Notas de la autora: ¡Hola de nuevo! No ha pasado casi nada desde la última vez que subí algo (ayer) pero bueno, tenía este fanfiction escrito por mí que tenía muchas ganas de subir así que aquí está. Tiene nueve capítulos en total y está completamente terminado, solamente voy revisando algunos detalles antes de subirlo así que no debería tardarme más de una semana en actualizarlo. De todo corazón espero que les guste - sino me seguiré dedicando a las traducciones. Muchas gracias por leer.


Los ángeles cuidan de ti

Capítulo 1


· 6 años ·

"Bebé, ¿te cepillaste los dientes?" pregunta dulcemente Mary Winchester mientras entra en la habitación de su hijo mayor. Él solo frunce el ceño en señal de enojo. No soporta que su madre lo trate como a un infante. Él ya tiene seis.

"Mamá, ya no soy un bebé," responde el pequeño, subiéndose a la cama con torpeza. "Y si, ya están limpios. Hace años."

"Me alegro." Ella sonríe con más ganas, divertida, y se aproxima a la cama de Dean. Tira hacia atrás las cobijas con algo de dificultad, ya que Dean se ha negado a dejar su lugar sobre ellas. "Y siempre serás mi bebé, Dean, no importa cuanto crezcas."

Un sentimiento agradable recorre todo el cuerpo de Dean, algo cálido, aunque no lo demuestra. En su lugar, infla el pecho para verse más adulto, lo que hace soltar a su madre una risa que intenta disimular. Luego de un par de minutos, la mujer logra abrir las sábanas y Dean se mete rápidamente entre ellas, acurrucándose. Mary le da un beso en la frente y lo arropa bien, no quiere que coja frío. Se separa de la cama y atraviesa el cuarto hasta la ventana, dispuesta a cerrar las cortinas para aislar aún más la calidez del cuarto.

"¡No!" Grita de repente Dean, sobresaltando a su madre. "¡Mamá, no cierres las cortinas! Si las cierras, Castiel no podrá venir a verme," dice afectado el menor con los ojos muy abiertos, y es que cómo su madre podía olvidarlo. Mary detiene sus movimientos y se voltea con un gesto de sorpresa en su rostro.

"Si, es cierto, tienes razón," responde la mujer aún un poco estupefacta, que simplemente se aleja de la ventana y le da otro beso a su hijo, esta vez en la mejilla.

Camina lentamente hasta la puerta, haciendo ondear grácilmente el camisón de dormir blanco de seda, ese que a John tanto le gusta. Antes de abandonar finalmente la habitación, se voltea hacia su hijo y le susurra en voz a penas audible aquello que le ha dicho siempre, aquello que Dean ha asimilado y guardado como algo precioso y personal: "Los ángeles están cuidando de ti."

Dean deja escapar una sonrisa somnolienta, por supuesto que sabe que los ángeles cuidan de él. Él sabe. Aún así le reconforta saber que su madre dejará encendida la luz del pasillo de todas maneras. Se siente envuelto por el sopor y la tibieza, y la suavidad de las sábanas recién cambiadas lo acogen. Sin a penas darse cuenta se queda profundamente dormido.

Despierta varias horas más tarde, a eso de las 3 AM y medio desorientado, con un pequeño golpeteo en la ventana. Se remueve un tanto molesto bajo las sábanas, negándose a abandonar el sueño. Se voltea y se dispone a seguir durmiendo, pero el tac tac tac de la ventana no cesa y Dean no puede seguir ignorándolo por más que lo intenta, así que finalmente abre los ojos, fijándolos lo que más puede en la ventana. Las figuras se le confunden y debe refregarse los ojos un par de veces para mejorar su visión y espabilarse. Una luz pequeña y brillante de color azul se encuentra suspendida fuera de su ventana. Dean aún no enfoca bien pero él la reconoce, la conoce.

"¡Castiel!" aleja rápidamente todas las capas de ropa de cama que lo cubren y de un salto se baja de la cama. Ignora el escalofrío que le produce el tacto del suelo helado contra las plantas de sus pies desnudas.

Se dirige raudamente hacia la ventana y con las manos un poco torpes quita el seguro y la abre de par en par, dejando que el pequeño halo de luz se cole dentro. Dean la mira con los ojos abiertos de par en par. Ha visto aquella luz desde siempre, y sin embargo, el espectáculo de luces sigue dejándolo sin aliento. Es algo así como el humo de los cigarrillos que fuma John a escondidas, aunque completamente vestido de azul y celeste y otras tonalidades que Dean aún no conoce, con un pequeño punto de luz azul brillante condensada en el centro. Dean piensa que es algo así como su alma.

La sustancia se aproxima a la cama y Dean la sigue despacio con una sonrisa. Se las arregla para terminar nuevamente sobre las frazadas y se sienta con las piernas cruzadas, expectante, de frente a la presencia que ondea tranquila frente a él.

"No sabía si ibas a venir," dice Dean, contento y en voz baja, como si estuviera compartiendo un secreto. "Mamá dijo que no ibas a venir. Que ibas a dejar de venir."

Dean ve a la pequeña luz estremecerse y el humo arremolinándose en torno al punto luminoso. Parece un pequeño globo vaporoso, no más grande que una pelota de tenis. Una pelota de tenis brillante y azul.

Dean, después de todos los años, sabe que esa es la forma en la que Castiel le dice que está equivocado, que no está de acuerdo.

"Si, lo sé," continúa hablando el pequeño. "Tú eres mi ángel. Mamá no lo entiende."

Dean no abandona su sonrisa ni un solo segundo, solo cambia de posición, echándose de espaldas sobre la cama. El halo de luz flota hasta quedar sobre su estómago, dejando un rastro cálido allí donde va. Dean levanta una mano y, como es costumbre, comienza a pasar sus dedos por la luz nebulosa, sintiendo la extraña calidez del humo entre sus dedos. Lo dispersa y ríe bajito al ver cómo vuelve a arremolinarse en sus manos.

A Dean le gusta pasar el tiempo con Castiel. Castiel es cálido y tranquilo y el mejor amigo de Dean.

"Hoy fue el cumpleaños de Sammy," rompe Dean el silencio nuevamente, interrumpiendo su discurso con un largo bostezo. "No fue la gran cosa porque recién cumplió los dos, pero hubo pastel y papá nos llevó al parque," comenta sin dejar de pasar sus dedos por el vapor luminoso. "Sammy ya dice algunas palabras. Ya sabe decir mi nombre, y eso es importante."

La luz se amaina un poco y emite un poco más de calor, adormilando a Dean, quien no deja de acariciar a Castiel en ningún momento, aunque sus movimientos ahora son lentos y erráticos. Otro bostezo.

"Ojalá pudieras hablar conmigo," dice Dean arrastrando las palabras. "Ya sabes, que pudieras contarme algo tú también, sería grandioso."

La mano de Dean cae a un costado y sus ojos se cierran sin que pueda evitarlo, después de todo, su cuerpo de seis años no está preparado para trasnochar. Cuando está completamente dormido, la pequeña luz levita sobre su cuerpo y da varias vueltas sobre la habitación, impregnando el ambiente de una sensación cálida. Se posa sobre el cuerpo de Dean por última vez y las frazadas y sábanas lo envuelven. Finalmente, emprende su camino hasta la ventana, la cual se cierra silenciosamente tras ella.


A la mañana siguiente, Dean no se sorprende de la ausencia de Castiel, ni de que estuviera arropado bajo las sábanas nuevamente. Simplemente se despereza y se baja de un salto de la cama, acercándose a su armario con pasos lánguidos, su cuerpo aún presa del sueño. Saca su uniforme escolar y se viste lentamente, estremeciéndose cuando las prendas frías tocan su piel. Cuando está listo, se dirige al baño y cepilla sus dientes. Hace gárgaras con en el enjuague bucal. Sabe que su madre odia que haga eso, pero a él le agrada el sonido extraño de su garganta. No se peina y baja las escaleras sin tomar el pasamanos. Dean es bastante temerario para su edad. Se hace camino hasta la cocina, donde su padre ya está desayunando mientras lee el periódico.

"Buenos días, Dean," saluda el mayor, tomando la taza de café que reposa sobre la mesa.

"Buenos días, papá," responde Dean con una sonrisa. Se acerca hasta la encimera y toma el cereal.

Se acerca a la mesa y vacía un poco sobre un tazón que su padre negaría para siempre haber puesto ahí para Dean. John Winchester suspira risueño mientras ve a su hijo maniobrar con los cereales y la leche. Intenta no reír de forma demasiado evidente cuando se fija en la mueca de concentración en el rostro de su hijo.

Dean siempre ha sido muy independiente – al menos todo lo independiente que puede ser un niño de seis años. Y además es muy consciente de ello. Él asume todo como un pequeño reto personal. Dean insiste en servirse él mismo el desayuno, y vestirse solo por las mañanas, incluso no quiere que nadie le despierte para ir a la escuela. "Quiero un despertador," le había dicho una noche a su madre cuando ésta lo estaba arropando para dormir. Dean se sentía independiente, y lo era. El nacimiento de Sam Winchester solo había reafirmado sus ganas de valerse por sí mismo – y por su hermano. Y John y Mary no discutían al respecto.

Dean come su desayuno en silencio, y John solo se limita a observar a su hijo con una sonrisa mientras éste ataca su cereal.

Cuando ambos terminan, Dean ayuda a su padre a retirar las cosas de la mesa y llevarlas al fregadero. Mientras John lava la vajilla, Dean sube a buscar su mochila. Mete su cuaderno y su estuche con lápices de colores, entonces baja rápidamente y nota que John también está listo.

A Dean le encanta el auto de su padre. Le gusta el rugido del motor cuando lo pone en marcha y la forma suave en la que toma las curvas. Le gusta también que su padre comience las mañanas escuchando Led Zeppelin a todo volumen, y que coree en voz baja las canciones cuando piensa que el ruido del tráfico es demasiado alto como para que Dean pueda escucharlo.

A Dean le gustan las mañanas en las que su padre lo lleva a la escuela.

John aparca justo frente a la entrada principal y le hace un gesto de despedida a Dean con la mano. Dean baja del auto en silencio, y a medio camino entre la escuela y el auto, se gira para sonreírle a John.

La escuela no es particularmente divertida para Dean, pero tampoco mortalmente aburrida. Tiene varios amigos y las materias no se le hacen demasiado complicadas. De echo, la escuela para Dean es mayoritariamente tiempo libre.

Están en la clase de arte cuando Benny se le acerca por la espalda. Mirando sobre su hombro el dibujo que había hecho.

"Oye, Winchester, ¿qué se supone que es eso?" pregunta su amigo con gran interés, fijando la vista en el dibujo que Dean tiene.

A Dean no le molesta que Benny le pregunte. Benny es su amigo, y Dean se ha pasado toda la hora pintando cuidadosamente en distintos tonos de azul. Sabe que es un buen trabajo.

"Es mi ángel," es la respuesta de Dean, y Benny asiente. Dean le ha contado acerca de él hace un par de semanas.

La campana que indica el recreo resuena en la sala y Dean se levanta sin prisa, dejando su área de trabajo intacta. Acompaña a Benny hacia la salida. En el trayecto hacia el jardín se les unen Ash y Charlie. Ash vive en la casa contigua a la de Dean desde siempre, así que ambos son como hermanos, y Charlie, bueno, ella solo es divertida. Más ahora que lleva un balón de fútbol en sus manos.

"¡Miren lo que traje!" dice Charlie con una sonrisa feliz en sus labios, extendiendo la pelota para subrayar sus palabras. "Podemos jugar a algo."

"¡Genial!" dice Benny con una sonrisa, arrebatándole la pelota a Charlie y corriendo hacia el jardín con la niña pisándole los talones. Ash y Dean rien y siguen al par.

Llevan un par de minutos jugando a lo mismo, aunque ninguno de ellos sabe con seguridad qué juego es – o siquiera si es un juego. Han estado persiguiendo la pelota y quitándosela los unos a los otros; con el brazo, con el pie, a veces simplemente la toman y corren varios metros con ella en la mano hasta que otro se hace con ella. Están pasando un buen rato, aunque a Dean le cuesta un poco respirar por el constante ejercicio.

Ash tiene la pelota e intenta maniobrarla con los pies, como ha visto hacer a algunos adultos en el canal de deportes. Esquiva a Charlie que intenta llegar a él, y luego a Benny que aterriza de bruces en el suelo en su intento de arrebatarle la pelota. Finalmente Dean le alcanza, y con una fuerte patada le quita el balón y hace que éste vuele varios metros lejos de ellos.

"Ya- ya la traigo," dice Dean con la respiración agitada por haber estado corriendo tanto tiempo. Y antes de que los otros comenten algo, Dean ya está en camino.

Ha recorrido ya un par de metros cuando otro niño aparece en su campo visual. Es un chico bajito, de cabello negro y alborotado y Dean está seguro de que no le ha visto en la escuela. Se pregunta vagamente quién es y por qué está ahí.

El niño está de pie al lado de la pelota, y con aire distraído se agacha para recogerla. Cuando Dean llega a su lado, se la ofrece con gesto serio. Dean la recibe y murmura un "gracias" por lo bajo, fijándose por primera vez en su rostro, ahora si muy seguro de que no es de la escuela, sin embargo…

El chico tiene los ojos azules, realmente azules, y a Dean se le antojan extraños, como si una tormenta clara se desarrollara en ellos. Como una nebulosa azul brillante. Dean siente por primera vez todo el calor que emana de él y da un respingo.

"¿Castiel?" pregunta inseguro, entrecerrando sus ojos. No es que desconfíe, pero… sí, en realidad Dean desconfía.

"Hola, Dean," responde el niño sin variar su expresión. Dean siente la boca seca y de repente las palabras abandonan su mente.

"Castiel, ¿de verdad eres tú? ¿Castiel? ¿Ese Castiel?" pregunta Dean en tono suspicaz, entrecerrando más los ojos hasta que no son más que dos ranuras. "¿Pero cómo-"

"Querías hablar conmigo," responde Castiel, y Dean siente que está incómodo.

El chico, Castiel, se obliga a pensar Dean, mantiene una postura firme, como la que tiene John en aquellas viejas fotografías de cuando aún estaba haciendo el servicio militar. Pero aún así Dean nota que tiembla, inseguro. Igual que…

Entonces Dean se relaja un poco, en realidad demasiado. Y le sonríe. Y siente como sus amigos lo llaman a lo lejos, sacándolo un poco del momento: "¡Vamos, Winchester, se nos acaba el recreo!"

Vuelve su atención al chico.

"¿Quieres jugar?" los ojos de Castiel se abren bastante, y por un breve momento mira a ambos lados, como cerciorándose de que se están dirigiendo a él. Frunce ligeramente el ceño e inclina la cabeza hacia un lado.

"Pero yo no- no sé como se juega," responde Castiel con aprensión.

"Es fácil, solo debes tomar la pelota," explica Dean sin perder la sonrisa. "Vamos, ven a jugar conmigo."

Entonces Castiel asiente, pero no se mueve. Y Dean tiene que tomar su mano para guiarlo hacia donde sus amigos están esperándolo.

Dean hace una breve presentación, donde Benny frunce el ceño cuando escucha el nombre de Castiel, pero no dice nada. Entonces dan por reanudado el juego.

Para cuando el timbre para volver a clases suena, Castiel tiene las mejillas sonrojadas y la ropa desacomodada por el ejercicio. No sonríe, pero Dean ve un brillo similar al de siempre en sus ojos azules.

"Debo irme," murmura Dean con culpa. "Lo siento."

"No lo sientas, Dean," responde Castiel. "Puedo venir otro día, si tú quieres."

Los ojos de Dean se abren por la sorpresa y una amplia sonrisa aparece luego en sus labios. "¡Genial!" casi grita con entusiasmo.

Le hace un gesto de despedida con la mano a Castiel y entra corriendo de vuelta a la escuela. Que Castiel lo visitara cada noche era grandioso, pero la perspectiva de poder realmente hablar y jugar con él, era simplemente alucinante.

Las clases comienzan de nuevo, y Dean por primera vez piensa que la escuela es divertida. Y en la próxima clase de arte, se dibuja a sí mismo jugando al fútbol con Castiel.