Mis intenciones en un principio era un one-shot de sexo y nada mas

pero no pude evitar poner algo de trama. No diré cuantos capítulos serán, pero son más de uno.


— Uhmmmff… ahh…— En la soledad de su departamento, nadie podría oír sus gemidos ahogados por deseo mientras sentado en el sofá, pantalones abajo y con su hombría en mano daba rienda suelta al calor que su cuerpo generaba, a la sed de ser tocado para encontrar satisfacción. Su puño de piel dorada le sostenía con firmeza, untando el pre seminal en cada rincón de su gruesa carne que se erguía con potencia y se sacudía bajo su palma.—Dios… Ahh…—su espalda se arqueaba con cada choque intenso de electricidad al subir o bajar y en ese punto donde el cosquilleo del cuerpo alerta del delicioso final, las fantasías comienzan a correr como el agua de una represa que se desborda y se precipita empapándolo todo.

Un metro ochenta de hermosa piel pálida. Podría apostar que la tersura en ella no era como ninguna que hubiese tocado antes. Jamás vio piel tan lisa ni siquiera en una dama. Aquellos ojos añiles, fríos, amenazadores y profundos. Casi podía sentirlos observándole, tocarle con la sola mirada.— nnnhhh… ahhh…— tan cerca… su mano aceleraba el ritmo mientras su caderas elevaban cerca del límite. Dios… tan solo imaginar esos dedos largos, finos, expertos enrollarse en su carne caliente y húmeda. Pero no eran dígitos cualquiera, eran unas manos inalcanzables, un cuerpo esbelto que seguramente escondía sus perfectas líneas debajo de aquella maldita camisa purpura del sexo. Esa exquisita silueta romana…

" Dios… OH DIOS…"

— Sherlock… hnn…— y ahí estaba el último choque eléctrico. Su vientre se contrajo, la presión a lo largo de su miembro expulso la semilla entre sus dedos que con cada apretón escurría débil. Jadeante, satisfecho pues fantasear era lo único que podía hacer, dejó al fin caer la cabeza hacia atrás. Un tanto mareado por la fuerza del orgasmos. Recuperando un poco la claridad mental, los pensamientos comenzaron a rondarle.

Nadie sabía que malditas preferencias tendría el consultor. No mostraba interés en el sexo, ni en mujeres ni en hombres y si algún interés tuviese quizá John estaría primero en su lista.

Lestrade no era idiota.

Todos podían notar las miradas entre las dos, las sonrisas, la manera en que Sherlock permitía cierta proximidad y contacto físico que a nadie más facilitaba. Supo desde el primer momento, cuanto Sherlock despreciaba que nadie lo tocara. Así que el inspector guardo especial cuidado para no hacerlo. Año tras año reprimiendo el imperioso instinto de estrechar a ese solitario muchacho falto de afecto en sus brazos, acariciar sus rizos de seda negra y asegurarle que todo estaría bien cuando este parecía afrontar alguna situación difícil. Años más tarde, de la nada, John Watson aparecía y esa misma semana, Sherlock le permitía la invasión a su espacio personal a él y solo a él.

"¡MALDITA SEA!"

Sus entrañas se retorcían de rabia.

Ahh… Este maldito proceso de llegar a casa, complacerse y luego sentirse frustrado porque el objeto de su deseo tiene la mira en algún otro.

O quizá no tuviese mira…

Dejo salir un suspiro mientras su mano buscaba a tientas la caja de pañuelos a su derecha para limpiar el desastre. Tenía la mirada perdida en el techo, dejando que la resignación le invadiera una vez más.

—Un espectáculo muy entretenido, debo admitir inspector.

Volvió la mirada al frente buscando el origen de esa voz grave, profunda, esa voz que con cada palabra enviaba escalofríos hasta la medula y era motivo para sus autosatisfacciones. Debía estar delirando. Sherlock no podía estar allí, en su departamento. No podía haberlo visto, haberlo escuchando mientras cumplía con su rutina, "¡DIOS, NO!"

De las sombras entre su habitación y el corto pasillo que daba a la estancia donde el yacía en el sofá, emergió su figura sin abrigo alguno. Su alta silueta de palidez sobrenatural, sus hermosos rizos oscuros coquetamente ensortijados sobre su frente, los zafiros brillantes tan profundos como siempre, que escrutaban el órgano entre los bronceados dedos. Las manos en los bolsillos y los labios apretados en una mueca de suficiencia, no podían ser una alucinación. Sherlock estaba allí, le había visto. ¡Santo dios! Sintió escocer sus mejillas con tal fuerza jurando que de su piel manaba el vapor. La mandíbula cayo unos centímetros en blanco hasta que las preguntas comenzaron a formularse; ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Por qué? ¿Cuánto tiempo llevaba ahí? Momento… ¿Qué? ¡¿Espectáculo?! ¡¿Qué?!

— Lestrade.— asintió educadamente antes de andar a la puerta como si acabaran de conversar sobre política y salió del departamento como si nada. El eco de la puerta al cerrarse parecía repetirse en los oídos del inspector.

Con la diestra y el miembro limpio, echó de nuevo la cabeza en el respaldo del sofá tomando el primer almohadón a su alcance para cubrirse el rostro. Ahora solo quería ser enterrado vivo. No importaba que Sherlock hubiese entrado en su departamento. El inspector sabia que lo hacía todo el tiempo. Pero en esta ocasión había presenciado algo que no se suponía que nadie viese. Ahora Sherlock sabia de sus fantasías. "Oh dios.. " quien sabe como utilizaría esa información en su contra. El menor solía burlarse por menos de cualquiera. Santo dios… ¿Cómo podría verlo a la cara comenzando la semana?