¡Hola a todos!

He regresado de mi etapa ermitaña, porque decir auto–exilio-impuesto suena muy duro. XD

Agradezco a todos los lectores por seguir la historia, especialmente a los que dejaron sus comentarios. Hacen que mi corazón palpite de emoción cuando leo un mensaje; los que son mucho más de los que esperaba. Sinceramente, gracias por su tiempo. Eso me inspiró para mejorar la historia, actualmente he encontrado un Beta-Reader, juntas hicimos un par de modificaciones a la historia, nada que afecte el hilo de la narrativa, pero si realizamos muchas modificaciones en cuanto a la gramática y la ortografía. ¡Dios! No sabía que tenía tantos errores y problemas con las "coma y los puntos", pero ahora el texto es mucho más fluido.

Actualizaré todo en esta semana, y de bonus track les dejare un nuevo capítulo, sé que muchos lo esperan con ansias, pero otra vez me dio el maldito bloqueo, aunque les juro que éso no volverá a pasar; mi Beta me ha enseñado cómo evitarlo. Al parecer, cuando escribía no tenía ni pies ni cabeza, en mi mente todo era un caos. Realmente no tenía ni norte ni sur, ni arriba ni abajo, ¡ni nada! En fin, el caos es la partitura con la que esta escrita mi vida, no era de extrañarse que mi mente fuera un desorden creativo.

Ése es el grave problema que se sufre cuando uno es INTP; sin embargo, está experiencia ha sido muy satisfactoria, he aprendido un montón de mis propias falencias y he crecido en muchos más aspectos de los que se puedan imaginar, todo gracias a ustedes y a su pequeño granito de arena. ¡Un millón de gracias!

Sin más, besos y abrazos.

¡Nos leemos pronto!

PD: Todas mis historias pueden ser leídas, descargadas y traducidas a todos los idiomas que ustedes deseen (o simplemente díganme a que idioma quieren que yo la traduzca), mas no pueden ser comercializada o plagiada, ya fuera total o parcialmente, debido a que todas cuentan con derechos de autor.


Todos los libros y demás material que comercializa la imagen de Harry Potter, son propiedad intelectual de JK. Rowling. Yo como fanatic de su obra, sólo utilizó su imagen para representar la siguiente historia, sin ningún ánimo de lucro o remuneración, más allá de los cometarios y palabras de alientos que me den mis posibles lectores.


Prólogo


Severus se despertó sobresaltado. Tenía un insufrible dolor de cabeza y no había conseguido pegar el ojo en toda la noche. Se volteó de lado. Sólo había oscuridad hasta donde podían observar sus ojos. La habitación estaba helada. Aún era principios de invierno, pero él se había pasado la noche entra sudando a mares por los bochornos. Odiaba todo aquello. Odiaba su maldita bilogía. No había lidiado con los padecimientos del celo desde su adolescencia, las pócimas supresores de calor se habían hecho cargó del trabajo sucio durante la mayor parte de su vida adulta.

Severus mentiría si negaba que en el pasado no había sufrido de cortos periodos de abstinencias (cierto es que, de poca importancia), pero nada que afectara su pasado como doble agente; periodos breves y controlados que se solucionaban con una (a su defecto dos) de su pócima supresora más refinada. Sin embargo, eso era nada comparado con los síntomas de la infernal desintoxicación que se encontraba atravesando su organismo en ese momento.

Siete meses atrás, cuando la guerra concluyó y fue trasladado en un estado casi calamitoso al primer piso del hospital mágico de San Mungo. En donde, por desgracia, no tuvo la fortuna de fallecer. Los Sanadores le obligaron con «un gran escándalo legal» a retirarse de las pócimas supresoras, ni bien se enteraron de que llevaba inhibiendo sus ciclos de calor, ¡por casi veinte años!

Después de derivarlo al tercer piso, numerosos estudios mágicos revelaron que los daños en su útero eran escalofriantes y completamente irreversibles. El endometrio de su útero no podría anidar un óvulo, aunque a Severus se le fuera la vida en ello.

Los altos niveles de hormona sintética presente en su torrente sanguíneo, no sólo habían suprimido los aromas causados por el celo, sino que también habían trabajado como un placebo, inhibiendo los odiosos calores y haciéndole creer a su pituitaria que se encontraba gestando, cuando la realidad era otra muy distinta.

Esos falsos embarazos generaron que sus ovarios se acostumbraran a no trabajar, o sea que no ovulaban, y al quedar bloqueados no contribuían a las funciones de sus suprarrenales, bajando los niveles de andrógenos y testosterona; originándose una progresiva pérdida de su apetito sexual.

Si la ovulación no ocurría y el cuerpo lúteo no se desarrollaba, los niveles de progesterona decaían hasta producir un sangrado uterino disfuncional anovulatorio, y degenerando en una amenorrea secundaria permanente.

Los Sanadores no podían asegurarle que sus ovarios volvieran a producir folículos, ni siquiera con un intenso tratamiento de progesterona. Es justo decir que, en caso de que un milagro así ocurriera y Severus volviera a tener un periodo de ovulación y sangrado regular, la acidez presente en su moco cervical era tan alta que, impediría a los espermatozoides de cualquier Alfa saludable atravesar su cérvix hacia aquel intrépido ovulo alojado en sus trompas. Esto sin contar con que el defectuoso recubrimiento de su endometrio dificultaría la implantación del embrión y estimularía un aborto.

En pocas palabras era infértil…

Y no sólo eso, si la enfermedad progresa en forma maligna (como los Sanadores estimaban), lo mejor sería optar por una histerectomía para desacérese del tejido endometrial afectado y evitar que la hiperplasia simple atípica, deviniera en un cáncer endometrial. Sin embargo, por ahora era imperioso que Severus comenzara con un inmediato tratamiento de remplazo hormonal progestacional de modo que, las lesiones retrocedieran y su organismo se fuese aclimatando a los normales cambios de sus ciclos Estrales.

Así y todo, lo peor vino cuando el Ministerio le amenazó con encarcelarlo, sino revelaba la dirección en donde adquiría aquel peligroso producto de venta ilegal. Entonces, muy encolerizado, Severus les había gritado en la cara que: ¡«Eran un montón de simios descerebrados»!

¿A qué podre diablos,un maestro pocionista tan prestigiado como él, le iba a estar comprando una pócima de venta ilegal? ¡Por supuesto que él mismo la fabricaba! ¿Es decir, quién más que él mismo tendría el ingenio suficiente para producir y refinar una pócima tan inestable y peligrosa, por casi veinte años, sin que su organismo se inmunizara dosis tras dosis?

Es necesario recalcar, que esos cerdos malditos le criticaron, le estigmatizaron como a un monstro desalmado que renegaba de las bendiciones obsequiadas por la naturaleza. Bien es que, la cruel realidad era otra, había sido de suma importancia para la misión que ocultara su biología; arriesgando su salud y su vida en el proceso. Ningún Omega era de confianza (ni se encontraba a salvo) entre las filas del Señor Oscuro. Ellos únicamente eran utilizados como libidinosas putas que servían para brindar placer.

Y si bien, el Ministerio, tenía razón y la producción masiva para la venta pública de una pócima tan peligrosa, ciertamente, era ilegal y penada por la Ley Mágica; la tenencia, portación y consumo de una dosis personal en un ámbito privado, ¡eran palabras apartes!

No sólo se trataba del respeto de las acciones realizadas en privado, sino del reconocimiento de un ámbito en el que cada individuo adulto era soberano para tomar decisiones libres sobre el estilo de vida que deseaba.

¡Severus era dueño de inhibir sus calores cuando le viniera la regalada gana! ¡Ello no tenía opinión sobre eso! ¡No tenían derecho! ¡Era su cuerpo, su decisión! ¡Además, esos desgraciados habían tenido el tupé de intentar revocarle su matrícula de porcionista!

Ahora, Severus, tenía una citación legal del Área de Salud Mágica Ciudadana que lo instaba a mantenerse limpio; informándole que, únicamente tenía permitido utilizar los métodos anticonceptivos que la Comisión de Control Natal de la Población Mágica, entregaba en forma gratuita. Y que, nunca más y bajo ninguna circunstancia (por las agresiones de carácter grave e irreversible que le había provocado en forma premeditada a su organismo), tenía permitido suprimir sus ciclos de calor. Dado que, al hacerlo estaría cometiendo un Delito Contra la Vida y La Integridad Físico y, el Ministerio, le asignaría a trabajos comunitarios; luego de hacerle pagar una cuantiosa multa por reincidir en dicha infracción.

Cabe concluir que, si pasado el periodo acordado para su reinserción social, él continuaba sin deponer aquella actitud tan nociva y destructiva para su persona, al Ministerio no le quedaría otra opción que enviarlo un acogedor periodo a Azkaban o peor aún, a una clínica de salud mental.

A Severus esto le pareció la hipocresía más grande que había presenciado en su vida, y que decir de su vida, ¡de la historia mágica! Puesto que, el mismo órgano de gobierno había estado a punto de encerrarlo en dicha prisión, por ser un asqueroso «mortifago» traidor y homicida que se merecía la peor, y la más dolorosa muerte, recluido en la sección de máxima seguridad de Azkaban hasta que, el último pedazos de carne pútrida se le callera de los malditos hueso.

Aquella vez ni siquiera le había sido permitido recuperarse en forma decente, antes de enjuiciarlo por sus crímenes de lesa humanidad, dos semanas después de que finalizara la Segunda Guerra Mágica; con que pudiera mantenerse de pie con o sin ayuda, bastaba para enviarlo a podrirse dentro de un maldito auguro. Después de todo, ¿a quién diablos le importaría ser indulgente con un maldito bastardo asesino?

Sino fuese porque el mismísimo Albus Dumbledore cruzó vivito y coleando las puertas del Ministerio de la Magia el día de su audiencia, causando un gran revuelo con su resurrección de entre los muertos; pidiendo la palabra y explicando todo su aventurado plan.

De cómo Severus, un espía de la Orden del Fénix, había conservado un lugar dentro de las filas de los Mortífagos, informándole sobre todos sus movimientos. Para ello había adoptado el papel de agente secreto de Voldemort, y le proporcionaba restos estratégicos de información sobre la Orden; también aclaró que, el contenido de dichos informes era dictado a menudo por él mismo.

Se suponía que, Severus, conservaría muy poca de la información que Dumbledore consideraba relevante para el éxito de la Orden, mientras que hacía deliberadamente lo contrario con Voldemort.

Albus explicó que, él sabía que Harry debía morir para que Voldemort pudiese ser vencido, y que estaba esperando el momento oportuno para contárselo. Sin embargo, durante el año anterior había encontrado la segunda Reliquia de la Muerte: La Piedra de la Resurrección, incrustada en un anillo que Voldemort había convertido en un Horrocrux. Y confesó, haber pensado usar dicha piedra para ver de nuevo a su familia y disculparse con ellos por sus actitudes pasadas, así que se colocó el anillo, poniendo en marcha una maldición asesina que lo hubiera matado en segundos de no ser por la intervención de Severus, el cual freno su avance.

Asimismo, señaló que era consciente de que Draco Malfoy (alumno de Hogwarts) había sido condenado por Voldemort a la imposible tarea de asesinarlo, bajo amenaza de torturar a su familia hasta la muerte sino lo hacía. Entonces, Albus, planificó como fingir su propia muerte. Pidiéndole a Severus como favor que le matase y, alegando que prefería morir en sus manos, en vez de hacerlo por los terribles dolores provocados por la maldición asesina que pesaba sobre él.

De manera que engañando a todos presentes, Albus, podría salvar la vida Draco Malfoy y, Severus continuaría como espía dentro de las huestes de Voldemort, libre del Juramente Inquebrantable que había pactado con Narcissa Malfoy quien (como el resto) le creería muerto. De modo que, Snape, se convertiría en Director bajo el mandato de Voldemort, y podría proteger (en la medida de lo que le fuese posible) a los alumnos de Hogwarts sin levantar sospechas.

Albus también declaró que, fingir su muerte había sido una estrategia hábilmente planeada para tener algo de ventaja ante Voldemort (un golpe de gracia, una carta oculta en su contra), quien aprovecharía la poca compañía y la nula ayuda que podían ofrecer las personas que Harry más amaba, y atacaría de manera más frontal.

De esta manera los Horrocruxes estarían desprotegidos y Harry, Ron y Hermione, podrían obtener los que faltan valiéndose de los objetos legados en su testamento y, con ayuda de Severus, Harry conseguiría la espada Gryffindor; brindándole la clave final de cómo derrotar a Voldemort.

Dumbledore intento persuadir a todos los presentes con sus disculpas, especialmente a Severus, ya que por causa del circo que él había montado para vencer a Voldemort y, de la fidelidad incondicional que éste profesaba hacia la Orden del Fenix, no sólo su vida había corrido numerosos riesgo, sino que casi había encontrado su final cuando Voldemort libero a Nagini del encantamiento protector y está le mordió en el cuello.

El anciano mago igualmente felicitó públicamente a Severus por la gran valentía que había demostrado al darle sus más íntimos recuerdos a Harry; al suplicarle que los tomase y los pusiese en su Pensadero. Haciendo lo que él mismo no había tenido el valor de hacer, decirle a Harry que era el último Horrocrux y que debía sacrificar su vida, su joven prometedora vida por «el bien mayor.»

Al concluir la audiencia, un mortificado Severus le inquirió saber: ¿«Cómo era posible que él supiera aquello último»? Dado que, únicamente Potter, había estado presente mientras él se desangraba hasta morir y…y…

—Le pediste que te mirase a los ojos antes de caer inconsciente, y despertar varios días después asediado por los Sanadores de San Mungo —había dicho entonces Albus, deteniéndose junto a él—, quienes no se explicaban…

—…el origen del milagro. —había concluido Severus entre dientes.

Con unas sonrisas compasivas, el centenario mago, había colocó una simple pluma dorada en la palma de su mano, develando la pieza clave del misterio.

—E-esto es… —Su voz salió en aquel momento seca y ahogada, sus manos habían comenzado a temblar, cerrándose con fuerza; la tristeza y la rabia se evidenciaban en sus oscuros ojos—. N-no… No tenías derecho, Albus…

—No hagas preguntas, sino quieres oír respuestas, Severus…—había respondido Dumbledore, y dándose la vuelta continuó camino, dejando a un iracundo Severus atrás.

El anciano nunca le reveló (y Snape sospechaba que jamás lo haría) cómo había burlado las garras de la muerte. Sólo ponía ésa típica cara de… de lunes por la mañana y declaraba con aquella estúpida sonrisa bonachona: «No hagas preguntas…»

—«… sino quieres respuestas.» —susurró Snape a la nada; golpeado su puño contra el colchón.

¡Ese maldito viejo metiche y su pajarraco apestoso le habían arrebatado hasta el derecho de morir! ¡De caer con honor! Ahora, ¿qué le quedaba? ¡¿Qué le quedaba?! ¿Un trabajo que aborrecía? ¿Las críticas de aquellos que hablaban a sus espaldas?

¡La citación judicial firmada por esos malnacidos del Ministerio que decían preocuparse por su integridad psicofísica, y lo declaraban una persona incapaz de gobernar sobre si mima!

¿O tal vez, haber pasado los últimos seis meses condenado a un lacerante sufrimiento, cinco días al mes? Asistiendo a estrictos controles Andrológicos y raspados biópsicos endometriales cada tres meses, durante el periodo de un año en San Mungo. ¡Sufrir toda esa miseria dolor a carne viva! ¡Ser un maldito ex-adicto cuyos «problemitas de salud mental», lo volvía un incapacitado de carácter permanente!

Severus se encogió sobre sí mismo, retorciéndose entre las sabanas con cada cólico; sentía que de un momento a otro desfallecería. Le dolía la espalda, los huesos de las caderas y las piernas. Conjuntamente, sentía todos los músculos del cuerpo adoloridos, su piel estaba tan sensible que le escocía con el menor roce; le quemaba, ardía y picaba, ¡todo al mismo tiempo!

—Dios… Dios mío. No, no, no. Por favor… Por favor, no… —suplicó el pocionista a la penumbra de habitación, tapándose la cara con las dos manos y conteniendo las lágrimas, como si temiera que su momento de debilidad fuera captado por oídos ajenos.

Snape intentó adormecer su mente, pero no tuvo éxito. Sabía que el esfuerzo era inútil, a pesar de su increíble autocontrol, el ciclo ya había empezado y después de tantos años de privaciones, ninguna pócima o técnica de meditación menguaría el dolor. Nuevamente tendría que soportar todo el suplicio sin nada, ni siquiera una pócima antiespasmódica le haría efecto en ese momento.

Severus estiró su mano y agarró su barita de la mesita de noche susurrando un quebrado «Incendio», y las velas en los candelabros ardieron, iluminando toda la habitación. Con pesar se deslizó de la cama, y sin prisa marcho hacia el cuarto de baño algo desorientado; sus mejillas estaban encendidas por la fiebre y los oscuros cabellos despeinados, húmedos por la traspiración. Abriendo los dos primeros botones de su pijama negro de seda, se humedeció el rostro y cuello, dejando que el frío líquido se deslizara por los contornos de su cuello y pecho.

Tenía el pulso tan acelerado que, literalmente, sentía que el corazón se le iba a salir por la boca. Sus ojos se sentían irritados, arenosos, con los párpados hinchados; los labios partidos y la boca reseca como un desierto.

Snape inspiró hondo, tratando de controlar su agitada respiración; sentía escalofrío y nauseas. Su recto-vaginal estaba dilatado, punzando en una contracción rítmica e involuntaria; el espeso y oloroso fluido incoloro de la mucosa cervical le humedecía las nalgas, manchándole la ropa interior.

Sus pechos estaban hipersensibles al tacto, con las venas hinchadas por el aumento del flujo sanguíneo; los pezones duros y encarnados, con una desagradable sensación de hormigueo. Severus envolvió con sus pálidos dedos un rozado botón, apretando ligeramente con una mueca mortificada, y el hinchado capullo segregó pequeñas perlas de un líquido lechoso.

Los Sanadores le habían comunicado que, no debía preocuparse, «la galactorrea» era una buena señal de que los estrógenos estaban siendo dominados por la progesterona, y pronto comenzarían los cambios favorables para su cuerpo. Debido a que, sus glándulas endocrinas estaban regresando poco a poco a sus funciones normales y sus tiroideas habían empezado a regular el metabolismo hormonal de su cuerpo, estimulando los niveles de prolactina en su sangre.

Sin embargo, a Severus poco le importaba toda esa mierda.

Ojalá tuviera el suficiente coraje para suicidarse. Últimamente era en lo único que pensaba. Morirse lo más pronto posible. Sentía un hueco. Un vacío en su interior. La verdad era que no comprendía del todo a qué se debía. Desde que ese niño había acabado con Voldemort, sentía como si su vida hubiese perdido sentido; ya no servía para nada. Ya no era alguien importante. Ya nadie lo necesitaba…