Capítulo 12

Viernes, 20 de noviembre de 1998

16: 35 h

Neville Longbottom era una persona de placeres sencillos y costumbres enraizadas; por las tardes acostumbraba trabajar en los invernaderos de Hogwarts. El número dos era su favorito. La profesora Sprout le había permitido sembrar rosas y claveles azules en su tercer año; era tan hermoso verlos florecer en pleno invierno, el contraste con la nieve era más maravilloso que la magia que los sustentaba. Cuando él necesitaba un momento de paz, acostumbraba sentarse junto a ellos y aspirar su agradable aroma.

Sin embargo, aquella tarde su paz fue profanada por una indeseable visita.

Theodore Nott se acomodó el cuello de su túnica y se aclaró la voz antes de golpear la puerta de vidrio anunciándose: ―Nev, ¿puedo pasar?

El Gryffindor apretó los dientes y dejó la tijera de podar aun lado.

«Lo que me faltaba» pensó, mirándolo de soslayó.

—Lamento lo que le paso a Trevor… —susurró el muchacho más alto, caminando hasta él y rodeándole la cintura por la espalda. Neville sólo se tensó, apretando su mentón contra el pecho― Ni bien me enteré me puse a buscarte; no podía creerlo, Finnigan me lo dijo…

Neville tampoco podía creerlo.

—No importa… —respondió él con voz forzada; se notaba que estaba conmocionado por la pérdida, aunque se forzara por ocultarlo—. De cualquier modo vivió demasiado para ser una rana…

―¿Él está ahí?―preguntó el Slytherin, clavando su mentón en el hombro de más bajo.

Neville tan sólo movió la cabeza, afirmando, y agregó más tierra a una maceta de cerámica.

—Cuarenta años, ¿verdad?

—Sí —afirmó tras dejar escapar un suspiro―; el siguiente mes seria su cumpleaños…

—Joder. Cuarenta años… Jamás creí que tuviese tanto; se veía tan joven… —bromeó Theo, intentando ser ocurrente. Neville soltó una risita débil y ahogada.

—Era la mascota de mi papá cuando estaba en Hogwarts. Mi abuela la odiaba. Mi tío-abuelo Algie dice que una vez trató de meterla en aceite hirviendo, así que él se la llevó y me la entregó cuando ingresé al colegio… dijo que así tendría algo de mis padres y no me sentiría sólo ―Theo se alejó un poco, mirándolo expectante―. Trevor fue quien los presentó, sino fuese por él… yo no hubiera nacido; se escapó, mi papá le persiguió hasta el camarote de mi mamá, ella le tenía miedo a las ranas, y éso…

—¿Ya pensaste qué te gustaría sembrar aquí para homenajearlo…? ―susurró Nott, entrelazando su mano con la de Neville en la tierra húmeda de la maceta.

Longbottom sólo respiró resignado y girándose empujó al más alto por el pecho.

—No pasaré mi próximo calor contigo Theodore; ya te lo dije, no insistas.

Nott le regresó una mirada confundida, boqueando, pero luego su expresión cambió drásticamente y soltó con amargura: —¿Por qué no?

—¿Desde cuándo te debo explicaciones? ―refunfuñó Neville, intentando parecer corajudo—.Ya dije: «No» y punto. ¡Deja de presionarme! No obtendrás una respuesta afirmativa de mi parte…

—Prometo hacer lo que me pidas, lo que sea ―añadió Nott, y se adelantó un poco, bloqueándole el paso cuando el Omega intentó escapar. Le miró a los ojos—. Neville, te juro que me portaré bien; no te presionaré. Si dices no, será no.

—¿Cómo ahora? —dijo éste con amargura.

Theo ensanchó los ojos con media palabra en la boca; observándole como si hablara en un idioma extraño. Neville le dio la espalda y él le tocó en el brazo. Reticente, el Omega se volvió para mirarlo y exclamar: ―¡Ni se te ocurra! ―agarrando un escardillo de la mesa.

—De acuerdo, de acuerdo… —murmuró el más alto soltándolo con un suspiró. Neville lo volvía loco cuando adoptaba ese aspecto de diva, sólo hacía que sus deseos por poseerlo crecieran más y más.

El castaño se giró y continuó abonando la tierra de los demás canteros.

Nott se alejó un poco y acomodó la espalda contra la pared más cercana; observándole trabajar en silencio y jugueteando con las hojas de una enredadera, no perdió de vista los músculos de la espalda de Longbottom, ni las pequeñas gotas de sudor que humedecían su frente por el esfuerzo. Él se relamió los labios cuando Neville se inclinó a recoger una bolsa de mantillo, apuntando su culo hacia arriba. Dios. Tenía que encontrar algún modo de convencerlo o de extorsionarlo, o…

Le gustaba tanto ver un poco de color en sus mejillas, aunque fuera debido al ejercicio y a que se sentía avergonzado. Él sintió deseos de besarlo en ese mismo momento, como la semana pasada que lo había acorralado contra la puerta de aquel pasillo vacío del séptimo piso. El deseo que había surgido en su interior había sido demasiado demandante. Y estaba de vuelta en ese momento.

Theo tembló. Quería abrazarlo.

―¿Recuerdas aquel receso de cuarto año cuando perseguías a Trevor por las escaleras junto al cara rajada y la comadreja anaranjada?

―Sí…―dijo Neville con la pequeña mueca de disgusto, masajeándose el cuello adolorido. ¿Es que acaso no se había largado ya?

―Las escaleras cambiaron y Trevor dio aquel mega-salto de ocho metros ―contestó él, y con más confianza se arrimó de nuevo hasta el castaño sonriendo―; le calló a Draco en la cabeza, Goyle intentó quitárselo de un manotazo, pero le estampó la frente contra la pared y le quebró la nariz.

Esta vez el muchacho bajito no pudo aguantar la risa.

―Se había comido todos los escarabajos de los de primero; aquella tarde de verdad creí que el profesor Snape lo cortaría en pedacitos y lo usaría para sus pócimas ―agregó, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano―. Recuerdo que lo metió en un frasco y tuve que suplicarle por cinco meses para que me lo devolviera. A veces ni siquiera me dejaba hablar, sólo decía: «Lárguese de mi vista Longbottom, no lo repetiré.» Al final el director se enteró y le ordenó que me lo regresara…

―El odio era mutuo; pero el profesor lo cuidó bien, no lo puedes negar ―señaló Theo con una risita, y estirando su mano acomodo unos mechones del flequillo de Neville que se tensó de nuevo, poniendo otro medio metro de distancia entre ellos.

―Eso es verdad… ―respondió el joven tras un momento― volvió el doble de grande, y se le había quitado esa horrible alergia de la piel.

―Y que lo digas; yo era el que tenía que alimentarlo ―replico él, torciendo la boca―. Creo que el profesor Snape no se hubiera molestado tanto si Trevor no le hubiese orinado en la cara, aunque creo que se enojó más porque se pisó la capa y rodó por la escalera.

Ellos rieron juntos.

Perdido en el recuerdo de las aventuras con su mejor amigo, Neville, necesitó un momento para darse cuenta de que el Slytherin le había acorralado de nuevo, tomándolo de las caderas y apretándolo contra él.

Nott le acarició la mejilla y a Neville se le cayó la sonrisa de los labios.

―Sólo una cita, ¿sí? ―le preguntó, haciendo hincapié sobre el tema anterior―. Tú y yo, solos en la próxima visita a Hogsmeade ―Theo le limpió una mota de tierra de la nariz, y Neville ahora sí apartó el rostro―; no pienses mal Nev, no te llevare a rentar ninguna habitación en el callejón Knockturn. Sólo iremos a Madam Puddifoot's y comeremos todos los pastelitos que tú quieras… ―dijo él, y lo besó con suavidad, como queriéndole decir que no iba a dejar que lo ignorase.

El beso fue tan breve que Neville no tuvo tiempo de apartarse.

―Déjame… déjame pensarlo. Mientras voy a buscar babosas carnívoras para el repelente, en el huerto de calabazas… ―jadeó, apartándose de un tirón cuando Nott buscó otro beso; dando marcha atrás, señaló hacía la puerta del invernadero― di-digo, el repelente de babosas carnívoras para el… huerto de calabazas… con permiso.

Theo miró al cielo con un gesto de molestia.

«Ya no volverá», pensó, respirando hondo mientras le observaba alejarse, sin poder evitar desearlo más.

Harry sentía calor. Mucho calor. La sangre le corría como fuego a través de sus venas. Se lavó la cara y luego presionó la frente contra el espejo fresco. Aún después de vomitar lo poco que había logrado comer durante el almuerzo se continuaba sintiendo terrible; su estómago se retorcía dolorosamente.

¿Qué rayos le pasaba? ¿Por qué se sentía tan mal?

Se mojó de nuevo el rostro y salió del baño de perfectos, agradecido de que el lugar se encontrara vacío, pero sobretodo de que ni Ron ni Hermione le hubiesen seguido. Él no tenía idea de cómo iba a reaccionar si alguno de ellos se atravesaba en su camino; se sentía frustrado, lleno de una ira y un odio irracional; sólo quería golpearlo y romperlo todo.

Durante el entrenamiento había intentado mantener la compostura. Ron tenía razón, él no debió de gritarle así a esa pequeña.

Apretó la escoba entre sus manos sudadas. ¿Un poco de aire fresco le despejaría? O le congelaría el cerebro. Cualquiera de las dos opciones, eran aceptables para la circunstancia. De pronto, Harry detuvo su andar. Joder. En su remolino de caóticas ideas resentidas había estado caminando sin un rumbo fijo. ¿En qué momento había llegado al Corredor de Tapices?

Harry escuchó la voz de alguien maldiciendo a su derecha, al mismo tiempo que una puerta se abría. Severus asomó su grande y grasienta cabeza por el marco de la puerta mirándole boquiabierto. Pero para desgracia de Potter, el estupor le duro poco. Con la velocidad de un rayo, Snape le agarró de la túnica, alzándolo en vilo con una sola mano y estampándole espalda contra la pared del frente. Harry dejo caer su escoba, como canchos sus uñas se aferraron a los fibrosos músculos del brazo de Snape hundiéndose en la carne.

―¿Otra vez tú? ¿Qué vienes a robar? ―siseó el pocionista a centímetros de su rostro―. ¡O es que no se te va esa maña de oír detrás de las paredes!

―¡Yo sólo iba pasando! ―Harry apretó los dientes, forcejeando―. ¿Acaso no ve qué tengo mi uniforme de entrenamiento?

―¡Ja! Típico de los descerebrados de su especie, tironearse y revolcarse como animales salvajez ―espetó Snape, revoleándolo contra el suelo―. ¿Algún plan de cómo hacer trampa en el próximo partido, Potter?

―Porqué, ¿tiene algunos consejos? ―Harry exclamó ásperamente mientras se enderezaba, frotándose el cuello―. Digo, su casa tiene méritos de sobra con los que alabarse.

―¿Y lo dices tú, Potter?

En aquel momento se escuchó un ruido al final del pasillo y ambos voltearon sobresaltados, mas no vieron nada. Fue entonces que Harry sintió como algo frio y viscoso reptaba por su pie e intentó sacudírselo. No estuvo seguro de cómo sucedieron las cosas, todo lo que supo fue que ocurrió condenadamente rápido, para cuando se dio cuenta, ya había tropezado con algo, caído encima de Snape, y la puerta del armario se había cerrado.

―¿Y? —preguntó Dumbledore, surgiendo de detrás de una columna de granito—. ¿Lo lograste?

—¿Acaso lo dudabas?—contestó, el joven rubio con una mueca de suficiencia—. Todo es cuestión de paciencia; la virtud más infravalorada.

—Éso, y un buen Carpe Retractum. ―El director puso sus manos sobre los hombros del Alfa, sonriendo ligeramente.

—Adoro tanto hacer maldades; amaría verles las caras cuando salgan.

―Sólo piensas en hacer el mal.

―Podría replantearme el hacer otras cosas para ocupar mi tiempo, pero voy a necesitar un sujeto con el cual experimentar...

Albus soltó una carcajada.

—No quería llegar a esto —susurró en tono conspiratorio—; no me agrada presionar a nadie, pero a Severus todo le entra a los golpes, y lo que se hace por amor está más allá del bien y del mal…

―Sí, claro ―añadió el Alfa con rintintín―. No presionar.

―Tú eres el que menos puede quejarse; jamás te presione a nada.

―¿De verdad? ―dijo el rubio, optando por un cierto humor agrio―. Espérate que me faltan los dedos de las manos para contar.

―Un día te morderás la lengua y morirás envenenado con tu propia ponzoña. ―le espetó él; sacó la varita de su túnica y la sacudió frente a la cerradura que brilló con un intenso color dorado.

―¿No lo sabías? ―repuso él, riendo―. Las serpientes somos inmunes a nuestro propio veneno.

―Por desgracia. ―murmuró Dumbledore, para sus adentros.

―No entiendo, ¿por qué no dejas que se la arreglen solos?

―Éste no es de ésos problemas que se solucionan solos con el tiempo… ―contestó Albus, intentando sonar paternal.

―En nuestro caso se solucionó. ―replicó el más joven, torciendo la boca.

―No. No lo hizo ―El mago mayor función el ceño―. Por si lo olvidaste, nosotros tuvimos un Vínculo normal; éso fue lo que marcó la diferencia luego de que te largaras…

―Podrías sacarme un poquito el dedo del culo, que en éste momento no estoy pudiendo respirar ―contestó el Alfa, con la calma de alguien acostumbrado a pasar por un detector de mentiras―. Era un niño, tenía diecisiete años; estaba asustado, lleno de resentimiento, y me sentía atrapado y perdido.

―Y yo como el mayor debía de entenderlo, ¿verdad? ―replicó el Omega con el mismo aplomo para ocultar su inseguridad.

―Eso es… ―comenzó a decir el joven, pero se mordió la lengua para no decir algo de lo que pudiera arrepentirse―. Gracias, por decirme que fui un maldito cobarde.

—Bueno, no hay nada más que hacer por aquí —indicó el director tras un incómodo silencio—. ¿Vayamos por una taza de té?

—Preferiría una dona y un café doble —declaró el joven.

—Creo que pasas demasiado tiempo en el mundo muggle; ya se te pegaron sus mañas.

—Pues, ¿qué quieres que haga? —bufó él, contrariado—. No soy tú, no puedo pasar más de dos días encerrado en éste criadero de ratas.

—No hay ratas en Hogwarts —respondió el director con pedantería.

—¿Enserio? ¿Cómo tampoco había un basilisco? —le espoleó el rubio con una ceja enmarcada—. Ni te imaginas cuanto se reprodujeron desde que lo mataron; derivas verlas, son como Poodle gigantes. Además, bien que te quejas cuando no regreso con todo esos libros de porno gay.

—¿Una dona dijiste? —repuso Dumbledore haciéndose el desentendido.

—Jamás creí que los Muggles le dirán tanto al cachondeo —dijo el rubio, estirando los brazos por detrás de su nuca—. Aunque, creo que podría conformare con una ¿tarta de limón? —rió él golpeando la puerta con los nudillos.

—Eres tan cruel. —Albus negó, correspondiendo a la sonrisa burlona. Posó su mano por la baja cintura de su compañero y lo guío por el desierto Corredor de Tapices.

El Alfa le rodeo el cuello con un brazo e inspiró profundamente, dejando que el delicioso olor de su pareja le impregnara los conductos respiratorios; la simple acción le emborrachó más que todo el alcohol que había consumió en su última escapada al mundo muggle. Sonrió para sus adentros, el siguiente celo del director se acercaba.

—¿Realmente confías en que no se arrancaran los ojos hasta mañana? ―susurró él, tras besarle el cuello.

—¿La verdad? —respondió mecánicamente el Omega, apartándose un poco al captar sus intenciones—. No…

―Albus… ―añadió, mirando fijamente los ojos azules de Dumbledore que centellaron bajo la luz de las luminarias— ¿no te parece que te estas extralimitando? Hasta para mí esto es injusto. Deja que cometan sus propios errores.

―Define injus…

—A mamá mona con banana verde ―lo interrumpió el Alfa, con una media sonrisa―. No me vengas con lo injusto de ser justo. ¡Por lo más sagrado! Aunque te pese, el mundo no gira alrededor de tu dedo. ¡Oh, gran Ave César!

—Todos somos habitantes de un mundo injusto —afirmó suavemente el Omega—; y es difícil no ser injusto con los que uno ama… Lo que nadie entiende del amor es que también es la fuerza más caprichosa y destructiva que hay en el universo…