Disclaimer: Percy Jackson y los dioses del Olimpo son propiedad de Rick Riordan


Después del descanso todos se reunieron en la sala de los tronos para continuar con la lectura.

—Esto, ¿soy solo yo o no os da la impresión de que ha pasado mucho tiempo? —preguntó Leo cuando todos se sentaron.

—Pues ahora que lo dices...

—Ni cuenta me había dado...

—Vaya, da esa sensación...

—Seguramente el autor debe de haberse olvidado de ir escribiendo la historia y debe haber estado haciendo otra cosa —dijo Annabeth.

—¿De qué autor hablas, Annabeth? —preguntó Percy mirando a su novia, confundido.

—O puede que estuviese demasiado ocupado como para ir escribiendo —apuntó Reyna.

—¿Ahora tú? ¿Se puede saber de que habláis? —dijo Percy.

—Pues del autor, hijo —respondió Poseidón.

—¿Pero de que au...?

—El autor es el autor —dijo Jason.

—Eso. Solamente existe un autor, Sesos de algas —dijo Thalia.

—¡Eso es lo que estoy preguntando! —exclamó Percy—. ¡¿Qué de que autor habláis?!

—Pues del autor de todo esto —respondió Frank.

—¿Cómo que el autor de...? ¿Qué queréis decir? ¿Qué hay un ser superior a nosotros que nos ha creado? —dijo Percy, señalando el techo.

Zeus parecía a punto de decir algo, pero una mirada de Hera le hizo cambiar de idea.

Percy miró hacia arriba.

—¡Oye! ¿De verdad hay alguien allí arriba?

Silencio.

Y entonces todos en la sala empezaron a reír.

—¡Ay, dioses! ¡Se lo ha tragado! —rió Bianca.

—Y yo solo lo dije para hacer un poco la gracia —dijo Annabeth entre risas—. No esperé que Reyna me siguiese.

—Yo si que no esperaba que el resto lo captase —confesó Reyna.

—¡Un momento! ¡¿Era todo mentira?! —exclamó Percy con el ceño fruncido.

—Claro que era mentira —dijo Reyna—. ¿De verdad te pensabas que...? ¡Au! ¡¿Pero qué...?!

Reyna se frotó la frente y miró el objeto que le había golpeado. Era el libro.

—¡¿Se puede saber quién me ha lanzado el libro?!

¡DEJA DE PREGUNTAR COSAS Y EMPIEZA A LEER! —exclamó una voz que venía de la nada—. Joder, uno no escribe nada en unos meses y estos ya se creen los reyes del mambo...

Silencio.

—¡AL FINAL SI QUE HABÍA ALGO! —chillaron todos, al mismo tiempo que una luz de un blanco inmaculado lo inundaba todo. Al irse todos parecían estar bien.

—Esto... ¿alguien recuerda de que estábamos hablando? —preguntó Percy a la nada.

—Creo que Leo acababa de decir algo, ¿no? —dijo Piper mirando a su amigo.

—Esto sí... —Leo se quedó pensativo—. ¡Vaya! ¡Es extraño, pero ahora no lo recuerdo!

—Bueno, imagino que no sería importante —dijo Reyna mientras tomaba el libro que estaba en su regazo—. Pues ya que tengo yo el libro, empezaré a leer... ¿alguien sabe como es que el libro lo tengo yo?

—Lo habrás cogido al pasar —respondió Jason, encogiéndose de hombros.

—Supongo que es eso... Annabeth intenta volver a nado.

—Genial, confirmado. La tontería de Percy es contagiosa —dijo Thalia.

Por fin había encontrado algo en lo que era bueno de verdad.

—Macho, si ya fallas en eso siendo hijo de Poseidón, mejor retírate —dijo Apolo.

El Vengador de la Reina Ana respondía a todas mis órdenes. Yo sabía qué cabos tensar, qué velas izar y en qué dirección navegar. Avanzábamos entre las olas a unos diez nudos, según calculé. Y lo bueno es que incluso comprendía qué velocidad era ésa. Para un barco de vela, bastante rápido.

—Pues sí, es muy rápido para tratarse de un barco de vela —confirmó Poseidón.

Todo parecía perfecto: el viento a favor, las olas rompiendo contra la proa… Pero ahora que nos encontrábamos fuera de peligro, sólo conseguía pensar en lo mucho que echaba de menos a Tyson y en la inquietante situación de Grover.

—¿Por qué siempre ha de haber un momento triste en una historia? —preguntó Leo.

—Porqué si todo fuese "happy flower" sería demasiado aburrido —respondió Hermes.

—¿"Happy flower"? —repitió Hefesto en voz baja.

Tampoco conseguía quitarme de la cabeza mi estúpida manera de complicar las cosas en la isla de Circe. De no ser por Annabeth, todavía sería un pequeño roedor agazapado en aquella jaula junto a un puñado de piratas peludos.

—Creo que nunca podré agradecerte que me sacaras de allí —susurró Percy a Annabeth.

—Descuida. Yo también estuve a punto de caer.

Pensé en lo que Circe me había dicho: «¿Lo ves, Percy? Has liberado tu verdadero ser.»

Percy se estremeció. Desde luego esperaba no volver a encontrarse con esa tipa.

Aún me sentía cambiado. No sólo porque tenía un repentino deseo de comer lechuga,

—Al final que te convirtiesen en cobaya será bueno y todo —dijo Sally.

—No bromees con eso, mamá —suspiró Percy.

sino que, además, me notaba asustadizo, como si el instinto de un animalito despavorido formase ahora parte de mí. O quizá siempre había estado allí. Aquello era lo que me preocupaba de verdad.

—Puede que eso sea bueno —comentó Hestia—. Al menos así no irás tan a lo loco...

—Señora Hestia, que esta hablando del Sesos de algas —replicó Thalia.

—Eh.

—Cierto.

—¡Eh!

Navegamos toda la noche.

Annabeth intentó echarme una mano en el puesto de mando, pero navegar no era lo suyo. Tras unas cuantas horas de balanceo, su cara se puso de color guacamole y bajó a tumbarse en una hamaca.

Hazel miró con simpatía a Annabeth. Ella tampoco era buena con los barcos.

Yo observaba el horizonte. Divisé monstruos más de una vez. Vi un penacho de agua tan alto como un rascacielos elevándose a la luz de la luna. Luego una hilera de púas verdes se deslizó entre las olas: un reptil, o algo así, de unos treinta metros de largo. No tenía muchas ganas de averiguarlo.

—Creo que cuanto más lejos de esa cosa, mejor —asintió Piper.

También llegué a ver nereidas, los brillantes espíritus femeninos del agua. Les hice señas, pero desaparecieron en las profundidades, dejándome con la duda de si me habían visto o no.

Annabeth miró a Percy alzando una ceja.

—A pesar de que te lo advertí...

—Me dijiste las náyades, no las nereidas —se defendió Percy.

—Es lo mismo.

Poco después de medianoche, Annabeth subió a cubierta. Precisamente en aquel momento pasábamos junto a una isla con un volcán humeante. El agua en torno a la orilla burbujeaba y despedía vapor.

—Debe de ser una de mis fraguas —mencionó Hefesto.

—Una de las fraguas de Hefesto —dijo Annabeth—. Donde construye sus monstruos de metal.

—¿Como los toros de bronce?

—Desde luego esa no fue la mejor llegada —dijo Percy.

Ella asintió.

—Da un rodeo. Y ponte a una buena distancia.

—¡Venga ya! ¡Tampoco os pasará...! Por si acaso, mejor que os alejéis un poco. Nunca se sabe cuando podría estallar una fragua —dijo Hefesto.

—Ni siquiera voy a preguntar con que demonios trasteas allí dentro como para haber riesgo de explosión —murmuró Hera.

No necesité que me lo repitiera. Nos alejamos de la isla y muy pronto no fue más que un borrón de neblina roja a popa.

Miré a Annabeth.

—El motivo de que odies tanto a los cíclopes… o sea, la historia de cómo murió Thalia de verdad… Cuéntame, ¿qué ocurrió?

Luke y Annabeth miraron de reojo a Thalia. La hija de Zeus observaba el libro en manos de Reyna sin ningún tipo de expresión. Si era sincera, apenas recordaba nada de su muerte.

Apenas veía su expresión en la oscuridad.

—Está bien. Tal vez tengas derecho a saberlo —dijo por fin—. Aquella noche, mientras Grover nos llevaba al campamento, se confundió y tomó varios desvíos equivocados. ¿Recuerdas que te lo contó una vez?

Grover bajó la mirada. Aquel tipo de errores eran imperdonables para un sátiro. Sobre todo para un sátiro que había sido mandado a buscar a un hijo de los Tres Grandes.

Asentí.

—Bueno, pues el peor de esos desvíos nos llevó a la guarida de un cíclope en Brooklyn.

—¿Cíclopes en Brooklyn? —pregunté.

—¿De verdad te sorprende que hayan cíclopes en Brooklyn? —le preguntó Frank.

—La verdad es que no debería haberme sorprendido —reconoció Percy.

—No podrías creer la cantidad de cíclopes que hay, pero ésa no es la cuestión. Aquel cíclope nos tendió una trampa; logró que nos separásemos en el laberinto de pasillos de una vieja casa de la zona de Flatbush. Además, era capaz de imitar la voz de cualquiera, Percy. Igual que Tyson a bordo del Princesa Andrómeda.

—Es una habilidad que poseen los cíclopes —dijo Poseidón.

—¿Por qué la necesitan los cíclopes? —preguntó Charles—. Quiero decir... no es que sea muy útil para la forja, ¿verdad?

—No todos los cíclopes se dedican a la herrería. No al menos completamente. Así que tienen que buscar otro modo para sobrevivir, aprendiendo a adaptar su voz para imitar a las de las personas —respondió Hefesto.

Uno a uno, nos hizo caer en la trampa. Thalia creyó que corría a salvar a Luke. Este creyó que me había oído gritar a mí pidiendo socorro. Y yo… yo estaba sola en la oscuridad. Tenía siete años. No sabía cómo encontrar la salida.

—Desde luego no me imagino a una niña de siete años en esa situación —dijo Bianca.

—Por desgracia en nuestro mundo puede llegar a ser bastante normal —señaló Silena.

Se apartó el pelo de la cara.

—Recuerdo que llegué a la habitación principal. El suelo estaba cubierto de huesos. Y allí estaban Thalia, Luke y Grover, atados y amordazados, colgando del techo como jamones.

Los tres nombrados temblaron levemente. Desde luego no era una experiencia que les gustase recordad.

El cíclope había empezado a encender una hoguera en medio de la habitación. Saqué mi cuchillo, pero él me oyó. Se volvió y sonrió; empezó a hablar, y de algún modo averiguó cómo era la voz de mi padre.

—Al parecer los cíclopes pueden imitar la voz de la persona que más querías escuchar en ese momento —dijo Atenea.

—Tiene lógica sabiendo que Annabeth tenía siete años en ese momentos y debía estar muerta de miedo —murmuró Hazel.

Supongo que la arrebató de mi mente. Me dijo: «No te preocupes, Annabeth. Yo te quiero. Puedes quedarte conmigo. Puedes quedarte para siempre.»

Me eché a temblar. El modo que tenía Annabeth de contarlo, incluso ahora, seis años después, logró asustarme más que el cuento de fantasmas más espantoso que hubiera oído en mi vida.

—No creo que sea para tanto —dijo Nico.

—Créeme, te aseguro que era terrorífico —dijo Percy.

—¿Qué hiciste?

—Le clavé el cuchillo en un pie.

—Desde luego eso si que no me lo esperaba —dijo Will con asombro.

La miré fijamente.

—¿Me tomas el pelo? ¿Tenías siete años y apuñalaste a un cíclope enorme?

Creo que eso es demasiado —murmuró Jason—. Incluso para un semidiós.

—Él me habría matado, pero conseguí sorprenderlo. Me dio el tiempo justo para correr hacia Thalia y cortarle las cuerdas de las manos. Ella se encargó del resto.

—Fue bueno que el cíclope se sorprendiese cuando Annabeth le clavó el cuchillo. De otro modo creo que habría sido imposible —dijo Thalia.

—Bueno, pero… eso fue muy valiente de tu parte, Annabeth.

—Eso no se puede discutir —dijo Rachel.

Ella sacudió la cabeza.

—Nos salvamos por los pelos. Todavía tengo pesadillas, Percy.

—Sólo tenías siete años. Sería raro que no tuvieses pesadillas —replicó Clarisse.

Annabeth se quedó un poco sorprendida. Le sorprendía que Clarisse Le Rue fuese amable con ella. Entonces recordó como Clarisse había comentado, hacía unos capítulos, que había tenido un encontronazo con el Minotauro. Puede que ella también tuviese pesadillas sobre eso.

Con el cíclope hablándome con la voz de mi padre. Si nos costó tanto llegar al campamento fue por su culpa. Todos los monstruos que nos habían estado persiguiendo aprovecharon para darnos alcance. Ésa es la verdadera razón de que Thalia muriese. De no haber sido por ese cíclope, aún viviría.

—No sé que decirte —replicó Thalia—. El destino puede ser muy capullo cuando quiere.

Permanecimos sentados en la cubierta, contemplando cómo ascendía la constelación de Hércules por el cielo.

—Ve a echarte un rato —me dijo Annabeth por fin—. Necesitas descansar.

Asentí. Me pesaban los ojos. Pero cuando bajé y me tendí en una hamaca, me costó mucho conciliar el sueño. Seguía pensando en la historia de Annabeth. Me preguntaba si yo en su lugar habría tenido el valor de continuar aquella búsqueda, de navegar directamente hacia la guarida de otro cíclope.

¿Valor? repitió Annabeth en su mente. Estaba muerta de miedo, Sesos de algas. Si en ese momento no me había echado a llorar es porque tú estabas allí.

No soñé con Grover.

—No sé si eso es bueno o malo —murmuró el susodicho.

En cambio, me encontré de nuevo en el camarote de Luke, a bordo del Princesa Andrómeda. Las cortinas estaban abiertas. Fuera era de noche, y el aire se fue llenando de sombras, de voces que susurraban a mi alrededor. Eran los espíritus de los muertos.

—Siempre son tan positivos —murmuró Nico sarcásticamente.

—Están muertos, ¿qué esperabas? —replicó su padre.

«¡Cuidado! —murmuraban—. Trampas. Engaños.»

—De puta madre. Esto cada vez suena mejor —dijo Leo.

El sarcófago de oro de Cronos emitía un leve resplandor. Era la única luz en todo el camarote.

—Joder, pues si que lo han limpiado bien —comentó Travis.

Una fría risa me sobresaltó. Parecía proceder de un lugar situado muy por debajo del barco.

—Cualquier cosa que suene por debajo del suelo debe ser ignorada, hijo mío —dijo Poseidón. Lo último que necesitaba es que Gea hablase con Percy.

Tuvo un escalofrío y algo dentro de él le dijo que eso acabaría pasando.

«No tienes el valor suficiente, joven. No podrás detenerme.»

Sabía lo que debía hacer. Tenía que abrir aquel ataúd.

—¿Soy el único que cree que esto es mala idea? —preguntó Connor. Todos, sin excepción, levantaron las manos—. Lo suponía.

Destapé a Anaklusmos y los fantasmas se arremolinaron en torno a mi cuerpo como un tornado.

«¡Cuidado!»

—Si un muerto te dice que tengas cuidado, es que la cosa es muy chunga —dijo Nico.

El corazón me palpitaba. No conseguía que mis pies se movieran, pero tenía que detener a Cronos.

Debía destruir lo que hubiese en aquella caja.

Entonces oí la voz de una chica a mi lado.

—¿Y bien, Sesos de alga?

Me di la vuelta, pensando que sería Annabeth. Pero no lo era. Llevaba ropa punk, con cadenas plateadas en las muñecas. Tenía el pelo negro erizado de púas, una gruesa raya en torno a sus ojos azules y turbulentos, y un puñado de pecas esparcidas por la nariz.

—Al menos esta vez he sido descrita con mi color de ojos —suspiró Thalia en voz baja.

Me resultaba conocida, pero no sabía de qué.

—Aunque es raro que sueñes conmigo si no nos conocíamos de nada —murmuró Thalia, pensativamente.

—¿Y bien? —preguntó—. ¿Vas a detenerlo, sí o no?

Yo no podía responder. Ni moverme.

La chica puso los ojos en blanco.

—Perfecto. Déjamelo a mí y a la Égida.

Se dio un golpecito en la muñeca y sus cadenas plateadas se transformaron —aplanándose y expandiéndose— en un enorme escudo. Era de plata y bronce, con la monstruosa cabeza de la Medusa sobresaliendo en el centro. Parecía una máscara mortuoria, como si la verdadera cabeza de la Gorgona hubiera quedado impresa en el metal.

—Desde luego nunca voy a olvidarme del día que creaste la Égida, Hefesto —rió Hermes.

—Para hacerlo —asintió Apolo—. Fue una de las cosas más hilarantes que he visto en toda mi vida de inmortal.

—¿Qué sucedió? —preguntó Chris con curiosidad.

—Pues resulta que había ido a ver a Hefesto para que me arreglase el arco, que mi querida hermanita me había roto porque iba perdiendo nuestra competición de tiro con arco...

—¡Lo rompiste al sentarte encima, inútil!

—Estoy hablando, Artemisa. ¿Por dónde iba?... ¡Ah, ya! Cuando mi hermana rompi...

Apolo se cayó de repente cuando una flecha plateada se clavó a unos centímetros de su entrepierna.

—Bueno, eso da igual. El caso es que mientras estaba allí, Hermes se presentó de repente con la cabeza de Medusa, que Hefesto le había pedido, y ent...

En ese punto Apolo empezó a reír por lo bajo.

—Entonces Hefesto cogió la cabeza y, como si fuese su martillo, empezó a aporrear el molde de un escudo —continuó Hermes—. Y ese fue el nacimiento de la Égida.

Thalia examinó su pulsera.

—Desde luego no me imaginaba que la creación de la Égida fuese así —murmuró la hija de Zeus—. Pero mi escudo es solo una copia, ¿cierto?

—Esta hecho con el mismo molde, pero con el paso de los años y al no ser el escudo original, ha ido perdiendo su poder. Aunque todavía es efectivo hasta cierto grado —explicó Hefesto.

No sabía si aquello era cierto, y tampoco si el escudo podía petrificarme, pero desvié la mirada; sólo su proximidad me dejaba helado de miedo. Tuve la sensación de que, en un combate real, el portador de aquel escudo sería casi invencible. Cualquier enemigo en sus cabales le daría la espalda y echaría a correr.

—Por suerte o por desgracia, la mayoría de los enemigos no están en sus cabales —suspiró Thalia.

La chica sacó su espada y avanzó hacia el sarcófago. Las sombras fantasmales le abrieron paso y se dispersaron ante el aura terrible de su escudo.

—No —dije, tratando de advertirla.

Pero ella no me escuchó.

—Nunca lo hace —dijeron Grover, Annabeth y Luke a la vez.

Se fue directa al sarcófago y apartó su tapa dorada. Por un instante, permaneció con la vista fija en el contenido de la caja.

El ataúd adquirió un resplandor más intenso.

—No. —La voz de la chica temblaba—. No puede ser.

Thalia cerró los ojos. No sabía lo que había allí dentro. Y algo dentro suyo le decía que no quería saberlo.

Desde las profundidades del océano, Cronos se reía con tal estruendo que se estremeció el barco entero.

—¡Noooo! —La chica chilló mientras el sarcófago se la tragaba en una explosión de luz dorada.

Percy y Annabeth intercambiaron una mirada. Estaban seguros, o al menos en un noventa y nueve coma nueve por ciento, de que lo que había visto Thalia allí dentro era Luke convertido en Cronos.

Me senté en la hamaca gritando.

Annabeth me zarandeaba por el hombro.

—Percy, era una pesadilla. Vamos. Tienes que levantarte.

—¿Qué… qué pasa? —dije frotándome los ojos—. ¿Cuál es el problema?

—Tierra —dijo con un tono lúgubre—. Nos acercamos a la isla de las sirenas.

Atenea dejó escapar un suspiro.

—Ya entiendo el título del capítulo.

—Bueno, ¿qué esperabas? Soy hija tuya, la diosa de la sabiduría.

—Lo sé, lo sé. Y no puedo decirte nada —gruñó Atenea.

Apenas podía divisar la isla en el horizonte. Sólo veía un borrón entre la niebla.

—Quiero que me hagas un favor —dijo Annabeth—. Las sirenas… pronto estaremos al alcance de sus cantos.

—¡Oh!

Parecía ser que varios semidioses ya estaban adivinando que pediría Annabeth a Percy.

Recordé las historias sobre las sirenas: cantaban de un modo tan dulce que encantaban a los marineros con sus voces y los atraían a una muerte segura.

—No hay problema —le aseguré—. Podemos taparnos los oídos. En la bodega hay un barreño lleno de cera para velas…

—No creo que los tiros vayan para allá —murmuró Piper.

—Es que yo quiero oírlas.

—La verdad es que no me explico como no te vi venir —suspiró Percy.

Parpadeé.

—¿Cómo?

—Dicen que las sirenas cantan la verdad sobre lo que deseas. Te revelan cosas sobre ti mismo de las que ni siquiera te has dado cuenta. Por eso te embelesan. Si sobrevives, te vuelves más sabio.

—Entonces... ¿mandamos a Leo allí? —preguntó Jason.

—¡Oye! —replicó Leo. Entonces se acerco a Piper mientras ponía una fingida cara de llanto—. ¡Mamá Piper! ¡Papá Jason es malo conmigo!

—Jason, no molestes al niño —respondió Piper mientras negaba con la cabeza, divertida ante las tonterías del hijo de Hefesto.

Yo quiero oírlas. ¿Cuándo volveré a tener una ocasión como ésta?

—Espero que nunca —masculló Atenea.

Viniendo de cualquier otra persona, aquello no habría tenido ningún sentido. Pero tratándose de Annabeth… Bueno, si ella era capaz de leer libros sobre arquitectura de la antigua Grecia o de disfrutar de los documentales del canal Historia, era comprensible que las sirenas pudieran atraerle.

—En realidad a cualquier hijo de Atenea le hubiese atraído eso —señaló Orión.

Me contó su plan. A regañadientes, la ayudé a prepararse.

—Dudo de que hubieses podido convencerla para que no lo hiciese —dijo Bianca.

En cuanto tuvimos a la vista la orilla rocosa de la isla, ordené a una de las sogas que atara a Annabeth por la cintura al palo mayor.

—No me desates —dijo—. Pase lo que pase. Por mucho que suplique. Porque yo desearé saltar sin más, y si lo hago me ahogaré.

—¿Quieres tentarme?

—Ja, ja.

Le prometí que la mantendría a salvo.

Sí, ya... pensaron la mayoría. Entre el título del capítulo y la, ya conocida, suerte de Percy, no creían que eso fuese posible.

Luego tomé dos bolas de cera, las amasé hasta convertirlas en tapones y me las metí en los oídos.

Annabeth asentía, sarcástica, como diciéndome que aquellos tapones me quedaban muy chulos.

—Estabas ridículo —afirmó Annabeth.

—No quiero que eso me lo diga una tía que estaba atada al palo mayor de un barco pirata porque estaba lo suficientemente loca como para escuchar los cantos de las sirenas —replicó Percy.

—Los dos estábamos ridículos.

Le hice una mueca y me volví hacia el timón.

El silencio era espeluznante. No oía nada, salvo el latido de la sangre en mis sienes. A medida que nos aproximábamos a la isla, iban asomando rocas dentadas entre la niebla. Ordené al Vengador de la Reina Ana que las sorteara; si nos acercábamos demasiado, aquellas rocas harían trizas nuestro casco como las cuchillas de una licuadora.

—Si llegase a pasar eso, las sirenas serían vuestro menor problema —dijo Perseo.

Miré a mi espalda. Al principio, Annabeth parecía completamente normal. Luego apareció en su rostro una expresión perpleja. Abrió unos ojos como platos y empezó a forcejear con las cuerdas. Me llamaba por mi nombre: lo veía en sus labios. Su expresión era muy clara; tenía que liberarla, era cuestión de vida o muerte. Debía soltarla ahora mismo. Parecía tan afligida que costaba mucho resistirse y no dejarla libre.

Me obligué a desviar la vista. Apremié al Vengador de la Reina Ana para que aumentase la velocidad.

—Salid de una vez de allí —murmuró Katie. Por supuesto sabía que eso era inútil.

Aún no podía ver gran cosa de la isla: sólo niebla y rocas. Pero en el agua flotaban trozos de madera y fibra de vidrio, restos de naufragios, incluso chalecos salvavidas de líneas aéreas comerciales.

¿Cómo era posible que la música hubiese hecho descarrilar tantas vidas?

—No todos los accidentes se han producido por el canto de las sirenas, chico. El Mar de los Monstruos es un lugar lleno de peligros, tanto por el agua como por el aire —explicó Ares.

—Si el mismo dios de la guerra dice que algo es peligroso, que ese sitio es muy chungo —dijo Hermes—. Así que la próxima vez que vayáis, firmadme esta póliza de seguros...

—¿Tú crees que este es el momento de hacer negocios? —gruñó Perséfone.

Sí, vale, había canciones en el Top Ten que me daban ganas de lanzarme en picado, pero aun así… ¿Qué podrían cantar las sirenas?

—Si te interesa saberlo, algo similar a esto —dijo Will mientras sacaba un MP4 de su bolsillo y unos auriculares y se los lanzaba a Percy—. Es la primera canción de todas...

Percy conectó los auriculares al aparato y se los colocó al oído. Buscó la canción y empezó a reproducirla.

Pasaron treinta segundos antes de que Percy se quitase los auriculares y le devolviese el MP4 a Will.

—En fin... creo que voy a suicidarme —declaró Percy solemnemente.

—¡¿QUÉ OCURRE CON ESA CANCIÓN?! —chilló el resto con sorpresa.

El hijo de Poseidón y el de Apolo se miraron.

—No queráis saberlo —dijeron ambos.

Durante un peligroso segundo comprendí la curiosidad de Annabeth. Sentí la tentación de quitarme los tapones, sólo para probar un sorbo de aquella música misteriosa. Notaba cómo las voces vibraban en la madera del barco, cómo añadían su latido al rugido de la sangre en mis oídos.

Annabeth seguía suplicándome. Las lágrimas corrían por sus mejillas. Luchaba con las cuerdas, como si le impidieran reunirse con lo que más le importaba en este mundo.

«¿Cómo puedes ser tan cruel? —parecía preguntarme—. Creía que eras mi amigo.»

—Ow... dando donde duele —dijo Afrodita.

Miré con furia aquella isla envuelta en niebla. Deseaba sacar mi espada, pero no había nada con lo que luchar. ¿Cómo vas a combatir una canción?

—Con otra canción más fuerte —declaró Leo.

—¿Qué quieres? ¿Qué eso se convierta en una pelea de bandas o algo así? —murmuró Frank.

Procuré no mirar a Annabeth. Lo conseguí durante unos cinco minutos.

Ése fue mi gran error.

—Dime que le quitaste el cuchillo, Sesos de algas —le pidió Thalia.

—Esto...

—¡Percy!

—No fue del todo culpa de Percy. También fue mía por no acordarme de que llevaba el cuchillo —le defendió Annabeth.

Cuando ya no pude resistirlo más, me di media vuelta y vi… un montón de cuerdas cortadas. El mástil vacío. El cuchillo de bronce de Annabeth tirado sobre la cubierta. De algún modo se las había arreglado para colocarlo al alcance de su mano, y a mí se me había olvidado desarmarla.

—Como ya he dicho, también fue culpa mía —dijo Annabeth—. A decir verdad podría haberte dicho algo sobre el cuchillo, pero se me paso.

Corrí a la barandilla y la divisé chapoteando frenéticamente para llegar a la orilla, mientras las olas la empujaban hacia las rocas.

—Tengo que reconocer que para no ser una hija de Poseidón, eres rápida —murmuró Percy.

La llamé a gritos,

—Eso no te servirá para nada —dijo Will.

pero en caso de que me oyera, no sirvió de nada. Estaba en trance y nadaba hacia la muerte.

Me volví hacia el timón y grité:

—¡Espera aquí!

Me lancé sin más por la borda.

En cuanto me zambullí, ordené a las corrientes que se retorcieran en torno a mi cuerpo y formasen un flujo en chorro que me propulsó hacia delante.

—Eso mola —sonrió Leo.

Salí a la superficie y vi a Annabeth, pero en ese mismo momento la atrapó una ola y se la llevó entre dos afilados salientes.

—Espero que el capítulo acabe pronto o Atenea tendrá un ataque —murmuró Hermes a Apolo mientras veía a la diosa de la sabiduría apretando los apoyabrazos de su trono con la manos.

—Déjamelo a mí —dijo Apolo, haciendo aparecer una bandeja en sus manos. En ella había una taza y una tetera humeante—. Ten, tomate esta tila, Ate...

Atenea tomó la tetera y vertió el líquido caliente sobre Apolo.

No tenía alternativa. Me lancé tras ella.

Buceé bajo el casco destrozado de un yate y avancé serpenteando entre unas bolas metálicas flotantes, sujetas con cadenas, que sólo después comprendí que eran minas. Me veía obligado a utilizar todo mi poder sobre el agua para no acabar aplastado contra las rocas o enredado en las redes de alambre de espino tendidas justo a ras de superficie.

Percy se preguntó como era posible que él hubiese tenido tantas dificultades siendo hijo de Poseidón, y en cambio Annabeth parecía no haber tenido tantas.

Pasé a toda velocidad entre los dos salientes y de pronto me hallé en una bahía con forma de media luna. El agua también estaba sembrada de rocas, restos de barcos y minas flotantes. La playa era de arena volcánica negra.

Miré alrededor, desesperado, buscando a Annabeth.

Allí estaba.

Por suerte o por desgracia, era una buena nadadora.

—Por suerte —dijo Silena—. De haber tenido mala suerte, se habría estrellado contra las rocas o algo así.

Había logrado atravesar el cerco de minas y rocas y poco le faltaba para llegar a la playa negra.

Entonces la niebla se aclaró y vi a las sirenas.

Imaginaos una bandada de buitres del tamaño de una persona, con un sucio plumaje negro, garras grises y cuellos rosados llenos de arrugas. Y ahora imaginaos que en lo alto de esos cuellos hubiera cabezas humanas, pero unas cabezas en continua transformación.

—Unos seres preciosos —dijo Aquiles con una mueca.

No podía oírlas, pero veía que estaban cantando. Y a medida que movían la boca, sus rostros se convertían en los rostros de personas que conocía: mi madre, Poseidón, Grover, Tyson, Quirón. O sea, las personas a las que más deseaba ver. Me sonreían de un modo tranquilizador, como invitándome a acercarme, pero, fuera cual fuese el aspecto que adoptaran, siempre tenían la boca grasienta y manchada con restos de comida. Como los buitres, debían comer metiendo toda la cara. Y no en la tienda de Dónuts Monstruo precisamente.

—Vale, no quiero saber nada más de esas cosas —declaró Afrodita con una mueca.

Annabeth seguía nadando hacia ellas.

No podía permitir que saliera del agua. El mar era mi única ventaja. De un modo u otro, siempre me había protegido. Me propulsé hacia delante y la agarré por el tobillo.

En cuanto la toqué, sentí una descarga por todo el cuerpo y vi las sirenas tal como Annabeth debía estar viéndolas.

—¡Oh, no! —se lamentó Annabeth poniéndose roja de la vergüenza. No podía creerse que todos iban a escuchar sobre sus delirios.

Había tres personas sentadas en una manta de picnic en Central Park, con un verdadero festín ante ellas. Reconocí al padre de Annabeth por las fotos que ella me había enseñado: un tipo atlético, de unos cuarenta años y pelo rubio rojizo. Estaba acariciando las manos a una mujer muy guapa que se parecía un montón a Annabeth e iba vestida en plan informal, con vaqueros, camisa tejana y botas de montaña, pero había algo en ella que irradiaba una sensación de poder. Comprendí que tenía ante mis ojos a la diosa Atenea. Junto a ellos había un joven sentado. Era Luke.

Varios sentían que estaban escuchando algo privado, pero no podían negar que querían seguir oyéndolo.

La escena resplandecía con una luz cálida. Los tres hablaban y reían y, al ver a Annabeth, sus rostros se iluminaron de alegría. Su madre y su padre abrieron los brazos en señal de bienvenida. Luke le sonreía y le hacía gestos para que fuera a sentarse a su lado: como si nunca la hubiera traicionado, como si todavía fuesen amigos.

Luke hizo una mueca por lo bajo. Eso ya parecía ser imposible...

No, aún no. Puedo evitar todo eso pensó Luke para él.

Tras los árboles de Central Park se dibujaba el contorno de los rascacielos. Contuve el aliento, porque era Manhattan, sí, pero no la de siempre. La ciudad había sido reconstruida totalmente con un mármol blanco deslumbrante; se veía más grande, más esplendorosa que nunca con aquellas ventanas doradas y aquellos jardines en las azoteas. Era mejor que Nueva York, mejor que el monte Olimpo.

En esos momentos la cara de Annabeth estaba tan roja que nadie se hubiese sorprendido si hubiese empezado arder de repente.

Comprendí al instante que era Annabeth quien la había diseñado. Ella era la arquitecta de un nuevo mundo; había vuelto a reunir a sus padres, había salvado a Luke, había hecho lo que siempre había deseado.

Parpadeé con fuerza. Cuando abrí los ojos, lo único que vi fueron las sirenas: buitres andrajosos con rostro humano, listos para devorar a otra víctima.

—Bien. Aléjala de allí cuanto antes —murmuró Atenea.

Tiré de Annabeth y la arrastré hacia el agua. No la oía, pero sabía que estaba gritando. Me dio una patada en la cara, pero no la solté.

—Sie...

—No te disculpes. Fue culpa de esas sirenas, no tuya.

Ordené a las corrientes que nos sacaran de allí. Annabeth me aporreaba y me daba patadas, y a mí me resultaba más difícil concentrarme. Se retorcía con tal violencia que poco faltó para que chocáramos con una mina flotante. Ya no sabía qué hacer: si ella continuaba forcejeando, no llegaríamos vivos al barco.

Entonces nos sumergimos y Annabeth dejó casi enseguida de luchar. Su expresión parecía desorientada. Cuando salimos a la superficie, empezó a forcejear otra vez.

¡Era el agua!

—Bien, pues quedaos allí abajo —dijo Connor.

—Recuerda que Annabeth no puede respirar bajo el agua —señaló Katie.

—Mierda... es verdad.

El sonido no se transmitía bien debajo del agua. Si la sumergía el tiempo suficiente, conseguiría romper el hechizo. Annabeth tampoco podría respirar, desde luego, pero aquello parecía de momento un problema menor.

—Hombre, un problema menor no es que sea —comentó Zoë.

La agarré por la cintura y ordené a las olas que nos empujasen hacia el fondo.

Nos zambullimos en las profundidades: tres metros, seis metros… Sabía que debía andarme con cuidado, porque yo podía resistir mucha más presión que Annabeth. Cuando empezaron a ascender burbujas a nuestro alrededor, ella luchó y forcejeó buscando aire.

¡Burbujas!

Estaba desesperado; tenía que mantener con vida a Annabeth. Pensé en todas las burbujas del mar, siempre agitándose y ascendiendo; me las imaginé unidas, viniendo hacia mí.

El mar obedeció.

—Desde luego a veces haces cosas demasiado alucinantes —dijo Grover.

Noté una avalancha blanca, una sensación de cosquilleo por todo el cuerpo y, cuando la visión se me aclaró, vi que estábamos rodeados por una enorme burbuja. Sólo teníamos las piernas sumergidas en el agua.

Ella jadeó y tosió. Sentía escalofríos en todo el cuerpo. Pero en cuanto me miró supe que el hechizo se había roto.

Prorrumpió en unos sollozos terribles, que te partían el corazón. Apoyó la cabeza en mi hombro y la abracé.

Annabeth no estaba segura, pero algo le decía que había comenzado a ser en ese momento cuando había empezado a ver a Percy como algo más.

Los peces se agolpaban alrededor para mirarnos, un banco de barracudas, algunos peces aguja.

«¡Largo de aquí!», les dije.

Se alejaron a regañadientes. Habría jurado que conocía sus intenciones: se disponían a hacer correr por los mares el rumor de que el hijo de Poseidón y cierta chica habían sido vistos en el fondo de la bahía de las sirenas…

—Desde luego los chismes bajo el mar se esparcen rápido —dijo Poseidón.

—Voy a hacer que volvamos al barco —le dije—. Todo saldrá bien. Tú aguanta.

Annabeth asintió, dándome a entender que ya se sentía mejor, y murmuró algo que no pude oír porque llevaba los tapones de cera en los oídos.

Ordené a la corriente que guiara nuestra peculiar burbuja submarina entre las rocas y el alambre de espino, hasta el Vengador de la Reina Ana, que había empezado a alejarse de la isla a un ritmo lento y regular, para que pudiéramos darle alcance.

Varios soltaron suspiros de alivio al ver como los dos jóvenes se iban a alejar de tan peligrosa isla.

Seguimos al barco por debajo del agua, hasta que me pareció que los cantos de las sirenas ya no podrían llegar a nuestros oídos. Entonces salimos a la superficie y la burbuja explotó.

Ordené a la escala de cuerda que se desenrollara por el flanco del barco y subimos a bordo.

Aún tenía puestos mis tapones, por si acaso.

—Mejor no correr riesgos —asintió Teseo.

Continuamos navegando hasta que perdimos la isla de vista definitivamente. Annabeth se había acurrucado con una manta en cubierta. Finalmente, levantó la vista, triste y todavía aturdida, y dijo sólo con los labios: «Salvados.»

—Vaya, ¿cómo es que ahora podías resistir la canción? —preguntó Frank con curiosidad.

—A decir verdad en esos momentos estaba como ida. Escuchaba la canción, pero mi cerebro no lo registraba. No me extrañaría que cuando me percate de que la canción no se oía, ya había pasado tiempo —respondió Annabeth.

Entonces me quité los tapones: ya no se oía ningún canto. La tarde estaba tranquila, salvo por el sonido de las olas contra el casco; la niebla se había disuelto y había dejado un cielo del todo azul, como si la isla de las sirenas no hubiese existido jamás.

—¿Estás bien? —le pregunté. En cuanto lo dije, me di cuenta de lo torpe que sonaba. Por supuesto que no estaba bien.

—No sabía —murmuró.

—¿Qué?

Sus ojos tenían el mismo color que la niebla que cubría la isla de las sirenas.

—Lo poderosa que sería la tentación.

—No por nada las sirenas son consideradas unos de los seres mitológicos más fuertes —dijo Artemisa.

No quería contarle que había visto lo que las sirenas le habían prometido, me sentía como un intruso en un territorio íntimo, pero también pensé que tenía que ser sincero. Se lo debía.

—He visto cómo habías reconstruido Manhattan —le dije—. He visto a Luke y a tus padres.

Ella se sonrojó.

—¿Has visto todo eso?

—Y ahora también lo han visto el resto —se lamentó Annabeth.

—Esto... lo siento —se disculpo Percy. Ya que los libros estaban narrados desde su punto de vista, se sentía en parte culpable de todo eso.

—Aquello que te dijo Luke en el Princesa Andrómeda, lo de reconstruir el mundo partiendo de cero… te tocó la fibra íntima, ¿no?

Ella se arrebujó en la manta.

—Mi defecto fatídico. Eso es lo que me mostraron las sirenas. Mi defecto fatídico es la hibris.

Parpadeé.

—¿Esa cosa marrón que ponen en los sándwiches vegetarianos?

Leo hizo una mueca.

—Esa cosa tendría que desaparecer.

Ella puso los ojos en blanco.

—No, Sesos de alga. Eso peor.

—¿Qué puede ser peor que el hummus?

—Eso, eso.

—Leo, a mí me gusta. Así que cállate.*

—¡A sus órdenes, mi señora!

Jason, con algo de tensión, vio el intercambio entre su novia y su mejor amigo.

—Hibris significa orgullo desmedido, un orgullo mortal, Percy. Creer que puedes hacer las cosas mejor que nadie… incluso mejor que los dioses.

—Casi todos mis hijos se sientes así. De manera que no te preocupes demasiado —dijo Atenea.

—En realidad conociéndonos, me sorprende que la mayoría de semidioses no sean más orgullosos —comentó Deméter.

—¿Tú te sientes así?

Ella bajó la mirada.

—¿Nunca has sentido eso, que el mundo tal vez sea un verdadero desastre? ¿Y no te has preguntado qué pasaría si pudiésemos rehacerlo partiendo de cero? Sin guerras, sin pobres, sin libros obligatorios para leer en verano.

—Continúa.

—Lo de los libros te ha llamado la atención, ¿eh? —sonrió Grover.

—Cómo me conoces.

—Vale, se supone que Occidente representa en buena parte los mayores logros de la humanidad, por eso sigue ardiendo la llama, por eso el Olimpo continúa existiendo. Pero, a veces, lo único que ves es la parte más negativa, ¿sabes? Y empiezas a pensar igual que Luke: «Si pudiese anularlo, yo sería capaz de hacerlo mejor.» ¿Nunca has sentido eso? ¿Qué si tú gobernaras el mundo podrías hacerlo mejor?

—Eh… pues no. Si yo gobernase el mundo sería una especie de pesadilla.

—Completamente de acuerdo —dijeron todos en la sala.

—Tienes suerte. La hibris no es tu defecto fatídico.

—¿Cuál es, entonces?

—¿Has descubierto cual es? —preguntó Perseo a su tocayo. Percy asintió.

Atenea miró atentamente al hijo de Poseidón. Tenía una ligera idea de cual era ese defecto fatídico, y si resultaba tener razón sin duda era muy peligroso.

—No lo sé, Percy, pero cada héroe tiene el suyo. Si no lo averiguas y no aprendes a controlarlo… Bueno, por algo lo llaman «fatídico».

Pensé en todo aquello y no me sirvió para levantarme el ánimo precisamente.

—Normalmente pensar en los defectos fatídicos de alguien, no levantan el ánimo —dijo Nico.

También me di cuenta de que Annabeth no me había hablado de las cosas personales que habría cambiado, como reunir otra vez a sus padres o salvar a Luke. La comprendía perfectamente; aunque me costara admitirlo, también había soñado un montón de veces que volvía a reunir a mis padres.

—Creo que, en cierto modo, ese es un sueño muy recurrente entre todos los semidioses —murmuró Pólux.

Me imaginé a mi madre, sola en nuestro pequeño apartamento de la parte alta del East Side. Intenté recordar el olor de sus gofres azules en la cocina. Pero ahora todo aquello parecía muy lejano.

—Así pues, ¿ha valido la pena? —le pregunté a Annabeth—. ¿Te sientes… más sabia?

—Ahora que lo pienso mejor... creo que el canto de las sirenas no te hace más sabio en si, sino que te permite darte cuenta de cuales son tus debilidades —dijo Annabeth pensativa.

Ella miró el horizonte.

—No lo sé. Pero tenemos que salvar el campamento. Si no detenemos a Luke…

No tenía que terminar la frase. Si el modo de pensar de Luke podía resultar tentador incluso para Annabeth, a saber la cantidad de mestizos que estarían dispuestos a unirse a él.

Muchos más de lo que hubiese pensado pensó Percy.

Pensé en mi sueño sobre la chica y el sarcófago dorado. No estaba seguro de su significado, pero tenía la sensación de que algo se me escapaba, algo terrible que Cronos estaba planeando. ¿Qué habría visto la chica cuando abrió la tapa del ataúd?

—Fuese lo que fuese, nada bueno —dijo Orión.

De repente, Annabeth abrió los ojos de par en par.

—Percy.

Me di la vuelta.

A lo lejos se divisaba otra mancha de tierra: un isla en forma de silla de montar, con colinas boscosas, playas de arena blanca y verdes prados: tal como la había visto en sueños.

Mis sentidos náuticos se encargaron de confirmarlo: 30 grados, 31 minutos norte; 75 grados, 12 minutos oeste.

Habíamos llegado a la guarida del cíclope.

—Fin del capítulo —anunció Reyna, dejando el libro a un lado.


*: No sé si lo he explicado por aquí ya, pero cada vez que Piper utiliza su embrujahabla, el texto estará así.


Hola gente.

Décimo sexto capítulo subido con todo my love. Sinceramente no tengo mucho que decir así que ¡espero que os haya gustado!

Se despide,

Grytherin18-Friki.