I° PARTE.

Capítulo I.


"Peeta.

Sano y salvo, bueno, quizá no sano, pero vivo y aquí. Lejos de Snow. A salvo. Aquí. Conmigo. En un minuto, podré tocarlo. Ver su sonrisa. Oír su risa. Haymitch me sonríe.

—Anda, entonces —dice.

Me siento mareada mientras camino. ¿Qué le diré? Ah, ¿qué importa lo que le diga? Peeta estará estático, no importa lo que haga. Él probablemente me besará de todos modos. Me pregunto si se sentirá como esos últimos besos en la playa de la arena, esos besos en los que no me he permitido pensar hasta este momento.

Peeta ya está despierto, sentándose en el lado de la cama, luciendo desorientado mientras un trío de médicos lo inspecciona, alumbrando sus ojos, verificando su pulso. Me siento decepcionada por no haber sido la primera cara que vio cuando despertó, pero él me ve ahora. Su rostro registra incredulidad y algo más intenso que no puedo identificar exactamente. ¿Deseo? ¿Desesperación? Seguramente ambos, ya que aleja a los médicos, se pone de pie, y camina hacia mí. Corro para encontrarlo, mis brazos extendidos para abrazarlo. Sus manos se alzan hacia mí también, para acariciar mi rostro, pienso."

Al final, solo coloca una mano en mi mejilla. La otra la deja inerte a su lado.

Le miro durante unos segundos que me parecen eternos. Es tan extraño verle vivo de nuevo. Miro a sus ojos azules, los que brillan igual de incrédulos que los míos. Los mismos ojos azules que pensé que nunca más vería. Los mismos ojos azules que me calmaban luego de las pesadillas en el tren. Esos ojos que reflejaban los mismos miedos que yo tenía cuando nos dimos la mano luego de salir cosechados. Los que brillaban con amor contenido cada vez que hablaba de mi en los primeros juegos. Los mismos ojos azules que me intentaron convencer de que había gente en el distrito que me necesitaba. Los mismos ojos azules con los que mis ojos grises se trabaron tantas veces. Los mismos ojos azules que causan estragos ahora mismo en mi estomago.

Mis brazos se enrollan alrededor de su cintura. Él coloca una de sus manos en la mía. Es casi un sueño como nuestros labios se encuentran. El beso es una mezcla de muchas cosas, cosas que ni siquiera sabía que se podían mezclar. Dolor, felicidad, esperanza, rabia y desesperación, pero que de todas formas hacen que el beso sea perfecto. Bueno, es perfecto en la medida de que debo ignorar al hospital que nos rodea, a ese olor a antiséptico.

Aunque en realidad, la desesperación hace que ninguno de los dos sea totalmente consciente de que no es perfecto.

El beso es tan maravilloso, tan esperado, que todas aquellas imperfecciones carecen de sentido. Sus labios son suaves, cálidos y húmedos. Mis manos se vuelven a apretar en torno a su cintura, tirándole hacia mí sin ningún rastro de vergüenza.

Cuando sus labios acarician nuevamente los míos, siento una lejana pero familiar sensación muy dentro de mí. Instintivamente, mis manos se dirigen hacia afuera, alrededor de su espalda y sus hombros, permitiéndole a mis dedos enroscarse en su cabello rubio cenizo. Al hacerlo, acerco con más fuerza sus labios a los míos. Y todo mi cuerpo se siente como si estuviera en llamas.

Es una sensación que solo he conseguido dos veces en mi vida. Y ambas veces con Peeta. Es la clase de sentimiento que forma nudos en el estomago, haciendo que cada nervio de mi cuerpo cobre vida, todo por el deseo de sentir más a Peeta. Es una mezcla de hormigueo y ardor viajando desde el centro de mi pecho a través de cada parte de mi cuerpo, mis brazos, las piernas, todo el camino hasta llegar hasta la punta de mi ser. Aprieto mi cuerpo en contra del suyo, el cual es increíblemente duro. Mis pechos chocan con el suyo. Mis caderas también lo hacen. Nuestras bocas aún no se separan. No me he sentido tan viva desde ese día en la playa, e inclusive entonces esta sensación que recorre todo mi cuerpo no era tan grande y abrumadora como ahora.

No me movería si no necesitara un poco de oxigeno, por lo que le suelto ligeramente, con la respiración completamente acelerada. Me alejo lentamente, liberando sus labios de los míos y aflojando mis manos en su pelo. Le sonrío, mordiéndome el labio inferior para no dejar escapar un sollozo y los horribles sonidos que hago mientras lloro (y solo en este momento me doy cuenta que estoy llorando). Él me devuelve la sonrisa. De lo siguiente que soy consciente es de mi mejilla reposando en su pecho mientras que sus brazos me cubren en un apretado abrazo. Y no lucho contra él. En realidad, le suelto el cabello por completo y rodeo su cuello con mis brazos, para colocar mi cabeza justo en el hueco de su cuello. Mi cuerpo se siente como si hubiera sido exactamente hecho para encajar de esta forma con el suyo.

Se siente casi perfecto.

Casi.

Uno de los tres doctores presentes decide que ya ha tenido suficiente con nuestro feliz reencuentro. Se aclara la garganta. De hecho, otro más no ha dejado de tomar notas en su agenda durante todo el proceso. Pienso en apartarme de Peeta, pero en el fondo, sé que no es necesario. Ni que quiero eso. Espero que los médicos no se den cuenta del rubor presente en toda mi cara. El brazo de Peeta aún está alrededor de mi cintura, sosteniéndome muy vagamente, pero aquello de todas formas me reconforta. Necesito sentir físicamente el hecho de que esto es real. De que no es otro de los sueños que han invadido mi inconsciente en los últimos días.

Nunca me había dado cuenta de cuanto lo necesitada hasta ahora, que le tengo a mi lado. Y nada ni nadie me moverá de aquí en un buen rato.

Me pierdo de la conversación entre Peeta y los doctores, supongo, porque cuando soy realmente consciente de mi entorno, los médicos ya están abandonando la sala en fila india. Lo siguiente que sé es que la puerta se cierra detrás de nosotros y por primera vez, en lo que me ha parecido toda una vida, estoy sola con Peeta. Una parte de mi quiere hablar sobre… todo, mientras que la otra quiere que me bese y me tire sobre la cama y me bese nuevamente y luego otra vez y otra vez más. Pese a que aquel ultimo pensamiento me hace sonrojar, me limito a sonreírle tímidamente y esperar que él haga algo. Él solo me lleva a la cama, para sentarme a su lado.

Le miro atentamente durante un largo rato. No le he visto en mucho tiempo, y aunque su cara se ve más o menos igual de lo que siempre ha sido, si uno se dedica a mirar de cerca se pueden ver los efectos del tiempo en el capitolio ha tenido sobre el chico del pan. En general, se encuentra más delgado. Aquello se puede notar claramente en sus brazos y su abdomen. En silencio me pregunto cuánto le habrán alimentado. Tiene el pelo largo, desaliñado y enmarañado, e incluso hay zonas donde simplemente ya no hay cabello. Su rostro parece no haber sido afeitado desde hace mucho y es probable que solo lo hayan hecho para sus tres apariciones en la televisión. Sus ojos azules, siempre amables, amorosos y un tanto inocentes (si, inclusive con un par de Juegos del Hambre encima) están llenos de dolor, pero de todas formas los encuentro fascinantes. Y no le han hecho nada a sus largas pestañas. Me doy cuenta que hay mucho amor en esos ojos dirigidos a mí, y solo a mí. Por un segundo me pregunto si es que en mis ojos él encontrará la misma cosa.

Mientras tomo cada pequeño detalle de su apariencia para saber que tan maltratado y abusado realmente parece, él se acerca y toma mi mano con la suya, entrelazando nuestros dedos. Levanto la vista hacia él y sonrío ligeramente. Esta vez, no me devuelve la sonrisa. El amor aún se encuentra en sus ojos azules, sin embargo, ahora están abrumados por otro sentimiento. Dolor. Me siento horrible, porque lo más probable es que mi pequeño análisis no haya sido tan sutil como pensaba. En todo caso, él definitivamente no necesita sentirse cohibido. Algo me dice que él también es consciente de la forma en que se encuentra y que no le gusta como sus pómulos sobresalen en sobremanera, al igual que los huesos en sus muñecas.

Decido dejar de tomar nota de su apariencia, ya que le ha molestado o le he hecho sentir incomodo, o ambas cosas. No estoy segura de qué decir exactamente y solo le miro a los ojos. Las palabras nunca han sido lo mío, sí lo de Peeta, pero él tampoco parece saber qué decir. No sé qué cosa preguntarle hacerle daño. Y en todo caso, como está la situación en este momento, parece que cualquier tema aleatorio está fuera de ser un territorio seguro.

— Katniss — susurra de repente — Yo… no sé qué decir.— Me doy cuenta de que, por mucho de que él no tenía idea de qué fue lo que sucedió, él tampoco probablemente sepa mucho de lo que pasó conmigo.

Él no sabe cuál es un territorio seguro conmigo.

— Cualquier cosa, Peeta. Solo tengo que… oírte. Saber que en realidad eres tú. — murmuro.

— Lo mismo digo.

Después de eso, otro silencio cae entre nosotros dos.

Quiero decir algo, decirle que le he necesitado, que le he extrañado, que he temido por él, pero no sé cómo decírselo. No quiero saber exactamente qué le hizo el Capitolio tampoco. De hecho, no quiero saber nada de eso en absoluto. No sería capaz de soportarlo. Por eso quiero encontrar otro tema de conversación, algo mucho más seguro. Entonces, empiezo con una frase que sé que no alterará a Peeta.

— Te extrañé — le digo en voz baja, apenas un susurro. Sus ojos se suavizan y el dolor que estaba presente en ellos se esfuma de repente, siendo reemplazado por puro amor — Mucho.

— Yo también — susurra él en voz baja. Puedo sentir su dedo pulgar moviéndose en círculos sobre mi mano — Mucho — sonrío un poco.

— Fue terrible… estar sin ti — admito. Es cierto. Había días en que yo estaba tan molesta que ni Gale, ni mi madre, ni siquiera Prim eran capaces de robarme una sonrisa. Solo una cosa era necesaria, y solo ahora me doy cuenta. Peeta. Ahora lo comprendo. Necesitaba sus ojos para alcanzar un estado de paz, sus brazos, sus abrazos fuertes, tanto que quitan el aliento. A él. Lo necesitaba terriblemente — yo… yo te necesitaba. Nadie… nadie lograba… nadie nunca supo cómo te necesitaba.

— Lo sé — dice, hablando en voz baja nuevamente, al igual que yo.— Te necesitaba… más que nunca antes – admite. Este es un momento de verdadera vulnerabilidad. Un momento que se conservaré para siempre, como cuando me regaló la perla en la Arena.

— Yo también – le susurro.

Una vez más, un silencio cae sobre nosotros dos, siendo este mucho más cómodo que los anteriores. Su pulgar sigue trazando círculos en contra de mi mano, calmándome. Sé que si el está aquí, nuevamente a mi lado, no me dejará ir a ningún lado. Saberlo hace que lagrimas se formaran en mis ojos, hasta el punto de que empiecen a resbalarse lentamente. Algunas solo rodean mis mejillas hasta que el otro pulgar libre de Peeta acaba con ellas. La simple acción hace que me ponga a llorar de cabo a rabo. Su mano, que todavía está en mi cara, se traslada a la parte más baja de mi cabeza y me tira hacia abajo para colocarme en el hueco de su cuello. Y yo solo me apoyo en él, llorando. Creo que incluso siento sus lagrimas golpeando en mi nuca.

Esto es real. No es un sueño, es real. Es todo lo que pasa por mi cabeza.

— Esto es real — murmura y me doy cuenta de que estaba pensando exactamente lo mismo que yo.

— Es… sí, Peeta. Es real – susurro en contra de su cuello.

No tengo idea cuanto tiempo estamos de esta forma, él sosteniéndome a su lado como si nuestras vidas dependieran de ello, mientras ambos lloramos, e incluso después, cuando las lagrimas se detienen. Pero debe de haber sido bastante, porque nos alejamos solamente hasta que escuchamos como alguien toca a la puerta. Poco a poco me alejo, limpiando mis mejillas y me vuelvo hacia la puerta. Prim está allí de pie, mirándonos incomoda. Me vuelvo hacia Peeta, quien asiente con la cabeza, antes de hacer un gesto para que entre más en la habitación. El cabello de mi hermana, rubio y en dos trenzas, fluye detrás de ella mientras da pequeños pasos sumamente excitados a través de la habitación.

— Siento interrumpirlos – dice. Veo como sus ojos caen brevemente sobre nuestras manos unidas que descansan en el regazo de Peeta — El médico me ha enviado para asegurarse de que todo está bien. Y también me preguntó si querías comer algo, Peeta.

— ¿Qué hora es? – pregunto. No tengo idea de qué hora era cuando me reuní con Peeta, pero de eso ya fue un buen rato.

— 5:30 – responde ella. Aquello es la mitad de la cena, a solo media hora antes de la reflexión de las seis — está bien que estés aquí, Katniss. El médico piensa que tu presencia aquí ayudará a Peeta a recuperarse antes de tiempo. No tienes que seguir el horario.

— Por favor dime que no soy una mentalmente desorientada nuevamente — suspiro, sin darme cuenta de lo que acabo de decir frente a Peeta hasta que los movimientos circulares en mi mano se detienen. Me vuelvo a mirarle a sus ojos confundidos y le susurro un "después". Él asiente con la cabeza.

— No. Él insistió en que tu presencia ayudará a Peeta, de alguna manera – explica con una sonrisa picara en los labios. Quiero regañarle por insinuar cosas, sin embargo, las esquinas de mi boca se curvan en una breve sonrisa también.

— Tal vez lo haga, de alguna manera – estoy de acuerdo, volviéndome hacia Peeta. Él se inclina y me besa la mejilla. Prim suelta una risita nada propia de ella, lo que causa que sólo ponga mis ojos en blanco.

— Claro que ayudarás – susurra para mí Peeta, en voz baja. Sonrío levemente.

— ¿Saben qué? Traeré su comida y dejaré que el médico sepa que todo está bien – dice Prim, y es la primera vez en mi vida en que no le presto demasiada atención.

Son solo unos segundos de paz luego de que Prim se haya ido. Y no me sorprenden sus palabras, después de todo.

— ¿Mentalmente desorientada? – pregunta, ahora totalmente serio. Asiento con la cabeza.

— Te dije que fue horrible. Fue después del Vasallaje, yo sólo... no sé. Mi madre me dijo que se llama Trastorno de Estrés Postraumático. Creo, no estoy segura de que se llame así de todas maneras — pienso durante unos largos segundos en cual era el nombre. Sacudo la cabeza y lo dejo. — Ella dijo que era leve, sin embargo, para mi no lo fue. Era sumar el estrés del Vasallaje, la sensación de haber sido traicionada por Haymitch, Finnick, Beetee, Johana y… tu falta. – le explico en voz baja. — Todo fue horriblemente abrumador. Pero salí de ello y ahora estoy bien – le sonrío, tratando de borrar la mirada seria y triste de su rostro.

— Yo sé lo que quieres decir – dice, susurrando tan bajo que me cuesta escucharle— Me dijeron muchas cosas que me hicieron colapsar más de una vez — hace una pausa en la cual solo puedo sentir los latidos de mi corazón en contra de mis oídos. Tengo la sensación que no me gustará lo que está a punto de decir. — Por ejemplo, al principio me dijeron que estabas muerta — Tengo que apretar con fuerza la mandíbula para evitar que se golpee en contra del suelo.

— ¿Ellos… ellos te dijeron eso? — él solo asiente.

— Y lo habrían mantenido si no te hubiera visto por error en la televisión. Deberías saber que estuve tremendamente feliz de saber que estabas viva, Katniss – pese a que le escucho, solo puedo imaginarle a él encerrado en algún sitio extraño. Y también recuerdo esos días antes de que saliera en la televisión, cuando yo pensaba que posiblemente estaba muerto – Te vi sin vida saliendo de la Arena en la Televisión.

— Al principio, no sabía si estabas vivo — admito — La último emisión en la cual te mostraron, en la que avisaste sobre el bombardeo, te vi a ti mismo caer al suelo y un gran charco de sangre. ¡Un gran charco de sangre! ¿Cómo alguien puede pensar que estabas bien? Pensé que habías muerto y… fue horrible. Me tuvieron que sedar. Fue volver a los días oscuros — sacudo la cabeza intentando borrar aquel charco de sangre de mi memoria – Pero, claramente, ahora los dos estamos vivos. – Peeta asiente con la cabeza, con las lágrimas brillando en sus ojos.

Estaba viva, pero apenas viviendo. Añado silenciosamente dentro de mi cabeza.

Y es cierto. Mi corazón latía. Mis pulmones tomaban aire. Mi mente, a su manera, procesaba lo que estaba sucediendo alrededor. Y mi alma… colgando de la vida de un hilo. Un hilo que solo se mantenía por la esperanza de ayudar a Panem y que el Capitolio cayera una vez por todas, sabiendo que de esa forma al fin Peeta y Prim estarán a salvo. Aceptar ser el Sinsajo fue difícil, pero fue la única vez que me sentí viva desde que me sacaron de esa Arena, y solo fue cuando me dejaron realmente hacer algo. Prim estaba demasiado ocupada en el hospital del 13. A veces, lo único que evitaba que me encerrara totalmente dentro de mi misma fue la pequeña posibilidad de reunirme con Peeta. En esos momentos, nada importaba, solo la pequeña e insignificante posibilidad de ver nuevamente al chico del pan, de estar en casa… o bien aquí, con seguridad y con vida.

En las últimas horas en que he estado reunida con él he sonreído más desde que me sacaron del Vasallaje. De hecho, no recuerdo siquiera cuando fue la última vez que me reí. Mi corazón late más rápido. Mis pulmones han captado más oxigeno que nunca antes en todas estas semanas. Mi cerebro está funcionando a toda marcha. Mi alma se siente viva por primera vez desde hace mucho. Mi mundo entero parece haber sido iluminado un poco cuando volví a ver su rostro, unas horas antes.

Él rompe mis pensamientos con un beso en mi frente. Me pregunto cuánto tiempo he estado perdida en mis pensamientos y lo que pasaba por su cabeza cuando así era. En realidad no importa demasiado. Miro hacia su rostro, dedicándole una nueva sonrisa. Sus ojos azules ya no brillan con rastros de tristeza, sino que con amor.

— Todavía eres la persona más hermosa del universo — dice en voz baja y mi corazón casi estalla con la declaración. Peeta nunca había sido tan directo como ahora. Y quizá si es que sobrevivió a todo lo que sobrevivió, lo más seguro es que le pareciese estúpido contenerse. Y yo no puedo evitar que la sonrisa en mi rostro crezca aún más.

— Gracias – susurro. Mis ojos se clavan en los de él, él con una sonrisa aún en su rostro y sus ojos aún brillando. No puedo evitarlo, y cuando él se inclina una vez más sobre mí, le recibo gustosa. Al igual que el primer beso desde que me reuní con él, la pasión se hace cargo casi de inmediato. Nuestras manos se liberan, y una de las mías recorre todo su pecho, que pese a estar más delgado, sigue siendo fuerte de como antaño, mientras que una de las suyas viaja por mi estomago hasta mi cintura, afianzándome más en contra suyo. Mi cadera derecha se presiona con la suya izquierda y un temblor exquisitamente placentero me recorre entera. A medida de que la pasión pura del beso empieza a liberarme, me coloco sin procesarlo demasiado a horcadas sobre sus caderas, sintiéndome más completa y llena de lo que me he sentido en toda mi vida.

Eso es hasta que oigo como la puerta se abre. Rápidamente, me intento alejar de él, pero Peeta me retiene en contra suyo. Aún a horcadas sobre su cuerpo, me doy la vuelta para encontrar a nada más ni nada menos que a mi pequeña hermana de pie, con una bandeja entre sus manitas con dos pociones de alimentos y una mirada atónita en su rostro. Realmente espero no haberla marcado de por vida y que ella sea capaz de mirarme de la misma manera después de esto.

— Ummmm… Solo he venido a traer su comida — dice, mientras un rubor poco a poco se hace camino por sus mejillas, casi como un espejo en las mías — Lo siento por… ug, interrumpir. — murmura. Me pongo de pie pese a las manos firmes de Peeta y en silencio tomo la bandeja de entre sus manos, sin confiar en mi propia voz. Me coloco detrás de Peeta antes de tomar mi asiento a su lado.

— Está bien, Prim. Se suponía que estábamos esperándote. Y por eso creo que Katniss y yo necesitábamos que alguien nos interrumpiera – Le doy un codazo en las costillas. ¿Cómo se atreve a decirle eso a mi hermana? Deja escapar una desvergonzada risita y asiente con la cabeza, como reafirmando sus palabras. Ambos miramos a Prim.

— Yo… eh, me tengo que ir. Mamá está revisando a un paciente particularmente difícil y le prometí que iba a ir ayudarla – nos dice. Yo sé que es una mentira, pero no puedo culparla. Ella acaba de entrar a una habitación donde su hermana y su… lo que sea Peeta para mi, se besaban como si no hubiera un mañana. Rápidamente corre fuera de la habitación, cerrando la puerta detrás de ella. Tan pronto se va, Peeta se echa a reír. En mi opinión, esto no es cosa de risa.

— Su cara – murmura a través de su risa y yo no puedo evitar reírme con él, porque me resulta tan gracioso que mi hermana pequeña sea tan inocente después de que nos ha visto por televisión y todo. Por lo menos entró cuando estábamos en una posición algo recatada.

Una vez que nuestro pequeño ataque de risas se acaba, los dos comemos nuestro plato de estofado en silencio. Yo nunca había visto a alguien comer el aceitado, viscoso y asqueroso estofado de lo que sea que se sirve aquí tan rápido como lo hace Peeta en este momento. Y eso solo me recuerda que él probablemente fue muy mal alimentado en el Capitolio. Tomo unas cuantas cucharadas del mío antes de entregarle mi plato todavía medio lleno. Él solo me mira con los ojos muy abiertos, como si yo le estuviera regalando la cosa más bella del mundo y se me hace evidente todo el hambre que ha pasado. Mentalmente maldigo al Capitolio, simplemente por torturarlo sin comer y quien vaya a saber cuántas cosas más. Asiente con la cabeza y me sonríe antes de comer el resto de mi plato tan rápido como el suyo. Poco a poco me como el pan de mi ración, intentando obviar que este es asquerosamente duro. Él me mira luego de un rato, al parecer un poco avergonzado, y yo solo le sonrío. El me devuelve la sonrisa, sin dejar de mirar sorprendido cuanta comida ha ingerido.

Cuando terminamos nuestra cena, cojo su mano nuevamente. Pese a que sé que es real, me cuesta aún un trabajo creerlo. También quiero asegurarme de que se encuentra bien, y saber si le ha sentado bien o si necesita más. Quiero protegerlo.

— Ellos te mataron de hambre – medio digo medio interrogo. Sus ojos se nublan nuevamente por la tristeza.

— No… no me mataron de hambre. Sí me alimentaron.

— Simplemente no lo suficiente, Peeta. Puedo decirte que has perdido peso — sus ojos comienzan a pestañar con demasiada velocidad y yo intento corregir mi error — Quiero decir, no es obvio, solo lo puedo decir porque… es decir, aún te ves terriblemente genial…

— ¿Quieres decir que he perdido peso? — Asiento con la cabeza — ¿Con cuanta frecuencia has examinado mi cuerpo para llegar a esa conclusión? — Mi mandíbula cae. Aquí estoy yo, intentando mantener una conversación seria acerca de su salud y él… ¿Me está coqueteando?

— ¡Peeta! Hablo en serio. Te lastimaron y… — también me lastimaron a mí en el proceso, pienso decir, pero me callo — eso no está bien.

— Katniss, déjame decirte que tengo claro lo que me hicieron. Yo solo no quiero pensar en ello. Ni tampoco ser una carga para ti por ello… — su voz se extingue en un murmullo triste una vez más. Y yo me siento horrible, de nuevo.

— Peeta, yo solo te quiero ayudar. Tus problemas nunca han sido ni serán una carga para mí — digo, pasando mi pulgar por su mano, tal cual él ha hecho durante la tarde. Al ver que no reacciona, llevo su mano hasta mi boca y la beso suavemente. Levanta la vista y su mirada azul se encuentra con la mía, en la que parece la centésima vez desde que nos hemos reunido — Peeta, estoy aquí para ti si alguna vez quieres hablar sobre ello.

— Lo sé – responde — Es que… ya hablaremos de eso otro día. Quiero saber cómo has estado, Katniss.

Trago saliva. Eso es de algo de lo que no quiero hablar, sobre todo porque no sé exactamente cómo responder. Cuando llegué por primera vez aquí, me sentía tan miserable, desorientada mentalmente, deprimida. Entonces, Coin acordó salvar a Peeta y yo acepté ser el Sinsajo, y todo mejoró un poco, aunque solo sea porque mi nuevo papel en la guerra me mantenía ocupada. Aún así, yo estaba molesta la mayor parte del tiempo, extrañaba mi casa, mi vida antes de los juegos, a mi padre y los recuerdos que estaban en el bosque del 12 y no en el 13, y sobre todo a Peeta. Y ahora Peeta está de vuelta y a pesar de que todo está mal, con Peeta de vuelta todo parece un poco mejor.

— Eh... bien. He estado bien — susurro simplemente.

— Katniss, ¿De verdad crees que luego de años de observarte no sé cuando estás mintiendo?

— Eso suena bastante espeluznante — bromeo, a pesar de que él no estaba bromeando — Pero… no. Sé que sabes cuando estoy mintiendo.

— Por lo tanto, me dirás la verdad.

— La verdad es que… Peeta, no sé cómo estoy. Todo es tan confuso — admito.

Suelta mi mano, lo que al principio me preocupa. Pienso en que quizá se enfadó o algo en mis palabras le alteró, pero es hasta que él se acomoda mejor en la cama y señala a su lado que yo no veo lo que intentaba hacer. Sonrío y me coloco a su lado, y cuando lo hago, él se mueve para besar un lugar en mi cabeza.

— Empieza por el principio – me susurra.

— El comienzo creo que ambos lo sabemos. Me sacaron de la Arena. Descubrí que el 12 fue bombardeado, que tú estabas en el Capitolio con ellos haciéndote quizás qué cosas junto con Johanna y Annie y yo estaba deprimida, con las heridas del Vasallaje, horrorizada de que Haymitch, Finnick, Beetee y Johanna me habían mentido. En resumen, mentalmente desorientada — explico.

— ¿Y luego?

— Y entonces me pidieron ser el Sinsajo, el rostro de la rebelión. Me costó aceptar y la verdad es que puse demasiadas trabas como para que me aceptaran de vuelta, pero lo hicieron de todos modos. Me distrajo. Entrenaba mucho y me mantenía ocupada. Antes de aceptar, hice prometer a Coin que te sacarían de allí, junto con Johanna, Annie y Enobaria. Cuando no entrenaba, estaba triste, todo el tiempo. Ví la transmisión donde nos advertías del bombardeo, que parecías muerto, pero nos salvaste. A todos. Incluyendo a Prim y a… — dudo. No estoy segura de que si eso es un buen tema a tratar o no. No debería serlo, quiero decir, Gale no es asunto ahora. Porque ahora estoy con Peeta, en la habitación de Peeta, mi mano entrelazada con la de Peeta, mis labios han jugado con los de Peeta. En realidad, Gale ni siquiera ha pasado por mi cabeza desde que lo vi herido de vuelta de la misión. ¿Eso es malo?

— ¿Y a Gale? — pregunta. Asiento con la cabeza en contra de su hombro. — ¿Y entonces…?

Sonrío.

— Y entonces has vuelto — digo claramente, con la esperanza de que él codifique todo lo que aquello significa. No solo en un sentido literal, de estar en el 13, sino algo mucho más profundo.

Nos quedamos en silencio después de eso, su pulgar haciendo círculos sobre mi mano, y su otra mano haciendo girar la punta de mi trenza. De vez en cuando, sus labios tocan mi cabello. Se siente bien. Se siente… casi perfecto. Casi porque el mundo exterior está en guerra. Y yo soy el Sinsajo, una parte importante en esa guerra. Pero no importa, al menos no en estos momentos.

La mezcla de sus acciones calmantes hace que poco a poco mis ojos se vayan cerrando. Y estos efectivamente se cierran y yo duermo completamente feliz y satisfecha como no lo he hecho nunca en el 13 hasta que alguien toca la puerta. Me estiro y descubro con una sonrisa que Peeta también se ha quedado dormido.

Mi madre entra en la habitación y mira al chico a mi lado. Me sonríe un poco y yo le devuelvo la sonrisa. Cuando habla, lo hace en voz baja, posiblemente para no despertar al chico del pan.

— Lo siento. Me pidieron comprobar que estuvieran bien ustedes dos.

Mi madre observa atentamente a Peeta y parece llegar a la misma conclusión que yo de que ha perdido peso. Anota un par de cosas en su ficha y luego se vuelve a dirigir a mí.

— Encargaré que le doblen la ración de comida. Y dile, cuando despierte, que es muy bienvenido aquí. Pero no le despiertes para decirle eso, que necesita descansar.

— Claro — le digo, sonriendo.

— Eh… ¿Debo esperarte, esta noche, para dormir?

Miro a Peeta por unos momentos. ¿Seré capaz de alejarme del chico del pan esta noche?

La respuesta es inmediata.

— No, mamá. Me quedaré aquí, si no molesta.

Ella sonríe levemente y se da vuelta. Mi madre sale de la habitación rápidamente, tal cual lo hizo Prim antes. Me pregunto si se encontró en una situación incómoda como mi hermana o simplemente tiene a un paciente que atender. Vuelvo a mirar al chico del pan. Cuando Peeta se encuentra dormido, parece mucho más joven. Pese a que su cabello se encuentre desaliñado, sus rizos siguen siendo rebeldes. Levanto una de mis manos y le acaricio la frente con mucho cuidado.

— Me encanta cuando haces eso — murmura, con los ojos cerrados pero con una gran sonrisa en la cara.

— ¡Estabas despierto!

Peeta suelta una risita y se acuesta en la cama, arrastrándome con él. En otras circunstancias me molestaría tanta cercanía, pero ahora no. Él acaricia mi rostro durante unos instantes, mirándolo atentamente, como si fuera a cambiar de un momento a otro. Estoy por preguntarle qué es lo que sucede cuando sus labios atacan los míos. Se siente como si nunca pudiera obtener suficiente de sus labios. Me alejo nuevamente, mirándolo a los ojos, antes de volver a chocar mis labios con los suyos. Este beso es más urgente que el anterior, con más hambre, ya que se profundiza rápidamente. Su lengua se desliza contra la mía y un gemido escapa de la parte posterior de mi garganta. La sensación de mi estomago vuelve y al fin logro darle un nombre. Deseo. Deseo por Peeta, por algo más que sus cálidos labios y los movimientos de su lengua. Darme cuenta de lo que sucede sacude todo mi cuerpo, sin embargo, me hace desear mucho mucho más. Agarro con fuerza su cabello, sosteniendo su cara en contra de la mía. Él gime suavemente y sé que tengo que parar antes de que esto vaya demasiado lejos. Me aparto vacilante, luchando con el fuego en mi interior.

— Deberías… uh, dormir. Mamá dijo que necesitabas descansar.

— ¿Te quedarás?

— Estabas despierto. Ya lo sabes.

Peeta pone los ojos en blanco.

— ¿Te quedarás? — Al parecer, necesita confirmación.

Asiento con la cabeza repetidamente. Él sonríe, satisfecho y poco a poco se mueve a una posición mucho más cómoda. Me acuesto sobre él, apoyando mi mejilla en contra de su pecho. Su corazón late rápidamente en contra de mi oído. Me doy cuenta de lo cansada que estoy en realidad y que el día anterior no he dormido nada. Con mi mano libre realizo pequeñas figuras sobre su pecho, más feliz de lo que he estado nunca en el 13. Permanecemos así, en silencio, durante un buen rato y me pregunto si se ha quedado dormido, hasta que habla.

— ¿Katniss?

— ¿Sí, Peeta? — respondo.

— Te quiero – dice, como si fuese la cosa más simple de decir, y mi corazón da un vuelco. ¿Desde cuando es que yo me siento de esta forma por detalles tan pequeños?

— Lo sé – susurro, en silencio añadiendo un yo también te quiero, porque todavía no estoy lista para decírselo.

Observo su pecho subir y bajar al ritmo de su respiración. Al principio, se nota que aún está despierto. Pero luego se relaja y sus latidos se hacen más lentos. Pienso en que ahora puede dormir en paz. Y yo también. No más pesadillas. La opción de retornar a esas noches en el tren, lejos de pesadillas y con sus brazos a mi alrededor, hace que mi estómago se revuelva ante la promesa de tanta paz.

Y luego pienso en todo el tiempo que le tuve lejos de mi. Aprieto con mayor fuerza su pecho.

— Yo también te quiero — digo en voz baja, aunque ahora Peeta esté dormido.

Y cierro los ojos y me permito soñar, sin pesadillas.