Your are in my bones 3

Para Vnik Lord


Su familia se había ido de Roarton años atrás, él tenía cuatro años y su hermana Jemima unos cuantos meses. Había sido un inesperado ascenso en su trabajo, uno que ameritaba que tuvieran que vivir en Londres y no en un pueblo perdido que nadie conocía. Recordaba algunas cosas de la mudanza, tener que juntar sus juguetes en una gran caja y que su mamá la marcara con un plumón de color negro, podía reconocer su nombre, Kieren y esperaba que eso fuera suficiente para que sus cosas no se perdieran para siempre.

Recordaba las calles del pueblo , estaban vacías a esa hora de la mañana, el camión de mudanzas se había ido el día anterior y su mamá decía que todo estaría listo cuando ellos llegaran a la nueva casa. Los vecinos eran desconocidos para él, no solía jugar con ninguno de los niños y su madre estaba tan ocupada con su hermana que prácticamente sólo hacía viajes al supermercado. Aun así recordaba haber visto a uno de esos vecinos, era usual que lo viera correr por las calles, vestido en ropa que para él era rara, aunque su mamá decía que era militar o algo así.

Siempre corría con su hijo, un niño que se veía más grande de lo que era, recordaba a su madre decir cosas como "le exige demasiado, sólo tiene siete años" o "Macy va a romper a ese niño". Pero para sorpresa de Kieren, el niño nunca se rompía, pese a lo que decía su mamá, corría y se esforzaba para que su padre no lo dejara atrás. Esa fue su última imagen de Roarton antes de que tomaran la carretera y se alejaran. Jamás regresaron, no había amigos en aquel lugar, no había más familia. Su padre, su madre y su hermana eran toda su familia y cuando se mudaron a Londres, verdaderamente dejaron todo atrás.

Su infancia no fue nada trascendental, acudía a la escuela, sacaba buenas calificaciones y al final del día, jugaba con su hermana hasta que ella se dormía en sus brazos. Siempre la quiso demasiado, desde el día en que supo que vendría al mundo, aunque no entendía para nada la manera en que eso sucedería. Kieren siempre tuvo a su familia, pero no tenía amigos, era el niño que se sentaba solo a comer su almuerzo y que no hablaba una sola palabra en las clases. Cuando tenía que hacer algún trabajo en equipo terminaba haciéndolo solo, incluía el nombre de sus compañeros y compartía con ellos la excelente calificación que le daría. Siempre era así, por eso nadie se quejaba y de hecho, se veían expresiones de felicidad entre sus compañeros cuando les tocaba en equipo con él.

Cuando terminó la escuela primaria las cosas no fueron mejores, su soledad simplemente se hizo más palpable, tenía catorce años y su hermana de diez no lo necesitaba como antes. Sus amigas iban a su casa o ella iba las casas de ellas y siempre tenía algo interesante de lo que platicar y jamás se detenía para escuchar lo que Kieren pudiera decir. No la culpaba, él no tenía nada que contar más que las cosas que le enseñaban en la escuela y eso era muy aburrido. Entonces en cuanto acababa la tarea se encerraba en su habitación para no salir hasta que su madre lo llamaba a cenar.

Las horas que pasaba encerrado las ocupaba dibujando, al principio ocupaba cuadernos pero en cuanto su madre vio su trabajo comenzó a comprarle blocks especiales, con papel apropiado y cajas de colores. Después de eso vinieron los lienzos y los botes de pintura y los múltiples pinceles y las manchas en el piso y el hecho de cada rincón de la casa estaba decorado con alguna pieza de arte de su autoría. Para cuando cumplió quince años estaba tan concentrado en lo que pintaba que rara vez pensaba en otra cosa, las horas de escuela eran un requisito pero nada más, no prestaba demasiado atención, la necesaria únicamente para seguir sacando excelentes notas, cosa que su madre decía que necesitaba para una beca para ir a la universidad.

Era octubre y Kieren estaba sentado fuera de la escuela, siempre llegaba temprano pero aquellos días probaban ser cada vez más fríos y no podía quitarse la sensación de que sus manos estaban heladas. Sintió el aire correr y las hojas secas volaron por un momento. Fue así como lo conoció. Venía caminando por la calle y aunque suene trillado, sentía como el tiempo estuviera pasando a una velocidad muy lenta, podía ver cada músculo de su cuerpo moverse en armonía . Kieren sabía desde tiempo atrás que en cuestión de gustos tampoco era como todos los demás, sabía que sus ojos a veces miraban más tiempo del usual a los otros chicos y jamás a las chicas. Eso no lo conflictuaba porque ninguno le llamaba particularmente la atención y lo único que hacía era mirar de vez en cuando.

Pero este caso era diferente, de verdad muy diferente, porque no podía dejar de mirar, por más que su mente le dijera que debía hacerlo o de otra manera él se daría cuenta. Y sin embargo no importaba, aunque ese chico se diera cuenta de que lo miraba, seguro pasaría de largo, dedicándole tan solo una mirada extraña que le mostrada su desagrado. Pero el chico de impactantes ojos azules, ahora podía verlos, estaba muy cerca, se detuvo frente a él y se pasó una mano por el cabello negro, provocándole un mar de sensaciones hasta ahora desconocidas para él.

Simon tenía veinte años y era estudiante de psicología. Normalmente tomaba otra ruta para ir a sus clases pero ese día cambió de calles porque la cafetería donde compraba su desayuno había cerrado y le habían recomendado una donde decían que se vendían los mejores pays de limón de toda la ciudad. Tenía que pasar frente a una escuela secundaria pero a esa hora de la mañana no habría nadie con seguridad, todo el vecindario en general parecía dormido y él tenía que apurarse para poder comprar algo que lo despertara antes de su primera clase.

Y, a pesar de que tuviera mucha prisa, de que no hubiera terminado su lectura la noche anterior y quisiera poder avanzar algo antes de aceptar que no sabía nada cuando el profesor lo cuestionara; cuando sintió la mirada de él tuvo que detenerse. Era probablemente el chico más hermoso que hubiera visto en su vida, también era exageradamente joven y no estaba para nada bien que se fijara en él. No era sólo la cuestión de la edad, había muchas otras cosas que hacían que Simon no fuera la mejor persona para relacionarse. Pero era inevitable no caer rendido ante aquella mirada, esos ojos grandes, marrones y expresivos, que le transmitían una sensación calidad y acogedora. Le dieron muchas ganas de abandonarse a esa sensación, de ir a abrazarlo, rodearlo con sus brazos y enterrar su rostro en su cuello y aspirar el aroma de piel.

Claro que no hizo nada de eso, sólo sonrió y dijo:

-¿Cómo te llamas?

Kieren era perfecto en todos los sentidos y aunque sentía que cinco años de diferencia entre ambos eran demasiados, no pudo hacer otra cosa que invitarlo a salir una y otra vez. Iban a lugares públicos, con mucha gente alrededor, para que él no sintiera la necesidad de acorralarlo y comenzar a desnudarlo, aunque su mente lo traicionaba una y otra vez cuando se encontraba imaginando escenarios donde sólo estuviera ellos y tuviera todo el tiempo del mundo para hacerlo suyo. Pero no, estaba mal, Kieren tenía quince años y no podía hacerle ese tipo de cosas, no aun.

Por eso acababan en cafeterías del campus en su universidad o en proyecciones al aire libre de películas viejas o algún museo donde él perdía la cabeza mirando pinturas por horas. Simon sólo tenía ojos para él, para la manera en que parpadeaba cuando se sentía nervioso o como sus manos viajaban pro instinto a su cuello cuando le pedía que le contara lo que estaba pensando.

Adoraba su tiempo con él, ocupaba todos sus ratos libres, le mandaba mensajes o fotografías o lo que fuera para que supiera que no dejaba de pensar en él. Se quedaban de ver en la biblioteca y mientras Simon leía alguno de sus masivos libros o alguna investigación en una revistas, Kieren lo dibujaba en un cuaderno especial, cuando por fin le mostró los dibujos, eran todos mucho más halagadores que la realidad, lo sabía, él lo miraba con amor en los ojos, fijándose en las cosas buenas de su personas. Y lo mejor de su personas era él, Kieren era lo mejor de su vida y algún día le contaría porque todo lo demás estaba tan mal. Aunque pensó que no tendría que hacerlo tan pronto.

Llevaban saliendo un año, aunque saliendo no era tal vez el mejor termino. No eran novios, tan solo amigos y jamás lo había tocado, aunque había imaginado mil veces lo que sería besarlo, disfrutar sus labios, su calor, la textura que se le antojaba casi de terciopelo. Simon jamás olvidaba tomar sus pastillas, tenía que hacerlo tres veces al día y muchas veces lo había hecho enfrente de Kieren, pero él nunca preguntaba nada. Simon adoraba que fuera así, que no lo cuestionara como todos los demás, que no quisiera enterarse de algo que no estaba preparado para contarle.

Entonces las cosas se precipitaron. Aquella había sido una tarde perfecta, habían estado en el cine por primera vez, como tal en una sala repleta de gente de todas las edades, pero sobretodo muchos niños que querían ver la película de superhéroes del momento. Había tomado su mano todo el tiempo desde que las luces se apagaron y cuando la película terminó, no la había soltado, salieron así, unidos y Simon comenzó a soñar en que eso fuera para siempre. Lo llevó a su casa y antes de dar media vuelta e irse, lo besó. Fue algo espectacular para tan sólo durar unos cuantos segundos. Lo vio sonreír antes de entrar a su casa y esa imagen lo acompañaría el resto de su vida.

De camino a su departamento, un lugar pequeño y excesivamente barato por el rumbo de la ciudad en el que estaba, revisó su celular y se dio cuenta de que tenía treinta llamadas perdidas. Era extraño, casi nadie tenía ese número, su madre, unos cuantos de sus compañeros de clases y por supuesto, Kieren. Llamó de vuelta al número que aparecía en la pantalla y escuchó una voz familiar, una que primero que nada le pregunto cómo estaba y segundo, le contó que su madre había muerto por un cáncer muy agresivo que le habían diagnosticado el año anterior.

Le recordó que su padre seguía sin querer verlo y que le pedía que no fuera al funeral para evitar algún conflicto. Pero era el funeral de su madre, a la que nunca volvería a ver porque su padre no soportaba su presencia, culpándolo de algo que él no pudo evitar.

Era ese el secreto que guardaba, lo que evitaba que fuera una persona normal, lo que lo llevo a decidir estudiar sobre aquello mismo que lo atormentaba. Y es que sin las pastillas volvía a escuchar la voz de su hermana, diciendo que todo estaba mal, que las cosas eran horribles, que escuchaban susurros cuando no había ningún otro ruido y que le decían que tenía que terminar con su vida. Pero le rogaba que no dijera nada, su hermana lloraba hasta quedarse dormida y le pedía que nunca le contara a sus padres, porque ellos se preocuparían, porque ellos no entenderían.

Y Simon, que tenía diez años en aquel entonces se quedó callado y esperaba que ella se sintiera mejor algún día. Lo que pasa es que nunca se sintió mejor, un día regresó a casa de su práctica de fútbol y la encontró en el baño, con grandes cortes en sus muñecas y un charco de sangre a su alrededor.

Durante años estuvo en terapia y durante esa terapia salió a luz el hecho de que él supo de todo lo que le pasaba a su hermana y no lo dijo. Su padre lo corrió de la casa a los diecisiete años pero con ayuda de su madre logró terminar la escuela y entrar a la universidad. Ella le ayudaba a tener suficiente dinero para pagar un departamento en la ciudad, aunque fuera uno muy barato y le recordaba a base de mensajes a su celular, que debía tomar los medicamentos, pues estaba diagnosticado con depresión severa y con ideación suicida.

Y ahora su madre no estaba y él jamás se enteró de que estaba enferma, seguramente porque ella no quería preocuparlo o porque temía que decidiera ir a verla en persona y acabara enfrentándose con su padre. Se quedó encerrado en su departamento por tres días, ignorando las llamas de Kieren hasta que su celular se quedó sin batería. Entonces el lunes por la mañana unos golpes lo despertaron, parecía que tumbarían la puerta si es que no abría y sin embargo, permaneció en el suelo de su pequeña sala, frente a un televisor que no servía y sin poder mover un músculo de su cuerpo.

De hecho Kieren abrió la puerta, había más fuerza en su cuerpo de lo que uno podía imaginar. Lo levantó, lo ayudó a limpiarse, lo hizo comer y se quedó a su lado aunque seguramente sus padres se enteraría de que había faltado a la escuela. Lo sostuvo entre sus brazos cuando las lágrimas regresaron a sus ojos y acarició su espalda con paciencia cuando los sollozos lo sacudieron. Lo dejó aferrarse a él cuando comenzó a gritar y sólo se levantó de su lado en el sofá cuando fue hora de comer y pidió una pizza porque no había nada más comestible en su refrigerador que no hubiera usado para el desayuno.

Regresó cada día sin falta, lo ayudó a seguir adelante, lo acompañaba a su primera clase antes de tener que correr para él llegar a las suyas. Sin embargo no fue suficiente, porque cada que le recordaba sobre sus pastillas, Simon decía que si pero no las tomaba, los frascos se quedaba sin abrir y a pesar de que logró conseguir un trabajo, dejó de pagar la renta, la luz y demás servicios y comenzó a gastar su dinero en otras cosas. Entonces dejó de estudiar y reprobó todas sus clases y por más que Kieren intentó ayudarlo, se alejó hasta de él.

Pasó un año sin saber de Kieren ni de nada de lo que era su vida anterior hasta que todo regresó de repente y lo golpeó de frente sin que pudiera protegerse. Tenía el suficiente dinero para un café y como sentía que su cabeza podía estallar, se snetó a tomar uno en la banca de un parque. La gente pasaba y cuando lo miraba, trataban de alejarse, sus ojos rojos y el temblor de sus manos les indicaban que él no era una buena persona. Y sin embargo, una de esas personas se sentó a su lado y Simon tuvo ganas de salir corriendo antes de siquiera enterarse quién era esa persona.

-No, no te vayas –dijo él y puso una mano en su brazo, un gesto suave, delicado, que no habría impedido que se fuera si realmente quisiera hacerlo. Y hubiera sido mejor hacerlo, salir de su vida de nuevo para evitar arrastrarlo a la oscuridad que ahora era su vida. Pero una vez que escuchó de nuevo su voz y que sintió el calor de su cuerpo junto a él, supo que no podía alejarlo una vez más.

Kieren lo abrazó a pesar de que olía mal, de que había perdido veinte kilos de peso, de que se veía horrible, de que se sentía aun peor. Kieren lo abrazó y lo único que sintió en ese momento fue que alguien lo amaba.

Por lo mismo, porque de verdad Kieren lo amaba, lo que pasó después, fue tan devastador.


Gracias por leer, me da mucho gusto que les este agradando la historia.

anahi: Me encanta ser la culpable de tu amor por el Mystrade, espero que puedas amar igual los personajes de In the Flesh, gracias por comentar.

van fanel: Mil gracias por leer y sigue viendo la serie, verás que es una maravilla en extremo.

lolaarlo: Entiendo tu gusto por Simon, yo también lo prefiero, pero Rick tiene lo suyo jeje. Gracias por tu comentario.

Vnik Lord: Si, todo es para ti y de verdad te agradezco que me hayas inspirado, está probando ser un canalizador excelente, finalmente siento que puedo llegar a expresarme muy bien a través de Kieren. Y si, tienes mucha razón, Kieren necesita a Rick, oh si.

Bueno, ahora comentaron cuatro, yeiiii, aunque por problemas técnicos sé que también mi prima querida Lady Amoran lo está leyendo pero no pudo comentar, gracias prima por siempre estar al pendiente.

Ahora, anímense a leer y comentar y sobretodo, a ver la serie, In the Flesh es una de las mejores historias que he conocido en años y aunque lo intento, sé que me quedaré muy lejos de la genialidad que se muestra en ella.

Y pues Like a Fuck Yeah Sherlock, porque aun no tengo una página de In the Flesh, ¿deberé hacer una?

Saludos y gracias a todos de nuevo.