Prometí hace años -un siglo- que escribiría un lemon de Alemania y Fem!Italia. Costó, pero al fin pude cumplir con lo prometido. Me dio la impresión de que fue más fácil de lo que esperaba una vez comencé a escribir (no suelo manejarme mucho con este ship). Mis dedos se movieron rápidamente en el teclado y todo lo demás fue fluyendo.

T por ahora, M para el siguiente capítulo ; )


Quédate conmigo esta noche

I

— ¿Seguro que estás bien?

Alice se estaba cansando de que su hermana Chiara se lo preguntara otra vez. Tres veces en la misma llamada telefónica. Miró el acabado de su pedicura mientras trataba de contar hasta cinco antes de responderle. Acababa de salir de una larga —larguísima para ella— jornada laboral al segundo día de que su novio la dejara por otra. Si más gente aparte de círculo de amigos se hubiera enterado en la oficina le habrían llovido las lamentaciones. Eso era lo que menos deseaba. Cada una de ellas la hacía sentir más miserable y más hundidas. Como si de verdad debiera dolerle la ruptura.

Y la verdad era que no le dolía en lo absoluto. Aunque haya sido Arthur quien la dejó y no ella.

—Sí, fratella, estoy bien—le dijo sonriendo. No era una mentira—. Si Arthur se fue es problema suyo: desde hace un buen tiempo que estaba aburriéndome.

Chiara se rió del otro lado de la línea.

— ¿Quieres que vaya esta noche a cenar a tu apartamento?

Alice sonrió con ternura. Sabía que ello significaba que su hermana quería decirle que contaba con ella para cualquier cosa. Incluso dejar al bueno de Antonio una noche para hacerle compañía tras su ruptura con Arthur.

—No te preocupes, Chira: voy a prepararme una pizza esta noche y me iré inmediatamente a la cama— le dijo con fingida pereza—. No me apetece nada más que eso en este preciso instante.

—De acuerdo ¡Pero al menor cambio de planes me llamas e iré hasta allá!

El entusiasmo de su hermana le hizo esbozar una fuerte sonrisa.

—Está bien, pero te quedarás esperando la llamada porque eso no sucederá.

Colgó el teléfono. Sus uñas estaban listas. Dio un profundo suspiro mientras la culpa la llenaba ¿Cómo había podido mentirle a su propia hermana? ¡Ella solo quería ayudarla! Se mordió el labio y se calzó las sandalias para bajarse de la cama. No quiso seguir pensando más en eso: no le hacía daño a su hermana; solo quizás a sus sentimientos protectores de hermana mayor. Pero Chiara lo entendería todo cuando se lo contara después.

«Si es que tengo algo que contarle» se repitió. Miró el reloj de pared: iban a ser las ocho. Tenía que darse prisa. Salió rápidamente del apartamento y bajó las escaleras con prisa desde el sexto piso hasta el primero para esperar el ascensor allá abajo.

«Es una locura», se dijo internamente. No se jactaba de ser la más prudente de todas las chicas con las que se juntaba: solo Emily quizás podría igualarla en impertinencia. Las dos se la pasaban muy bien siendo así. Y hasta la fecha no hubo momento en que se arrepintiera por ser tan extrovertida.

Miró el reloj de pared un instante. Las ocho y cinco minutos. Era raro que él se retrasara aunque fuera un minuto ¿o se habrían cruzado mientras ella bajaba las escaleras? La sola idea bajó sus ánimos de inmediato. ¡Tanto tiempo planeando un encuentro y lo acaba de echar a perder por pasarse de la cuenta en el teléfono!

Se había resignado a cumplir al pie de la letra lo que le había dicho a Chiara por teléfono y a irse a dormir a su apartamento completamente sola cuando lo vio aparecer en el portal del edificio. Su nombre era Ludwig Beilschmidt. Y era ardiente como el infierno. Y puntual, jodidamente puntual. Siempre se iba al trabajo a las siete y media y volvía a las ocho. Todos los días desde el último año cuando se mudó al departamento del piso de arriba. Era todo lo que sabía sobre él, eso y que aparentemente estaba disponible.

Quería conocerlo. Conocerlo íntimamente.

Él la miró sin sorprenderse. Desde hace unos días que se topaban en el ascensor. Un día ella lo notó en ese sitio cuando volvía del trabajo. Fue la primera vez que lo veía detenidamente desde hace unos meses. Era digno de la portada de cualquier revista. El macho perfecto. Le había sorprendido no haberle prestado atención antes, probablemente era culpa de sus horarios de trabajo que recientemente se había alargado dándole la oportunidad de toparse con él de regreso.

Ludwig rara vez le prestaba atención. De hecho nunca le había hablado. Hace una semana que se topaban en el ascensor y era siempre ella la que tenía que iniciar las conversaciones con cosas tan triviales como preguntar la hora o el clima, temas ridículos que ella ya conocía y que solo le daban excusa para oír su voz. Profunda y sensual, le daba profundos chispazos a la zona baja de su cuerpo.

No iba a dejarlo ir otra vez.

Entró al ascensor con él. Marcó el sexto piso y antes de que él presionara el botón del número siete ella tomó su muñeca cuando alargó su mano. Le dedicó una sonrisa coqueta:

— ¿Tienes algo que hacer esta noche?

Ludwig abrió los ojos ante la sorpresa.

XOX

Se llamaba Alice Vargas, y era el motivo por el que en las noches le costaba cerrar los ojos. Llegaba a la oficina con menos horas de sueño encima de las que hubiera querido. Y últimamente dejaba la mente alrededor de ella y no en su trabajo desde que comenzó a topársela en el ascensor. Dulce e hipnotizante, le había costado apartar la vista o mantenerse serio alrededor de ella sin querer invitarla a su apartamento a tomar algo o a cenar.

Había podido evitar esa sensación que solo ocurría cuando estaba alrededor de ella gracias a que rara vez la veía. Su "pesadilla" comenzó cuando comenzó a encontrársela de regreso a su hogar. Ella siempre le hablaba y le dedicaba sonrisas. Un golpe bajo cuando era perfectamente consciente de que jamás podría tenerla. Que jamás podría ser suya.

De ella sabía pocas cosas, pero entre esas se encontraba el hecho de que tenía novio. A su novio Arthur lo conocía porque constantemente lo veía en el mismo bar al que iba a emborracharse. Era un inútil: el sujeto era tremendamente afortunado al tenerla y malgastaba sus noches en un bar de mala muerte para solteros como él en lugar de dedicarle esas horas a ella.

Todo ese año había sido un martirio verla y que ella tuviera alguien al lado. Nunca nadie le había interesado tanto como esa mujer ¿Qué extraña fascinación ejercía sobre él? Sabía que el enamoramiento nunca conducía a nada bueno —lo había aprendido gracias a duras experiencias—. Era mejor dedicar sus días a hacer cada vez mejor su trabajo y mantener la empresa a flote. Trabajaba tanto y su vida era tan ordenada que ya no tenía tiempo para nada más. Cualquier relación estable ahora sería demasiado para él. No porque creyera que no tendría tiempo para dedicárselo, sino porque no estaba seguro de poder hacer feliz a alguien como esa persona esperaría de él. Ya lo había intentado anteriormente y el resultado no había sido agradable para ninguna de las dos partes.

Desde que había llegado a Nueva York, no recordaba la última vez que se había divertido desde que conoció a Alice Vargas y comenzó a frecuentar el bar cercano al edificio. Por suerte, su compañero de oficina entendía su estilo de vida, y esa era una de las razones por las que respetaba profundamente a Kiku Honda. Jamás lo incomodó y nunca le había dado motivos de disgustos –disgustos que recibía comúnmente de otras personas dada a su incompetencia—, y daba por sentado que la última persona en el mundo que le daría alguna clase de problemas y disgustos sería él.

Pero también sabía que a la par de ser la última persona en el mundo en darle un disgusto laboral por incompetencia era que sabía que sería la última en entender la razón del extraño comportamiento que tenía en la oficina desde que se topaba a Alice en el ascensor del edificio. No estaba seguro si era cosa propia de los japoneses o solo era algo particular de su amigo, lo cuál sería un gran avance en sus relaciones interpersonales porque ni siquiera él podía adivinar lo que pasaba por la cabeza de su más fiel compañero de oficina.

Era de rutina que ambos salieran a almorzar juntos; pero el día anterior, cuando fueron a comer un sitio distinto al habitual —su local favorito para almorzar había cerrado por vacaciones—, tuvieron que encontrar uno nuevo a unas manzanas de ahí que fuera del mismo estilo. Lo encontraron. Llevaban un par de minutos ahí cuando comenzó a notar cierta melancolía de quien podía llamar su amigo. Al preguntarle si sucedía algo, negó cualquier preocupación. No tenía ninguna razón por la cual no creerle.

—Es usted quien me preocupa, Ludwig–san—dijo con solemnidad—. Ha estado actuando extraño la última semana ¿sucede algo que deba saber? Usted sabe que cuenta con mi apoyo sea lo que sea.

-Lo mejor es concentrarnos en el próximo contrato por ahora. —Lo cierto es que dudaba de la relevancia del tema y de la capacidad de Kiku para entender su problema. Jamás lo había visto interesado en temas amorosos propios o ajenos, aunque su vida personal no era algo que tuviera que importarle en tanto hiciera bien su trabajo.

Fue precisamente ahí cuando comenzó a notar que la piel de su compañero asiático se volvía pálida. Estaban sentados al lado del ventanal, por lo que sea lo que sea hubiera visto tenía que venir de afuera. Honda se disculpó con cortesía antes de irse con prisa. No lo volvió a ver por el resto del día.

Y el día anterior había regresado a trabajar como si nada después de haberse ausentado desde el almuerzo; ello le tranquilizó ante la idea de un posible suicidio —tenía bastante presente una estadística sobre los japoneses encabezando la lista de mayores tasas de suicidio en el mundo—. Era raro que su compañero de trabajo cometiera esa clase de falta laboral. Creyó que nada más extraño que eso sucedería el día de hoy.

Pero lo más sorprendente del día fue que, al regresar a su apartamento tras un duro día de trabajo, ella atajara su mano y le hiciera esa invitación tan poco indirecta.

Con un nudo en la garganta, respondió:

—Estoy disponible esta noche.

Lo cual no era del todo cierto. Tenía un montón de trabajo pendiente que se había llevado a casa para terminarlo antes de la siguiente jornada.

Ella le sonrió.

—Prepararé unas pastas para cenar. No llegues tarde.

Pero tampoco era una mentira decirle que estaba disponible esa noche.

CONTINUARÁ…


Los reviews son bien recibidos y me ponen contenta : )