PREFACIO. ¿DÓNDE?—

No estaba allí.

Era una tontería. De ninguna manera habría sido capaz de llegar tan lejos en las condiciones en las que se encontraba. Él mismo se había encargado de herirlo de muerte…

«No. Ni se te ocurra pensar eso».

Dentro de lo que cabía, no todo estaba perdido. Era cuestión de tiempo que se acabaran encontrando, y luego entonces ya pensaría qué hacer o qué decir. Pese a las circunstancias, Leonardo se aferraba al hecho de que su hermano Raphael estaría en buenas manos si no tenía suerte.

Pero no.

Aquella misma mañana, la policía halló muertos a los compañeros del traficante de armas Ivan Steranko. El piso franco se encontraba en la Avenida Lexington, al lado de un restaurante de comida china. Todavía desconocían el paradero o el estado del ruso, así como posibles supervivientes. Obviamente, el hecho causó un revuelo en la sede del Clan del Pie.

—¡¿Se sabe algo de la espada?! —preguntó Bradford a Xever en cuanto hizo presencia en la sala de reuniones. Estaba rojo de furia.

—Vale, vale, sí, sí. Cualquier cosa me avisas .—Resopló y colgó el móvil—. Encontraron documentación referente a los negocios de Steranko, pero nada sobre la Espada Tengu.

Leonardo sólo tenía ojos para los informativos. La presentadora se encontraba fuera del edificio, comentando en tono neutro los detalles del incidente. Mientras tanto, forenses y diversos miembros de la policía científica entraban y salían del edificio.

Me encuentro con el Inspector Jones, que ha cedido a tener unas palabras con nosotros. Inspector, ¿tienen alguna sospecha inicial sobre los responsables del asesinato en masa?

—Ahora mismo tenemos varios agentes leyendo los documentos, y otros tantos desplegados para recabar toda la información posible. Toda anomalía en las horas previas, por pequeña que sea, podría orientarnos sobre posibles sospechosos. Deberíamos investigar a fondo si llevaban a cabo alguna actividad ilegal como el tráfico de drogas. Es sabido que la competencia entre las mafias es brutal.

Nadie parecía hablar sobre un cadáver con forma de tortuga gigante.

—¿Los que los han matado podrían tener la espada en su poder? —Bradford, ajeno a la inquietud del quelonio, seguía interrogando al brasileño.

—Lo dudo mucho. Un arma antigua valorada en millones circulando por los bajos fondos generaría mucho revuelo. Y una organización criminal de alta gama no habría causado esa carnicería. Si hubiera deseado conseguir la espada habrían sido mucho más sutiles. Es más, Don Vizioso lo sabría y nos lo habría dicho ya. Tenemos muy buenas relaciones para que nos oculte tal información.

—¿Qué crees entonces que puede haber pasado?

Xever se sacó la navaja mariposa y volvió a juguetear con ella.

—Han pasado cerca de un par de horas y no sabemos nada, así que probablemente la espada siga en manos de ese chico. Si oculta la espada o encuentra un buen escondite será como buscar una aguja en un pajar.

Karai seguía en silencio a su lado, si bien Leonardo sabía que estaba prestando atención a todos y cada uno de los elementos concernientes al tema. Fue entonces cuando Leonardo supo que tenía que actuar.

—Voy a buscarlo.

Creyó escuchar que Bradford le decía algo, pero no le prestó atención. Ya estaba camino a los vestuarios mientras planeaba la ruta de búsqueda a seguir. Era bastante arriesgado salir de día a la vista de todos, aunque no es sino bajo el sol cuando, en contraste, las sombras se vuelven más oscuras. Y ya tenía clara cuál sería su primera parada.

Pese a los años que habían pasado seguía recordándolas como la palma de su mano. Una añoranza extraña cobraba más fuerza a cada esquina, a cada corredor, como si en el fondo pensara que estaba volviendo a casa.

Solo que ya no lo era.

Permaneció con la mirada fija en el árbol marchito. Por un instante creyó que habría sobrevivido al fuego, un deseo infantil que durante muchos años había persistido en su corazón. Pero la vida nunca había sido un cuento de hadas. Ni para él, ni para ninguno de ellos.

Sorprendía un poco cómo es que nadie había descubierto todavía La Guarida, aunque el metro neoyorquino había sido reformado y sus líneas estaban algo más lejos. Igualmente le extrañaba cómo el Clan del Pie no había vuelto a saquear lo poco que quedaba. «¿Es que acaso quedaba algo aquí?». Bajo el polvo, lo único que restaba eran los muebles calcinados.

Se quitó un guante, y acarició con delicadeza la superficie del Árbol. No. Definitivamente, jamás podría volver a considerarlo su hogar. De repente se sentía un intruso.

—¿Raphael?

Cerró los ojos, atento a cualquier paso, cualquier ruido que indicara una presencia. Sólo respondió el silencio.

Comenzó a pasearse por La Guarida. Quería dejar de sufrir de manera innecesaria y descartar el interrogante de raíz. Malherido y sin opciones, probablemente habría pensado en esconderse donde la gente menos lo buscaría.

Parte del techo del cuarto de Raphael se había derruido, y tampoco mostraba signos de que alguien hubiera puesto un pie ahí en mucho tiempo. Del suyo no había quedado nada, tan solo un montón de ceniza donde se suponía que estaba su cama.

Por el contrario, la habitación de Mikey parecía encontrarse en mejor estado. Había manchas de ceniza por todos lados, pero la cama sólo estaba chamuscada, y uno de los posters seguía siendo legible. Incluso estaba…

Lo recogió con sumo cuidado, casi sosteniéndolo como un bebé. No podía creérselo.

—¿Cómo es que sigues aquí, eh?

Lo había olvidado. Fue durante una de tantas incursiones al vertedero. ¿Tendrían ocho años? Lo que sí recordaba era que se trataba de una de las primeras. Estaban buscando mantas que pudieran servirles para el frío cuando Mikey se separó un momento, y reapareció entre la basura totalmente sucio. Leonardo iba a reprenderle por ensuciarse gratuitamente cuando vio lo que sostenía en sus brazos.

—Lo han abandonado aquí… ¡Así que lo pienso adoptar! —replicó apretándolo contra su pecho cuando Raphael hizo ademán de quitárselo—. Se llamará Klunk.

—¿Por qué? —Su hermano seguía intentando quitárselo, hasta que Donatello lo detuvo.

—¿Por qué no? Como se suele decir, «grandes nombres surgen de pequeños momentos».

—Creo que ese dicho no existe, Mikey —Leonardo presenciaba la escena conteniendo la risa. Michelangelo lo miró con alegría y asintió.

—Desde este mismo día sí.

En secreto, siempre había envidiado a su hermano pequeño. Cualquier nimiedad del día era toda una aventura. Daba igual que tan solo se tratara de un gatito de peluche medio roto, para él era un tesoro con vida propia. Y ahí estaba, polvoriento y desgastado, pero milagrosamente intacto.

Volvió al salón y se sentó en el rellano de las escaleras, dejando a Klunk a su lado. Las alcantarillas eran una buena opción para esconderse, lejos de miradas y personas indebidas. Miró el móvil de nuevo y buscó alguna noticia extraña de última hora. Seguían sin haber novedades, y tampoco había recibido ningún mensaje del Clan del Pie.

Las opciones se le agotaban.

Su móvil comenzó a vibrar. En la pantalla apareció Karai. Fue la única ocasión en la que consiguió echarle a traición una foto mientras sonreía. Se ganó un labio partido, pero mereció la pena.

Su hermano también era un cascarrabias. «¿Volveré a verlo sonreír así?».

—Dime.

¿No hay suerte?

—Si la hubiera os habría avisado.

Al otro lado de la línea Karai espiró.

Xever está diciendo que vuelvas. No tiene sentido que empieces a dar palos de ciego sin tener ninguna idea de adónde puede haber ido. Vamos a seguir con lo nuestro hasta nuevas noticias, así que no te hagas más el mártir y vente para acá.

Entiendo .—respondió tras asentir. Se levantó y dio un par de pasos, levantando el polvo. Tosió un poco y prosiguió—. Tardaré un rato en llegar.

Venga.

Iba a guardarse el móvil en el bolsillo, pero se quedó mirando su reflejo en la pantalla apagada durante unos segundos. Frunció el ceño, apretó el puño con el que sostenía el móvil y lo guardó con brusquedad.

Aún le quedaba un sitio, una idea un poco descabellada. Se encontraba entre la avenida Lexington y La Guarida. ¿Podría haberse escondido allí de camino?

La mala suerte lo llevaba en la dirección contraria. Aun así, no dudaría en ir al Vertedero en cuanto pudiera.


Lo había tenido más fácil de lo que parecía para encontrar dónde caerse muerto. Apenas le quedaban fuerzas, y era el único sitio de la Gran Manzana en el que se sentía lo mínimamente seguro. Bueno, excluyendo La Guarida, pero ni tenía fuerzas para llegar hasta allí ni ganas de pensar en algo que no trascendiera más allá de la supervivencia.

Todo fue un poco difuso. Ni sabía si alguien lo había visto o no. Los parpadeos le pesaban demasiado, aunque consiguió reconocer con la vista borrosa aquel arco de madera desgastado que decoraba la entrada. Habían pasado diez años y seguía allí. Increíble.

Aún debía ser lo suficientemente temprano para que alguien estuviera por la zona. El olor a óxido y a comida podrida lo penetró hasta los pulmones. Ya estaba dentro. Ahora debía encontrar un rincón donde esconderse y luego…luego ya vería lo que hacer.

Un poco a lo lejos vio una especie de furgoneta. ¿O una caravana? Los múltiples colores de la carrocería estaban desgastados por el paso del tiempo, y en la puerta trasera se hallaba dibujado un símbolo de la paz. Símbolo que Raphael partió en dos mitades exactas cuando cogió el manillar y la abrió.

Era un espacio reducido donde se acumulaban muchas cosas, pero Raphael no prestó atención a ninguna cuando al fondo vio una cama improvisada con el asiento de copiloto. Ni se preocupó de cerrar la puerta antes de alcanzar el catre y dejarse caer con todo su peso. Tuvo una punzada de dolor en el abdomen mientras se acomodaba. No pudo ni soltar un quejido, y en su lugar expulsó todo el aire que había acumulado por la tensión. El cansancio extremo cerró sus ojos, empujándolo en una duermevela extraña.

¡Oye!

Pareció como un eco en su cabeza, más doloroso que otra cosa. Apretó su frente contra la fina almohada. El olor a sudor inundó sus fosas nasales, aunque no era tan intenso como el que debía desprender su propio cuerpo en esos momentos.

Despierta, tío.

No quería despertar. Estaba demasiado cómodo muriéndose.

Fue entonces cuando notó a su lado una presencia. Algo romo rozó su hombro, metiéndose por debajo y haciendo efecto palanca para ponerlo bocarriba.

—¡OSTIA PUTA!

Tanto el movimiento como el grito le hicieron abrir los ojos. Aún debía ser de día a juzgar por la luz que entraba por las ventanas de la caravana; pero lo que de inmediato captó su atención fue esa figura conocida. Con esa máscara de muerte, lo apuntaba con ojos llameantes y un palo de hockey. Dio un paso atrás con los hombros en tensión, y cogió el arma con las dos manos.

—¡¿QUÉ COSA ERES?!

Si ya de por sí asustaba, no quería pensar lo que debía estar viendo ante él. Demasiado aturdido para responder de inmediato, obvió el susto del chico y se incorporó parcialmente:

—Tú…tú eres el del callejón .—Cada palabra resonó en su cabeza aún más que las voces del otro.

Un destello de comprensión apareció en los ojos del chico.

—Un momento, un momento .—Bajó el palo de hockey y lo señaló con la mano enguantada—. ¿Tú eres él? A saber qué mierda me he tomado para… —Sacudió la cabeza y parpadeó una, dos veces—. No puede ser posible .—Durante unos segundos permaneció en silencio, sin que Raphael supiera qué se le pasara por la cabeza. Continuó hablando un poco encendido—. Bueno, mira, tío, este es mi sitio. Me da igual lo que seas, levántate y vete si no quieres que te eche a patadas

—Tranquilo, ya me iba .—gruñó por lo bajo mientras se levantaba a duras penas. El peso de la espada a sus espaldas no lo ayudaban precisamente, y tuvo que apoyarse momentáneamente en la carrocería para recuperar la compostura.

—…Para el carro .—La voz del enmascarado a sus espaldas lo hizo detenerse—. Estás herido.

—¿Y eso a ti qué te importa? —Se volvió hacia el chico, mas este dirigía su mirada hacia la cama improvisada. Estaba manchada de sangre. El quelonio resopló y se acercó encorvado hacia la salida—. Lo siento. Con algo se limpiará.

—He dicho que pares el carro .—Siguió insistiendo; pero esta vez se tomó la licencia de además ponerle una mano en el hombro.

Lo apartó al acto. No quería hablar más. Dio un paso más y notó en la corva izquierda un dolor insoportable. Vio las estrellas justo antes de encontrarse en el suelo, sujetándose la rodilla.

—¡¿QUÉ DEMONIOS HACES?!

—Odio que no me hagan caso .—El chico se encogió de hombros antes de arrodillarse frente al quelonio—. Mira, es simple: estás bien jodido. Y no se tú, veo que a alguien lo han puteado pero bien, y no hago la vista gorda. ¿Cómo se te ocurre irte por tu propio pie, desangrado y…? Bueno, tu belleza tampoco ayuda.

—Déjate de mierdas.

Sin embargo, no tuvo energías para resistirse cuando el joven pasó la mano bajo su brazo y tiró de él. Para su sorpresa, era mucho más fuerte de lo que aparentaba su figura escuchimizada. Volvió a llevarlo al lecho sucio y lo ayudó a sentarse.

—Por dios… ¿cuánta sangre has perdido?

—La que sea.

El enmascarado permaneció un momento en silencio. Finalmente sacó el móvil.

—Dime un nombre y un número. ¿Sabes de alguien que pueda ayudarte?

La pregunta fue como una bofetada. No tardó más de unos segundos en notar la garganta seca y tragar saliva. Sería el colmo llorar ahora, y más delante de un desconocido. Lo más fácil ahora era mirar el regazo de su pantalón, manchado de sangre coagulada.

Un profundo suspiro resonó tras la máscara. Dejó el móvil y comenzó a rebuscar en un estante frente al quelonio.

—No soy un experto en enfermería, aunque algo se. ¿Te gusta alguna comida en especial? Después pienso pillar algo de cenar… ah, aquí está .—Sacó un pequeño botiquín que dejó sobre la cama improvisada, al lado del quelonio—. Antes de nada, ¿cómo te llamas?

—Nadie.

—Qué mal gusto tuvieron tus padres para ponerte ese nombre .—Respondió con naturalidad—. En realidad lo escuché de tu amigo el día que nos vimos… ¿Raphael, era?

La tortuga frunció el ceño.

—Eso es un sí entonces.

Entonces se llevó las manos detrás de la máscara, se oyó un clic y se la descolgó. Con cuidado la dejó a un lado y se quitó la capucha que lo cubría. Un chico de cejas gruesas, nariz torcida y melena azabache le dirigió una sonrisa, imperfecta e igualmente sincera. Fue fugaz, pero algo en su interior le dijo que no todo estaba perdido.

—Casey Jones. Encantado.


Nota de autor: *Se encuentra la mesa llena de polvo, incluso moho. Después de horas de limpieza y desinfección se sienta algo agotado*. ¡Muy buenas a todos! ¿Cómo estamos? ¿Seguís por aquí? Espero de corazón que sí. Se que he sido muy malo con vosotros y no he actualizado en meses, pero todo ha sido muy intenso. Lo primero... ¡Ya soy médico! Terminé mis prácticas y me he graduado. Me encantaría pensar que empiezo a trabajar, pero antes tenemos las oposiciones al MIR (Médico Interno Residente). Para mis lectores que sois de otros países, en España, para poder ejercer, tenemos que opositar para unas plazas en formación de distintas especialidades. Una vez completada la formación (que oscila entre cuatro y cinco años), tendré un título de especialista y, ya sí que sí, podré ejercer como médico. A finales de Junio empiezo a estudiar, y hasta finales de Enero del año que viene mi tiempo libre se verá muy limitado. No se si podré actualizar el fic en esa época, pero lo intentaré. De todas formas espero que comprendáis que esté más parado por aquí y por las redes sociales en general.

Paso a los Agradecimientos. En serio, muchísimas gracias a todos mis lectores, incluso los que no comentáis. Se que estáis ahí, y valoro de corazón el tiempo que invertís en leer acerca de mi historia. Espero que os siga gustando y podamos seguir viéndonos por aquí.

Dicho esto, paso a las menciones:

Talia43: ¡Bienvenida! Me encanta leer comentarios de gente nueva. Soy muy partidario del "mejor tarde que nunca", así que no te preocupes por no haber comentado hasta ahora. Espero que el Prefacio te haya gustado lo suficiente para seguir leyendo. Un placer conocerte, y Booyakasha!

Dana Veronica: Creo que en una historia tan larga no habría que descartar ninguna posibilidad. No niego que una brecha generacional complique una relación amorosa... pero lo dicho, eso no evita que puedan conocerse.

Jamizell Jaess Jinx: ¡Muchísimas gracias por tu comentario! Y también por el que me dejaste en mi one-shot «Sospecha». No me esperaba que leyeras esa historia, la verdad, por lo que me alegra el doble que te haya gustado tanto.

Alix Hamato Saotome: Gracias por tu comentario. Espero que sigas por aquí y que todo te vaya igualmente bien.

I Love Kittens Too: En cuanto me enteré de que Mondo Gecko iba a aparecer en la serie de 2k12 quise meter mi versión. En otras palabras, has acertado de lleno. Pero la implicación en la historia será distinta. Quizás se parezca un poco a la de los cómics de IDW...

Guest: ¡Pues he seguido al final! Mejor tarde que nunca se dice, ¿no? Espero que sigas amando la historia igual que desde el primer día. Y ya que eres nueva, te doy la bienvenida.

Guest (el del comentario del cap 30): No se por qué no te sale el capítulo cuando a otros lectores sí. Si tuvieras cuenta te enviaría el capítulo de alguna forma... en fin, espero que hayas tenido suerte.

¡Y hasta aquí hemos llegado! Dicho esto, comentaros que no tengo ni idea de cuándo actualizaré. Mi horario de estudio comenzará desde las 8:30 a.m hasta las 19:00-19:30 p.m. De lunes a sábado. Con clases y Simulacros de examen incluidos en nuestra preparación. Me quedo con los domingos para descansar, así que supongo que será en esos días cuando pueda escribir algo...o al final de las jornadas de estudio si me siento bien. No lo se. En fin, puede que la próxima vez que escriba por aquí haya hecho el examen, y entonces os pueda decir que ¡Tengo mi plaza en X especialidad! Si me preguntáis cuál elegiría no lo tengo muy claro. Se que el quirófano fuera, ya que no me considero alguien mañoso propiamente dicho XD.

¡Deseadme suerte!

Os quiere muchísimo.

Jomagaher.