You are in my bones

Dedicado a Vnik Lord.


Kieren entró a la cafetería como todos los días, se formó en la fila y espero alrededor de cinco minutos para que fuera atendido. Tenía tiempo, su primera clase empezaba hasta dentro de una hora, por lo que no había prisa, la caminata hasta el edificio de artes era de aproximadamente dos minutos. Cuando llegó al frente de la fila sonrió, de esa manera que tenía él, casi tímida, de hecho se daba valor porque era una interacción controlada, nada podía salir mal, lo único que tenía que hacer era decía que quería un latte machiatto, nada extravagante, doble por supuesto, además de un croissant de jamón de pavo.

El barista no era de esos chicos que volteas a ver dos veces, era guapo, de constitución fuerte, un poco más alto que él y muchos kilos de músculos que su playera tipo polo marcaban de manera que para Kieren era casi tentadora. Hubiera querido ser lo suficiente confiado como para saltar la barra y acorrarlarlo contra la maquina de café y besarlo hasta que no pudiera ni respirar. Pero ese tipo de cosas sólo sucedían en su imaginación y jamás en la realidad, no se había atrevido.

-Hola –dijo cuando lo vio y de inmediato le sonrió. Su rostro era muy abierto, totalmente sincero cuando se dirigía a él y su sonrisa, de sólo pensar en ella se podía poner a suspirar.- ¿Lo mismo de siempre?

-Sí, por favor –fue lo único que pudo decir antes de que el barista se pusiera a preparar su café, cuando lo tuvo listo, sacó el croissante del refrigerador bajo la barra y lo puso al lado del vaso doble que Kieren necesitaba para iniciar el día. Eran siete libras, lo que venía pagando desde hace seis meses cuando encontró la cafetería en su camino al edificio de arte y se decidió a entrar, sin embargo, el barista puso su mano sobre la de él y le guiñó el ojo. Sintió que se iba a desmayar, literalmente, la cabeza le dio vueltas y por un momento pensó que sus piernas le fallarían.

-Ahora, en vez de pagar por el café, ¿podrías decirme tu nombre? –preguntó tan casualmente el barista sin quitar su mano de la suya y acariciándola suavemente con su pulgar. Kieren pensó que no recordaba la manera adecuada para hablar o siquiera el uso del idioma, porque por más que lo intentó, de su boca no salió ningún sonido. El barista de hermosa sonrisa, cabello negro y ojos oscuros y expresivos dejó salir una carcajada y Kieren sintió ganas renovadas de saltar la barra y robarle un beso pasional que nunca jamás pudiera olvidar.

-Tal vez para la siguiente vez me lo puedas decir, ¿verdad? –dijo y soltó su mano. De inmediato Kieren la extraño, quería que siguiera sintiendo el peso de su mano, el calor que se transmitía a través de su palma y sobretodo, ese pulgar que había tocado su piel casi con reverencia. Pero Kieren era como era, por más frustrante que eso pudiera ser, tenía muchos problemas para socializar y entablar una plática casual con el chico que le gustaba era poco menos que imposible.

-Por cierto –dijo sin darse la vuelta, ocupado un segundo con la maquina de café- aunque no me hayas preguntado, me llamo Rick y mi día libre son los viernes, por si te interesa.

Pero Kieren no estaba ahí más, había salido antes de permitirse escuchar aquello. Caminando por la calle esbozó la más pequeña de las sonrisas, pensando que no había estado tan mal para ser algo inesperado y terminar salir del lugar sin siquiera dar las gracias, y a pesar de sentir alegría, casi sufre una crisis de angustia en camino a su clase de las 8 de la mañana; porque de verdad le gustaba mucho, demasiado, pero él no confiaba en que a pesar de lo que acababa de atestiguar, fuera posible que le gustara de vuelta. Nadie nunca en su vida se había fijado en él.

Y es que cuando Kieren se veía en el espejo no podía evitar notar lo delgado que era, lo largas y desagradables que eran sus piernas y brazos, su piel pálida y demacrada, sus grandes y horribles ojos que lo hacían ver como de otro mundo y su cabello corto y sin gracia, de un color rubio más bien desteñido. Si sonreía se veía extraño, forzado, por lo que nunca lo hacía y años atrás, cuando tan sólo tenía trece años, le habían diagnosticado depresión, por lo que tomaba pastillas todos los días para evitar que sus pensamientos se volvieran negros y desagradables.

Pero ahora sus pensamientos no eran así, estaba demasiado ocupado como para sentirse mal y además de todo, nunca olvidaba tomar sus medicinas. Y el barista, al que nunca había podido hablar aunque él intentaba obtener una respuesta suya, poblaba sus pensamientos cuando no estaba en clase o trabajando en algún proyecto. No se lo podía sacar de la mente, simplemente era algo imposible y en más de una ocasión había despertado en plena madrugada para darse cuenta de que soñaba con él y de que esos sueños eran bastante agradables.

Aquel día tenía clases teóricas, historia, filosofía y demás materias relacionadas con las artes gráficas, cosas que a veces no le interesaban del todo y que le permitían soñar despierto. Y soñaba con él, con el barista a quien no osaba llamar Rick porque no le había preguntado su nombre, por el contrario, lo sabía porque en su uniforme lucía una placa de color blanco que lo decía. A veces pensaba que ni siquiera se llamaba Rick y entonces tenía ganas de saberlo con seguridad, de decirle "¿cómo te llamas?" Eso cambiaría su vida porque después le preguntaría si deseaba salir un día con él, al cine o a comer algo.

Ahí es cuando lo recordaba, cuando comenzaba a soñar con algo más con el barista, todo lo demás venía a su cabeza para atormentarlo, como sucedía desde casi dos años antes, la neutroptilina fijaba las imágenes en su cabeza volviéndolas imposibles de borrar. Cada atrocidad, cada aberración, cada error que había cometido en su estado sin tratamiento. Y entonces la frustración por ser lo era lo embargaba y tomaba sus botes de pintura, su paleta y un lienzo en blanco y comenzaba a expresar su furia de la única manera en que sabía. Y era cuando las lágrimas deberían haber acudido, cuando su corazón debería latir con fuerza, cuando su vida no era más vida para compartir con nadie.

Porque tenía Sindrome del Parcialmente Muerto y aunque se pusiera todo el maquillaje necesario y usara los lentes de contacto, él no era quien había sido y no tenía derecho a que una persona echara a perder su vida por su culpa.

Lo del barista era sólo un sueño, nada más que eso.


Bienvenidos a este nuevo experimento sobre la serie de la BBC In the Flesh, que se ha convertido en mi segunda serie favorita de la vida.

Si no la han visto, se las recomiendo demasiado, es una serie corta de dos temporadas y nueve episodios.

En este caso escribiré sobre la pareja de Kieren Walker y Rick Macy, lo cual es canon así que es la primera vez en la vida que junto a dos que de hecho, están juntos!

Opiniones, comentarios?

Será un multichapter.

Like Fuck Yeah Sherlock en Facebook.

P.D. Rick no sufre de PSD en mi AU