Hola!

Lamento mucho la tardanza.

Aquí hay un poco de contenido explicito pero es leve, después habrá lemon, así que creo que cambiaré la calificación a M xP.

ooooo

Se removió en la cama para intentar tener una mejor postura y no posar tanto su hombro derecho sobre el colchón, ya se había cansado de la posición. Su espalda, aunque curada, seguía un poco sensible y era mejor no posarla en la cama directamente o al menos no por mucho tiempo.

Miró el reloj y suspiró. Casi eran las dos de la mañana y era fastidioso no poder pegar un ojo. Había intentado recordar qué había pasado exactamente desde que le fue inyectado el suero de Ross, pero sólo recordaba la sensación de pánico, y no suya, sino de Hulk. Después claro ya fue él quien tuvo miedo al no poder volver a ser el coloso verde. Eso le extrañó, al parecer una parte de él necesitaba indudablemente a Hulk. También recordaba el horror y la sangre… el pánico de Steve, sus lágrimas…

Steve…

Bruce frunció el ceño y le fue inevitable volver a plantearse la relación que tenía con Steve ahora. No habían hablado sobre la fiesta ni el beso ni su intención de que el rubio se alejara de él, pero tendrían que hacerlo tarde o temprano. La perfecta excusa ahora para no hacerlo era lo que había sucedido y Steve se limitaba a ayudarle a ducharse o permanecer en la cama y asegurarse de que comiera bien. A Bruce no le gustaba eso al principio, porque se sentía inútil; estaba acostumbrado a que nadie le mimara y a valerse por sí mismo, pero los restos del suero en su sistema lo tenían un poco débil todavía.

Los demás también habían estado sobre él, sobre todo Pepper y Tony, que como mamás gallinas le habían dicho a Steve que lo cuidara. Bruce sonrió al recordar el sonrojo monumental del rubio y su asentimiento. También estaba muy agradecido con Tony, quien no le aceptó más disculpas por lo de Barnes y aunque bromeó con no permitir de nuevo que "entrometidos" hermanos de ciencia volvieran a interferir en la interfaz de su IA, se mostraba aliviado de tenerlo ahí, vivo. Al parecer todo el mundo se había asustado mucho con lo ocurrido. Era valioso, descubrió Bruce, no sólo como Hulk o el brillante científico, también como amigo.

Había salido del hospital dos noches antes, y el día anterior se enteraron de que Ross iba a ser juzgado por la corte del Pentágono por desobedecer órdenes directas en pro de motivos personales. Era poco probable que saliera librado de esto y entonces… sería libre. Al fin.

Pero ahora, por extraño que pareciera incluso para sí mismo, Bruce no estaba muy interesado en Ross y su destino. Le interesaba Steve y lo que sentía por él. Steve le amaba y eso era ya irrefutable. No sólo porque le se lo dijo, sino por la manera en que lloró cuando la explosión del rayo de Ross lo impactó en Jersey… y Sam le había dicho que Steve se había vuelto loco cuando pensó que había muerto y casi asesina a mano limpia a varios soldados con el fin de llegar hasta el General. Y el tono que empleó cuando el rubio le dijo a Tony que lo amaba más de lo que podía imaginarse… Si eso no era amor entonces no sabía lo que era.

Pero, ¿y él? ¿Amaba a Steve o sólo estaba muy agradecido con el rubio? Natasha le había dicho que las oportunidades pasan de nuestras manos para nunca volverlas a recuperar, entonces habría que aprovecharlas, sobre todo las que nos harían felices. Él le preguntó entonces si Clint tendría una de esas oportunidades, y ella había sonreído mientras se encogía de hombros. Bruce supo que era muy probable.

El amor es un absoluto, le dijo Pepper también. Y Bruce entendió el trasfondo de esas palabras: el cuerpo y la mente se pierden, las emociones no. Tony le dijo que las terminales nerviosas del ser humano eran las mismas en hombres y mujeres, cosa que Bruce sabía también, pero la intención de Tony era decirle que no importaba que Steve fuera un él y no una ella. Suspiró, todo el mundo intentaba decirle sutilmente que se dejara amar. Clint fue más directo, recordó con un resoplido divertido, cuando le hizo una seña obscena con los dedos.

Vale, seguramente tenían razón. Pero él necesitaba comprobar que realmente podría tener algo valioso con Steve sin importar el género de ambos. O si sus miedos echarían todo a perder, o si él mismo podría encontrar deseando a Steve o simplemente poder corresponder a un amor que no estaba seguro todavía si sentía a o no.

Se mordió los labios y miró hacía la puerta abierta de la habitación, desde dónde podía verse al rubio descansando en el sillón de la sala. Fue el mismo Steve el que decidió dormir ahí para no incomodar a Bruce, y fue Steve el que decidió que sólo se limitaría a ayudarlo y atender sus necesidades sin otras implicaciones o intenciones.

Se quedó mirando mucho rato la figura de Steve en el sillón, y en un momento dado se preguntó cómo sería tocar esos músculos sin ropa de por medio, si le produciría algún tipo de excitación. El silencio volvió. Ese silencio que no había aparecido en días… ese silencio que le helaba la sangre. Y tan pronto como apareció desapareció, Bruce volvió toda su atención a la figura de Steve y lo vio retorcerse un poco. El gemido llegó a sus oídos: otra pesadilla.

Decidido, Bruce se levantó de la cama y caminó con toda la rapidez que su cuerpo podía permitirle. Se sentó un poco agitado en la orilla del sillón y posó una mano en el hombro de Steve para despertarlo suavemente. Esta vez Steve balbuceó en medio del mal sueño: el hielo… hielo… hace frío…

Bruce hizo una mueca. No era la primera vez que Steve mostraba un terror absoluto a las bajas temperaturas. Eso había sucedido en aquella misión en Yakutia… el hielo… Bruce agrandó los ojos y la realización cayó de golpe. Pero no tenía tiempo de perderse en sus propios pensamientos, movió el hombro de Steve con más fuerza, y el rubio al fin abrió los ojos con un jadeo.

—Shhh… fue sólo un sueño— le susurró Bruce llevando su mano hasta el flequillo despeinado del rubio y pasando sus dedos con suavidad.

Steve jaló un poco de aire y miró entrecerrando los ojos a Bruce. Luego se lamió el labio inferior y cerró los ojos un momento para enseguida abrirlos y mirarlo sorprendido.

—Deberías estar en la cama— dijo incorporándose—. Lamento haberte despertado.

—Estaba ya despierto. No puedo dormir— respondió Bruce encogiéndose ligeramente de hombros.

—Pero debes hacerlo, vamos— dijo Steve resueltamente y se levantó para ayudar a Bruce a levantarse. El científico rodó los ojos.

—Steve, puedo caminar.

—Lo sé, yo sólo… Lo siento. Vuelve a la cama, estoy bien… ¿Quieres un té o algo para dormir?

Bruce vio la oportunidad perfecta. Se mordió el labio inferior y miró a Steve con intensidad, ambos ya de pie junto al sillón.

—¿Vienes a la cama conmigo?—. Steve frunció el ceño confundido y Bruce habló otra vez— Las dos veces que hemos dormido juntos realmente descansé. Necesito descansar, y creo que tú también.

Steve balbuceó algo inteligible, pero entonces sonrió un poco.

—No quiero incomodarte.

—Si lo hicieras no te lo estaría pidiendo.

Steve asintió al fin y tomó su almohada para ir a la habitación. Se acomodaron sobre el colchón un poco separados y Bruce podía notar el nerviosismo de Steve que se había acomodado de espaldas mientras que Bruce lo hizo de costado, mirándolo.

—¿Todas tus pesadillas son sobre el hielo?— le preguntó un momento después, para que el hecho de dormir juntos no fuera tan embarazoso. Cuando Steve no contestó Bruce suspiró— Lo lamento, no tienes que…

—La mayoría— respondió al fin Steve girando su cabeza para mirarlo—. Otras veces son sobre la guerra, pero el hielo… la sensación de mis venas congelándose… es terrible.

Bruce asintió comprensivamente. Él también tenía pesadillas, y las más horribles no eran las de Hulk, sino las de su padre. Se quedaron así un tiempo, mirándose, y luego Steve cerró los ojos y el silencio volvió a aparecer. Antes de que fuera aterrador Bruce se movió y se atrevió a recargarse en el pecho de Steve.

—Bruce, no tienes que…

—Quiero hacerlo, necesito hacerlo— susurró Bruce desde su pecho.

Steve llevó una de sus manos hasta los rizos de Bruce y acarició los cabellos con ternura. Bruce se durmió rápido y Steve besó esos rizos y murmuró un "buenas noches".

Pensó en su pesadilla, en el hielo… y en Bruce.

La misión había ido perfecta pero el quinjet se había estropeado en medio de la tundra así que tuvieron que caminar un largo tramo hasta que el nuevo quinjet apareciera. Había sido prácticamente una misión de reconocimiento y no tuvieron que luchar demasiado, Bruce no tuvo siquiera que sacar a Hulk.. Steve sin embargo temblaba no sólo por el frío. Veía el acantilado a su lado, la mar helada estrellándose en las rocas.

Yakutia era el lugar más frío del mundo y él pensó que no debió haber ido, pero era el líder de Los Vengadores, debía dejar sus miedos y traumas a un lado. En algún momento pisaron terreno blando aunque la nieve había parecido bloques de hielo macizo pasos atrás. Y Steve cayó cuando el hielo se rompió bajo sus botas.

El terror se apoderó de él. El hielo, el frío, el agua helada ahogándolo… la muerte en vida. Comenzó a hiperventilar y el miedo le paralizó el cuerpo y la mente. Entonces un rugido, su prisión de hielo se estremecía… Al fin vio verde y el temblor cedió cuando Hulk lo tomó como si fuera un niño indefenso y lo pegó a su pecho difuso.

No recordaba muy bien lo que sucedió enseguida, sólo supo que en un momento ya estaba en el quinjet, que su equipo no se atrevía a mirarlo después de su ataque de pánico y él tampoco quería hacerlo, así que centró su mirada en Bruce, que dormía envuelto en una gruesa manta en una de las bancas de la nave. Y Steve se sintió culpable, a Bruce no le gustaba sacar a Hulk si no era estrictamente necesario, y su absurdo temor había obligado al científico a hacerlo.

Steve había dejado el termo con chocolate caliente a un lado, y fue a sentarse junto a Bruce que temblaba ligeramente por el frío y haberse sumergido también en el agua congelada. No lo pensó mucho, totalmente agradecido, Steve tomó a Bruce y lo acunó en sus brazos para darle más calor. No hizo caso al arqueamiento de cejas de Tony, ni a las miradas curiosas de Clint y Natasha, ni a la pequeña sonrisa de Thor. Esto era un agradecimiento hacia Bruce, sólo eso. Se convenció de que no tenía nada que ver su atracción hacia el brillante científico… pero pronto se dio cuenta del gesto noble de Bruce terminó por enamorarlo por completo.

Aquella vez en Yakutia, Steve Rogers terminó deseando todo de Bruce, y trató de convencerse de que no debía ser importante.


El abogado Moore arribó a la torre al día siguiente para informarle a Bruce que tendría que ir a declarar en contra de Ross a DC por intento de secuestro y experimentación ilegal contra un ciudadano libre en teoría. Se juntaron todos los expedientes del hospital y la información que Rhodey había extraído de la oficina de Ross en Jersey.

—Y si todo sale bien, en cuanto Ross sea juzgado podrán firmar el divorcio— les dijo Moore con una sonrisa satisfecha.

Bruce y Steve no hablaron de ello todavía. Así que se limitaron a viajar a Washington junto al abogado. En la capital el matrimonio gay era legal desde hacía años, así que ni siquiera preguntaron en el hotel en el que se instalaron y les dieron una suite matrimonial.

Durmieron juntos de nuevo, sólo abrazándose. El silencio abrumador no había molestado a Bruce y ahora hablaban más y descubrió que la mera compañía de Steve era muy reconfortante para él. La sonrisa del rubio, sus bromas inocentes y esa chispa en esos ojos azules cuando le miraban eran bienvenidas, porque era diferente y positivo. Y Bruce pensó que era tiempo de dar otro paso en su relación y comprobar que esto funcionaría.

La noche antes de comparecer contra Ross, Bruce se recostó junto a Steve en la enorme cama de la suite y le sonrió.

—¿Estás nervioso por lo de mañana?— le preguntó el rubio girándose en la cama para verse frente a frente.

—No. Realmente tengo ganas de ver cómo hunden a Ross— sonrió Bruce y se fue acercando sutilmente al rubio—. Moore es muy bueno.

Steve asintió concentrado en mirar los labios de Bruce, pensando en lo bien que le sentaría besarlos pero consciente de que no volvería a hacerlo. Su relación con Bruce era más de camaradería que otra cosa. Y él estaba bien con eso, su cariño debía limitarse a eso.

Pero Bruce lo hizo. Besó a Steve casi con timidez, sólo un roce que hizo jadear al rubio.

—¿Bruce…?

Pero Bruce se acercó más y entonces pegó sus labios a los ajenos y el beso se volvió afanoso. Las lenguas se encontraron y los cuerpos se estremecieron. A Bruce ya no le pareció extraño el toque más áspero en comparación con otros labios en una vida que ahora veía muy lejana. Y entonces ya no hubo comparaciones, era a Steve al que estaba besado y lo hacía porque quería hacerlo, porque se sentía bien, porque había algo allí más allá del simple contacto de bocas.

Las manos de Steve se movieron cuando el cuerpo de Bruce le obligó a recargarse completamente en la cama y las llevó a la espalda baja, donde la piel no acababa de regenerarse haciéndola sensible al dolor, pero sí fue sensible a otra sensación. Bruce jadeó en el beso y Steve pudo distinguir un toque de… gozo. No entendía del todo qué estaba pasando, ¡pero diablos! no iba a desperdiciar la oportunidad.

Cuando el cuerpo de Bruce se friccionó contra el suyo, Steve abrió los ojos y sus labios se separaron, entrando de nuevo a la realidad.

—Bruce, ¿qué estás haciendo…?— balbuceó un poco asustado.

El científico se lamió los labios y se dejó caer a un lado de Steve. La espalda no le molestó en absoluto, eso era bueno. Sin embargo llevó sus brazos a su rostro para intentar ocultar la vergüenza. ¡Qué patético! Se sentía como un torpe adolescente en un revolcón con un compañero de colegio. Lo cual era aún más absurdo porque nunca estuvo en esa situación tampoco.

—Bruce, no quiero que te sientas obligado a nada…

—Steve, cierra la boca, ¿quieres?— le dijo Bruce y le dio la espalda—. Ven aquí y abrázame

El rubio abrió y cerró la boca estúpidamente pero pegó su pecho a la espalda de Bruce sin apretarlo. Bruce se repegó contra él.

—No vas a lastimarme, ya no duele— musitó girando el rostro para volver a encontrar los labios de Steve. Podría mirarlo, pero no quería hacerlo. Necesitaba saber…

Se besaron de nuevo, con Steve en su espalda y entonces Bruce tomó la mano del rubio que estaba en su estómago y la llevó bajo su propia camiseta de algodón. Steve gimió algo en el beso pero su mano se movió sola. Recorrió con la palma caliente el estómago que se contraía ligeramente, la curva de sus costillas y finalmente al pecho tupido; tocó con la punta de sus dedos los pezones y la reacción de Bruce fue arquearse más contra él. Y la mano acarició y entonces bajó de nuevo. Cada vez más abajo.

Bruce rompió el beso y Steve le miró con los ojos nublados.

—Hazlo— murmuró Bruce admirando esas mejillas teñidas no sabía si de bochorno o de calor.

—Bruce…

—Sólo hazlo.

Steve besó la mandíbula de Bruce y bajó la mano hasta encontrar el resorte del pantalón del pijama… y se aventuró. La mano se introdujo y se encontró con el bajo vientre denso y finalmente con aquello. Apretó un poco y Bruce echó el rostro hacia atrás, lo que facilitó que Steve atacara su cuello con los labios y la lengua.

El científico apretó los ojos, pero pronto los abrió y miró el espejo del tocador frente a él. Podía ver a Steve lamiendo su cuello y mordiendo su oreja, y podía ver cómo el rubio subía y bajaba su mano bajo el pijama, la camiseta subida hasta casi sus costillas, la ligera curva del trasero de Steve y la cadera pegada al propio. No sólo podía verlo, podía sentirlo. Y era excitante. No vio en Steve al hombre, sino al amante. Bruce lo estaba disfrutando.

Y Steve también, porque algo duro se pegó al trasero de Bruce, y Bruce no tuvo duda de que Steve estaba excitándose, porque se detuvo.

—Bruce, lo siento…— se disculpó el rubio muy avergonzado.

—Es natural, no te disculpes— musitó Bruce con media sonrisa—. ¿Quieres parar?

—Yo… sólo si tú quieres…

—Steve, necesito saber si puedo controlarme en esta situación. Tu ayuda sería francamente inestimable.

Steve sonrió, pero se puso serio casi enseguida.

—Bruce, sabes que… te amo y te deseo. Pero no quiero que hagas esto por simple agradecimiento o porque pienses que es tu deber o por cualquier otra cosa que te esté obligando. Sé que tú no me amas así y…

—Steve, si no quisiera hacer esto no estaría aquí. Y creo que tú también quieres porque no me has soltado.

Steve abrió los ojos como platos y casi suelta el miembro de Bruce, pero el científico lo detuvo con una mano y movió la de Steve, regresando al ritmo suave de arriba para abajo. Besó a Steve para detener cualquier otra protesta y para no pensar mucho en lo que sintió cuando el rubio dijo las palabras. Él todavía no estaba seguro de poder responderlas de igual modo, pero esto estaba bien. Se sentía muy bien. Hacía siglos que ni siquiera se tocaba a sí mismo y había olvidado los placeres carnales, las sensaciones agradables de una relación sexual. El calor que subía desde la punta de sus pies hasta la raíz del cabello, la electricidad que recorría su espina dorsal al sentir un cuerpo caliente pegado al suyo. Y aquello que se restregaba en su trasero no se sentía mal tampoco, menos cuando humedeció su pijama poco a poco.

Y la respiración de Steve, esos ruidos muy cerca de su oído que era acariciado por esa lengua. Bruce cerró los ojos y se dejó llevar. No pensó en Hulk, no pensó en que era un hombre el que lo masturbaba, sólo se dejó llevar. Y entonces su vientre hormigueó, el calor hizo explosión en sus terminales nerviosas obligándolo a arquearse, a enrollar los dedos de sus pies, a crispar los de sus manos y a soltar un gemido sonoro y vergonzoso, a gruñir en éxtasis y a derramarse sobre la mano de Steve y su propio vientre.

Le tomó unos momentos recuperarse, de dejar de ver luces en sus párpados cerrados, en recobrar un ritmo más normal de respiración. Y durante esos momentos la mano de Steve siguió acariciándole, los labios de Steve siguieron arrullando su oreja y mandíbula.

Era bueno. Era muy bueno. Era relajante y no cambió. Podía hacerlo. Podía tener un orgasmo y no perderse en un verde abismo. Tragó saliva y sonrió sin abrir los ojos.

Pero tuvo que hacerlo, porque Steve se separó un poco y al fin soltó su miembro ya laxo de nuevo. Bruce se giró para ver la mueca bochornosa del rubio.

—Eso fue agradable, pero todavía necesito…

Bruce se interrumpió y volvió a besar a Steve. Esta vez con más pasión, como si hubiera una necesidad en ello, en ese contacto entre sus bocas. Y sí, tenía que saber… siempre saber y saberse capaz. Como en el laboratorio o las batallas; estar seguro.

Sin importarle ensuciar la pijama de Steve se pegó a él y metió una pierna entre las del soldado. Steve ya no podía protestar en absoluto, y es que no había nada qué protestar. Estaba en las nubes sintiendo el beso de Bruce, y cuando lo rompió sintió esos labios y esa rasposidad en su quijada y luego en el cuello.

La piel de Steve era suave, pero no como la de una mujer, era otro tipo de suavidad, pensó Bruce. Y no era desagradable, era piel que se calentaba al contacto con sus labios. Era un cuerpo, sólo un cuerpo, y muchas sensaciones. Las manos del rubio fueron directamente a su trasero y tampoco se sintió mal. El miembro de rubio se apretaba contra su pelvis, friccionado, buscando su propio placer. Y Bruce podía dárselo también, quería saber…

Una de las manos de Bruce atrapó una de Steve y la llevó por sobre su cabeza, entrelazando sus dedos. La otra la llevo en una sutil caricia a lo largo de los pectorales del rubio, se coló bajo la camiseta, tocó esa piel y sintió un pezón erecto. Steve era sensible, pensó Bruce sonriendo entre besos. Luego bajo y no pensó mucho en esa anatomía diferente, apretó el hueso de la cadera (suave), bajó más y el dorso de su mano bajó la pijama mientras su palma recorría la piel lampiña (muy suave). Y llegó al vello púbico con la palma, el dorso se estrelló contra el pene erecto, y la palma lo rodeó.

El gruñido de Steve hizo olvidar a Bruce lo que estaba tocando. Era piel, era sensible… la propia humedad del rubio facilitó el vaivén. Steve era ruidoso, gemía el nombre de Bruce de tal modo que lo pelos de la nuca del científico se erizaban de sólo escucharlo. Era su nombre repetido con exigencia, casi suplicante… y no importó que fuera una voz grave y masculina. Era necesidad. Era deseo.

Y Steve casi gritó y Bruce sintió más humedad. El rubio había llegado al éxtasis gracias a su mano. Bruce se dejó caer sobre el pecho de Steve y utilizó la sábana bajo ellos para limpiar su mano.

—Creo que necesitamos una ducha— musitó Bruce adormilado, sintiéndose genial.

—Mañana…— murmuró Steve en respuesta, apretando a su esposo entre sus brazos— Mañana…

Sí, mañana sería mejor. Bruce se dejó abrazar en esa posición, prácticamente encima de Steve. La habitación olía a sudor y a semen... Tenía la pijama húmeda y Steve la suya a media nalga. Sus vientres bajos desnudos y pegajosos, unidos por esa pegajosidad.

Mañana.

Por ahora esto dejó de ser bueno para ser perfecto. Bruce se acomodó mejor en el pecho de Steve, y escuchó ya no ese silencio horrible, sino el suave mantra como un reloj que parecía arrullarlo. Hacía una temperatura agradable, y cuando Steve bajó una mano y la acomodó en su trasero, Bruce supo que todo estaba bien. Podía hacerlo…

Podía amar a Steve. Podía amar a su esposo.


Mil gracias por leer n.n

Látex.