Mente rota, alma quebrada

Prólogo

Respecto de Harry Potter hay mucho más de lo que se ve a simple vista. Para la mayor parte del mundo mágico es el Salvador, el que derrotó al Señor Oscuro. Para muchos es una estrella más en la constelación de los famosos. Algunos sólo ven en él a un adolescente. Unos pocos ven en él a un amigo. Cada quien ve algo diferente en el que porta la cicatriz con forma de rayo en la frente. ¿Resultaría entonces tan extraño que su interior estuviera igual de dividido que el exterior aparente?

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La casa de Godric Hollow era un hermoso hogar de madera cálida, decorado predominantemente en tonos rojos y dorados. Suscitaba imágenes de tibias fogatas y de hojas de otoño, de momentos felices… y con más esplendor que nunca esa noche de Halloween. La familia la había pasado muy bien, a pesar de la guerra implacable que asolaba el país. Habían jugado y reído. James se había disfrazado de pirata; Lily, de princesa y el pequeño Harry, de gatito negro.

Ya se había hecho tarde, sin embargo; el matrimonio estaba sentado en la sala, Lily sosteniendo en brazos al bebé dormido. Repasaban juntos las fotos que habían tomado durante la tarde. —Me gusta ésta. —dijo él sonriendo y mirando a su mujer con sus ojos marrones llenos de deleite.

Lily miró la foto y rió. Era de ella acunando al bebé, Harry estiraba los bracitos tratando de agarrar el murciélago de una guirnalda que se había desprendido y que colgaba del techo, podía oír en su memoria las risitas encantadas de su hijo.

—Para mí, la mejor de todas es esta otra. —era de James sentado a la mesa comiendo el postre, de pronto un puñado de puré de papas entraba volando en el cuadro y le impactaba en el ojo derecho.

—Tiene buena puntería, no se puede negar. —dijo James sonriendo.

—Eso fue para que aprendas a no retacearle golosinas en Halloween. —ella lo besó tiernamente y él le enredó una mano en la larga y roja cabellera. Lily lo miró con ojos llenos de amor pero se separó y se puso de pie —Lo llevo a acostar, vuelvo enseguida.

—Pero no te demores. —la urgió él con voz ronca. Ella le sopló un beso y marchó escaleras arriba. Harry no se despertó cuando lo depositó en la cuna, ni cuando lo arropó con las suaves y livianas mantas acolchadas. Se permitió unos momentos para mirarlo dormir plácido, luego se inclinó y le dio un beso tierno en los cabellos de negro satín.

Se incorporó de golpe, tensa. Algo estaba mal. Corrió hasta la puerta y escuchó. Risas y maldiciones lanzadas… luego silencio. Los ojos verdes se le desorbitaron. De algún modo los habían descubierto… ¡y habían atravesado las defensas sin que ellos lo notaran! Presa del pánico, cerró la puerta y la acerrojó. Luego corrió de vuelta junto a la cuna. Harry se había despertado sobresaltado por los movimientos bruscos y los ruidos, y empezó a llorar.

Lily lo acalló e hizo ondear la varita a su alrededor murmurando por lo bajo. Pasó un minuto… y otro… ya casi terminaba. La puerta del cuarto se abrió violentamente, los gritos que venían de abajo aumentaron de intensidad y también el llanto de Harry. El Señor Oscuro rió, los ojos rojos relumbraron de placer. Lily apretó a su hijo contra sí, los ojos se le llenaron de lágrimas, desde la planta baja subían los gritos de James… estaban torturándolo.

—Esperaba que su tan altamente estimado esposo habría de presentar mejor batalla, a mis fieles seguidores les bastaron apenas unos minutos para reducirlo.

—¿Cuántos trajo? —escupió ella— ¿Cincuenta?

Él rió. —No tantos… unos veinte. ¿Habré exagerado? Espero que dure un rato más… todos quieren divertirse un poco.

—¡Hijo de puta! ¡No va a ganar! ¡Terminará aplastado! —le vaticinó.

—¡Crucio! —siseó Voldemort.

La observó sonriendo con dulzura, el cuerpo de Lily se sacudía en agonía pero no había soltado a su hijo. El llanto de Harry se tornó frenético. Voldemort anuló la maldición y el dolor cesó.

—Hoy me siento clemente. La dejaré vivir para que haga correr la voz sobre mi poder. Corra a contarle a su jefe. Estoy seguro de que Albus sabrá consolarla. Váyase.

—¡No! —jadeó Lily todavía temblando de dolor— ¡No voy a permitir que mate a Harry!

—El niño morirá esta noche. No es necesario que muera Ud. también. No sea necia, mujer… ¡váyase! Ya podrá tener otros… —le ronroneó acercándosele.

—¡No, por favor! ¡No Harry!

¡Avada Kedavra! —pronunció Voldemort con tono aburrido. Lily se desplomó muerta, con el bebé todavía envuelto en sus brazos.

El Señor Oscuro hizo una mueca de desprecio y volvió a apuntar la varita. Harry había quedado en silencio, los ojos muy abiertos, aterrados. Voldemort repitió las palabras de muerte y el haz de envenenada luz verde cruzó el aire. Al mismo tiempo se activó el encantamiento de Lily.

El blanco de la magia sacrificial se unió al azul del escudo que irradió del poder del bebé. Y chocaron con violencia contra el verde. Las paredes del cuarto se rajaron y retrocedieron, el haz verde rebotó sobre el atacante y lo arrancó de su cuerpo.

Pero una fina lengua verde logró atravesar el sólido escudo y alcanzó a lamer cortante la frente del bebé. Harry soltó un grito desgarrador. La insidiosa oscuridad lo penetró y se conjugó con su alma. Instintivamente, la mente inocente rechazó al maligno invasor y cercenó un fragmento de su alma para hacerlo a un lado de su consciencia y de su ser.

Los muros de la casa comenzaron a desmoronarse, Harry, siempre entre los brazos de su madre muerta, perdió el conocimiento. Hondo en su interior el parásito de vil oscuridad se enquistó en la astilla fragmentada y pasó a ser una entidad nueva, ajena pero presente. Pequeña y débil en comparación con la fuerza de la mente de Harry se hundió latente en los estratos más profundos de su subconsciente.

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Petunia Dursley sufrió gran consternación cuando encontró al bebé dormido envuelto en una manta en el umbral. Pero era una madre y no podía rechazarlo, aunque viniera de la hermana a la que había odiado. Vernon aceptó su decisión, existía la posibilidad de que el nene no estuviera contaminado con la anormalidad de su madre.

Fue así que durante dos años, Petunia trató a Harry con tolerancia. Siempre atendía antes y mejor a su hijo, pero Harry también recibía cuidados y una segunda cuna para él había sido ubicada en la habitación de Dudley. Los dos tenían juguetes pero Petunia sólo jugaba con su hijo, Harry tenía que entretenerse por su cuenta.

El chico de ojos verdes era muy tranquilo, callado y contento. No parecía importarle la poca atención que le prestaban y se las arreglaba bien solo. Había días en que lloraba llamando a su papá y su mamá pero a medida que fue pasando el tiempo esos episodios fueron tornándose mucho más raros y llegado un momento dejaron de ocurrir. En alguna oportunidad su tía le había dicho que sus padres estaban muertos. Harry probablemente no había entendido lo que eso significaba pero lo que sí había comprendido era que no los vería nunca más.

La aceptación a regañadientes de los Dursley se hizo añicos un día cuando Harry ya tenía cuatro años. Ese día había empezado mal, Dudley había estado haciendo rabietas durante toda la mañana y la paciencia de su madre se había agotado a medida que transcurrían las horas. Para cuando llegó la hora de la siesta estaba exhausta. Dudley seguía gritando, no quería que lo pusieran a dormir, pero Petunia por primera vez decidió no hacerle caso.

Desde su cuna, Harry vio a Dudley en un ataque de furia arrojar su osito preferido al suelo. Tras unos segundos de desconcierto, Dudley se puso a llorar a grito pelado. A pesar de que estaba muy cansada, Petunia no pudo ya ignorarlo, no cuando gritaba de esa forma. Suspiró resignada, se levantó y enfiló a la habitación de los chicos.

Justo abrió la puerta cuando el llanto de Dudley cambiaba a risas. Su osito que flotaba en el aire descendió hasta sus brazos. La mirada de Petunia se desvió hacia Harry, que tenía el ceño fruncido y una expresión de intensa concentración. Por un lado sintió un gran alivio, no era Dudley el responsable de la anormalidad. Pero por otro lado, sintió que la invadía una oleada de ira y miedo.

Cruzó la habitación hasta la cuna de Harry y le dio vuelta la cara de una cachetada. —¡Pequeño monstruo! ¡No te atrevas a contaminar a Dudley con tu anormalidad!

Harry se puso a llorar de dolor y por los chillidos estridentes que le perforaban los oídos. Los gritos de Harry potenciaron la furia de Petunia, lo sacó de la cuna con tal violencia al punto que le dislocó un hombro, el llanto de Harry arreció y los gritos se agudizaron. Histérica, Petunia se puso a aullar descontrolada y bajó las escaleras frenética buscando algún lugar para meterlo, fue entonces que vio el armario debajo de la escalera, lo arrojó dentro, cerró violentamente la puerta y le pasó el cerrojo.

Cuando Vernon llegó al final de la tarde, las cosas de Harry ardían en un tanque en el patio trasero. Se escandalizó y se enfadó al extremo cuando su mujer entre sollozos le contó lo que había pasado. Harry dormía en el armario, había quedado exhausto. En su desesperación por hacer desaparecer el dolor, había apelado instintiva e inconscientemente a la magia para curarse. Pero hacerlo lo había drenado de energía. Se despertó sobresaltado cuando su tío lo agarró de los cabellos y lo sacó del armario.

—¡Boy! ¡Yo te voy a enseñar que no hay lugar en esta casa para anormales! ¡Así sea la última cosa que haga! —bramó y Harry sintió el mordisco del primer cinturonazo.

Harry chilló de dolor. Siguieron una docena más que le laceraron la espalda, los flancos y las piernas. El último le cruzó la cara. Harry no lograba entender qué pasaba y el dolor era lo único que parecía existir. Ésas eran las personas que supuestamente debían cuidarlo, a las que consideraba familia. ¿Por qué le estaban pegando? ¿Por qué su tío le gritaba tan enojado?

Dolía tanto… tanto… era insoportable… ¿cómo defenderse? Su mente apeló al mismo recurso que cuando era un bebé… cuando había rechazado la magia oscura parásita… se protegió fracturándose una vez más. No quería tomar consciencia del dolor… debía hacer a un lado todo lo que significara sufrimiento, miedo, remordimiento.

—¡Perdón, tío! —sollozó dolorido— ¡Perdón! ¡Voy a ser bueno! ¡Me voy a portar bien!

—¡Más te vale, Boy! ¡De lo contrario te voy a echar a patadas para que termines muriéndote en una alcantarilla!

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Cuando Harry se despertó al día siguiente en el armario, no recordaba nada de la terrible azotaína. Esos recuerdos terribles quedaron para la nueva personalidad separada, que se identificó como Boy. Castigos similares se repitieron cada tanto durante los meses siguientes, nunca era Harry el que salía del armario para sufrirlos, siempre era Boy. Era Boy el que gritaba pidiendo inútilmente perdón y clemencia.

Harry no se acordaba de nada de eso por supuesto. Sí recordaba que ese segundo día, su tía le había ordenado que vaciara el armario y que llevara todo al patio. Una labor titánica que le llevó todo el día, hubo momentos en los que se paraba a llorar desconsolado… su tía lo notó, naturalmente pero se limitó a mirarlo con total indiferencia.

A medida que pasaron los días se dio cuenta que las cosas habían cambiado definitivamente, que ya no era parte de la familia. Cada tanto contrabandeaba algún juguete que había quedado perdido en algún rincón o que habían tirado a la basura porque estaba roto. Fue una buena idea, al menos algo para entretenerse iba a tener, porque le tocaba pasar la mayor parte del día encerrado en el armario.

Harry no sabía de la existencia de Boy. Sí sabía que a veces demoraban para hacerlo salir para usar el baño y que terminaba orinándose encima… pero no sabía de las muchas veces que su tía lo sacaba al patio para "limpiarlo de sus inmundicias" con el chorro helado de la manguera… al que sacaban al patio en esos casos siempre era Boy.

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Las cosas siguieron igual hasta la navidad cuando Harry tenía cinco años. Petunia decidió que en lugar de tenerlo encerrado era preferible ponerlo a hacer algo útil. Harry, que la había oído acercarse se apresuró a esconder el libro de cuentos destartalado que había estado hojeando.

—Boy, salí y vení a ayudarme. —ordenó ella con desdén.

—Sí, tía Petunia.

—¡Pero no así como estás, tarado! ¡Andá a lavarte primero! ¡Y no te demores!

Harry corrió al baño y veinte minutos después estaba limpio. Su piel no presentaba ningún rastro de los castigos. Boy se encargaba de curar todo antes de que Harry volviera a hacerse cargo. Petunia sabía que usaba sus "viles cualidades" para que no quedaran marcas, pero se hacía la desentendida. En realidad era muy conveniente para su marido y ella porque no quedaban evidencias visibles del maltrato.

—Andá a batir la mezcla para la torta.

—Sí, tía. —respondió contento y corrió a cumplir con lo ordenado.

Pero poco le duraba el alivio de poder entretenerse haciendo algo. Su tía aprovechaba para decirle cosas desagradables. Que sus padres habían sido malos y que por eso él no servía para nada. Que era un anormal y que por eso nunca nadie lo iba a querer. Cuando Harry se ponía a llorar ella lo hacía callar con una cachetada.

—¡Que ni se te ocurra llorar! ¡Es todo por tu culpa, mocoso mugriento!

Una vez más, enfrentado con algo que no podía manejar, su mente volvió a aplicar el método que le había dado buenos resultados antes. Volvió a partirse. Harry se replegaba y el control pasaba a alguien que pudiera lidiar con su tía, que supiera complacerla, que desplegara estrategias conciliatorias en todo momento para mantenerla al menos conforme.

Esta nueva personalidad aprendió de tía Petunia a cocinar, a limpiar, a trabajar en el jardín… y también modales… en teoría al menos. Influenciada sólo por su tía, la nueva personalidad se creía mujer también y se eligió un nombre de flor, como el de su tía, para asemejarse mejor a su "modelo". Con una sonrisa se bautizó Rose.

Rose tomaba el control siempre que su tía necesitaba ayuda. Se leyó todos los libros sobre etiqueta y modales que Petunia le daba. Cuando venían otras damas de visita a tomar el té, Rose se encargaba de servirlas con una sonrisa dulce y amable. Hablaba apenas… "Hola", "Gracias", ¿Podría…?" y muy poco más.

Incluso cuando alguna señora le hacía alguna pregunta directa, Rose se limitaba a responder con movimientos de cabeza. Pero no por descortesía… lo cierto era que Rose era sorda. Había nacido así para poder ser dulce en todo momento.

Petunia nunca se dio cuenta porque le gustaba el "Harry" que no hablaba. Rose aprendió enseguida a leer los labios. Y poseía el extraño don de la empatía, una prodigiosa habilidad para detectar cómo se sentía cualquier persona que tuviera cerca. Ese don le permitía adivinar las necesidades y deseos de los demás. Su sordera no era por lo tanto una discapacidad seria y la protegía de los habituales dichos acerbos e hirientes de su tía.

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Harry ignoraba todo eso. Creció convencido de que su familia apenas si notaba que existía, de que lo descuidaban siempre y de que lo alimentaban de manera muy irregular. Pero lo cierto era que Rose almorzaba y tomaba el té todas las tardes con su tía. Pero el cuerpo que compartían seguía siendo muy delgado porque Boy gastaba ingentes cantidades de energías para curar los estragos de las frecuentes golpizas de Vernon.

Harry guardaba muy pocos recuerdos de la casa de los Dursley, excepto el armario. Pero las cosas mejoraron cuando empezó a ir a la escuela. Tía Petunia había tenido que convencer a su marido de que era necesario, algunas señoras que venían de visita solían preguntarle a Rose si ya había empezado a ir la escuela.

Harry adoraba la escuela. Poder salir, tener gente alrededor, gente que incluso le prestaba atención. Dudley estaba en el año siguiente, al no tenerlo cerca no sentía aprensión de mostrarse contento y sagaz por miedo a que lo castigaran. Era sin dudas el mejor de su grado, Harry había aprendido a leer sólo a los cinco años y en la escuela absorbía conocimientos como una esponja. Para evitar a Dudley, durante los recreos prefería permanecer en el aula.

Los maestros lo adoraban y le permitían quedarse. Pero un día le llegó una señal de alarma, los maestros comentaban que quizá sería apropiado adelantarlo un año. Harry estaba horrorizado. Lo último que quería era que lo pusieran en el mismo grado de su primo. Así fue que se puso a reflexionar con vehemencia y llegó a elaborar un plan.

Empezó a esconder sus progresos y daba respuestas equivocadas a propósito, en clase, en los deberes y en las pruebas. Los maestros sospecharon al principio, pero era algo que Harry ya había previsto. Cuando lo interrogaron al respecto contestó que había aprendido muchas cosas con sus tíos y que por eso al principio le había ido tan bien pero que a medida que aparecían cosas nuevas ya no le resultaba tan fácil. Le creyeron la mentira y el asunto de adelantarlo pasó al olvido… Harry suspiró aliviado.

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Y fue así que Harry creció más o menos contento y Rose también. Pero Boy no creció como ellos. Siguió siendo siempre el chico de cinco años desamparado, prisionero en un mundo martirizante donde sólo existía el castigo y el dolor. Pero Harry vivía completamente ajeno a eso… Desafortunadamente las cosas fueron cambiando paulatinamente para mal luego de haber cumplido ocho años.

Dudley se portaba muy mal y lo dejaban en penitencia con harta frecuencia. Vernon y Petunia fueron convocados por las autoridades de la escuela. Harry había quedado esperando afuera pero algo pudo oír. Los maestros estaban muy disconformes por el carácter caprichoso y violento de Dudley. Amenazaron incluso con suspenderlo. Harry entró a considerar seriamente la situación y su cerebro se puso a maquinar.

Él sabía que Dudley era malo. Harry se esforzaba por obedecer a sus tíos en todo… Dudley, en cambio, rompía todas las reglas pero nunca lo castigaban… por el contrario, lo recompensaban. Las rabietas de Dudley en la casa era casi diarias y los gritos ensordecedores… sus padres se limitaban a regañarlo un poco con mucha indulgencia y a continuación le consentían todo. Harry nunca se había puesto a considerarlo una injusticia, Dudley era su hijo, era natural que lo trataran de manera distinta y mejor. Pero tras haber oído la opinión de los maestros, Harry empezó a resentirse cada vez más con su familia.

Se empezó a plantear que el que lo tuvieran encerrado no estaba bien y era injusto. Su rencor hacia Dudley fue multiplicándose por el tratamiento diferencial que recibía. Y sus resentimientos ocasionalmente se le asomaban en miradas llenas de odio.

Vernon lo notó. —¡No te atrevas a mirarnos de esa forma, Boy! ¡Engendro anormal! —bramó haciéndolo caer al suelo de un puñetazo y atacándolo a continuación con un lluvia de patadas.

Con fracturas múltiples, incluso de la mandíbula y los ojos seriamente dañados, Boy chillaba pidiendo perdón y piedad y prometiendo que no lo volvería a hacer. Pero incluso para Boy la golpiza había sido demasiado y terminó perdiendo la consciencia.

Harry se despertó tres días después. Estaba curado… pero ni siquiera la magia de Boy había sido suficiente para reparar los delicados tejidos oculares… de ahí en adelante iba a necesitar anteojos permanentes. No recordaba nada de lo que había pasado. Nunca más se permitió sentir rabia u odio, esas emociones eran canalizadas inmediatamente hacia ese entorno oscuro y hondo que se había enquistado en su mente aquella trágica noche de Halloween. La oscuridad durmiente en lo profundo se alimentaba de ellas y empezó a crecer y a cobrar fuerzas.

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Una tarde, tres años después…

Aburrido en la oscuridad del armario, afinó el oído poniendo atención a lo que pasaba afuera. Tía Petunia estaba trabajando en la cocina, Dudley estaba en la sala entretenido con los juegos de video. Tío Vernon todavía no había regresado del trabajo. Sintiéndose seguro se atrevió a entreabrir la puerta para que entrara un poco más de luz.

Revisó su colección de juguetes y libros y decidió que se iba a poner a jugar con los soldaditos. Se divirtió un rato simulando un combate entre los dos escuadrones uno de cinco y otro de siete…

Fue entonces que oyó que llegaba el correo, las cartas chocaron contra el suelo. De inmediato cerró la puerta del armario y escondió los juguetes.

Oyó los pasos de su tía por el pasillo.

—¡Dudley! —la oyó exclamar con entusiasmo— ¡Llegó tu boletín de notas!

Dudley había tenido que asistir a la escuela de verano. No le iba mal con los deberes pero en los exámenes siempre era desastroso. Sus padres y los maestros habían llegado a pensar que sufría de pánico a los exámenes, que eso podría explicar la discrepancia entre las tareas habituales y el desempeño paupérrimo en las pruebas. Dudley hacía todo lo posible para convencerlos de que justamente de eso se trataba.

—¡Sé todas las respuesta, se lo juro! Estudio muchísimo y mis deberes son excelentes. Pero… cuando estoy sentado frente a la hoja de examen… es como si todo se me borrara… ¡lo siento tanto!

Harry sonrió con desdén al recordarlo. Su obeso primo nunca tenía idea de nada. Sus deberes eran impecables porque obligaba a Harry a que se los hiciera. Sacudió levemente la cabeza y suspiró. En realidad no era algo que lo fastidiara. Todo lo contrario. Las tareas de su grado lo aburrían, hacer los deberes de Dudley era más interesante… aunque no demasiado.

—¡Dudleykins… mirá… sacaste un seis! —chilló fascinada— ¡Ay… estoy tan orgullosa de vos! ¿Qué te parece si mañana salimos de compras para celebrar?

—Bueno… quiero una campera… y hay un juego de video nuevo que Piers y yo queremos jugar…

Harry suspiró y volvió a sumergirse en sus divagaciones… unos minutos después su tía abrió la puerta del armario y le ordenó que fuera a preparar la cena. Rose le sonrió dulcemente a su tía y enfiló a la cocina. Se puso el delantal y abrió la heladera.

Petunia se detuvo a observarlo unos instantes. La forma delicada con se apartaba una mecha negra de la frente… el cuidado esmero que ponía para acondicionar los alimentos… Arrugó la frente… el chico parecía tan diferente cuando cocinaba… la forma en que se movía y el modo en que sonreía… no eran los mismos que cuando se preparaba para ir a la escuela o cuando estaba haciendo los deberes. Sacudió levemente la cabeza y fue a ordenar la sala… en realidad no era algo que le importara.

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A la mañana siguiente estaba doblando la ropa lavada mientras los demás tomaban el desayuno que ella les había preparado. Podía percibir la satisfacción que sentían… sonrió contenta.

Con el rabillo del ojo alcanzó a ver una gran carta que se deslizaba por la ranura y caía al suelo. Sabía que era domingo… y que los domingos no repartían el correo. Debía de tratarse de algo muy importante.

—¿Puedo…? —pregunto. Ella no podía oírse pero su voz sonaba más suave y ligeramente más aguda que la de Harry. Petunia frunció el ceño… Rose percibió su confusión y agregó un breve gesto hacia la puerta.

¿Qué hay?, leyó en los duros labios de su tía

No era una palabra que pronunciara nunca, pero sabía la mecánica que tenía que emplear. —Coreo. —logró articular. Vernon aplastó un puño contra la mesa, convencido de que Harry se estaba burlando de su esposa. Rose no oyó nada pero se volvió a miralo porque la explosión emocional de su tío sí que había podido sentirla.

—Andá a buscarlo. —ordenó Petunia con brusquedad.

Rose no la oyó obviamente y tenía los ojos concentrados en su tío

Vernon se había puesto morado. ¡Sos sordo, acaso! Hacé lo que te dice tu tía… antes de que me levante y te saque la arrogancia a patadas, Boy!

Rose volvió los ojos hacia su tía… Petunia frunció el ceño y repitió la orden… Rose salió corriendo de inmediato a cumplir con lo ordenado. Vernon rezongaba murmurando y Dudley trataba de disimular unas risitas divertidas. Le encantaba cuando se la agarraban con Harry.

Rose levantó el sobre y quedó espantada cuando leyó lo que decía. Harry Potter, el armario debajo de la escalera. Ella sabía quiénes eran Harry y Boy pero nunca se detenía mucho a pensar en ellos. Nunca los había conocido personalmente. No sabía qué hacer así que se retiró. Harry miró el sobre con curiosidad, leyó la dirección y contuvo una exclamación. ¡Era para él! Nunca antes había recibido una carta… y era domingo… debía de tratarse de algo muy importante. Sonrió y se dispuso a abrirla… pero fue en ese momento que le llegó el grito de Vernon desde la cocina: —¡¿Por qué estás demorando tanto, Boy?!

Harry no sabía bien qué pasaba… pero ese tipo de discontinuidades eran tan frecuentes en su vida que ya había dejado de otorgarles importancia hacía mucho tiempo. Pero no quería darle la carta a su tío… sabía que si se la daba nunca llegaría a enterarse de qué se trataba. Así que arrojó la carta en el armario cuando pasó por delante y regresó a la cocina con la cabeza gacha. —Lo lamento, tío, no había nada. —dijo con el más sumiso de los tonos.

Vernon volvió a ponerse morado y se levantó furibundo de la silla. Harry alzó la cabeza de inmediato con los ojos desorbitados de horror, Boy ocupó su lugar al instante. Cayó de rodillas, se cubrió la cabeza con los brazos y empezó a gritar perdón y que no volvería a hacerlo… pero no detuvo a su tío que comenzó a golpearlo sin misericordia.

—Vernon… —dijo Petunia con tono distraído— vas a llegar tarde… acordate de que tenés que ir a recibir a ese cliente que llamó especialmente para que lo atendieras hoy a pesar de ser domingo.

—¡El resto te lo voy a dar cuando vuelva, Boy! —dijo tío Vernon, le dio un beso a su mujer, agarró la chaqueta y se fue refunfuñando.

—Andá al armario… ¡y no me manches el piso con sangre! —ordenó tía Petunia con desdén.

—Sí, tía… lo siento… perdón… —gimió Boy y se fue arrastrando hasta el armario. Entre sollozos quedos… la magia de Boy lo fue rodeando, calmando el dolor y curando.

Harry abrió los ojos. Estaba en el armario. Sonrió ampliamente y tanteó alrededor hasta ubicar el sobre. Aguzó el oído, y como no alcanzó a distinguir nada, empujó un poco la puerta para que entrar más luz. Abrió la carta… pero sólo alcanzó a leer la primera frase… Dudley abrió de golpe la puerta… había venido a buscarlo para jugar a "La caza de Harry"… pero haberlo sorprendido en algo indebido era mucho mejor.

—¡Mamá! —gritó a voz en cuello— ¡El anormal tiene una carta! ¡Le mintió a papá!

Petunia vino corriendo desde el jardín y los encontró forcejeando con el sobre.

—Dudley… soltala… es mía… dejame leerla…

Petunia se hizo con el sobre y apartó a Dudley a un lado. —¿¡Qué pensás que estás haciendo, Boy!? ¡No se lee la correspondencia de otros!

—Está dirigida a mí… —clamó Harry.

Ella leyó la dirección y quedó helada durante varios segundos. Sabía muy bien de dónde venía la carta… se recompuso enseguida… empujó a Harry dentro del armario y cerró la puerta. —¡Ya tu tío se va a encargar de arreglarte cuentas cuando vuelva!

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Harry no recordaba todas las palizas de los días siguientes, Boy sí. Vernon le pegaba hasta dejarlo inconsciente y luego lo tiraba en el armario y le ponía llave a la puerta. Destruía todas las cartas que llegaban, incluso pidió unas semanas de licencia en el trabajo para poder estar casi todo el día en casa. Petunia vivía histérica y Dudley había dejado de reírse porque su padre se ponía cada vez más enojado con cada día que pasaba. Finalmente Vernon decidió que se irían de vacaciones a una cabaña junto al océano.

—¡Es la única manera de librarnos de esas malditas cartas y de esas condenadas aves!

Durante el viaje lo ignoraron prácticamente todo el tiempo, a Harry le vino muy bien que así fuera. Se sentía extenuado, él pensaba que debido al problema de las cartas dormía poco de noche. En realidad la fatiga extrema era consecuencia de las masivas cantidades de energía que Boy había usado esa semana para mantenerlos vivos. Durmió prácticamente durante las diez horas que duró el viaje. Vernon se negó a hacer parada alguna. Ni siquiera cuando Petunia le había dicho que necesitaba ir al baño, Harry había estado despierto en ese momento y no podía creer que Vernon, que siempre era tan solícito con su mujer, se hubiese negado a ese pedido. ¿Qué era eso tan serio que trataban de ocultarle tan desesperadamente? ¿Qué cosa tan grave era lo que había en esas cartas? Esos pensamientos lo atormentaban y esa noche no podía dormirse y la feroz tormenta que se había desatado afuera no era algo que ayudara precisamente.

Como no podía dormir, fue el primero que percibió el extraño temblor. Giró poniéndose boca abajo y clavó la mirada en la puerta. Alguien venía. ¿Pero cómo? La cabaña estaba en una isla a centenares de metros de la costa.

Alguien aporreó la puerta. Dudley se levantó aullando del diván en el que dormía. Petunia y Vernon, los dos en ropa de cama, vinieron corriendo al instante. Su tío portaba una enorme escopeta. El que golpeaba ignoró olímpicamente las amenazas de Vernon, que gritaba que estaba armado, y literalmente tiró la puerta abajo arrancándola de los goznes.

Todos quedaron en silencio cuando Hagrid entró, volvió a colocar la puerta más o menos en su lugar y se presentó. Harry miraba con asombro indescriptible a ese hombre descomunal que poco después había insultado a Dudley y había inutilizado la escopeta doblándola como si fuera de goma. Pero cuando le tendió la caja a él sonreía ampliamente. Temblando, estiró las manos para recibirla.

—¿Esto es para mí? —preguntó sobrecogido por emociones que no sabía identificar— ¿Hoy es realmente mi cumpleaños?

—Por supuesto que sí. —le contestó Hagrid— ¿Acaso te has olvidado del día que cumplís años?

Harry abrió la caja. Dentro había una torta de chocolate con la inscripción: Feliz cumpleaños Nº 11 Harry. Sentía ganas de reír y de llorar.

—Gracias… eh… Hagrid… pero… ¿puedo preguntarte quién sos vos?

—Es cierto, no te lo había dicho. —dijo Hagrid sin dejar de sonreírle— Soy el guardián de las llaves y del predio de Hogwarts, la escuela de magia y hechicería.

Y procedió a contarle a continuación la verdad de su pasado. Sus padres, Lily y James Potter, habían sido asesinados por un mago malvado, pero Harry había sobrevivido. Nadie había vuelto a ver al Señor Oscuro desde aquella noche. Harry lo escuchó con mucha atención absorbiendo toda la información. Luego se permitió una sonrisa cuando Hagrid amenazó a su tío y cuando le puso una cola de cerdo a Dudley.

Seguía todavía algo aturdido cuando a la mañana Hagrid lo llevó a Londres y a Diagon Alley. Jamás había soñado que algo así de maravilloso pudiera llegar a pasarle. El buen humor se le desvaneció cuando entraron a El caldero que pierde y todos clavaron la mirada en él y empezaron a cuchichear. No le gustaba ser el foco de atención. Y no le gustaba el modo en que lo miraban.

Fue entonces mismo que sus esperanzas flaquearon, el mundo mágico no parecía diferenciarse mucho del mundo muggle. Toda esa gente quería algo de él, a cambio de haberlo rescatado. Iba a tener que ir con mucho cuidado porque esa nueva situación de su vida podía llegar a ser tan problemática como la anterior. Iba a tener que aprender rápido. Y lo que Hagrid había pasado a buscar en Gringotts era una de las tantas cosas que le convendría investigar.

En la tienda de madame Malkin conoció a un chico rubio que también entraba a estudiar en Hogwarts. Harry apenas si habló pero dejó que el otro hablara para tratar de reunir la mayor cantidad de información. Le resultó difícil disimular que prácticamente no sabía nada de ese nuevo mundo. Pero para cuando terminaron de tomarle las medidas, había logrado averiguar unas cuantas cosas. Los magos no eran unidos, había diferentes facciones, si bien no le había quedado claro qué ideas defendía cada grupo. También se enteró de que existía un deporte, el quidditch, que era muy popular.

Y cuando fueron a comprar la varita se enteró de más cosas aun.

El resto del mes se la pasó leyendo los libros de texto. Sus tíos lo dejaron tranquilo la mayor parte del tiempo. De hecho lo habían mudado a la segunda habitación de Dudley y allí se mantuvo encerrado casi siempre hasta que la escuela empezara. Ni siquiera le hicieron problema por Hedwig. Dudley parecía haberle tomado tanto miedo que ni protestó cuando le dieron su segunda habitación. Pero la situación pacífica cambió el día antes de partir para la escuela. Vernon subió a su habitación ese día.

—Te lo advierto, Boy… —dijo su tío remarcando las palabras con deliberada malicia. Boy en su interior se preparó para salir y hacerse cargo. Vernon lo agarró del cuello de la remera.

—… si llegaras a acusarnos con alguno de esos anormales, lo vas a lamentar. ¿Te queda claro? Ni una palabra, Boy… ¡ni una!

—Sí, tío Vernon. —susurró temeroso.

Vernon preparó el cinto y Boy salió de inmediato para recibir lo que se venía.

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