiado confiada que por supuesto nadie atendió solo tú y de verdad te intentas grabar su nombre, solo por si algún día lo ves en MTV participando en uno de esos penosos reality show.

El chico Im Yong Soo toma aire, lo sabes por la manera en que se hincha su pecho y parece estarlo concentrando en algún lugar de su estómago y el diafragma al tiempo que posiciona sus dedos en el brazo de la guitarra marcando el primer acorde… puedes ver sus dedos largos y callosos que alcanza a rodear el brazo con facilidad. Comienza con el rásguelo inicial y el cantar de la primera estrofa.

Me alegro de tener solo dos ojos

Porqué si yo pudiera ver toda la tristeza en el mundo

Posiblemente no sería capaz de continuar viviendo.

El mundo está tan bien hecho que resulta repugnante

Y aun así ¿La gente va por ahí perdiendo la cabeza?

El mundo es tan grande pero las personas siguen siendo tan quisquillosas

Señalando esto y lo otro, siempre tan meticulosos.

Lo escuchas cantar, con una voz peculiar, no entra dentro de los estándares a los que la radio y la televisión te han acostumbrado, esos que suenan en la radio con voces de matices suaves y dulces como si estuvieran en un constante flirteo, este muchacho tiene más bien una voz nasal y a veces rasposa pero no se escucha mal.

De vez en cuando lo miras cerrar sus ojos, solo entreabriendo uno para asegurarse de que está pisando el acorde indicado, a veces arruga el entrecejo como si estuviera sintiendo el vibrar de la guitarra dentro de él y la letra de su canción fluyera por todo su cuerpo… si, tal vez después, cuando menos lo esperes verás su nombre en una marquesina.

¡Oh no! Hora de irte ¿Es que acaso piensas quedarte viendo a un artista callejero todo el día? ¡Mueve esos pies! Obviamente no te vas sin antes arrojarle una moneda pero él ni siquiera lo nota, Yong Soo está muy entretenido en su música.

Corre, corre ¡Te digo que corras más rápido! Eso te pasa por distraerte tan fácilmente, siempre con la cabeza en las nubes, aceleras el paso intentando no embestir a alguien pero no esperas que al pasar frente a la puerta de un altísimo edificio a alguien se le haya ocurrido salir.

Ouch… eso debió haber sido doloroso… acabas de chocar con alguien, quisiste frenar con tus pies pero demasiado tarde, diste de lleno contra la otra persona a la que incluso acabas de hacer caer, papeles y papeles vuelan alrededor de ambos. Te asustas, pueden ser documentos importantes así que intentas atrapar los que siguen revoloteando en el aire, ni te molestas en ayudar a la otra persona.

-¡Fíjate por donde caminas!- te reclama el otro y volteas a ver, un muchacho… o un joven adulto, cabello casi platinado que trae muy mal semblante; de inmediato el brillo de su broche en forma de cruz invertida te llama la atención y pronto este brillo es opacado por el de sus ojos helados de un azul metálico, es pálido y parece estar muy enojado o eso juzgas por el rubor en sus mejillas… si, lo hiciste enojar…

Discúlpate cuantas veces quieras, ese chico no parece querer perdonarte, te agachas para ayudarle a recoger todos y cada uno de los papeles y en el proceso alcanzas a ver el gafete que el joven lleva colgado del cuello y que tiene el mismo logo del edificio del que acaba de salir, no alcanzas a divisar el apellido pero lees el nombre de pila. Lukas.

-Dame eso, Dios mío… deberías tener más cuidado o alguien debería atropellarte antes de que sigas causando más molestias a la gente- te dice y aunque su voz es profunda no sube ni un decibel su tono puedes escuchar como la frialdad en su tono te hiela hasta la sangre… da miedo, en serio.

Sientes como te arrebata violentamente los papeles que llevas en la mano, te hizo una cortadita con el papel así que sientes el ardor en tu dedo anular de inmediato, el tipo ni siquiera se molesta en dedicarte una última mirada, va demasiado preocupado contando todos y cada uno de los papeles asegurándose de que estén todos y mirando a todos lados por si alguno se voló por ahí.

No era para que se pusiera de esa manera, coincido contigo, esa gente huraña se va a quedar soltera y sin amigos por siempre.

Te llevas el dedo lastimado a la boca, ugh… como arden los cortesitos con papel en la piel. Retomas tu camino, ahora procura no correr ¿quieres? Más vale llegar tarde que nunca.

De un momento a otro caes en la cuenta de que has llegado a una zona en la que parece que todos van trajeados y con sendos vasos de Starbucks en la mano; te llega el delicioso aroma del café, café que seguramente es más sintético que un pedazo de plástico pero huele bien y bueno… si ya vas tarde, el retrasarte un poco mas no te hará daño y te decides a ir por ese café.

Entras a la cafetería, algunos en las mesas y sillones, otros esperando sus órdenes, te mueves entre la masa de gente que acelera a los empleados porque tienen que llegar a la oficina, solo habían pedido diez minutos para salir corriendo por su dosis necesaria de cafeína y tabaco.

-Uy ósea, como que permíteme corazón, llevo prisa- te dice un rubio que acaba de meterse a la fila, justo frente a ti, estás a punto de reclamarle pero se te adelanta.

-Amor, no quieres verme sin mi café, como que en serio no quieres. Llevo más de una hora sin una taza, en la oficina ya me lo prohibieron así que haznos un favor a mí y a ti y no hagas un drama por esto como que mis nervios están al límite y si esa chica no se apresura en darme lo que quiero va a regresar a casa hoy con la cara rasguñada como si una gata con rabia la hubiera atacado ¿Entendiste?-

El rubio de los afilados ojos verdes y algo afeminado parece estar hablando muy en serio y eso de llegar hoy a casa como si un animal salvaje hubiese atentado contra tí no está dentro de tus planes, por lo tanto lo dejas estar.

Mientras estás formado detrás de él alcanzas a percibir el aroma dulzón de su colonia, o perfume, lleva un traje sastre muy ajustado que enmarca su cintura y su cabello amarrado en una coleta. Wow ¿Qué hace ese hombre para tener un cabello tan bonito? No le puedes preguntar porque justo está tomando su vaso y su panqué de granola bajo en grasa.

Se apresura a irse…

-¡Feliks, tu cambio!- le dice la joven dependienta que parece ya conocerlo, será un cliente frecuente, supones.

-¡Quédatelo tú preciosa!- responde ese Feliks guiñándole de manera coqueta un ojo casi echando a correr para llegar a la oficina sin derramar la bebida.

Ahora sí, pacientemente haces tu pedido, la chica, tan eficiente corre a prepararlo y tú esperas viendo a la gente a tu alrededor que de nuevo se vuelve de lo más normal y típica aunque para ser sincero has tenido unos encuentros muy peculiares hoy.

Escuchas llamar tu nombre, es tu orden, vas a recogerlo y agradeces para después salir a la calle una vez más enfrentando a ese mar de gente, miras el reloj que está empotrado sobre una de las puertas de otro edificio… diablos, si sigues caminando ni en sueños vas a llegar a tiempo. Miras un poco ansioso a tu alrededor ¡Por supuesto! El tren subterráneo; le das un trago largo a tu bebida apretando un poco el paso para llegar a la entrada del metro, procuras no irte de bruces al bajar casi corriendo las escaleras.

Te preguntas de donde salen todas esas personas, como si aparecieran de debajo de las piedras o de las grietas del pavimento, siempre hay demasiada.

Cruzas el torniquete y te apresuras hasta el andén, casi derrapas pues justo el tren va llegando, el timbre anuncia el abrir de las puertas y entras intentando recuperar el aliento y sin una gota de tu bebida sin derramar, te mereces una recompensa y esta llega en forma de un asiento libre en el que prácticamente te desparramas, esperas no haber molestado al pasajero que va a tu lado pero este parece estar ensimismado en sus cosas.

Te asustas al principio cuando reparas en el hecho de que es un hombre enorme, robusto que lleva una bufanda alrededor de su cuello, y con el calor que ya comienza a hacer. Sobre sus piernas descansa un portafolio y en sus manos algo que al mirar de reojo se ve como un currículo. Iván Braginski, lees sin quererlo y de inmediato desvías los ojos y pones la espalda bien recta pues te ha mirado con esos ojos violetas que se te antojan intimidantes, no tanto como su porte pero aun con ello tiene una mirada por mucho, penetrante.

Después lo escuchas decir muchas cosas en algo que suena en ruso… se escucha muy nervioso, casi parece que tartamudea de vez en cuando… oh… comienza volverse incomodo estar a su lado, ese cuerpo robusto y su presencia es demasiado intimidante.

Cuentas una a una las estaciones que te faltan para llegar a tu destino ¿Es que el metro no puede ir más rápido? Te da vergüenza levantarte y cambiarte de lugar, podría tomárselo a mal ese Iván el cual de vez en cuando cierra sus ojos y recita un montón de cosas como si estuviera memorizándose el guión de un libreto. No te queda otro remedio así que juntas todo tu valor y te quedas a su lado escuchándolo murmurar cosas, de vez en cuando se levanta ligeramente la bufanda cubriendo su boca con ella queriendo alcanzar hasta su nariz aguileña.

Podrías deducir que está nervioso, aunque no encuentras la razón por la cual alguien con esa pinta se sentiría nervioso, de quererlo ya tendría a cualquier persona frente a él a punto de mojar sus pantalones, así como estás tú.

Por fin tu estación, casi saltas del asiento y sales corriendo del vagón, carajo, eso sí que de verdad fue atemorizante. Vamos, intenta relajarte un poco antes de seguir ¿Ya te has recuperado? Muy bien, toma aire… eso es, a seguir adelante.

Caminas entre los laberinticos pasillos del metro que ya te sabes de memoria, podrías recorrerlos con los ojos vendados, después de todo son las mismas paredes grises de azulejo de toda la vida aunque puede ser que para todos no sea así, o al menos no lo es para ese rubio altísimo que mira a todo lados a cada letrero y después a un papel que lleva en la mano, moviendo su cabeza de esa manera te recuerda mucho a un pajarito.

Uy, es penosa la manera en que intenta abordar a cada persona que pasa a su lado, pero nadie se ha detenido a ayudarle, seguro está pidiendo indicaciones y justo acaba de clavar sus ojos azules en ti.

-¡Disculpa!- te dice acercándose, efectivamente es muy alto, mucho más de lo que parece a la distancia y tiene unos ojos azules vivarachos además de un cabello que parece intentó peinar pero fue en vano, todo se le levanta.

-Perdona ¿Sabrías decirme que tren debo tomar para llegar a esta dirección?- te pregunta extendiéndote el mapa dibujado a mano y el que apenas y puedes descifrar, está todo borroso seguramente por el sudor de sus manos al sostenerlo por muchas horas.

Te parecen conocidos los nombres de las calles que el mapa improvisado señala así que le explicas con lujo de detalle que interminable pasillo de la estación debe de tomar, el tren a abordar y la estación en donde bajarse, él chico te escucha con muchísima atención repitiendo en voz alta cada cosa que tú le dices pues esto parece ayudarle a memorizarlo.

-Muchas gracias, en serio gracias. Es tan difícil que la gente de la ciudad te ayude. De nuevo gracias- te dice una y otra vez mientras va caminando en reversa, por un momento piensas que no parará de agradecerte hasta que no te haya perdido de vista, pero antes se escucha un timbre y él atiende una llamada.

Te da la espalda por fin con una última sonrisa.

-Si mamá, soy Mathias, no, no te habla ningún secuestrador ni me han sacado un solo órgano ¡Te digo que ya estoy en la ciudad! Ya van cuatro veces que llamas…-

No puedes evitar sonreírte, casi te dan ganas de acompañarlo personalmente hasta su destino pero no tienes tiempo para eso, ya llevas mucho tiempo perdido así que apresúrate, estás cerca.

Te fuerzas de nuevo a seguir, otra larguísima hilera de escaleras a escalar te espera, a estas alturas ya alcanzas a sentir el cansancio así que vez todos esos peldaños como si del Everest se tratara, sueltas un lánguido suspiro ¿No podría alguien solo llevarte a cuestas hasta la salida? Pues al parecer no habrá una sola alma caritativa que venga a ayudarte, anda, comienza a subir esas escaleras de una vez por todas.

Y ahí vas, escalón por escalón pero de pronto alguien te rebasa, otro rubio que va subiendo de dos en dos peldaños en una competencia de velocidad, lo escuchas reír con una risa estridente al pasar por tu lado y rozar su hombro, parece divertido con un juego casi infantil.

Solo ves el fugaz pasar del joven de ojos zafiro, anteojos y cabello color trigo que va cargando su mochila en la espalda de la que se asoman un buen monto de libros gruesos y por ende muy pesados. Qué envidia te da ver tanta energía junta y concentrada en esa enorme sonrisa.

El muchacho ha llegado hasta el pie de la escalera de un tremendo salto que hace retumbar por segundos el suelo, salta y alza sus brazos en señal de triunfo mientras comienza a tararear esa melodía tan famosa de las tantas películas de Rocky, es entonces que suelta puñetazos al aire como el famoso personaje.

-Alfred Jones siempre ganándoles a todos ustedes- dice riendo otra vez y señalando escaleras abajo y sin poder evitarlo crees que te habla a ti también y te sobresaltas pero entonces escuchas otra serie de risas y miras detrás a otro grupito de jóvenes.

-Relájate Alfred, ni siquiera estábamos compitiendo- dice uno de los que parecen ser los amigos del rubio, para entonces tú ya llegaste también hasta el final de escalera y reparas en que es un chico muy apuesto, o por lo menos eso puedes deducir al ver que es como si lo hubiesen sacado de una de esas revistas de moda en donde anuncian la ropa interior de Calvin Klein.

Su piel bronceada y su cabello algo desordenado pero que le da un aire fresco y juvenil.

Luce otra sonrisa radiante, no puedes evitar contagiarte de ella y sonríes ligeramente al verlo juguetear con sus amigos alardeando de que es el mejor de todos.

-Un héroe siempre tiene que ser el número uno en todo, recuérdenlo chicos- escuchas que va diciéndole a su amigos que parecen ignorarlo o ya están muy acostumbrados a ese tipo de discurso que ya solo le dan por su lado al ojiazul el cual sigue riendo en una voz muy alta. Llama demasiado la atención, más de uno ya ha volteado la cabeza al escuchar sus carcajadas.

Siguen caminando por la misma dirección si te acercas un poco más podrías juntarte casualmente con ese grupito y fingir ser uno de ellos.

Ahora escuchas como hablan temas sobre tareas y proyectos, además de críticas a varios maestros, ese muchacho Alfred es el más acalorado de todos al hablar acerca de un montón de fórmulas que no se aplicaron bien a cierto programa y pronto te provoca dolor de cabeza al oír tantos términos y números al mismo tiempo.

Es una suerte que ellos se han desviado por el callejón de la derecha mientras tú sigues recto, has decidido reducir la velocidad de tus pasos por que ya estás cerca de tu destino. Lo sabes bien porque alcanzas a ver ese complejo de departamentos que se alzan casi encima de ti.

Una edificación que parece arquitectura de los años 70´s; a veces te da miedo pasar por ahí pues sientes que con el más mínimo temblor todos esos departamentos se vendrán abajo como si se tratara de una casita hecha con naipes. Aun con ello te diviertes fijándote en las ventanas, asomándote a esos trocitos de vida cotidiana de las personas que ahí viven.

Algunas cortinas dejan ver una salita o una habitación, ves sombras y si aguzas mucho el oído alcanzas a escuchar algunas frases sueltas de conversaciones que no salen de lo rutinario, resúmenes de lo que se ha hecho en él día. Vas concentrándote, distrayéndote en todo ese conjunto de existencias varias que tal vez no tienen nada que ver las unas con las otras cuando das tremendo saltito al chocar con un par de ojos carmín que podrías jurar te están mirando fijamente desde un resquicio entre unas gruesas cortinas… ¡Cálmate! Es solo un chico… uno muy raro, o eso deduces por el peculiar color de sus orbes y por ese pedazo de piel que alcanzas a ver que es en extremo pálida.

-¡¿Por qué tengo que venir a ver Bladimir todos los días?! Ni siquiera es mi amigo- la voz de otro muchacho te saca de tu ensimismamiento: un jovencito que no pasa de los 14 años camina en dirección contraria a la tuya, comenzando a subir la hilera de escaleras de caracol que da al algún pasillo que tiene una fila de puertas idénticas enumeradas, el chico moreno de ojos verdes va refunfuñando, seguramente riñendo con su madre, lo puedes adivinar por la manera en como mueve la boca imitando lo que tal vez su mamá está sermoneándole desde el otro lado del teléfono.

Te detienes solo para saber que puerta tocará, te haces una rápida apuesta eligiendo un número al azar y fallas al ver que se ha detenido en la puerta que tiene el número anterior al que habías elegido. El departamento 56, el mismo en el cual desde la ventana, segundos antes, alguien te observaba.

El muchachito pelinegro guarda su teléfono y llama a la puerta con total desgana… es más que evidente que el pobre muchacho no tiene ni pizca de ganas de estar ahí, bien podría estar con otros jóvenes jugando al futbol o algo más entretenido que ir a un lúgubre departamento.

-Bladimir, soy yo Nicolai… ábreme- le escuchas decir al que ahora reconoces como Nicolai. Te haces rápidas suposiciones de cual podría ser la razón por la que esté visitando a ese otro niño de apariencia tétrica, pero no te sabes responder así que optas por darle otra mirada al enorme edificio que podría guardar entre sus paredes otras personas aún más tétricas, secretos o sencillamente recuerdos de una apacible vida diaria.

Caminas y caminas dejando atrás el complejo de departamentos, te alegra saber que estás llegando a tu destino, puedes adivinarlo con solo respirar profundamente y percibir el aroma de algunas hierbas de olor y otras esencias.

Inhalas hondo, tanto hasta que tus pulmones quedan totalmente llenos de esos aromas exóticos que salen desde esa tienda en especial. Te detienes en la fachada que es una imitación de la arquitectura china, arriba unos kanjis llevan el nombre de la tienda, la verdad es que nunca has sabido que dicen pero tampoco te has roto la cabeza para intentar descifrarlos.

Entras y de inmediato esa mezcla de aromas te recibe junto con las estanterías viejas que parecen tener siempre una capa de polvo que no se puede limpiar, algunos cajones con polvos extraños y otros ramilletes de hiervas que cuelgan para mantenerse secas.

Otro olor se mezcla en el local que tiene una iluminación pobre gracias a las pocas farolas de papel rojo, el olor de incienso de canela y un poco de tabaco, claro, ese viene de la pipa que el encargado y dueño está fumando.

Alza la vista para verte y le da otra calada a la pipa, ves como esa parte que está reservada para el tabaco se enciende cuando este pone el indumento en su boca y una nube gris escapa de su boca y se mezcla con el hilillo de humo que desprende la varita de incienso.

-Oh, vienes por tu pedido aru- dice Yao, el dependiente, asientes con la cabeza y los sigues con la mirada al levantarse pesadamente de su silla.

Sabes por veces antes que Yao tiene por costumbre suspirar cada cierto tiempo, como si fuera un extraño habito del que ni siquiera él se hubiera percatado, a veces parece estar siempre cansado aunque no podrías deducir porque ya que a esa tienda muy poca gente se asoma, no es como si tuviera que atender muchos clientes al día.

Te quedas mirando, el gato de la fortuna que mueve su pata de adelante hacia atrás a un ritmo constante, los espejos octagonales con tiras rojas que son para feng shui, los Buda dorados y sobre todo, los kilos y kilos de mercancía.

Yao vuelve con la pipa entre los labios y luciendo esos atuendos chinos que solo él se atreve a usar en plena ciudad, tomas tu paquete y le pagas.

-Gracias aru- dice con voz cansina al recibir el dinero y meterlo parsimoniosamente a su extremadamente vieja caja registradora. Él toma su larga pipa, la que tampoco sabes cómo puede fumar teniendo algo más práctico como los cigarrillos… pero es un tipo excéntrico.

Agradeces dedicándole una última mirada, escuchas a Yao suspirar una vez más con ese gesto de cansancio y abrir un libro que está sobre su mostrador. Hey, reconoces ese libro de pasta dura y color esmeralda, puedes alcanzar a ver en la contraportada a Arthur Kirkland con su sonrisa incomoda y no atinas a hacer otra cosa más que reírte.

Te parece curioso… como es que después de todo ese recorrido has llegado a encontrarte justo con la misma persona que viste al principio de este, o al menos si su fotografía.

Sales de ahí con un pensamiento rondándote la cabeza. Te planteas la idea de que tal vez todas las personas con las que fuiste a cruzarte ese día pudieran estar conectadas unas con otras de alguna manera.

Un escritor, un artista callejero, un empleado de un enorme edificio, un chico perdido en la ciudad, un ruso en el metro, un chino vendedor de hiervas, dos muchachos que apenas están saliendo de la pubertad, un estudiante, y un oficinista ¿Cómo todos ellos podrían estar relacionados el uno con el otro, que tipo de lazo podría encadenarlos a todos ellos?

Pues deja de imaginar, y mejor… ¿Por qué no lo averiguas junto con ellos?